sábado, 13 de abril de 2019

El Señor anticipa la venida del Reino de Dios, L. Cervantes-O.

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Entrada a Jerusalén, Giotto



14 de abril, 2019

Y toda la gente, tanto la que iba delante de Jesús como la que iba detrás, gritaba: “¡Sálvanos! ¡Bendito tú, que vienes en el nombre de Dios! / ¡Que Dios bendiga el futuro reinado / de nuestro antepasado David! / Por favor, ¡sálvanos, Dios altísimo!”. Marcos 11.9-10, TLA

Dos aspectos, poco señalados al momento de recordar la entrada de Jesús a Jerusalén, pueden ayudar a comprender mejor lo sucedido en ese día singular. Por un lado: “De todos los evangelistas, sólo Juan nos informa de que Jesús subió a Jerusalén en varias ocasiones para celebrar la Pascua, la fiesta de las Tiendas y otra que no especifica”. Por el otro: “La fuente Q [origen de los evangelios sinópticos] da a entender que Jesús fracasó en diversas ocasiones al predicar en Jerusalén (Lc 13.34-35; Mt 23.37-39). En cualquier caso, Jesús no era muy conocido en la ciudad santa”.[1] En el esquema de Marcos, dominado por la insistencia de Jesús en pasar desapercibido, su decisión de hacerse presente en la ciudad capital debió ser el resultado de una profunda reflexión. Las preguntas asaltan inmediatamente para tratar de explicar esto: “¿Quería sencillamente unirse a su pueblo para celebrar la Pascua como un peregrino más? ¿Se dirigía a la ciudad santa para aguardar allí la manifestación gloriosa del reino de Dios? ¿Quería desafiar a los dirigentes religiosos de Israel para provocar una respuesta que arrastrara a todos a acoger la irrupción de Dios? ¿Buscaba confrontar a todo el pueblo y urgir la restauración de Israel?”.[2]

El biblista jesuita mexicano Carlos Bravo Gallardo (1938-1997) plantea, acerca del gesto de “subir a Jerusalén”: “No ha bastado la crítica al poder, para cambiar su mentalidad; ni ha sido suficiente la denuncia del Centro, hecha en Galilea, para alertar al pueblo contra la manipulación que aquellos hacen de Dios. Tiene que enfrentarse, pues, con el Centro en el Centro mismo; tiene que definirse claramente frente a tantas interpretaciones falseadas del proyecto de Dios sobre la vida del pueblo y sobre su propia identidad”.[3] Bravo expone el choque frontal entre Jesús, cuya conciencia mesiánica estaba completamente afirmada, y el centro religioso-político que lo recibió con una enorme sospecha, pero con la clara determinación de impedir que continuase alterando el orden establecido. La apuesta de Jesús es completa: con su presencia en Jerusalén conseguiría dos cosas: primeramente, “fortalecer y acrecentar la esperanza de liberación del pueblo, de la que el Centro se ha apropiado”, para lo cual, en segundo lugar, tendría que "desenmascarar lo que considera que es el principal obstáculo por parte del Centro religioso: el secuestrar para sí la Alianza, la Promesa y el acceso a ella”.[4]

El mesianismo de Jesús estaba íntimamente relacionado con su anuncio de la venida del Reino de Dios al mundo. Por ello, el acontecimiento de la entrada a Jerusalén, cargada con todos los aspectos simbólicos que sólo podrían interpretarse cabalmente a la luz de la esperanza en esa venida. En esa línea se orientaron las tres acciones de denuncia profética que realizó Jesús: entró en un burro, para mostrar al pueblo que no era el líder militar violento que esperaban (11.7); maldijo la higuera (11.12-14) y expulsó del templo a los mercaderes (11.15-18): “su asunto es contra el Centro religioso y por eso irá ‘directamente hasta el Templo’ (11.11), para desenmascarar su injusticia y esterilidad y para que sepa el pueblo que ya nada debe esperar del Templo en lo referente a Dios, la vida, la Promesa”.[5]

Jesús anunció la cercanía del reino de Dios en palabra y en acto, al enseñar y predicar, y al cubrir las necesidades del pueblo y acompañarlo. Todo lo que dijo e hizo estuvo en función de ese anuncio, por lo que el acto profético de entrar a la ciudad también debe ser leído en esa clave. El Reino de Dios se hizo visible (y vivible) anticipadamente en ese acontecimiento, pues Jesús, como persona, era el portador del Reino de Dios y encarnaba en sí mismo todo lo relacionado con él. La intensidad con que transmitió la presencia de ese Reino entraría, inevitablemente, en contradicción con los poderes humanos instalados en la historia que controlaban la vida de las personas. Siendo Jesús el centro del Reino de Dios, todo lo demás pasaba a un segundo término: la ciudad, el templo, el culto, el imperio. Esa fue la causa por la que él se condolió de la ciudad (en la versión de Mt 23.37), aunque sin dejar de subrayar su pasado criminal en contra de los impulsos proféticos.

Jesús anticipó la presencia del Reino de Dios mediante un auténtico “asalto” de la ciudad que, por un momento, se convirtió, según su vocación antigua, en auténtico escenario de la presencia divina y de su consumación como tal. La gente pudo experimentar, por un instante, la presencia de ese Reino dominado por criterios completamente diferentes a los del poder en turno: un rey humilde, rodeado de sus súbditos empobrecidos, pero sinceros, recibe la alabanza y el reconocimiento por la liberación integral que estaba consiguiendo para ese pueblo pobre (el salmo 118 cumple aquí una gran función de recuerdo movilizador), del cual no se iba a servir, sino que, por el contrario, había venido sirviendo durante todo su ministerio. Realidad y espejismo al mismo tiempo, la acción simbólica de Jesús tiene, además, un toque carnavalesco pues fue capaz de suspender, en la conciencia histórica de quienes lo acompañaron y fueron testigos, la formalidad del dominio oficial por una alegre celebración popular. Jesús y el Reino mismo le pertenecieron al pueblo por un momento que debió parecer interminable, pues se trataba de un acontecimiento escatológico e histórico al mismo tiempo. Estamos ante un verdadero “Jesús del pueblo”, no de los gobernantes, ni de los líderes religiosos y mucho menos de nuestra mercadotecnia actual. ¡Es un anticipo genuino del Reino de Dios cuyo sabor nos acompaña hasta hoy!

La máquina de la esperanza se echa a andar. “¡Viva el hijo de David! ¡Bendito el rey que viene!”. ¿Quién no quiere un rey que se mezcla con el pueblo para enseñar y sanar, un rey que alimenta a su pueblo hambriento, un príncipe de paz? Se juntan, lo aclaman; a falta de otras cosas levantan ramas como pancartas, le echan la propia ropa a modo de alfombra real. Es una entronización popular, el reflejo escondido de siglos que se muestra en la expansión profética. Y así, a grito en cuello, con vítores y exaltaciones mesiánicas, entran en la ciudad.
No todos están contentos por esta espontánea manifestación. […]
Pero la multitud aclama, no se detiene. Lo que vive es más fuerte que las razones de los razonantes: la esperanza y el afán de justicia, el anhelo libertario y la fe mesiánica que ahora se muestra no conocen de cortapisas legales. Los gritos se suceden como expresión de alegría. “Si vino a Jerusalén es porque ahora se decidió a dar la batalla decisiva”, piensan algunos, y sin saberlo, ellos también profetizan, aunque será de una manera muy distinta a la que imaginan. Ahora es el momento de estar de su lado. […]
En fin, se trata de aunarse con esa multitud de peregrinos que todavía confía en que hay una libertad posible y una justicia en puerta. Se trata de reconocer a nuestro rey, reconocer cuál es realmente nuestro rey y seguirlo.[6]




[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica. Madrid, PPC, 2007, p. 353.
[2] Ibíd., p. 252.
[3] C. Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. El relato de Marcos en América Latina. 2ª ed. corregida y aumentada. México, Centro de Reflexión Teológica-Universidad Iberoamericana, 1996, p. 194.
[4] Ídem.
[5] Ibíd., p. 195.
[6] Néstor Míguez, Jesús del pueblo. Para una cristología narrativa. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2011, pp. 102-103, 107.

Programa de Semana Santa 2019





sábado, 6 de abril de 2019

Letra 615, 7 de abril de 2019


LA RECONSTRUCCIÓN INTEGRAL DEL PUEBLO DE DIOS
ASPECTOS LITERARIOS
Samuel Pagán

Originalmente los libros de Esdras y Nehemías formaban parte de una sola obra. Esa realidad se reconoce en varios documentos antiguos, tanto judíos como cristianos. El Talmud Babilónico representa esta tradición y, además, añade que Esdras es el autor. Las obras de Josefo (escritor judío del primer siglo de la era cristiana) y Eusebio (autor cristiano del siglo cuarto) comparten la misma opinión.
Las más antiguas listas de las obras canónicas se refieren a los libros de Esdras y Nehemías como el “libro de Esdras”. El texto hebreo, conocido como “Texto Masorético”, tiene solo una suma de versículos para los dos libros, al final del libro de Nehemías (685 en total), e identifica a. Neh 3.22 como el versículo que está al centro de toda esta obra. Además, algunos estudiosos han visto en el homenaje que se hace a Nehemías sin hacer referencia a Esdras en el libro de Eclesiástico o la Sabiduría de Jesús ben Sirá, un indicio de que el autor del texto reconocía a Esdras como el responsable de la obra que incluía las hazañas de Nehemías. A esto debemos añadir que los manuscritos hebreos más antiguos que poseemos no dividen estos libros.
Tanto la traducción griega conocida como la Septuaginta (LXX), como la traducción latina conocida como la Vulgata, reconocen la unidad que forman los libros de Esdras y Nehemías. Es importante notar que en estas traducciones de la Biblia se incluyen, además, otros libros que se identifican con el nombre de Esdras, como veremos de inmediato.
Posiblemente fue Orígenes el primero en dividir los libros de Esdras y Nehemías en dos. San Jerónimo reconoció esa división y la incorporó en su traducción al latín como el primer y segundo Libro de Esdras. Basados en esa división del texto bíblico, Martín Lutero y Casiodoro de Reina identificaron al segundo Libro de Esdras como el Libro de Nehemías.
Un aspecto importante que puede producir confusión al estudiar diferentes versiones, traducciones y. estudios sobre los libros relacionados con Esdras, es la identificación de su contenido en relación con los títulos. Además de los libros de Esdras y Nehemías que se incluyen en la traducción de Reina-Valera y sus revisiones, en la Septuaginta y en la Vulgata se incluyen otros libros cuyos títulos tienen el nombre de Esdras.
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LA IMPORTANCIA DE LA RECONSTRUCCIÓN
Samuel Pagán

En un ambiente como el nuestro, donde se vive una perpetua crisis, el tema de la reconstrucción no nos es ajeno. Las guerras, el hambre, las deportaciones o exilios, las catástrofes naturales, las enfermedades, la opresión, la pobreza, las dictaduras y la injusticia son cosa de todos los días, y es precisamente aquí donde el mensaje de reconstrucción de Esdras y Nehemías proporciona un sentido de dirección y esperanza.
La reconstrucción de Esdras enfatiza los aspectos religiosos, cúlticos y morales. Nehemías, los aspectos administrativos, políticos y físicos. Esdras, la importancia de la religión para la restauración total e integral del pueblo. Nehemías, la reconstrucción de las murallas, la sabiduría organizacional y la eficiencia en el proceso de llevar a cabo la obra. Esdras, la importancia de las tradiciones antiguas, la fidelidad, la pureza y la adoración. Nehemías, la importancia de las capacidades administrativas y políticas necesarias para lograr el objetivo.
El proceso de reconstrucción nacional incluye aspectos religiosos, morales y espirituales, al mismo tiempo que la reorganización social, la eficiencia en la administración política y la reedificación de áreas destruidas en la ciudad. Aspectos espirituales y sociales; religiosos y políticos; morales y físicos.
Una reforma de la magnitud de la que se efectuó y se llevó a cabo bajo Esdras y Nehemías no podía ignorar estos aspectos. La reestructuración de una comunidad debe hacerse de forma integral para que se logren resultados positivos y duraderos.

LA ESPIRITUALIDAD

Las reformas de Esdras y Nehemías tienen implicaciones religiosas profundas e inmediatas. El énfasis que pone el autor cronista en los aspectos cúltico y litúrgico, el lugar destacado que se da a la ley de Moisés, y las oraciones continuas de ambos, delatan la seriedad en la experiencia religiosa que presenta la obra. Esa profundidad religiosa nos confronta con el tema de la espiritualidad.
La experiencia religiosa de Esdras y Nehemías está íntimamente relacionada con la acción en favor de la comunidad judía. La piedad, según la vida y obra de Esdras, está unida a la oración, y a las decisiones concretas que contribuyan a la renovación del altar, el culto y los sacrificios.
La vida religiosa con propósitos, según el ejemplo de Nehemías, afirma la importancia de la oración, unida al esfuerzo serio y valiente por restaurar la ciudad y producir las condiciones necesarias para una vida armoniosa y segura. Ambos reformadores relacionan la oración y la acción.
Es imposible soslayar el tema de la espiritualidad. En el estudio de la espiritualidad hispanoamericana se destacan varios conceptos: la experiencia de Dios en nuestra historia y en nuestra misión; el conocimiento, amor y seguimiento del Jesús histórico; la importancia del amor fraterno manifestado en la solidaridad, la comunidad, la reconciliación, y la práctica de la justicia y la misericordia; la opción preferencial por los pobres, y su liberación integral; la disposición por presentar un testimonio cristiano que podría llevar hasta diversas formas de persecución y martirio. Esta espiritualidad intenta relacionar la contemplación, la oración, la piedad, la fe y el amor, con las realidades existenciales y concretas que rodean al creyente y a la iglesia.
Para Esdras y Nehemías, la oración no era un pretexto para la inacción. Ellos oraban y trabajaban con igual intensidad. Así, mientras la oración les mantenía en comunión con lo eterno, el trabajo traducía el ideal en realidad.
Pese a que ellos afirmaban continuamente que sus labores estaban inspiradas y guiadas por Dios, vieron alcanzadas sus metas porque no esperaron que Dios hiciera lo que les correspondía hacer a ellos. La oración es la fuente de inspiración para un trabajo continuo y sistemático que lleva a alcanzar las metas propuestas.
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Ulrico Zwinglio es un personaje complejo en la historia de la Reforma. Él comienza su carrera como un feliz instrumento político al servicio del papa y termina muriendo a manos de las fuerzas católicas. Es un reformador— como Martín Lutero— pero desafortunadamente cree que Lutero no ha llegado lo suficientemente lejos en sus reformas. La teología de Zwinglio toma forma, no solo por la Biblia, sino también por las filosofías racionalistas de humanistas como Erasmo.
Nacido en Suiza sólo unas semanas después que Lutero, Zwinglio recibe una Maestría en Artes de la Universidad de Basilea en 1506 y se convierte en sacerdote de Glarus más tarde ese mismo año. Permanece en Glarus por 10 años y se vuelve políticamente activo, ubicándose del lado del papado en batallas militares, incluso acompañando a los soldados en batalla como capellán. Mientras el humor del país se aleja del papa, Zwinglio imita a otros y deja Glarus, tomando dos años sabáticos antes de ir a Zúrich a servir en una parroquia, en 1518. Durante su período sabático sirve en un monasterio benedictino de Einsiedeln y allí comienza a leer a los padres de la iglesia y a historiadores clásicos. Mantiene correspondencia regular con Erasmo y adopta cada vez más el enfoque racional de las Escrituras del humanista holandés. El tiempo de Zwinglio en Einsiedeln comienza a formar su teología y a influir en su predicación al llegar a Zúrich en 1518.
Es en Zúrich que la teología de Zwinglio cobró forma y la Iglesia Reformada Suiza encuentra en él a un líder. Sobrevivir a la plaga en 1520 le ayudó a profundizar esta madurez teológica.

Avisos y actividades


OREMOS POR LAS ACTIVIDADES DE ABRIL INCLUYENDO LOS CULTOS ESPECIALES DEL 14 AL 21

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 9 de abril, 19 hrs.
Modera: D.I. Laura Cabrera B.

Llamamiento : Salmo 3
Oración de ofrecimiento
Himno: “Jesús es mi Rey soberano” (303)
Círculo de oración y testimonios
Lectura bíblica: Nehemías 2.1-10
Tema: El viaje de Nehemías a Jerusalén (I)
Himno: “Tu fidelidad” (72)
Ofertorio
Bendición pastoral

LA ORACIÓN DE NEHEMÍAS
Samuel Pagán

N
ehemías 1.5-11 presenta el texto de la oración de Nehemías. El estilo es similar a las oraciones que se encuentran en la literatura cronista (véase 1 Cr 17.20; 2 Cr 20.7, 10-12; Esd 9.6-15; Neh 9.32-37) y la fraseología revela una influencia de la literatura deuteronomista (cp. v. 5 y Dt 7.9, 21; v. 6 y 1 R 8.29; vs. 8-9 y Dt 30.1-4; v. 10 y Dt. 9.29).

La oración de Nehemías es un lamento que afirma la solidaridad con su pueblo. La estructura es sencilla: comienza con una invocación (vs. 5-6a); continúa con una confesión de pecados (vv. 6b-7); posteriormente se solicita la misericordia y el perdón de Dios (vv. 8-10); y finaliza con una solicitud de “buen éxito” para sus gestiones con el rey (v. 11).'

Nehemías, en su oración, utiliza varios nombres y adjetivos importantes para referirse a Dios (v. 5). La expresión “Dios de los cielos”, aunque era usada generalmente por los persas, era parte del vocabulario religioso judío en la época de Nehemías. Los adjetivos “fuerte, grande y terrible”, son atributos que identifican el poder y la capacidad divina de intervención en la historia humana (cp. Jl 2.31; Mal 4.5). La relación entre “pacto” y “misericordia” expresa la solidaridad y el compromiso de Dios con su pueblo (véase Dt 5.10; 7.9). La fuerza que mantiene el pacto es el amor y la fidelidad a los mandamientos.

La oración de Nehemías es un acto de intercesión, confesión y solidaridad. Nehemías intercede por el pecado del pueblo ante Dios, pero se incluye como parte del pueblo pecador. Su identificación y solidaridad con el pueblo fue de tal magnitud que se incorporó al grupo que se “había corrompido contra Dios” (v. 7). Al confesar el pecado del pueblo confiesa el suyo propio y-se ampara en las palabras dadas a Moisés para implorar el perdón de Dios (vv. 8-9).

El pueblo que ha pecado es el que Dios redimió “con gran poder, y con mano poderosa” (v. 10). Esta última expresión, que se relaciona con la liberación de Israel de las tierras de Egipto (cp. Éx 6.1; 9.16; 32.11), puede ser una referencia al fin del exilio y al regreso de los deportados a Judá y Jerusalén.

La oración finaliza con una petición de ayuda concreta, clara y específica: hallar gracia “delante de aquel varón”, en una referencia al rey Artajerjes I. Luego de escuchar el informe referente a la situación en Jerusalén, y después de haber orado, Nehemías se dispuso a hablar con el rey.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

14– 21 Cultos de Semana Santa
28 – XXIV Aniversario de la iglesia


El camino de Jesús: profetismo, cruz y vida recuperada, L. Cervantes-O.

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7 de abril, 2019

Como pueden ver, ahora vamos a Jerusalén. Y a mí, el Hijo del hombre, me entregarán a los sacerdotes principales y a los maestros de la Ley. Me condenarán a muerte y me entregarán a los enemigos de nuestro pueblo, para que se burlen de mí, y para que me escupan en la cara y me maten; pero después de tres días resucitaré.
Marcos 10.33-34, TLA

Jesús no pudo disfrutar de una vejez tranquila. Murió violentamente en plena madurez. No lo abatió una enfermedad. Tampoco fue víctima de un accidente. Lo ejecutaron en las afueras de Jerusalén, junto a una vieja cantera, unos soldados a las órdenes de Pilato, máxima autoridad romana en Judea.
Era probablemente el 7 de abril del año 30. Esa misma mañana, el prefecto lo había condenado a muerte como culpable de insurrección contra el Imperio. Su vida apasionante de profeta del reino de Dios terminaba así en el patíbulo de la cruz.[1]
José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

Recordatorio, preparación, reflexión de fe: todo ello está delante como una posibilidad al momento de acercarnos a la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Ante ello, ¿qué evoca, qué nos produce cada aspecto: profetismo, cruz, vida recuperada? ¿Cómo lo hemos asimilado en nuestra experiencia particular, concreta? ¿Cómo se ha reproducido cada uno de ellos en nuestra existencia cristiana? Pues de alguna manera nos recuerdan que el camino de Jesús también es el nuestro en una medida proporcional a la fe con que contemos o cómo hayamos avanzado en el conocimiento de la su obra redentora. La autoconciencia de Jesús acerca de adónde lo conduciría su obediencia al proyecto de Dios de contribuir a hacer presente el Reino de Dios en el mundo aparece, en la versión inicial del Evangelio en Marcos, con enorme claridad y certeza. Su anuncio del Reino de Dios concretado en una actuación al servicio de los necesitados, su combate a la hipocresía y su rechazo de la religiosidad institucional le granjearon una oposición que lo llevaría a la muerte violenta, inevitablemente. Estos aspectos se entrelazan profundamente en los evangelios y vienen ahora a reclamarnos una conexión directa con ellos mediante la persona de Jesús de Nazaret.

Profetismo
En la versión de Marcos, Jesús vivió, de manera continua en la clandestinidad. En ese sentido, de no divulgar muchas cosas que hacía, iban sus advertencias (1.34b, 44; 8.30). Su labor profética, es decir, de enseñanza, denuncia y resistencia hacia lo que acontecía en su tiempo en las esferas socio-política y religiosa, fue en aumento. Habló de las malas prácticas de los dirigentes y su accionar hizo visibles algunos signos del Reino de Dios, a contracorriente del desprecio de los políticos y religiosos por el pueblo. En suma, se puso al lado de los más desfavorecidos: poseídos, mujeres, niños, enfermos, solitarios, pecadores/as. A todos ellos les enseñó, sanó, alimentó, acompañó y devolvió su dignidad humana. Marcos ocupa nueve capítulos para mostrar la forma en que esa tarea comenzó a producir preocupación entre los poderosos. Juan Bautista muere en el capítulo 6 (vv. 14-29) y eso coloca mayor atención sobre él; su camino sería muy similar. Luego de la confesión mesiánica de Pedro, Jesús consideró que debía advertir a sus seguidores lo que iba a suceder (Mr 8.31-38; 9.30-32), transformando dicho anuncio en una firme llamada a los discípulos a tomar su propia cruz (8.34).

José Antonio Pagola ha hecho algunas de las preguntas obligadas ante la intensidad de su labor profética:

Pero, ¿qué había podido suceder para llegar a este trágico final? ¿Ha sido todo un increíble error? ¿Qué ha hecho el profeta de la compasión de Dios para terminar en ese suplicio que solo se aplicaba a esclavos criminales o a rebeldes peligrosos para el orden impuesto por Roma? ¿Qué delito ha cometido el curador de enfermos para ser torturado en una cruz? ¿Quién teme al maestro que predica el amor a los enemigos? ¿Quién se siente amenazado por su actuación y su mensaje? ¿Por qué se le mata?[2]

Cruz
Jesús anuncia a los temerosos doce discípulos lo que sucederá con él mientras “sube a Jerusalén” (10.32a), en una especie de premonición de lo que vendrá. Esa subida representa el acercamiento a la crisis máxima de su vida, cuando saldrá de la clandestinidad para afrontar las consecuencias de sus acciones proféticas y el horizonte de la cruz como instrumento de tortura y asesinato se haría más claro. La entrega, el sufrimiento y el martirio se presentarán como la única alternativa para él. Afrontar con tanta certeza ese destino no fue fruto del estoicismo sino de una profunda y dolorosa constatación: los poderes se ensañarían con él. La fórmula estaba bien definida: “Me entregarán a los sacerdotes principales y los maestros de la Ley. Me condenarán a muerte y me entregarán a los enemigos de nuestro pueblo” (33b, énfasis agregado). Todo ello signado por estilo apocalíptico para referirse a sí mismo. A partir de ese momento, ya todo está dominado por la perspectiva de la cruz: en esa clave debe leerse el resto del evangelio, comenzando con la supuesta “entrada triunfal” a Jerusalén. La “cruz” es todo lo contrario de la “gloria” en esa misma clave.

La fe cristiana está marcada profundamente por la cruz, por la “teología de la cruz”, como decía Lutero, y como han desarrollado Jürgen Moltmann, en el protestantismo, y Bárbara Andrade (1934-2014), teóloga mexicana, desde el catolicismo. Nada puede ocultar, edulcorar o minimizar el ignominioso “escándalo de la cruz” al que se refiere San Pablo (Gál 5.11). Siempre debemos estar prevenidos contra la tentación de ver a Dios como un Dios sádico. Escribe Andrade: “En la cruz, el Hijo de Dios ha tomado sobre sí el mal y el sufrimiento en su propia muerte dolorosa e injusta, y por el Hijo el Padre ha sido incluido en el sufrimiento en la cruz. Este rasgo, subrayado en varias teologías de la cruz […], es importante en el sentido de que plantea que nuestro sufrimiento le toca también a Dios y de que no se mantiene una contraposición entre un Dios “impasible” —o cruel y arbitrario— y su creatura sufriente”.[3]

Vida recuperada
“Su trágico final no fue una sorpresa. Se había ido gestando día a día desde que comenzó a anunciar con pasión el proyecto de Dios que llevaba en su corazón. Mientras la gente lo acogía casi siempre con entusiasmo, en diversos sectores se iba despertando la alarma. La libertad de aquel hombre lleno de Dios resultaba inquietante y peligrosa. Su conducta original e inconformista los irritaba. Jesús era un estorbo y una amenaza”.[4] Así se vuelve a referir Pagola a lo hecho por Jesús que ocasionó su muerte violenta. En América Latina, al parecer, y a nuestro pesar, deberíamos ser “especialistas” en la teología de la cruz desde el sufrimiento gratuito e involuntario. Lo que aconteció con Jesús debería calar hondo en nuestras sociedades y comunidades, para así poder acompañarlo en la recuperación de su vida. Afirmar la resurrección, en palabras de Andrade, es creer firmemente que Dios desclavó a su Hijo de la cruz para así hacer posible el desclavamiento de todos los crucificados de la historia: “En un mundo desgarrado por la falta de fe y de comunión, en el que el envío y el anuncio de Jesús ‘debía’ terminar en el escándalo de la cruz, la participación en la cruz de Cristo es —para los creyentes— ella misma la consolación, porque Dios se ha convertido en Padre de los crucificados al desclavar a Jesús de la cruz. El kerygma de la cruz no permite ni la glorificación, ni la banalización del sufrimiento, sino que vence el sufrimiento en la comunión y la esperanza”.[5]

Prepararse para volver a ver con los ojos de la fe a Jesús en la cruz, nos debe servir para ver también en ella al propio Dios, algo a lo que no estamos acostumbrados: “Dios clavado en la cruz permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos” (D. Bonhoeffer).[6]




[1] J.A. Pagola, Jesús, aproximación histórica. Madrid, PPC, 2007, p. 333.
[2] Ídem.
[3] B. Andrade, “Algunas reflexiones sobre la ‘creación’ y el sufrimiento”, en Proyección. Teología y mundo actual, año XLIX, núm. 205, julio-diciembre de 2002, p. 131, https://dioscaminaconsupueblo.files.wordpress.com/2014/02/reflexiones-ba.pdf.
[4] J.A. Pagola, op. cit.
[5] B. Andrade, Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerygmática. Salamanca, Secretariado Trinitario, 1999, p. 267.
[6] D. Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas desde la prisión. Salamanca, Sígueme, 1983, p. 252.

Isaías 42.1-9 /Marcos 10.32-45, TLA

1 Dios dijo:
¡Miren a mi elegido,
al que he llamado a mi servicio!
Él cuenta con mi apoyo;
yo mismo lo elegí,
y él me llena de alegría.
He puesto en él mi espíritu,
y hará justicia entre las naciones.
2 Mi fiel servidor no gritará,
no levantará la voz,
ni se le oirá en las calles.
3 No les causará más daño
a los que estén heridos,
ni acabará de matar
a los que estén agonizando.
Al contrario, fortalecerá a los débiles
y hará que reine la justicia.
4 No tendrá un momento de descanso
hasta que haya establecido
la justicia en esta tierra.
¡Los países de las islas del mar
esperan recibir sus enseñanzas!
5 Dios le dijo a su fiel servidor:
Yo soy Dios,
yo soy el creador del cielo;
yo soy quien formó la tierra
y todo lo que en ella crece;
yo soy quien da vida y aliento
a los hombres y a las mujeres
que habitan este mundo.
6 Yo soy el Dios único;
yo te llamé y te tomé de la mano
para que hagas justicia,
para que seas ante mi pueblo
señal de mi pacto con ellos,
para que seas ante las naciones
la luz que las ilumine.
7 Esto quiero de ti:
que abras los ojos de los ciegos,
que des libertad a los presos,
y que hagas ver la luz
a los que viven en tinieblas.
8 Yo soy el Dios todopoderoso.
Ése es mi nombre.
No permito que otros dioses reciban
la honra y la alabanza
que sólo yo merezco recibir.
9 Lo que antes anuncié
ya se ha cumplido,
y ahora les anuncio cosas nuevas
que aún están por ocurrir.

*

32 Los discípulos iban confundidos, mientras Jesús caminaba delante de ellos hacia Jerusalén. Por su parte, los otros seguidores estaban llenos de miedo. Jesús volvió a reunirse a solas con los doce discípulos, y les contó lo que le iba a pasar: 33 "Como pueden ver, ahora vamos a Jerusalén. Y a mí, el Hijo del hombre, me entregarán a los sacerdotes principales y a los maestros de la Ley. Me condenarán a muerte y me entregarán a los enemigos de nuestro pueblo, 34 para que se burlen de mí, y para que me escupan en la cara y me maten; pero después de tres días resucitaré".

35 Sus discípulos Santiago y Juan, que eran hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: —Maestro, queremos que nos hagas un favor.

36 Jesús les preguntó: —¿Qué es lo que quieren?
37 Ellos le contestaron: —Por favor, cuando estés en tu reino poderoso, déjanos sentarnos a tu lado, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
38 Jesús respondió: —Ustedes no saben lo que piden. ¿Están dispuestos a sufrir todo lo malo que va a pasarme?
39 Ellos dijeron: —Sí, lo estamos.
Jesús les dijo: —Les aseguro que ustedes sufrirán mucho, igual que yo.40 Pero sólo Dios decide quiénes serán los más importantes en mi reino. Eso no lo decido yo.
41 Cuando los otros diez discípulos supieron lo que Santiago y Juan habían pedido, se enojaron con ellos. 42 Entonces Jesús los llamó a todos y les dijo:
—Ustedes saben que los que se sienten jefes y grandes señores se portan como los amos del mundo e imponen su autoridad sobre todos. 43 Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, si alguien quiere ser importante, tendrá que servir a los demás. 44 Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el esclavo de todos. 45 Yo, el Hijo del hombre, soy así. No vine a este mundo para que me sirvan, sino para servir a los demás. Vine para liberar a la gente que es esclava del pecado, y para lograrlo pagaré con mi vida.


Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...