martes, 19 de febrero de 2008

Fe cristiana y tradición religiosa (Jue 2.1-10; Mt 5.17-32), L. Cervantes-Ortiz

17 de febrero, 2008

1. Jesús y la tradición religiosa de su pueblo
Jesús de Nazaret no surgió de la nada, pues tuvo detrás de sí toda la tradición religiosa, teológica y espiritual de su pueblo, una tradición de lucha y conflicto por encontrarse verdaderamente con el rostro del Dios vivo y verdadero en medio de todas las circunstancias históricas que orientaron y relanzaron la fe de Israel de formas a veces imprevisibles. Cuando murió Josué, por ejemplo, se marcó el fin de la etapa heroica del antiguo Israel, pues ahora se aproximaba a derroteros marcados por nuevas formas de organización. La continuidad entre los patriarcas, caudillos y más tarde, el surgimiento de los jueces y juezas, no sucedió sin contratiempos, pues los liderazgos en ese pueblo no debían caracterizarse solamente por el carisma que tuvieran, sino también por su apego y obediencia a la ley divina. Moisés, en su papel de legislador, gobernante y profeta, enfrentó las crisis inherentes a su labor con una energía inusitada que mucho echó de menos el pueblo a medida que avanzaban los acontecimientos.
La conformación de una tradición de fe en Israel (lo que se denomina fe bíblica) incluyó toda una serie de creencias, memorias, rituales, prácticas y símbolos que hicieron de las diversas comunidades que aceptaban la fe Yahvista un conglomerado social que se encintraba esparcido por buena parte del mundo conocido en la época de Jesús. Él mismo tuvo que conocer las virtudes y defectos de sus tradiciones y echar mano de las primeras para atreverse a desafiar a los defensores de la ortodoxia y proponer una nueva manera de encontrarse con Dios. Su continuidad y discontinuidad con Juan el Bautista se dio a conocer cuando sus acciones, gestos y milagros fueron más allá de la mera conexión metafórica con el mundo rural y pusieron en entredicho lo mismo que habían planteado siglos atrás algunos profetas del siglo VIII como Amós, Isaías y Miqueas: la necesidad de dar marcha atrás en el control religioso-político de las clases pudientes oportunistas y al servicio del invasor extranjero de turno. Roma tenía sometidas las conciencias de los religiosos profesionales y las nuevas generaciones miraban extasiadas las formas de vida helenizantes, ajenas por completo a su cultura, pero extendidas debido al esbozo de globalización que significó el predominio de la cultura y la lengua griegas.
Jesús, como integrante de la vertiente contestara de la nueva generación, fue capaz de lanzar todo un programa de recuperación de las virtudes de su tradición, pero también de poner sobre la mesa sus limitaciones, precisamente aquéllas que alejaban al pueblo pobre e ignorante del Dios liberador de Egipto, cuya imagen ahora estaba oscurecida y mediatizada por los excesos de la religión institucionalizada y sus representantes.

2. Aprender de los símbolos cristianos, no de las modas religiosas exteriores
Pero para proponer cambios al interior de una tradición, primero hay que conocerla bien y es algo que alguna vez propuso audazmente el escritor Fernando del Paso a las autoridades educativas: en este país de régimen laico, deberían enseñarse los contenidos de las grandes tradiciones religiosas,[1] debido a que las propias instituciones no lo llevan a cabo correctamente, y cometen un doble error, dado que si no enseñan adecuadamente las propias creencias, cómo van a divulgar las demás tradiciones, si viven en permanente competencia con ellas. Así, se cierra un círculo fatal: ni se conoce lo propio (lo bueno y lo malo), ni mucho menos lo de los demás. Se trata de un diálogo de sordos (o de fanáticos ignorantes, para decirlo con todas sus letras). Por ello, es preciso que entre nosotros hagamos el enorme esfuerzo de beber en todas las fuentes que nutren, o deberían nutrir nuestra fe e identidad: la Biblia, sí, pero también la historia del judeo-cristianismo y, por supuesto la del protestantismo y demás derivaciones, pues la forma en que experimentamos el cristianismo tiene un apellido histórico que se ha ido construyendo en diálogo permanente con la cultura y sus transformaciones hasta llegar a ser lo que es hoy.
Un elemento fundamental, en ese sentido, son los símbolos cristianos antiguos, paleocristianos algunos de ellos, y con los que ahora no queda más remedio que encontrárselos en los museos. Mencionaremos tres de ellos: primero, el famoso pez, que ahora ve uno frecuentemente en las defensas de los automóviles y que se venden muy bien en las tiendas cristianas de regalos, perdón, en las librerías religiosas que llevan ese nombre; segundo, las dos primeras letras de la palabra Cristo en griego; y tercero, El Buen Pastor de las catacumbas romanas.
Ya en el protestantismo, hay que echar mano de una consigna, el principio protestante, que consiste en enjuiciar proféticamente todo aquello que, con pretensiones de absoluto, intente suplantar las acciones de Dios, incluyendo las propias conductas y tradiciones protestantes.

2. Jesús y la tradición cristiana
Lo primero es ver a Jesús en sus relaciones positivas y negativas con las tradiciones de su pueblo. Él reforzó la autoridad de la Ley antes de cuestionar los usos a los que estabas sometida. Lo segundo es apreciar la forma en que la tradición cristiana es capaz o no de ser el vehículo adecuado para transmitir el mensaje propio de Jesús. Según John Leith, la tradición de Jesús de Nazaret es obra del Espíritu Santo. Pues como dice Outler,

Esta “tradición” divina, o paradosis, fue un acto divino en la historia humana, y es renovado y actualizado en el transcurso de la historia por obra del Espíritu Santo de Dios, el cual Jesús comunicó a sus discípulos en la última hora en la cruz El Espíritu Santo —”enviado por el Padre en mi nombre” (Juan 14.25)— recrea el acto original de la tradición (traditum) por medio de un acto de “tradicionización” (actus tradendi), y así la tradición de Jesucristo llega a ser una fuerza viviente que va a permanecer para darle a la fe el estímulo para responder y crear testigos actuales. Este actus tradendi es el que transforma el conocimiento histórico de un hombre acerca de Jesucristo —un evento ya sucedido— en una fe vital en Jesucristo: “¡Mi Señor y mi Dios!”
[2]

Además, y en estrecha relación con los postulados de la Reforma calvinista, señala:

Jesucristo es la tradición y el acto humano de vehicular en la tradición lo que Dios hizo "por nosotros los hombres, y por nuestra salvación" en Jesucristo, siempre está subordinado a él. Para los protestantes y para la comunidad reformada, esta subordinación ha sido expresada en la suprema autoridad que ha sido atribuida en la vida de la Iglesia al Espíritu Santo al hablar por medio de las Escrituras. Los primeros reformadores colocaron a la Biblia por encima de toda tradición humana. Su protesta contra las tradiciones humanas aberrantes de su época parecía sugerir que la tradición no poseía ningún valor. Al parecer, sólo la Biblia respaldaba a su religión. Pero la Biblia nunca estuvo completamente sola: Calvino mismo habló en gran manera sobre la autoridad de la Biblia, pero él siempre leyó y escuchó la Biblia en términos de las tradiciones. Revisó su liturgia con base en las prácticas litúrgicas de la iglesia antigua, y desarrolló su política con un gran aprecio por la política practicada en aquélla. Escribió la Institución con la estructura del Credo de los Apóstoles, estudió la Biblia y llevó a cabo su labor teológica con la ayuda de incontables intérpretes y teólogos de siglos anteriores. Calvino no rindió culto a la Biblia o a la Iglesia y sus tradiciones, sino al Dios que visitó a su pueblo en Jesucristo.[3]

De esta manera, los reclamos y aseveraciones sobre la tradición deben pasar también por los filtros del Nuevo Testamento, a fin de ubicarlos en su justa dimensión para que se comprenda bien el surgimiento de las diversas formas de comprensión del acontecimiento de Cristo (tradiciones) que conformaron al cristianismo desde sus inicios. Sólo así podrá aprenderse a dialogar con las diversas tradiciones cristianas y religiosas.

4. ¿Qué tradiciones nuestras enjuiciaría Jesús hoy?
Leonardo Boff ha enumerado una buena cantidad de patologías eclesiásticas y Rubérn Montelongo elaboró una tipología de rostros del presbiterianismo en el mismo sentido. Porque al criticar las tradiciones externas, como la católico-romana, somos muy estrictos, no así al interior. Como escribe, Gabriela Rodríguez, a propósito de la muerte de Marcial Maciel: “Para mí, que no soy una mujer de fe y poco me interesan los dogmas y liderazgos católicos, el escándalo del fundador de la Legión de Cristo contribuye de manera drástica al descrédito del Vaticano, de una institución eclesial cuya influencia en la cultura y en las políticas públicas de la región de América Latina ha sido un obstáculo para el ejercicio de los derechos humanos de mujeres, niñas, niños y adolescentes, que tiende a incrementarse en nuestro país, sobre todo por el arrebato gubernamental del PAN”.
[4]
¿Cuáles serían, en nuestro caso, las tradiciones que caracterizan nuestro paso o influencia en la vida social? O dicho en otras palabras, ¿qué tradiciones enjuiciaría Jesús hoy en nuestro caso y pondría en evidencia para proyectar lo que debe mantenerse y transmitirse a las nuevas generaciones? Enumeremos sólo algunas:

a) la tradición del divisionismo disfrazado de crecimiento eclesiástico
b) la tradición del moralismo hipócrita y vergonzante, sustituto de una ética veraz y consecuente que tolera el pecado para unos cuantos poderosos y exige vidas impolutas para quienes no les queda más remedio que la sumisión;
c) la tradición del dualismo enmascarado de exigencia espiritual e irrespetuosa de los valores corporales y la alegría de la vida;
d) la tradición de la esquizofrenia conventual que nos enseña a cerrar los ojos ante el mundo, siendo que es allí adonde se frota la fe, saca chispas, y se curte para probar su eficacia;
e) la tradición de la castración espiritual que no muestra la enorme diversidad de caminos para el desarrollo de un cristianismo real, no de manual;
f) la tradición de la enajenación religiosa, enemiga de la actitud liberadora genuinamente evangélica
g) la tradición del sectarismo trasvestido de pureza espiritual, que nos convierte en clubes selectos adonde hay que acreditarse socialmente para formar parte verdaderamente de la comunidad;
h) la tradición del miedo a insertar de verdad la fe transformadora en un mundo cuyas motivaciones profundas seguimos sin entender gracias a que subrayamos hasta la náusea la culpabilidad de las personas, sin mostrar la salida a ella, propia del Evangelio;
i) la tradición de la acepción de personas, herejía escondida detrás de un cuidadoso celo por la conformación uniforme de la iglesia como comunidad;
j) La tradición del proselitismo encubridor del verdadero interés por las vidas presentes de las personas, llenas de problemas y urgencias, no por el destino final de sus almas incorpóreas;
k) la tradición del biblicismo analfabeto y de la exaltación de la ignorancia, enemigo del despertar de conciencias a la luz del Evangelio y sus virtudes.

Ante un panorama como éste, es muy grande la responsabilidad en cuanto al legado cristiano que se enseña a las nuevas generaciones, pues de ello depende el rostro que tenga la fe de los creyentes en el presente y en el futuro inmediato.
Notas
[1] Fernando del Paso, "Religión y educación", en La Jornada, 5, 16 y 17 de marzo de 2002, www.jornada.unam.mx/2002/03/15/020a1pol.php?origen=opinion.html.
[2] A. Outler, Christian Tradition and The Unity we Seek. Nueva York: Oxford University Press, 1957, p. 111, cit. por J.H. Leith, Introduction to the Reformed Faith. Richmond, John Knox Press, 1985.
[3] J.H. Leith, op. cit.
[4] G. Rodríguez, “¿Lo encubrió Wojtyla o miente Ratzinger? “, en La Jornada, 15 de febrero de 2008.

Fe cristiana y tradición

17 de febrero, 2008

Un viejo conflicto
Si hay una palabra satanizada en el ambiente evangélico latinoamericano es tradición, porque se asocia, inevitablemente, a un práctica religiosa anquilosada y carente de frescura y autenticidad. Se asocia también a la presencia de cinco siglos de catolicismo hispanocatólico, el cual incluso no se ha visto como otra forma de cristianismo en el afán de subrayar la diferencia de la fe evangélica o protestante. Sin embargo, con esta manera de pensar se pasa por alto el hecho de que toda religión se articula y transmite mediante tradiciones que, con el paso del tiempo, expresan con mayor o menor intensidad creencias específicas que producen y norman las conductas y hábitos de las y los creyentes.
Los evangélicos hemos experimentado el añejo conflicto entre tradición y novedad a partir de la insistencia misionera en la realidad bíblica de la conversión, entendida como condición sine qua non para afirmar el compromiso con el Evangelio de Jesucristo y, sobre todo, las consecuencias existenciales del mismo. Así, la labor evangelizadora del protestantismo ha subrayado su rechazo frontal de las formas tradicionalistas de aceptar y vivir la fe, y a cuestionado permanentemente la transmisión automática de la fe a las nuevas generaciones. Sólo que eso mismo le ha sucedido a las iglesias evangélicas, que ahora, luego de casi 200 años de presencia en América Latina, enfrentan la necesidad de hacer inteligible la experiencia original de encuentro con Jesús a los nuevos contingentes que las conforman. En medio de todo ello, estos espacios litúrgicos, educativos y misioneros han sido el escenario de fuertes confrontaciones entre ambas tendencias: las tradicionales y las renovadoras, pues los viejos estilos eclesiásticos se resisten a transformarse, a contracorriente de la crítica, que interpretaba la actitud conservadora como cerrazón ante las intenciones divinas de cambio. En suma, que se incurrió en lo mismo que se criticaba, y la institucionalización de las nuevas iglesias poco a poco las dotó de un rostro tradicional, incluso en el sentido más positivo del término.

Jesús y la tradición
Como explica John H. Leith, la fe cristiana es inseparable de la tradición, puesto que ésta puede y debe ser vivida por su herederos de la manera más creativa posible, sin menoscabo de la fuerza y el impacto de sus contenidos. De este modo, el Evangelio de Jesucristo se hace presente en cada generación o etapa histórica, reclamando para sí lo mejor de la cultura para hacerse comprensible a las personas. El respeto de Jesús por algunos aspectos de la tradición judía no fue obstáculo para que, a partir de ella, sentara las bases de una nueva relación con Dios, marcada por el acceso a la libre gracia de Dios, y en conflicto con las autoridades religiosas de su tiempo.

Actualizar la tradición cristiana
Rechazar el tradicionalismo es una postura esencialmente correcta que debe medirse por aquello que se proponga para sustituirlo, pues de lo contrario sólo se tratará de intercambiar tradiciones y ponerse en riesgo de repetir experiencias o situaciones cuyas pretensiones de absoluto siempre deberán denunciarse con energía, máxime cuando quienes las promuevan sean determinados grupos de poder interesados en perpetuarse.
La fe cristiana siempre se transmite mediante tradiciones de mayor o menor valor, las cuales prueban su capacidad para vehicular el contenido del Evangelio de Jesucristo únicamente en los frutos que produce. Por ello es preciso revisarlas para reforzar los aspectos que presenten mejor los valores del Reino de Dios y, al mismo tiempo, cuestionar y abandonar los que pretendan sustituirlo. Esta es una tarea ineludible para cada generación de creyentes comprometidos con su fe. (LC-O)

jueves, 7 de febrero de 2008

Letra 62, 10 de febrero de 2008


ESCRITURA Y PALABRA Y EL PADRE NUESTRO, DE JEAN ZUMSTEIN
(Comunidad Teológica de México, 2008)

Los estudios bíblicos producidos en América Latina están marcados por una búsqueda permanente de contextualización social o política del mensaje de los textos sagrados ante situaciones urgentes que demandan respuestas inmediatas. Quizá por ello, el perfil teórico de las y los biblistas pareciera, visto desde otras latitudes, limitado por esta necesidad. Trabajos como En la dispersión, el texto es patria, de Hans de Wit, han demostrado la vigencia de este tipo de estudio en su ambiente, a pesar de su inevitable militancia eclesiástica y social. Por ello, como complemento de esta perspectiva, algunos eruditos europeos han escrito obras muy valiosas para reflexionar sobre el papel de la Biblia en el mundo actual. Es el caso del profesor suizo Jean Zumstein, quien con Escritura y Palabra, primero de sus dos trabajos incluidos en este volumen, lleva a cabo una serie de observaciones minuciosas que responden, inicialmente, a la problemática bíblica que su país comparte con el resto de Europa.
Zumstein observa, con mucha sensibilidad los enormes desafíos que la época actual plantea al lugar de la Biblia como texto sagrado del cristianismo y encuentra que la cultura contemporánea la ha hecho a un lado progresivamente, de manera paralela a la disminución de la presencia social de las iglesias. Aunque la inmigración latinoamericana hacia el Viejo Mundo está cambiando el rostro de algunas comunidades cristianas, la problemática que aborda Zumstein toca de lleno el abandono de la Biblia que se vive también en América Latina. Por razones diversas, muchas iglesias evangélicas han trasformado el eje de la liturgia, vida y misión, que anteriormente eran las Sagradas Escrituras y ahora esa función la cumplen prácticas mágicas e incluso chamánicas. Las iglesias históricas, a su vez, comparten algo de la experiencia de sus pares europeas y enfrentan, sobre todo en las nuevas generaciones de militantes, una enorme indiferencia hacia el estudio serio de la Biblia, aunado esto a la crónica falta de lectura en general que aqueja a nuestros países.
De los vicios de lectura e interpretación bíblicas que analiza Zumstein (el fundamentalismo, el psicologismo, el biblicismo de algunos documentos ecuménicos y la especialización excesiva), acaso los dos primeros sean los más visibles entre las comunidades latinoamericanas, y no porque el ecumenismo no esté presente o deje de crecer el número de instituciones dedicadas al estudio serio de la Biblia, sino porque en el nivel más popular están más de moda ideologías y modas como la llamada guerra espiritual, las teologías de la prosperidad y otras más que se sirven de un manejo excesivamente superficial del contenido de la Biblia. El fundamentalismo sigue muy vivo, sobre todo porque de ese campo religioso procede la bibliografía estadounidense más traducida al español. El psicologismo, a su vez, se aprovecha de las necesidades más urgentes de las personas para aplicar recetas bíblicas inmediatas que hacen a un lado, simultáneamente, la seriedad terapéutica especializada y una hermenéutica bíblica contextual y crítica.
La cuádruple propuesta de lectura renovada que propone Zumstein es aplicable en todo el espectro cristiano porque asume de frente las complicaciones culturales de la posmodernidad y el carácter poscristiano de la cultura occidental. Así, la valentía para afrontar las distancias espacio-temporales, la honestidad intelectual, la búsqueda de pertinencia y el respeto por la universalidad del lenguaje son herramientas indispensables para lograr que la Biblia siga vigente, sin colocarla en el altar de la idolatría (a espaldas de los avances científicos) ni tirarla en el desván de las cosas inútiles por anticuadas.
Como una muestra de la lectura renovada que practica Zumstein, el segundo libro es un estudio breve, pero profundo del Padre Nuestro, la Oración del Señor. Sabedor de su peso específico en la teología y la tradición espiritual de la Iglesia de todos los tiempos, comienza su estudio subrayando algunos aspectos lingüísticos básicos (especialmente las diferencias entre Mateo y Lucas), la manera en que se relaciona con otras plegarias judías, para que, poco a poco, encuentre aplicaciones sumamente pertinentes en cada análisis de las peticiones específicas. Particular profundidad logra Zumstein cuando relaciona cada una de ellas con el horizonte propio de Jesús y su mensaje global y, sobre todo, cuando insiste en superar la recitación convencional para alcanzar nuevamente la frescura y el impacto transformador de esta oración sin par, origen y raíz de la espiritualidad de los Evangelios. En ese sentido, el análisis proyecta una aplicación espiritual muy notable cuando se refiere a la forma en que la Iglesia antigua optaba por concluir la oración, dado su carácter de oración abierta, esto es, como propuesta de acercamiento a Dios para expresar las necesidades humanas coyunturales.
La sección sobre el pan cotidiano tiene un tono muy especial, a la luz de las condiciones paupérrimas de muchas comunidades que rezan el Padre Nuestro mecánicamente sin percibir suficientemente el potencial liberador y revolucionario de las palabras con que Jesús enseñó a orar a sus seguidores. Lo mismo se puede decir del concepto de tentación que maneja Zumstein, tan lejano de la espiritualidad epidérmica y anecdótica de tantos predicadores populares. Su visión global es impecable, pues como señala el subtítulo, está oración está en el corazón de nuestra vida, por lo que pronunciarla resulta todo un evento de evocación y conexión con Jesús, el Salvador.
En nuestro continente, han sido algunos poetas quienes mejor han sintonizado y tratado de actualizar las dimensiones de esta plegaria. Entre los más valiosos está el Padrenuestro desde Guatemala, de la teóloga guatemalteca Julia Esquivel, todo un clásico en el ambiente ecuménico. También puede citarse el poema de Juan Gelman (“Oración de un desocupado”) que Leonardo Boff colocó como epígrafe de su libro sobre este tema. Los Padres Nuestros latinoamericanos, toda una tradición popular, reflejan el apego a las palabras de Jesús que la gente siente como más suyas, en medio de tantas ofertas religiosas alienantes.
Por todo lo expuesto, saludamos este volumen doble de Zumstein con gratitud y expectación.

(LC-O)
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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (II)
Guillermo Sánchez Vicente


http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

En lo relativo a la ciencia, y sobre todo tras Kuhn y Feyerabend, ya no resulta tan plausible hablar de “la verdad científica”, al menos dotándola de superioridad epistemológica sobre cualquier otra clase de “verdad”; hay axiomas e incluso paradigmas que se aceptan por fe.
En cuanto a la ética, hablar de “doble verdad” (tanto en el sentido epistemológico como en el moral) parece peligroso: es un planteamiento que suele conducir al desprecio de una de las dos “verdades” (en el enfoque de JAM, la religiosa, claro) y/o a la hipocresía. Si la “verdad religiosa” no tiene el mismo rango que la otra, entonces es fácil caer en la tentación de pensar que no es aplicable en todos los casos (pero el que sea una “verdad privada”, en tanto que es personal, no implica que su aplicación haya de restringirse a ámbitos privados; lo que implica es que no puede imponerse al resto de las personas).
Desde una perspectiva bíblica no se puede hablar de una doble verdad, sino de una única verdad manifestada en planos distintos, pero no necesariamente siempre separados en la vivencia cristiana. Lo relevante es comprender que en ambos planos el cristiano genuino funciona con los mismos valores: los del Reino, por supuesto. Estos valores incluyen el respeto radical hacia aquél que no los comparte, es decir, quien sólo vive en el mundo y con los valores del mundo.
Aborda Marina el problema de la resurrección de Jesús. Sin pronunciarse al respecto, esboza los enfoques teológicos propuestos en la teología a partir de Bultmann, reconociendo que el estado actual de la cuestión, desde el punto de vista académico, es «muy confuso» (p. 99). Concluye que «la inevitable tensión entre experiencia personal y canon acaba resolviéndose siempre en una apelación a la experiencia» (p. 100), experiencia que Marina confía en que venza finalmente entre tanto lío teológico. Se deduce así que el autor se alinea en las corrientes que espiritualizan todo lo sobrenatural en el Jesús de los evangelios, a pesar de que él mismo recuerda la rotunda afirmación de Pablo: «Si Cristo no está resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe» (1 Corintios 15: 14). Una afirmación categórica tristemente olvidada (junto con la profunda argumentación que la acompaña) o, peor aún, manipulada por no pocos teólogos modernos, y que merecería más atención al abordarse el tema, ya que en ella reside la impresionante síntesis entre sana teología e imparable impulso ético de la fe cristiana.
El ensayo aclara con sabiduría algunos conceptos religiosos, tradicionalmente pervertidos. La fe, en la Biblia, es básicamente confianza: «El fiel tiene que ser Jesús, o Dios, es decir, quien hace la promesa. Así pues, el cristiano lo que tiene que ser es confiado» (p. 112). En realidad, «el “acto de fe” que estudia la teología no es un fenómeno real, sino un constructo teológico» (p. 113). Y su explicación sobre el concepto bíblico de amor es de lo más acertada: «Cuando los cristianos primitivos repiten insistentemente “Dios es amor”, tendemos a interpretar esta frase en clave sentimental. Nos equivocamos porque el cristianismo es muy poco patético. Amar no es un sentimiento, sino una acción. Una acción creadora de lo bueno» (pp. 121, 122).

Dos cristianismos
El capítulo IV, “Pretensiones de verdad de las religiones”, es especialmente interesante. Marina analiza la tensión provocada por los dos grandes modelos de interpretación de la experiencia cristiana: la que él denomina “gnóstica” (vinculada a la especulación teológica, a la ortodoxia, a lo eclesiástico, y no necesariamente a la corriente religiosa conocida como gnosis) y la moral (asociada a la ortopraxia y la acción). En un sintético repaso a la historia del cristianismo, concluye que es la primera corriente la que se ha impuesto a lo largo de la historia. La exposición de JAM, tan atractiva por otro lado, no deja de resultar confusa, pues no vislumbra con nitidez el indisociable vínculo que en el pensamiento bíblico une el pensamiento y la acción, si bien él mismo reconoce la permanente interpenetración de ambos modelos, la relación dialéctica e interdependiente de Verdad y Bien.

Asumir la fe ante nuevos desafíos (Josué 24), L. Iván Jiménez J.

Los nuevos retos para la fe

10 de febrero de 2008

Los retos permanentes
La fe en Cristo enfrenta retos de manera permanente, pues cada situación, coyuntura o circunstancia, eventualmente demanda una respuesta clara y pertinente capaz de demostrar que se está consciente de la importancia real del Evangelio para la vida personal y colectiva. Porque sin este crisol continuo, se corre el riesgo de la monotonía y la rutina, y como creer o vivir mediante la fe es una apuesta vital, no podría ser de otra manera. De ahí que cada creyente deba tomarse el “pulso espiritual” todo el tiempo y, a la vez, advertir cuál es la situación que prevalece a su alrededor para darse cabalmente cuenta de qué aspectos de su espiritualidad deben transformarse y adaptarse para cumplir con el seguimiento de Cristo.
En ese sentido, confesar la fe es dar testimonio de la manera en que se entiende la acción dinámica de Dios en las vidas humanas y en la historia. Acaso la comprensión mecánica de esto sea la causa de que mucha gente se queje de que “su religión” no responde a las circunstancias que vive y de que se asuma la importancia de las creencias sólo en términos de prohibiciones o de definiciones de lo que es bueno y de lo que es malo. Por ello, los autores del Nuevo Testamento se preocuparon tanto por el tránsito de una generación a otra para que la memoria de la acción de Jesús de Nazaret encontrara nuevos cauces de aplicación a las urgencias humanas. Los apóstoles insistieron no solamente en organizar nuevas comunidades cristianas, sino en que éstas tuvieran la capacidad y el aplomo para enfrentar los aspectos cambiantes del mundo en que vivían. Algunos creyentes soñaban, por ejemplo, con que el Imperio Romano cediera su lugar histórico a un nuevo régimen en el que se superasen las injusticias y desigualdades. Cuando llegó el momento, teólogos como San Agustín salieron al paso para interpretar la nueva situación que estaba por vivirse: él, en particular, encontró que lo único eterno sería la ciudad de Dios, un espacio adonde la voluntad de Dios se cumpliese plenamente.

Capacidad de respuesta de la fe
De manera similar, cada generación de creyentes vive el enorme reto de no perder de vista la capacidad transformadora y de renovación de la fe misma. Porque cuando se supone que ésta no hace más que mantener el estado de cosas de una manera conservadora, las nuevas generaciones caen en la tentación de ver su legado de fe como una herencia inservible o pasada de moda. Lamentablemente, en muchos círculos decir la palabra cristianismo evoca sólo una serie de ritos y prácticas ajenas al ritmo de la vida en su constante evolución. Las nuevas mentalidades tienden a desembarazarse de aquello que no les resulte funcional. Y por ello la fe cristiana vive hoy una de sus crisis más severas.

Atender el pasado para hoy y mañana
Los 2 mil años de cristianismo deberían cumplir una función educativa para quienes dicen ser portadores de la fe. Es preciso adaptar el coraje con que los personajes bíblicos se pusieron en marcha para responder a las exigencias de Dios. El mundo sigue ahí, generando problemáticas en las que las recetas del pasado ya no pueden aplicarse sin más.
Como parte de esta generación, ya no es posible únicamente condenar los usos y hábitos actuales como alejados de la voluntad divina. Hay que desarrollar una espiritualidad acorde con los tiempos, consecuente y crítica a la vez, que subraye los valores del Reino de Dios con energía, pero dispuesta a entender que lo sagrado en el mundo tiene otro rostro y que la humanidad se encuentra en otra etapa de su libertad y creatividad, sin acudir a juicios ligeros ni a falsos aires o actitudes de superioridad espiritual.

Letra 61, 3 de febrero de 2008

POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (I) Guillermo Sánchez Vicente http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

En el panorama intelectual español el conocimiento del hecho religioso está tradicionalmente reservado a autores cercanos a los ámbitos eclesiásticos, y los pensadores “laicos” manifiestan por lo general una ignorancia pasmosa sobre estos asuntos; en el mejor de los casos, exhiben conocimientos secundarios que, a modo de tópicos o eslóganes, toman prestados de otros autores. Reconforta por tanto encontrar que un ensayista tan solvente como José Antonio Marina (“JAM”, según se identifica en su libro) se haya documentado prolijamente, estudiando de primera mano a los principales teólogos de la historia del cristianismo y buceando en los textos bíblicos.
A fin de aligerar la lectura del ensayo, ha decidido prescindir de notas en la edición impresa, pero se pueden leer, a modo de bibliografía comentada por apartados, en su página web, donde también encontraremos un resumen del libro:
www.joseantoniomarina.net. Marina considera imprescindible abordar la cuestión del cristianismo: «Mi idea de la filosofía como servicio público me impide elegir los temas», afirma (p. 13); de modo que ante el “problema” que constituye la religión en el mundo actual, se propone tratarlo con su habitual rigor analítico, claridad divulgativa y honestidad intelectual. Porque Marina “se moja” y responde abiertamente a la pregunta que formula en el título de su obra (a diferencia de lo que hiciera en Dictamen sobre Dios, que ya reseñamos en su día).

Jesús y la verdad
Comienza su ensayo ofreciendo una breve pero jugosa vislumbre del Jesús de los evangelios, tanto a la luz de lo que éstos nos ofrecen, como a partir de las principales interpretaciones teológicas. No oculta los problemas epistemológicos que plantea Jesús como personaje histórico, pero tampoco algunos de los excesos de la crítica autoerigida en oráculo de la verdad histórica, esa crítica que de forma prepotente (y sin consenso entre los autores, por supuesto), decide qué ha de creerse y qué no en el texto bíblico. Señala, por ejemplo, cómo las dataciones que tan categóricamente atribuyen algunos autores a los evangelios «representan más una hipótesis erudita que una constatación documental» (p. 25), o lo ridículo de ciertas teorías sobre los supuestos orígenes legendarios de Jesús.
En el inicio del cristianismo hay una experiencia: «La fe en Jesús es –desde el punto de vista psicológico– fe en la experiencia contada por sus discípulos» (p. 40). De ahí que resulte imprescindible explorar el concepto de experiencia. Según JAM, «la inteligencia humana es un dinamismo imparable y expansivo» (p. 46). «No sé de dónde proceden esos grandes designios, diseños o proyectos» (p. 47), dice. Entre ellos incluye la religión, en una curiosa versión de la teoría de la proyección de Feuerbach: «Al hombre se le ocurrió la posibilidad de que hubiera Dios o dioses, lo mismo que se le ocurrió el triángulo isósceles y la teoría de la relatividad» (p. 48). Parece negar así cualquier revelación, pero acepta la religión en la medida en que la función moralizadora de las religiones «ha supuesto una benéfica limitación de la arbitraria acción del poderoso… hasta que ellas se convirtieron en poderosas» (pp. 50, 51). Marina las contempla en su dimensión histórica y evolutiva, de ahí que las considere «una creación compartida y coral» (p. 51).
De la relatividad de la experiencia surge el problema de la verdad, que analiza en su teoría de la doble verdad (subtítulo del libro). Marina diferencia verdades universales y verdades privadas. Al primer campo pertenecerían la ciencia y la ética, y al segundo la estética y la religión. A la adecuación entre el contenido de una afirmación y la realidad la denomina “verdad material”; ésta sólo se convertirá en “verdad formal” cuando se haya demostrado experimentalmente, alcanzando un «estado suficiente de verificación» (p. 55). Sin caer en el relativismo subjetivista, Marina acepta, siguiendo a Popper, que toda afirmación científica puede y debe ser susceptible de una refutación. Pero su excesiva confianza en la ciencia y en la autofundamentación de la ética le conduce a otorgar a éstas un estatus de cierta infalibilidad que parece contradecir su propia teoría: «El campo de la aplicación de una verdad privada es estrictamente privado. Una persona religiosa puede acomodar su vida a sus creencias, puede explicarlas, pero en lo que afecta a los demás tiene que someterse a los dos grandes niveles de verdades universales: La verdad científica, La verdad ética» (p. 62; cursiva añadida).
Marina ha dedicado gran parte de su producción intelectual a justificar la universalidad de estos ámbitos del saber humano. Hay que valorar positivamente su defensa de unos valores absolutos, sobre todo en el plano ético, pues de lo contrario se incurre en un paradójico absolutismo del relativismo. Aun así, hablar de someterse a verdades científicas y éticas podría resultar peligroso, como trataremos de mostrar.
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MARCIAL MACIEL (1920-2008): “UN HOMENAJE A LA ESQUIZOFRENIA”

Ha corrido ampliamente la noticia, dentro y fuera de los círculos religiosos: en la ciudad de Houston, a los 87 años, falleció Marciel Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo. Ante esta muerte, una sensación de enorme ambigüedad (en el mejor de los casos), está queriendo ser acallada desde los ambientes afines a su causa, con la amenaza de que en un tiempo perentorio alcanzará los altares debido a que, como Jesús de Nazaret, ¡fue objeto de incomprensión, calumnias y persecución! De suceder esto, se consumaría uno de los mayores fraudes de la historia reciente del catolicismo, pues no suena justo, ni mucho menos razonable, que alguien relacionado, de manera documentada y fehaciente, con la pederastia infantil y el abuso psicológico, además del autoritarismo y el consumo de drogas, se incorpore al santoral católico.
Y es que, más allá de cualquier simpatía o rechazo del significado de la orden religiosa en cuestión, identificada con el legado cristero que representó Maciel (dada su relación familiar con algunos jerarcas que protagonizaron la guerra que azotó a México en los años 20 del siglo pasado), y que siempre se relacionó con las altas esferas del poder político y económico, queda una sensación de profunda indignación, sobre todo a partir de la forma en que empresarios católicos como Lorenzo Servitje (propietario de la fábrica de pan Bimbo) presionaron al Canal 40 de televisión para impedir que algunas víctimas de pederastia dieran su testimonio sobre lo que habían padecido en las escuelas de la orden religiosa (Véase: Jaime Avilés, “Bimbo en el Vaticano y otras minucias”, en La Jornada, 10 de mayo de 1997, www.jornada.unam.mx/1997/05/10/tonto.html).
Su estrecho contacto con la familia del ex presidente Ernesto Zedillo se evidenció cuando de oficinas gubernamentales salieron llamadas para impedir también dichas emisiones. En cuanto a Vicente Fox, se sabe también la manera oportunista en que Maciel se relacionó con la primera y la segunda esposas del ex presidente, según conviniera a sus intereses. En alguna ocasión la señora Martha Sahagún abiertamente salió en defensa de Maciel y su labor religiosa y educativa, dedicada, como tantas otras, a servir a las elites económicas del país, aunque claro, con una actitud abiertamente permisiva, como explica Bernardo Barranco: “Mientras que por un lado se enarbolan los valores de la familia como ‘iglesia doméstica’, se oponen al divorcio, la eutanasia, el aborto, a la ordenación de mujeres sacerdotes, al fin del celibato, etcétera, utilizando paradójicamente todos los medios tecnológicos y publicitarios modernos como la televisión; por otro, son laxos con otro tipo de conductas, como la conducción de las empresas, explotación e impactos ambientales. Se acude a la tradición como fuente de legitimación de los valores pero se aceptan fatalmente comportamientos tácitos a los mismos” (La Jornada, 1 de febrero).
El doctor Fernando M. González, investigador de la UNAM y autor del libro quizá más documentado y crítico sobre Maciel y los Legionarios (Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: Testimonios y documentos inéditos; un fragmento puede leerse en:
www.nexos.com.mx/articulos.php?id_article=1027 &id_rubrique=364; reseña de Alberto Athié en: www.hojaporhoja.com.mx/ notadeapoyo.php?Identificador=6134&numero=), dijo en una entrevista radiofónica que si dicho personaje, a más de no ser otra cosa que un brillante empresario educativo (que fundó el Instituto Cumbres y la Universidad Anáhuac (1964), así como la Universidad Francisco de Vitoria en España y otros colegios en zonas subdesarrolladas de Bosnia, Chile, Colombia, España, Estados Unidos y Venezuela), es beatificado, se trataría de un auténtico “homenaje a la esquizofrenia”, pues la doble vida que vivió: por un lado, como iniciador, a muy temprana edad (1941), de la orden que lleva el nombre de Cristo, y por el otro, como pederasta y adicto a las drogas, representa uno de los casos conocidos más patológicos al interior del catolicismo.
Además, subrayó González, independientemente de la fe de cada quien, resulta insoportable el hecho de que los delitos cometidos por Maciel y su gente permanezcan impunes. Mencionó también que la complicidad de la curia vaticana se comprueba porque desde fechas tan lejanas como 1948, 1954 y 1956, Maciel fue acusado de robo de documentos, consumo de drogas y pederastia, respectivamente, y nunca se hizo nada al respecto, únicamente para no dañar la imagen de la Iglesia. Sale así a la luz una realidad tristemente negada: la Iglesia Católica toleró los excesos de Maciel por más de medio siglo.
Todo ello es puesto en entredicho por el escritor católico Francisco Prieto, quien en Felonía, una obra de teatro publicada recientemente (México, Jus, 2007), expone literariamente las dimensiones religiosas y espirituales del caso. Él mismo explica que Felonía, obra en dos actos, parte de una molestia profunda de la conciencia de un católico como el autor mismo se asume, “y cuando uno decide escribir el hecho se empieza a imaginar cómo es posible que alguien sea así. Es decir, ¿cómo se puede vivir en esas flagrantes contradicciones. Al menos el tipo de literatura que hago es una literatura que pretende desvelar las luchas en el interior de la persona, todas mis novelas y obras de teatro tiene ese aspecto en común, porque hago una literatura de personajes” (http://www.milenio.com/index.php/2007/06/13/80253/; véase también: www.proceso.com.mx/getfileex.php?nta=53335).
El apoyo que recibió Maciel durante el pontificado de Karol Wojtyla, en nombre de la evangelización, contrasta con la sanción, mínima en opinión de muchos (“sanción eufemizada”, según González), que recibió por parte del Vaticano en mayo de 2006, en el sentido de que no podría oficiar misas y debía dedicarse a la oración (cf. B. Barranco, “La debacle de Marcial Maciel”, www.jornada.unam.mx/2006/05/21/index.php?section=opinion&article=018a1pol), y en 2007, cuando se suprimió el voto de silencio sobre la crítica al funcionamiento interno de la orden, algo que atenta contra el Derecho Canónico católico, según explicó González. La Jornada publicó, en abril de 1997, un reportaje amplio sobre el tema.
Los testimonios de antiguos miembros de la orden, como el de José Barba, profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México, acerca de que enfrentan demandas millonarias en España y Estados Unidos, muestran la forma en que se sigue victimizando a quienes en su adolescencia fueron las víctimas del abuso psicológico y sexual, pues fueron obligadas no sólo a no ventilar lo sucedido, sino también a mentir sobre las virtudes y valores promovidos por la Orden religiosa. Un sitio web (http://www.regainnetwork.org/) está dedicado a la búsqueda de recuperación de quienes sufrieron abusos dentro de los Legionarios de Cristo.
Como se ve, el juicio público al que ha sido y será sometida la figura de Maciel todavía tiene un largo trecho por recorrer. (LC-O)

Creer como parte de una nueva generación, L. Cervantes-Ortiz

3 de febrero, 2008

Deuteronomio 6.4-25; II Timoteo 2.1-13
1. Las nuevas generaciones del pueblo de Dios en la Biblia
Tal como dan testimonio los textos bíblicos, las nuevas generaciones de integrantes del pueblo de Dios reciben un llamado específico de Dios para ubicarse en el marco de la historia de la salvación. El Deuteronomio ofrece un panorama triple de la situación de Israel ante su Dios libertador. En primer lugar, el libro remite a los acontecimientos iniciales, fundadores, cuando Moisés, el gran líder religioso y político, dirige los destinos de la comunidad. En segundo término, Dt 6 se anticipa a la siguiente generación que vendría después y preguntaría por los actos liberadores de Dios. En tercer lugar, la época del rey Josías es la etapa histórica en que se redescubre la Ley de Dios y que demanda también una liga con los acontecimientos previos.
Moisés y sus contemporáneos vieron con sus ojos la salvación de Dios: fueron protagonistas y testigos de una acción extraordinaria de Dios, acaso la más notable del Antiguo Testamento. Ante sucesos así, la fe no tiene argumentos para declinar su observancia y, por el contrario, funda una auténtica tradición de cambio. Con todo, la consolidación de dicha experiencia debía contemplar la capacitación psicológica, espiritual y cultural para poder entrar a la tierra prometida por Dios. La gran tragedia es que ni siquiera Moisés lo logró porque ella representaba nuevas condiciones para las cuales la nueva generación dirigida por Josué estaba más capacitada. Pero éste debía también estar a la altura de las circunstancias, pues luego de la liberación vendría la construcción de una nueva sociedad.
Pero la tercera lectura de los hechos es la que quizá expone un mayor conflicto, pues las condiciones del pueblo luego de la monarquía hicieron que la ley divina pasara a un plano diferente. Josías intentó recuperar no sólo la estabilidad política de su nación, sino también confrontar a las nuevas generaciones con el pasado glorioso de las acciones de Dios en la historia. Algo nada fácil, pues los sedimentos de vida del pueblo y, sobre todo, el surgimiento de clases dominantes que prácticamente habían apostatado de la fe, habían puesto en entredicho la fe originaria que ahora los profetas se encargaban de desempolvar, sin mucho éxito en ocasiones. Josías fracasó, la monarquía ligada a David desapareció y el pueblo marchó al exilio para comenzar a reconstruirse de otra manera. El maridaje ideológico de esa generación con los impulsos autoritarios de la monarquía hizo que Dios los desarraigara por completo.

2. Timoteo y la segunda o tercera generación de cristianos
Pueden rastrearse varias generaciones de cristianos en el Nuevo Testamento. El primer estrato, relacionado con el ímpetu inicial de la vida y obra de Jesús de Nazaret, es difícil de reconstruirse y entenderse, si no es a la luz de las mentalidades azotadas, por un lado, por el espíritu apocalíptico, es decir, de cansancio y desencanto espiritual ante la supuesta falta de intervenciones divinas en la historia del pueblo. Los apocalípticos no creían ya en el advenimiento de políticos mesiánicos en la estela del mito de David y su linaje. Hasta que se escriben los textos (en una segunda generación) se recupera el lenguaje y la imaginería davídica, pero para aplicarla a la figura de Jesús: su mensaje es leído en la clave de la introducción de un Reino calcado de las esperanzas mesiánicas de una parte importante del Antiguo Testamento.
Por ello, el advenimiento de nuevos grupos de creyentes, nuevos en muchos sentidos, porque a la segunda generación de seguidores de Jesús les correspondió, por ejemplo, ser testigos de la destrucción de Jerusalén en el año 70, suceso que marcó para siempre su conciencia. Con todo, esos mismos desafíos hicieron que la generación de escritores de los primeros textos, comenzando con Pablo, interpretaran el compromiso cristiano de manera que pudieron dar un paso adelante en la respuesta de la fe en medio del Imperio Romano, condenado también a caer, según se lee en Apocalipsis 18. Pero la vida cotidiana de los nuevos/as creyentes era un asunto fundamental para los apóstoles y pastores. De ahí que hay que ver la forma en que los discípulos de los apóstoles (primero, los Padres Apostólicos y luego los Padres de la Iglesia) se propusieron fortalecer los contenidos éticos de la fe para no dar la razón a los perseguidores acerca de los excesos de las comunidades.
Las dos cartas a Timoteo, ubicadas en el espectro del legado paulino, manifiestan la profunda preocupación de aquella generación por que no queden desprotegidos de una estructura teológica, espiritual y moral sólida que responda a las demandas del régimen de vida de ese momento. Por eso, el lenguaje de Pablo a Timoteo es específico, diáfano y directo para hacerle saber el grado de responsabilidad que tendría como parte de una nueva generación de creyentes. Tomar la estafeta de líderes como Pablo no debió ser muy sencillo, especialmente ante los conflictos que se vivían en el interior de las comunidades que luchaban por darle lugar a todos los miembros, incluyendo a las mujeres. Sólo que la propia descendencia espiritual de Pablo radicalizó algunos postulados de tendencia autoritaria y centralizadora. Pero, en medio de todo, la continuidad se dio para actualizar la fe en nuevos tiempos.

3. Cristianos evangélicos de tercera o cuarta generación: ¿qué hacer?
Porque esa es la disyuntiva para nosotros hoy también: continuidad o discontinuidad, en varios sentidos. Si la experiencia de fe que vivieron los primeros evangélicos en este país les hizo consolidar una perspectiva sólida ante el ambiente, resultaba casi inevitable que los sucesores, al no ser exigidos por la fuerte oposición, moderaran la intensidad del fervor, al grado de que el contacto con la religión mayoritaria resulta hoy más tolerable. De ahí que los desafíos deberían ubicarse en otros terrenos, pues el acomodo cultural de la fe cristiana heterodoxa no es tan sencillo para los grupos más jóvenes. Porque el otro aspecto es la actitud sectaria o de diferenciación, que en una época se concentró en el moralismo y en las prohibiciones, que hoy no resultan más que un estereotipo. Estos dos aspectos negativos, precisamente por eso, tendieron a agotarse con el paso del tiempo, y ahora la exigencia es hacia la positividad de la presencia evangélica, es decir, sus aportaciones reales a la vida social.
El cristianismo, como religión histórica, enfrenta el dilema de que al brotar de un encuentro transformador, el impacto de éste en las vidas de los sujetos no puede reproducirse automáticamente en los hijos o nietos, pues la experiencia es insustituible, de ahí la importancia de la educación para desarrollar una genuina cultura bíblica que permee el ambiente evangélico, pues ya es tiempo de subrayar los aspectos éticos de la fe evangélica o protestante. Por ello, los y las jóvenes evangélicos requieren reubicar su identidad para salir de los estereotipos que se esperan de ellos y están en posibilidades de sorprender con un horizonte ético más fresco y auténtico. Porque, al compartir las características y expectativas propias del momento, o sea, la carencia de ilusiones en general, el refugio más sencillo es someterse a los dictados de las modas y la ideología predominante, como siempre, pero con el agravante de que puedan ser desmovilizados precozmente. La tercera o cuarta generaciones de evangélicos latinoamericanos tenemos la responsabilidad de hacer visible el Evangelio de Jesucristo, pero sólo a partir de un auténtico encuentro con él mediante la Palabra y el testimonio.
Pero el reto sigue ahí: conseguir que la eficacia del Evangelio se manifieste en su capacidad de traspasar el tiempo y que nosotros seamos el filtro vital por medio del cual se traslade a las vidas de las nuevas generaciones de creyentes para que asuman el lugar que Dios espera de cada uno.

Una nueva generación de creyentes

3 de febrero de 2008

Cada nueva generación de creyentes enfrenta nuevas pruebas y desafíos ante los que debe, como dice el apóstol Pedro, “dar razón de su esperanza”. Y es que parecería que con la mera repetición de argumentos, ideas o creencias basta para demostrar que se está a la altura de los tiempos, pero lamentablemente no es así. En el antiguo Israel, cada nueva generación debía confrontarse, primero, con la voluntad de Dios, y, después, con las exigencias del momento. Así, el libro de Deuteronomio, escrito muchos siglos después de los sucesos que narra, intenta que el pueblo reoriente su experiencia y afine las perspectivas de su fe. Por ello, reaparece el relato de la entrega de la Ley de Dios, pero ahora a una generación de creyentes que ha pasado la prueba de un régimen monárquico que se ha dividido por su incapacidad para gobernar de acuerdo con los designios divinos, es decir, con justicia y pleno derecho para todos los miembros de la comunidad. El rey Josías trató de conducir al pueblo por las sendas que indicaba la antigua palabra de Dios, pero enfrentó, como siempre, la oposición de las clases dominantes y de un sacerdocio acostumbrado a los privilegios y comodidades de la repetición monótona y poco actualizada de la tradición religiosa
Semejante situación puso al pueblo de Dios al borde del colapso, pues a la situación interna, plagada de corrupción e indiferencia por la voluntad de Dios transmitida por los profetas, se le agregaba el peligro externo, la inminente ocupación por parte de las hegemonías políticas y militares del momento: Asiria y Babilonia. De manera similar, la Iglesia de hoy enfrenta problemas internos y externos. En particular, hacia dentro, la necesidad de fortalecer la fe de sus nuevas generaciones, porque a veces se pretende culpar al “mundo” de los problemas que la propia Iglesia se crea cuando no sabe cómo y por dónde conducir la fe de sus nuevos o mas jóvenes miembros. La reiteración de fórmulas que tal vez funcionaron en el pasado no necesariamente responde a la manera en que hoy las juventudes cristianas se sitúan en la sociedad para afirmar su fe en el Evangelio de Jesucristo.


La situación actual
Las nuevas generaciones de creyentes reciben de las generaciones anteriores un legado que prueba su eficacia ante otras circunstancias, y aun cuando el contenido de la fe sigue siendo el mismo, lo que se ha transformado es el sentido y la orientación que debe tener la fe, pues, por ejemplo, el ambiente de mayor libertad y tolerancia que se vive hoy, contrasta bastante con la época de represión y autoritarismo con que se vivía al interior de la Iglesia. Además, el mayor nivel educativo de la actualidad obliga a expresar las creencias mediante recursos que consideren seriamente los nuevos paradigmas de pensamiento y acción.
Las sociedades juveniles, que en otro tiempo aglutinaron a los contingentes de renovación eclesiástica, afrontan hoy enromes problemas de identidad, misión y ubicación en las filas de la Iglesia. Concebidas, en parte, como mecanismos de control de la energía juvenil en el ambiente eclesiástico de antaño, ahora se encuentran agobiadas por la necesidad de redefinir su función eclesiástica para que, efectivamente, canalicen el ímpetu característico de la juventud y lograr superar el esquema que las hace ser, en ocasiones, meros clubes o espacios de esparcimiento y recreación.Una gran exigencia en este terreno es la fuerte lucha que la Iglesia debe librar para que sus nuevos miembros, por un lado, asuman de la mejor manera la lid espiritual de quienes les han precedido y, por el otro, vayan más allá de la banalidad propia de la juventud actual, sometida como está al bombardeo de las modas tecnológicas y de pensamiento que han sustituido las ilusiones de cambio de otras épocas. (LC-O)

Letra 60, 27 de enero de 2007

INTRODUCCIÓN A LA VIDA Y TEOLOGÍA DE JUAN CALVINO, DE SALATIEL PALOMINO L.
Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación
y Apoyo,
octubre-diciembre de 2007

Como parte de una colección de libros dirigidos al pueblo evangélico hispano en Estados Unidos, coordinada por el doctor Justo L. González, la editorial Abingdon ha anunciado la aparición de este importante libro, lo cual constituye todo un acontecimiento pues es el primer trabajo sobre el reformador francés publicado por un autor mexicano. El doctor Palomino López ha hecho una gran contribución a los estudios calvinistas en general, pues esta obra resume la investigación de varias décadas de docencia, reflexión y trabajo eclesiástico, y viene a llenar un gran hueco debido a la ausencia crónica de estudios originales sobre teología reformada en español, especialmente ante la cercanía del jubileo del reformador en 2009.
Luego de más de 20 años de la publicación de Calvino vivo, en el cual apareció “Herencia reformada y búsqueda de raíces”, ensayo que podría reconocerse como el origen remoto de este nuevo libro, la sequía en este campo teológico es inmensa, pues ni siquiera se ha reeditado la antigua antología de Calvino compilada por el doctor español Claudio Gutiérrez Marín. La carencia de textos introductorios a la teología reformada apenas se ha visto compensada con la traducción al portugués de Introducción a la tradición reformada, de John H. Leith, traducido también al español en Colombia, pero con una circulación muy restringida. Resulta obvio señalar que el número tan limitado de obras no basta para cubrir el amplio espectro reformado (o presbiteriano) en América Latina, pues incluso fuera de este campo confesional se requiere una mejor comprensión del papel que cumplieron Calvino y sus seguidores en la conformación y consolidación de la Reforma, dentro y fuera de Europa.
De ahí que un libro tan equilibrado como el de Palomino merezca una mayor difusión, particularmente en las iglesias latinoamericanas, sobre todo por la enorme necesidad de una panorámica que vaya más allá del esquema conservador a que a sido sometida la comprensión de la vida y obra de Calvino. Es por ello que, aun cuando el libro fue pensado para su difusión en Estados Unidos, seguramente circulará ampliamente por todo el continente. La estructura del volumen es como sigue:

Introducción
Primera parte: Instrumento escogido por Dios. Vida y obra de Juan Calvino
Cap. 1: Hombre del Renacimiento: los años formativos
Cap. 2: Hombre de letras: la influencia del humanismo
Cap. 3: Hombre de fe: su encuentro con la Reforma
Cap. 4: Hombre de Dios: el ministerio pastoral y teológico
Segunda parte: Un hombre con mentalidad teológica. El pensamiento de Juan Calvino
Cap. 5: La centralidad de la Escritura: Calcino como expositor
Cap. 6: En las trincheras: Calvino como pensador teológico contextual
Cap. 7: La Institución de la religión cristiana: Calvino como teólogo sistemático (I)
Cap. 8: La Institución de la religión cristiana: Calvino como teólogo sistemático (II)

Tercera parte: Un latino de corte universal. Pertinencia de la teología de Calvino para la iglesia hispana/latina de hoy
Cap. 9: La influencia de Calvino
Cap. 10: La reapropiación del pensamiento de Calvino en perspectiva latina

Como se puede apreciar desde el índice, el libro explora los aspectos esenciales de la vida y obra de Calvino y permite que cualquier lector(a), primerizo o avanzado, obtenga una visión amplia y consistente de la importancia del reformador en la historia de la Iglesia. Palomino cumple ampliamente su propósito, el cual esboza con modestia en la introducción: “Apuntar de manera sencilla y breve los rasgos más sobresalientes de la obra y enseñanza de Calvino. Pero esto se hace en concordancia con los estudios más autorizados sobre la materia, de modo que la persona que lea este material pueda luego dirigirse a otros estudios y discusiones de los temas tratados, y hacerlo con comodidad y hasta con familiaridad”.
El doctor Palomino, quien recientemente cumplió 40 años de haber recibido la ordenación pastoral, ha publicado también El movimiento carismático. Una confrontación crítica (1985) y Yo seré tu Dios. Estudios sobre la teología del pacto (1987), ambos publicados por la casa presbiteriana El Faro, y múltiples ensayos y artículos. Fue decano y rector del Seminario Teológico Presbiteriano de México, así como pastor de diversas iglesias. Vive en Estados Unidos desde 1999 y actualmente es pastor de la iglesia presbiteriana Canto de Esperanza, en Berwyn, Illinois. (LC-O)
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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA
José Andrés Gallego
www.elcultural.es/HTML/20051215/Letras/LETRAS16120.asp

Este es un libro, sobre todo, convincente, y ello gracias a la capacidad argumental del autor y a la fluidez de su estilo. En realidad, no dice por qué es cristiano, sino bajo qué condiciones está dispuesto a dejar que se le considere cristiano. No es, pues, una apología del cristianismo, sino una crítica basada en la "Teoría de la doble verdad" del autor, que es el subtítulo del libro.
José Antonio Marina niega la posibilidad de que conozcamos las cosas tal como son "en sí" y eso supone que, en rigor, ni siquiera podemos saber si son "en sí". Por tanto, la verdad es aquéllo que "verifico"; verbo que etimológicamente significa "hacer verdadero", o sea "construir" una verdad como verdad. El sentido común le hace ver que muchos de nosotros coincidimos en aceptar como verdaderas -o sea en "hacer verdad"- muchas cosas, sobre las que basamos nuestra vida en común. Y a eso lo denomina "verdad pública", en contraste con aquellas "verdades" de cada uno de nosotros que no son "verificables" por los demás. Esas otras verdades son "privadas" y sólo pueden mantenerse como privadas. Pues bien, las creencias religiosas son verdades privadas para los que las tienen (o las "hacen") y no pueden constituir una norma de comportamiento común. La única norma de comportamiento común que vale la pena es la de que nos hagamos el bien los unos a los otros.
Marina da un paso más e interpreta la historia de la Iglesia a la luz de esa teoría de la doble verdad. El resultado es éste: Jesucristo existió pero no podemos "verificar" su verdadera historia, ni mucho menos que sea hijo de Dios y, además, Dios. No tiene fundamento, por tanto, creer que fundara la Iglesia, de cuyo desarrollo, por ello, sólo es verdad "pública" que se ha convertido en una estructura de poder. Con esto, la Iglesia ha dado lugar a un "cristianismo gnóstico", el de los que se creen únicos poseedores de la verdad. Consecuentemente, el autor aconseja a los católicos que tomen conciencia de la inverificabilidad de su fe y, en vez de hablar de fe, hablen de que tienen confianza: confianza en que se cumplirá la promesa que se atribuye a Cristo, sobre todo la de construir el Reino de Dios. Para José Antonio Marina, el Reino de Dios es justamente la vida física -mortal, la de ahora, la que todos consideramos verificable- sólo que transida por el hacer el bien de los unos a los otros.
Varios de los textos en que se apoya permiten una interpretación muy distinta y, además, uno disiente de bastantes puntos concretos -sobre todo los de carácter histórico-, pero no de la coherencia del razonamiento. El problema siguiente es que, de acuerdo con la noción de verdad de Marina, tampoco hay seguridad de la verdad "pública", o sea, la que todos o casi todos compartimos. No faltan filósofos que han llegado a la conclusión de que, si se duda de la existencia de Dios, hay que dudar necesariamente de la existencia de todo lo demás. Por ahí anduvo Sartre.Y lo peor es que algunos han llegado a la misma conclusión existencialmente y lo que cuentan es que se han sentido abocados a la más espantosa situación. Al dudar de Dios, han dudado de la existencia de todo lo distinto de ellos mismos. Y eso aboca a una espantosa conciencia de soledad; una soledad que incapacita para saber si existe en realidad lo que tengo delante y hacia lo que dirijo mis pasos porque tiene "sentido". Y no deja el escape de dejar de existir; porque su propia naturaleza de duda implica que, si Dios existe, ya no puedo dejar de existir. Ahora hay que resolver este otro asunto. Personalmente, le agradecería a José Antonio Marina que echara una mano y añadiera el capítulo que lo resuelva.

Nueva humanidad (Ez 11.14-25; Ef 4.17-32), L. Cervantes-Ortiz

27 de enero, 2008

1. La esperanza en una nueva humanidad
La década de los 60 del siglo pasado tuvo entre algunos de sus debates, precisamente el relacionado con la posibilidad de la nueva humanidad, especialmente desde algunas experiencias sucedidas en América Latina: Cuba y Nicaragua para ser exactos. Ambas revoluciones se plantearon en algún momento, con cierto triunfalismo, el acceso real a esa esperanza anunciada por el cristianismo pero no muy visible que digamos. El debate alcanzó niveles álgidos pues se especulaba acerca de cómo esos y otros regímenes, que alcanzaron el poder mediante la violencia, podrían establecer las bases para algo que solamente podría partir del interior de los hombres y mujeres convencidos de verdad de que es posible renovar la existencia y las mentalidades. Desde espacios religiosos, la reacción fue agresiva contra los alardes de que en esas sociedades estaba “naciendo” la nueva humanidad o, como se decía entonces, “el hombre nuevo”, frase que incluso apareció en libros de teoría política y en algunos textos literarios. Con todo, esas afirmaciones llamaron la atención hacia el hecho de que la nueva humanidad seguía (y sigue siendo) una utopía que busca realizarse de múltiples maneras en la historia.
Separados por el tiempo y el espacio, el profeta-sacerdote Ezequiel y el apóstol Pablo soñaban con una nueva humanidad. El primero, inmerso en la situación del exilio, expone la necesidad de que el pueblo de Dios esté compuesto por personas con “corazón de carne”, es decir, sensibles a las nuevas intervenciones de Dios en la historia para recomponer la vida del pueblo y reiniciar las relaciones instauradas por el pacto antiguo. La proyección futura de esa realización es intuida en medio de una crisis social, religiosa y política que obligó al pueblo a enfrentar una nueva situación, pero que por sí sola no le haría cambiar el rumbo de su fe. La nostalgia divina que traslucen las palabras de Ezequiel se transforma en un anuncio de restauración plena en la que la nueva humanidad es condición sine qua non para el reinicio de la vida y la reorientación de las creencias de miles de seres humanos que esperaban respuesta a su situación crítica. Es notable, además, la forma en que la gloria de Dios abandona Jerusalén y el templo para acompañar al pueblo en fidelidad a su pacto, pero como signo de que las condiciones del pacto se habían trastocado radicalmente.

2. La afirmación paulina de la nueva humanidad en Cristo
En el marco de su reflexión acerca de la unidad de la Iglesia, el apóstol Pablo, preso por el testimonio de Jesucristo, delinea en trazos enérgicos los rasgos de la nueva humanidad, una de las consecuencias más inquietantes dela obra de Dios por medio de su Hijo en el mundo. Cristo, como primogénito y representante de la Nueva Humanidad, posibilita que quienes han aprendido de él (vv. 20-21) sean capaces de desprenderse, como de una vieja piel, de la antigua humanidad, ligada a los criterios y valores ajenos y contrarios al Reino de Dios, en vistas de los “vicios y deseos engañosos” (v. 22). Despojarse de la vieja humanidad significa asumir, existencialmente, la novedad de vida prometida por Jesús y vestirse de la nueva humanidad, creada por Dios en la justicia y santidad de la verdad (v. 24). La renovación de la mente (nous) alude a la conversión (metanoia), es decir, al reencauzamiento de la vida completa y a entrar en el camino marcado por Jesús en relación con el Reino de Dios. Llama poderosamente la atención que Pablo no insta a sus lectores a cumplir preceptos o leyes religiosas moralizantes, sino a invadir la cotidianidad con los valores y prácticas propios del Reino de Dios.
Por ello, Pablo observa esta propuesta divina como propia del horizonte de las acciones del Espíritu Santo en el mundo. La renovación del lenguaje, de las acciones encaminadas al beneficio común y, sobre todo, el primado de la verdad en todas las relaciones, constituye el centro de la predicación escrita del apóstol. La exhortación específica, en ese sentido, es a hacer presente en la vida de todos los días la nueva humanidad como signo efectivo de la aurora del nuevo mundo prometido por Jesús. La fuerza del perdón otorgado por Dios, agrega Pablo, debería trascender el ámbito meramente religioso para propiciar nuevas condiciones de entendimiento entre las personas. El contexto de los efesios era particularmente exigente para quienes, incorporados a la comunidad cristiana, debían afrontar, desde su cultura, el reto de encarnar el Evangelio.

3. Los desafíos para hoy
La nueva humanidad sigue siendo un enorme desafío, especialmente cuando hoy se promueve y practica una manera de ser humanos que no necesariamente coincide con las expectativas bíblicas que, en rigor, plantean la necesidad de recuperar permanentemente el sentido de solidaridad colectiva para la sobrevivencia de la especie. Hoy se nos ve más como números y como consumidores pasivos de productos de alta tecnología que, supuestamente, han venido a resolvernos la vida para siempre. La dictadura ideológica del mercado ha cambiado, efectivamente, nuestra manera de vivir y amenaza seriamente nuestra manera de pensar y asumir la existencia como don de Dios. Pablo y su comprensión de la fe con un rostro antropológico que respete los valores sagrados de la vida y la coexistencia pacífica. Nos hace falta, como miembros de la Iglesia de hoy, traducir los postulados esperanzadores de las Escrituras a acciones concretas que manifiesten con claridad la forma en que el Evangelio rehumaniza y lucha, mediante estas vidas transformadas por el poder del Espíritu divino, por restablecer la imagen de Dios que portamos, incluso en medio de las peores circunstancias.
La nueva humanidad será posible en la medida en que los portadores del mensaje cristiano se dejen modelar por la figura de Jesucristo, quien introdujo al mundo los rasgos de una forma coherente de ser humanos, esto es creadores conscientes, maduros y críticos de una civilización que no se sienta cristiana únicamente por haber nacido en la era que lleva ese nombre. Quienes conducen el destino de la humanidad deberán recordar que el modelo de humanidad querido por Dios está todavía muy lejos de cumplirse y que es su responsabilidad la abdicación de millones de personas de ese ideal inconcluso.

El desafío de una nueva humanidad

27 de enero de 2008

¿Es posible la nueva humanidad?
En los años 60 del siglo pasado se habló y especuló bastante sobre el tema de la nueva humanidad, sobre todo ante los desafíos planteados por algunos gobiernos socialistas que alardeaban de estar cerca de alcanzar tan aleando ideal. Especialmente en Cuba y Nicaragua (20 años más tarde) se discutió acerca de tan discutible logro. Desde algunos ámbitos cristianos se criticaba, con razón, la creencia de que semejante meta se hubiera conseguido únicamente mediante transformaciones externas o materiales. Se objetaba, por ejemplo, que algunos regímenes imponían de manera más o menos autoritaria los lineamientos sociales y comunitarios para comenzar a experimentar esa nueva realidad. Por supuesto, en los años más difíciles de la llamada Guerra Fría, estos cuestionamientos obedecían más a la lucha ideológica que al reconocimiento honesto de ciertos logros del sistema socialista, actitud fomentada por la propaganda del bando contrario. Lo cierto es que, en el mejor de los casos, la posibilidad de debatir en torno a un asunto tan relevante para la fe cristiana, fue una excelente oportunidad para releer los textos bíblicos al respecto.

Reino de Dios y nueva humanidad

Según el Nuevo Testamento, la nueva humanidad es, simultáneamente, resultado y exigencia de los valores del Reino de Dios anunciado y vivido por Jesús de Nazaret y de una militancia consciente, responsable y progresivamente madura en la promoción y experimentación individual y comunitaria de los mismos en la vida cotidiana. Se entiende, también, que la transformación llevada a cabo por este ímpetu espiritual abarca todas las áreas de la vida humana, por lo que hablar de una nueva humanidad producida por la acción de Dios a través de su Espíritu es la punta de lanza del amplio proyecto divino por renovar todas las cosas. Sólo que, luego de más de dos milenios de cristianismo, en los que las diversas comunidades que reivindican ese nombre han afrontado con desigual fortuna la misión de dar testimonio de la radical novedad del mensaje de Jesús, pareciera que el ideal evangélico está todavía lejosde cumplirse. Y es que las enseñanzas bíblicas al respecto no anuncian necesariamente una superación inmediata de la vieja humanidad, marcada por el dominio casi permanente de la injusticia y el mal en todas sus formas. En lo que sí insisten es en la obligación ética de las comunidades cristianas de demostrar, con hechos, que la nueva humanidad introducida por Jesucristo en el mundo es una realidad efectiva. Porque la nueva humanidad es, ante todo, una actitud ética, no necesariamente moralista como a veces se promueve. De ahí que la genuina búsqueda y práctica de esta situación transformadora deba encontrar aplicaciones efectivas en medio de las complicaciones propias de un mundo que se resiste a la novedad de vida.

Desafíos para la Iglesia
Por todo lo anterior, las iglesias deberían ser los espacios naturales o talleres de la nueva humanidad, es decir, comunidades en las que la paz, la igualdad, la justicia, la dignidad y la tolerancia, entre tantas otras virtudes (o dones del Espíritu, en el lenguaje del NT), se experimenten mediante acciones visibles de rehumanización de las relaciones familiares, laborales, políticas, económicas, justamente los campos en donde las personas tienen que demostrar el tipo de valores que rigen su existencia.En estos tiempos en que la supuesta carencia de ilusiones o utopías ha hecho que el cinismo y la iniquidad vestida con piel de oveja someten la mentalidad general, es urgente subrayar que la acción de Dios es capaz, todavía, de volver a hacer lo que hizo en Cristo: instalar las bases para una nueva y auténtica humanidad. (LC-O)

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...