jueves, 5 de abril de 2012

La antigua humanidad fue crucificada con Jesucristo, L. Cervantes-O.

6 de abril, 2012

…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê), a fin de que no sirvamos más al pecado.
Romanos 6.6

El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1]
J.L. Borges, “Tres versiones de Judas”

1. Pablo frente a la cruz de Jesús
Uno de los primeros conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para él:

¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2]

Esta creencia, que Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos, contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de apelar a esa muerte es obligada.
En Gálatas 3.13-14 se refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y no en base a las obras”.[3] “Así, ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para recibir por medio de la ley”.[4]

Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5]

Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6]

2. Crucificados/as con Jesús para una vida nueva
La carta a los Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla, como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir que Cristo murió por los creyentes y que ellos mueren con Cristo, entre decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del pecado”.[8]
Explorar el primer énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v. 8). Esa identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v. 11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’ del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]
En el bautismo, según Pablo, “nos hemos despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]
Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]
Desde esta perspectiva “mística”, lo que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c, kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un compromiso en todos los órdenes de la vida!
Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16]

***

Ante la cruz

viene el recuerdo otra vez
el impacto de esos días ambiguos
cuando un hombre transparente
fue asesinado por amor a la causa divina:
paladeó el dolor como pocos
y abrió la puerta universal de la fraternidad/
subió a un madero ignominioso
y ganó una salvación desde el abandono

ese recuerdo golpea paredes y conciencias
convoca rituales ceremoniosos
mas sobre todas las cosas
viene desde un tiempo pleno
a decir que la justicia es un derecho
para todos/ su camino de sangre
lo han recorrido millones de seres
que soñaron y sueñan con un reino de paz

su voz maltrecha en el suplicio
apeló y apela a la ausencia de Dios
pero resuena en la concavidad del cielo:
recordar su martirio atribulado
sin sumarse a las huestes de fe
es un flaco homenaje a su lucha
al amor inobjetable que lo habitó
e incluyó a sus enemigos

hoy su cruz nos llama a todos
(LC-O)

***

Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”, www.youtube.com/watch?v=7--f1WhVMIo


[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html. Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.
[2] Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.
[3] H. Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.
[4] D. Brondos, Paul on the cross. Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2066, p. 148. Gracias a Rosa Hamdan por el acceso a este volumen.
[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62, http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html.
[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.
[7] E.P. Sanders, Paul and palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit. por D. Brondos, op. cit., p. 103.
[8] Ibid., p. 507.
[9] Leif E. Vaage, “Redención y violencia: el sentido de la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18, http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.
[10] Idem.
[11] Idem.
[12] E. Branderburger, op. cit., p. 366.
[13] Idem.
[14] D. Brondos, op. cit., p. 175.
[15] J.A. Estrada Díaz, “¿Es actual la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4 de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.
[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre de  2002, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.

Comunión, fraternidad y compromiso con Jesucristo, L. Cervantes-O.


5 de abril, 2012

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
I Corintios 11.23-24

I Corintios 11 comienza con una afirmación sorprendente del apóstol Pablo: “Imítenme a mí, como yo imito a Cristo” como enlace de una serie de instrucciones para el comportamiento de los creyentes en una ciudad muy conflictiva. Las urgencias pastorales en Corinto, producto de las características culturales de la ciudad, obligaron al apóstol, que conocía muy bien el ambiente (estuvo allí cuando menos en tres ocasiones), a responder con orientaciones muy específicas en las que él aprueba, objeta o modifica determinadas posturas de la comunidad. Explica Rolando López: “Ciudad muy rica, gracias a su posición estratégica entre dos mares con un puerto hacia el Egeo (Cencreas) y otro hacia el Adriático (Lequeo), Corinto fue una ciudad eminentemente comercial y punto de encuentro entre oriente y occidente. Resalta su carácter cosmopolita; en la época de Pablo habitaban en ella entre quinientos y seiscientos mil habitantes de diversa procedencia. Desde el punto de vista social, existía un gran desequilibrio entre ricos y pobres. Entre estos últimos se dieron las primeras conversiones (I Co 1.26ss)”.[1]
Al escribir sobre el orden y la fraternidad que debía haber en las asambleas litúrgicas y criticar las tendencias al divisionismo (I Co 11.17-19), el apóstol se concentra en los momentos sacramentales, ligados a la cotidianidad de las casas, algo que no se alteraba y que se insertaba en las prácticas comunitarias. Irene Foulkes resume la conflictividad que afloraba en los actos eucarísticos:

Las causas de los conflictos dentro de iglesia naciente no se limitaban a las condiciones internas de cada comunidad sino que en gran medida se encontraban ligadas a otros conflictos en su entorno socio-político y económico. […] …el conflicto surgía por el acceso desigual a los bienes no materiales valorados por el grupo. En la iglesia primitiva estos bienes incluyen el derecho al ingreso y la participación en el liderazgo. […]
Una vez adentro, ¿quiénes tenían acceso a una participación que iba más allá de una presencia pasiva como catecúmenos o comulgantes? ¿A quiénes se les reconocía el derecho a la palabra y al liderazgo dentro de la iglesia? ¿Cuál era la interacción de factores religiosos, socio-económicos y de género en el debate sobre estas cuestiones?[2]

Pablo introduce la sección al referirse a la tradición que había recibido (v. 23; cf. 15.3) y procede a aplicar un criterio a la situación de Corinto. Allí, algunas personas se hartaban y se emborrachaban mientras sus hermanos pobres pasaban hambre y vergüenza. Porque el contexto de toda la carta era la división entre “fuertes” y “débiles”: “Los fuertes lo son seguramente en ciencia, pero a la vez también en bienestar económico. Mientras los débiles lo son a la vez en ciencia (o cultura) y en nivel social. Son estos los que tal vez se quejan a Pablo de que los demás ‘comen carne’. Los pobres, como siempre, no podían, y al menos querían aprovechar las fiestas paganas para comer gratis”.[3] Corrían los años 50-55 y el escenario puede reconstruirse: reunidos una vez por semana, el grupo tenía una cena comunitaria, seguramente en la casa de algún creyente de recursos, los demás participantes comían su propia cena y no esperaban a quienes llegarán tarde porque terminaba tarde su jornada laboral. Algunos de los otros comienzan a emborracharse, lo que ocasionaba una situación de evidente falta de fraternidad (v. 21: “Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga”). Luego pasaban a celebrar la eucaristía. “Pablo va a demostrar que una reunión de estas características es exactamente lo contrario de lo que Cristo pensó cuando nos encargó que celebráramos la eucaristía. Es un pecado social: no contra Cristo directamente, o contra la eucaristía mal celebrada en sí misma. El pecado está en la cena previa y es un pecado contra los hermanos: “despreciáis a la comunidad de Dios… avergonzáis a los que no tienen’”.[4]
Sin fraternidad auténtica, no puede existir comunión ni compromiso con Jesucristo. La verdadera solidaridad es el fruto de la genuina comunión con Jesucristo,  de ahí que nadie pueda presumir de estar en muy buenas relaciones con él si su trato con los semejantes es pésimo. El apóstol no puede alabar estas reuniones (vv. 17, 22) porque hay divisiones y cismas, sectores dentro de la comunidad, unos que pueden comer su propia comida y otros que no tienen. “Eso no es comer la cena del Señor”, dice el apóstol (v. 20), porque ésta produce comunión efectiva con Cristo y nuevas relaciones entre seres humanos. La argumentación paulina es intensa: lo que hacen los corintios en la Cena no es la intención original del sacramento instituido por Jesús de Nazaret. El pecado es contra la comunidad (v. 22): desprecian al grupo y avergüenzan a quienes no tienen, se trata de ostentación y falta de solidaridad.[5] Entonces viene al caso, en esta línea de ideas, la mención del origen del sacramento. Una celebración viciada de este modo no puede ser un memorial de la muerte de Cristo capaz de proclamarla adecuadamente (v. 26).
Participar en la celebración, incluso sin recordar con insistencia las palabras de Jesús, ya es un acto proclamador, una “condensación de todo el misterio de la pascua que se entiende siempre presente y operante en medio de la comunidad” (Aldazábal), porque la Cena ocupa el tiempo intermedio hasta la manifestación plena del Reino de Dios (v. 26b). Mientras tanto, la comunidad es desafiada a vivir en comunión, compromiso y fraternidad. Como concluye Aldazábal:

Que Pablo dé tanta importancia a la fraternidad, en el contexto de la eucaristía, es una idea que concuerda con el espíritu de Mt 5.23 (reconciliarse con el hermano antes de ofrecer en el altar) y con el lavatorio de los pies de Jn 13. La eucaristía como constructora de la comunidad es también una idea que ya se encuentra implícita en la noción misma de la alianza, en la entrega de Cristo el Siervo por los muchos, y en el espíritu de toda cena pascual para los judíos. […]
Por parte de la comunidad, además de la celebración ritual, hace falta una actitud interior de fraternidad. Recibir ‘dignamente’ el cuerpo y sangre del Señor […] significa la actitud de la caridad fraterna, ‘reconociendo’ en la comunidad al cuerpo de Cristo e imitando la entrega por los demás del mismo Señor”.[6]

Jesús es alimento y juez al mismo tiempo.


[1] R. López, “La cruz en 1 y 2 Corintios. Cartas desde la práctica de las comunidades”, en RIBLA, núm. 20, www.claiweb.org/ribla/ribla20/la%20cruz%20en%201y2%20corintios.html.
[2] I. Foulkes, “Conflictos en Corinto. Las mujeres en una iglesia primitiva”, en RIBLA, núm. 15, http://claiweb.org/ribla/ribla15/conflitos%20en%20corinto.html.
[3] José Aldazábal, La eucaristía. Barcelona, Centre de Pastoral Litúrgica, 1999, p. 82.
[4] Ibid., p. 88. Énfasis agregado.
[5] Ibid., p. 89.
[6] Ibid., p. 95. Énfasis agregado.

Se humilló hasta la muerte, Pbro. Eliseo Vílchez B.


Meditemos sobre el himno cristológico de Filipenses 2:6-11. Resaltemos los énfasis que el himno hace respecto a la actitud de Jesús:

No se consideró el ser igual a Dios […] Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! (NVI)

Está descripción del actuar de Jesús está en sintonía o concordancia con lo que dicen los evangelios, y revela la comprensión cristológica de la iglesia allá a los comienzos, hace dos mil años. El carácter y actuar de Jesús no se compara con la de los “gobernantes de las naciones”, quienes “se creen con derecho a gobernar con tiranía a sus súbditos […] y hacen sentir su autoridad sobre ellos” (Mr 10:42 DHH). Jesús, por el contrario, no se consideró el ser igual a Dios, se rebajó a esclavo, y se humilló hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
1
Pablo, al escribir a la iglesia en Filipos, busca responder a las tensiones y conflictos que vive internamente esta iglesia. Los indicios son claros, especialmente en las exhortaciones a no dar lugar a los celos ni a la competencia ni al ritualismo de los judaizantes ni a discusiones respecto al ordenamiento jerárquico (1:15s.; 2:14s; 3:2s.; 4:2s.). Pablo les insta a imitar a Jesús, que la actitud de los y las creyentes debe ser como la del maestro y Señor: “La actitud de ustedes debe ser como la Cristo Jesús” (2:5).
2
Por otro lado, Pablo busca oponer una nueva forma de pensar y actuar a la que ofrece e impone la cultura dominante. Ante la ética del imperio, donde los honores y prestigio califica a los césares y ciudadanos. Pablo, siguiendo a Jesús, nos invita a ser y estar con los presos y esclavos. El lugar desde donde escribe le permite a Pablo entender el sentido de la actitud de Jesús: “se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”.

martes, 3 de abril de 2012

Nos gloriamos en la cruz de Jesús, A.I. Edith Martínez Vázquez

3 de abril, 2012



Para “gloriarnos en la cruz de Jesús” primero debemos comprender qué es la “cruz de Jesús” ... y cuando preguntamos qué es o cómo es vista la cruz de Cristo o cómo lleva la gente la cruz del Señor en sus vidas, nos encontraremos con mucha seguridad con algunas de las siguientes respuestas: “Es el lugar donde mataron a nuestro Señor”, “es donde se burlaron de Jesús”, “es donde lo hicieron sufrir”, etcétera; y más de uno nos enseñará en su cuello o en su cartera una imagen con Cristo crucificado o una cruz de diferentes tamaños, colores y calidades. Ahora bien, al ver ese tipo de acciones surge la pregunta: ¿la cruz es un amuleto? ¿La cruz evita que sucedan acontecimientos negativos? ¿La cruz protege a la gente? ¿La cruz otorga bendiciones a la vida de quien la lleva puesta? Y aparte de estos cuestionamientos también pareciera que la cruz es una fuente de inspiración para que varios prometan sacrificios a Dios y lleven a cabo penitencias lastimosas para quien las ofrece.
Pensar así es pensar en compadecer a Jesucristo. La Palabra de Dios no enseña a ver la cruz como el lugar donde victimaron a Jesús; la Palabra de Dios nos ofrece una enseñanza más excelsa de la muerte de Jesús: “nos enseña que la cruz de Cristo es un acontecimiento salvífico, que cambia radicalmente al mundo”.
El mensaje de la cruz aporta salvación, redención; la cruz no es el lugar donde mataron a Jesús, es el lugar donde Cristo te salvó a ti y a mí; la cruz no es donde victimaron al Hijo de Dios, es el lugar donde Cristo se entregó por amor a ti y a mí para pagar tus pecados y los míos; eso no lo hace una víctima, sino lo hace el Dios hecho hombre, por decisión propia, movido por el amor eterno, para salvar lo “…vil del mundo y lo menospreciado..” 1ª Cor. 1:27, cuando Él no tenía ninguna necesidad ni obligación de ser doblemente humillado: una, al hacerse hombre; otra, al tener que padecer la burla del mismo hombre, por amor a aquellos que eligió eternamente.
Cuando analizamos cómo Dios quiso enseñar a su pueblo, antes de la venida de Cristo, a pedir perdón por sus pecados mediante el holocausto de un cordero en un altar, en señal de que Cristo en su venida derramaría también su sangre para lavar nuestras faltas ¿por qué si ese cordero era un símbolo de Cristo, por qué Cristo no murió en un altar? el cual es considerado como un lugar destinado para ofrecer ofrendas a alguien supremo? A diferencia de esto, Cristo murió en una cruz porque era considerada una sentencia de muerte judicial. Cristo no podía morir de muerte natural, ni de muerte accidental, ni por manos de un asesino; sino bajo una sentencia judicial. Tenia que ser contado entre los transgresores, tenía que ser condenado como un criminal.
Los romanos tenían el genio de la ley y la justicia, y representaban el más alto poder judicial del mundo. La crucifixión no era una forma judía de castigo sino romana; Jesús no podía morir decapitado ni apedreado, tenía que ser sentenciado para ser contado entre los transgresores y condenado como criminal.
La crucifixión era considerada tan infame y tan deshonrosa que no se aplicaba a los ciudadanos romanos sino solamente a la escoria de la humanidad, a los más viles criminales y de más baja estofa, así como a los esclavos. Con esta muerte, Cristo estaba cumpliendo con las demandas más extremas de la ley: morir de “muerte maldita” y de este modo daba la evidencia de que se había convertido en maldición por causa nuestra: “Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad” Dt 21: 22-23; “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” Gá. 3:13.
Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose el más vil criminal por llevar consigo las cargas de aquellos por los que venía a morir: “Pues mirad hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios, según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” 1ª Cor. 1: 26-31.
La Biblia no habla de todos los detalles del crucifijo, de todos los detalles del sufrimiento que eso implicó, porque su objetivo no es exhibir a Cristo como víctima, a quien hay que compadecer, sino su objetivo es mostrarte a ti y a mí que Cristo quiso salvarnos de lo que nos correspondía, por el puro afecto de su voluntad y de su amor.
La cruz de Jesús significa que tenemos salvación por el amor eterno de Dios para con nosotros, sin merecerlo; la cruz de Jesús no es un amuleto, es creer por fe que Dios nos da la salvación, el perdón de nuestros pecados y la vida eterna. La cruz de Jesús es por tanto, objeto de gloria y de confianza; por eso es que “nos gloriamos en la Cruz de Jesús!”, y no solamente su obra redentora se queda en la cruz, sino aún en su resurrección! Por medio de la cual vence la muerte para darnos vida eterna, una vida nueva, una esperanza, una convicción de tener un lugar preparado en los cielos.
La cruz de Jesús también ofrece la confianza de que somos perdonados completamente, de que ese perdón que Cristo nos otorga es un perdón que olvida toda transgresión: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”, Is 1: 18.
Y porque somos perdonados haremos lo que sea sin importar las consecuencias? De ninguna manera! antes bien, ahora debemos actuar como mujeres y hombres renovados, para bien de nuestro prójimo, de nosotros mismos y de nuestra comunión con Dios.
Cómo lo haremos? Tal como dice Gálatas 6:11-13, del cual podemos resumir lo siguiente:

  1. Ayudando a nuestros hermanos cuando fueren sorprendidos en alguna falta, pero no actuando como jueces de ellos, sabiendo y ejecutando el deber ser, sino como hermanos, corrigiendo y aconsejando como nos gustaría ser tratados, restaurando con amor, con mansedumbre, porque nosotros también podemos caer en algún momento de nuestra vida.
  2.  Ayudándonos unos a otros en nuestras cargas, siendo solidarios entre nosotros mismos, principalmente a los de la familia de la fe.
  3. No engañándonos, sino hablando con la verdad porque la verdad crea confianza, crea comunión y apoyo. El engaño causa alejamiento, separación y división.
  4. Siempre que esté en nuestras manos hagamos el bien a todos, sin cansarnos, aún a pesar de que pareciera que no es reconocido, apreciado o agradecido, pues finalmente el ejemplo que tenemos de nuestro Salvador es dar el bien sin esperar nada a cambio sino por el puro afecto de su voluntad, por su bondad, por su generosidad.
  5. No importa cuánto vayamos al templo, cuánto ayudemos aquí o afuera, cuánto donemos; lo que importa es que seamos diferentes, que todo lo hagamos con amor, con alegría, que disfrutemos el bien hacer, que tratemos a todos como a nosotros mismos.

Jesucristo no sólo vino a salvarnos y a ofrecernos vida eterna, sino vino también a preservarnos para santidad, para que realmente lleguemos a esa vida eterna, viviendo en amor desde ahora y hasta llegar a su presencia.
Si tus pensamientos te alejan de Dios encomiéndalos a Él; si tus bienes te hacen olvidarte de Dios confiésale tu debilidad; si tu carácter hace que te olvides de tu prójimo pídele a Dios que te guíe tus actos y que llene los huecos que hay en ti o que te libere de los que te agobia o aprisiona tu corazón.
Confiésate con Él, sincérate con Dios, exponle tu causa, tu debilidad, tus deseos, tus aflicciones, tus inquietudes; no te dé pena decirle con tu boca lo que Él ya sabe, acércate y conviértelo en una comunión entre tú y Él; porque Cristo no es sólo tu Salvador, no es sólo el Dios Todopoderoso; Cristo también es tu amigo que te escucha sin juzgarte, sin criticarte, dando una solución a tu causa; es tu Padre que te ha amado desde la eternidad… y en esa búsqueda constante con Dios y en ese incremento de tu comunión con Él acrecienta el gloriarte en la cruz de Jesús.

Cristo crucificado, fundamento de la predicación, A.I. Rubén Núñez Castro


2 de abril, 2012

No cabe duda de que al querer exponer y explicar este pasaje puede sonar reiterativo, excedido y hasta molesto pues cualquier argumento o análisis desde cualquier punto de vista ya sea intelectual, rebuscado, analítico o muy palpable, ilustrativo, espontáneo o sencillo no tiene justificación, pues el texto se encarga por si solo de echar por tierra cualquiera de las opciones que se escoja. El pasaje es tan explícito y determinante que desde una lectura cristianizada de los textos y desde la postura tradicional evangélica hasta nos favorece (y nos gusta) y lo aceptamos sin ninguna discusión y muchos podemos decir “amén”, además es la interpretación del apóstol Pablo que explica lo que Dios prefiere, pero me pregunto con todo respeto al texto y desde una lectura no contextual: ¿no es un poco soberbio de parte de Dios menospreciar cualquier intento de lucidez del ser humano, hecho a imagen de Dios? ¿No es discriminatorio preferir a los menos por lo de mayor valor o superiores? Y estas preguntas van encaminadas en el sentido de hacernos reaccionar a esta lectura de la carta a los Corintios, y no sólo conformarnos con una lectura superficial de los textos donde no analicemos lo que el apóstol Pablo quería dar a entender a las personas de su tiempo pero también en este tiempo que leemos e interpretamos estos textos.
Por mi parte con esta introducción podemos dar por terminado el tema, pero trataremos de reflexionar en el título del tema de hoy, “Cristo crucificado: fundamento de la predicación”. Es interesante ver cómo podemos presentar este mensaje sin violentar el discurso de los versículos de este pasaje, pues si lo hacemos desde una postura docta, ¿lograremos el objetivo deseado? o sólo buscar una forma humilde, sencilla para exponerlo y dejar que Dios termine el objetivo, es un buen dilema, pero hoy tengo que predicar sobre el tema asignado y para esto voy a iniciar desde el ultimo versículo, del pasaje que leímos, de 1 Co. 1.26-2.5 entonces vayamos al verso 5 del cap. 2:

Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
No se trata de dar un discurso para que los hombres y mujeres aprendan el evangelio o lleguen al conocimiento de él con un discurso únicamente elocuente o con señales, para Pablo ése no es el propósito u objetivo y quiero recordar que Pablo era uno de los hombres más eruditos y estudiados de su tiempo pues en una de sus cartas menciona toda su estirpe pues nada menos podía jactarse de haber estudiado a los pies de Gamaliel. El principal propósito de Pablo es dejar en claro que es la fe en el Cristo crucificado: por eso recalca la palabras “Para que su fe” y la pregunta obligada es: ¿en quién hay que tener fe? Ante esta interrogante Pablo en todos sus tratados desarrolla la teología de la cruz fundamentándose en el Cristo crucificado y resucitado, y gracias a Dios que ha sido retomada por la iglesia reformada.
Pablo no concibe la predicación como un conjunto de razonamientos que intentan convencer demostrando. En consecuencia desecha acudir a las “sabias palabras” (1 Cor. 1.17), “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” tampoco al «prestigio de la palabra o de la sabiduría” (1 Cor. 2.1), “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.” y “los persuasivos discursos de la sabiduría” (1 Cor. 2, 4). “…ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”.
Ahora bien, este acto de fe no es aceptar algo evidente; por el contrario, conlleva rendir y someter el propio entendimiento a Cristo (2 Cor. 10.5). Creer es un milagro, una gracia, pues no se trata simplemente de aceptar unas verdades, sino de someterse a Cristo, de aceptarle como Señor de la propia vida. Y esto es imposible sin la acción interior del Espíritu: “…y nadie puede llamar a Jesús Señor sino bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor. 12.3).
Ya hemos indicado que el fundamento de la predicación del Cristo crucificado consiste esencialmente en la proclamación de un acontecimiento que Dios ha realizado de Cristo (“fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación”: Rom. 4.25). Este anuncio va acompañado de la invitación a la conversión, puede ser aceptado o rechazado. Esta recepción se realiza mediante el acto de fe, gracias al cual el hombre obedece el Evangelio (Rom. 1.5; 6.17; 16.26) y se somete a Cristo (2 Cor. 10.5), el cual a su vez despliega en el creyente todo su poder salvífico.
Por eso Pablo ha renunciado a apoyarse en la sabiduría y en el prestigio de la palabra humana y se ha apoyado decididamente en la acción poderosa del Espíritu que mueve y transforma los corazones por dentro (1 Cor. 2.4-5). Así, a los de Tesalónica les recuerda: “Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre…” (1 Tes. 1.5); y esta acción poderosa del Espíritu se manifestó en que abandonaron los ídolos y se convirtieron a Dios (1 Tes. 1.9-10), y ello en unas circunstancias difíciles y humanamente desfavorables (1 Tes. 1.6), en medio de fuerte oposición (1 Tes. 2.2).
La predicación es como un sacramento: quiero decir, a través de un signo externo, el anuncio del Evangelio del Cristo crucificado se comunica una gracia interior —es la acción del Espíritu que mueve a creer y a convertirse—. En el libro de los Hechos leemos que mientras Pedro anunciaba a Cristo “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra” (Hch. 10.44). Recibir la Palabra, creer y convertirse es una gracia. Entendemos ahora por qué Pablo daba gracias a Dios porque al anunciar el Evangelio a los de Tesalónica la recibieron, no como palabra de hombre (ese era el envoltura exterior), sino como Palabra de Dios (ésa era la verdadera realidad) (1 Tes. 2.13).
Ciertamente son muchos los aspectos y matices acerca de la predicación que aparecen en las cartas de Pablo. Ante todo la acción evangelizadora de Pablo está presidida por lo que él mismo llama “espíritu de fe” (2 Cor. 4.13). “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos”. Esa fe es la que le lleva a hablar. Podríamos decir que el dinamismo de la fe desemboca en el anuncio de lo creído. Entonces el valor y la fuerza de la predicación están en proporción a la capacidad de nuestra fe.
Por la fe el Apóstol Pablo sabe que está engendrando a los hombres a una vida nueva (1 Cor. 4.15), que cuando les anuncia a Cristo no sólo les alcanza creer en la verdad (2 Tes. 2.13), sino que les abre a un horizonte de eternidad y de gloria; (2 Tes. 2.14) “a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo”
Por la fe, Pablo tiene conciencia de estar realizando una grandiosa liturgia a través de su tarea evangelizadora; pues como ministro de Cristo logra que los hombres, al recibir por la fe el anuncio del Evangelio, se conviertan en una preciosa ofrenda consagrada por el Espíritu Santo para la gloria de Dios (Rom. 15.16). “Para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo”.
Pablo fundamenta su fe y su predicación en el Cristo crucificado y resucitado, y tomando así su trabajo, lo lleva a cabo en medio de innumerables tribulaciones y dificultades; incluso aunque él sea encarcelado, hasta en la enfermedad (Gal. 4.13), en la misma cárcel (Fil. 1,12ss) y en la comparecencia ante los tribunales (2 Tim. 4.16-17).
Sí, esta es fe, la que impulsa a anunciar una realidad que para muchos resulta “locura” y “escándalo”. Sólo la fe tiene la certeza de que eso que consideran los hombres locura y escándalo es en realidad la máxima manifestación y realización de la sabiduría y de la fuerza de Dios. Cuando se anuncia con fe al Cristo crucificado, se comprueba que ese mensaje transforma y salva al que lo reciben.
Y por último quiero enfatizar por qué la fe y la predicación de Pablo está fundamentada en el Cristo crucificado. Recordemos en una forma breve el proceso de la crucifixión. Jesús es abandonado por sus discípulos, traicionado por la jerarquía religiosa y ejecutado por los romanos. Es más, Jesús muere desolado en la cruz y grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?".
¿Cuál es la lógica, la razón aquí? Veamos la acción de Jesús en su juicio y ejecución: es totalmente contraria a la de Adán y Eva, ellos en vez de admitir su responsabilidad ante sus actos asumen la de la auto-justificación. La de Jesús todo lo contrario, es un acto de entrega y confianza total. Jesús se encomienda al Padre, como observamos en el jardín de Getsemaní, y confía que Dios podrá lograr su propósito, aunque todo pareciera lo contrario, esa es la lógica de la cruz basada en la fe.
Pablo dice de Abraham en Romanos 4, cuando consideraba su edad avanzada y la aparente imposibilidad de tener descendencia propia. “Creyó en esperanza contra esperanza…en el cual da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fueran”. Jesús no cayó en la trampa de responder a la fuerza con la fuerza. Ya había resistido la tentación en el desierto, y el de asumir el papel del Mesías político-militar que la gente esperaba, no procuraba mantener el sistema imperial con un simple sustituto de un líder de los judíos por el de los romanos.
En la cruz, Jesús rompe la espiral de la violencia, rechaza un intento de auto justificación y se encomienda plenamente a Dios. De esta manera rompe la lógica adánica para abrir camino a la redención de la creación caída por medio de la cruz. ¿Cómo sabemos que funcionó? Dios le resucita de los muertos. Dios vindica a Jesús y da vida al muerto. De esta forma les echa en cara a los líderes religiosos y de los gobernantes imperiales, su juicio y condena. ¿Quiénes son ellos si Dios perdona y justifica al ejecutado? En Jesús Dios rompe la lógica adánica con una nueva lógica, (razón) la de la cruz.
Por eso Pablo dice, es locura para los que viven conforme al sistema mundial, pero en realidad es la sabiduría de Dios. La cruz parece locura al mundo porque el mundo está edificado sobre el fundamento de la auto-justificación. Lo extraño, hasta el día de hoy, es que aunque la Iglesia celebra la victoria de Dios sobre el pecado en la cruz, parece que ha olvidado la lógica teológica profunda de la cruz. Y es que en acciones grandes y pequeñas nosotros los “cristianos” seguimos el camino de la auto-justificación, pues operamos conforme a la lógica de Adán y Eva en lugar de la lógica la razón de la cruz.
Hermanos, nos hace falta una profunda reflexión al nivel personal como a nivel eclesial sobre la lógica que impulsa nuestras decisiones y acciones. ¿Seguimos el camino de la auto-justificación? o el camino de la cruz. Jesús no fue un fracasado, y la lógica de la cruz es más sabio que la lógica de los hombres o la adánica. Hasta el centurión romano pudo reconocerlo cuando exclamó: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”.

domingo, 1 de abril de 2012

El contenido del Evangelio: la locura de la cruz, L. Cervantes-O.

1 de abril, 2012

Porque la palabra de la cruz es locura (mōría) para los que se pierden, pero para... los salvos es poder de Dios.
I Corintios 1.18

Hemos rodeado el escándalo de la cruz de coronas de rosas. hemos hecho de él una teoría salvífica. pero eso no es la cruz. Ésa no es la dureza puesta por Dios en ella.[1]
H. Iwand

Cada vez que se recuerdan los días de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret resulta imprescindible confrontarse con el misterio contenido en el escándalo de su cruz. Y es que no se puede hablar de ella impunemente, o de sus consecuencias en la historia, en la vida humana, individual y colectiva, e incluso en la cultura, religiosa o no. La cruz de Jesús no es patrimonio de las personas religiosas pues es una realidad y un símbolo que apela a las fibras más profundas de la existencia humana. Así lo comprendieron los primeros seres humanos que debieron procesar todo el conjunto de paradojas, contradicciones y ambigüedades que produjo el sufrimiento y muerte de Jesús en ese instrumento de tortura utilizado por los romanos para acabar con sus enemigos visibles, en este caso un aparente y peligroso agitador.
También es posible preguntarse, a partir de la cruz, qué tipo de humanidad, de Iglesia o de espiritualidad puede proceder de ella, a la luz de 20 siglos de promoción casi irreflexiva, al menos en el plano más popular, de una fe cristiana situada en el marco de una comprensión meramente sacrificial y de “satisfacción del Dios ofendido”. La idea de un “sacrificio expiatorio vicario por nuestros pecados” se relaciona más con la imagen de un señor feudal a quien sus súbditos han deshonrado, que con la de un Dios que acompañó en la cruz el sufrimiento de su Hijo. Las preguntas que brotan ante semejante acontecimiento están ligadas a las múltiples desviaciones del mensaje neotestamentario sobre la cruz:

¿Cómo ha de entenderse esta muerte? ¿Fue el castigo de un criminal, que no se atuvo a las leyes religiosas y civiles en vigor? ¿Fue el final de un agitador político que suscitaba el levantamiento contra la soberanía romana? ¿O tal vez la muerte libremente aceptada, suicida, de un desesperado que se entregó a sí mismo en manos de sus adversarios? ¿O es la muerte de Jesús el asesinato de un incómodo maestro de la verdad, la prueba de credibilidad de un ideal, por el que un idealista luchó durante toda su vida, el sacrificio voluntario de un mártir, que permaneció fiel a sus ideales hasta llegar a un amargo fin? ¿O tiene razón Pablo cuando habla de ofrecerse por amor llegando hasta la entrega de la propia vida?[2]

Las comunidades cristianas del primer siglo no evadieron el debate y la reflexión, pues dejaron constancia y testimonio de ello en los documentos del Nuevo Testamento. Incluso mucho antes de que surgiera la figura de Pablo de Tarso, quien establecería como canónica y casi única su interpretación de la cruz como parte de una historia de salvación, los demás apóstoles desarrollaron una interpretación de los alcances de la muerte martirial de su maestro. Para los discípulos/as directos de Jesús, la cruz representó, al principio, el derrumbe de las esperanzas que sólo la resurrección vino a despertar de nuevo. Dado que la vida de Jesús terminó “fuera de las murallas” (Heb 13.12) y entre criminales (Lc 22.37), la pregunta sobre si en su enseñanza y en su vida se había manifestado el Reino de Dios era candente. Dios mismo tuvo que responder con la resurrección para completar el cuadro. Pablo sigue la fórmula primitiva: “Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (I Co 15.3b).
Cuando el apóstol de los gentiles tiene en mente la ignominia y la maldición ligadas a la presencia de un hombre muerto en un madero (Dt 21.23; Gál 3.10), procede a dar el salto más grande que ninguno de los demás apóstoles imaginó: confrontar la muerte de Jesús en la cruz en los ambientes religiosos y culturales para demostrar que el poder de Dios es superior a cualquier forma de conocimiento y práctica religiosa. Y lo hizo para responder a las dudas que aparecieron entre la comunidad cristiana de Corinto, una de las ciudades griegas más importantes de su época. El contenido central del Evangelio, explica, no consiste en argumentar sólidamente para convencer a la humanidad sobre los buenos deseos de Dios para redimirla. Se trata, más bien, y por sobre todas las cosas, de mirar el escándalo, la locura de la cruz, con los ojos de la fe. Porque si ésta no se posee, agrega, la cruz ensangrentada y mortífera sólo será eso, un mecanismo de tortura para someter a una persona y asesinarla sin piedad. La fórmula que elige Pablo para definir lo que es el Evangelio en profundidad

muestra que la cruz de Cristo no ha de entenderse como un acontecimiento inmanente a la historia, sino como actuación de Dios; y en realidad Dios actúa al proclamar la cruz de Cristo como su “palabra”, como su mensaje, liberador y lleno de exigencias, a la humanidad. En el kerigma de los mensajeros de Cristo, la acción ultramundana de Dios se hace presente como mensaje de cruz. Por eso la predicación relativa a Cristo no se entretiene en pintar, con afán historicista, los detalles del crucifijo y en ponerlos ante la vista, sino que presenta públicamente a Jesucristo como el crucificado; le proclama oficial y legalmente como acontecimiento salvífico, visible para todos y cada uno […][3]

Pablo afirma que no fue enviado a celebrar sacramentos, como el bautismo (I Co 1.17), sino a predicar el evangelio sin palabrerías sabias para no hacer vana “la cruz de Cristo”. El poder de Dios contenido en ella (v. 18) rebasa las expectativas de sabios, escribas e intelectuales que debaten (vv. 19-20): Dios ha trastornado y trastocado la “sabiduría mundana” para manifestar ese poder salvador (v. 20b). Si en la sabiduría divina los seres humanos se negaron a recibirlo, ahora Él viene a hablar el lenguaje de la “locura de la predicación” (morías toũ kerígmatos, 21b), la insensatez de la proclamación profética, ligada a la tradición de la actuación del Espíritu. Si los judíos pedían señales, signos, milagros, y los griegos sabiduría, argumentación, Dios se niega a caer en su juego (v. 22), pero incluso ofreciendo ambas cosas en Jesús y en sus seguidores/as, va más allá y entrega una respuesta aterradora: la imagen de un hombre colgado de un madero, inaceptable por ser maldición para los primeros, y la irracionalidad pura para los segundos. Unos y otros caen en su propia trampa y exigencia desproporcionada (v. 23). ¡No se puede tratar con un Dios así! Pero de entre ambos pueblos Dios ha salvado personas ya, en poder y sabiduría divinas (v. 24). Porque lo insensato, irracional y necio de Dios, ya en ese plan, es superior incluso a lo humano más sublime. ¡Es la crítica radical a la religión natural! (La razón del pleito entre los teólogos reformados Barth y Brunner…).
He ahí el desafío para hoy también: predicar la cruz de Cristo con toda su crudeza, consecuencias y proyecciones. Escándalo y locura, provocación y desatino, paradoja y falta de lógica: la cruz de Jesucristo se presenta ante la humanidad como síntesis del proyecto redentor de Dios.



[1] Cit. por H.-G. Link, “Para la praxis pastoral”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 369.
[2] H.-G. Link, op. cit., pp. 369-370.
[3] Egon Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen, op. cit., p. 363.

1-8 de abril de 2012


http://issuu.com/igl-ammi-shadday/docs/programa-ss2012-2

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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