domingo, 18 de junio de 2017

Actividades

OREMOS POR TODOS LOS PLANES Y ACTIVIDADES DE LA IGLESIA

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 20 de junio, 19 hrs.
Modera: Mauricio Magallanes

Llamamiento: Salmo 12
Oración de ofrecimiento
Himno: “Hay momentos” (394)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Jeremías 47
Tema: Advertencia a los filisteos
Himno: “Cristo, nombre glorioso” (242)
Ofertorio
Bendición pastoral


MENSAJE SOBRE LOS FILISTEOS
José María Ábrego de Lacy

E
l título especifica una fecha poco concreta. Sabemos que Nabucodonosor conquistó Ascalón el año 604 a. C. Podemos suponer un ataque egipcio para recuperarla. Los caldeos respondieron atacando a Egipto el 601 a. C, pero fueron rechazados. (Esta derrota alentó la rebelión de Joaquín).
Este oráculo, por tanto, pudo ser pronunciado entre el 604 y el 601 a. C. Los filisteos son enemigos de Judá desde el tiempo de los "jueces" y sólo fueron dominados por David. Ocupaban la zona costera occidental y en el momento de pronunciarse este oráculo estaban reducidos a la mínima expresión. Las imágenes recuerdan las utilizadas en el oráculo contra Egipto: la inundación que pretende restablecer el caos primigenio, la descripción viva y brillante de la batalla, la victoria caldea como "el día" preparado por el Señor. Para que el enemigo del Norte alcance territorio filisteo debe pasar antes por las ciudades aliadas fenicias de Sidón y Tiro (Jr 47.4). La lectura que hacemos de Jr 47.5, siguiendo al texto griego, relaciona Gaza y Ascalón con los enaquitas (Nm 13.22-23; Dt 1.28); según Jos 11.22 quedaron allí algunos de estos gigantes (véase 1 Sm 17.4; 2 Sam 21.16-22). Tres preguntas retóricas cierran el oráculo (Jr 47.5b-7). Las dos últimas tienen como tema la "espada del Señor" (véase Jr 12.12).
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

25 – Capacitación de oficiales

Julio: “Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas” (Mr 16.15)

El amor conyugal en el A.T.: hábitos y cuestionamientos, L. Cervantes-O.


de junio, 2017

Elcaná le preguntó a Ana: “¿Por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué te afliges? Para ti, es mejor tenerme a mí que tener muchos hijos”.
I Samuel 1.8, Traducción en Lenguaje Actual

Ana y Elcaná: un matrimonio en conflicto
Muchos relatos del A.T. son presentados con una gran familiaridad debido a que los lectores estaban acostumbrados a los hábitos dominantes incluso en un ambiente de fuerte religiosidad. De ahí que al momento de explorar el entramado de sus relaciones la unidad textual con que son presentados pareciera que se resiste a profundizar en algunos aspectos que no necesariamente saltan a la vista. Es el caso de la convivencia conflictiva de la práctica de la monogamia con la poligamia. La poligamia era tolerada en Israel (Dt 21:15-17). Los patriarcas de la línea de Set son monógamos (Gen 7:7), al revés de los de la línea de Caín (Gen 4:19). En Israel, las restricciones antiguas sobre este punto desaparecen en tiempos de los jueces y de la monarquía. Esa convivencia planteaba el problema de una obediencia estricta de la ley o de una laxitud en su aplicación a la vida cotidiana. No se trata de escandalizarse por este tipo de prácticas sino de situarlas lado a lado con la búsqueda de la obediencia a Dios en medio de determinadas circunstancias. Igual que hoy mucha gente se rasga las vestiduras al observar conductas consideradas como “indeseables”, en la antigüedad surgieron rupturas en el comportamiento social que tardaron mucho tiempo en establecerse y otro tanto para modificarse.

Las historias de parejas y matrimonios no esconden las dificultades de su entorno, aunque destacan claramente el lugar central de la fe para afrontarlas. Desde los tiempos de Abraham, Isaac y Jacob, cuyas historias matrimoniales y familiares se volvieron paradigmas de la manera en que Dios desplegó su plan a través de sus vidas, los detalles que las conforman constituyen una veta interminable para el análisis y la reflexión. De ese modo, indagar en las experiencias de algunos personajes puede ayudar a comprender el desarrollo de los hábitos establecidos, así como de las muy necesarias rupturas que presentan los textos, con todo y que sus propósitos son bastante claros a lo largo de la historia: legitimar algunas de ellas y deslegitimar otras. Este debate interno o implícito aparece, una y otra vez, al momento de revisitar las narraciones según la época que reflejen.

Apenas comenzando el primer libro de Samuel, en la reconstrucción de los orígenes de este juez y profeta, el contexto histórico delata muy bien a los protagonistas del relato: Elcaná era “un hombre religioso con consideraciones” rituales hacia Ana (1.4b) porque “Yahvé había cerrado su útero” (1.4c). No sabemos el contexto de sus dos matrimonios: a diferencia de otros casos, Ana y él parecían “atrapados” por las circunstancias. Cuánto dolor debe haberse albergado en el corazón de Ana por las burlas de Peniná (1.5), al grado de que su esposo advirtió esa tristeza mediante tres preguntas muy puntuales. “¿Por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué te afliges?” (1.8a). Margot Kässmann ha reflexionado sobre esta historia desde su mirada de mujer:

Lamentablemente, Peniná aprovecha la situación para ofender y humillar a Ana. Quizá lo que subyace tras su comportamiento es que se da cuenta de que Elcaná quiere mucho a Ana. Aunque ella, con sus hijos, salía ganando. Es fácil imaginarse las tensiones que habría en la familia. Probablemente los tres sufrían: el marido, debatiéndose entre el amor a una mujer y el respeto hacia la otra, que le da hijos. Ana, la mujer amada, viendo que no puede ofrecer a su marido el hijo que ambos desean, por lo que se siente mortificada e inútil, vive desconsolada, aunque tiene conciencia de que su marido la ama. Y Peniná, la segunda mujer, herida en su orgullo por sus hijos, porque sabe que no es amada. Ser siempre sólo la segunda, la útil... Esta situación se alarga durante años. Una tortura para todos los implicados, sin duda.[1]

¿Cuántos triángulos amorosos” precedieron al de Ana en las Escrituras como para que al leer este nuevo caso estemos ya prevenidos?: Abraham y Jacob, para empezar, y los que vendrían después, especialmente el de David, Betsabé y Urías.

Colocar el matrimonio en la perspectiva divina
Lamentablemente, la preocupación de Elcaná hacia Ana se vio acompañada de unas palabras que son muy difíciles de evaluar hoy en día (1.8b): él se consideraba mejor que todos los hijos que pudiera tener. Si a algunos lectores pueden molestarlos, no faltará quien las traje de justificarlas, pues nada podía sustituir la humillación doméstica, familiar y comunitaria de que era objeto continuamente por la aparente esterilidad (1.6). Ana era una esposa relegada y ofendida por su “rival”, ante lo cual su esposo tomó algunas medidas, aunque evidentemente no resultaban suficientes hasta en tanto no interviniera el propio Yahvé. La lectura positiva de tales palabras puede consistir en afirmar que Elcaná amaba a Ana con hijos o sin ellos.

La esterilidad era considerada como una prueba (Gn 16:2; 30:2) o como castigo de Dios (Gen 20:18). “Según una antigua concepción bíblica (Gen 20:18; 30:22; Rut 4:13), Dios abre o cierra el seno de una mujer casada”,[2] por lo que, si Él había decidido su fertilidad, podría revertirla según sus designios en el momento adecuado. “Hay que recordar que el prestigio de una mujer estaba dado por su capacidad de ser madre y si, además, esta capacidad o incapacidad se atribuía a decisiones divinas, algo de ‘culpabilidad’ se sospechaba en la mujer estéril” (Biblia Isha, p. 319). Al estigma de la infertilidad como tal, había que agregar otra carga, la de un posible pecado oculto que impidiera su maternidad.

Si hacemos el esfuerzo de advertir que en esta historia el matrimonio pasó a un segundo plano, aunque debemos percibir cómo la reivindicación de Dios para Ana, además de otorgarle un lugar en la sociedad y de conseguir que superase las humillaciones, le permitió recuperar su propia estabilidad y la colocó en condiciones de hacer un trato directo con Dios para ofrecerle a su hijo, que es lo que interesa más al relato en su segunda parte (1.12-28). En ella, incluso Elcaná respetó la decisión de Ana y se lo dice abiertamente, aunque ya nada sabemos después de cómo evolucionó la relación entre ellos. Luego de pedir una dádiva y un milagro divinos, pues su tristeza le hizo orar a Dios profundamente (1.16b), y de escuchar las palabras amables de Elí que la ayudaron a levantarse de su condición(1.17-18), Ana se convirtió en dadora al entregar voluntariamente a su hijo para el servicio divino. Al “acordarse Dios de ella” (1.19b-20a), literalmente volvió a la vida y fue rescatada de su depresión, de su anorexia, de su enorme tristeza. Ana fue empoderada emocional y vitalmente por Dios mismo en medio de un matrimonio difícil, tal como puede hacerlo hoy con muchos de nosotros.

Así resume esta historia la teóloga colombiana Carmiña Navia Velasco:

Ana desde una situación de marginalidad y exclusión, levanta valientemente su mirada hasta Dios, forzándolo, motivándolo a que le conceda un hijo. A pesar de que ella no tiene nada que ofrecer, nada que dar a Dios, se atreve a proponerle un pacto. En los pactos antiguos, el fuerte es el que ofrece y protege, el débil sólo puede retribuir fidelidad y adhesión. Ana, sin tener nada le dice a Dios: si tú me das un hijo, yo te lo doy a Ti, te lo devuelvo. De alguna manera le plantea: esto te conviene más a Ti que a mí, porque vas a disfrutar de tu don... Además de ello, sigue mostrando osadía: la vida de los hijos en el régimen patriarcal es propiedad y libre albedrío del padre; la madre no tiene poder de decisión sobre ella. Ana se salta esta ley y libremente dispone de la vida de su hijo, un hijo que aún no tiene, pero que es su única posibilidad de lograr que Yahvé actúe en su favor.[3]


[1] M. Kässmann, “Ana, madres desnaturalizada”, en Madres de la Biblia. 20 retratos para nuestro tiempo. Maliaño, Sal Terrae, 2012 (El pozo de Siquem, 294), p. 26.
[2] “Samuel”, en www.mercaba.org/Biblia/Comentada/samuel_1_y_2.htm.
[3] Carmiña Navia Velasco, “El Dios que nos revelan las mujeres”, en Servicios Koinonía, Relat 187, http://servicioskoinonia.org/relat/187.htm.

I Samuel 1.1-11

En Ramá, un pueblo de los cerros de Efraín, vivía un hombre llamado Elcaná. Sus antepasados fueron: Jeroham, Elihú, Tohu y Suf. Todos ellos eran descendientes de Efraín.
Elcaná tenía dos esposas: Peniná y Ana. Peniná tenía hijos, pero Ana no tenía ninguno.
Cada año Elcaná y su familia salían de su pueblo para ir al santuario de Siló. Allí adoraban al Dios todopoderoso y presentaban ofrendas en su honor. Allí también trabajaban dos hijos del sacerdote Elí, llamados Hofní y Finees.
Cuando Elcaná presentaba un animal como ofrenda, les daba una parte de la carne a Peniná y a sus hijos. Pero a Ana le daba la mejor parte porque la amaba mucho, a pesar de que Dios no le permitía tener hijos.
6-7 Como Ana no tenía hijos, Peniná se burlaba de ella. Tanto la molestaba que Ana lloraba mucho y ni comer quería. Todos los años, cuando iban al santuario, Peniná la trataba así.
En una de esas visitas, Elcaná le preguntó a Ana: "¿Por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué te afliges? Para ti, es mejor tenerme a mí que tener muchos hijos".
Ana dejó de comer, se levantó y se fue a orar al santuario. El sacerdote Elí estaba allí, sentado junto a la puerta. 10 Ana estaba tan triste que no dejaba de llorar. Por eso oró a Dios 11 y le hizo esta promesa: "Dios todopoderoso, yo soy tu humilde servidora. Mira lo triste que estoy. Date cuenta de lo mucho que sufro; no te olvides de mí. Si me das un hijo, yo te lo entregaré para que te sirva sólo a ti todos los días de su vida. Como prueba de que te pertenece, nunca se cortará el cabello".

sábado, 10 de junio de 2017

Juana III de Navarra


Juana III de Navarra


Felipe VI Letizia Leonor Sofia Juan Carlos Reino de España Casa Real española
Juana de Albret, que reinó con el nombre de Juana III de Navarra, nació en Saint-Germain-en-Lay  el 7 de enero de 1528, falleciendo en París un 9 de junio de 1572. Fue reina de Navarra en Baja Navarra con el nombre de Juana III de Navarra, condesa de Foix y Bigorra, vizcondesa de Bearne, Marsan, Tartás, y duquesa de Albret.
Juana nació el 7 de enero de 1528 en Saint-Germain-en-Laye. Era la hija única de Enrique II de Navarra y de Margarita de Francia. Se crió en París, en la corte del rey Francisco I de Francia, su tío.
Su tío Francisco la casó en 1541 con el duque Guillermo V de Cléveris, cuando apenas tenía trece años. De esta unión no hubo descendencia. En 1546 el matrimonio fue anulado.
Tras la muerte de Francisco y el ascenso al trono de Enrique II, su matrimonio fue de nuevo concertado. Así, el 20 de octubre de 1548 se casó en Moulins con Antonio de Borbón (1518-1562), hijo de Carlos de Borbón (1489-1537), duque de Vendôme, y de Francisca de Alençon, el cual se convertiría en heredero al trono de Francia si se extinguía la reinante casa de Valois. Tuvieron cinco hijos:
* Enrique de Navarra, infante (1551-1553), duque de Beaumont
* Enrique III de Navarra (1553-1610), rey de Navarra y, posteriormente, rey de Francia con el nombre de Enrique IV
* Luis Carlos de Navarra, infante (1555-1557), conde de Marles
* Magdalena de Navarra, infanta (1556)
* Catalina de Borbón (1559-1604), duquesa de Albret, condesa de Armañac y Rodes, casada en 1599 con el duque Enrique II de Lorena.
En 1555 murió su padre y ella hereda el reino de Navarra y demás posesiones. En 1560 se convierte al protestantismo e introduce la Reforma en Navarra y Bearne. Por una orden promulgada el 19 de julio de 1561, impone el calvinismo en sus Estados. Los dos hijos que le quedan son educados conforme a las ideas religiosas de su madre. En ese mismo año Antonio de Borbón y su hermano Luis I de Borbón, así como el príncipe de Condé, llegan a París para asistir a los Estados Generales en los que se discutirían las denuncias de los protestantes del reino.
Condé fue detenido el 31 de octubre de 1560 y condenado a muerte, iniciándose un conflicto que estallaría con virulencia tras la matanza de los protestantes de Passy el 1 de marzo de 1562. Los confederados protestantes (Eidgenosse, en alemán confederado, de donde deriva hugonotes) pasan a la ofensiva y reciben ayuda de Alemania y de Inglaterra (a cambio de la cesión de El Havre) el 20 de septiembre de 1562. Condé se encuentra en Dreux y Antonio de Borbón en Ruan, donde fue apresado y asesinado el 10 de noviembre de 1562. La paz de Amboise de 12 de marzo de 1563 puso fin a la primera guerra de religión en Francia, en la cual no participaron Navarra ni Béarn como Estados (ni Foix ni los vizcondados menores).
La matanza de católicos en Nimes (1567) fue el detonante de la segunda guerra. En 1568 Carlos IX de Francia ordenó la confiscación de sus Estados, y en Bearne se rebelaron los católicos dirigidos por Terride tomando el poder, mientras que en otros lugares lo hacían las tropas reales. Juana de Albret encabeza el movimiento protestante y encomienda a su hijo (de 15 años) que intervenga en la sede de La Rochelle. La paz de Longiumeau del 23 de marzo de 1568 puso fin a esta segunda guerra, pero rápidamente se iniciaría la tercera.
El 12 de marzo de 1569 se produce la batalla de Jarnac, en la cual muere el líder político-militar protestante, Condé, y el hijo de Juana Enrique de Navarra fue designado nuevo jefe político en tanto que la dirección militar quedaba en manos de Coligny. Juana administra La Rochelle en todos los sentidos, con excepción de los asuntos militares. Controla la comunicación con los príncipes extranjeros aliados intentando mantener la alianza, especialmente tras la muerte de Condé en marzo de 1569. Contrariamente a las previsiones, el partido hugonote se mantiene firme, incluso después de la derrota de Moncontour. Juana no se rinde, en agosto de 1569 recupera sus Estados con la llegada de las fuerzas del duque Francisco de Montmorency. A fines de 1570 debe acceder a negociar ante la voluntad de sus correligionarios y el 8 de agosto de 1570 se firma la paz de Saint-Germain en Laye. Los católicos no tendrán ningún derecho: cultos prohibidos y expulsión de los clérigos (1570). Se va de La Rochelle en 1571 para regresar a sus dominios. Protesta contra la mala aplicación de la Paz de Saint-Germain.
Juana de Albret volverá a emprender largas negociaciones en París para casar a su hijo, el futuro Enrique IV, con Margarita de Francia, la tercera hija de Catalina de Médicis. Sin embargo, deberá aceptar una condición: Margarita de Francia no se convertirá al protestantismo. El matrimonio se celebró el 18 de agosto de 1572, pero Juana III de Albret no podrá asistir al mismo, ya que muere el 9 de junio de 1572. Según los rumores, habría sido asesinada por órdenes de Catalina de Médicis.
Pese a decretar la libertad religiosa en su Reino en el que la Iglesia Católico-Romana pudo compartir incluso templo con los protestantes en el horario que dispusiera la autoridad Civil, la licencia papal a sus súbditos para la desobediencia y ocupación de cualquier territorio gobernado por una reina excomulgada como signo de obediencia al Papa, hicieron imposible la convivencia y finalizó con la prohibición de la religión papal en el Reino de Navarra. Tras la muerte de Antonio de Borbón, en 1562, Juana promulgó una serie de medidas destinadas a implantar la Reforma de Bearne: la publicación de un catecismo de Juan Calvino en bearnés (1563); la fundación de una academia protestante en Orthez (1566); la redacción de nuevas Ordenanzas eclesiásticas (1566-1571); la traducción del Nuevo Testamento al vasco por Joannes Leizarraga (1571); y la traducción al bearnés del Psautier de Marot, por Arnaud de Salette (1568). En 1571 la fe reformada (calvinista) fue oficializada en Bearne y Baja Navarra como religión estatal.

Letra 522, 11 de junio de 2017

JEANNE D’ALBRET, JUANA DE ALBRET, JUANA III DE NAVARRA (1528-1572)
100 Personajes de la Reforma Protestante. México, CUPSA, 2017.

Hija de Enrique II de Navarra y de Margarita de Angulema, hermana del rey de Francia Francisco I. Nació en el castillo de Pau. Heredó de sus padres los territorios de Navarra situados al norte de los Pirineos y, junto con el ducado de Albret, heredó también el vizcondado de Tartas y de Maremne en los alrededores de Dax, Casteljaloux y el vizcondado de Aillas en el territorio de Bazás, Nérac en el territorio de Condom y algunas otras tierras por las que fue feudataria del rey de Francia. Estuvo bajo la tutela de su tío, Francisco I. Su madre se preocupó de que recibiese formación y fue educada por el poeta y pedagogo Nicolás Bourbon. Según algunos autores, las enseñanzas de este preceptor influirían en la distancia que tomó Juana respecto al catolicismo dogmático. Dada la relevancia del matrimonio de Juana para la monarquía de Navarra, conquistada el año 1512 por las tropas enviadas por Fernando “el Católico”, el rey francés la retuvo en este castillo recluida prácticamente como una prisionera. Al morir Enrique II de Navarra (1555), heredó diversos territorios navarros. Pasó a gobernar como Juana III. Empleó todas sus fuerzas para conservar el reino ante la ambición de Francia y España. Abjuró de la religión católica en 1560 para convertirse al calvinismo, al que estableció como religión oficial. La fractura religiosa de sus súbditos acentuó la división provocada por las disputas existentes entre las varias facciones nobiliarias. La reina se mantuvo en sus creencias calvinistas y, con intención de divulgar la nueva doctrina a sus súbditos, promovió que Joannes de Leizarraga tradujese el Nuevo Testamento al euskera (1571), publicada en La Rochelle, bastión calvinista. Murió envenenada en París en el verano de 1572.
De ella se dice que la persecución, en lugar de rendirla, le daba ocasión de ser más fuerte en la defensa de la fe que había adoptado y confesado por su propia decisión. “Para lograr libertad de conciencia para todos, estoy dispuesta a la buena batalla y a no regatear esfuerzos. La causa es tan santa y sagrada que yo creo que Dios me fortalecerá con su poder”. “Porque es ya el tiempo de salir de Egipto, atravesar el Mar Rojo, y rescatar a la Iglesia de Cristo de en medio de las ruinas del trono de toda soberbia, la inmoral Babilonia”. Con su esposo todavía vivo dijo: “Afirmo el poder que Dios me ha dado sobre mis súbditos, que en un tiempo cedí a mi marido, en consideración de la obediencia que Dios manda que la esposa tenga al esposo. Pero cuando percibí que por esta concesión la gloria de Dios y el bien de mi pueblo eran atropellados, entonces, sin pérdida de tiempo, sin dudar, ejercí mis derechos reales”. En Orthez existe un museo que lleva su nombre (www.museejeannedalbret.com).

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JUANA DE ALBRET, REINA DE NAVARRA
Emilio Monjo Bellido
Protestante Digital, 22 de mayo de 2011

Hija de Margarita de Navarra, nieta de Luisa de Saboya: esposa, madre, organizadora de la iglesia, mujer de su casa, mujer de Estado. Si a Leonor de Roye era difícil encontrarla, Juana de Albret aparece en muchos apartados de la historia de su tiempo. Sus 44 años de vida dieron para mucho, y su actuación en varias de las guerras civiles de Francia, así como su condición de madre del futuro rey Enrique, la colocan como figura obligada en la mirada del historiador. Su persona y trabajos están siendo recuperados e investigados. Hay bastante escrito en la actualidad sobre ella, aunque la biografía moderna de referencia sea de 1968, Nancy Lyman Roelker, Queen of Navarre: Jeanne d’Albret, 1528-1572. Cambridge, Universidad de Harvard. […]
La geografía política que le tocó vivir, su vida personal como mujer creyente en ese contexto, y su acción política para transformar esa geografía en una tierra prometida de libertades. […] Con la advertencia de que a estos tres nombres se le pueden añadir otros muchos de mujeres de la Reforma, y que nunca se pretende con ello hacer una especie de proceso de santidad para subirlas a algún altar. Con sus aciertos y errores fueron ejemplo de fe cristiana. La geografía donde vivió forma parte de nuestra propia Historia, por ser un asunto de España y por su relación con la reforma española.
La reina Juana de Albret amparó a nuestros reformadores, dispuso su colaboración para la impresión de la Biblia de Casiodoro de Reina, puso a Antonio del Corro como tutor de su hijo, y pensó un plan de acción para evangelizar España. Asunto de España, porque el reino de Navarra fue conquistado por las armas en 1512 y anexionado a la corona de Castilla. Fernando de Aragón, con el pretexto de una bula, bulo o burla, pero en cualquier caso con el beneplácito del papa guerrero Julio II, atacó el reino de Navarra, y sus legítimos soberanos, el padre de la reina Juana de Albret, tuvieron que abandonar con la corte Pamplona y refugiarse en la parte ulterior de los Pirineos, estableciendo su capital y el Consejo Soberano finalmente en Pau en 1520 (Baja Navarra).
La “legitimidad” de esa conquista y anexión es la legitimidad que se le otorgue al “derecho internacional” de la iglesia papal para disponer por decreto que un rey o príncipe pierde tal condición en cuanto se oponga a sus intereses, y sus reinos quedan liberados del derecho de vasallaje de sus habitantes y a merced de cualquier súbdito del papa que lo tome por las armas. Fernando de Aragón, modelo del que Maquiavelo saca la figura de su “príncipe”, con base a esa “legitimidad” conquistó Navarra y, tras varios intentos de reconquista, al final quedó dividida por los Pirineos. Mermado el territorio, mantenidas, sin embargo, sus leyes (no se aplicaba la Ley Sálica), el pequeño reino de Navarra (Baja Navarra) fue una pieza permanente de conflictos entre España y Francia; cada una procurando tenerlo como propio o tutelado.
Incluso en un momento Juana es vista como el armazón que dejará el reino para España de forma definitiva, y la quieren casar con Felipe II. La oveja que milagrosamente había parido la vaca, en referencia burlesca de la corte hispana a la noticia del nacimiento de Juana, por las dos vacas pirenaicas del escudo de Bearne, ahora es vista incluso como solución. [Se cuenta que Antonio de Borbón dijo al nacer su hijo Enrique: “Éste es el verdadero milagro, la oveja ha parido un león”; en cualquier caso, si la corte hispana prevé el futuro, la frase hubiera sido: ¡Cuidado, la vaca ha parido una leona!]
Ésta era la geografía donde la reina Juana de Albret tiene que vivir su fe, y donde mantener su casa (además del reino, otros territorios, como el Bearne) frente a tres poderes mundiales: Francia, España y el Vaticano. La mantuvo como ejemplo (con todas las carencias que se quieran señalar) de estado moderno, anticipo de mucho de lo que luego será Europa como campo de libertades sociales. El reino de Navarra y el vizcondado de Bearne conservaron la impronta de la reina tras su muerte. Su hijo, el rey Enrique, logra mantenerlos fuera de la pretensión de Francia de que su rey incorpora por ley al reino todos sus dominios. Con la colaboración de su hermana Catalina como regente, la herencia cultural y política de su madre se sostiene con solvencia (nunca dando por perdida la parte española del reino). Luego viene el fin. Si a la parte del sur de los Pirineos la destruyen con la legalidad de la iglesia papal, otro tanto va a ocurrir con la del norte.
Tras el asesinato del rey Enrique, su hijo Luis XIII, educado como súbdito de Roma por Richelieu, con la “legitimidad” de la iglesia papal, al frente de un ejército, conquista el reino y el vizcondado, eliminando la “anomalía” de una sección de Francia donde se vivía la libertad política y religiosa. En 1620 el reino de Navarra es anexionado a la corona francesa. El rey conserva el título de Navarra, pero ya no hay reino. La tierra prometida de la reina Juana de Albret, es vomitada por su nieto. Esa Navarra independiente y libre, que Shakespeare calificó como “asombro del mundo” (en su obra Trabajos de amor perdidos, 1594, localizada en Navarra), será, junto con el Bearne y otras zonas protestantes, la geografía donde se sufrirá una noche de San Bartolomé que dure un siglo. Una geografía compleja y conflictiva, donde se libran incluso varias guerras civiles. En ese terreno surge y se afirma la fe cristiana.
Esa fe que Juana de Albret, al poco de nacer su hijo Enrique, ya consideraba que debería por fidelidad vivir en esos momentos en la expresión protestante, y que luego reconocerá públicamente en la navidad de 1560. Fe que no sólo busca como algo personal, sino también para sus hijos y sus territorios. Siempre por un camino recio y duro. Perseguida, traicionada. Traición que le viene de donde más le duele: su propio marido, al que tiene que soportar ver cómo suelta la bandera hugonote para abrazar la corte, y a las cortesanas, de París. Perseguida, despreciada y amenazada por su marido, tiene que afirmase como esposa y como madre. Es decir, confiesa su religión protestante ante el rechazo y persecución de su propio marido.
Por eso cuando escribía o hablaba, todos sabían que no había floridos protocolos, sino la verdad de los hechos y los propósitos. “Estamos dispuestos a morir todos nosotros antes que abandonar a nuestro Dios y a nuestra religión [ese término no es ceremonial; en Francia se conocía a los hugonotes como “la Religión”], la cual no podemos mantener sin que se permita su adoración pública, igual que no puede vivir el cuerpo humano sin agua o comida”. Esto no era retórica, y sus enemigos lo sabían; también sus amigos, por eso las iglesias protestantes consideraban sus manos como las de una madre cuidadosa. Manos fuertes, poderosas, pero por el ideal que las mueven, pues en lo físico estaban cada vez más debilitadas, hasta que al final ya no pueden ni sostener su Biblia donde leer sus pasajes de consuelo (los capítulos 14 al 18 del evangelio de Juan y, especialmente, el Salmo 31).
De ella se dice que la persecución, en lugar de rendirla, le daba ocasión de ser más fuerte en la defensa de la fe que había adoptado y confesado por su propia decisión. “Para lograr libertad de conciencia para todos, estoy dispuesta a la buena batalla y a no regatear esfuerzos. La causa es tan santa y sagrada que yo creo que Dios me fortalecerá con su poder”.
“Porque es ya el tiempo de salir de Egipto, atravesar el Mar Rojo, y rescatar a la Iglesia de Cristo de en medio de las ruinas del trono de toda soberbia, la inmoral Babilonia”. [Con su marido todavía vivo] “Afirmo el poder que Dios me ha dado sobre mis súbditos, que en un tiempo cedí a mi marido, en consideración de la obediencia que Dios manda que la esposa tenga al esposo. Pero cuando percibí que por esta concesión la gloria de Dios y el bien de mi pueblo eran atropellados, entonces, sin pérdida de tiempo, sin dudar, ejercí mis derechos reales”.




https://www.youtube.com/watch?v=dEC5aE4DmXQ
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LOIDA, ABUELA (II)
Margot Kässmann

Lavar, limpiar, cuidar a los niños, pasar por varios embarazos seguidos, ser esposa, todo eso puede suponer una carga enorme. En sociología se habla de “estancamiento vital” cuando la actividad profesional y la carrera exigen tiempo en la que no se puede dejar nada al azar. Por eso muchas madres de niños en edad de crecer parecen agotadas, y apenas les queda tiempo para contar historias a sus hijos o para orar con ellos.
La mayoría de las abuelas suelen disponer de tiempo. Y si deciden emplearlo nada puede sustituirlas: cuentan historias como la del arca de Noé, y la de José, que tras ser engañado y vendido de forma cruel, sobrevivió en el extranjero e hizo posible la reconciliación. Luego narran el relato de las mujeres en el sepulcro vacío. Las abuelas cantan y oran con sus nietos. Recuerdo perfectamente, por ejemplo, lo que mi abuela me repetía en la cocina: “¡Canta, alma mía!”. Se me grabó en la memoria. Para mí fue un modelo de fe.
Posiblemente, el hecho de que las abuelas se muestren más firmes y convencidas en el terreno de la fe se deba a que han vivido más experiencias de vida. Ellas pueden explicar cómo les ayudó su fe en los buenos y en los malos momentos de su propia vida. Oír esto es muy importante para los niños. Si la fe le ha brindado apoyo y orientación a mi abuela durante toda su vida, ¿por qué no va a ser buena para mí? Un día, los niños deberán decidir por sí mismos si esa religión es también la suya, si la fe es su camino. Pero escuchando lo que les cuentan sus mayores, los pequeños pueden llegar a sentirse más arraigados en una determinada religión. Quien desde niño ha vivido en una atmósfera saludable, ha experimentado lo que es la “patria” del ser humano.
Además, en general, las abuelas son más indulgentes que las madres. Algunos nietos cuentan a sus abuelas lo que ocultan a sus madres. Naturalmente, eso puede ser gravoso para la madre, que pertenece a la generación intermedia. ¿Cómo le sentaría a Eunice que, al hablar de su hijo, no se le mencionara sólo a ella como madre, sino también a la abuela? Lo más interesante es que no se menciona ni al padre ni al abuelo de Timoteo. Las mujeres parecen haber sido entonces, como ahora, las más influyentes en la transmisión de la fe a las generaciones siguientes.
Las mujeres se plantean conscientemente la propia finitud a más tardar cuando tienen nietos, es decir, cuando se convierten en abuelas. Quien integra su muerte en la reflexión sobre la vida puede hablar, y de hecho, hablará con más claridad acerca de la fe, porque ya ve en perspectiva lo vivido anteriormente. Quien tiene las “postrimerías” ante los ojos alcanza también una mayor libertad interior frente a las cosas “penúltimas”. Seguramente hay también abuelas que observan la vida con amargura. No obstante, muchas aportan al diálogo sobre Dios y el mundo una especial claridad de fe y paz interior.
Debido a su experiencia y actitud ante la vida, las abuelas tienen también mucho menos miedo de que los miembros de la generación más joven se rían de ellas a causa de su fe. Y sólo raramente se ven intimidadas por los “poderes y potestades”, por el espíritu de la época, por las múltiples influencias, por las ideas de los demás que pretenden hacer que la fe retroceda.

Actividades

OREMOS POR TODOS LOS PLANES Y ACTIVIDADES DE LA IGLESIA

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 13 de junio, 19 hrs.
Modera: Mauricio Magallanes

Llamamiento: Salmo 11
Oración de ofrecimiento
Himno: “Venid, cantad de gozo en plenitud” (256)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Jeremías 46.1-12
Tema: Advertencia a los egipcios
Himno: “A cada instante te necesito” (360)
Ofertorio
Bendición pastoral


MENSAJE SOBRE EGIPTO
José María Ábrego de Lacy

El capítulo contiene dos oráculos: en el primero (Jr 46.2-12) se menciona la derrota de Carquemis; en el segundo (Jr 46.13-24) una invasión de los Babilonios. No se aducen motivos para la desgracia. Dos pequeños fragmentos cierran el capítulo: uno pone límite al castigo de Egipto (Jr 46.25-26), el otro aprovecha el mal de Egipto para cantar el alivio de Israel (Jr 46.27-28). a) Jr 46.1-12: Egipto ha intrigado en Palestina contra los imperios mesopotámicos. El faraón Necao atravesó Palestina con sus tropas el año 609 a. C. y mató a Josías. Así cayó inesperadamente el artífice de la reforma (véase Jr 7.1-15; 26.1-24). Pero el faraón no contaba con el Señor. En su marcha guerrera camina hacia la derrota (Jr 46.3-6). Se hizo fuerte en la margen occidental del Éufrates y allí asentó a sus aliados, hasta que el año 605 a. C. Nabucodonosor les infringió una grave derrota. También conocerá el terror (Jr 6.25; 20.3, 10; 49.5, 29) que viene del Norte (Jr 1.13-15; 3.12; 4.5-6.30). Los magníficos preparativos bélicos (Jr 46.2-3) se convierten de repente en desbandada general (Jr 46.5). Egipto ya no podrá servir de ayuda a quienes pretendan oponerse a los caldeos. El oráculo recoge una imagen típica de Egipto, como son las inundaciones del Nilo, para dibujar los planes imperialistas egipcios que el Señor transforma en fracaso.
Jr 46.13-24: Después de Carquemis, Nabucodonosor invade Egipto. Los vecinos deben avisarle, pero ya es tarde. El toro Apis no resiste el empuje del Señor (Jr 25.9; 27.6; 43.10): la palabra hebrea "toro" se utiliza para "guerrero" y también como nombre del Señor (Gn 49.24; Sal 132.5; Is 49.26; 60.16). Dos toros se oponen.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

17 – Cena con matrimonios
18 – Día del Padre

25 – Capacitación de oficiales

Monogamia y sociedad: las bases bíblicas del matrimonio, L. Cervantes-O.


11 de junio, 2017

Esto explica por qué el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer para formar un solo cuerpo.
Génesis 2.24, Nueva Versión Internacional

Un fundamento social antiguo
“En el Antiguo Testamento el matrimonio aparece originariamente como una relación normal —ligada a la más íntima condición del ser humano— dispuesta por Yahvé, propia de un periodo de inocencia y desbordante alegría; una etapa jubilosa que, con el transcurso del tiempo, daría paso a otra de ‘dureza de corazón’ (Mateo 19.8), en la que se hicieron indispensables las reglas”.[1] La indagación sobre los orígenes más remotos de las instituciones humanas, desde una lectura teológica, encontró aspectos que, al exponerse de una manera simbólica, transmiten la fascinación y el asombro que producía el misterio de la vida, la fertilidad y el manejo del placer en las parejas. Todo ello formaba parte de un conjunto de realidades que debían ser comprendidas a la luz de los designios divinos, que se consideraban muy interesados en definir el papel de las personas en la fundamentación de la sociedad hebrea, en este caso.
Para el A.T., el matrimonio es un estado de convivencia que permite fundamentar la existencia de la sociedad sobre una base de estabilidad. La preocupación mostrada por Dios en Gén 2 muestra la necesidad de una armonía humana que completara a cabalidad el orden cósmico y ecológico que se iba estableciendo en la creación. La premisa básica de que ambos, hombre y mujer, compartían la imagen de Dios, establece, en primer lugar, un plano de igualdad que la cultura y los convencionalismos relegaron progresivamente para imponer los criterios dominantes. Ciertamente, el trasfondo de la redacción de los textos manifiesta la búsqueda de los orígenes en el ambiente donde finalmente alcanzaron la forma escrita y también la forma en que llegaron a ciertas conclusiones sobre el estamento que debía prevalecer en la mentalidad del pueblo.
El énfasis en la procreación de Gén 1.28 se ve complementado por los énfasis de la segunda narración del origen de la humanidad y de la pareja, pues si bien el primer relato expresa de manera general los orígenes del hombre y de la mujer, el segundo es más minucioso y se detiene con gran detalle a explicar los pormenores de los mismos, haciendo de Dios una especie de artífice, mediante la comprensión de la época, completamente ajena a la ciencia o a la biología. Gén 1.26-30 resalta “la responsabilidad propia del hombre y la mujer en este conjunto armónico creado por Dios mediante su Palabra”.[2] Por ello, no es casual que ambas criaturas sean lo último que Dios creó, pues ellos serán co-administradores del mundo. Gén 2.18-25 es una parábola en la que “Dios no da órdenes para que aparezcan las cosas; Él mismo va haciendo con sus manos, va modelando con arcilla a cada ser viviente, se las ingenia para conseguir que su principal criatura, el hombre, se sienta bien: lo duerme y de su costilla ‘forma’ una criatura, que el varón la reconoce como la única con capacidad de ser su compañera entre el resto de criaturas: la mujer”.[3]
Al misterio de la diferencia se agrega el de la convivencia, puesto que el lugar que ocuparían ambos en el Edén está marcado por un tono más poético, pero no por ello menos atento a la necesidad colectiva de agregarse y formar comunidad desde la unidad básica. La primera pareja tiene una clara afinidad biológica, pero al mismo tiempo sus diferencias son las que fundarán la civilización. La ruptura del clan originario para formar nuevas unidades sociales será la clave de todo (Gén 1.24).
Monogamia y poligamia en el libro del Génesis
“El relato de la creación de la primera pareja humana presenta el matrimonio monógamo como conforme con la voluntad de Dios. […] En todos los casos se observa una monogamia relativa: no hay nunca sino una sola esposa ‘titular’”.[4] El Código de Hammurabi (1700 a.C.), seguramente conocido por los patriarcas antiguos como Abraham, establecía que el marido solamente podía tomar otra esposa en caso de la esterilidad de la primera y que, incluso, se vería privado de hacer eso si la esposa le proporcionaba una esclava como concubina. Pero el marido, aun con hijos de la esposa, podía tener una sola concubina. Con esto se aprecia que, antes de la aparición de una normatividad legal, los antiguos patriarcas no dejaban de respetar ciertas leyes que reglamentaban la vida de las parejas. La tensión entre monogamia y poligamia, entonces, aparece desde los inicios de los textos sagrados, lo que manifiesta el grado de interés que despertaron esas realidades entre los teólogos y redactores de esos documentos. Podría decirse que se presentan como realidades que las comunidades experimentaron simultáneamente.
“Los patriarcas de la línea de Set son presentados como monógamos, mientras que la poligamia hizo su aparición en el linaje reprobado de Caín”,[5] por lo que es posible advertir un tono crítico y una relación velada entre los descendientes de la línea genealógica marcada por la desobediencia y el crimen. Caín y su descendencia siguen siendo un gran desafío para la interpretación bíblica en este y otros asuntos. De modo que nos encontramos, al momento de hacer una reconstrucción de la historia del desarrollo de la unión conyugal en el antiguo Israel en la encrucijada entre fe y cultura, entre costumbres ancestrales y la lucha ideológica por imponer modificaciones a la conducta social con base en postulados religiosos de difícil instauración. Es decir, igual que ahora, con las variaciones impuestas por la época y las mentalidades. El conflicto ideológico y cultural entre monogamia y poligamia, al menos en Occidente, se ha resuelto a favor de la primera, lo que no significa que las tendencias de muchas personas vayan por el otro rumbo, aun cuando no se pueda legislar a contracorriente de las mismas.

La forma en que Dios estableció la institución matrimonial revela la orientación social que debía caracterizar al pueblo de Dios. Los textos la presentan desde una sólida base teológica a fin de afrontar con seriedad su desarrollo. La presencia de la monogamia, como práctica normativa, en las diversas etapas históricas del Antiguo Testamento sale bastante airosa, pues sólo se menciona en el caso de Elcaná, el padre de Samuel (I Sam 1). Los libros sapienciales, que presentan un cuadro de la sociedad de su tiempo, tampoco la mencionan: “…los numerosos pasajes que conciernen a la mujer en el hogar se comprenden mejor en el marco de una familia estrictamente monógama”.[6] En ese marco deben entenderse Prov 5.15-19; Ecl 9.9 y hasta el elogio de la mujer perfecta, que cierra el libro de los Proverbios (31.10-31). Además, según la imagen del matrimonio monógamo, los profetas representan a Israel como la esposa única que escoge Dios (Os 2.4s; Jer 2.2; Is 50.1; 54.6-7; 62.4-5), aunque Ezequiel 16 desarrolla la metáfora en una alegoría. Es inquietante comparar las relaciones de Yahveh con Samaria y Jerusalén, con un matrimonio con dos hermanas (Ez 23, cf. Jer 3.6-11).

No obstante, el cuadro de la realidad matrimonial es bastante claro, aun cuando deban afrontarse las nuevas lecturas que nos exige la época para seguir situando el matrimonio en su justa dimensión social y espiritual.


[1] Vidal Rivera Sabatés, “El matrimonio según la Biblia”, en Foro, nueva época, núm. 13, 2011, p. 190.
[2] Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo. Bilbao, Mensajero, 2008, p. 19.
[3] Ibíd., p. 20.
[4] Roland de Vaux, “El matrimonio”, en Instituciones del Antiguo Testamento. Barcelona, Herder, 1985, pp. 55, 56.
[5] Ibíd., p. 55.
[6] Ibíd., p. 57.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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