viernes, 26 de diciembre de 2008

La importancia de la Reforma en nuestro mundo actual, Lukas Vischer

26 de octubre de 2008
Todos los años hacemos nuestro recordatorio de la Reforma. ¿Domingo de la Reforma? ¿Cuál es el sentido más profundo de este día especial? ¿Qué es lo que celebramos? Los mismos interrogantes son válidos para la persona de los reformadores. Dentro de pocos años, muchas iglesias reformadas celebrarán la memoria de los 500 años del nacimiento de Juan Calvino en Noyon, Francia (1509-1564). ¿Por qué esta fecha tiene para nosotros tal envergadura? ¿Qué celebramos al recordar la genial figura de Calvino?
Los tiempos de la Reforma fueron tumultuosos y se caracterizaron por los escabrosos debates y luchas que originaron la gran fisura dentro del cristianismo occidental, y que incluso ocasionaron violencia y conflictos militares. A primera vista, el siglo XVI no parece ofrecer grandes cosas que celebrar. Sin embargo, en el transcurso de esas décadas cruciales, nació una idea que acompaña a la iglesia hasta nuestros días y es motivo de profunda gratitud: El único fundamento de la Iglesia es Jesucristo, y el Evangelio que trajo al mundo es nuestra verdadera fuente de vida. La iglesia es la de Jesucristo o no es ninguna. Si ha de representar a la voz de Dios sobre la tierra, no tiene más alternativa que volverse hacia él y dejarse guiar por su Palabra. Ad fontes! ¡A las fuentes! era el clamor general de la época. La iglesia no puede vivir de la tradición, las estructuras, de su propia vitalidad espiritual, ni de ninguna otra cosa en el mundo, sino en que obtiene la vida de la comunión con nuestro Señor crucificado y resucitado. Es la idea capitalizada en esos años, con sus altos y sus bajos, su grandeza y sus desaciertos. Reluce como una veta de oro sobre la oscuridad de la roca.
Escuchemos dos pasajes de los primeros escritos de Calvino: A su prefacio de la traducción de la Biblia por Pierre-Robert Olivétan (1535), Calvino le da el particular título: A todos aquellos que aman a Cristo y a su Evangelio, y continúa: “Sin el Evangelio todo es inútil y vano; sin el Evangelio no somos cristianos; sin el Evangelio toda riqueza es pobreza, todo saber un desatino frente a Dios; la fuerza es debilidad y toda la justicia humana es objeto de la censura de Dios. Sin embargo, con el conocimiento del Evangelio nos hacemos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, conciudadanos de los santos, ciudadanos del Reino de los Cielos, herederos de Dios junto con Jesucristo, por obra del cual los pobres se vuelven ricos, los débiles fuertes, los necios sabios, los pecadores son perdonados, los desolados reconfortados, los indecisos se vuelven seguros y los esclavos son liberados. El Evangelio es la Palabra de vida”.
Y en su repuesta al Cardenal Jacobo Sadoleto (1539) destaca nuestra dependencia absoluta de Jesucristo: “Dado, pues, que todos los hombres están condenados como pecadores delante de Dios, decimos que Cristo es la sola justicia: el cual con su obediencia ha borrado nuestras transgresiones; con su sacrificio la ira de Dios ha sido apaciguada; con su sangre nos ha limpiado de toda mancha; con su cruz ha sobrellevado nuestra maldición; con su muerte ha satisfecho por nosotros. De esta manera decimos que ha sido reconciliado el hombre con Dios Padre, por Cristo, no por su propio mérito o el valor de las obras, sino por la bondad y clemencia gratuita del Señor”.
¿Qué es, entonces, lo que celebramos el Domingo de la Reforma? Ciertamente, no la “fundación” ni los heroicos inicios de la Iglesia Reformada. Lo que ocurrió en el siglo XVI no constituye el tema de ese domingo. Tampoco celebramos la genial figura de Calvino; en el Domingo de la Reforma no se conmemora a un santo. Calvino se encargó de subrayar que, en última instancia, no era su persona lo que interesaba. No vería con agrado al enorme monumento a la Reforma en Ginebra. Nadie conoce el lugar de su tumba y los peregrinos no pueden visitarlo ni rendirle honores. Al contrario, cada año, el Domingo de la Reforma nos ofrece la oportunidad de preguntarnos junto con los reformadores del siglo XVI: “¿Qué significa ser la iglesia de Jesucristo hoy?” “¿Hacia dónde intenta guiarnos por su Espíritu y su Palabra?” “¿Somos verdaderamente instrumentos en sus manos?” “¿Qué significa que nos haya hecho libres mediante su gracia y su amor?” “¿Qué pasos espera que demos a continuación?”
Los Reformadores no se contentaban con que hubiese una aceptación general de que Jesucristo
era la fuente de la salvación. Para ellos, Cristo era más que una fórmula litúrgica y, por lo tanto, todos, pero Calvino en particular, se propusieron revelar de manera minuciosa la importancia del Evangelio para la fe de los creyentes, y mostrar qué respuesta se requería de la comunidad en su conjunto y de cada miembro en particular. Sus respuestas son impresionantes, llenas de ideas y enfoques aún válidos en nuestros días. Sin embargo, es importante reconocer que Calvino se consideraba siervo del Evangelio. La Iglesia Reformada no se identifica con su nombre y no debe llamarse calvinista. Calvino sabía que cada generación tendría que volver a descifrar la importancia del Evangelio. Es así que la tradición reformada se caracteriza por que la confesión de fe ha ido reformulándose en el transcurso de los siglos, a medida que se abrían nuevos horizontes y los contextos se transformaban.
El prefacio a la Segunda Confesión Helvética (1566) refleja esta apertura hacia nuevas ideas:
“Ante todo, testimoniamos que siempre estaremos enteramente dispuestos a explicar más ampliamente nuestra exposición tanto general como particularmente, si así se nos solicitase, y a ceder con gratitud frente a aquellos que nos corrijan conforme a la Palabra de Dios y a seguirlos en el Señor, al cual corresponden la alabanza y la gloria”.
¿Y qué pasa en nuestros días? En la Asamblea General de Accra (Ghana), celebrada en 2004, la Alianza Reformada Mundial formuló y sometió a examen de sus iglesias miembros una confesión de fe para nuestros tiempos. Una confesión de fe no puede decretarse, sólo puede declararse y proponerse.
La respuesta de las iglesias determinará si podrá considerarse como la confesión de la Iglesia.
La Asamblea General de la Alianza Reformada Mundial es la reunión más representativa dentro del mundo reformado. Allí participaron delegados de las iglesias de todo el mundo y, por lo tanto, su mensaje merece que todos los cristianos reformados le prestemos oídos y analicemos su mensaje con la mayor atención. ¿Y qué mejor día para hacerlo que el Domingo de la Reforma?, día que nos recuerda el propósito y los móviles más puros de la Reforma.
Por lo tanto, se nos invita, entonces, a preguntar junto a los reformadores, ¿hasta qué punto la Confesión de Accra expresa lo que la Iglesia de Jesucristo está llamada a proclamar y dar testimonio en los albores del tercer milenio?
¡Escuchar la Palabra de Dios hoy junto a los reformadores!
Para honrar esta tarea es fundamental tomarse el tiempo de volver a observar la época de la Reforma. ¿Qué cosas preocupaban especialmente a los reformadores? ¿Cuáles eran los principios fundamentales que orientaban sus prédicas y sus actos?
Hay tres aspectos que no deben pasarse por alto al atender el legado de la Reforma:

a) Casi cinco siglos nos separan de la Reforma. Nos hallamos frente a nuevos horizontes. Las fronteras del testimonio han cambiado, de modo que las respuestas de los reformadores no pueden trasladarse y aplicarse al pie de la letra en nuestra época.
b) La introducción de las reformas provocó muchas luchas. Los representantes del antiguo orden ofrecieron una resuelta resistencia a los cambios que se proponían. El tiempo de la Reforma, por ende, fue un tiempo de amargas polémicas. Calvino procuró resumir sus ideas y enmiendas para la Reforma de manera coherente y equilibrada, pero los conflictos suscitaron casi inevitablemente respuestas incisivas y exageraciones entre las partes, que hoy han perdido su valor. A fin de evitar la parcialidad, hace falta corregirlas.
c) No todas las ideas y objetivos de los reformadores se pudieron alcanzar y llevar a cabo. Las reformas a menudo tropezaron con resistencias incluso dentro del campo de las propias iglesias reformadas. Algunos anhelos de los reformadores quedaron sin satisfacer.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Letra, 95, 19 de octubre de 2008

LA REFORMA PROTESTANTE: ¿QUÉ PASÓ CON LA MUJERES? (II)
JOANA ORTEGA
La mujeres anabaptistas merecen una mención especial, ya que su condición resulto ser bastante dramática: fueron consideradas herejes tanto por los católicos como por los protestantes, y muchas de ellas fueron procesadas y condenadas acusadas de radicalismo religioso y social. Vale la pena recordar a Isabel Dirks, una holandesa que fue considerada como maestra de los herejes por poseer una copia de los Evangelios en latín. Fue interrogada y torturada por los inquisidores desde el 15 de enero hasta el 27 de marzo de 1549 para que revelase el nombre de los otros adeptos del grupo. Cuando ella se negó a proporcionar dicha información fue metida en un saco y ahogada según el Derecho Romano del siglo VI que imponía la pena de muerte para los que defendiesen el “nuevo bautismo”.
También vale la pena mencionar a las italianas Giulia Gonzaga (1512-1566); Catherina Cibo (1501-1557); Vittoria Colona (14901547); Isabella Bresegna (1510-1567) (española pero exiliada en Nápoles huyendo de la Inquisición); Olimpia de Morato (1526-1555) que, a los 13 años ya sabía griego y latín, y leía a Cicerón.
De obligado recuerdo es una de las mujeres más representativas en la Reforma francesa: Margarita de Navarra (1555-1572). Sin duda, se trata de una mujer avanzada a su tiempo. Escribió y publico poesías y se caracterizó por su carácter abierto, por su cultura y por hacer de su corte un centro del humanismo. Asume la reforma calvinista, lo que la convierte en un blanco de las iras de la Inquisición, de la monarquía españolas y de los católicos franceses. Murió envenenada la Noche de San Bartolomé (matanza de 3000 hugonotes) el 24 de agosto de 1572.
Esas mujeres existieron de verdad y comprometieron su vida, hasta el punto de que esta especie de movimiento femenino interesado en la Reforma y que se originó en ella, provocó un sentimiento de crisis en lo que tenía que ver con las mujeres y el lugar que les correspondía. Esta mujer “en crisis” no fue soportado durante mucho tiempo por los protestantes e, inevitablemente, llegó el desengaño y la desilusión.
La primera desilusión fue los siete años del comienzo de la Reforma y de la guerra de los campesinos. Como es de suponer, la historiografía no recoge el número de campesinas que perecieron en la matanza de los 100.000 muertos reconocidos. Incitados de alguna manera por Lutero, católicos y protestantes torturaron y asesinaron sin compasión, sin justicia y sin decencia a muchas de esas mujeres.
Dos años después , en el Saqueo de Roma, muchas mujeres prefirieron suicidarse antes que caer en manos de unos o de otros. Este exterminio se llevó a cabo, en parte, por mercenarios alemanes. También fueron bastante disuasivos para las conciencias femeninas orientadas hacia la Reforma, los malos tratos de los anabaptistas radicales a las mujeres que se negaban a aceptar la poligamia.
Sin embargo, esta situación no pudo erradicar la aportación de las mujeres intelectuales. Algunas de ellas representan un verdadero ejemplo de cómo la primacía de la conciencia se defiende abandonándolo todo, incluso lo más amado, como pueden ser los hijos.
Muchas mujeres de la Reforma tuvieron que pasar por las torturas y las degradaciones de los autos inquisitoriales católicos y, desgraciadamente, también protestantes. Aunque debe reconocerse que las víctimas de las represiones anglicanas, lolardas y cuáqueras no tienen ni punto de comparación con las víctimas de la Inquisición.
Tampoco podemos olvidarnos del movimiento sufragista, mucho más fuerte en los países protestantes, más modernos, evolucionados y prósperos, que en los países católicos, de carácter más conservador y tradicionalista; ni del feminismo norteamericano, que parte de un sistema político democrático fuertemente ligado a los grupos protestantes que defendían la necesidad de una reforma moral (siguiendo las ideas de Butler), y la abolición de la esclavitud.
La participación femenina a favor de la abolición de la esclavitud creó una conciencia en las mujeres de que la situación de los esclavos y la suya propia no era demasiado diferente en lo que respecta a los derechos humanos.
Las condiciones sociales y culturales estadounidenses favorecieron la extensión de movimientos femeninos. Gracias a la práctica de los principios protestantes que promovían la lectura e interpretación individual de la Biblia, muchas mujeres fueron alfabetizadas, lo cual llevo casi a la erradicación del analfabetismo entre las mujeres americanas a principios del siglo XIX.
El primer documento colectivo del feminismo norteamericano lo encontramos en la Declaración de Seneca Falls, aprobada el 19 de Julio de 1848 en una iglesia metodista de esa población del estado de Nueva York. Elizabeth Cady Staton fue la encargada de leer estas palabras:
“La historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones por parte del hombre con respecto a la mujer, y cuyo objetivo directo es el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella. Para demostrar esto, someteremos los hechos a un mundo confiado. El hombre nunca le ha permitido que ella disfrute del derecho inalienable del voto. La ha obligado a someterse a unas leyes en cuya elaboración no tiene voz.
Le ha negado derechos que se conceden a los hombres más ignorantes e indignos, tanto indígenas como extranjeros. Habiéndola privado de este primer derecho de todo ciudadano, el del sufragio, dejándola así sin representación en las asambleas legislativas, la ha oprimido desde todos los ángulos.
Si está casada la ha dejado civilmente muerta ante la ley.
La ha despojado de todo derecho de propiedad, incluso sobre el jornal que ella misma gana.
Moralmente la ha convertido en un ser irresponsable, ya que puede cometer toda clase de delitos con impunidad, con tal de que sean cometidos en presencia de su marido.
En el pacto matrimonial ella está obligada a prometer obediencia a su marido, llegando a ser éste a todos los efectos su amo –la ley le ha dado poder para privarla de su libertad y administrar castigos...” (Declaración de Séneca Falls).
La conciencia, por tanto, de la necesidad de reconocer los derechos y la dignidad de las mujeres como seres humanos, está ya muy clara en esta declaración de mediados del siglo XIX, leída y defendida por una ilustrada y comprometida mujer protestante. No cabe duda de que su religión le proveyó la fuerza y las ideas necesarias para emprender y continuar la lucha. A este respecto Richard Evans ha escrito: “La creencia protestante en el derecho de todos los hombres y mujeres a trabajar individualmente por su propia salvación proporcionaría una seguridad indispensable, y a menudo realmente una auténtica inspiración, a muchas, si no a casi todas las luchadoras de las campañas feministas del siglo XIX.”
Resumiendo, las mujeres protestantes tenemos una historia, una tradición, una genealogía. Lo cierto es que han intentado privarnos de tan increíble privilegio. Una pregunta final: ¿Es justo, correcto, necesario y nada redundante referirnos a nuestra historia nombrando a los y las protestantes que nos precedieron? Nuestro pueblo no sólo tiene padres, también tiene madres. La historia protestante también tiene nombre de mujer.

Dinámica de la espiritualidad reformada en un mundo cambiante, L. Cervantes-Ortiz

19 de octubre de 2008
1. Lecciones proféticas y apocalípticas
Los profetas del Antiguo Testamento y los autores apocalípticos del Nuevo Testamento tienen mucho que decirnos en relación con la dinámica de una espiritualidad que permita afrontar las exigencias de un tiempo crítico como el que siempre se vive. A la luz del movimiento del Espíritu atento a responder al clamor de la humanidad sufriente, unos y otros experimentaron y promovieron una forma de ver cara a cara a su Dios y los vaivenes de un mundo que a veces no entendían lo suficiente, pero ante el cual llevaron a cabo una práctica congruente con su fe. Ezequiel, por ejemplo, fue llevado por el Espíritu (es decir, obligado) a acompañar a los exiliados en Babilonia. Allí, su primera acción es totalmente pasiva y necesaria: guardar silencio, escuchar y percibir el ambiente, la situación real. Y es que, a veces, los hombres y mujeres de fe hablamos demasiado. La actitud de silencio y escucha tiene una vertiente mística (hacia Dios) y otra de humildad (ante la realidad). Ver y oír en silencio es el primer paso para la comprensión y la simpatía. Antes de tomar una postura u optar por el servicio y la misión es necesario callar y prestar atención. La llamada “honestidad con lo real” puede y debe comenzar con la concentración ante los hechos. Ezequiel tuvo que aprender a convivir con los exiliados, pues aunque la historia enseña que su situación no fue tan extrema para ellos, el cambio de lugar y contexto hacía que el trato entre ellos y hacia Dios fuera completamente distinto. Habían perdido su nación y, sobre todo, la libertad de movimiento. Se trataba de una verdadera hecatombe social, política y espiritual. Había que comenzar de nuevo, desde cero, desde nuevas coordenadas en todos los sentidos. Dios había impuesto una atmósfera de castigo y culpabilidad a partir de la cual había que vivir, luchar y levantarse. Se necesitaba una espiritualidad nueva desde el exilio.
Ezequiel, mezcla de sacerdote y profeta, estaba ligado a la tradición por lo primero, pero por lo segundo sabía muy bien que la frescura de la Palabra divina exigía un cambio radical en las percepciones de lo sagrado y lo relevante para la vida. La espiritualidad para ese momento sería el marco de referencia para empujar a la comunidad hacia un nuevo futuro, libre ya de monarquías, templos e intereses desviados de la genuina voluntad de Dios, es decir, de la fraternidad verdadera que produjera igualdad entre los integrantes del pueblo, libres ya de la tutela de una casa real que manipulaba la religiosidad popular.
Los apocalípticos, por su parte, veían la gloria de Dios, aspiraban a ella en medio de la desolación de la persecución y del martirio. Lo primero que percibían era que Dios ya había llevado a cabo su plan de oposición radical a quienes sometían al mundo con su voluntad férrea de confrontación con su voluntad. Literalmente, veían ese triunfo no como una posibilidad sino como algo ya realizado, cumplido. Ése era el fundamento de su espiritualidad, una espiritualidad de resistencia ante la certeza de quién verdaderamente gobierna el mundo. No era Roma, ni el César, sino el Cordero de Dios que había sido inmolado para la salvación de la humanidad. La alabanza de la creación entera se fundamenta en esa comprensión. El gran banquete al que son convidados los redimidos es un símbolo mayor de la cercanía con ese Dios que ha apostado por ellos/as. La realeza y el poder del Hijo de Dios son celebrados a partir de una conciencia probada de que es él el gobernante pleno de este mundo. El lenguaje gráfico y simbólico intenta describir con imágenes vívidas la esperanza en la intervención directa de Dios, quien sigue muy de cerca los acontecimientos y ha tomado partido por los seguidores de Jesús y promotores incondicionales del Reino de Dios. La lección espiritual es muy clara y exigente: asumir el gobierno de Dios como una premisa que desemboque en todas las áreas de la vida para transformar el mundo según su voluntad.
2. Lecciones de la tradición reformada
Escuchemos esta oración de Calvino:

Concede, Dios Todopoderoso, a quien le ha placido adoptarnos como tu pueblo, y dejar de ser tus enemigos, profanos y réprobos, para ser hijos de Abraham, que podamos obtener de ti una santa herencia. Concédenos que a través de toda nuestra vida podamos arrepentirnos de tal forma que alcancemos tu favor, el cual diariamente vemos delante nuestro en el Evangelio, y del cual nos has dado una segura muestra en la muerte de tu Hijo Unigénito, de modo que podamos llegar a ser más y más humildes delante de Ti, y trabajar para adaptar nuestra vida según las reglas de tu justicia y detestarnos a nosotros mismos para que podamos, al mismo tiempo, ser atraídos por la dulzura de tu benevolencia al llamarnos y que podamos estar unidos a Ti con el fin de ser más y más confirmados en la fe, hasta que al fin alcancemos el bendito descanso que ha sido propiciado para nosotros por la sangre de Cristo, tu Hijo Unigénito. Amén.[1]

La conciencia de los reformadores, como se aprecia en esta oración, estaba dominada también por la certeza en que la voluntad de Dios debía realizarse en el mundo contra viento y marea, es decir, en medio de los conflictos ocasionados por la lucha entre los diversos intereses humanos. Como humanista que fue, Calvino no dejaba de reconocer la centralidad de lo humano para Dios, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que la integralidad de la vida humana y de la sociedad debía traducirse en una espiritualidad eminentemente inclusiva en todos los sentidos. En primer lugar, en lucha permanentemente para superar los dualismos impuestos por los hábitos mentales del ambiente: la superioridad del alma sobre el cuerpo (de origen platónico), la separación esquizofrénica entre la Iglesia y los asuntos políticos (fruto de la mentalidad liberal) o la creencia en que la otra vida es el espacio definitivo de la bendición plena de Dios (en demérito de la importancia de esta vida como espacio de gracia). En segundo lugar, porque el potencial de la fe debe ser llevado hasta sus últimas consecuencias, esto es, debe desdoblarse creativamente para convertirse en una fuerza de motivación, alegría y entusiasmo para transformar las condiciones de la existencia humana. Una humanidad liberada de la tutela papal y de la tiranía institucional de cualquier iglesia o institución alienante puede llevar hasta el final el dominio de Dios sobre todas las áreas del quehacer humano. Esta es la premisa principal de la espiritualidad reformada.
Por ello, todas las prácticas espirituales y litúrgicas pueden y deben reflejar las posibilidades de una espiritualidad como instrumento de cambio y consolidación de la voluntad divina en el mundo, comenzando con la oración. La primera pastora presbiteriana de América Latina, la cubana Ofelia Ortega (ordenada en 1967) habla de las características, elementos y calidades de esta espiritualidad:
Las 4 características son: a) Es una espiritualidad hacia fuera. No está centrada en nosotros, sino en Dios.; b) es una espiritualidad que hay que vivirla en la realidad, en el tiempo y con las personas que nos ha tocado vivir; c) es una espiritualidad que reconoce la presencia y la obra del Espíritu Santo en lo ordinario y en lo extraordinario. Que valoriza la teología de la vida cotidiana y d) es una espiritualidad que habla de la presencia de Dios en los buenos tiempos y en los malos tiempos, que tiene presente la teología de la esperanza.
Acerca de los 5 elementos de la espiritualidad reformada, la Dra. Ofelia menciona:
a) El humanismo y la espiritualidad. Ofelia destaca aquí el estudio del ser humano y el estudio de su práctica espiritual en Calvino; b) La concepción espiritual de la Eucaristía. No solo tomar el pan y el vino, sino saber que Jesus nos llama a compartir también nuestro pan; c) La oración, porque todo el bien que necesitamos y carecemos lo encontramos en Jesucristo; d) La unión mística con Cristo que significa estar tan unidos con Cristo que lleguemos a compartir todas sus bendiciones y e) La santificación (conversión), que sigue al anuncio de la justificación por la fe.
Refiriéndose a las calidades, la Dra. Ofelia termina mencionando que el ser bendecidos por la gracia de Dios debe calificar nuestras relaciones, eso significa practicar la justicia en lo cotidiano; vivir de manera que el tener no sea un deseo de poseer indefinidamente y practicar el ayuno como símbolo de nuestra frugalidad.[2]

En ese espíritu, Rubem Alves ha retomado una oración de Walter Rauschenbusch:

Oración por este mundo
Oh Dios, te damos gracias por este universo, nuestro lugar; por su vastedad y riqueza, por la exuberancia de la vida que lo llena y de la cual somos parte. Te alabamos por la bóveda celeste y por los vientos, llenos de bendiciones, por las nubes que navegan y las constelaciones, allá en lo alto. Te alabamos por los océanos, por las corrientes frescas, por las montañas que no se acaban, por los árboles, por la hierba debajo de nuestros pies. Te llevamos en nuestros sentidos: poder ver el esplendor de la mañana, escuchar las canciones de los enamorados, sentir el hálito bueno de las flores primaverales. Dios, te pedimos, un corazón abierto a toda esta alegría y a toda esta belleza, y libra nuestras almas de la ceguera que viene de la preocupación por las cosas de esta vida y de las sombras de las pasiones, a punto de pasar sin ver y sin escuchar hasta incluso cuando la zarza, al lado del camino, se incendia con la gloria de Dios. Acrecienta en nosotros el sentido de comunión con todas las cosas vivas, nuestras hermanas, que están junto a nosotros en esta tierra. Recuérdanos, con vergüenza, de que en el pasado nos aprovechamos del dominio e hicimos de él uso con crueldad sin límite, tanto así que la voz de la tierra, que debería haber subido hacia ti como una canción, se volvió un gemido de dolor. Que aprendamos que las cosas vivas no viven sólo para nosotros; que ellas viven para sí mismas y para ti, que aman la dulzura de la vida tanto como nosotros, y te sirven, en su lugar, mejor que nosotros en el nuestro. Cuando llegue nuestro fin, y no podamos ya hacer más uso de este mundo, y tengamos que dejar lugar a otros, que no dejemos cosa alguna destruida por nuestra ambición o deformada por nuestra ignorancia. Permite, mejor, que dejemos nuestra herencia común más hermosa y más dulce, sin que haya sido secada nada de su fertilidad y alegría, y así nuestros cuerpos puedan retornar en paz al vientre de la gran madre que los nutrió y nuestros espíritus puedan gozar de vida perfecta en ti.
(Oraciones por un mundo mejor. São Paulo, Paulus, 1997. Audiolibro: Nossa Cultura).

Notas
[1] Charles E. Edwards, ed., Devotions and Prayers of John Calvin. Grand Rapids, Baker Book House, 1957, p. 109.
[2] “Espiritualidad reformada”, en “Iglesia presbiteriana celebra 150 años”, www.claiweb.org/Signos%20de%20Vida%20-%20Nuevo%20Siglo/NS_septiembre06/presbiterianos.htm.

Espiritualidad y cambio social, Samuel Caraballo López

19 de octubre de 2008

La espiritualidad y la transformación social están intrínsecamente ligados y no son realidades antagónicas o separadas. La realidad que vive nuestro mundo nos propone la necesidad de una reforma conceptual y práctica de estos dos términos. Henri J. M. Nouwen (1932-1996), el gran pensador cristiano nos deja un pensamiento: “Cuanto más lejos te lleve ese viaje hacia fuera, más profundo debe ser el viaje hacia adentro.”
Esta relación entre la lucha por la transformación social y la búsqueda personal de Dios, es lo que distingue realmente la espiritualidad cristiana. Es donde el Amor a Dios y el amor al prójimo que se integran. Es la interrelación y balance entre la dimensión vertical y la horizontal lo que distingue el ministerio cristiano de otras vocaciones seculares. “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” El segundo es: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” No hay otro mandamiento mas importante que estos” (Marcos 12:
31-32).
Lamentablemente en muchos contextos cristianos se ha enseñado y vivido una expresión de espiritualidad carente de participación activa en el cambio de nuestra sociedad. ¿A qué se debe esto? Según Howard Rice, en su libro, El pastor como guía espiritual, hay cuatro (4) premisas fundamentales que han sostenido este dualismo y que necesitamos examinar en la tarde de hoy. Estas premisas son las siguientes: a) La espiritualidad es principalmente un asunto entre el individuo y Dios. Es decir es sólo vertical. b) La espiritualidad se nutre mejor cuanto menos tenga que ver con el cuerpo físico. Hay que huir de la carne. c) La espiritualidad tiene que ver con asuntos del alma y Dios. Asuntos de política, economía y sociedad son cosas mundanas y nos distraen alejándonos de Dios. d) La vida espiritual consiste mas bien en ser que en hacer. Para ser espiritual hay que apartarse al monte y dejar de hacer actividades, es estar en quietud con Dios.
Estas premisas, aunque tienen elementos de verdad, al aceptarlas acríticamente como verdades absolutas y bíblicas, las impregnamos en nuestra mentalidad, sin sentarnos a analizar sus implicaciones para nuestra práctica cristiana. Es decir estas concepciones no son fruto de las Escrituras ni de la correcta teología cristiana, sino que es fruto de una corriente filosófica llamada el ilustrismo, donde la realidad se interpreta en fragmentos o segmentos y no como un todo interrelacionado… No se amolden al mundo actual. Cuando interpretamos la espiritualidad cristiana desde una óptica fragmentaria y antagonizante nos confinamos a la pasividad creyendo que es piedad, en la indiferencia y la confundimos con la santidad, la intolerancia y la llamamos integridad y al aislamiento que llamamos consagración. Nada más lejos de la verdad. Hoy, día de la Reforma Protestante necesitamos concienciar sobre esta realidad, confrontarla y superarla para bien de nuestra vida, de nuestras congregaciones y de nosotros mismos. El llamado de las Sagradas Escrituras es a “renovar nuestro entendimiento.”

Al mirar la realidad que vive nuestro mundo, no nos queda otra opción que comenzar a revisar nuestras teorías en uso, que de forma tácita guían nuestras acciones cristianas. Cuando miramos la realidad global que nos ha tocado vivir, tenemos que revisar como Nehemías, la postura que hemos adoptado. Este reformador del Antiguo Testamento, al enterarse de la condición de su pueblo en Jerusalén y mirar su posición en el palacio real, no le queda otro camino que compungirse y actuar consecuentemente.

Letra 94, 12 de octubre de 2008

L. Iván Jiménez J.

12 de octubre de 2008

Hacia una espiritualidad reformada (II), Choan-Seng Song

12 de octubre de 2008
El siglo XXI, por consiguiente, tiene que ser el siglo del Espíritu, el Espíritu que nos guía como seres humanos hacia la renovación, el que nos inspira para ser justos y compasivos unos con otros, y el que nos da el poder de elegir la vida aquí y ahora, y de creer en la vida en la eternidad de Dios.
¿Podemos, como hijas e hijos de la familia reformada, seguir ese Espíritu que sopla donde quiere? ¿O nos quedaremos atrás? ¿Pueden ser renovadas nuestras iglesias y congregaciones por ese Espíritu para ser una fuerza espiritual en nuestra comunidad? ¿O se nos privará de él y quedaremos paralizados por nuestros credos, tradiciones y estructuras? ¿Podemos, como Alianza Reformada Mundial, recibir la vitalidad que nos da el Espíritu para ser portadores de esperanza y artesanos del futuro? ¿O pasará de largo dejándonos indefensos, sin recursos, y fuera de la benevolencia de Dios?
A todas estas preguntas debemos responder con un fuerte "No" o un "Sí": un No, a nuestra propia complacencia, y un Sí al Espíritu que sopla donde quiere; No a nuestro propio egocentrismo, y Sí al Espíritu que siempre va delante nuestro; No a nuestro espíritu de cobardía y Sí al Espíritu que lleva a Jesús a enseñarnos a orar, diciendo: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo."
Permítaseme repetir: el siglo XXI será el siglo del Espíritu. Es imprescindible saber que el desorden económico está causado por el desorden espiritual de los seres humanos, que las catástrofes del medio ambiente son sintomáticas de nuestra catástrofe espiritual, que la dominación de razas, credos, género o cultura es la manifestación de nuestra pobreza espiritual.
Por consiguiente, ser reformados es reclamar el Espíritu que sopla donde quiere. Ser reformado es renovar nuestra entrega a Jesús, que vivió y murió en obediencia a ese Espíritu. Y ser reformado es unirse a ese Espíritu en la aventura de la fe en el siglo venidero. Avancemos, pues, desde aquí hacia el futuro de Dios, inspirados e investidos por ese Espíritu de Dios que sopla donde quiere.

Letra, núm. 93, 5 de octubre de 2008


En ocasión del 75o. aniversario de su natalicio, los 40 años de su tesis doctoral que lo catapultó en el ambiente teológico y su visita a México para participar en el congreso "¿Es verdad que Dios ha muerto?", el Centro Basilea de Investigación y Apoyo, junto con Ediciones Dabar (que en 2006 publicó cuatro libros del escritor y teólogo brasileño de formación presbiteriana), lanzan esta antología de textos (que ya era muy necesaria) para apreciar y disfrutar la evolución teológica y literaria de uno de los principales pensadores latinoamericanos de origen protestante.


PRÓLOGO

JULIO DE SANTA ANA


A principios del siglo XX, bajo la influencia de Max Weber, se llegó a pensar que el vigor de la vida religiosa se perdía en nuestras sociedades. Sin embargo, en la segunda mitad del mismo siglo quedó claro que los fenómenos religiosos volvían a expresar una intensidad que ha sorprendido a los científicos sociales. En el día de hoy ya no cabe afirmar que el proceso de secularización, tal como se manifestó en Occidente (y que todavía persiste en algunos países de Europa), será el destino fatal de las religiones. Son numerosos quienes afirman que las diversas creencias religiosas influyen en la vida pública, y son cada vez menos los que insisten en señalar lo contrario.
El dinamismo religioso de los últimos años ha dado fuerza a las reflexiones teológicas (porque es pertinente reconocer que no hay sólo una teología, sino muchas. Por ejemplo, entre las tendencias que se observan en el cristianismo, esta diversidad es manifiesta. Y también lo es en el Islam, el hinduismo, el budismo, el animismo), que han alentado movimientos históricos de importancia. En el caso del cristianismo se pueden mencionar a la teología negra (Black theology) entre los afro-americanos de América del Norte, de la teología latinoamericana de la liberación, de las teologías feministas, de las que se articulan teniendo en cuenta las preocupaciones relativas al medio ambiente (eco-teologías), de las que corresponden a situaciones de pueblos indígenas. Con frecuencia, se combinan. Las orientaciones teológicas progresistas coexisten con las conservadoras y reaccionarias (las fundamentalistas, integristas y otras que, por lo general nutren ideologías retrógradas).
La historia de los últimos 50 años de Latinoamérica está marcada por la gravitación de una reflexión teológica que ha tenido lugar en el contexto de prácticas históricas que buscan la liberación. A pesar de que hay quienes están dispuestos a firmar el certificado de defunción de esta manera de comprender las expresiones de la fe, los hechos demuestran el dinamismo de esta línea de pensamiento. Basta tener en cuenta los resultados de procesos electorales que han tenido lugar recientemente en Bolivia, Ecuador y Paraguay.
Entre aquellos que son los “padres” de esta forma de articular la fe, Rubem Alves tiene un lugar primordial. Este libro recoge una selección de sus escritos teológicos. Revelan a un pensador que, en el marco de una comunidad que busca plasmar su liberación en la historia, afirma que esa flor rara —la libertad— tiene su ser en Dios mismo. Sus palabras resuenan haciendo eco a las de la propia Palabra de Dios: “El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. Libertad a la que hemos sido llamados y a la que no debemos renunciar de ninguna manera. Rubem Alves ocupa un lugar eminente entre los que guían a las generaciones que intentan ser fieles a la vocación que es propia de su fe, recordándonos que la teología de la liberación corresponde a los oprimidos(as) y a los que desean ser solidarios con ellos. Es una teología que se hace luchando contra la opresión.
Como todo pensar teológico vivo, reconoce el marco en el que se articula. Es contextual. Para Alves, las situaciones que dieron expresión a las cogitaciones teológicas de quienes gimen por la liberación nacen de lo profundo del cuerpo. Porque quien es oprimido siente que no le permiten ser. El oprimido es consciente, de manera clara o difusa, de que se le impone una identidad que no desea, que es fruto de una voluntad extraña. Eso nutre en la criatura oprimida el deseo de ser. El “coraje de ser”, que según Tillich da testimonio de la fe, late en aquellos que son sometidos a la dominación que enajena. Por eso, para Rubem Alves, la teología es una lucha consigo mismo, con quienes buscan imponer su voluntad de dominio, para encontrar el camino que permita llegar a la fuente del ser de cada uno. Es Dios; origen de nuestra nostalgia de ser, nuestra hambre y sed de liberación.
Porque tiene este sesgo existencial, su teología de la liberación busca la resurrección del cuerpo. Por eso, también, es cuestión de palabras, de lenguaje. Sin embargo, para Rubem Alves, no se trata de un habla cualquiera. No es lo que Heidegger llamó “charlatanería”, modo de discurrir que no tiene ni hace sentido. Se trata de un hablar, de un decir, que busca la creación, la belleza. Por consiguiente, no es aquella repetición de fórmulas que ofrecen seguridad. Es el lenguaje de los poetas, que juegan con los vocablos libremente. La suya es “teología como juego”. La seriedad que buscan los que quieren producir algo, que lleva a la repetición, no es propia de Rubem Alves. “El juego es una actividad no productiva. No tiene por objeto producir algo”. El juego es una actividad que produce placer. Por eso el ensueño, que da placer, es una vía teológica. Ensueño que expresa nuestro deseo. Se trata del deseo de libertad, de belleza, de ser, de Dios. Ensueño que, a veces, llegan a plasmar poetas o músicos. En raras oportunidades, algunos teólogos (San Agustín, Lutero, Bonhoeffer, Tillich, Albert Schweitzer). Quizás esta dificultad para el ensueño haya sido motivo para que, allá por 1987, haya llegado a decir: “Renuncio a la teología. No tengo ninguna verdad que compartir, pero deposito mi cuerpo en la poesía. Es lo único que puedo ofrecer”.
Sin embargo, este poeta empedernido, que también dialoga con Bach, Vivaldi, Scarlatti, Mozart, confiesa su fe protestante. Fe que expresa la densidad de su ser, su individualidad peculiar, su valor para afirmar, con Lutero, que el áncora de su ser es su conciencia, junto con la Palabra de Dios. Por eso, Rubem Alves es y será teólogo.
Invito a quienes se sientan movidos por el ensueño, por el deseo, por la búsqueda de la liberación, por el Espíritu, o sea por Dios mismo, a vislumbrar algunos destellos en los escritos que siguen.

Espiritualidad reformada, Ofelia Ortega

La Dra. Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana en Cuba en 1967 enfatiza que la espiritualidad reformada, según su interpretación de Calvino, tiene 4 características, 5 elementos y 3 calidades.
La 4 características son: a) Es una espiritualidad hacia fuera. No está centrada en nosotros, sino en Dios.; b) es una espiritualidad que hay que vivirla en la realidad, en el tiempo y con las personas que nos ha tocado vivir; c) es una espiritualidad que reconoce la presencia y la obra del Espíritu Santo en lo ordinario y en lo extraordinario. Que valoriza la teología de la vida cotidiana y d) es una espiritualidad que habla de la presencia de Dios en los buenos tiempos y en los malos tiempos, que tiene presente la teología de la esperanza.
Acerca de los 5 elementos de la espiritualidad reformada, la Dra. Ofelia menciona:
a) El humanismo y la espiritualidad. Ofelia destaca aquí el estudio del ser humano y el estudio de su práctica espiritual en Calvino; b) La concepción espiritual de la Eucaristía. No solo tomar el pan y el vino, sino saber que Jesus nos llama a compartir también nuestro pan; c) La oración, porque todo el bien que necesitamos y carecemos lo encontramos en Jesucristo; d) La unión mística con Cristo que significa estar tan unidos con Cristo que lleguemos a compartir todas sus bendiciones y e) La santificación (conversión), que sigue al anuncio de la justificación por la fe.
Refiriéndose a las calidades, la Dra. Ofelia termina mencionando que el ser bendecidos por la gracia de Dios debe calificar nuestras relaciones, eso significa practicar la justicia en lo cotidiano; vivir de manera que el tener no sea un deseo de poseer indefinidamente y practicar el ayuno como símbolo de nuestra frugalidad.

Origen y características de la espiritualidad reformada, L. Cervantes-Ortiz

5 de octubre de 2008
1. ¿Espiritualidad reformada o simplemente cristiana?
Las consecuencias de las reformas religiosas del siglo XVI, que se fueron gestando desde tiempo atrás, no se agotan, desde la perspectiva estrictamente espiritual, en el mero rechazo al cristianismo católico romano. Suponer que ser protestante, y específicamente reformado/a, consiste en ya no ser católico, constituye una reducción y una caricatura de la espiritualidad reformada o, mejor dicho, del espíritu que anima a la fe reformada. El anticlericalismo, una vertiente que a veces se presenta como una máscara del liberalismo religioso, tampoco es uno de los componentes principales de esta espiritualidad, sino apenas un eco de las frecuentes diatribas bíblicas en contra de la institucionalización patológica de la religiosidad humana. Ser reformado es una actitud espiritual que proviene de atisbar, al mismo tiempo, en palabras de Karl Barth, el Sí y el No de Dios a la humanidad y a nuestros esfuerzos por conocerlo. La Reforma protestante, en ese sentido, fue y es no sólo un movimiento que intentó transformar a la Iglesia como siempre se dice, sino que, radicalizando algunas de sus posturas más revolucionarias, buscó un nuevo rostro de Dios, el Dios de la libertad, por la parte teológica, y quiso liberar a la fe de sus supuestos dueños, los poderosos que administraban, ya desde entonces, la religión como si fuera una mercancía. Como confluencia de estas afirmaciones surgió lo que Paul Tillich denominó el principio protestante, es decir, el rechazo a cualquier forma de endiosamiento a cualquier realidad que no sea Dios mismo.
La espiritualidad reformada es, ante todo, una espiritualidad cristiana que se ha atrevido a buscar, desde sus orígenes, que no se remontan sólo al siglo XVI sino a toda la historia de la fe bíblica, congruencia entre obedecer la voluntad de Dios y responder a los desafíos que cada época le plantea la fe. Desde esta postura autocrítica, los pensadores y dirigentes de la tradición reformada asumieron siempre la visión y la misión cristianas con el ánimo de hacer cada vez más presente el Reino de Dios en el mundo, aun a costa de su propia seguridad. Y es que el Espíritu Santo, desde su propia interpretación de los sucesos, los fue llevando a realizar una transformación que ellos mismos nunca imaginaron, y así fueron capaces de proponer una nueva espiritualidad que permitiría ingresar a los creyentes a la llamada “modernidad” sin menoscabo de su dignidad de seres humanos y preparó el camino para experimentar la fe cristiana en las nuevas circunstancias. Por eso se dice que Calvino no solamente hizo cambios sustanciales en la manera de entender la salvación y la Iglesia sino que también forjó una nueva civilización, adonde es posible seguir creyendo en el Dios de Jesús y al mismo tiempo asumirse como sujetos transformadores de la existencia desde el lugar en que Dios nos haya puesto dentro de la sociedad. En ese sentido, la principal característica de la espiritualidad reformada es su sentido de responsabilidad hacia Dios y hacia la historia. Se trata, así, de una espiritualidad situada ante sus dos grandes referentes: la eternidad y la contingencia, pues el Sí y el No de Dios se manifiestan en ambas instancias. El Sí nos cura de la tristeza y la ansiedad por no alcanzar la salvación mediante las obras y el No elimina cualquier forma de triunfalismo (pues espiritualmente también existe) mediante el recuerdo constante del juicio y la injusticia insobornable de Dios.

2. El énfasis profético renovador e iluminador de la vida cotidiana
Post tenebras lux es la enorme leyenda que aparece detrás del Monumento a la Reforma en Ginebra: “Después de las tinieblas, la luz”. Y de inmediato el triunfalismo nos hace decir: “¡Ah! Las tinieblas medievales del catolicismo romano”. Pero no se trata sólo de esa supuesta oscuridad derrotada por la luminosidad protestante, es más que eso: es el triunfo de Jesucristo sobre las tinieblas del mundo, es decir, sobre todo aquello que, incluso en nombre de la fe o de algún dogma eclesiástico o religioso, pretende imponerse sobre la vida humana. Es la intensidad del principio protestante que se halla presente ya en diversos lugares de las Escrituras.
El teólogo taiwanés Choan-Seng Song, ex presidente de la Alianza Reformada Mundial, habla de la espiritualidad de la siguiente manera:

Al principio de esta historia de la vida y el ministerio de Jesús, Juan nos dice: "Esta Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla" (Juan 1:5). La luz en las tinieblas. La esperanza en medio de la desesperanza. La vida a pesar de la muerte. ¿No es esto acaso lo que vivimos en la vida? ¿Acaso no es simbólico de la gloria de la resurrección frente a la vergüenza, el dolor y el sufrimiento de la Crucifixión?
La noche del padecimiento y la muerte de Jesús, y el amanecer de la resurrección. La luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla. La noche de confusión y de dudas, y el Espíritu de renovación que sopla disipándola. Juan el evangelista resume todo esto en una de las más profundas y agudas declaraciones que se haya hecho jamás en la comunidad cristiana a lo largo de los siglos: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, llena de gracia y verdad" (Juan 1:14).
Dado que la Palabra ya se ha hecho carne en Jesús, y dado que estamos comprometidos con esa Palabra que habita entre nosotros, ¿tenemos acaso la opción de que nuestras palabras no sean carne en nuestras vidas, ni sean historias de nuestras iglesias, ni sean parte de la historia de las naciones y los pueblos? La cuestión nos hace volver al Espíritu, no a cualquier espíritu, no al espíritu que nos manipula y nos excita, sino el Espíritu que nos conduce a Jesús, que lo inspiró y le dio el poder de llevar a cabo el ministerio del reino de Dios.[1]
Nuestra espiritualidad debe estar en consonancia, entonces, con las dos perspectivas o visiones: el llamado de Dios para tareas específicas, tal como lo experimentó Jeremías en su momento, incluso desde su respuesta inicial dominada por la inseguridad y la desconfianza en el valor propio, y la majestuosa obra de Dios de oponerse a la oscuridad crónica del mundo: la injusticia, la guerra, la violencia. Espiritualidad es apego irrestricto a la acción renovadora del Espíritu Santo en todos los ámbitos de la vida. Por eso, Song pregunta:

¿Podemos, como hijas e hijos de la familia reformada, seguir ese Espíritu que sopla donde quiere? ¿O nos quedaremos atrás? ¿Pueden ser renovadas nuestras iglesias y congregaciones por ese Espíritu para ser una fuerza espiritual en nuestra comunidad? ¿O se nos privará de él y quedaremos paralizados por nuestros credos, tradiciones y estructuras? ¿Podemos, como Alianza Reformada Mundial, recibir la vitalidad que nos da el Espíritu para ser portadores de esperanza y artesanos del futuro? ¿O pasará de largo dejándonos indefensos, sin recursos, y fuera de la benevolencia de Dios?[2]

La espiritualidad reformada hoy se enfrenta a varios problemas: primero, cómo redefinir el balance entre individualidad y colectividad, con el fin de relanzar la misión de la Iglesia a personas y comunidades; segundo, ante la dictadura del mercado globalizado, para recuperar no solamente la autoestima de las personas sino su dignidad más allá del consumo; tercero, ante la posmodernidad, que relativiza las creencias y la fortaleza de las relaciones. En suma, la espiritualidad reformada se levanta con la certeza de la fidelidad de Dios a su pacto para, desde esa confianza que propicia el Espíritu, “inyectarla” a todas las áreas de la existencia. Con un fuerte acento autocrítico:
A todas estas preguntas debemos responder con un fuerte "No" o un "Sí": un No, a nuestra propia complacencia, y un Sí al Espíritu que sopla donde quiere; No a nuestro propio egocentrismo, y Sí al Espíritu que siempre va delante nuestro; No a nuestro espíritu de cobardía y Sí al Espíritu que lleva a Jesús a enseñarnos a orar, diciendo: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo." […]
Por consiguiente, ser reformados es reclamar el Espíritu que sopla donde quiere. Ser reformado es renovar nuestra entrega a Jesús, que vivió y murió en obediencia a ese Espíritu. Y ser reformado es unirse a ese Espíritu en la aventura de la fe en el siglo venidero. Avancemos, pues, desde aquí hacia el futuro de Dios, inspirados e investidos por ese Espíritu de Dios que sopla donde quiere. (Idem)

Como resume también Ofelia Ortega:
La Dra. Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana en Cuba en 1967 enfatiza que la espiritualidad reformada, según su interpretación de Calvino, tiene 4 características, 5 elementos y 3 calidades.
Las 4 características son: a) Es una espiritualidad hacia fuera. No está centrada en nosotros, sino en Dios.; b) es una espiritualidad que hay que vivirla en la realidad, en el tiempo y con las personas que nos ha tocado vivir; c) es una espiritualidad que reconoce la presencia y la obra del Espíritu Santo en lo ordinario y en lo extraordinario. Que valoriza la teología de la vida cotidiana y d) es una espiritualidad que habla de la presencia de Dios en los buenos tiempos y en los malos tiempos, que tiene presente la teología de la esperanza.
Acerca de los 5 elementos de la espiritualidad reformada, la Dra. Ofelia menciona:
a) El humanismo y la espiritualidad. Ofelia destaca aquí el estudio del ser humano y el estudio de su práctica espiritual en Calvino; b) La concepción espiritual de la Eucaristía. No solo tomar el pan y el vino, sino saber que Jesus nos llama a compartir también nuestro pan; c) La oración, porque todo el bien que necesitamos y carecemos lo encontramos en Jesucristo; d) La unión mística con Cristo que significa estar tan unidos con Cristo que lleguemos a compartir todas sus bendiciones y e) La santificación (conversión), que sigue al anuncio de la justificación por la fe.
Refiriéndose a las calidades, la Dra. Ofelia termina mencionando que el ser bendecidos por la gracia de Dios debe calificar nuestras relaciones, eso significa practicar la justicia en lo cotidiano; vivir de manera que el tener no sea un deseo de poseer indefinidamente y practicar el ayuno como símbolo de nuestra frugalidad.[3]
Notas
[1] C.-S. Song, “Hacia una espiritualidad renovada”, en http://warc.ch/dt/spirit-s.html.
[2] Idem.
[3] “Espiritualidad reformada”, en “Iglesia presbiteriana celebra 150 años”,
www.claiweb.org/Signos%20de%20Vida%20-%20Nuevo%20Siglo/NS_septiembre06/presbiterianos.htm.

Hacia una espiritualidad renovada (I), Choan-Seng Song

5 de octubre de 2008

Al principio de esta historia de la vida y el ministerio de Jesús, Juan nos dice: "Esta Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla" (Juan 1:5). La luz en las tinieblas. La esperanza en medio de la desesperanza. La vida a pesar de la muerte. ¿No es esto acaso lo que vivimos en la vida? ¿Acaso no es simbólico de la gloria de la resurrección frente a la vergüenza, el dolor y el sufrimiento de la Crucifixión?
La noche del padecimiento y la muerte de Jesús, y el amanecer de la resurrección. La luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla. La noche de confusión y de dudas, y el Espíritu de renovación que sopla disipándola. Juan el evangelista resume todo esto en una de las más profundas y agudas declaraciones que se haya hecho jamás en la comunidad cristiana a lo largo de los siglos: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, llena de gracia y verdad" (Juan 1:14).
Dado que la Palabra ya se ha hecho carne en Jesús, y dado que estamos comprometidos con esa Palabra que habita entre nosotros, ¿tenemos acaso la opción de que nuestras palabras no sean carne en nuestras vidas, ni sean historias de nuestras iglesias, ni sean parte de la historia de las naciones y los pueblos? La cuestión nos hace volver al Espíritu, no a cualquier espíritu, no al espíritu que nos manipula y nos excita, sino el Espíritu que nos conduce a Jesús, que lo inspiró y le dio el poder de llevar a cabo el ministerio del reino de Dios.
Jesús fue guiado por el Espíritu para conducirnos de las tinieblas a la luz. El Espíritu inspiró a Jesús para que nos diera vida en medio de la muerte. Y el Espíritu dio poder a Jesús para reconstruir la creación de Dios, en medio de la confusión que habíamos creado. ¿Estamos dispuestos, como cristianos reformados e iglesias de la Alianza, a dejarnos inspirar por el Espíritu e investir y guiar por ese Espíritu en los días y años futuros?
El siglo XX ha sido el siglo de desarrollo económico y de los movimientos democráticos. Un siglo en el que los hombres y las mujeres lucharon contra las ataduras de la dominación. Un siglo en el que la voluntad humana se impuso sobre muchas tiranías políticas y sociales. Pero quedan muchas cadenas por romper. Y hay nuevas cadenas creadas para esclavizar a la humanidad.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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