viernes, 14 de marzo de 2008

Letra 66, 9 de marzo de 2008

JESÚS, SEÑOR DE LA MUJER (Fragmento)
María Clara Luchetti Bingemer
Servicio de Documentación e Investigación,
www.sedos.org/spanish/bingemer.htm

Lo que nos es dado conocer del Jesús histórico a través de los relatos evangélicos lo muestra como el iniciador de un movimiento itinerante carismático, donde hombres y mujeres son admitidos en relaciones de fraterna amistad. Diferente del movimiento de Juan Bautista, con marcado acento sobre la ascesis y la penitencia; diferente también de Qumrân, donde solo los hombres son admitidos, el movimiento que Jesús instaura se caracteriza —además de la preocupación central de la predicación del Reino como proyecto histórico concreto— por la alegría, la participación sin prejuicios en fiestas y comidas a las cuales son admitidos pecadores y marginados en general, y por la ruptura con una serie de tabúes que caracterizaban la sociedad de su tiempo.
Entre estas rupturas, ciertamente una de las más evidentes es la que tiene relación con la mujer. La mujer en el judaísmo del tiempo de Jesús era considerada social y religiosamente inferior, "primero por no ser circuncidada y, por consiguiente, no pertenecer propiamente a la Alianza con Dios; después por los rigurosos preceptos de purificación a los cuales estaba obligada debido a su condición biológica de mujer; y finalmente, porque personificaba a Eva con toda la carga peyorativa que se le agregaba".
La triple plegaria judía característica del rabinismo del siglo II va a reflejar la mentalidad que ya desde la época de Jesús es vigente en el Judaísmo: la oración con la cual el judío piadoso daba gracias a Dios todos los días por tres cosas: por no haber nacido gentil, ni ignorante de la ley, ni mujer. En este contexto, la práctica de Jesús se muestra no solo innovadora, sino también chocante. A pesar de no haber dejado ninguna enseñanza formal respecto al problema, la actitud de Jesús para con las mujeres es tan insólita que llega a sor­prender hasta a los mismos discípulos (Jn 4.27).
Es común a los cuatro evangelios que las mujeres forman parte de la asamblea de Reino convocada por Jesús, en la que no son simples componentes accidentales, sino activas y participantes (Lc 10.38-42) y aun beneficiarias privilegiadas de sus milagros (cf. Lc 8.2; Mc 1.29 31; Mc 5.25-34; Mc 7.24-30, etcétera) (cf. Boff 1979; Tepedino 1990; Ricci 1991; Bingemer 1991; Aquino 1992; y otros).
Esa promoción de las mujeres por parte de Jesús tiene para nosotros, hoy, un doble alcance teológico:

1. Se trata de un aspecto particular del Evangelio en lo que tiene de más esencial "la Buena Nueva anunciada a los pobres liberados en prioridad por Jesús: los desheredados, los rechazados, los paganos, los pecadores y los marginados de toda suerte, entre los cuales se incluyen las mujeres y los niños, no considerados por la sociedad judía. A todos estos Jesús los hace destinatarios privilegiados de su Reino, integrándolos plenamente en la comunidad de hijos de Dios, porque con su mirada divina, informada constantemente por los movimientos del Espíritu y por lá relación filial con el Padre, sabe discernir en todos estos pobres —en los cuales está incluida la mujer— valores ignorados: "la vida preciosa del cañizo pisoteado o el fuego no extinto de la mecha que aún humea" (Laurentin 1980, 84).
Las mujeres desempeñan un papel importante en esta visión evangélica de la reversión social que la praxis y la palabra de Jesús traen. Entre las diferentes categorías de marginados son ellas que aparecen como representativas de los pequeños oprimidos. El diálogo y primer reconocimiento de Jesús como Mesías sucede con una mujer samaritana (cf. Jn 4). Una mujer siro-fenicia (cf. Mc 7,24-30) o cananea (Mt 15,21-28) es la que lleva a Jesús a realizar el gesto profético de la Buena Nueva anunciada a los gentiles. Entre los pobres, declarados bienaventurados por Jesús porque saben abrirse y sacar hasta de lo más necesario, la figura de la viuda (cf. Lc 21,3) es la que se destaca como la más destituida y la más generosa. Entre los moralmente más marginados y fuera de la ley que serán, por otro lado, los primeros a entrar en el Reino de Dios, se mencionan las prostitutas (cf. Mt 21,31). Entre los impuros, a los cuales es vedado el acceso a los ritos y al universo religioso, la mujer con flujos (Lc 8,4; Mt 9,20-22) es el prototipo, permanentemente impura — según la ley judía (cfr. Lev 15,19) — y volviendo impuro hasta lo que ella toca.
Las mujeres son, pues, parte integrante y principal de la visión y de la misión mesiánica de Jesús, y en ella aparecen como las más oprimidas entre los oprimidos. Ellas son el escalón más bajo de la escala social, siendo por lo tanto vistas como los últimos que serán los primeros en el reino de Dios. Cargan sobre sus hombros la doble opresión social y cultural, clasista y sexista. Por eso, son destinatarias privilegiadas del anuncio y de la praxis liberadora de Jesús. Por eso también la respuesta que dan esas oprimidas y discriminadas a la propuesta mesiánica es tan rápida y radical. Por estar situadas en la base de la red de relaciones sociales de su época, soportando el peso de sus contradicciones, las mujeres son las que mayor razón y mejores condiciones tienen para desear y luchar por la no-perpetuación del status quo que las oprime y esclaviza.
2. La relación de Jesús con la mujer carga aun otro componente que, estrechamente entrelazado con el primero, enriquece y complementa el cuadro de la propuesta liberadora del Reino. Se trata de la relación de Jesús con el cuerpo de la mujer, dimensión central, por donde pasa la discriminación de que esta es objeto.
Jesús, con su praxis liberadora en relación a las mujeres, aceptándolas tal como eran, aun con su cuerpo considerado débil a impuro en su cultura, proclama una antropología integrada, que valora al ser humano en su dimensión de cuerpo animado por el soplo divino, como un todo donde espíritu y corporeidad son una sola cosa. Es importante recordar aquí unos episodios evangélicos donde Jesús aparece en contacto más directo con la corporeidad femenina, reafirmando su dignidad y su valor como creación de Dios:
- curando a una mujer con flujos — impura para los judíos — se expone al riesgo de volverse él mismo impuro al tocarla (Mt 9.20-22; Lc 8.43);
- resucitando a la hija de Jairo: La toma por la mano delante de los discípulos (Lc 8.49-56);
- dejándose tocar, besar y ungir los pies por una conocida pecadora pública, permite que el anfitrión fariseo ponga en duda su condición de profeta (Lc 7.36-50).
Como lo biológico en la mujer es el punto central por donde pasa la marginación de la cual su persona es objeto, la praxis de Jesús actúa ahí concretamente como liberadora y salvadora, abriendo posibilidades y nuevos horizontes de comunión a todas estas que la sociedad excluía, y proclamando el advenimiento de una nueva humanidad donde la imagen original creada por Dios — "macho y hembra" (Gen 1,27) — pueda llegar a su plena estatura (cf. Ef 4,13). El Evangelio pues, no presenta un dualismo donde masculino y femenino se oponen, conflictúan o aun se "complementan" románticamente. Ofrece más bien una propuesta de vida y de relaciones donde la mitad de la humanidad, que sigue siendo despreciada y discriminada, tiene derecho y acceso a una relación humana a igualitaria, adulta y responsable.
Al mismo tiempo que proclama esta antropología integrada e integradora, Jesús la vive en su propia persona y en su vida, lo que nos brinda un dato más para afirmar, con seguridad, que la cristología es el fin del patriarcalismo.
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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (VI)
Guillermo Sánchez Vicente
http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

Profesión de fe y compromiso
En conclusión, JAM se adentra con inteligencia y sinceridad en la figura de Jesús, acepta sus planteamientos éticos, pero no logra sintetizar el conjunto de su pensamiento. En su peculiar cristianismo faltan, a nuestro juicio, líneas esenciales del mensaje del Nazareno, pero hay que dar la bienvenida a la defensa que hace de la ética cristiana, máxime cuando en una sociedad en la que cada vez más se esgrime la religión como motivo de enfrentamiento personal y político, Marina, desde su influencia pública como intelectual, hace años que defiende valores cada vez más atacados, como el respeto, el sentido común, el rigor, el análisis desprejuiciado, el laicismo y los derechos humanos.
Incluso ha escrito un libro para expresar su particular profesión de fe. Al principio la formula de manera negativa, identificando con agudeza a dos de los principales enemigos actuales del cristianismo genuino (aunque los caracteriza con rasgos secundarios, incluso anecdóticos, en cuanto a su gravedad): «Si ser cristiano quiere decir creer en un jefe de Estado que tocado con una tiara bizantina dice desde su palacio vaticano que es infalible y prohíbe el uso de la píldora anticonceptiva, o se entiende por ser cristiano emocionarse con la romería de la Virgen del Rocío o dejarse timar afectivamente por los telepredicadores neocon americanos, no cuenten conmigo» (p. 10, 11). Pero al final la fórmula es positiva, y va acompañada de su personal compromiso de acción: «Jesús hizo también una promesa. La agapé acabará triunfando sobre el mal y sobre la muerte. Para comprobarlo habrá que ponerla en práctica. No hay forma de saber si esto será así o no. […] Voy a fiarme de él, a ver qué pasa. La tarea de los cristianos, como dice la carta de Pedro, es “acelerar la venida del Reino de Dios”. Pues por mí que no quede» (p. 149).

Ministerios femeninos dignos y Reino de Dios, Edith Martínez V.

9 de marzo de 2008

María Magdalena según Vicente Leñero, María Lourdes Hernández A.

http://sincronia.cucsh.udg.mx/hernandez05.htm

Otro personaje femenino que es el de Magdalena, aparece dos veces [en Jesucristo Gómez, adaptación para teatro de El Evangelio de Lucas Gavilán]: una cuando conoce a Jesucristo y otra cuando va a buscarlo a la fosa común. Su presencia pudiera parecer de poca importancia, pero el diálogo que tiene con Jesucristo es de gran relevancia, ya que habla no sólo la prostituta sino que surge la voz de la mujer marginada, desde la más vulgar y pecadora hasta la más inocente: “Magdalena: Uy, maravillas, maravillas. Y dicen sobretodo que es usted muy bueno para dar consejos... Lástima que estoy así, porque me gustaría contarle lo que sufren las mujeres de por estos rumbos. Aquí no hay peor cosa que ser mujer, maestro, se lo juro por la Virgen Santísima. A las esposas les va como en feria porque los maridos se las traquetean de lo lindo y luego las llenan de hijos. A las jóvenes, ni se diga: violadas desde escuinclas y luego vendidas a los tratantes de blancas”. En este diálogo se puede ver como esta voz hace una fuerte crítica a la esfera social y moral en donde la mujer marginada sufre toda clase de agravios.
Magdalena sabe que ha pecado, sabe quién es y esta autosuficiencia valorativa (he pecado) del ser-existencia (Yo Magdalena) supera precisamente aquello que encubría a Dios; "allí donde yo no coincido en absoluto conmigo mismo, se abre un lugar para Dios". Leñero tituló esta escena La pecadora perdonada.En Magdalena no sólo encontramos a un personaje confesión-rendimiento de cuentas, sino a un ser en busca del otro para encontrarse a sí mismo. Hay una identidad a medias en Magdalena ya que al mirar los ojos del otro (Jesucristo) descubre: "Yo no soy tan [mala] como soy". Este personaje descubre el papel del otro, la necesidad de éste para construir un discurso sobre sí misma. "Se ha descubierto la complejidad del simple fenómeno de verse en el espejo: con ojos propios y ajenos simultáneamente, encuentro e interacción de ojos propios y ajenos, el cruce de los horizontes (suyo y ajeno), la intersección de dos conciencias."
La diferencia de este personaje al de Lucas, la pecadora de este último carece de voz, llora y con su llanto lava los pies de Jesús, los seca con sus cabellos y los unge sin decir una sola palabra, esta actitud aparentemente sumisa, ha sido rescatada y valorada por los actuales teólogos (as) y estudiosos bíblicos, viendo en este gesto un acto subversivo para su tiempo ya que violó las costumbres judías, además de que el ungimiento representa no sólo el reconocimiento mesiánico y profetización de la muerte de Jesús, sino también, el de proclamar por este mismo, a dicha mujer como profeta: "Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan? Es una buena obra la que hizo conmigo."(Mr 14.6) "Yo les aseguro que, en todas partes donde se anuncie el Evangelio, en el mundo entero, se contará también en su honor lo que acaba de hacer" (Mr 14.9) El momento habla por sí mismo, el acto de esta mujer será recordado en cualquier parte del mundo donde se lea el Evangelio nos dice Elisabeth Schüssler e Ivone Gebara afirma que, además de la Buena Nueva, es un reconocimiento a muchas seguidoras y discípulas de Jesús que tuvieron un papel decisivo en la evangelización.

Letra 65, 2 de marzo de 2008

UNA CUARESMA DE SANTOS TAPADOS
Antonio Burgos
www.antonioburgos.com/memorias/1998/03/memo031498.html

Nuestra religión era de Trento, de Credo nicenoconstantinopolitano. Esto de nicenoconstantinopolitano, más que a Credo in Unum Deum nos sonaba a puesto de helados, el napolitano se llamaba aquel polo por lo fino y delicado, mixto de helado de tres gustos, naturalmente que al corte, que empezaron a vender, junto con el Cream Sicle, que era de vainilla y de chocolate, y el Pop Sicle, que lo había de limón y de naranja. Pero aún faltaba mucho para la feria, para el mes de María, para los exámenes orales finales, para las vacaciones, para el veraneo, para el napolitano y el Crean Sicle, y el helado al corte, y los cucuruchos de helado de turrón de Fillol, con un fondo de barraca valenciana y un techo de cuelo de estrellitas que andando el tiempo supimos que eran una obra maestra del pintor Juan Miguel Sánchez, el padrino de José Manuel Vasallo, el hijo del escultor, que era del curso y vivía en la calle Canalejas, y que cuando pasábamos en el autobús del colegio por delante del edificio del Bando Hipotecario, que ya se levantaba sobre el derribo del Café Hernal cuyos altos habían visto el debú de Antonio Machín, señalándonos las salomónicas columnas del enorme trampantojo barroco de la fachada, nos decía: “Esas columnas las ha pintado mi padrino...”.
Faltaba mucho para las vacaciones porque estábamos en plena Cuaresma, perdona a tu pueblo, Señor, éramos tan pecadores, y teníamos tal cantidad de manos pensamientos, que cuarenta días y cuarenta noches nos teníamos que pasar con las tristes cánticos que pensarse pudieran: "Perdona a tu pueblo, Señor..." Y aquel verso que sobre el texto era "no estés eternamente enojado", en nuestros largos, tristes inviernos de las lluvias lo cambiábamos: “No estés eternamente mojado...”.
Pero el Señor estaba eternamente enojado, y llegaba aquel tiempo tristísimo, paradójico, La ciudad se iba poniendo cada vez más bella, con la luz más limpia, con los balcones abiertos a los sonidos de los coces de caballos y al traqueteo de los tranvías, y en el colegio todo era aún más triste en la misa de la mañana (obligatoria), en el rosario de la tarde (obligatorio), en la confesión de los jueves (obligatoria), en la comunión de los viernes (obligatoria). Era obligatoria la tristeza, mientras los naranjos comenzaban a despuntar flores más allá del campo de albero, por donde a la tarde ensayaban con sus tambores y trompetas los gratuitos que iban de educandos de banda con la tropa de los Cruzados Eucarísticos, tan de Guerrero del Antifaz a lo divino.
Y en aquella triste religión tridentina y nicenoconstantinopolitana y de todos los concilios que estudiamos en Preu cuando ya se había convocado el Vaticano II, no comprendíamos aquello. En cuantito llegaba el Miércoles de Ceniza y nos la imponían en nuestras pecadores frentes de los malos pensamientos, tapaban todos los santos, con telas moradas, con velos morados, con tules morados, con gasas moradas, con tafetanes morados. No podíamos explicarnos cómo ponían las iglesias como si fueran de los protestantes, que los protestantes no creen en la Virgen, niño, por eso se van a condenar todos, ¿ni en la Macarena?, ni en la Macarena, además, niño, ¿cómo van a creer en la Macarena si allí donde los protestantes ni hay Semana Santa, ni salen las de madrugada ni nada?
La capilla del colegio parecía el templo protestante de San Basilio, sin imágenes. No comprendíamos aquella persecución contra los Cristos, las Vírgenes, los Santos. Todos los altares cubiertos. Sería que dentro de la penitencia de la Cuaresma entraba no poder ver la cara de la Virgen del Colegio:

Bajo tu manto sagrado
mi madre aquí me dejó,
Señora, ya eres mi madre...


Pero donde más triste se hacía aquella Cuaresma de santos tapados en la Capilla Real, cuando con mi madre iba a misa los domingos, a las once de la mañana. Si le tendría devoción mi madre a la Virgen de los Reyes, que iba a rezarle hasta en Cuaresma, aunque no quisieran los curas, que yo creo que en Cuaresma se volvían todos como andan ahora, medio protestantes, tapando santos. Aquella Virgen a la que tanta devoción le tenía mi madre aparecía tapada en Cuaresma, pero no con los paños morados de los altares de las parroquias, sino con unas doradas tablas que formaban parte del retablo y que estaban previstas para los cuarenta penitenciales días. Fue una de las primeras impresiones de la fuerza de la fe que tuve, viendo a mi madre rezarle a unas tablas doradas, que ocultaban a su Divina Vecina. Porque en el colegio a la Virgen le ponían un velo como de tul morado, y medio podía verse, pero aquello de la Capilla Real sí que era duro, ir a rezarle a la Virgen de los Reyes y que la Cuaresma te diera con las puertas doradas del retablo en las narices...
Aunque luego, ya en Semana Santa, con los pasos por la calle, terminábamos de hacernos el lío. Si iban descubiertos los Crucificados, y las Vírgenes en todo su esplendor de gallegos del muelle sobre sus pasos, ¿por qué las cruces de plata del asta de los estandartes iban tapadas con aquellos tules morados? ¿Por qué iban tapadas así las cruces que remataban la manguilla que El Mudo de Santa Ana y los santizos llevaban siempre abriendo los tramos de nazarenos del paso de Virgen? Nunca me lo expliqué. Era como si hubiéramos sido tan malos que durante la Cuaresma nos condenaban a ser protestantes, sin tener la dicha de verle la cara a la Virgen de los Reyes.
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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (V)
Guillermo Sánchez Vicente
http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

En el pensamiento de Jesús está presente la acción continua del diablo (
Mateo 4.1-11; 13.39; 16. 23; Juan 8.44, etcétera), también desterrado de la teología de Marina. Según Jesús, Satanás es un enemigo incansable; está vencido por la acción redentora de Cristo (Lucas 10: 18), pero todavía incordiará mucho hasta que sea exterminado (Mateo 13: 25).
Es el de Jesús un mensaje de esperanza, y por tanto de optimismo, pero fundamentado éste en la acción de Dios, no en la respuesta humana por sí misma (
Lucas 19: 40). Sus perspectivas de futuro con respecto al mundo son tenebrosas, pero la luz brillará entre las tinieblas. En ninguna de sus palabras se puede entender, como afirma Marina en sus conclusiones, que «el reino de la agapé, predicado por Jesús, es la salvación de la humanidad» (p. 151), si interpretamos ésta en sentido colectivista (como parece hacer el autor), porque según el Maestro de Nazaret no es la humanidad en su conjunto la que se salvará («muchos son los llamados, y pocos los elegidos»; Mateo 22: 14). El mensaje de Jesús es antihumanista, y la expresión “humanismo cristiano” con la que cierta teología ha querido reconciliar el cristianismo con el optimismo antropológico moderno es esencialmente contradictoria.
Marina mismo considera que las bienaventuranzas de Jesús son el núcleo de su mensaje. Fijémonos en algunas de ellas para comprobar si Cristo promete una salvación intramundana, como interpreta JAM: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. […] Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5: 4-6, 10).
La pregunta obvia es: ¿Cuándo serán consolados y saciados los seguidores de Jesús, cuándo heredarán la tierra y el Reino de los Cielos? Jesús lo explica en multitud de ocasiones: «Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras» (Mateo 16: 27). «Os aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos» (Mateo 19: 28; ver también
Mateo 25: 13, 31; 26: 64; Marcos 8: 38, etc.).
La felicidad presente del cristiano se fundamenta en la promesa cierta de un futuro perfecto real, que se consumará cuando él regrese, si bien es cierto que desde el nuevo nacimiento del que habla el Maestro en
Juan 3 ya el creyente puede experimentar el Reino de la gracia. Jesús enseñó una y otra vez que volvería y que entonces él completaría la obra de instauración del Reino que ya comenzó aquí y que encomendó continuar a sus seguidores (además de numerosos dichos, dedica un sermón completo al tema del fin de este mundo, recogido por los tres evangelios sinópticos; ver Mateo 24 y paralelos). Será otra irrupción de Dios en la historia, esta vez para poner fin definitivo al mal. Pero esa promesa no incita a una actitud evasiva ante el mundo en que vivimos (de ahí el carácter anticristiano de fenómenos como el monacato o cierta mística), sino todo lo contrario: la ética cristiana encuentra en estas promesas un fundamento, un trampolín para la acción. Jesús apuesta por la confianza en la Providencia a pesar del sufrimiento; por tanto su fe no es fe en el hombre, que es el llamado, sino en Dios, que es quien llama, como Marina resalta con acierto. La garantía de éxito está en la participación de lo sobrenatural en el mundo, algo que ciertamente Dios hará a través de su pueblo.
Y aquí aparece otra dimensión fundamental del pensamiento de Jesús que (junto a las ya señaladas del dominio transitorio del mal y de su segunda venida) Marina pasa por alto en su exposición: la actuación del cristiano en el mundo no se “limita” a hacer el bien (lo cual no es poco, ciertamente…), sino que tiene como meta primordial la dependencia del Padre (de la cual se deriva todo lo demás): «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.

El Padre Nuestro: un mensaje para redescubrir, Jean Zumstein

El Padre Nuestro es la oración de todos los cristianos. Más allá de las diferencias confesionales, es, por excelencia, el vínculo que los unifica. Conforme a la voluntad del mismo Jesús, el define y expresa la identidad cristiana profunda de manera breve y simple. En las celebraciones comunitarias o en la vida de fe cotidiana, el Padre Nuestro siempre se recita de nuevo. A título de broma, se podría decir que el Padre Nuestro es todo lo que queda cuando todo lo relacionado con la fe, se ha olvidado.
Precisamente porque está en el centro de la vida cristiana, el Padre Nuestro está en peligro. En peligro de ser recitado mecánicamente, sin ser verdaderamente comprendido. En peligro de volverse una pura letanía, un encantamiento casi mágico destinado a doblegar a Dios y a atraer sus favores.
También es necesario regresar a las fuentes y preguntarnos lo que significa exactamente esta oración que, en tiempos lejanos, Jesús enseñó a sus discípulos y que los primeros cristianos ubicaron en el centro de su culto y de su espiritualidad.
Con este objetivo, vamos a consultar las fuentes en las cuales las versiones más antiguas del Padre Nuestro están conservadas. Enseguida, situaremos este texto tan importante en el judaísmo palestino del primer siglo, del cual salió. Y luego leeremos, con la mayor atención, cada una de sus peticiones. Finalmente, nos interrogaremos sobre la teología que emana del Padre Nuestro. Nadie dudará de que, de esta manera, nos acercaremos a lo más esencial del mensaje de Jesús.

El camino de Jesús: de la clandestinidad al martirio, L. Cervantes-Ortiz

2 de marzo, 2008

1. La acción de Jesús en Marcos
El evangelio de Marcos tiene varias características llamativas: fue el primero en redactarse y, por ello, fue el iniciador del género literario creado específicamente para narrar la vida, muerte y pasión de Jesús de Nazaret; es el más breve, a pesar de que es el que en ocasiones incluye mayores detalles sobre ciertos sucesos; algunos aspectos suyos fueron utilizados por los demás evangelistas para redactar sus propios relatos; y representa una perspectiva de balance inicial de la obra de Jesús para la nueva generación de creyentes del primer siglo. El peso especifico de este evangelio en la construcción de una nueva manera de mirar y entender a Jesús en América Latina se ha consolidado con el paso del tiempo, pues el esfuerzo narrativo del texto ha sintonizado muy bien con la necesidad de delinear lo mejor posible la figura del llamado Jesús histórico, es decir, aquel hombre quien, luego de vivir su infancia y juventud en Galilea, se vio movido a comenzar una serie de acciones discursivas, proféticas, simbólicas y de beneficio para el pueblo pobre en nombre de lo que él denominaba como parte de una tradición religiosa y teológica arraigada en algunos sectores de la población judía, el Reino de Dios, que lo llevaron hasta la capital de su patria para que, ante las acusaciones de los dirigentes religiosos ante el poder romano, fuera arrestado, torturado y masacrado por este, bajo el cargo de sedición y revuelta pública. La razón del atractivo de Marcos para medios colonizados lo explica muy bien Eliseo Pérez:

Jesús echó su suerte con las personas de abajo: las mujeres, los niños, las masas empleadas, subempleadas y desempleadas, la población marginada por los estigmas sociales y religiosos. En pocas palabras, Jesús apostó por las personas que automáticamente interiorizaban la mentalidad colonizada, de minusvalía, de ser indignas del amor de Dios.
Marcos, como ya se dicho, recoge “la visión de los vencidos”.
[1]

Y la recomendación para su lectura es muy precisa: “seamos concretos; acudamos a la pedagogía de la pregunta; nada de domesticar el mensaje radical del Reino; estudiemos en este espejo nuestro rostro tanto personal como social; que nuestra visión y nuestra acción sean consecuentes con las noticias liberadoras de Jesús” (J.L. Bailey).
[2] Al ser Marcos el primero en presentar este esquema de vida como fruto de una evaluación posterior de los sucesos, las posibilidades narrativas que desarrolla lo llevaron a presentar los acontecimientos de tal forma que es posible apreciar, a medida que se le acompaña en la lectura, los conflictos que enfrentó Jesús hasta decidirse a abandonar sus ya precarios limites de seguridad y optar por una ruptura definitiva con el orden establecido y asaltar el corazón del país con su mensaje de arrepentimiento y transformación. La lectura lineal del texto se ve desafiada por los propios resortes teológicos del autor, quien no pudo ocultar que el personaje principal de su relato no sólo buscaba la simpatía de los lectores hacia su acción sino también tomar una determinación con respecto a su mensaje. Esta es una de las grandes diferencias con otras narraciones de la misma época, pues la reconstrucción viva de la figura de Jesús intentaba apelar a quienes entraran en contacto con ella para aquilatar las opciones de Jesús como posibilidades propias de vida para actualizar su enfrentamiento con las fuerzas espirituales, políticas y sociales y su tiempo y poner en marcha un proceso similar de cambio y formación de una comunidad alternativa a los patrones dominantes de vida, marcados por la opresión, la sumisión y la falta de esperanza en un futuro favorable para las mayorías.
Entre varias, cuatro realidades (o conceptos) extraídos de este evangelio desde América Latina, son particularmente relevantes para releer el camino de Jesús: el proyecto histórico de Dios en Jesús, la conciencia mesiánica, la clandestinidad del movimiento de Jesús y el horizonte político de la misión.

2. La crisis de Jesús y sus discípulos antes de dirigirse a Jerusalén
En ese sentido, hay un momento relevante de decisión en la historia de Jesús de Nazaret, que va a determinar el rumbo de sus acciones: la llamada “confesión mesiánica” de uno de los discípulos de Jesús, precisamente aquel cuyas memorias se supone utilizo Marcos para redactar el evangelio. Es uno de los momentos climáticos de la historia, pues a partir de allí Jesús empieza a anunciar su destino final: el martirio. Es la ruptura definitiva con el sistema, pues ahora el abandonara la clandestinidad y el secreto para centrar su acción en la manifestación abierta de los propósitos de Dios: establecer su Reino entre los seres humanos, a contracorriente de los poderes políticos y espirituales que oprimen, marginan y deshumanizan. El proyecto de Jesús se manifestara abiertamente desde ese momento y ya no habrá margen para dar marcha atrás, de ahí las preguntas expresas: ¿quién dicen los demás que soy yo?, ¿para ustedes quien soy yo?, ¿están dispuestos a seguir conmigo a pesar de la cruz en el horizonte? La respuesta casi inmediata de Pedro no consideraba suficientemente los alcances del mesianismo de Jesús ni sus características diferenciales, pues sólo estaba dicha en clave de poder: él mismo tendrá que clarificarla.
Semejante claridad en el proyecto renovador de Jesús no le impidió darse cuenta del grado de oposición al que llegaría al confrontarlo con el proyecto oficial, definido desde Roma e impuesto con la fuerza de las armas. La fuerza del proyecto de Jesús, viniendo de Dios, seria la de la fe comunitaria dispuesta a compartir los bienes necesarios para la vida y no la aceptación pasiva de las migajas de los poderosos. El anuncio de su muerte no era una especie de fatalismo, pues Jesús no quería morir irresponsablemente, más bien se dio cuenta y supo leer las consecuencias de su llamado a la conversión hacia una sociedad igualitaria y solidaria. Estuvo dispuesto a afrontar dichas consecuencias y advirtió a sus seguidores/as de las dimensiones de esta lucha por el cambio en todos los niveles de la existencia humana.

3. El camino de Jesús y sus implicaciones para hoy
Tales consecuencias han sido difuminadas muchísimo con el paso del tiempo, pues el impulso radical de transformación de la acción del movimiento de Jesús ha penetrado en diversos ambientes y se ha uniformado, mimetizado o domesticado. El referente principal de Marcos, la lucha de Jesús por mejorar las condiciones de vida de sus contemporáneos, sigue vigente hoy mientras se siga repitiendo el patrón de conducta de los poderosos y los sometidos: los primeros, en su afán por mantener sus privilegios, acudirán a la fuerza en todos sus niveles para mantener el régimen que los beneficie a ellos; los segundos, sumidos en la desesperación y la pasividad, requieren factores de movilización que los levante y les otorgue el valor, en los dos sentidos, de coraje y valía psicológica y social, para asumir el control de su vida y destino. Jesus nos sigue llamando a confesarlo como Mesías, pero no solo de dientes para afuera, sino en el compromiso ético, espiritual y práctico de construcción de nuevas relaciones entre Dios y la humanidad, y de la humanidad consigo misma.
El camino de Jesús hacia el martirio, paso, positivamente, por el esfuerzo de demostrar, en el acompañamiento a los mas afectados por las políticas oficiales, que es posible vivir dignamente, de otra manera, en el entendido de que el amor de Dios rebasa los estamentos impuestos por la iniquidad y el orgullo de los grupos humanos que, según ellos, se han adueñado del favor de Dios y son los verdaderamente escogidos para disfrutar sus beneficios. Contra eso se levanto Jesús y vivió las dos etapas necesarias: la de la clandestinidad solidaria y la del martirio público como denuncia de la maldad intrínseca del sistema en el cual vivió y que fue el que finalmente lo llevo a la muerte, en la forma mas ignominiosa de su tiempo.

[1] Eliseo Pérez Álvarez, Marcos. Minneapolis, Augsburg, 2007 (Conozca su Biblia), p. 8.
[2] Ibid., p. 10.

jueves, 6 de marzo de 2008

De la clandestinidad al martirio, Carlos Bravo Gallardo

Jesús, hombre en conflicto
Jesús llamó a sus discípulos para que compartieran con él su misión de predicar y curar; ahora el horizonte cambia para Jesús y eso implica un cambio en el seguimiento. Por eso, aunque corre el riesgo de que, cambiadas las condiciones tan duramente, los discípulos ya no quieran seguirlo y lo dejen solo, debe replantear honestamente un nuevo comienzo: “Si alguien [todavía] quiere seguirme”, sepa que ya no se trata de seguir haciendo lo que hasta ahora, sino de renunciar a los propios proyectos de poder e intereses, para cargar con la cruz de una condena de parte del Centro político y religioso. No invita Jesús a sufrir, no piensa en la cruz por la cruz misma, sino en una cruz (condena político-religiosa), consecuencia ineludible de las opciones que ha tomado; cruz ineludible no por decisión de Dios, sino por decisión de los hombres, que hemos decidido hacerle difícil la vida a Dios y a sus hijos en la historia.

Crisis de Jesús y de los discípulos/as
En este momento de crisis (de Jesús y de los discípulos, cf. Jn 6.60, 67ss), el término seguimiento se llena de un nuevo contenido. Y así como Jesús honestamente les plantea el cambio, con la misma honestidad los enfrenta con las exigencias del kairós [tiempo de Dios] y del Reino, y con los criterios para decidir. No deja la respuesta al criterio de la conveniencia fácil, porque lo que está en juego es cuestión de vida o muerte no sólo para el pueblo, sino también para el que es invitado a seguir a Jesús (cf. 10.17, 21, 23-25). [...] Sin pretender determinar la “conciencia mesiánica” histórica de Jesús, podemos decir que el relato de Marcos plantea aquí un correctivo fundamental de la “confesión mesiánica”: no cualquier confesión de Jesús como Mesías es “cristiana”; lo que la hace tal no es la ortodoxia del término usado, sino importa es hasta dónde se está dispuesto a acompañarlo.

martes, 19 de febrero de 2008

Letra 64, 24 de febrero de 2008

DINOSAURIOS Y PROFETAS
Sergio Ramírez
La Jornada, 15 de febrero de 2008,
www.sergioramirez.com

Que la Tierra tiene apenas 6000 años de edad, que el mundo fue creado en exactamente siete días con sus noches, y que los hombres de las cavernas y los dinosaurios convivían juntos, como en las historietas de los Picapiedra, son creencias que no deberían quitarle el sueño a ningún científico de un país como Estados Unidos, que tiene la cota más alta de premios Nobel en Biología, Química y Física. Si no fuera por el creacionismo.
Esta corriente religiosa pertenece al credo oficial de multitud de iglesias sureñas, en el extenso territorio llamado “el cinturón bíblico”, y hay una pugna para que sea materia de enseñanza en las aulas en muchos estados, lo que hace que la comunidad científica ponga el grito en el cielo: “tampoco enseñamos la astrología como alternativa a la astronomía, o la brujería como alternativa a la medicina”, dice el doctor Francisco Ayala, profesor de ciencias biológicas en la Universidad de California.
Pero, además, no se trata de teorías extravagantes salidas de la nada social, a como salió el mundo de la nada física según los creacionistas; 47 por ciento de los ciudadanos, según las encuestas, cree que realmente ocurrió así con el nacimiento del mundo, algo que comparte el propio presidente Bush; del otro lado, quienes creen que los seres humanos son el resultado de la evolución en un proceso de millones de años, según fue establecido por Darwin desde el siglo XIX, ganan por una escasa mayoría.
Por si fuera poco, uno de los abanderados religiosos del creacionismo, el pastor bautista Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas, disputa en las elecciones primarias la candidatura a la presidencia por el Partido Republicano, lo que ha vuelto a abrir el debate sobre la influencia que las convicciones religiosas de un presidente de Estados Unidos pueden tener sobre la enseñanza pública, y el desarrollo de las investigaciones científicas; ya se ha visto cómo Bush se ha opuesto tajantemente a asignar fondos federales a los experimentos para la clonación de embriones humanos, aunque sea con propósitos médicos, lo que amenaza con dejar a Estados Unidos a la zaga de la vanguardia tecnológica.
El fundamentalismo religioso, con todas sus consecuencias políticas, está más presente que nunca, esta vez en el debate electoral. En el mismo espectro de Huckabee, pero con matices propios, y a veces contradictorios, se halla el ex gobernador de Massachussets, Mitt Romney, que pertenece a la Iglesia mormona, igual que sus ancestros, y de la que ha sido obispo. Al contrario de los bautistas, que forman congregaciones muy extendidas, los mormones no representan sino a 1.9 por ciento de la población creyente de Estados Unidos. El propio Huckabee y sus partidarios les niegan la condición de cristianos y los acusan de proclamar que Jesús y Lucifer son hermanos, y de rechazar la cruz como símbolo.
Las elecciones en Estados Unidos ya se sabe que son un asunto mundial. Y mientras los bautistas se han extendido por todo el planeta, los mormones sólo tienen una presencia exigua, de modo que un presidente mormón vendría a ser una verdadera novedad, el único credo que no llegó a Estados Unidos desde Europa con los inmigrantes, sino que tuvo su origen en el año de 1830, en su propio territorio.
Su fundador, Joseph Smith, anunció que había recibido del ángel Moroni el Libro de Mormón escrito en lengua egipcia sobre planchas de oro, una suerte de nuevo testamento en el que se establece que Jesús volvió a nacer en el continente americano, al que sus habitantes originarios habían llegado desde Israel por mar, apenas 600 años antes del nacimiento de Cristo. Establecieron una civilización floreciente, luego desaparecida, pues sabían fundir el acero para fabricar espadas y ruedas, y criaban caballos, vacas, corderos y cabras y no sólo aves de corral, sino también cisnes, y por si no bastara, elefantes.
Y para empeorar las cosas, del Libro de Mormón no quedaron rastros, pues el profeta Smith tuvo que devolverlo al ángel Moroni una vez leído. En sus láminas de oro constaba también que los negros no podían llegar a ser sacerdotes mormones, porque su piel se oscureció por causa de su desobediencia a Dios. Parte de su credo ha sido también la poligamia, y el bautismo de los muertos, razón esta última por la que exploran por todo el mundo los registros civiles y parroquiales, para inscribir a todos los difuntos en frondosos árboles genealógicos que pretenden ser totales.
La condición de profeta fue heredada por John Smith a todos sus sucesores, que reciben revelaciones divinas, y gobiernan de por vida su Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días asistidos por un consejo de 12 apóstoles; y aunque reducidos en número en cuanto a fieles, su influencia política ha sido importante en las administraciones republicanas, y tienen, además, desde su sede pontificia en Salk Like City, poderío económico y presencia en las grandes corporaciones. Romney, millonario él mismo, abrió su campaña con un aporte personal de 17 millones de dólares.
Aunque Huckabee el bautista se identifica como un “conservador social”, su discurso es idéntico al de Romney el mormón, en cuanto a las políticas radicales contra la inmigración latina, empezando por su oposición a la amnistía a los indocumentados, y comparten el respaldo a la presencia militar en Irak y la hostilidad con Irán, que representa para ambos “el terrorismo atómico”; rechazan el aborto, las uniones entre homosexuales, y el tratado de control de emisiones de gases de Kyoto; y apoyan la pena de muerte y la existencia del campo de prisioneros de Guantánamo, adhesiones de las que el otro candidato republicano, el senador John McCain, se aleja con prudencia.
Como se ve, en este paisaje compartido por el pastor creacionista y el obispo mormón se juntan los dinosaurios con los profetas.
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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (IV)
Guillermo Sánchez Vicente
http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

A pesar de que planea en la obra cierto agnosticismo, cierta interpretación subjetivista y escéptica sobre la realidad de Jesús como alguien vivo hoy, Marina hace una apuesta pascaliana por la fe (una fe particular, como insiste en recordar): «Jesús hizo también una promesa. La agapé acabará triunfando sobre el mal y sobre la muerte. […] La tarea de los cristianos, como dice la carta de Pedro, es “acelerar la venida del Reino de Dios”» (p. 149).
Estas palabras muestran que su conocimiento del mensaje de Jesús es insuficiente. Por supuesto que en el núcleo del mismo se encuentra la idea del Reino de Dios irrumpiendo en la historia humana a través de Jesús («el reino de Dios está entre vosotros ya»; Lucas 17: 21). Pero nada en su mensaje induce a creer que esta irrupción se producirá en la historia humana de forma evolutiva (según se entiende modernamente este término). Jesús predice que el Reino se manifestará en el testimonio de sus seguidores a lo largo de la historia, pero no promete éxitos, sino oposición y persecución (
Mateo 16: 21-25, etc.); no prevé una mitigación progresiva del mal y un incremento del bien, sino todo lo contrario: «Por el aumento de la maldad, el amor de la mayoría se enfriará» (Mateo 24: 12), hasta tal punto que se pregunta: «Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?» (Lucas 18: 8). Eso sí, además promete que al “Reino de la gracia”, ya presente y en expansión gracias al Espíritu y a los cristianos que se dejan guiar por él, le acabará sucediendo el “Reino de la gloria” (ver Mateo 13: 31-35; Mateo 24: 30; etcétera).
Es necesario comprender correctamente la escatología de Jesús (y la bíblica en general), que tan sencillamente se encuentra expuesta en los evangelios. Marina se acerca a ella a través de una cita de Schnackenburg: «Hay un desplazamiento de la mirada desde una escatología general a la expectación individual de “ir al cielo” después de la muerte, de llegar al más allá» (p. 142); pero interpreta erróneamente la “escatología general” de Jesús en clave colectivista e inmanentista, cuando Jesús mismo insiste en el carácter individual y trascendente de la salvación; eso sí, en frontal oposición al concepto griego de inmortalidad del alma (ver
Dualismo antropológico griego y judeocristianismo). Jesús no concibe al hombre como un compuesto de cuerpo y alma, sino como alguien cuyo ser está integralmente limitado por la muerte, como consecuencia de su naturaleza caída (Mateo 7: 11; Lucas 18: 19). La muerte es un sueño, pero habrá una resurrección (del ser completo) al final de los tiempos, cuando Cristo regrese otra vez y establezca su reino en la tierra (Mateo 22: 31, 32; Lucas 14: 14, etc.).Esta idea del retorno literal y real del Mesías no se menciona en el libro, pese a ser una de las más repetidas por el propio Cristo, como expondremos. En torno a esta enseñanza gira todo el mensaje de Jesús, de ahí su insistencia en estar atentos a la evolución de los tiempos y a la lucha contra el mal (Mateo 25: 13); como muy bien resumía Machado, «Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad» (ver “La antisaeta”, de Machado). Jesús anuncia el desarrollo de una espiral de violencia y maldad, no el despliegue progresivo de la bondad entre los hombres. No augura un creciente respeto a los derechos humanos sino, al contrario, advierte de la intolerancia futura, en especial la de raigambre religiosa o pseudocristiana («Viene la hora cuando el que os mate pensará que rinde servicio a Dios»; Juan 16: 2). Ciertamente, sin el mensaje de Jesús no se habrían alcanzado la mayor parte de los logros éticos que hoy en día los hombres somos capaces de concebir y de desear (que no de cumplir, excepto en espacios y tiempos muy limitados). Pero la realidad mundial y las tendencias globales anuncian una deriva hacia el desastre humano y medioambiental, tal y como Jesús previó (ver Mateo 24). Resulta sorprendente comprobar cómo optimistas como Marina (quien además, aunque a su manera, en este libro se profesa “cristiano”) anuncian un mundo cada vez mejor como consecuencia del esfuerzo humano (ver ¿Fin del optimismo humanista?).

La transmisión de la fe y el futuro de la Iglesia, L. Cervantes-Ortiz

24 de febrero de 2008
1. La fe como patrimonio espiritual, existencial e histórico
La transmisión de la fe enfrenta, en nuestro tiempo, una serie de obstáculos que la familiaridad eclesiástica a veces no permite advertirse como tal, dado el triunfalismo y el dualismo en que son educados los y las creyentes. Uno de ellos es la secularización, el cual, en sus orígenes tuvo un componente protestante importante debido a que la Reforma propició, entre otras cosas, que la religión se ocupase, principalmente, de los asuntos estrictamente espirituales, dado el constantinismo de la Iglesia. Así, los creyentes se vieron orillados a dedicar, por separado, un tiempo a las llamadas actividades espirituales, y otro a las llamadas seculares. De ahí que la palabra secular no nos sea extraña, porque viene de siglo, “mundo”, “espacio de acción que no es la iglesia”, o su contrario, pero que es precisamente el lugar en donde se define la clase de fe que resulta eficaz para vivir. Porque la fe, como un tesoro invaluable corre el riesgo de perderse en medio de los azares de la vida. Veamos a Noemí (o Mara, “la amarga”, como pidió ser llamada, según el libro de Rut): junto con su esposo, tuvo que trasladarse a un país vecino, aparentemente en condiciones normales, adonde sus dos hijos se casan. Más tarde fallecen los tres hombres, ella queda viuda y, no habiendo motivo para permanecer fuera de su tierra, regresa con el añadido de una de sus nueras para comenzar una nueva vida. Pobre, marginada y sin futuro inmediato, es portadora de una tradición de fe que lleva consigo y que ha de encontrar la forma de producir frutos para el futuro cercano y remoto.
Porque la fe, entendida como un patrimonio espiritual, existencial se construye y reconstruye todos los días en la cotidianidad y en la mentalidad que trasluce como cuando escuchamos frases: “es que mi religión no me lo permite”, “eso es pecaminoso”, “mis padres así me lo enseñaron”, “sí creo, pero no tengo tiempo para practicar mi fe”, etcétera, cuando todo el tiempo y las circunstancias son una oportunidad para ejercitar las convicciones recibidas y actualizadas por cada persona. Rut, la moabita, pudo incorporarse a la tradición yahvista porque encontró en Noemí a una persona que vivía su fe todos los días y fue capaz de ir más allá de los énfasis tradicionales, primero en la incorporación a su familia de alguien que definitivamente era diferente, pues es allí adonde las tradiciones de fe prueban su capacidad para ser incluyentes y abrir los brazos para integrar a las personas. El peso específico del relato de Rut recae en la habilidad de transmisión de Noemí de unos contenidos de fe que ni siquiera se mencionan para que, rotos los lazos de la familiaridad política, quien ya no era miembro de la familia diera el paso espiritual que permitiera superar las diferencias étnicas y culturales para sumir la fe de Israel con todas sus consecuencias, en una situación muy distinta a la vivida por Sansón, quien no fue capaz de asumir su propia tradición y fue literalmente consumido por su insensatez, que a veces ha sido tan mal interpretada, pues su problema no consistió en enamorarse de una persona ajena a su raza y religión, sino en no ser capaz de hacer inteligibles sus convicciones para dialogar e interactuar con prestancia y seguridad, independientemente de si se casaría o no con aquella persona “extraña” porque, como ha demostrado la sociobiología, uno no se casa con la persona más diferente sino con la más parecida a uno.

2. La fe probada cotidianamente en el terreno de la acción
La primera carta de Juan abre con una constatación y una afirmación: la fe cristiana está siendo transmitida en medio de una cotidianidad plena de impulsos, modas y fervores que, en cualquier momento, pueden desdibujar su rostro y la manera de desafiar lo que el autor denomina “el mundo”. Para nosotros hoy, el mismo conflicto lo hemos recibido, pero procesado y construido por las generaciones de creyentes que nos han precedido, por lo cual hace falta que, en la línea que traza el texto bíblico, actuemos en consecuencia. La palabra clave del documento es el amor, no la aceptación de determinado dogmas o creencias, que son los que suelen poner a pelear a las personas, pues el sentimiento de defensa, apologético, que invade a quien, primero, no conoce sus convicciones en profundidad, produce un fanatismo intolerable y, segundo, la escasez de amor puede llevar a la no aceptación de las personas, porque se trata no de que los demás acepten los contenidos de la fe antigua, sino más bien de que las comunidades estén dispuestas a recibir a las personas: no que ellos y ellas, los llamados inconversos, estén dispuestos a recibir la doctrina, más bien que nosotros tengamos la disposición de recibirlos como personas.
Ése es el énfasis juanino sobre el viejo mandamiento del amor, es decir, sobre la capacidad de ser incluyentes como Jesús lo fue. Por ello se dirige a las dos generaciones de cryentes con quienes tuvo trato para reconocer la manera en que enarbolaban no la doctrina, ni la teología, sino el amor de Jesús como bandera. De ahí que la ortodoxia no debería contaminar a la ortopraxis, esto es, a la sana costumbre de practicar el cristianismo, esa fórmula tan desgastada que todavía debe probar su efectividad. “Conocen al que es desde el principio”, dice a los padres. “Porque han vencido al maligno”, le dice a los más jóvenes (v. 13), con lo que se afirma la certeza de que hay un flujo de la fe en el sentido de la práctica sana de las creencias. El lenguaje simbólico de Juan busca consolidar el valor de la existencia cristiana en el mundo, de frente a él, no de manera esquizofrénica.

3. La fe actual y el futuro de la Iglesia
¿Importa hablar del futuro de la Iglesia o las iglesias? Porque a veces hay mucha mayor preocupación por el gobierno de la comunidad que por su testimonio, lo cual no deja de ser un signo de las verdaderas intenciones que nos dominan: la ambición de poder, la reproducción acrítica de prácticas tradicionales, la dificultad para hacer inteligibles las riquezas de la fe, etcétera. Lo que está en juego, más bien, es el grado de credibilidad en la eficacia de la fe para lograr lo que tanto se subraya: respuestas, cambios, transformaciones, porque el llamado mundo sigue viendo, atónito, cómo algunas de las diversas formas de cristianismo no se ponen de acuerdo, en primer lugar, para establecer suficientemente cuál es el verdadero sentido de las prácticas, rituales y hábitos cristianos, algunos de los cuales se han vaciado de significado para la época actual, dominada por otros criterios de vida. La obsesión de las iglesias por intervenir sólo en algunos espacios como la moralidad y la sexualidad, pero únicamente en términos represivos, ha hecho que las personas, casi por instinto, sientan repulsión por los representantes de la fe tradicional, del nombre que sea. Y es que los bienes más preciados en este campo son la libertad, la autenticidad y la congruencia, elementos que no se han trabajado lo suficiente para hacer sentir a las personas que la fe cristiana sigue vigente a pesar de su antigüedad.
Asimismo, la voz de las nuevas generaciones ha introducido la protesta generalizada que, guiada por la percepción de que la experiencia de la fe podría ser de otra manera, menos solemne y anquilosada, está ahí como una voz de juicio y un llamado a la revisión continua de la forma de ser cristianos/as en el mundo, porque acaso la frescura natural de las exigencias cristianas y su capacidad de cambio están siendo oscurecidas por los énfasis excesivos en una propaganda que realza los aspectos menos llamativos de la fe cristiana. Y acaso esa pérdida de pertinencia, por la familiaridad tan arraigada con los contenidos de la fe, tenga que ser sustituida con otras vertientes de la misma fe, que siempre han estado ahí, pero que no hemos querido retomar y transmitir explícitamente: la lucha irreductible por la justicia, la práctica desinteresada de la solidaridad y la conciencia de que el mundo es el espacio adonde Dios quiere que vivamos de la mejor manera posible, en paz y con una armonía que abarque desde los aspectos de la naturaleza hasta el trato cotidiano entre los seres humanos sin importar si se aceptan los dogmas establecidos o no. El futuro que importa es de la vida en el planeta, más justa y equilibrada, y no necesariamente el de las instituciones religiosas. El futuro de la Iglesia, como todo, está únicamente en el pensamiento y las manos de Dios.

La fe transmitida y el futuro de la Iglesia

24 de febrero de 2008

La fe: un tesoro invaluable
Parecería que es más importante hablar del futuro del cristianismo y no de la Iglesia, pero dado que ésta (en sus diversas formas y variaciones) es el rostro histórico de la comunidad de creyentes, resulta inevitable referirse a ella para sondear las posibilidades reales de transmisión de la fe a los hombre y mujeres de esta época y la que están por venir. Con el triunfalismo eclesiástico en proceso de ser sustituido por una actitud más humilde de diálogo y búsqueda de un testimonio coherente con las exigencias del Evangelio, las nuevas comunidades tienen ante sí un enorme abanico de posibilidades para explorar creativamente cómo hacer plenamente inteligible el mensaje de Jesús de Nazaret con todas sus consecuencias.La fe, entendida como un tesoro invaluable recibido gracias a los y las testigos fieles que durante 2 mil años se han esforzado por mantener viva la llama de la esperanza cristiana es justamente lo que está en juego a la hora de asomarse al futuro humano. Si las iglesias sobreviven o no como instituciones visibles, eso no hará mella en la exigencia de que los diversos grupos que reivindiquen de manera seria y crítica el legado cristiano tendrán que ofrecer respuestas y planteamientos consecuentes con la universalidad y vigencia de la obra de salvación de Dios en Cristo. La enseñanza comunitaria de esta herencia y de su valor debe obligar desde ahora a desarrollar nuevos caminos para que las personas vayan más allá de la mera repetición de fórmulas religiosas o espirituales que ya no alcanzan a reflejar con eficacia el amor de Dios por la humanidad. Por ejemplo, los desafíos de la destrucción sistemática del medio ambiente y las nuevas condiciones éticas para los sujetos en términos de decisiones ligadas a la reproducción de la vida humana, deben aparecer como asuntos dignos de atención en el momento de acercarse a la Biblia y a los textos doctrinales. Especialmente la primera tiene mucho que decir acerca del cuidado de Dios hacia sus criaturas. La teología, a su vez, que ha trabajado estos temas desde hace tiempo, deberá hacer llegar sus conclusiones al respecto a los miembros de las iglesias para romper con la tradicional y lamentable lejanía entre pensamiento y acción cristianos

Nueva educación: ¿nueva fe?
No se trata, entonces, de abandonar los moldes antiguos de la fe para dotarla de nuevos contenidos, sino más bien de capacitar permanentemente a las comunidades para estar a la altura de las circunstancias. En este sentido, es muy contradictorio el hecho de que el innegable aumento en la escolaridad de las nuevas generaciones de creyentes no influya en la seriedad con que debe estudiarse la Biblia, la doctrina cristiana, la historia dela Iglesia y la ética cristiana, por sólo mencionar algunos aspectos.
Esta realidad tan positiva debe encontrar cauces de expresión para que efectivamente incida en la renovación de la Iglesia, pues de lo contrario se seguirán viviendo dobles vidas en las que la vertiente religiosa sólo responda a “problemas espirituales” y la vida real siga su curso de manera ajena y, lo que es peor, refractaria a los impulsos transformadores del mensaje cristiano, identificado como está con un estado de cosas que debe mantenerse intacto, según la mentalidad de ciertos sectores eclesiásticos. Porque debe haber una mayor armonía entre conocimiento, información, devoción y espiritualidad para lograr superar el dualismo que aún sigue vivo en buena parte de las iglesias evangélicas.De no ser así, los movimientos cristianos seguirán siendo identificados con el moralismo predecible y el conformismo social. (LC-O)

Letra 63, 17 de febrero de 2008


EL MEJOR REGALO DE TODOS (SERMÓN PARA NIÑAS Y NIÑOS)
Consejo Latinoamericano de Iglesias
www.clailatino.org/predicaciones/nuevo_testamento/juan/316_4kids.htm
Traducción de Zulma M. Corchado de Gavaldá

Tema
La gracia de Dios. Cuarto domingo de Cuaresma
Objeto
Un paquete envuelto en papel de regalo
Textos bíblicos
Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte" (Efesios 2:8-9, Nueva Versión Internacional, NVI).
Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16 - NVI).

Miren este regalo tan preciosamente envuelto. ¿A alguno de ustedes le gusta recibir regalos? ¡Desde luego que sí! No puedo imaginar a alguien diciendo que no le gusta recibir regalos. Si fuera a darte este paquete y te pidiera que me dieras cinco dólares, ¿te estaría dando un regalo? No, si tienes que pagar por él o hacer algo para recibirlo, entonces no es un regalo. Cuando alguien te da un regalo, no te cuesta. No hay condiciones. Lo que tienes que hacer es aceptarlo. Eso hace que sea un regalo.
¿Cuál es el mejor regalo que has recibido? ¿Fue tu primera bicicleta? Tal vez fue un XBox 360® o un Sony Playstation®. Para algunos de ustedes puede haber sido un carro de control remoto y para otros puede haber sido un muñeco de peluche. En un grupo como éste, podemos tener diferentes ideas de lo que es un buen regalo, pero hoy deseo hablarte sobre el mejor regalo que se ha dado jamás.
¿Cuál ese regalo? Es el regalo de la vida eterna. Es el regalo de Dios y que es dado a todo aquel que desee recibirlo. La Biblia dice: "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna." Todo el que cree: esos somos tú y yo. El mejor regalo de todos es para ti y para mí.
Cuando alguien te da un regalo, no es correcto preguntarle: "¿Cuánto te costó?". Pero en este caso, la Biblia nos dice cuánto costó el regalo de Dios, y el costo es muy grande. Le costó a Dios su único Hijo. ¿Puedes imaginarte cuánto amor tuvo que sentir Dios por nosotros para que enviara a su único Hijo a la tierra a morir para que tuviéramos vida eterna? ¿Puedes imaginarte cuánto amor nos tuvo Jesús se dispuso a morir en la cruz para que pasáramos la vida eterna en el cielo?
Vida eterna, ¡qué regalo! Y todo lo que tenemos que hacer para recibirlo es creer y aceptar a Jesús como su Salvador.

Oración: Gracias, Padre, por el mejor regalo de todos. Gracias por Jesús, quien nos amó tanto que pagó el precio por nuestro pecado para darnos el regalo de la vida eterna. Amén.

Recursos adicionales
· Página para colorear 1:
El mejor regalo de todos (ABDA Acts)
· Página para colorear 2:
El mejor regalo de todos
· Página para colorear 3: Juan 3:16
· Búsqueda de palabras: El mejor regalo de todos
· Revoltura de palabras: El mejor regalo de todos
· Crucigrama: El mejor regalo de todos

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POR QUÉ SOY CRISTIANO, DE JOSÉ ANTONIO MARINA (III)
Guillermo Sánchez Vicente
http://javzan.freehostia.com/resennas/rl_porquesoycristiano.htm

No le cuesta esfuerzo al autor, en cambio, compatibilizar la ética cristiana con la mística (a la que no menciona con este término, pero que describe acudiendo a la tradición teológico-espiritual de la iglesia ortodoxa; p. 125, 126; ver también las notas al capítulo VIII); una compatibilidad difícil de encajar, a nuestro juicio, en el mensaje de Jesús; otro tanto ocurre con el panteísmo, al cual, según él, «todas las religiones llevadas a sus últimas consecuencias tienen forzosamente que acercarse» (p. 146).
Consideramos que el principal conflicto interno de la historia del cristianismo no consiste en la oposición conocimiento/acción; siendo ésta importante, es de una trascendencia mucho menor que la de la dicotomía fundamental, que gira en torno al concepto de autoridad: por tanto si hay una corriente que se ha impuesto a lo largo de la historia, ésta ha sido la humanista, que confía la conciencia a autoridades humanas (tradicionalmente sacerdotes, líderes religiosos, papas y similares; hoy se les suman no pocos teólogos erigidos en Autoridad Académica) y que estaría en abierta contradicción con el cristianismo genuino (véase:
Jeremías 17: 5, 7; Mateo 23: 8ss; etc.). Le ha plantado cara la corriente que promulga que la autoridad se dirige de Dios a los creyentes sin más intermediarios que la Revelación y el Espíritu. La primera corriente es generadora de realidades históricas autoritarias (y totalitarias); la segunda, de procesos que favorecen la libertad (por ejemplificarlo en una época concreta, léase nuestra reseña de la película Lutero). El supuesto enfrentamiento conocimiento/acción se supera en la praxis cristiana, por lo que es inadecuado decantarse por una de las dos corrientes. Pero ante la dicotomía autoridad humana/autoridad divina sí que nos parece necesario apostar decididamente por la segunda.
La interpretación de Marina, demasiado ligada a la teología católica y ortodoxa (oriental), no acaba de profundizar en el carácter paradójico del pensamiento bíblico, a pesar del título del capítulo V (“Las paradojas de la experiencia cristiana”). El análisis es sugestivo, pues el autor expone con agudeza la traición que significa el asalto del pensamiento platónico (“gnóstico”) a la teología cristiana, en un proceso paralelo a las formulaciones dogmáticas y eclesiocráticas del romanismo. Pero al adscribir a la corriente gnóstica algunos textos de Pablo o la doctrina de la justificación por la fe que reivindicó la Reforma protestante, nos anuncia ya el reduccionismo ético al que JAM somete al cristianismo. Se advierte aquí la principal deficiencia del ensayo: Marina profundiza en las teologías cristianas pero, a pesar de aproximarse al texto bíblico con honestidad, respeto y no poca fe, soslaya uno de los ejes fundamentales del mensaje de Jesús, cual es el escatológico, como luego explicaremos. Y yerra estrepitosamente al considerar que «el ciclo gnóstico del cristianismo se cerró con el Vaticano II en el campo católico» (p. 69), al ignorar la pesada carga dogmática y eclesiocrática presente en los documentos emanados de aquel concilio (ignorancia habitual entre la mayor parte de quienes se interesan por estos asuntos).
Para el autor, el proyecto de Jesús, el Reino de Dios, es «gigantesco e impreciso» (p. 86). Subraya el impulso rebelde que contiene la fe cristiana, impulso que ha modelado el concepto de libertad en la Modernidad. De gran interés es la contraposición que hace JAM entre libertad de conciencia cristiana y las limitaciones a la libertad propias de la concepción griega, señalando cómo incluso en el protestantismo (que abrió la vía a la libertad) se cayó en la tentación de imponer una “verdad” religiosa (p. 117-120).

El Reino de Dios
El capítulo final, “¿Por qué soy cristiano?”, es «un trozo de biografía intelectual» (p. 137), en el que expone su comprensión personal del Reino de Dios como despliegue de la actividad creadora del hombre dirigida hacia el Bien. Enlaza así con el eje filosófico de toda su producción intelectual (la inteligencia creativa) y con la tesis final de su Dictamen sobre Dios
(la deriva ética de las religiones como signo de esperanza).
Las conclusiones resultan un tanto decepcionantes, sobre todo para quien esperase otra cosa en función del título de su libro. Afirma Marina: «Esta dimensión divina de la realidad tiene un vocero, un anunciador». Sería de esperar que un cristiano lo identifique con Jesucristo. Pero para JAM es «el ser humano. Sin él no habría Dios. […] Dios es el modo como la conciencia humana –algunas conciencias humanas– profieren, expresan, conceptualizan esa realidad misteriosa que nos mantiene en el ser y nos impulsa» (la humanistización a la que somete Marina al cristianismo no es más que una nueva versión, aunque por un camino algo diferente, de las conclusiones de Feuerbach en La esencia del cristianismo). Y, a pesar de haber apostado por el modelo ético y desechado el “gnóstico”, Marina abdica incomprensiblemente ante este último afirmando: «Ésta fue, creo yo, la gran intuición de Tomás de Aquino» (p. 146, 147).
El pensador se mantiene en este ensayo fiel a su optimismo, como reconoce al final del mismo: «Todo lo que he dicho […] es una verdad privada. Es, ciertamente, una verdad optimista y megalómana. Si Jesús tiene razón va ser posible mi gran sueño: transformar en todos los registros de nuestra vida el esfuerzo en gracia. Amén» (p. 149). A pesar de que planea en la obra cierto agnosticismo, cierta interpretación subjetivista y escéptica sobre la realidad de Jesús como alguien vivo hoy, Marina hace una apuesta pascaliana por la fe (una fe particular, como insiste en recordar): «Jesús hizo también una promesa. La agapé acabará triunfando sobre el mal y sobre la muerte. […] La tarea de los cristianos, como dice la carta de Pedro, es “acelerar la venida del Reino de Dios”» (p. 149).

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...