martes, 29 de abril de 2008

Letra 70, 20 de abril de 2008

PENSAR LA ESPERANZA COMO APOCALIPSIS. CONVERSACIÓN CON RENÉ GIRARD (I)
Carlos Mendoza A., O.P.
Letras Libres, abril de 2008, www.letraslibres.com/index.php?art=12884

El problema de las víctimas de la violencia humana tiene una gran significación en el pensamiento antiguo y moderno, tanto para las antiguas instituciones jurídicas como para la reflexión moderna, por ejemplo en torno al Holocausto. En su último libro usted habla de Levinas como de aquel pensador judío moderno que, de manera coincidente con su teoría del deseo mimético, advirtió la necesidad de ir más allá de la afirmación solipsista del yo, de la identidad.
Conocí a Levinas de manera azarosa en los encuentros con editores y en algunas presentaciones de libros en París, pero siempre lamenté no tratarlo con mayor cercanía. En mi último libro subrayo la proximidad con su planteamiento de la alteridad como solución al deseo mimético en estos términos: «Levinas es importante para ayudarnos a pensar la rivalidad. No se trata de un autor belicista ya que no cree en una regeneración por medio de la guerra [...] Incluso podemos ver en su posición una crítica al pacifismo. Él acaba con Hegel, como nosotros intentamos acabar con Clausewitz. Llega hasta las últimas consecuencias de una tendencia filosófica, como nosotros vamos hasta el final de una tendencia antropológica. Más allá de la guerra, Levinas piensa una relación con el otro que estaría purificada de toda reciprocidad. Más allá de la indiferencia y de su lógica implacable, ambos intentamos pensar el Reinado de Dios. Cuando él habla de la guerra en términos de ‘rechazo de pertenencia a una totalidad’ parece inquietante si se lee como una apología de la guerra. En cambio es una reflexión interesante si se lee como pensamiento de la trascendencia, en el sentido etimológico del término, es decir como salida de la totalidad. Levinas apunta directo al Estado y al totalitarismo. Es claro que el hegelianismo está en su mira. «[…] Un pensamiento del Otro hace enloquecer a la totalidad revelando su esencia guerrera. Y al afirmar que la lucha a duelo es ya por sí misma una relación con el Otro, revela que la relación habita en el corazón de la reciprocidad violenta» (p. 178.180).
El problema de fondo que considero en mi obra es precisamente cómo interpretar la salida de la totalidad. En este sentido, «Levinas llegó tal vez al corazón de esta misteriosa semejanza entre la violencia y la reconciliación. Pero a condición de subrayar claramente que el amor hace violencia a la totalidad, hace estallar en pedazos a los Principados y a las Potestades. Para mí la totalidad sería más bien el mito, aunque también el sistema reglamentado de intercambios, todo lo que disimule el principio de reciprocidad. ‘Salir de la totalidad’ quiere decir por tanto para mí dos cosas: o bien regresar hacia el caos original de la violencia indiferenciada, o bien dar un salto hacia la comunidad armónica de ‘los otros en tanto otros’» (p. 181).
La crisis actual del sujeto posmoderno, desencantado de las grandes teorías y de las utopías históricas, está en relación directa con esta crítica de la totalidad. Gianni Vattimo y algunos filósofos posmodernos han pensado este tema en términos de un cierto nihilismo místico. Para otros, como el teólogo anglicano John Milbank, la salida a este impasse radica en volver a la teología para superar el reduccionismo de la razón secular propio de la modernidad. ¿Cómo ubica usted su propia obra en este debate?
Habría que preguntar a estos autores cuál es el papel de la encarnación del Verbo de Dios en sus propuestas. Porque ahí se juega, a mi juicio, el aporte del cristianismo al enigma del deseo violento y de lo religioso arcaico y, en consecuencia, la salida de la totalidad. Vattimo, por ejemplo, no parece darle una importancia capital a esa encarnación del Logos divino. Pienso por otra parte que Milbank tiene razón al señalar las insuficiencias de la modernidad ilustrada y su racionalismo reductor. Ambos extremos de pensamiento son los más vivos en nuestra época. Por mi parte, no me canso de insistir en que lo real no es racional como lo pretendía Hegel y como lo leyeron sus discípulos idealistas, sino que lo real es religioso, como lo he subrayado en mi último libro; y religioso arcaico, es decir, violento y sacrificial. Ahí radica la comprensión de la historia, de la condición humana y del sentido de la existencia.
¿Se trata entonces de recuperar cierto realismo teológico indispensable en esta hora incierta para el porvenir de la humanidad y del planeta?
Usted me hace preguntas que me sobrepasan porque no soy teólogo. Inicié mi carrera como antropólogo muy lejos de la teología. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que, si hacemos antropología mediante cierta observación atenta de los fenómenos, en lugar de alejarnos de lo religioso, ese camino nos lleva a ese centro. No se trata de proponer tesis que intelectualicen lo religioso, haciendo de ello un objeto de observación porque entonces lo “des-antropologizamos”, como lo hizo Augusto Comte en Francia. Él veía en lo religioso una interpretación del universo. Pensaba lo religioso a partir de la ciencia empírica de su tiempo, de una ciencia atea. Tal es la visión común de muchos autores en nuestros días, como Hopkins en el mundo anglosajón, cuyos libros tienen un gran éxito en el mercado editorial.
Pero a mi parecer ese tipo de obras atestiguan, en el fondo, cierta inquietud existente ante la autosuficiencia del pensamiento científico moderno y la conciencia de sus callejones sin salida. Dicha inquietud se encuentra presente en muchos otros círculos, por ejemplo, entre los masones de la Logia Francesa que no son anti-espiritualistas, un poco como los ingleses o estadounidenses. He encontrado en ellos una extraordinaria sed de espiritualidad. Incluso mis obras que hablan explícitamente del aporte del cristianismo, de la mística y de la oración, son muy bien recibidas en esos medios, a diferencia de la recepción agria en algunos medios católicos progresistas en Francia. Incluso en los medios masones ateos como la Orden del Gran Oriente en Francia se encuentra viva esta inquietud.
Podemos así constatar ahora una situación paradójica porque el ateísmo de inicios del siglo XXI se encuentra abiertamente en movimiento hacia lo religioso. Lo paradójico radica en constatar que los medios católicos en Francia se quedaron bloqueados en el progresismo de los años sesenta, cayendo en cierto modo en la trampa del racionalismo. Pareciera haber una implacable ley de la historia que hace que los católicos, a fuerza de ideas fijas y estáticas, lleguemos siempre tarde a lo que sucede en cada época, quedando paralizados ante los cambios evidentes. Tiene uno ganas de decirles que reaccionen y se pongan en movimiento.
Provengo de una familia típica del catolicismo occidental: una madre piadosa, en cierto modo conservadora, marcada por las costumbres de sus ancestros, incluida la simpatía por la tradición de la realeza católica e incluso con algunos tintes de racismo. Mi padre, por el contrario, pertenecía a la tradición radical socialista cercana al ateísmo. En mi juventud me alejé de la Iglesia y regresé a ella justo antes del Concilio Vaticano II, pero ahora buscando vincularme con la larga tradición cristiana. Y dadas mis tendencias estéticas y antropológicas fue la Iglesia antigua la que me llamó la atención. Por estos motivos, por ejemplo en Stanford, me gusta participar en una Misa gregoriana, pues el canto pleno preserva con gran vigor ese dinamismo místico propio de la fe. Al mismo tiempo debo decir que eso no significa que me sitúo del lado de una teología conservadora. Cristo es quien ha mostrado el fracaso de la religión arcaica, sacrificial, desmontando sus mecanismos victimarios y llamando a la humanidad a romper el círculo de la violencia mimética. Creo que por eso su mensaje es universal y trascendente.
Aunque usted dice no ser teólogo, en realidad su obra, y en particular sus últimos libros a partir de Veo a Satán caer como el relámpago, contienen ideas verdaderamente teológicas. Por cierto, es de subrayar la preferencia que usted muestra allí por las tradiciones de san Pablo y san Lucas, quizás por su común insistencia en el dramatismo de la salvación. Se echa de menos, por ejemplo, la influencia de san Juan, más inspirada por la divinización de la creación que por la redención del pecado.
En realidad mi último libro hubiese querido trabajarlo aun más, sobre todo con respecto a los textos apocalípticos sinópticos porque son la consecuencia directa de la lectura mimética de lo real. Hubiese querido detenerme más para mostrar cómo los textos apocalípticos primitivos del cristianismo, desde un punto de vista estrictamente lógico, son la consecuencia directa del mimetismo. El pasaje esencial de la historia que el cristianismo descubre consiste en la revelación de la verdad de la víctima. Así lo he explicado con anterioridad: «El tiempo lineal en el que Cristo nos hace entrar hace ya imposible el eterno retorno de los dioses, lo mismo que imposibilita las reconciliaciones que se construyen sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Privados del sacrificio, nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes4 --“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188).
Pero se devela entonces el otro aspecto de la verdad de Cristo. La manifestación de la víctima impide a la mentira del chivo expiatorio ser la realidad fundadora. En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (p. 180).

Vivir como resucitados: en medio de rutinas, coyunturas y contingencias, L.Iván Jiménez J.

20 de abril de 2008

El desafío de vivir como resucitados (III), Elsa Tamez

20 de abril de 2008
Dios se hace presente en la historia a través de quienes viven como resucitados
Quienes viven como resucitados son los que han sido liberados por el Espíritu y caminan en la vida conforme a los anhelos del Espíritu: la justicia, el amor, la paz y la alegría. Estos manifiestan de manera visible una espiritualidad de liberación. Porque el Espíritu de Dios creador y de Cristo salvador habita en ellos y ellas. Pablo utiliza indistintamente y como sinónimos Espíritu de Dios y Espíritu de Cristo (Ro 8.9). Se trata del Espíritu Santo prometido (Gál 3.13) desde siempre y derramado en nuestros corazones (Ro 5.5). Y se trata, asimismo, del Espíritu del Mesías Jesús, el rostro humano de Dios, que nos dejó al partir de esta tierra. De modo que percibimos hoy la presencia histórica y concreta de Dios y del Mesías Jesús sólo a través de su Espíritu. “Dios con nosotros” hoy (Emmanuel) es el Espíritu Santo; no hay otra forma histórica de Dios presente en nuestra realidad. El kerigma declara que Jesús el Mesías murió, resucitó, se apareció a algunas discípulas y discípulos, y después partió, dejándonos su Espíritu. De suerte que toda acción visible transformadora y liberadora de Dios en la historia y su creación se hace por medio de su Espíritu.
Sin embargo, el Espíritu no es un fantasma que actúa sin cuerpos. El Espíritu tiene una morada concreta y material, la comunidad de creyentes que viven como resucitados y con sus cuerpos mortales, vivificados (Ro 8.11). La morada del Espíritu es el Templo, pero no el edificio, sino las comunidades de creyentes que asumen el desafío de vivir como resucitados y que forman, según las palabras de Pablo, el cuerpo del Mesías resucitado (I Co 12). Un cuerpo solidario, en comunión con los hermanos y hermanas que luchan por la defensa de la vida de los más pobres y amenazados, y respeta la diversidad gracias al Espíritu.
No obstante, el Espíritu no mora únicamente en la comunidad, también mora en las personas, en cada uno de sus cuerpos. El cuerpo es el templo del Espíritu Santo, dice Pablo (I Co 6.19). Esta afirmación repercute en tres dimensiones: una, se i
nvita a cuidar de los cuerpos propios en vista de que en ellos habita el Espíritu de Dios; dos, se invita a ver al otro, a la otra, con respeto y mirada tierna puesto que es un ser habitado por Dios; el que el ser humano sea templo del Espíritu crea una barrera para quienes quieran matar, violar o destruirlo, pues al hacerlo se ataca a Dios. Pero lo más importante es que al Espíritu le nacen nuestras piernas y brazos, ojos y boca, para hacer visible su presencia liberadora a través de los cuerpos de quienes viven como resu-citados.
Para el apóstol Pablo, en el paso de la muerte a la vida ha habido una trans-formación profunda. Al morir y resucitar con el Mesías Jesús, Dios nos concedió el Espíritu, y al dejarnos guiar por él, se recuperó la imagen divina en nosotros: pasamos a formar parte de la divinidad. El Espíritu de Dios y el espíritu humano entraron en sintonía para clamar que somos hijos e hijas de Dios y para mostrarlo con nuestras actitudes y actos como si fueran de Dios. En palabras de Pablo: “...habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace aclamar ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Ro 8.15-16).
En fin, Dios se acerca a su creación y se hace presente mediante su Espíritu. El Espíritu es la presencia histórica de Dios manifestada a través de quienes asumen el don de la vida y la viven como resu-citados. [...]

Signos de Vida, 31, marzo de 2004

viernes, 11 de abril de 2008

Letra 69, 13 de abril de 2008

BREVE RESEÑA DEL LIBRO INTRODUCCIÓN A LA VIDA Y TEOLOGÍA DE JUAN CALVINO, DEL DR. SALATIEL PALOMINO
Mariano Ávila A.


La primera impresión que me ha dejado este libro es que ya hace mucho era necesario que alguien escribiera, desde una perspectiva latina-americana, una obra sobre Juan Calvino. Por más de un siglo hemos estado leyendo obras de otras latitudes sin contar con una lectura desde nuestra realidad. Es cierto que no han faltado colecciones de ensayos, conferencias, artículos que exploran uno u otro aspecto del pensamiento de Calvino desde una perspectiva latinoamericana. Pero sin duda, este es el primer trabajo que ofrece una interpretación comprehensiva de Juan Calvino.
El Dr. Palomino presenta su trabajo como una obra de divulgación, introductoria a la vida, obra, pensamiento e influencia del reformador. Y si duda lo hace bastante bien. Pero su obra va mucho más allá que una introducción. Provee un análisis amplio y profundo de un personaje multifacético, denso y contemporáneo como lo es Juan Calvino.
El libro cubre los aspectos biográficos e históricos con una narrativa clara, elegante y precisa. Es una relectura fresca y altamente informativa de su vida, encuentro con la Reforma protestante y los inicios de su ministerio pastoral. Además de los lugares comunes sobre la vida del reformador, Palomino ofrece una gran cantidad de detalles y datos nuevos, que reflejan su profunda investigación. Sin duda enriquecerá el conocimiento de Calvino entre propios y extraños. Las escasas notas a pie de página proveen pistas para una lectura más amplia. Lamento la ausencia de una bibliografía. Para una obra de divulgación no es tan necesaria; pero esta obra va más allá de una mera introducción. Tiene muchas vertientes seminales y fecundas.
El capítulo sobre la tarea exegética de las Escrituras sagradas tiene un gran valor instructivo para los lectores limitados al idioma castellano. No existe en español nada parecido a tal análisis. El lector se encontrará a un Calvino que le curará de lecturas simplistas y hasta fundamentalistas de la Biblia, y que le mostrará a un reformador que supo combinar con su profundo respeto por la autoridad de la Palabra de Dios, una lectura inteligente y crítica de un libro que también es palabra de hombres.
El capítulo sobre la articulación del pensamiento teológico contextual de Calvino (sus escritos ocasionales) tiene la virtud de recuperar a un reformador que es contemporáneo nuestro. Pocas veces consideramos a Calvino como un pastor y teólogo contextual que hizo teología desde los márgenes y comprometido con un pueblo perseguido y pobre, bajo la hegemonía de un imperio político-religioso que se empezaba a desmoronar. Palomino nos ofrece ese tipo de lectura y nos desafía a ser calvinistas en ese espíritu y actitud del reformador.
Los capítulos sobre el pensamiento teológico de Calvino plasmado en su Institución proveen reflexiones profundas y síntesis muy valiosas de un pensamiento amplio y complejo como el calviniano. Los apartados con los que Palomino ordena la consideración de la obra magna de Calvino, son en sí una útil sistematización de su teología. Ese es, sin duda, otro de los grandes valores de esta introducción.
Al tratar de la influencia de Calvino, además de la reseña histórico-geográfica y de las múltiples áreas en que se ha dejado sentir la influencia del pensamiento calviniano, Palomino nos ofrece una lectura crítica (ausente en obras similares) de la manera en que los calvinistas han usado el pensamiento de Calvino. ¡Qué importante es este tipo de lectura para quienes les gusta repetir acríticamente ideas y adherirse a credos calvinistas sin reflexionar en los usos y mal-usos que se le ha dado al pensamiento del reformador!
Hay una gran riqueza reflexiva y sugestiva en esta pequeña gran obrita (por el tamaño y extensión). El libro bien se puede usar en seminarios e iglesias ya que provee bastantes elementos y desafíos que seguro provocarán jugosas discusiones.
En el capítulo final Palomino nos da pautas (que ya otros como Nicholas Wolterstorff han intentado en su propio contexto) para apropiarnos del pensamiento calviniano en nuestra situación histórica concreta. Palomino ofrece una metodología y algunos de los principios teológicos fundamentales para realizar una hermenéutica responsable e inteligente de Calvino. Allí refleja Palomino su investigación doctoral sobre la hermenéutica de liberación en clave reformada y nos ofrece valiosas intuiciones para una tarea que aún está en pañales. El modelo que Palomino ofrece tiene el valor de mostrar una forma (no la única) de hacer relevante al reformador ginebrino. Allí es donde veo la utilidad de esta “introducción” en nuestros seminarios, universidades e iglesias.
Es evidente el entusiasmo de Palomino por Calvino. El tono general suena a menudo como una hagiografía y no está ausente cierto sentido de que estamos ante “la última coca cola del desierto” (perdón por la ilustración imperialista y consumista). La narrativa es rica en adjetivos elogiosos a Juan Calvino. Para mi gusto, una distancia más crítica puede ser muy provechosa. Necesitamos ver más al hombre junto con el santo. Esa nota aparece regularmente en esta obra, pero la envoltura que domina es la del elogio y encomio. Esto es más un comentario intuitivo pero juzgo que hoy día ese lenguaje ya no cae muy bien. Ni siquiera en un calviniano y Mariano como yo.
Para ilustrar, el caso Servet (pp. 81-82) se describe en media página sin entrar en detalles o sin responder a las duras críticas que detractores del reformador han levantado siempre. Uno esperaría al menos ciertos criterios para interpretar en su contexto histórico un acto moral tan reprochable para nuestros días. La confesión de pecados y la penitencia están casi ausentes de la obra. Otra vez habla el mariano. Un sentido más ecuménico nos puede librar del sectarismo inherente en este tipo de empresas.
Lo mismo se podría decir con respecto a doctrinas tan controversiales como la predestinación. Palomino la reseña pero sin ir mucho más allá de su comprensión calviniana, que sigue casi servilmente a Agustín. Esa doctrina es para muchos lectores despistados lo más distintivo de Calvino. Hay quienes reducen el pensamiento calviniano a esa enseñanza. Pero no lo es ni siquiera de los principales calvinismos (como el reformado holandés o presbiteriano escocés).
La doctrina es para muchos una piedra de tropiezo. No quiero con esto decir que podemos evitar el “escándalo de la cruz” o que podemos siempre resolver los imponderables misterios de la teología. Pero más bien abogo por una relectura crítica de esas doctrinas teológicas y de sus textos bíblicos. Ello podría guiarnos a un entendimiento más sano y preciso de ellas. Lo ilustro. En el debate exegético-teológico actual, personas como N.T. Wright han emprendido una lectura de doctrinas reformadas como la justificación por la fe, no tanto a partir del pensamiento calvinista o luterano del siglo xvi y xvii, que sirve como lentes para la lectura del texto bíblico, sino a partir de una estricta lectura histórica-exegética en el contexto del primer siglo. Los resultados han empezado a perfilar un nuevo paradigma y perspectiva en la interpretación bíblica, que es rico, prometedor y fecundo. El profesor David Brondos, de la comunidad teológica, ha publicado el año pasado una relectura de la doctrina de la redención en esa óptica. Mi propuesta es que podemos y debemos hacer lo mismo con doctrinas como la predestinación y elección. Hemos de leerlas como fruto de su propia época pero, como Calvino, ir a las fuentes de nuestra fe e interpretarlas en su propio contexto histórico.
Muchas gracias por esta oportunidad.
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DECLARACIÓN CRISTIANA SOBRE LA REFORMA ENERGÉTICA
(Fragmento)


[...] Para nosotros, el problema del petróleo y del cuidado de los recursos naturales, no pueden ser desligados del problema de la justicia en México y de la satisfacción de las víctimas, si se ha incurrido en irresponsabilidad del que administra o abusa de un bien público. Esto nos permite establecer que habrá voluntad para relanzar la industria petrolera, si hay voluntad para la realización de la justicia en México y la eliminación de la miseria, porque lo que vemos a todas luces es un sistema económico, al que no es refractaria la orientación estratégica de la empresa, que sólo es capaz de crear riqueza concentrándola más en lugar de repartirla mejor. Desde la visión cristiana de la Creación, no habrá salvación para Pemex, si el centro de la misma no es el ser humano, en este caso, los mexicanos y mexicanas realmente existentes, sino el dinero (y sus adoradores), el clásico ídolo que exige sacrificios humanos.Bajo este prisma, los administradores y responsables de Pemex, y quienes coloquen su conciencia ante decisiones estratégicas sobre su futuro, tendrían que partir de una sincera autocrítica: ¿Cómo es que el Gobierno prefiere vaciar reservas que renovarlas; extraer petróleo que producir gas natural; importar que producir internamente; generar electricidad con gas natural que utilizar fuentes menos contaminantes; buscarle resquicios al marco jurídico que comprometerse con su mandato; reinterpretar leyes y reglamentos o querer transformarlos para beneficio de entes privados que comulgar con la exclusividad del Estado plasmada en los artículos 27 y 28 de la Constitución para beneficio de un pueblo entero? Las preguntas serían ociosas, pero estamos ante consecuencias desastrosas.[...]

Ammi-Shadday en la presentación del libro del doctor Salatiel Palomino




Vivir como resucitados (II): ante los claroscuros del mundo (Ro 8.1-23), L. Cervantes-Ortiz

Romanos 8.1-23

Nos han amenazado de resurrección, Julia Esquivel


El desafío de vivir como resucitados (II): Elsa Tamez

Pasar de la muerte a la vida es una figura teológica paulina que expresa un cambio radical en la existencia humana. Se trata de dos tipos de vida antagónicos, uno con características de muerte y otro con características de resurrección. Se abandona por elección aquella existencia que por sus características mortales produce muerte y se acoge un nuevo modo de vivir. Esto se llama conversión —metanoia— en algunas partes de la Biblia.
Morir al pecado, para Pablo, significa no permanecer en él, ni ser cómplice, ni dejarse someter por las estructuras pecaminosas. La razón teológica que ofrece Pablo es la crucifixión de todo o malo de la humanidad, en la crucifixión de Jesús. De acuerdo con Pablo, cuando Jesús fue crucificado también “la criatura vieja” de ser humano fue crucificada (Ro 6.6) y allí murieron los deseos egoístas y avaros que originaban prácticas injustas capaces de crear las estructuras de pecado. Morir al pecado es importante para a Pablo porque, según sus palabras, al morir se deja de ser esclavo del pecado, se queda libre del pecado (6.7). Pero no solamente eso: una vez resucitados, asevera el apóstol, la muerte deja de tener dominio sobre los resucitados.
Pablo contrapone dos señoríos: el del pecado y el de Dios. El del pecado es el que produce muerte y por eso hay que abandonarlo, muriendo a él. El señorío de Dios es el que produce vida. Morir al pecado significa escapar de él y de sus efectos mortíferos; no obstante, no significa automáticamente resucitar a una nueva vida. Se necesita tener la opción de resucitar y de vivir como resucitados. Se necesita acoger el don de la resurrección dado por Dios mediante su Espíritu. Pues la vida resucitada es un don de Dios y esa novedad de vida se experimenta para Dios (6.10-11,13). [...]
Para Pablo, esta acción liberadora de la muerte a la vida es causada por el Espíritu y se vive en el Espíritu. Se trata del Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos y que da vida a nuestros cuerpos mortales (8.11). Se trata del Espíritu que habita en los resucitados.
En Ro 8.1-4, Pablo recuenta el acto liberador del Espíritu y la libertad de toda condenación para quienes viven de acuerdo con la nueva vida. Lo escribe de forma teológica y muy densa, casi incomprensible. Sin embargo, parafraseando sus palabras y actualizándolas, podría entenderse de la siguiente manera: “No hay nada que condene a quienes viven como Jesús el Mesías, porque el Espíritu de Dios que ha dado esa nueva vida, impregnada del horizonte del Mesías Jesús, te liberó de los mecanismos del sistema pecaminoso que produce muerte. La liberación ocurrió gracias a la acción de Dios y no de la ley.
La ley no fue capaz de controlar, de contrarrestar ni combatir los efectos injustos y antihumanos que produce el sistema pecaminoso. Al contrario, la ley se volvió impotente frente al sistema pecaminoso y sus mecanismos por dos razones relacionadas con la condición humana y su complicidad con el sistema: 1) los deseos avaros de engrandecimiento y enriquecimiento, que generaron las prácticas injustas y engendraron el sistema pecaminoso; 2) la propia fragilidad humana, presa fácil del sistema pecaminoso.
Ambas razones hacen de la ley un instrumento manipulable. De modo que por causa de la impotencia de la ley y su fácil manipulación, Dios, por medio de la figura del Hijo, tuvo que manifestarse en la historia, asumiendo la condición humana sometida a los mecanismos del sistema pecaminoso. Y todo eso lo hizo Dios para que la justicia verdadera se cumpliese en medio de nuestra realidad. [...]

viernes, 4 de abril de 2008

Letra 68, 6 de abril de 2008

JESÚS DETENIDO, TORTURADO, MUERTO Y DESAPARECIDO (II)
Rubén Dri
www.alcnoticias.org/interior.php?codigo=11107, 26 de marzo de 2008

Está por demás claro que el tema sigue siendo el del fuerte que debe ser amarrado o destruido. Efectivamente, al endemoniado en cuestión nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Ya se había intentado hacerlo repetidas veces, pero todo resultaba inútil. Rompía las ataduras, cualesquiera ellas fueran. Es la fuerza y prepotencia del imperio que había derrotado una y otra vez los intentos de liberarse de él.
La fuerza no pertenece al endemoniado sino al demonio, es decir, al imperio. Es éste el que utilizando al mismo endemoniado rompe cuantos intentos de liberación se producen. Son los mismos ejércitos, policías y, en general, fuerzas de represión de los países dominados los que ejercen la fuerza que les da el imperio o los grandes centros de poder.
Por otra parte, el endemoniado en cuanto persona tiene el comportamiento desequilibrado, distorsionado, esquizofrénico, propio de los habitantes de países dominados. El mejor comentario de este comportamiento es el descrito por Franz Fanon en Los condenados de la tierra. El dominado introyecta la dominación y se desequilibra completamente. Cuando el demonio se siente conminado por la fuerza superior de Jesús a decir su nombre, manifiesta su identidad sin vuelta de hoja: legión. Es la legión romana, el ejército romano, instrumento de opresión del imperio. Jesús, es decir, su mensaje, su proyecto, derrota al poder de la legión, la cual busca refugio en los cerdos, en lo despreciable, y es precipitada en el abismo de las aguas del mar.
Después de tamaña batalla no es de extrañar el miedo de los gerasenos. Pelear contra el poder de dominación y derrotarlo puede traer aparejada una terrible represión. Los gerasenos le ruegan a Jesús que se vaya. Ellos aceptan la dominación. La lucha por la liberación les produce miedo. El que ha sido liberado deberá quedarse para revertir la situación. El imperio asesinó a Jesús. Como puede verse, todas las referencias al enfrentamiento de Jesús con el imperio, Marcos las hace mediante símbolos, nunca directamente. Podríamos citar la última, es decir, la que se refiere al tributo debido al César ( Mc 12, 13-17).
La interpretación tradicional que sostiene que Jesús dice que hay que pagar el tributo al César y no mezclar esa acción perteneciente al ámbito político y económico con el ámbito religioso, porque es necesario dar a Dios lo que le corresponde. En realidad Jesús afirma lo contrario: No hay que pagar el tributo. La respuesta, nuevamente, se expresa a través de símbolos, el del denario mediante el cual se pagaba el tributo y el del pueblo como viña perteneciente a Dios.
El denario que tiene la inscripción del emperador y la inscripción Ti(berius) Divi Aug(usti) F(ilius ) Augustus (Tiberio Augusto, César, hijo del divino Augusto) debe ser devuelto al César, a su dueño. El verbo utilizado (apó–dídomi) significa devolver. Aceptar el tributo era aceptar la divinidad del emperador romano. Jesús dice que no se lo puede aceptar.
Por otra parte, afirma que es necesario dar el pueblo a Dios. El pueblo se presenta como la viña, de la que se hablo en el pasaje anterior ( Mc 12, 1-12). Devolverla a Dios significa cuidarla, cultivarla, es decir, practicar la justicia. Entonces ¿por qué ese intento de exculpar a Pilato? Es lo más probable que se deba a la necesidad de resguardar a las comunidades que comienzan a ser perseguidas.
Mientras para los cristianos que saben interpretar los símbolos queda claro el enfrentamiento de Jesús con el imperio, para los enemigos esto queda oculto. Si Pilato no encontró a Jesús peligroso, no hay motivo para que las comunidades sean consideradas en ese sentido.
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EL PADRENUESTRO EN TIEMPOS DE REBELDÍA Y REBELIONES
Gerardo Oberman
ALC Noticias, 1 de abril de 2008

Hace ya muchos siglos, en una sociedad violentada por las injusticias económicas y sociales, en un contexto de enormes desigualdades, en un tiempo de egoísmos y de falta de solidaridad, en una época de gobernantes insensibles, de autoridades religiosas despreocupadas y de grandes señores que se lavaban las manos, un humilde maestro de una zona pobre del país, enseñó a sus discípulos y discípulas una breve oración.
Comenzaba diciendo: “Padrenuestro…” y así quedó bautizada por la historia.
De alguna manera aquella oración trasciende el plano de lo meramente espiritual, proponiendo una nueva manera de entender las relaciones humanas y una nueva forma de construir relaciones económicas.
La oración invita a salir de una concepción individualista de la espiritualidad para introducir a quien la reza en una dimensión de comunidad. El Dios al cual se invoca no es “mi” Dios sino “nuestro” Dios. Al Dios al cual se quiere llegar en oración se le reconoce el derecho a hacer “su” voluntad y no simplemente como un ejercicio de abstracción. No se pide que esa voluntad transforme los cielos sino que sea capaz de revolucionar la tierra. Si esa voluntad logra hacerse camino en la vida de quienes oran, el Reino, que es de Dios pero que es compartido, “viene” y no exclusivamente para mí, sino para nosotros.
Sin embargo, el elemento más distintivo de esta oración es aquel que enseña a pedir el pan. “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. Ese pan es el símbolo del alimento humano. Más aún, es el símbolo de la existencia humana, es el símbolo de la vida misma. La vida está inevitablemente atada al pan, al alimento, a la materia necesaria para la subsistencia del cuerpo. Para que ese pan llegue fresco a cada mesa hay que reconocer que es el fruto de todo un proceso. Primero es necesario aceptar la bendición de la tierra como don de Dios, luego prepararla con paciente esfuerzo, sembrar la semilla, cosecharla, entregarla al molinero, embolsar la harina, llevarla a los lugares de abastecimiento, amasar el pan, hornearlo y, finalmente, disfrutarlo en la mesa. Por eso, cuando pedimos el pan cotidiano, estamos pidiendo, además, que se preserve el trabajo cotidiano, que se preserve esa cadena de producción, de comercialización, de distribución que permite que las personas vivan en dignidad. Dignidad que es para todos y todas. Por eso oramos: “nuestro” pan.
La vieja oración del maestro de Galilea que seguimos orando en nuestras iglesias y en nuestros hogares, tal vez puede aportar al debate sobre la situación que en estas últimas semanas mantiene ocupada y preocupada a la sociedad argentina.
La oración invita a la justa rebeldía cuando el pan falta en la mesa, cuando hay mucho pan “mío” y poco pan “nuestro”, cuando no hay equidad en el aprovechamiento de los bienes que la tierra produce. Cuando la oran los pobres, la oración es esperanza de justicia. Y cuando la oran quienes tienen el privilegio de una mejor situación económica, la oración es un compromiso ético de hacer todo lo posible para que en ninguna vida falte lo que hace digna a la vida. Muchas veces en estos siglos desde que fue orada por primera vez, muchas personas la han orado sin alcanzar a comprender la profundidad de las palabras de Jesús. Muchas personas no han comprendido que en la propuesta de Reino, la búsqueda de una mejor distribución del pan es una condición esencial. La voluntad de Dios sigue sin hacerse si el pan de la dignidad por cualquier causa no llega a alguna mesa. El Reino de Dios nunca terminará de “venirnos” si en la tierra siguen existiendo personas, sectores, gobiernos que pretendan hacer exclusivamente su voluntad, construyéndose reinos propios de privilegios.
Lo que muchos medios en Argentina en estas semanas han llamado la “rebelión” del campo, ha desnudado una vez más las tremendas mezquindades del ser humano. “Mi” gobierno en lugar de “nuestro” país, “mi” rentabilidad en lugar de “nuestro” progreso, “mi” imagen de gestión en lugar de “nuestra” credibilidad como estado, “mi” postura intransigente en lugar de “nuestra” capacidad de diálogo…
El daño que las decisiones unilaterales, los discursos encendidos de un lado y del otro, las cadenas de mensajes llenos de verdades a medias, los actos en Parque Norte o en las rutas, las invitaciones a la violencia y las amenazas cruzadas han causado al frágil entramado social argentino son tremendos. Se ven, se palpan, se sienten. Y nos hacen mal, mucho mal. “Líbranos del mal”.Tal vez nos haga bien recordar esta oración y orarla pensando bien lo que oramos. Porque el Padrenuestro es una oración que nos da la oportunidad de revisar posturas, de readecuar discursos, de repensar nuestra contribución al proyecto de Reino por el que Jesús fue asesinado y que contempla como elemento fundamental de la voluntad de Dios que el pan sea un bien “nuestro”. El Padrenuestro nos permite entendernos no como islas sino como partes de un todo, nos da la oportunidad de saltar la barrera del individualismo hacia el campo del encuentro, de la hermandad, de la solidaridad, de una construcción común. Nos permite, incluso, reconocer errores y desaciertos, pedirnos perdón y mirarnos a los ojos para afirmar que el “poder” transformador existe y que la “gloria” por la que juramos morir se revela en nuestra capacidad de hacernos parte un “reino” que dura para siempre, en el que se comparte un pan que alcanza para todos y en el que a nadie se le retiene la posibilidad de vivir en plenitud.

El desafío de vivir como resucitados (I): en las contradicciones del mundo, L. Cervantes-Ortiz

Romanos 6.1-14
6 de abril de 2008

1. Los cristianos/as viven “amenazados de resurrección” (Julia Esquivel)
Desde que el acontecimiento de Cristo se instaló en la historia humana, las coordenadas entre muerte y vida se modificaron porque entró un tercero en discordia entró en juego: la resurrección. Efectivamente, la creencia en esta realidad aparentemente anti-natural pero profundamente subversiva fue incubándose en las profundidades de la esperanza humana como una posibilidad real para tratar de compensar “más allá de la vida” lo sucedido en ella, especialmente lo malo para la inmensa mayoría de seres humanos. Si nos preguntáramos el porqué de la oposición de los saduceos a dicha creencia “reciente”, encontraríamos que les parecía inadecuada y poco ortodoxa debido a que, paradójicamente, ellos, como dueños de las tierras agrícolas de Palestina (eran los latifundistas de la época), no aceptaban ninguna forma de igualación humana o social, mucho menos en el espacio “virtual” adonde se pasaría lista de presente ante Dios. Si él aceptaba equilibrar lo sucedido en el mundo, entonces las contingencias vividas aquí se relativizarían y la utopía de la vida plena recobraría su eficacia. En ese sentido hay que entender la parábola del rico y el mendigo que anhelaba recoger las migajas de su mesa. Jesús autoriza, promueve y experimenta la resurrección como el primero que vive histórica y escatológicamente sus efectos. Aunque mentiríamos si no incluimos a Lázaro como alguien anterior a Jesús en disfrutar de la resurrección, pero ciertamente no como modelo o paradigma, porque volvió a morir.
En uno de sus hermosos y provocadores poemas, la poeta presbiteriana Julia Esquivel describe la existencia cristiana comprometida con la lucha por la justicia como una vida “amenazada de resurrección”. La promesa, esperanza o expectativa religiosa convencional es elevada a la categoría de amenaza para que esta nueva clave de interpretación despierte y motive la actualización práctica y ética de lo que Pablo escribe en su carta a los Romanos como una realidad fruto de la obra de Jesús. Vivir “amenazados de resurrección” implica superar las viejas oposiciones entre vida y muerte, así como el morbo sobre qué sucederá al término de la primera. La amenaza de la resurrección pende del hilo de la fe y la acción conscientes de que el esfuerzo histórico de Cristo fue reivindicado de manera efectiva por el Padre a la hora de regresarlo a la vida. Incluso esta amenaza debería ser parte del anuncio evangelizador de la Iglesia dadas sus resonancias éticas, escatológicas y hasta ecológicas, pues retoma el perfil de novedad que Pablo, y el Nuevo Testamento en general, subrayan con tanta insistencia.

2. Resurrección, pecado y Espíritu ante el anuncio de la vida
Sobre Romanos 6.5, Karl Barth escribe:

¿Por qué esta muerte es la gracia? Porque ella es ‘la muerte de la muerte, el pecado del pecado, el veneno del veneno, la cautividad de la cautividad” (Lutero). Porque la amenaza, socavamiento y derrumbe que arrancan de ella son obra de Dios. Porque la fortaleza de su negación es la posición más fuerte y primitiva. Porque ella, como palabra última sobre este hombre, es a la vez quicio, umbral, tránsito y cambio al hombre nuevo. Porque el bautizado (no idéntico con el que ha muerto) se identifica con el otro que ha nacido. (Carta a los Romanos. Trad. de A. Martínez de la Pera. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1999, p. 252)

El símil del bautismo y la muerte, más allá de su relación espacial (bajar-subir) plantea que la resurrección se instala definitivamente en el mundo para iluminar su oscuridad permanente e ir varios pasos adelante de la mera espera sobrenatural de casi todas las religiones, pues como en el caso de la creencia en la reencarnación, ésta promueve abiertamente la desigualdad y deja al azar absoluto la posibilidad de acceder a otro grado de la creación en la escala biológica, con lo que la sociedad de castas permanece intacta y hay que “cambiar de vida”, vivir nuevamente de otra forma, para que literalmente exista algún cambio verdadero. La resurrección, por el contrario, es un motor de vida, es un nuevo comienzo (el ya) iluminado por la espera militante del todavía no.
Vivir como resucitados es estar consciente de los alcances de ambas realidades y de cómo se realizan en la vida presente, cotidiana, para transformar los aspectos básicos, esenciales, así como los más trascendentales. Es más, vivir así implica inyectar trascendentalidad a cada momento vital pues ahora se vive a la luz de la obra redentora de Dios en Jesús que ganó algo tan grande como la resurrección. Resucitamos en el día a día con sólo despertar y comenzamos a vestir o barnizar de resurrección cada cosa que hacemos. Porque la radical novedad de la resurrección no consiste solamente en convertirla en una creencia más de nuestro sistema doctrinal y olvidarnos de ella (como sucede con las doctrinas aprendidas en el catecismo…), sino ponerla a funcionar en la vida de lucha contra el pecado en todas sus manifestaciones.

3. Morir al pecado, vivir para la justicia en las contradicciones del mundo
La resurrección es un arma que permite sortear las contradicciones del mundo, pues éstas no se afrontan o resuelven con la aplicación de doctrinas como recetas o algún medicamento tópico. El pecado se desdobla de múltiples maneras para que la humanidad deje de apreciar sus armas mortíferas y su combate persistente contra la vida y la justicia. Son ellos dos los que están en juego porque directamente minan la existencia plena y la sana convivencia en el mundo. Por ello las contradicciones de éste hicieron hablar a Pablo de un auténtico conflicto espiritual, no una “guerra espiritual” (ficción inventada para no aceptar los errores de ciertas formas de evangelización y misión) o una “guerra santa” (llevada a cabo para acabar con los enemigos reales o verdaderos desde un ejercicio autoritario del poder en nombre de Dios), sino una lucha verdadera entre fuerzas opuestas que confunden a quienes están en medio de la misma como “carne de cañón” o instrumentos de uno u otro bando.
El enemigo del pecado, desde la perspectiva de la resurrección, no es la virtud o la piedad, ni siquiera el fervor religioso; para Pablo es la práctica de la justicia, aquella actuación humana que es capaz, primero, de evidenciar las contradicciones del mundo (como lo hizo Jesús en su Pasión), y segundo, de proponer formas nuevas “resucitadas” de vida en común, vida individual, vida de servicio, etcétera. Las armas de la resurrección son las obras que se realizan en función de la construcción del Reino de Dios en el mundo, adonde su aparición vital coincide con la defensa de la vida, especialmente de aquellos que están como condenados a no conocer la resurrección desde esta vida. Las contradicciones económicas, políticas y espirituales de las que se sirve la injusticia (pecado, en el lenguaje paulino) son un acicate enorme para las formas creativas de reconstrucción humana que deben desarrollar aquellos que viven como resucitados, amenazados de resurrección…

El desafío de vivir como resucitados (I), Elsa Tamez

6 de abril de 2008

“Vivir como resucitados” o “ser amenazados de resurrección” son metáforas teológicas que describen dimensiones de la existencia humana difíciles de comprender. Abarcan dimensiones escatológicas y utópicas y, a a vez, presentes en la historia. La frase “vivir como resucitados” alude a la vida concreta en la tierra, pero también a una manera inusitada de vivir que sobrepasa los límites de la realidad histórica y terrenal; resucitados apunta a una experiencia de transformación plena, a la travesía de un estado de muerte, con todo lo que ésta implica, a un estado de vida en plenitud. En otras palabras, “vivir” alude a los tiempos presentes-históricos, y “resucitados” a los llamados “últimos tiempos”, es decir, a lo escatológico, a lo ahistórico. Si no fuera por la palabra “como”, la frase, estrictamente hablando, no tendría sentido porque no se puede vivir dentro de la historia y a la vez fuera de la historia. La palabra “como” hace posible vivir en lo contingente la plenitud de la promesa de una vida resucitada, esto es, vivir aquí en la historia como si se hubiese resucitado. En teología se dice que vivimos en el “ya y el todavía no”.
Pero, ¿es posible vivir como resucitados en el “ya y el todavía no”? Para los cristianos es posible gracias al Espíritu santo que es el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo. “Vivir como resucitados” significa vivir de acuerdo con el Espíritu y “vivir o andar según el Espíritu” hace referencia a la espiritualidad de los creyentes. Vivir como resucitados en América Latina y el Caribe, entonces, expresa una espiritualidad liberada y liberadora. [...]Pareciera que los cristianos no estamos “viviendo como resucitados”, sino como acomodados al “no”, lejos del “ya” y del “todavía”. Por eso, como la sociedad actual no ofrece espacios de gratuidad por la exigencia de eficacia y la competencia, para muchos suenan atractivas otras espiritualidades, con frecuencia más alienantes que liberadoras. Son espiritualidades que ayudan a vivir bien en el ahora y a aminorar las frustraciones cotidianas. Y esto no está mal como mecanismo de defensa. Sin embargo, generalmente se trata de espiritualidades individualistas, pobres y ajenas a la vida en el Espíritu que leemos en el Evangelio.
El desafío de vivir como resucitados es un reto a las personas y comunidades cristianas para que caminen conforme al Espíritu y vivan una espiritualidad liberadora. Más que un tema, es un llamado urgente y central frente a una sociedad asfixiante, a gente y comunidades cansadas y con poca esperanza, y a una iglesia excesivamente institucionalizada que presta poca atención al Espíritu. Necesitamos una renovación en el Mesías Jesús y el gestor de ese renacimiento es el Espíritu de Dios.

La acción liberadora del Espíritu en el paso a la resurrección
En Cristo, afirma San Pablo, hemos pasado de la muerte a la vida. Y reitera esta afirmación con distintas palabras. En Ro 6.2 utiliza la figura del bautismo para afirmar que fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para que, al igual que él resucitó de entre los muertos, nosotros vivamos también una nueva vida. Vuelve a repetir lo mismo en 6.5. En 6.8 escribe: “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él”.Pablo enfatiza estas palabras en un contexto de exhortación a “no permanecer en el pecado”. En Ro, pecado significa un orden social y cultural invertido en donde la verdad es aprisionada por la injusticia (1.18). Este orden de valores invertidos, que condenó a Jesús a la cruz, tiene el poder de penetrar, no sólo las estructuras socioeconómicas sino las sociales.
Signos de Vida, CLAI, núm. 31, marzo de 2004

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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