jueves, 1 de abril de 2021

"¡Que muera en una cruz!", L. Cervantes-O.


Foto: Wim van‘t Einde, Unsplash, Federación Luterana Mundial (LWF)

2 de abril de 2021

A la memoria del Pbro. Demetrio Elías López, hermano y amigo de largas jornadas

El gobernador les preguntó: Díganme, ¿qué mal ha hecho este hombre? Pero la multitud gritó con más fuerza: ¡Que muera en una cruz! Mateo 27.23, TLA


Luego de la dispersión de los discípulos la noche de su prendimiento, Jesús va a afrontar en soledad total el remedo de juicio de que fue objeto, así como las torturas y el infame asesinato que buscó condenarlo al olvido total. La mascarada que encabezó el legionario romano Pilato culminaría en una masacre con tres cruces de por medio. Los encuentros cara a cara de Jesús con el sumo sacerdote (26.64) y con Pilato mismo (27.11-14: Jesús apenas le responde un par de palabras, a diferencia del diálogo casi filosófico del Cuarto Evangelio) fueron paradigmáticos, pues muestran el enorme desencuentro entre proyectos de existencia completamente opuestos. La extensa narración de Mateo muestra paulatinamente todos los episodios de esta tragedia anunciada por su protagonista: en el palacio de Pilato (1-2), suicidio de Judas (3-10), interrogatorio (11-14), sentencia (15-31), crucifixión (32-56), sepultura (57-61) y la guardia ante la tumba (62-66). Es un pulso narrativo sólido, intenso y comprometido con lo esencial del mensaje salvífico, puntualmente acompañado por las referencias proféticas del Antiguo Testamento.


Pilato, Judas, la falsa sentencia del centro político-religioso

Los tres primeros bloques colocan a Jesús prácticamente a expensas de sus enemigos (específicamente Pilato, Judas y los sacerdotes), aun cuando en el caso del segundo su destino, pautado también por la profecía antigua, lo relegará al peor espacio. Ya desde el inicio del cap. 27 la suerte de Jesús estaba echada pues existió un acuerdo al respecto: “Al amanecer, todos los sacerdotes principales y los líderes del país hicieron juntos un plan para matar a Jesús” (1). El conflicto desencadenado por la actuación de Jesús había llegado hasta el centro político y religioso, y éste no dudó en absoluto sobre la ruta a seguir. Cada detalle subsiguiente estaba subordinado a este contubernio mortal que decidió apartarlo violentamente del escenario. Porque precisamente en situaciones así, los actores ligados al poder suspenden sus eventuales diferencias y toman decisiones conjuntas que los benefician por igual. La autoridad invasora romana y los dirigentes religiosos cooptados desde tiempo atrás encontraron un enemigo común, de fuerte raigambre popular, que ponía en riesgo su influencia y podía producir protestas o estallidos indeseables.

El relato está plagado de momentos simbólicos:

a) El “Campo de sangre” (8-10): “Los sumos sacerdotes se muestran minuciosos observantes de la Ley, que prohibía dedicar al templo dinero de procedencia infame (cf. Dt 23.18). Deciden utilizarlo para una obra piadosa. De ahí el nombre del campo. El dinero impuro sirve para comprar un lugar impuro (cementerio)”.[1]

b) El sueño de la esposa de Pilato (19): “Ante la traición de Israel, Dios habla al paganismo. La mujer pagana, que no tiene la voz de Dios expresada en la Escritura, recibe su aviso y es sensible a él. El recado de la mujer de Pilato prepara la confesión del centurión y los guardias (27.54)”.[2]

c) La liberación de Barrabás (15-26): “Contraste entre los nombres: Jesús Barrabás (= hijo del padre) y Jesús llamado el Mesías. Pilato trata de liberar a Jesús, pues es consciente del verdadero motivo de la acusación: los dirigentes judíos ven en Jesús un rival que los despoja de su prestigio e influjo y anula su dominio sobre el pueblo”.[3]

d) Pilato se lava las manos (24-25): “Pilato, para eximirse de toda responsabilidad en la decisión, hace un gesto conocido en la cultura judía (cf. Dt 21.6-8; Sal 26.6a; 73.13b). Él que, como juez, puede y debe evitar la injusticia, por miedo al posible tumulto se deja presionar y la comete. Queda caracterizada la ‘justicia’ del poder político: entrega a la muerte a un inocente sabiendo que lo es. A este poder le interesa ante todo asegurar su permanencia; cuando la ve amenazada: sacrifica lo que haya que sacrificar”.[4]

e) Los soldados fingen coronar a Jesús (27-31): “Los soldados paganos parodian una entronización real. Ridiculizan en Jesús la esperanza mesiánica de Israel. Ahora más que nunca, el deseo de independencia y hegemonía que abrigaba el judaísmo puede ser objeto de irrisión; han rechazado al Mesías y no les queda más que la esclavitud. Quitar a Jesús sus vestidos significa despojarlo de su identidad. Ellos lo revisten de otra, que no es la suya, y esa es objeto de burla”.[5]

f) Simón de Cirene es obligado a cargar la cruz (32): “La figura de Simón Cirineo contrasta con la de Simón Pedro; mientras éste ha renegado de Jesús (26.69-75), aparece aquí la figura del discípulo que sigue a Jesús hasta la muerte (16.24)”.[6]


En el Gólgota: el clímax del sufrimiento asumido y purgado por Dios

 

El conflicto que describe Mateo en su historia encuentra su resolución en la muerte de Jesús en la cruz. Como muestra Mateo, la muerte de Jesús es deseada no sólo por las autoridades religiosas, sino también por Dios y Jesús. Las autoridades religiosas querían la muerte de Jesús porque creen que es un falso mesías (27.63) y, en consecuencia, una amenaza tanto para ellos mismos como para los líderes de Israel como para la propia existencia de Israel. Jesús quiere su muerte porque él, como el Hijo obediente de Dios, quiere lo que Dios su Padre quiere (26.39, 42). Y Dios quiere la muerte de Jesús (16.21) porque a través de él Dios establecerá un nuevo pacto por el cual Jesús expía los pecados (26.28) y media la salvación para todos (1.21; 24.14; 28.19).[7]

 

Al llegar al infame sitio de la ejecución, el Gólgota, Jesús recibe vino mezclado con hiel, una bebida insufrible, para que luego los soldados se repartan sus ropas y coloquen un letrero burlesco sobre la cruz (35-38). Rodeado de bandidos, escuchó las mofas de los testigos y las burlas provocadoras (39-40), a las cuales se sumaron los sacerdotes y maestros de la Ley, que no podían faltar, quienes se refirieron mordazmente a su mensaje sobre la cercanía de Dios (41-43), lo mismo que los bandidos (44): “Tercer grupo que ultraja a Jesús: sus mismos compañeros de suplicio. Nadie comprende el sentido de esta muerte. Se ve la raz6n de la angustia en Getsemaní. La muerte de Jesús en cruz, en lugar de ser una manifestación del Dios vivo, parece que lo oculta para siempre; es completamente opaca para Israel, que cree en un dios diferente”.[8] La acumulación de agravios fue espeluznante y hasta el narrador agrega una cuota de indiferencia hacia la crucifixión:

 

Mt menciona la crucifixión solo de pasada; se detiene, en cambio, en el reparto de la ropa. Los soldados echan suertes sobre ella, que les correspondía como botín. Otro gesto de hostilidad por parte del paganismo (cf. Sal 22.19). El letrero de la cruz reproduce la acusación de Pilato. La frase está construida en paralelo con las del bautismo y la transfiguración: “Éste es mi Hijo” (3,17; 17,5). Jesús en la cruz es el Hijo de Dios, el rey-Mesías designado por Dios. La cruz define su calidad: no es el Mesías triunfador y guerrero, sino el Hombre que da su vida para liberar a todos los hombres (cf. 20.28).[9]

 

El cielo oscuro: convulsión del cosmos ante la muerte del Hijo

El relato presenta a la tierra sumida en la oscuridad (tres horas, como los tres días de tinieblas en Egipto) como parte del trastorno cósmico ocasionado por la presencia de Jesús en la cruz (45). En el instante más climático de la historia, se escuchó, por fin, el grito suyo que apeló a las palabras del Salmo 22 para preguntar a Dios, su Padre, en su idioma materno, por qué lo había abandonado (46): “El tremendo escándalo de que Dios no salga en defensa del Mesías rey de Israel, es el que causa la incredulidad del pueblo (cf. 27.39-43 )”.[10] La incomprensión de la que fue objeto al no entender a qué se refería (47), como si hubiera llamado a Elías para ayudarlo (49), es seguida por una muestra más de odio al recibir vinagre (48; Sal 69.22). El último grito de Jesús coincidió con su muerte (50): otra vez la narración es simple y directa, pues se destacan con mayor intensidad las consecuencias del deceso. Primeramente, el velo del templo se partió, la tierra tembló y las rocas se partieron (51); luego, se abrieron las tumbas y algunos muertos fieles resucitaron (52). Finalmente, esas personas entraron a Jerusalén y fueron vistas (53). Estos sucesos anunciaron la llegada de los tiempos mesiánicos, pues comenzó a evidenciarse la victoria de la vida sobre la muerte.

 

En la cruz tiene lugar la teofanía definitiva, en la que Dios se revela a los hombres de una vez para siempre. Se revela en su debilidad y en su fuerza.

La debilidad se manifiesta en Jesús muerto y ultrajado: el que ha dado la vida para dar vida al hombre, ve su amor rechazado. […]

Se cumple, en su sentido verdadero, el contenido de la acusación proferida contra Jesús en el juicio ante Caifás: el antiguo santuario queda anulado, se ha levantado el nuevo (cf. 26.61).[11]

 

El resultado inmediato en el ámbito de los verdugos romanos es que ellos, al experimentar el terremoto (54a), fueron poseídos por el miedo y exclamaron, en una auténtica afirmación mesiánica y cristológica: “¡Es verdad, este hombre era el Hijo de Dios!” (54b), una verdadera anomalía y una extraordinaria contradicción de términos, pues brotó de los labios de quienes menos se esperaba: “Lo sucedido en la cruz equivale, por tanto, a aquella voz, y demuestra que Jesús es el Hijo de Dios, como lo confiesan los representantes del paganismo. Es así la cruz la revelación de Dios a los paganos en Jesús”.[12] El mayor escándalo de la historia de la salvación es recibido, asimilado y proclamado por algunos representantes del Imperio Romano:

 

La edición de Mateo del v.54 (véase Marcos 15.39) claramente muestra que estos portentos deben entenderse como el testimonio de Dios de la filiación divina de Jesús: la confesión del soldado de Jesús como el Hijo de Dios es una respuesta directa al “temblor” y las “cosas que estaban sucediendo”. En el v. 54, los soldados romanos son, propiamente, los destinatarios de una epifanía (cf. el lenguaje crudo de los vv. 51-54), con el resultado de que […] confiesan que Jesús es el Hijo de Dios.[13]

 

El universalismo del plan divino de salvación (que aparece en diversos momentos de este evangelio) se deja ver en ese momento final de una manera grandiosa.[14] Por último, pero no por ello menos importante, la narración de la muerte de Jesús en la cruz no pudo concluir sin hacer un reconocimiento explícito de la presencia de las mujeres “que miraban desde lejos” (55a). Ellas habían sido acompañantes fieles, siguiendo y ayudando a Jesús desde que salió de Galilea (55b). en primer lugar, María Magdalena, la más famosa; María, madre de Santiago y de José, de la familia de Jesús; y la esposa de Zebedeo (56), madre de Jacobo y Juan.

Esta larga narración, llena de puntualizaciones cristológicas, da fe de cómo Dios asumió y purgó el sufrimiento humano en toda su realidad en la persona de su Hijo. La cruz en donde fue asesinado su Hijo fue parte del camino salvífico que habría de desplegarse en el mundo para abrir las puertas a todos los seres humanos. La universalidad de la obra redentora de Dios llega hasta nosotros hoy con toda su fuerza para aplicar los beneficios de la fe en Cristo Jesús, potencialmente tanto a las víctimas, como a los victimarios. Tal como lo ha expuesto Jürgen Moltmann al discutir el grito de Jesús en la cruz:

 

Dios acompaña, Dios sufre con nosotros. Por lo tanto, donde vaya Cristo, el Hijo de Dios, allí también irá el Padre.

Por consiguiente, en la entrega del Hijo puede reconocerse la entrega de Dios, pues de otra forma no podría afirmarse en el evangelio de Juan: “El que me ha visto, ha visto al Padre” (14.9). En el abandono divino de Cristo, Dios sale de sí mismo, deja su cielo y está presente en Cristo, para llegar a ser el Dios y Padre de los abandonados. Cristo muere exclamando a Dios, por quien se siente abandonado. ¿Dónde está Dios en los acontecimientos del Gólgota? Está en el Cristo que muere. Hay muchas respuestas a la pregunta de “por qué”, y ninguna es satisfactoria. La pregunta acerca de “dónde” es más importante, pues su respuesta es Cristo mismo. […]

Mientras este mundo exista, Dios no sólo carga con la historia de sufrimientos de este mundo, sino también con la historia de injusticia de la humanidad. En el Cristo crucificado Dios mismo es la víctima entre las víctimas.[15]



[1] J. Mateos y F. Camacho, Evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, p. 267.

[2] Ibid., p. 270.

[3] Ibid., p. 269.

[4] Ibid., p. 270.

[5] Ibid., p. 271.

[6] Ídem.

[7] Jack Dean Kingsbury, Matthew: Structure, Christology, Kingdom. Minneapolis, Fortress Press, 1975, pp. xi-xii. Versión: LC-O.

[8] J. Mateos y F. Camacho, op. cit., pp. 274-275.

[9] Ibid., p. 273. Énfasis agregado.

[10] Ibid., p. 276.

[11] Ibid., p. 277.

[12] Ibid., p. 278. Énfasis agregado.

[13] J.D. Kingsbury, op. cit., p. 75.

[14] Cf. Mariano Ávila A., “Desarrollo de temas teológicos en el evangelio de Mateo, la internacionalización del pueblo de Dios: particularismo-rechazo-universalismo”, en Oikodomein, Comunidad Teológica de México, año 2, núm. 3, enero de 1996.

[15] J. Moltmann, Cristo para nosotros hoy. Madrid, Trotta, 1997 (Estructuras y procesos, serie: Religión), pp. 37, 39-40. Énfasis agregado.

Viernes 2 de abril, 12 hrs.

 


Alberto Durero, Lamentación por Cristo

Viernes 2 de abril, 12 hrs.

Preside: Fam. González Castañeda

Introito

Aunque Cristo siempre fue igual a Dios,
no insistió en esa igualdad.

Al contrario,
renunció a esa igualdad,
y se hizo igual a nosotros,
haciéndose esclavo de todos.

Como hombre, se humilló a sí mismo
y obedeció a Dios hasta la muerte:
¡murió clavado en una cruz!                             

Filipenses 2.6-8 

Preludio: Hno. Jacobo Núñez Cabrera

Llamamiento 

Ministro: Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. Porque sabía que por envidia le habían entregado. […]

Comunidad: Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás.

Ministro: Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!

Unidos/as: Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! 

* Oración de ofrecimiento

* Himno “Hubo quien por mis culpas” (161)

Ministro: Rememoramos hoy los instantes más relevantes de la entrega voluntaria de nuestro Señor Jesucristo en la cruz. La memoria de la fe lo trae hasta aquí para verlo en el pináculo del sufrimiento, aceptando en su persona toda la carga del pecado y del mal.


Oración comunitaria: Esa cruz lo recibió para que, desde allí, se afirmase paradójicamente el amor de Dios por toda la humanidad y su propósito eterno de redimirla mediante ese sufrimiento voluntario. Quiera Él que nuestra fe se vea sacudida y fortalecida por el impacto de ese extraordinario acontecimiento redentor. Amén.

* Himno “Incomparable amor” (164) 

Interludio 

Lectura del Nuevo Testamento: Mateo 27.32-46 

Reflexión bíblica 

“¡QUE MUERA EN UNA CRUZ!”

Pbro. L. Cervantes-Ortiz 

Himno: “En la cruz” (172)

Bendición pastoral 

Y bien saben ustedes que, para liberarlos, Dios no pagó con oro y plata, que son cosas que no duran; al contrario, pagó con la sangre preciosa de Cristo. Cuando Cristo murió en la cruz, fue ofrecido como sacrificio, como un cordero sin ningún defecto.

I Pedro 1.18b-19

Bendición congregacional

Himno “¡Divino amor!” (163) 

Postludio

 

_______________________________

ACOMPAÑAMIENTO BÍBLICO

·  Las multitudes, que habían simpatizado con Jesús, pero que nunca le habían dado su plena adhesión, son manipuladas por los dirigentes, el partido saduceo. Se cumple lo anunciado por Jesús en el apó1ogo de 12.43-45. La condición de las masas va a ser mucho peor que antes. Ahora van a ser c6mplices del asesinato del Mesías (cf. 21.39); arrastradas por sus dirigentes, van a perder el reinado de Dios (21.43). La manipulaci6n produce su efecto.

·  Ante la pregunta de Pilato, la multitud opta por Barrabás contra Jesús y pide para el Mesías la muerte infamante. A pesar de que el juez declara la inocencia del acusado, el fanatismo de la masa, llevado al colmo, pide con más fuerza su muerte; ella misma se priva de toda esperanza de liberación. EI Mesías debía efectuar su éxodo, llevando al pueblo a la liberaci6n definitiva. Ellos mismos lo rechazan y se condenan a la esclavitud. Los jefes han conseguido inculcar a la masa las ideas que convienen a sus intereses.

"Uno de ustedes me va a entregar a mis enemigos", L. Cervantes-O.

 

1 de abril de 2021

 

Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce. Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. Mateo 26.20-21, TLA

En este día estamos delante de una de las frases más famosas de la pasión de Jesús de Nazaret, como parte de un momento crucial y extremadamente dramático, en el que la celebración de la Pascua judía empalmó con su proyecto personal de manifestación del Reino de Dios en el mundo. Según el plan narrativo de Mateo, esta gran unidad textual comenzó con el siniestro plan de Judas Iscariote, miembro de los Doce, quien buscó a los sacerdotes para ofrecer la persona de Jesús, y obtuvo una respuesta inmediata (26.14-15). Al momento, buscó la oportunidad para entregarlo (v. 16): “Al contrario que en Mr, es Judas quien pide dinero por entregar a Jesús. […] El precio que los sumos sacerdotes ponen a Jesús se encuentra en Zac 11.12 (LXX) (cf. Mt 27.9s). Las treinta monedas de plata eran el precio de un esclavo (Ex 21.32)”.[1] El escenario estaba listo, así, para la exposición de la Pascua de Jesús, una construcción impecable dominada, primero, por el contexto litúrgico de la historia (“El primer día de la fiesta de los panes sin levadura”, 17) y, después, por la conciencia que Jesús tenía de la cercanía de “su tiempo” (v. 18), tal como lo expresó a sus seguidores/as al momento de preparar la cena pascual (18b).

Tres partes aparecen claramente en el texto: la preparación, el anuncio de la traición y la institución de la eucaristía. Al obedecer la orden de Jesús, los discípulos cumplieron su voluntad y ello se muestra en el relato que es escueto y directo: “Los discípulos fueron y prepararon todo, tal y como Jesús les mandó” (19). Al caer la noche, se sentó a la mesa con ellos (20). Como una ruptura del momento tranquilo y desenfadado que vivían, Jesús pronuncia las terribles palabras: “Uno de ustedes me va a entregar a mis enemigos” (21). La tristeza desencadenada por ellas produjo que se incriminaran entre sí, con la duda sobre quién había sido el traidor (22). Alguien del círculo más cercano al Maestro lo había hecho, prueba de lo cual es la siguiente afirmación: “El que ha mojado su pan en el mismo plato en que yo estoy comiendo, es el que va a traicionarme” (23). Jesús se sometió al designio anunciado sobre su persona (24a), pero eso no eximió de responsabilidad al culpable de la entrega. De ahí surgieron otras terribles palabras sobre su destino: “¡Más le valdría no haber nacido!” (24b). Judas se sintió aludido directamente y Jesús confirmó su culpabilidad (25). “Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no necesariamente a los oídos de todos. Es su último esfuerzo para que Judas tome conciencia de lo que va a hacer y recapacite”.[2] De haberse enterado los demás, quizá lo habrían matado.

La reconstrucción del suceso por William Barclay (basada en el Cuarto Evangelio) es notable, pues explica, para empezar, que Judas ocupó el sitio de honor, también las viandas que comieron, especialmente el charosheth (una pasta hecha con manzanas, dátiles, granadas y nueces, que representaba la arcilla con que los hebreos hicieron ladrillos en Egipto), las hierbas amargas (endibias, rábanos picantes, achicoria y marrubios) y pan sin levadura: “En un momento de la ceremonia se ponían algunas de las hierbas entre dos trozos del pan sin levadura, se untaban en la charosheth y se comían. Eso se llamaba sopa y era un signo de honor que el anfitrión en persona la preparara y la diera a un invitado. Jesús dio la sopa a Judas (Jn 13.26), y lo más probable es que Judas estuviera colocado junto a Jesús”.[3] Ése era el grado de familiaridad que Jesús tuvo con Judas, lo que contribuye a magnificar las dimensiones del distanciamiento y ruptura.

La persona de Judas, así como sus motivos más profundos para traicionar al Maestro, seguirán siendo un enigma como hasta hoy. Lanza del Vasto (1900-1981), poeta y novelista franco-italiano, le dedicó en 1938 una importante obra, en la que, según su aguda visión, como resume Armando González Torres:

 

Cuando es marginado de las filas del Bautista, Judas se solaza con los más extremos placeres que puede comprar el dinero de su padre y, luego, hastiado del lujo, mendiga en un burdel. Hasta que, entre intrigado y celoso, oye hablar de Jesús y se suma a sus adeptos. Su unión con el profeta nazareno no alivia su insatisfacción y sentimiento de aislamiento, Judas se siente desdeñado y experimenta amor, pero también una profunda envidia, tanto por los dones del maestro, como por su hosca sabiduría. Sin embargo, el mayor rencor a su mentor proviene de la veneración que le profesan los demás apóstoles y, sobre todo, la prostituta redimida, María Magdalena.

Por lo demás, a Judas le parece que, a menudo, el mensaje de Jesús es inextricable y contradictorio y que desperdicia sus milagros alimentando una fe para seres simples y desesperados.[4] 

En ese momento, el relato toma otro curso y se dedica a la acción de gracias del Señor al partir el pan (26a), para invitar, después, contra lo esperado, a comer ese pan tal como si fuese si cuerpo en un acto eucarístico, sacramental (26b). Lo mismo sucedió con el vino, que fue identificado por él con su sangre.

¿Estamos, pues, delante de una acción de antropofagia, así como fueron acusados los cristianos posteriormente? No precisamente, pues el sentido que otorga Jesús a esa comida mística/litúrgica va más allá del mero simbolismo inmediato:

 

Al identificar Jesús el pan con “su cuerpo” sustituye el código de la alianza antigua por el de la suya: la norma de vida para el discípulo es él mismo, su persona y su actividad. Invita a los discípulos a comer el pan, es decir, a asimilarse a su persona; es una expresión del seguimiento (cf. 16.24). La bendición que pronuncia Jesús pone este relato en relación con el primer episodio de los panes (14.19). La entrega de los discípulos a la gente, simbolizada por el reparto del pan, se hace posible por esta entrega de Jesús a ellos y la identificaci6n de ellos con Jesús.[5] 

El horizonte escatológico/salvífico es más subrayado en el caso de la sangre/vino, pues a partir de ésta anuncia lo que vendrá en ese futuro redentor que se avizora: “Esa sangre servirá para perdonar los pecados de mucha gente. Ésta es la última vez que bebo de este vino con ustedes. Pero cuando estemos juntos otra vez, en el reino de mi Padre, entonces beberemos del vino nuevo” (28b-29). Palabras que hoy nos resuenan de manera diferente y significativa, ante la separación y la distancia obligadas. “Jesús invita a todos a beber de la copa, es decir, a asimilarse a su muerte, que completa el seguimiento”. Esa sangre es derramada por todos los seres humanos (lit. “por muchos”, por todos y cada uno). En lugar de “vino”, Mateo pone “el producto de la vid” (como Marcos), para conectar este dicho con la parábola de los viñadores (21.33-41). El contraste es claro: éste es antiguo y el nuevo será el que se beba “cuando estemos juntos otra vez, en el reino de mi Padre” (29b). Ante este anuncio escatológico, no se puede aspirar a una mayor familiaridad o camaradería.

El relato concluye con una nota simple: “Después de eso, cantaron un himno y se fueron al Monte de los Olivos” (30): “El monte de los Olivos fue el lugar desde donde Jesús anunció la ruina de Jerusalén y el triunfo del Hombre (cf. 24.3ss). Es su pasión la causa de esa ruina y de ese triunfo”. Quiera Dios que el recuerdo y la participación en la mesa del Señor fortalezca nuestra esperanza en ese Dios que asumió y purgó el sufrimiento del mundo en la persona de su Hijo.



[1] J. Mateos y F. Camacho, Evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, p. 251.

[2] Ibid., p. 254.

[3] W. Barclay, Los hombres del Maestro. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1988 (Biblioteca catecumenal), pp. 87-88.

[4] A. González Torres, “Judas, el apóstol traidor”, en Laberinto, supl. de Milenio, 13 de abril de 2019, www.milenio.com/cultura/laberinto/judas-el-apostol-traidor.

[5] Ibid., p. 255.

Jueves 1 de abril, 19 hrs.

Jueves 1 de abril, 19 hrs.

Preside: D.I. Laura Cabrera Berrocal

Introito

Ese mismo día, Judas Iscariote, que era uno de los doce discípulos de Jesús, fue a ver a los sacerdotes principales y les dijo: “¿Cuánto me pagan si los ayudo a atrapar a Jesús?”. Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Y desde ese momento, Judas buscó una buena oportunidad para entregarles a Jesús.     

Mateo 26.14-16 

Preludio Hno. Jacobo Núñez Cabrera

 

Ministra: El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ¿Dónde quieres que preparemos la cena de la Pascua?

Congregación: Jesús les respondió: Vayan a la ciudad, busquen al amigo que ustedes ya conocen, y denle este mensaje: “El Maestro dice: yo sé que pronto moriré; por eso quiero celebrar la Pascua en tu casa, con mis discípulos”.

Todos/as: Los discípulos fueron y prepararon todo, tal y como Jesús les mandó. 

Oración de ofrecimiento

Himno “A solas con Jesús” (512)

 

Ministra: Al anochecer, mientras Jesús y sus discípulos comían, él les dijo: Uno de ustedes me va a entregar a mis enemigos. Los discípulos se pusieron muy tristes, y cada uno de ellos le dijo: Señor, no estarás acusándome a mí, ¿verdad?


Oración de confesión

 

D: Así como los discípulos experimentaron el riesgo de haberte desobedecido y abandonado.

C: Venimos ante ti, Señor, a reconocer nuestras faltas.

D: Y a rogar que mires nuestro arrepentimiento sincero por lo que hemos hecho y dejado de hacer.

C: Confiamos plenamente en tu disposición para perdonarnos y restaurarnos.

Unidos: Gracias, Padre, porque tu perdón viene hasta nosotros como una gran bendición. Amén.

 

Himno “Señor, tú me llamas” (537) 

Salutaciones

Himno “Que no caiga la fe” (634)

 

Lectura bíblicaMateo 26.23-30

 Reflexión

 

“UNO DE USTEDES ME VA A ENTREGAR A MIS ENEMIGOS”

Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

Himno “Oh, dulce Cristo, Salvador de mi alma” (253)

 

Ministra: Una vez más somos convocados/as a participar de la mesa del Señor. La apertura del Señor a la humanidad sufriente y arrepentida es total. Él nos recibe siempre con amor y ternura, a fin de promover la transformación total en nuestra vida. Su entrega total es la garantía de vida para todos/as quienes se acerquen a Él y lo acompañen en su pasión, muerte y resurrección. Amén.

Celebración de la Santa Cena

Ofertorio                                                                             

Demuéstrale a Dios
que para ti él es lo más importante.
Dale de lo que tienes
y de todo lo que ganes;
así nunca te faltará
ni comida ni bebida.                                   

Proverbios 3.9-10 

Bendición pastoral

¡Manténganse alertas! Que la verdad y la justicia de Dios los vistan y protejan como una armadura. Compartan la buena noticia de la paz; ¡estén siempre listos a anunciarla!                                                   

Efesios 6.14-15 

Bendición congregacional

Himno “Del santo amor de Cristo” (150, 1ª y 2ª est.) 

Postludio

Programa de abril de 2021

 







Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...