sábado, 23 de enero de 2021

Letra núm. 702, 24 de enero de 2021

GENTE RENACIDA PARA UNA ESPERANZA VIVA (I Pedro 1.1-12)

Pbro. Dr. Salatiel Palomino López


Introducción


E

l apóstol Pedro afirma que ha aparecido una nueva clase de seres humanos en el mundo. Son seres que constituyen una especie diferente porque desafía los estilos, los valores, las posibilidades, el destino y las expectativas del común de los seres humanos. Se trata de la comunidad creyente, esparcida por todo el mundo, en la que ha acontecido un prodigioso y significativo cambio que determina su existencia en la historia. Se puede afirmar que la fuerza secreta que opera en los cristianos y cristianas, que explica su notable transformación y que dinamiza su comportamiento, es la “esperanza”. Tal vez algunas décadas después de que la carta de Pedro circulara ampliamente por las comunidades cristianas del Asia Menor, otro gran creyente, cuyo nombre nos es desconocido, describía, en una bella carta, lo que esta clase de seres humanos había llegado a ser en el Imperio Romano. Cito un párrafo de ella extensamente:

 V. […] los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos. Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suerte de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse. Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes extranjeros; contribuyen con lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, pero soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero no comparten el lecho matrimonial, cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aun así, son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

VI. En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo (Carta a Diogneto, en www.origenescristianos.es, consultado el 11 de enero de 2021).

1. Nacidas de la esperanza y para la esperanza

Si las personas cristianas han de ser para el mundo lo que el alma es para el cuerpo, es decir, el asiento y corazón de su verdadera y más pura vitalidad, conciencia, identidad, belleza y trascendencia, debemos tener muy en alto el asombroso milagro que lo hace posible. La Palabra de Dios lo llama “el nuevo nacimiento”, “la regeneración”, “la nueva criatura”, “el lavacro de la regeneración”, “nacer otra vez”, “nacer de lo alto” o “nacer del Espíritu”, que, como dijo el apóstol Juan, es la condición para “ver el reino de Dios” o para “entrar en el reino de Dios”. Es el acceso a esta dimensión del reino celestial lo que se hace factible por medio del formidable portento de la regeneración. Y nuestro texto de hoy asegura que la totalidad de la obra del Dios Trino, desde la eternidad y a lo largo de todos los siglos de la historia, desemboca en este maravilloso nacimiento cuando nos dice que Dios “nos hizo renacer para una esperanza viva” (v. 3). Esto nos constituye en seres nacidos de la esperanza y para la esperanza, por cuanto el Ser que nos ha engendrado para esta realidad es nada menos que “el Dios de la esperanza” (Ro 15.13), es decir, el Dios del futuro, el Dios cuyo ser y proyecto gloriosos encontrarán su máxima expresión y esplendor en el porvenir, en “aquel día” cuando serán revelados y consumados en plenitud sus intenciones y sus planes para la humanidad, la historia y la creación entera.

Así que somos hijas e hijos de la esperanza y hemos sido puestas en este mundo para el ejercicio de la esperanza, para aprender a esperar lo cualitativamente nuevo, las posibilidades eternas y gloriosas que no se dan en la historia, para “esperar de los cielos a su Hijo Jesucristo” (I Ts 1.10). Somos gente nacida “del Espíritu”, y en la economía divina revelada en las Escrituras, el Espíritu es el don para los últimos tiempos, para la era mesiánica final; a esta inevitabilidad del futuro divino nos aferramos “esperando contra esperanza”, es decir, frente a todos los fatalismos, frente a todos los pesimismos, frente a todas las ambigüedades que contradicen hoy las posibilidades del futuro divino. En esto consiste precisamente la espiritualidad cristiana, el talante, el estilo de vivir cristianamente en el mundo caído.

2. Esperar con los pies bien plantados en la tierra

Si bien los creyentes somos “hijos del mañana” (Rubem Alves) y ejercemos una espiritualidad intensamente escatológica, o sea, apegada al porvenir pleno de la libertad gloriosa de las hijas e hijos de Dios —lo cual es el núcleo y la esencia de la esperanza genuina “porque lo que alguno ve ¿a qué esperarlo?” (Ro 8.24)—, dicha espiritualidad o estilo de vida no es escapista ni intimista, no trata de negar la realidad contradictoria y dolorosa, ni simple e irresponsablemente se fuga a un mundo ideal más allá de la tragedia actual, no se refugia en una nube celestial huyendo de las realidades terrenas, ni se esconde en un rincón íntimo de seguridad cuasi-monacal, ilusoria, olvidándose ingenuamente de las tragedias y desafíos del presente. Al contrario, la dotación sobrenatural de la esperanza no es un fin en sí misma, sino un recurso, una herramienta “para”. Así, se dice que fuimos renacidos o renacidas “para” algo más; es decir, para construir el futuro, con un propósito activo que tiene como escenario la realidad conflictiva, amenazante y desesperanzadora del presente. Esta esperanza se manifiesta como inconformidad con lo que ahora es. Pablo dice: “No os conforméis a este siglo (Ro 12.1). La esperanza nos mueve a transformar la realidad actual, no mediante el rechazo infantil y egoísta al dolor y el sufrimiento reales, sino mediante el esfuerzo para vivir victoriosamente frente a ellos.

El apóstol Pedro recuerda a los destinatarios de su carta que, para vivir con los pies bien plantados en la tierra, si es necesario, tendrán que “ser afligidos en diversas pruebas” (v. 6) y que su fe ha de ser “sometida a prueba” (v. 7); incluso, más adelante en esta misma carta les previene diciendo, “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (4.12). En otras palabras, el dolor, la prueba, los contratiempos de la vida, el sufrimiento, la tragedia no deben tomar por sorpresa a la gente de fe y esperanza. Jesucristo nunca nos engañó ofreciéndonos una religión fácil y placentera. Él dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt 16.24); desde entonces, la vida de fe se da a la sombra de la cruz, pero también a la luz de la esperanza de la resurrección. Esto último es o que la hace una esperanza viva, no falsa ni vana. La espiritualidad de la esperanza se experimenta con los pies bien plantados en la tierra. Eso lo aprendieron los lectores y lectoras de esta carta. Y por eso el modelo, el recurso y el compañero de quienes esperan es únicamente Jesucristo.

Las comunidades cristianas del Asia Menor a las que Pedro se dirigió estaban pasando por duros ataques en su contra por parte de paganos y judíos juntamente; pero, además de las persecuciones espontáneas y populares locales, para estos tiempos la represión ya parecía haberse convertido en una política oficial contra las cristianas de parte del Imperio Romano. En 3.15, Pedro aconseja a los creyentes a “[estar] siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. En esta exhortación, las palabras “defensa” (apologia) y “demande” (aitounti, aitía) son términos técnicos que se refieren a demandas judiciales, acusaciones o cargos oficiales, y a respuestas o defensas formales a las acusaciones presentadas ante un tribunal. Las creyentes estaban siendo citadas formalmente ante los jueces y gobernadores. Algún tiempo después de esta carta, sabemos que el emperador Trajano había dado órdenes de detener y perseguir a las cristianas. En una carta del año 117 d.C., Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (provincia mencionada por Pedro en 1.1) consulta al emperador sobre los castigos para los creyentes que había ya apresado. Tales son las crudas realidades históricas que no pueden ser ignoradas, frente a las cuales se da la espiritualidad de la esperanza promovida por Pedro entre las Iglesias del Asia Menor... y las de México, en tiempos del Imperio Romano o de la pandemia del covid-19.

3. Esperar con corazones gozosos

Pero el apóstol Pedro también instruye a los cristianos acerca del estado de ánimo con que pueden y han de enfrentar las adversidades y las pruebas. El poder de la regeneración para la esperanza es de tales dimensiones que las nubes más oscuras y las condiciones más sombrías no pueden desterrar del corazón creyente el gozo, la alegría, el regocijo que ilumina desde el futuro la realidad del presente. El poder de la resurrección, que es el poder del siglo venidero y del reino de Dios, ha inundado ya las vidas de las hijas e hijos de Dios; y poseyendo también el Espíritu que ha sido derramado en sus corazones, arras anticipatorias de la herencia eterna, ahora pueden inundar de luz la penumbra del presente haciéndola más risueña, agradable y prometedora. Como ahora los cristianos tiene acceso anticipado a los tesoros de “una herencia incorruptible, incontaminada, e inmarcesible, reservada en los cielos para [ellas]” (v. 4) y se saben también seguramente “[guardadas] por el poder de Dios mediante la fe, para  la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (v. 5), viven en el presente con alegría indestructible (v. 6), y, a pesar de que no pueden ver al Señor todavía claramente y cara a cara, “[se alegran] con gozo inefable y glorioso” (v. 8), que es el gozo del cielo, la agalliasis escatológica o bienaventuranza divina cuya excelsitud y contundencia no se puede explicar con palabras y que corresponde a la feliz celebración de la fiesta eterna de las bodas del Cordero a las que somos invitados.

La espiritualidad cristiana, que es la espiritualidad de la esperanza, no es una piedad adusta y sombría, penitencial y punitiva, presa de la morbidez y dada a la flagelación, como la del monje, sino una piedad vigorosa, vivaracha y danzarina, juguetona y feliz, que puede regocijarse aun en medio de las tribulaciones y las amarguras (Ro 5.3), y puede transformar las tristezas del presente con el regocijo que la inunda. Por eso es una espiritualidad militante y rebelde contra el intento de perpetuar el statu quo cargado de tristeza, de enfermedad, de opresión y de desesperación que caracteriza al presente a pesar de los inútiles y masivos esfuerzos por hedonizarlo artificialmente a base de la exitosa industria del entretenimiento. Entre los pecados contra el Espíritu Santo, que son también pecados contra la esperanza, algunos teólogos de la antigüedad incluían la tristitia o acedia, la tristeza, el cansancio, el aburrimiento, la carencia de esperanza que asume dos formas, la presunción (anticipación arbitraria de la promesa divina creyendo que ya la hemos alcanzado plenamente) y la desesperación (creer inalcanzable el cumplimiento de la promesa divina, resignarse a sufrir el presente estado de cosas ya sin remedio).

4. Luz al final del túnel

Un grupo de jóvenes de la Sociedad “Heraldos de Cristo” solía ir de excursión al Río Chontalcuatlán, Guerrero, cerca de las famosas Grutas de Cacahuamilpa. En un punto de su cauce, el río llega al pie de una montaña y penetra en ella por una cueva, para continuar su curso y salir al otro lado de la montaña. Los jóvenes solían entrar en el río y recorrerlo avanzando por dentro de la cueva durante cinco o seis horas, a veces vadeando, a veces nadando, pero siempre moviéndose dentro de la más densa oscuridad. Por supuesto, llevaban lámparas para alumbrarse en el recorrido, pero algunas veces se agotaban las baterías o, arrastrados por la corriente del río las soltaban involuntariamente y debían juntarse a otros jóvenes para compartir la luz. El recorrido era fatigoso y lleno de aventura y peligros, debiendo mantenerse unidos y soportar lo frío del agua, los golpes contra las rocas, las caídas de agua y la oscuridad. En cierta ocasión, uno de los jovencitos sin experiencia y con mucho miedo, se fue rezagando del grupo que debía avanzar para no agotar la luz de sus lámparas. Uno de los líderes experimentados se quedó con él para acompañarlo, ayudarle y alentarlo.

     A medida que avanzaba el tiempo se iban rezagando más y más. Para su desgracia el joven se quedó sin la luz de su lámpara y, arrojado por la corriente contra una roca, entró en pánico y se aferró a la roca negándose rotundamente a continuar, completamente paralizado por el terror que se apoderó de él. Después de un largo rato, y sin poderlo convencer para continuar el recorrido a pesar de las explicaciones, exhortaciones y amenazas, el líder comenzó también a preocuparse y a temer lo peor viendo cómo su lámpara comenzaba a fallar también; decidió entonces asegurar al jovencito en donde estaba, poner alguna señal para identificar el lugar y adelantarse él para conseguir ayuda. Cuando había avanzado alguna distancia, de pronto le pareció ver una pequeña chispa de luz a lo lejos en la oscuridad, pero de inmediato desapareció. Un poco más adelante, sin embargo, volvió a ver la chispa de luz, pero esta vez se mantuvo estable. Inmediatamente, y con regocijo, se dio cuenta de que ya venían sus compañeros en busca de ellos y pronto volvió al lado del jovencito para informarle que había visto una luz que indicaba que ya venían por ellos. Al oír esto, el jovencito recuperó la calma y comenzó también a movilizarse y a avanzar hasta que, efectivamente, llegó el auxilio y finalmente alcanzaron la plena luz del sol radiante y calientito al otro lado de la montaña y en la compaña de sus amigos.

En nuestro peregrinaje por la vida en el mundo y en la historia, los creyentes también nos vemos a veces envueltos en densas y amenazantes tinieblas por las pruebas y dolencias del camino; pero para librarnos del pánico paralizante del dolor y la adversidad, Jesucristo que nos acompaña y la luz de su resurrección encienden en nosotras la luz de la esperanza cristiana que indica que pronto saldremos al otro lado del túnel. Por ello nuestro andar y nuestro ánimo pueden ser alegres y regocijados aun en medio de la tribulación. Amén.

Sermón predicado el domingo 17 de enero de 2021

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EL DERECHO A MIGRAR: AIPRAL

 


Mensaje del Comité Ejecutivo de la Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina (AIPRAL).

Uruguay, 19 de enero de 2021 

E

l Evangelio de Mateo brevemente relata la migración de José, María y Jesús a Egipto: Un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto y estuvo allá hasta la muerte de Herodes. (Mt 2.13-15).

No obstante su brevedad, este texto deja claro que la migración de Jesús y su familia a Egipto fue una migración forzada. José, María y Jesús migraron para salvar sus vidas. En estos días una nueva caravana de mujeres, hombres, niñas y niños se inició en Honduras, en búsqueda de una oportunidad de vida. En sus rostros se puede notar esa mezcla extraña de miedo y esperanza, tal vez la misma que tuvieron Jesús, María y José.

Muchas, muchos se han ido sumando en el camino. Las catástrofes de los huracanes Eta e Iota, la violencia de grupos armados y bandas de narcotráfico, la crisis económica acentuada aún más por la pandemia y la corrupción, las pocas oportunidades y aún menos esperanzas son algunas de las causas detrás de estas caravanas. Asumen inmensos riesgos, pero la mayoría ha perdido todo o casi.

La violencia y la represión que se encontraron al ingresar a territorio guatemalteco no son respuestas ni deseables ni eficaces. Es necesaria que la compasión y la solidaridad sean las bases de toda acción ante esta caravana sufriente que camina soñando alguna oportunidad.

El Estado de Guatemala en su decreto 44-2016 reconoce el derecho a migrar, diciendo: “El Estado de Guatemala reconoce el derecho de toda persona a emigrar o inmigrar, por lo cual el migrante puede entrar, permanecer, transitar, salir y retornar al territorio nacional conforme la legislación nacional.” (Artículo 1)

En tal sentido solicitamos en primer lugar al Estado guatemalteco, pero también a los otros estados de la región involucrados, incluidos Honduras, El Salvador, México y los Estados Unidos de Norteamérica, respuestas coordinadas que hagan honor al derecho de las personas a migrar y que se reconozcan y se procure la transformación de las situaciones de fondo que fuerzan la migración.

Invitamos a nuestras iglesias miembros y a todas las personas de fe a orar por estas hijas e hijos de Dios que migran, así como por los países de los cuales salen, por los cuales transitan y hacia los cuales se dirigen. Invitamos a las comunidades de fe y a toda persona de buena voluntad a dedicar esfuerzos y recursos para acompañar la situación de millones de migrantes en nuestras comunidades, a practicar la hospitalidad a la que nos llama nuestro Señor Jesucristo (I Pedro 4.9, Hebreos 13.2) y a transformar las causas profundas de sufrimiento de nuestros pueblos que causan migración forzada. 

Rev. Darío Barolin

Secretario Ejecutivo

aipral.net

viernes, 22 de enero de 2021

Él está en el barco contigo, Candidata al Santo Ministerio Tania Tamez Grenda

24 de enero de 2021

¿Por qué elegir esta historia de Jesús? Conocemos muchísimas historias de él, sabemos que Dios tiene el control de todo, lo cantamos y cuando oramos le decimos: “Señor, mi vida está en tus manos”, pero una cosa es decirlo y otra vivirlo día a día. Habrá días en los que dudemos y eso está bien, somos humanos. Cuando vivimos algún problema o tenemos una preocupación, es cuando más llegamos a dudar. Elegí este pasaje porque estamos viviendo tiempos difíciles y podemos identificarnos con los discípulos. Parece que todo se nos viene encima.

En este tiempo de pandemia, es cuando más preguntas hacemos y parece que menos respuestas recibimos. Quisiéramos que Dios nos contestara, por mensaje o por correo, que todo fuera más rápido. Vivimos con miedo o temor, qué pasa en el trabajo, la familia, los hijos, las cuentas. ¿Qué hacer? Nos sentimos atrapadas y atrapados, no podemos salir de nuestras casas o no debemos salir. Sabemos que al salir nos arriesgamos, pero cómo dejar nuestra vida de lado por algo que no vemos, por un virus tan pequeño que no podemos ver, pero que es capaz de enfermarnos al punto de causar la muerte o vivir con secuelas que aun los médicos no definen bien.

Como pastores o líderes decimos: “Dios tiene el control, confía en Él”, pero parece que esas palabras no eran las mismas en marzo de 2020 que ahora en enero de 2021. Una pandemia que esperábamos pasara en unos meses, confiábamos que todo terminara y volviésemos a nuestra rutina, a nuestra vida y planes. Pero todo eso quedó de pronto a un lado, para entonces acomodar nuestra vida y rutina a la realidad que vivimos: tenemos que estar resguardados en nuestras casas.

Esta pandemia nos ha llevado a reflexionar sobre nuestras prioridades, qué es lo importante en nuestras vidas: el coche, la ropa, las fiestas, lo material, o la familia, nuestros hijos, la salud, nuestros padres, hermanos, los hermanos de la iglesia.

Después de casi un año de pandemia en nuestro país, les invito a reflexionar en esta pregunta: ¿cuáles eran nuestras prioridades antes de la pandemia? O podríamos decir: ¿cuáles eran nuestros propósitos el año pasado? Y este año que empieza, ¿cuáles fueron tus propósitos? ¿Han cambiado?

2020 fue un año difícil y tenemos la esperanza de que este año será mejor. Al ver esta historia de Jesús en la tormenta, eso me llevó a reflexionar en que esta pandemia nos mantiene ahora como los discípulos en la barca: hay una tormenta, estamos viviendo una tormenta que no acaba (el covid en nuestro planeta). Estamos en un lugar pequeño, el cual se tambalea; nuestro espacio vital se mueve y nos sentimos preocupados, nos preguntamos y le preguntamos a Dios: “Qué hacemos, ayúdanos”.

Vemos que confiamos en Dios, pero todo esto nos hace preguntarnos qué hacer para que todo acabe. Todos estamos angustiados, en nuestra mente se crean preocupaciones, angustias y en algunas personas tristeza, pero cómo podemos, entonces, en medio de toda esta tormenta, detener estos pensamientos.

Imaginemos la tormenta en donde estuvieron los discípulos: estaban preocupados, la barca podía voltearse, había viento y agua entrando por todos lados. Ésa no era la única barca, seguramente veían las barcas vecinas tambalearse también tambalearse en el agua y Jesús dormía tan profundamente, que ni los gritos, el agua o el viento lo despertaron.

¿Se han sentido así en este tiempo?, ¿como que Dios no los escucha? Por más que gritemos, lloremos, pidamos, llamemos a Dios, supliquemos por nuestras familias, vemos a nuestro alrededor lo que está pasando con las familias que conocemos: de pronto nos anuncian que alguien más se enfermó y nos preocupamos y esperamos que Dios responda

Así se sentían los discípulos, pues sabían que Jesús estaba con ellos, pero no veían nada más. Cualquiera puede dudar ante circunstancias como éstas, pero Jesús se despertó y podemos imaginarnos a todos los discípulos gritando: ¡Maestro! ¿No te importa que nos estemos hundiendo? Cuántas veces le hemos dicho eso a Dios: “Dios, no te importa cómo me siento, lo que pasa”. Jesús, con la tranquilidad que le caracterizaba en esas circunstancias, sólo ordenó al viento y al agua calmarse. Todo volvió a la tranquilidad, pero para los discípulos no fue así, dado que se encontraban confundidos. Ellos conocían a Jesús, habían visto algunos milagros, lo conocían, pero aun así dudaron y se preguntaron quién era Jesús.

Nosotros somos muchas veces esos discípulos: conocemos a Dios, conocemos todo lo que puede hacer, conocemos la vida de Jesús, conocemos lo que dice la Biblia, pero cuando estamos en medio de una tormenta, podemos dudar un poco, sólo un poquito o por un instante. ¿Y por qué sólo dudamos un poco o por un instante? Porque reconocemos la presencia de Dios en cada una de nuestras preocupaciones y en cada una de las situaciones que vivimos día a día, sabemos que Dios está ahí, sabemos que Dios nos cuida, ponemos siempre nuestra vida en sus manos. Él está en esta barca contigo, no nos ha dejado, no nos ha soltado, no pensemos que Él está dormido plácidamente, mientras nosotros estamos en esta pandemia. Él nos dice al oído cada noche: “No tengas miedo, todo pasará, ten calma, ten fe”.

Vivíamos en un mundo (lo digo en pasado) en el que pensábamos que todo debía ser rápido. En la actualidad, esta pandemia nos obligó a guardarnos en nuestras casas, tener paciencia y esperar. A veces Dios hace eso, dice: “Cálmate, respira y entenderás”. En esta mañana de domingo, Dios está contigo, no nos ha dejado solos, ni está dormido. Él está ahí contigo en tu casa, con tu familia, Él calmará todo este vaivén. Él hará que todo deje de moverse; en tus preocupaciones o miedos, Él te abrazará. Lo único que nos pide es tener fe y que dejemos en sus manos lo que nos preocupa, lo que nos aflige, lo que no nos deja dormir.

Sé que es difícil, ya que esta pandemia no parece que acabará de aquí a un mes o dos, pero esperemos, y dentro de lo que podamos hacer desde nuestros hogares: hablarle al hermano de la iglesia que sabemos que está solo, hablar con la familia, con los amigos, comunicarnos. Dios está esperando eso de nosotros, mientras este mundo cambia, sabemos que esta pandemia va a cambiar, pero tengamos fe, nuestra vida puesta en Dios, así como Jesús es nuestra imagen de esperanza en una tormenta, que de pronto nos deja anonadados y confundidos, así es Dios en nuestras vidas. A veces no entendemos lo que está pasando, pero Dios está contigo hermano, en tu casa, en tu trabajo, con tu familia, en tus decisiones.

Esperemos que la pandemia no dure todo este año, esperemos que pronto podamos volver a reunirnos en nuestras iglesias, con nuestras familias. No vamos a regresar a nuestra vida de antes, eso lo sabemos, pero regresaremos a un mundo donde podamos reflexionar sobre dar prioridad a lo que realmente es importante, a lo que el texto bíblico nos enseña: “Ama a tu prójimo”. Dios nos llama a tener esperanza, esa esperanza que ahora tenemos que vivir en nuestros hogares, junto con la familia. Compartámosla con nuestros vecinos, con quienes compartimos en este tiempo. Compartamos esta fe que nos sostiene como cristianos y que puede sostener a muchos más que tal vez no conocen a Cristo, pero ustedes pueden compartir cómo Dios ha cambiado sus vidas.

Les invito, hermanas y hermanos, a reflexionar acerca de cuáles fueron los cambios en nuestros propósitos del año pasado en relación con los de este año. Tal vez no son los mismos: ¿cuáles son nuestras prioridades ahora?

Culto de adoración, avance y consolidación, 24 de enero de 2021

 CULTO DE AVANCE Y CONSOLIDACIÓN

Tema anual

La esperanza cristiana, luz para el camino

Primer semestre

El lenguaje de la esperanza y la espiritualidad de hoy

Enero: JESÚS, esperanza DEL CRISTIANO


ÉL ESTÁ EN EL BARCO CONTIGO

Marcos 4.35-41, Filipenses 4.6-7, Traducción en Lenguaje Actual


35 Ese mismo día, cuando llegó la noche, Jesús les dijo a sus discípulos: “Vamos al otro lado del lago”. 36 Entonces dejaron a la gente y atravesaron el lago en una barca. Algunos fueron también en otras barcas.

37 De pronto se desató una tormenta. El viento soplaba tan fuerte que las olas se metían en la barca, y ésta empezó a llenarse de agua. 38 Entre tanto, Jesús se había quedado dormido en la parte de atrás de la barca, recostado sobre una almohada.

Los discípulos lo despertaron y le gritaron: Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo? 39 Jesús se levantó y ordenó al viento y al mar que se calmaran. Enseguida el viento se calmó, y todo quedó completamente tranquilo.

40 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ¿Por qué estaban tan asustados? ¿Todavía no confían en mí?

41 Pero ellos estaban muy asombrados, y se decían unos a otros: “¿Quién es este hombre, que hasta el viento y el mar lo obedecen?”.

*

6 No se preocupen por nada. Más bien, oren y pídanle a Dios todo lo que necesiten, y sean agradecidos. 7 Así, Dios les dará su paz, esa paz que la gente de este mundo no alcanza a comprender, pero que protege el corazón y el entendimiento de los que ya son de Cristo.


Rembrandt, Jesús calma la tempestad (1633)

Año XXVII, Núm. 4, Domingo 24 de enero de 2021

CULTO DE ADORACIÓN, Avance y Consolidación

Presiden: Niñas y Niños de la Iglesia

Introito


 

Entonces Moisés y los israelitas entonaron este

canto en honor del Señor:

Cantaré al Señor,

sublime ha sido su victoria;

caballos y jinetes hundió en el mar.

El Señor es mi fortaleza y mi refugio,

él fue mi salvación.

Él es mi Dios, por eso lo alabaré;

es el Dios de mi padre,

por eso lo ensalzaré.                  

Éxodo 15.1-2, BLP


Preludio: HNO. JACOBO NÚÑEZ CABRERA

 

La alabanza que brota del corazón

Habitantes de toda la tierra,

griten con todas sus fuerzas:

¡Viva Dios!

¡Adórenlo con alegría!

¡Vengan a su templo

lanzando gritos de felicidad!

Reconozcan que él es Dios;

él nos hizo, y somos suyos.

Nosotros somos su pueblo:

¡él es nuestro pastor,

y nosotros somos su rebaño!

Vengan a las puertas de su templo;

¡denle gracias y alábenlo!

Él es un Dios bueno;

su amor es siempre el mismo,

y su fidelidad jamás cambia.

Salmo 100.1-5 TLA

Oración de ofrecimiento

Himno: “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey” (704)

 

El perdón, fruto de la gracia 

Ministro: Pero te confesé mi pecado,

y no oculté mi maldad.

Me decidí a reconocer

que había sido rebelde contigo,

y tú, mi Dios, me perdonaste.             

Salmo 32.5

Momento de oración personal. / Oración audible.

Unidos/as: Dios mío,

tu perdón nos llega a todos

como una bendición;

tu perdón borra

nuestros pecados y rebeldías.

Tú bendices y declaras inocentes,

a los que no actúan con malicia.         

Salmo 32.1-2

 

Himno “Bondadoso Salvador” (92) 

La unidad inquebrantable de la iglesia

 

Saludo de la familia Gil Martínez

Himno: “Unidos/as” (405)

 

Plegaria comunitaria

 

El Señor es mi pastor, nada me falta.

En verdes praderas me hace descansar,

junto a aguas tranquilas me lleva.

El Señor me reconforta,

me conduce por caminos rectos

haciendo honor a su nombre.

Aunque camine por valles sombríos

no temeré mal alguno,

porque tú estás conmigo,

tu vara y tu cayado me sosiegan.

Salmo 23.1-4, BLP

 

Himno: “Cerca de ti, Señor” (314)

Oración de intercesión       A.I. Edith Martínez Vázquez

 

El mensaje que produce esperanza

Lectura del A.T.: Isaías 41.8-13

Lecturas del N.T.: Marcos 4.35-41; Filipenses 4.6-7

 

Reflexión bíblica


ÉL ESTÁ EN EL BARCO CONTIGO

Candidata al Santo Ministerio Tania Tamez Grenda

 

Una fe fortalecida y firme

Himno: “Todas las promesas” (151)

 

Las ofrendas del pueblo de Dios

 

Ustedes serán enriquecidos en todo sentido para que en toda ocasión puedan ser generosos, y para que por medio de nosotros la generosidad de ustedes resulte en acciones de gracias a Dios.                   II Corintios 9.11

 

Himno “Los panes y los peces” (438)

 

Bendición comunitaria

 

Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.

Deuteronomio 31.8

Bendición congregacional coral

Himno “Del amor divino” (319)


Postludio


Intereses de la comunidad 

 

ACOMPAÑAMIENTO BÍBLICO


 

Gente renacida para una esperanza viva (I Pedro 1.1-12) (II)

Dr. Salatiel Palomino López

 

2. Esperar con los pies bien plantados en la tierra

S

i bien los creyentes somos “hijos del mañana” (Rubem Alves) y ejercemos una espiritualidad intensamente escatológica, o sea, apegada al porvenir pleno de la libertad gloriosa de las hijas e hijos de Dios —lo cual es el núcleo y la esencia de la esperanza genuina: “porque lo que alguno ve ¿a qué esperarlo?” (Ro 8.24)—, dicha espiritualidad o estilo de vida no es escapista ni intimista, no trata de negar la realidad contradictoria y dolorosa, ni simple e irresponsablemente se fuga a un mundo ideal más allá de la tragedia actual, no se refugia en una nube celestial huyendo de las realidades terrenas, ni se esconde en un rincón íntimo de seguridad cuasi-monacal, ilusoria, olvidándose ingenuamente de las tragedias y desafíos del presente.


Al contrario, la dotación sobrenatural de la esperanza no es un fin en sí misma, sino un recurso, una herramienta “para”. Así, se dice que fuimos renacidos o renacidas “para”, para algo más, es decir, para construir el futuro con un propósito activo que tiene como escenario la realidad conflictiva, amenazante y desesperanzadora del presente. Esta esperanza se manifiesta como inconformidad con lo que ahora sucede. Pablo dice: “No os conforméis a este siglo (Ro 12.1). La esperanza nos mueve a transformar la realidad actual, no mediante el rechazo infantil y egoísta al dolor y el sufrimiento reales, sino mediante el esfuerzo para vivir victoriosamente frente a ellos.


El apóstol Pedro recuerda a los destinatarios de su carta que, para vivir con los pies bien plantados en la tierra, si es necesario, tendrán que “ser afligidos en diversas pruebas” (v. 6) y que su fe ha de ser “sometida a prueba” (v. 7); incluso, más adelante en esta misma carta les previene diciendo, “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (4.12). En otras palabras, el dolor, la prueba, los contratiempos de la vida, el sufrimiento, la tragedia no deben tomar por sorpresa a la gente de fe y esperanza. Jesucristo nunca nos engañó ofreciéndonos una religión fácil y placentera. […]


Las comunidades cristianas del Asia Menor a las que Pedro se dirigió estaban pasando por duros ataques en su contra por parte de paganos y judíos juntamente, pero, además de las persecuciones espontáneas y populares locales, para estos tiempos la represión ya parecía haberse convertido en una política oficial contra las cristianas de parte del Imperio Romano. En 3.15, Pedro aconseja a los creyentes a “[estar] siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”.


En esta exhortación, las palabras “defensa” (apologia) y “demande” (aitounti, aitía) son términos técnicos que se refieren a demandas judiciales, acusaciones o cargos oficiales, y a respuestas o defensas formales a las acusaciones presentadas ante un tribunal. Las creyentes estaban siendo citadas formalmente ante los jueces y gobernadores. El emperador Trajano, algún tiempo después de esta carta, dio órdenes de detener y perseguir a las cristianas. […] Tales son las crudas realidades históricas que no pueden ser ignoradas, frente a las cuales acontece la espiritualidad de la esperanza promovida por el apóstol Pedro entre las Iglesias del Asia Menor… y las de México, en tiempos del Imperio Romano o de la pandemia del covid-19.








 


Culto de acción de gracias por la vida del D.I. Odilón Arellano Aguilar

 


Orden del culto

Preside: A.I. Lauro Adame Brito

• Llamamiento: Salmo 16.5-11
• Himno: “A Dios adorad” (76)
• Saludo a la familia y a la iglesia
• Lectura bíblica: Salmo 116.1-15
   A.I. María Elena Paredes

• Reflexión: “EL SEÑOR NOS RECIBE EN SUS BRAZOS”
   Pbro. Alejandro Zamorano Ávila

• Himno: “Roca de la eternidad” (642) 
• Testimonios de fraternidad
• Himno: “Pues si vivimos” (653)

• Bendición final:

   Porque este Dios es Dios nuestro
   eternamente y para siempre;
   Él nos guiará aun más allá de la muerte (Salmo 48.14).


domingo, 17 de enero de 2021

Gente renacida para una esperanza viva, Pbro. Dr. Salatiel Palomino López

17 de enero de 2021

Introducción

El apóstol Pedro afirma que ha aparecido una nueva clase de seres humanos en el mundo. Son seres que constituyen una especie diferente porque desafía los estilos, los valores, las posibilidades, el destino y las expectativas del común de los seres humanos. Se trata de la comunidad creyente, esparcida por todo el mundo, en la que ha acontecido un prodigioso y significativo cambio que determina su existencia en la historia. Se puede afirmar que la fuerza secreta que opera en los cristianos y cristianas, que explica su notable transformación y que dinamiza su comportamiento, es la “esperanza”. Tal vez algunas décadas después de que la carta de Pedro circulara ampliamente por las comunidades cristianas del Asia Menor, otro gran creyente, cuyo nombre nos es desconocido, describía, en una bella carta, lo que esta clase de seres humanos había llegado a ser en el Imperio Romano. Cito un párrafo de ella extensamente:

V. […] los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos. Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suerte de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse. Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes extranjeros; contribuyen con lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, pero soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero no comparten el lecho matrimonial, cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aun así, son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

VI. En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo (Carta a Diogneto, en www.origenescristianos.es, consultado el 11 de enero de 2021).

1. Nacidas de la esperanza y para la esperanza

Si las personas cristianas han de ser para el mundo lo que el alma es para el cuerpo, es decir, el asiento y corazón de su verdadera y más pura vitalidad, conciencia, identidad, belleza y trascendencia, debemos tener muy en alto el asombroso milagro que lo hace posible. La Palabra de Dios lo llama “el nuevo nacimiento”, “la regeneración”, “la nueva criatura”, “el lavacro de la regeneración”, “nacer otra vez”, “nacer de lo alto” o “nacer del Espíritu”, que, como dijo el apóstol Juan, es la condición para “ver el reino de Dios” o para “entrar en el reino de Dios”. Es el acceso a esta dimensión del reino celestial lo que se hace factible por medio del formidable portento de la regeneración. Y nuestro texto de hoy asegura que la totalidad de la obra del Dios Trino, desde la eternidad y a lo largo de todos los siglos de la historia, desemboca en este maravilloso nacimiento cuando nos dice que Dios “nos hizo renacer para una esperanza viva” (v. 3).

Esto nos constituye en seres nacidos de la esperanza y para la esperanza, por cuanto el Ser que nos ha engendrado para esta realidad es nada menos que “el Dios de la esperanza” (Ro 15.13), es decir, el Dios del futuro, el Dios cuyo ser y proyecto gloriosos encontrarán su máxima expresión y esplendor en el porvenir, en “aquel día” cuando serán revelados y consumados en plenitud sus intenciones y sus planes para la humanidad, la historia y la creación entera. Así que somos hijas e hijos de la esperanza y hemos sido puestas en este mundo para el ejercicio de la esperanza, para aprender a esperar lo cualitativamente nuevo, las posibilidades eternas y gloriosas que no se dan en la historia, para “esperar de los cielos a su Hijo Jesucristo” (I Tes 1.10).  Somos gente nacida “del Espíritu”, y en la economía divina revelada en las Escrituras, el Espíritu es el don para los últimos tiempos, para la era mesiánica final; a esta inevitabilidad del futuro divino nos aferramos “esperando contra esperanza”, es decir, frente a todos los fatalismos, frente a todos los pesimismos, frente a todas las ambigüedades que contradicen hoy las posibilidades del futuro divino. En esto consiste precisamente la espiritualidad cristiana, el talante, el estilo de vivir cristianamente en el mundo caído.

 

2. Esperar con los pies bien plantados en la tierra

Si bien los creyentes somos “hijos del mañana” (Rubem Alves) y ejercemos una espiritualidad intensamente escatológica, o sea, apegada al porvenir pleno de la libertad gloriosa de las hijas e hijos de Dios —lo cual es el núcleo y la esencia de la esperanza genuina “porque lo que alguno ve ¿a qué esperarlo?” (Ro 8.24)—, dicha espiritualidad o estilo de vida no es escapista ni intimista, no trata de negar la realidad contradictoria y dolorosa, ni simple e irresponsablemente se fuga a un mundo ideal más allá de la tragedia actual, no se refugia en una nube celestial huyendo de las realidades terrenas, ni se esconde en un rincón íntimo de seguridad cuasi-monacal, ilusoria, olvidándose ingenuamente de las tragedias y desafíos del presente. Al contrario, la dotación sobrenatural de la esperanza no es un fin en sí misma, sino un recurso, una herramienta “para”. Así, se dice que fuimos renacidos o renacidas “para” algo más; es decir, para construir el futuro, con un propósito activo que tiene como escenario la realidad conflictiva, amenazante y desesperanzadora del presente. Esta esperanza se manifiesta como inconformidad con lo que ahora es. Pablo dice: “No os conforméis a este siglo (Ro 12.1). La esperanza nos mueve a transformar la realidad actual, no mediante el rechazo infantil y egoísta al dolor y el sufrimiento reales, sino mediante el esfuerzo para vivir victoriosamente frente a ellos.

El apóstol Pedro recuerda a los destinatarios de su carta que, para vivir con los pies bien plantados en la tierra, si es necesario, tendrán que “ser afligidos en diversas pruebas” (v. 6) y que su fe ha de ser “sometida a prueba” (v. 7); incluso, más adelante en esta misma carta les previene diciendo, “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (4.12). En otras palabras, el dolor, la prueba, los contratiempos de la vida, el sufrimiento, la tragedia no deben tomar por sorpresa a la gente de fe y esperanza. Jesucristo nunca nos engañó ofreciéndonos una religión fácil y placentera. Él dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt 16.24); desde entonces, la vida de fe se da a la sombra de la cruz, pero también a la luz de la esperanza de la resurrección. Esto último es o que la hace una esperanza viva, no falsa ni vana. La espiritualidad de la esperanza se experimenta con los pies bien plantados en la tierra. Eso lo aprendieron los lectores y lectoras de esta carta. Y por eso el modelo, el recurso y el compañero de quienes esperan es únicamente Jesucristo.

Las comunidades cristianas del Asia Menor a las que Pedro se dirigió estaban pasando por duros ataques en su contra por parte de paganos y judíos juntamente; pero, además de las persecuciones espontáneas y populares locales, para estos tiempos la represión ya parecía haberse convertido en una política oficial contra las cristianas de parte del Imperio Romano. En el capítulo 3.15, Pedro aconseja a los creyentes a “[estar] siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. En esta exhortación, las palabras “defensa” (apologia) y “demande” (aitounti, aitía) son términos técnicos que se refieren a demandas judiciales, acusaciones o cargos oficiales, y a respuestas o defensas formales a las acusaciones presentadas ante un tribunal. Las creyentes estaban siendo citadas formalmente ante los jueces y gobernadores. Algún tiempo después de esta carta, sabemos que el emperador Trajano había dado órdenes de detener y perseguir a las cristianas. En una carta del año 117 d.C., Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (provincia mencionada por Pedro en 1.1) consulta al emperador sobre los castigos para los creyentes que había ya apresado. Tales son las crudas realidades históricas que no pueden ser ignoradas, frente a las cuales se da la espiritualidad de la esperanza promovida por Pedro entre las Iglesias del Asia Menor... y las de México, en tiempos del Imperio Romano o de la pandemia del covid-19.

3. Esperar con corazones gozosos

Pero el apóstol Pedro también instruye a los cristianos acerca del estado de ánimo con que pueden y han de enfrentar las adversidades y las pruebas. El poder de la regeneración para la esperanza es de tales dimensiones que las nubes más oscuras y las condiciones más sombrías no pueden desterrar del corazón creyente el gozo, la alegría, el regocijo que ilumina desde el futuro la realidad del presente. El poder de la resurrección, que es el poder del siglo venidero y del reino de Dios, ha inundado ya las vidas de las hijas e hijos de Dios; y poseyendo también el Espíritu que ha sido derramado en sus corazones, arras anticipatorias de la herencia eterna, ahora pueden inundar de luz la penumbra del presente haciéndola más risueña, agradable y prometedora. Como ahora los cristianos tiene acceso anticipado a los tesoros de “una herencia incorruptible, incontaminada, e inmarcesible, reservada en los cielos para [ellas]” (v. 4) y se saben también seguramente “[guardadas] por el poder de Dios mediante la fe, para  la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (v. 5), viven en el presente con alegría indestructible (v. 6), y, a pesar de que no pueden ver al Señor todavía claramente y cara a cara, “[se alegran] con gozo inefable y glorioso” (v. 8), que es el gozo del cielo, la agalliasis escatológica o bienaventuranza divina cuya excelsitud y contundencia no se puede explicar con palabras y que corresponde a la feliz celebración de la fiesta eterna de las bodas del Cordero a las que somos invitados.

La espiritualidad cristiana, que es la espiritualidad de la esperanza, no es una piedad adusta y sombría, penitencial y punitiva, presa de la morbidez y dada a la flagelación, como la del monje, sino una piedad vigorosa, vivaracha y danzarina, juguetona y feliz, que puede regocijarse aun en medio de las tribulaciones y las amarguras (Ro 5.3), y puede transformar las tristezas del presente con el regocijo que la inunda. Por eso es una espiritualidad militante y rebelde contra el intento de perpetuar el statu quo cargado de tristeza, de enfermedad, de opresión y de desesperación que caracteriza al presente a pesar de los inútiles y masivos esfuerzos por hedonizarlo artificialmente a base de la exitosa industria del entretenimiento. Entre los pecados contra el Espíritu Santo, que son también pecados contra la esperanza, algunos teólogos de la antigüedad incluían la tristitia o acedia, la tristeza, el cansancio, el aburrimiento, la carencia de esperanza que asume dos formas, la presunción (anticipación arbitraria de la promesa divina creyendo que ya la hemos alcanzado plenamente) y la desesperación (creer inalcanzable el cumplimiento de la promesa divina, resignarse a sufrir el presente estado de cosas ya sin remedio). 

4. Luz al final del túnel

Un grupo de jóvenes de la Sociedad Heraldos de Cristo solía ir de excursión al Río Chontacuatlán, Guerrero, cerca de las famosas Grutas de Cacahuamilpa. En un punto de su cauce, el río llega al pie de una montaña y penetra en ella por una cueva, para continuar su curso y salir al otro lado de la montaña. Los jóvenes solían entrar en el río y recorrerlo avanzando por dentro de la cueva durante cinco o seis horas, a veces vadeando, a veces nadando, pero siempre moviéndose dentro de la más densa oscuridad. Por supuesto, llevaban lámparas para alumbrarse en el recorrido, pero algunas veces se agotaban las baterías o, arrastrados por la corriente del río las soltaban involuntariamente y debían juntarse a otros jóvenes para compartir la luz. El recorrido era fatigoso y lleno de aventura y peligros, debiendo mantenerse unidos y soportar lo frío del agua, los golpes contra las rocas, las caídas de agua y la oscuridad. En cierta ocasión, uno de los jovencitos sin experiencia y con mucho miedo, se fue rezagando del grupo que debía avanzar para no agotar la luz de sus lámparas. Uno de los líderes experimentados se quedó con él para acompañarlo, ayudarle y alentarlo.

A medida que avanzaba el tiempo se iban rezagando más y más. Para su desgracia el joven se quedó sin la luz de su lámpara y, arrojado por la corriente contra una roca, entró en pánico y se aferró a la roca negándose rotundamente a continuar, completamente paralizado por el terror que se apoderó de él. Después de un largo rato, y sin poderlo convencer para continuar el recorrido a pesar de las explicaciones, exhortaciones y amenazas, el líder comenzó también a preocuparse y a temer lo peor viendo cómo su lámpara comenzaba a fallar también; decidió entonces asegurar al jovencito en donde estaba, poner alguna señal para identificar el lugar y adelantarse él para conseguir ayuda. Cuando había avanzado alguna distancia, de pronto le pareció ver una pequeña chispa de luz a lo lejos en la oscuridad, pero de inmediato desapareció. Un poco más adelante, sin embargo, volvió a ver la chispa de luz, pero esta vez se mantuvo estable. Inmediatamente, y con regocijo, se dio cuenta de que ya venían sus compañeros en busca de ellos y pronto volvió al lado del jovencito para informarle que había visto una luz que indicaba que ya venían por ellos. Al oír esto, el jovencito recuperó la calma y comenzó también a movilizarse y a avanzar hasta que, efectivamente, llegó el auxilio y finalmente alcanzaron la plena luz del sol radiante y calientito al otro lado de la montaña y en la compaña de sus amigos.

En nuestro peregrinaje por la vida en el mundo y en la historia, los creyentes también nos vemos a veces envueltos en densas y amenazantes tinieblas por las pruebas y dolencias del camino; pero para librarnos del pánico paralizante del dolor y la adversidad, Jesucristo que nos acompaña y la luz de su resurrección encienden en nosotras la luz de la esperanza cristiana que indica que pronto saldremos al otro lado del túnel. Por ello nuestro andar y nuestro ánimo pueden ser alegres y regocijados aun en medio de la tribulación. Amén.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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