viernes, 4 de abril de 2008

Pascua, discipulado y servicio, L. Cervantes-Ortiz

Marcos 1.9-28
30 de marzo, 2008

1. El Jesús resucitado, fundamento del discipulado cristiano
Cuando Marcos decidió inventar el género evangelio y escribió su documento, habían pasado casi 40 años de los sucesos que relata. Su perspectiva estaba dominada por la experiencia de las comunidades pospascuales que desarrollaron una fe y una práctica marcadas por la firme creencia en la resurrección de Jesús y en sus consecuencias como presencia y acompañamiento. El Cristo resucitado, el Cristo de la fe, entendido ya como Señor de la Iglesia, proyectó la mentalidad de estas comunidades para que, más allá de las fronteras religiosas de su entorno, interpretaran lo sucedido con Jesús de Nazaret de una forma que no imaginaron ni anticiparon sus seguidores en los momentos que vivieron con él. La manera en que tuvieron que relanzar su fe y relanzarla en medio del rechazo y la comprensión pasó, en el caso de Marcos, por el filtro de la interpretación para reconstruir todo lo sucedido a la luz de la experiencia de la tumba vacía, pues la resurrección no solamente vino a resucitar también a la comunidad sino a imponer nuevas reglas ya sin la presencia física del fundador de la comunidad.
El Jesús resucitado, poco a poco fue invadiendo la mente de los creyentes para recordarles que el proyecto divino no consistiría solamente en articular comunidades de culto y celebración, pues ellas tendrían la enorme responsabilidad de continuar el anuncio y la práctica viva de la llegada progresiva del reino de Dios. Estos hombres y mujeres experimentaron un antes y un después en relación con su fe, pues el acontecimiento de Cristo había dividido sus vidas en medio de la dinámica escatológica del ya y del todavía no. Al pertenecer a la primera generación de judeocristianos, los seguidores/as de Jesús según Marcos leyeron y releyeron continuamente la vida y obra de Jesús, y su propia vida y obra, como un presente continuo que, creativamente, estaba fundando en el mundo una nueva forma de creer, alejados como estaban ya de las tradicionales formas establecidas de religiosidad y liturgia.
El Cristo resucitado desafió a la comunidad a entrar a una nueva fase del discipulado cuando la responsabilidad entera recayó sobre ellos. La presencia espiritual de Jesús, esto es, su promesa de estar permanentemente en medio de la comunidad, fue el motor que hizo que ésta se levantara nuevamente después de los terribles acontecimientos de la Pasión. Las décadas que les siguieron, hasta llegar al funesto año 70 en que Roma llegó con toda su fuerza a aplastar para siempre los levantamientos nacionalistas judíos fueron para los nazarenos el arco cronológico en el cual trazaron las líneas de acción que conformarían el rostro de un cristianismo que alcanzaría todos los niveles de la vida social de su época, con todo y que, siguiendo la orientación del primer evangelio, las acciones de los seguidores de Jesús, se llevaron a cabo, igual que las de su maestro, desde la clandestinidad y la marginación.

2. Pascua, discipulado y apostolado
En ese sentido, luego de la resurrección y posterior ascensión, los discípulos y discípulas de Jesús experimentaron una nueva transformación en sus vidas: estaban a punto de comenzar el apostolado, es decir, entraban a otra etapa del seguimiento de Cristo. Al momento que escribe Marcos, las fuerzas cristianas, dentro y fuera de Palestina, ya se habían agrupado en espacios geográficos, sociales y políticos que estaban encontrando su propio perfil. Los nombres de los dirigentes ya se asociaban a determinadas tendencias y estilos de predicación, práctica y misión. Según la tradición, el evangelio de Marcos participa de la óptica del apóstol Pedro y, debido a ello, la perspectiva de la vida comunitaria debía ser más respetuosa de determinados cánones apostólicos. Con todo, Marcos no deja de practicar una severa crítica del ambiente en medio del cual los hombres y mujeres seguidores de Jesucristo, van a vivir su fe y misión.
La comunidad va a acompañar a Jesús desde su llamamiento por parte del Espíritu y el inicio de su ministerio. La voz del resucitado será la que invite a la conversión para entrar al Reino (1.15) en continuidad con el mensaje de Juan (el Bautista). La respuesta inicial de los discípulos echará a andar la historia de la comunidad como una respuesta positiva y la construcción del grupo que va a continuar la obra de Jesús en el mundo. Para entonces, ya no habrá Templo en la mente y se va a vivir una especie de “orfandad espiritual” para acostumbrarse a vivir en comunión con Dios, pero afuera del espacio sagrado, litúrgico en que se había “encerrado” a Dios. Ahora lo encontrarían por todas partes.
Además, la comunidad de discípulos-apóstoles comienza a poner en funcionamiento “la autoridad de Jesús” (1.22), puesto que en la sinagoga (otra vez, no ya el Templo, espacio de sacrificio), espacio de la Palabra, Jesús se encuentra con quienes lo reconocieron todo el tiempo, los demonios. La predicación y acción de Jesús ahora corre por los zapatos de ellos y ellas, quienes deben afrontar nuevas circunstancias. La Pascua del Jesús resucitado se extendería hasta nuestros días en la espera de la Segunda Manifestación del Hijo de Dios.

3. Servir a Jesús, servir al Reino de Dios
La vocación de vivir al servicio del reino de Dios en Jesús revivió y fue reciclada en la vida de los discípulos. El lejano y escatológico Reinado de Dios ahora ya era una realidad que ellos debían experimentar y promover con todo lo que hicieran. La tensión entre un presente, preñado de posibilidades y retos, y un futuro utópico cuya plenitud solamente se atisbaba, hizo que los nuevos apóstoles ampliaran sus horizontes para rebasar fronteras progresivamente. Primero, las espirituales, para no dejarse encerrar por las limitadas creencias y dogmas del judaísmo ortodoxo. Segundo, las espaciales, geográficas, que los llevaron por todos los rincones del Imperio con la buena noticia de la resurrección de Jesús. Tercero, las fronteras ideológicas, sociales y políticas, que les exigieron responder y actuar con firmeza y convicción.
La Pascua del Jesús resucitado no fue, en consecuencia un tiempo o una temporada fácil, pues consistió en encontrar la forma de aterrizar el mensaje radical de cambio y renovación de la vida que, hoy como siempre, sigue acechando en todas las formas que el Espíritu considere adecuadas para hacer visible ese mensaje de justicia, paz e igualdad que está en el núcleo del reino de Dios, entendido como la plenitud de la voluntad de Dios en el mundo.

Pascua y seguimiento de Jesús, Anton Vögtle

30 de marzo de 2008

Un Resucitado cercano
La fe en la resurrección del Crucificado afirma, desde el comienzo, algo más, a saber, su asunción en una existencia de poder vital y operativo igual al de Dios; la institución de Jesús como representante del obrar salvífico y judicial de Dios. Eso mismo lo formulaba ya la expresión plenipotenciaria que introducía nuestro manifiesto, como sentido básico del acontecimiento pascual. El Nuevo Testamento no habla en ningún sitio de esa posición de poder del Cristo crucificado en el sentido de una lejanía espacial o temporal. La fe pascual nada tiene que ver con un Cristo lejano, sino con un Cristo cercano y presente a nosotros. «En lugar de la convivencia espacial y temporal con sus discípulos de entonces, se da ahora la comunidad con los seres humanos de todos los tiempos y de todo el mundo» (F. Hahn). Por eso la fe pascual no vuelve la vista atrás hacia la actividad del enviado escatológico de Dios, concluida con su muerte. La mirada se orienta fundamentalmente hacia adelante, hacia el obrar salvífico del Señor exaltado. Tal es la unánime convicción del Nuevo Testamento. El evangelio de Juan, que hace confluir con tanta fuerza la proclamación pospascual de Cristo con las palabras del Jesús terreno, puede en consecuencia hacer que Jesús asegure ya la víspera de su muerte: “No os dejaré huérfanos, sino que volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y vosotros viviréis” (14, 18s.).

“Yo estoy con vosotros”
Esta formulación de la frase conclusiva de Cristo hace destellar por última vez el poder divino del Resucitado. “Yo estoy contigo”, “Yo estoy con vosotros” constituye la expresión más densa con la que Yahvé se dirigía en las Sagradas Escrituras, ya fuese a Israel en conjunto, ya a los hombres más responsables de él, cuando lo que estaba en juego era un encargo especial o un particular peligro. “Yo estoy contigo...” (Ex 3, 12). “Como estuve con Moisés, también estaré contigo; nunca te dejaré en la estacada ni te abandonaré” (Jos 1, 5).
Pero es sobre todo en los esbozos históricos veterotestamentarios donde aparece la expresión “contigo” y “con vosotros” como “fórmula condensada de la teología de la alianza y del gracioso y ayudador «estar con» de Yahvé con su pueblo y con individuos concretos” (H. Frankenmölle).
¡Pascua significa esto también! Con esos discursos-YO que son exclusivos de Dios, el Resucitado puede asegurar su presencia autorizante, activamente auxiliadora y salvadora. Hasta tal punto se ha identificado Dios con el Jesús de Nazaret resucitado. Este, en cuanto Kyrios igual a Dios, se sitúa por encima del espacio y del tiempo. De la misma manera que Dios, puede hacerse presente en todo tiempo y en todo lugar. «Y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido quiere decir: Dios con nosotros" (1, 23). Con ese nombre, «Emmanuel», fue introducido Jesús al comienzo de nuestro evangelio. Lo que aquel nombre prometía se ha cumplido con una amplitud universal merced a la pascua: una vez resucitado, Jesús es el Señor divino, cercano y presente a nosotros.

La reconstrucción de la esperanza, L. Iván Jiménez J.

23 de marzo, 11 a.m.

Resurrección de Jesús, resurrección de la comunidad, Edith Martínez V.

23 de marzo de 2008, 7 a.m.

"Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios": la cruz de Jesús y la liberación en la historia, L. Cervantes-Ortiz

Marcos 15.1-41
21 de marzo de 2008

Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.
[1]
ALFREDO R. PLACENCIA

1. El no-juicio de Jesús: política y religión contra el abanderado del Reino de Dios
Como consecuencia de su cuestionamiento del Centro religioso-político que dominaba a su pueblo, Jesús está por fin frente a Pilato, cara a cara, quien lo llevará también a comparecer delante del pueblo como parte de una pantomima de justicia legalista. Ante la pregunta directa de si es el “rey de los judíos”, Jesús responde con ambigüedad porque la pregunta está falseada de principio, histórica y teológicamente, pero, evidentemente, Pilato no es historiador ni teólogo, es apenas un representante del poder imperial. Históricamente, los judíos no podían tener un rey porque la monarquía había fallado como vehículo del pacto de Dios con su pueblo. La sucesión de monarcas había sido una cadena de fracasos en la conducción de la relación del pueblo con Dios. Teológicamente, sólo Dios podía ser rey de los judíos, un pueblo acéfalo políticamente y a merced de las hegemonías de turno. La supuesta recuperación de la soberanía, como la etapa de los Macabeos o Asmoneos, no fue una recuperación del status antiguo, pues las comunidades seguían su vida insertas en una rutina dominada por el control político y religioso de las clases dominantes. De ahí que el relato de Marcos sea una visión de los vencidos, aquellos que sobrevivían muy lejos del poder. El encuentro de Jesús con Pilato es el diálogo imposible entre el poder material y la debilidad autoasumida, entre el tiempo limitado, cerrado, y la eternidad, entre el Reino de Dios y los poderes humanos absolutizados e idolátricos.
Pero a fin de cuentas, ¿quiénes eran Pilato y Caifás, los jueces y verdugos de Jesús? El primero era el quinto prefecto romano asignado para controlar Judea, Idumea y Samaria. Normalmente vivía en Cesarea, pero en la fiesta patriótica de la Pascua viajaba a Jerusalén para someter cualquier revuelta. Duró 10 años en el puesto. Caifás permaneció como dirigente religioso durante 18 años y fue destronado el mismo año que Pilato, pues la crueldad de éste resultó inaceptable incluso para el propio imperio. Eran la pareja perfecta para enfrentar a Jesús, así como fueron el producto de las intrigas para acceder al poder. Su relación tampoco era muy amable, pues Pilato tenía secuestradas las vestiduras del sacerdote, a quien se las “prestaba” durante el Día de la Expiación. A tal grado llegaba la sumisión de la religión ante el poder. Y todo esto lo observaba, muy de lejos, el pueblo.
La confrontación Jesús-Pilato muestra el contraste entre proyectos. Pilato desconfiaba de todo lo que oliera a judaísmo ortodoxo y creía que el movimiento de Jesús era una secta más. Su preocupación central era si Jesús era leal a Roma. Aceptar que era rey implicaría ser acusado de alta traición. Los sacerdotes lo acusaban teológicamente pues ellos percibían bien la clave teológica de la propuesta de Jesús. Pilato estaba atrapado en lo que veía como pleito interno de facciones judías, pero íntimamente era portador de la teología que años más tarde se impondría en la Iglesia.
2. El juicio del pueblo: la manipulación como instrumento de la injusticia

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino…?

La celebración de la Pascua en los tiempos de Jesús era una fiesta desnaturalizada porque la presencias del dominador romano le restaba autenticidad, además de que la celebración misma estaba viciada al formar parte del circuito litúrgico anual de la religión institucionalizada. El maridaje entre el poder, el judaísmo oficial y la religiosidad popular enmascaraba un conjunto de procedimientos (usos y costumbres) que hacían creer, en un espíritu carnavalesco de igualación transitoria de los diversos estamentos socioeconómicos, que el pueblo era tomado en cuenta. Pilato juega a ser magnánimo, pero sabe muy bien que el pueblo hará lo que su contubernio con los líderes religiosos imponga. El pulgar hacia arriba o abajo del César era sustituido por la “decisión dramatizada” de un pueblo sin criterios para discernir entre lo justo o lo injusto, igual que hoy lo hacen los medios masivos de comunicación. La intuición de los protagonistas del relato de Marcos es incisiva y precisa: Jesús es más peligroso que Barrabás, pues su mensaje potencialmente minaría hasta la raíz los cimientos del imperio que estaba a punto de condenarlo ¡en nombre de la voluntad popular! ¡Cuántas cosas no se han hecho en nombre de lo mismo! ¡Condenar a la muerte a un “benefactor”, si así pudiera vérsele con cierta condescendencia…
Jesús va a ser víctima de un juicio popular, de un linchamiento ejercido por la turba que decide tumultuariamente la muerte del profeta, de otro profeta más en la contabilidad de la ciudad. Se trataba de la “muerte social” de Jesús (E. Pérez-Á.), esto es, un juicio popular en plena fiesta religiosa, la cual ahora se desnaturaliza doblemente, pues debía celebrar la vida de Dios otorgada al pueblo y ahora se vuelve una bacanal de muerte, una orgía de sangre para consumo de los ávidos y morbosos. Jesús ha cumplido su propósito: ha subvertido los fines de la Fiesta y está desenmascarando el carácter tanatófilo de esa cultura sacrificial que no vacila en entregar a sus hijos a la muerte implacable y ciega. Tal como explica René Girard al estudiar antropológicamente el sacrificio como “necesidad” de muchas culturas para satisfacer las ansias más primarias de la humanidad y su instinto hematófilo. Satisfacer al pueblo es una empresa nefasta en manos de los poderosos manipuladores. La“industria del templo” es satisfecha por Pilato al entregar a Jesús para que las bajas pasiones de la masa anónima se cumplan.

3. Jesús, caricatura de rey según los usos: un rey desnudo y escarnecido

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera…!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

El teatro que se hace ahora con la figura del Jesús condenado forma parte de la farsa que entretendrá al pueblo ante el vaciamiento de sentido de la fiesta original, la de la liberación del pueblo, que ya queda completamente fuera de lugar. Se lleva a cabo un rito para despojar a Jesús de honorabilidad: es el desafuero absoluto de Jesús, su excomunión, su expulsión de la historia. Al ser candidato a la anónima cruz llena de ironía y burla, Jesús pasa a engrosar la lista de las miles de cruces que ha producido la injusticia ensoberbecida y blasfema, pues en nombre de la vida de muchos se condena al inocente sin posibilidad de un juicio auténtico. La humillación física, verbal y simbólica, la tortura establecida como mecanismo para amedrentar a la víctima y a los testigos, se va cumpliendo lenta, sordamente, en una liturgia en la que cada elemento cumple su función sarcástica: la púrpura, la diadema de laurel, el cetro, el Ave César. Los símbolos del poder teatralizado se cumplen en Jesús precisamente porque él no buscaba todo ello en la realidad sino para ridiculizar las estratagemas de los dominadores.
El proyecto del reinado de Dios va a brillar precisamente adonde los escarnecedores de Jesús lo subliman como un anti-rey, justamente allí, adonde su cuerpo se vuelve la prenda de un reino distinto, ajeno a las formas perversas que utiliza el poder para perpetuarse. Es la teología de la cruz en toda su intensidad, la que llama a las cosas por su nombre. Jesús no es rey según los usos materialistas. Los impostores castigando al supuesto farsante. Lo malo llama a lo bueno, malo, y viceversa: es la inversión de los valores. Las comunidades marginadas son quienes mejor aprecian esta subversión de los valores.

4. Jesús en la cruz: la muerte de Jesús y la liberación en la historia

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego…!
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
Ciégueme a mí también, quiero estar ciego.

Un hombre del norte de África ayuda a Jesús a cargar la cruz: la solidaridad desde el continente negro, en un momento multicultural en el que sólo faltó la presencia americana. Toda la ambientación resultaba tanatófila: el monte de la Calavera y luego, la repartición de su escasa, mínima herencia. Los romanos disfrutaban montando el espectáculo terrorífico, el circo mortal de la ejecución en la cruz. El circuito sacrificial se estaba cerrando, pues en este caso, como explica Girard, “la víctima es realmente inocente y no muere estrictamente para espiar pecados, sino para mostrar que el amor es más fuerte que la violencia. Dios no pide sangre, sino el corazón, y con el sacrificio de su hijo no busca venganza, a pesar de las posiciones justicialistas que consideran la muerte de Cristo como un castigo donde el ‘cordero de Dios’ sustituye y satisface por los auténticos culpables, los hombres” (B. Barranco, “Reflexiones sobre la Semana Santa”, en La Jornada, 19 de marzo de 2008).
Girard agrega: “Cristo es auténtico sacrificio no por ‘destruir’ el deseo con el dolor, sino por desmontar el materialismo que vive del deseo, mostrando que el hombre no es esclavo de aquél, sino que es capaz de amar” (Idem.) El sacrificio de Jesús es la culminación de un largo proceso de liberación de los sacrificios humanos. “Al aceptar su propio sacrificio siendo a todas luces inocente, Jesús deslegitima toda práctica sacrificial y así redime a las víctimas que le antecedieron”. Jesús quería ser la última víctima del sacrificio y comenzar un proceso para bajar de la cruz a todos los crucificados de la historia. Desclavar a todos los crucificados de la larga historia de violencia entre seres humanos poseídos por el odio y la injusticia. Pero no lo logró… Advirtió con su muerte que eso debía detenerse pero el festín de sangre ha seguido hasta la fecha, por eso hay que conmemorar la fecha de la cruz con la esperanza de que cese el odio del ser humano contra sí mismo. “No hay piedad para el hombre entre los hombres”, escribió Pablo Neruda. La liberación que obra Jesús en la historia pasa por la abolición del sufrimiento luego de haberlo experimentado hasta las heces.

5. Los efectos de la muerte en la cruz: Jesús profaniza a Dios
El silencio absoluto de Dios ante el grito de su hijo (palabras políticamente incorrectas): el supuesto abandono de Jesús en la cruz no implica la existencia de un Dios a-pático, pues Dios sufre con él en la cruz… pero no responde, no interviene, no lo salva. Jesús muere en abierta contradicción con su mensaje y la reclamación de los testigos es justa: que se libre a sí mismo. El velo del templo re rompe de arriba abajo: Jesús profaniza a Dios para siempre y lo saca de las paredes del templo para hacerlo un Dios de la calle, accesible a todos.
Finalmente, Es el triunfo de la debilidad, de la imptencia, sobre la soberbia. Es el triunfo de la debilidad, de la impotencia, sobre la soberbia.

[1] A.R. Placencia, “Ciego Dios”, en El libro de Dios. [1924] México, Conaculta, 1990 (Lecturas mexicanas, tercera serie, 9), p. 24. ´Para más datos sobre Placencia, véase: Gabriel Zaid, "Alfredo R. Plascencia", en Letras Libres, núm. 20, agosto de 2000, www.letraslibres.com/index.php?art=6472.

Jesús invita al banquete, L. Cervantes-Ortiz

Marcos 14.10-25
20 de marzo de 2008
1. La traición de Judas
La dinámica de la actuación de Jesús lo llevó, de manera inevitable, a enfrentar la traición de uno de sus seguidores. Como en todo movimiento clandestino, la infiltración, como parte de la estrategia de los adversarios, cumple la función de minarlo y acelerar la entrega del líder. No es Dios directamente quien entrega a Jesús, sino “uno de los doce”, explica Marcos (14.10): el contubernio entre Judas y los sacerdotes se consuma para que, dentro del “rejuego de voluntades humanas: la alianza de uno de los Doce con el Centro judío” (C. Bravo Gallardo), se lleve a cabo el acuerdo de acabar con Jesús y su movimiento a la vista de su evidente peligrosidad. El profeta campesino de Galilea estaba poniendo en riesgo la estabilidad conseguida con tantos esfuerzos y debía ser sometido a toda costa. Los autores intelectuales del crimen, escondidos tras las motivaciones de Judas, que no explica Marcos, intentan desviar la atención acerca de su responsabilidad, la cual, como siempre, quedará impune. El nombre de Judas, judío, muestra cómo la estructura religioso-política del judaísmo es la que se encarga del trabajo sucio de la eliminación de Jesús.
¿Acaso Judas era de verdad el discípulo insatisfecho y decepcionado por el accionar poco violento de Jesús y decidió cambiarse de bando para presionarlo y actuar como “un verdadero mesías”? Ríos de tinta han corrido al respecto en la búsqueda de tratar de explicar no sólo la actuación sino hasta la existencia de este hombre clave en la historia de la Pasión. Apenas en 2006 se resucitó un supuesto evangelio suyo que tácitamente lo exculpa. Aproximaciones teológicas y literarias han profundizado en su psicología y no han logrado gran cosa. Lanza del Vasto, gran escritor francés, en un libro equivalente a La última tentación de Cristo, de Kazantzakis, o Barrabás, de Pår Lagerkvist, sondea la interioridad de Judas y le hace decir, íntimamente, luego de negociar la entrega:

Querías que te trataran como Maestro, como Señor, como Dios, pero por más que hayas deseado elevarte por encima de mí, no podrás impedir que te derribe. El que se alce será rebajado. Ya veremos quién de los dos queda último en pie.
Si supieras que tengo el poder de mandarte sacrificar, te prosternarías delante de mí y me suplicarías que apartara de ti este cáliz. Pero ya no te serviría de nada, porque yo, yo quiero ser admirado, temido, amado por mí mismo. […] No lo digo por despecho; compruebo simplemente que el natural encadenamiento de las cosas comporta una justicia. Hágase la voluntad de las cosas, no la nuestra.
[1]

Éste es el preludio del banquete de Jesús con el que, siguiendo la tradición liberadora de la Pascua antigua, Jesús va a celebrar la actuación de Dios a favor de su pueblo y, al mismo tiempo, va a echar a andar una nueva tradición, liberadora también, en el sentido de que las acciones divinas del pasado reciben continuidad en su propio accionar a favor del pueblo pobre, humillado y ofendido.

2. La simbología del pan y el vino
Nuevamente hay sigilo y simbolismo para la preparación de la cena de pascua: dos discípulos van a la ciudad para ubicar el aposento y tener todo listo para la llegada, prácticamente subrepticia de Jesús. “Jesús aparece dueño de la situación, a pesar de la decisión de traición y condena que pesa contra él” (C. Bravo). Apenas se sientan a la mesa, él se refiere directamente a la traición: alguno de los que comparte el banquete es el traidor (14.18). No es una “cacería de brujas”, sin embargo, Marcos no deja de abundar en los detalles de esa pregunta y muestra a los discípulos invadidos por la preocupación y el terror de ser el posible culpable de fallarle al maestro. El texto no señala con índice de fuego a Judas, pues ya lo ha puesto como trasfondo del banquete y ahora Jesús subraya que es uno de los presentes, sólo eso, que come con él. El anuncio inmediato, de fuerte raíz escatológica, subraya las dimensiones existenciales y hasta metafísicas de semejante traición: Jesús emite un juicio sobre aquel hombre, pero asume para ello el título de Hijo del Hombre que “va” hacia su destino en medio de un conflicto humano que deformó la confianza y el compromiso en aras de unos intereses oscuros, como siempre.
El lenguaje eucarístico con que se dirige a sus seguidores hace un borrón y cuenta nueva para asumir el aspecto positivo de la reunión. Partiendo del recuerdo de la liberación divina, Jesús plantea una gran metáfora sobre el pan y vino como símbolos de un nuevo pacto. Como explica Bravo Gallardo:

En esa acción profético-simbólica condensa Jesús su práctica y su suerte. En el contexto de la Cena Pascual y del recuerdo del Éxodo, a través de la cual conquistó el pueblo la libertad y fue regalado con la Alianza, que lo constituyó como pueblo y como pueblo de Dios, un pan partido y entregado y una copa de vino compartida son usados por Jesús para expresar el sentido de su entrega. Ha compartido con la gente su pan, su vida, su fe en el Reinado del Padre; ahora comparte su cuerpo-pan para la vida, y su sangre será el sello de la Alianza que constituya al nuevo pueblo de Dios.
[2]

Se trata de una auténtica transfiguración simbólico-existencial y comunitaria: Jesús transforma el pan y el vino para centralizar en su persona el acto de entrega divina mediante el cual se formaliza el surgimiento de un nuevo pacto, que se cumplirá plenamente hasta el establecimiento definitivo del Reino de Dios. Jesús afirma que el banquete sigue abierto y que la invitación a participar del mismo abre las puertas de la esperanza para la llegada de ese reino de paz, justicia y armonía que tanto ansía la humanidad. No se trata solamente de un ritual antropofágico burdo o de un acto litúrgico que deberá repetirse hasta el cansancio: la conciencia escatológica de Jesús es transmitida a sus seguidores en un acto situado en la cotidianidad, en el transcurso de la vida del mundo, el cual será capaz de albergar ese reino, esa nueva situación existencial prometida a todos por igual. El pan y el vino representan una nueva espiritualidad y una nueva praxis de fe en la vida y en la historia, entendidas como espacio de la libre actuación de Dios.

3. Jesús y su crisis máxima antes del martirio
En lo que sigue después del banquete, la humanidad de Jesús toca fondo pues enfrenta, en palabras de San Juan de la Cruz, “la noche oscura del alma”, además del silencio de Dios la falta de apoyo de los discípulos. La oración de Jesús, en consonancia con su mensaje, es proximidad con el Padre y búsqueda de consejo. En este caso, el v. 36 sintetiza su plegaria, modelo de dependencia de Dios: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”. Jesús se encuentra con su destino irreversible, aquel al que le conduciría su praxis al servicio del Reino. “No quiere un final violento. No se trata sólo de la natural resistencia ante la muerte; es la rebeldía ante la desautorización que supone de toda su práctica, y el riesgo de que, así, la causa misma del Padre quede cuestionada. No entiende por qué deba todo terminar así. Y querría que el poder del Padre interviniera en la historia contra las decisiones humanas que lo condenan, para impedir de ese modo el triunfo de la violencia”.
[3]
La humanidad de Jesús explota a su máxima capacidad cuando está por afrontar el momento final y se encuentra con el realismo de la oposición a su proyecto, el proyecto del Padre.

Lo que el Padre quiere no es que el Hijo muera para “satisfacerlo”, sino que no evada mágicamente la condición humana: que permanezca fiel y que asuma la conflictividad de su historia hasta el final, como consecuencia de su opción a favor de la vida amenazada, y que no resista a la violencia usando un poder similar al que lo condena. Sólo así podrá desenmascarar el carácter homicida del “poder” del Centro y de la Ley de la Pureza, y romper el círculo diabólico que excluye al pueblo de la vida. El Hijo ha de dejar en manos del Padre el rescate del Reino y su propio rescate, hundiéndose en la oscura certeza de la esperanza contra esperanza.
[4]
Notas
[1] L. del Vasto, Judas. Trad. de Aurora Bernárdez. México, Jade Editorial, 1987, p. 156.
[2] C. Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. México, Centro de Reflexión Teológica, 1986, p. 198.
[3] Ibid., p. 199.
[4] Ibid., p. 200.

Jesús y la verdadera obediencia, Pbro. Silfrido Gordillo B.

19 de marzo de 2008

Jesús y el gran mandamiento de Dios, L. Iván Jiménez J.

18 de marzo de 2008

Jesús y la religiosidad como mercancía, Graciela Arellano

17 de marzo de 2008

Vésper de Palmas, A.I. Ricardo Ruiz O.

16 de marzo, 2008

martes, 18 de marzo de 2008

Jesús llega a la ciudad (Marcos 11.1-11), L. Cervantes-Ortiz

16 de marzo, 2008

1. Jesús en Jerusalén: ¿entrada triunfal?
El hecho de que Jesús provenga de la clandestinidad descarta cualquier posibilidad de una “entrada triunfal”. En todo caso, habría otras posibilidades: el relato del evangelio de Marcos subraya las enormes diferencias entre la llegada de Jesús a la capital de su nación y un rey “auténtico” para realzar sus aspectos profético-escatológicos: la humildad de su llegada contrastaría con los alcances futuros de su poder; la caricaturización de la entrada de un rey poderoso sobre un animal de carga acompañado de un grupo de pobres seguidores; la toma de la ciudad por parte de un grupo de provincianos que se integran a la celebración de la gran fiesta judía. Jerusalén era una ciudad de 30 mil habitantes, que en esas fechas los triplicaba para recordar la Pascua, la gran acción liberadora de Dios. Bajo el dominio romano, esta fiesta era vigilada minuciosamente para prevenir cualquier protesta o alzamiento, de modo que Jesús, al abandonar la clandestinidad luego de su actividad en Galilea, considera que su movimiento podía “asaltar” la ciudad mediante una serie de acciones simbólicas que mostrarán que su actuación al servicio del Reino de Dios, viene a desenmascarar a los poderes de su tiempo.
En primer lugar, envía, como los conquistadores de la Tierra Prometida, un par de discípulos como avanzada para preparar su entrada a la ciudad; la elección de un animal contrario al caballo de los militares romanos, además de situarse en continuidad histórica con las profecías mesiánicas, evidencia la sencillez de su proyecto, ajeno por completo a cualquier forma de triunfalismo religioso. El apartamiento del animal manifiesta el cumplimiento de un ritual de purificación para la labor que desempeñaría Jesús en la ciudad: caminar, por su libre elección, hacia la oposición más rotunda a su propósito de hacer presente el Reino de Dios en el mundo, a contracorriente de los poderes materiales que se habían adueñado de la vida social y comunitaria. La fiesta de la Pascua era una “fiesta tolerada” que había perdido, en gran medida, su carácter libertario para convertirse en mero “circo” y tradición, mediatizada como tantas celebraciones populares para el consumo acrítico de las masas enajenadas.
Como explica Carlos Bravo, en la dinámica del ministerio de Jesús, esta entrada a Jerusalén representó, simultáneamente, el juicio de Jesús contra el centro político-religioso y la condena de dicho centro a Jesús. Si la gente esperaba la restauración de un reino nacional judío, lo que Jesús anuncia es la llegada de ese reino, pero con otras características. Jesús va a Jerusalén como resultado de “una decisión madurada, que provoca el miedo y desconcierto en sus seguidores”. Los responsables del Centro religioso judío, que trató de desautorizar su actuación, ahora no tardará en encontrar la forma de deshacerse de él, “por que la gente lo escucha más que a ellos”.
[1]

2. Jesús enfrenta al Centro en el Centro mismo
El alboroto que genera la entrada de Jesús a la ciudad capital podía pasar desapercibido en una ciudad tan grande, acostumbrada a la entrada de hombres poderosos, con la diferencia de que ahora Jesús, junto con sus acompañantes, viene a completar una labor que ha comenzado desde el interior del país, es decir, desde los márgenes, las orillas, y ahora viene a consolidarse en el lugar políticamente más importante. La decisión de marchar a Jerusalén no era compartida por sus discípulos debido a que ellos compartían la mentalidad dominante: soñaban con el acceso al poder mediante acciones espectaculares y Jesús había luchado por corregir esa visión de las cosas. En eso consistió buena parte de la formación de los discípulos/as: en adaptar su mirada a los planes de Dios de insertar su reino en el mundo, más allá de las deformaciones de la propaganda y las ideologías dominantes, es decir, exactamente igual que hoy, cuando su entrada a la ciudad se interpreta en una clave triunfalista que deja de ver las verdaderas intenciones del Señor. “No ha bastado la crítica al poder, para cambiar su mentalidad; ni ha sido suficiente la denuncia del Centro, hecha en Galilea, para alertar al pueblo contra la manipulación que aquellos hacen de Dios. Tiene que enfrentarse, pues, con el Centro en el Centro mismo y así definirse claramente frente a tantas interpretaciones falseadas del proyecto de Dios sobre la vida del pueblo y sobre su propia identidad”.
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En ese contexto, la caricatura de entrada de un rey va a servir, paradójicamente, para que los orgullosos capitalinos, y toda la nación en general, purifique su esperanza de liberación, pues el Centro religioso-político había secuestrado la Alianza, la promesa divina y el acceso a ella. Los gritos de la gente (11.9: ¡Hosanna!) concentran las ansias populares de liberación, puesto que esta palabra aramea “alude al grito del pueblo por su liberación política: hosanna, sálvanos hoy, libértanos ya (Sal 118.25-26). Después de la Resurrección, el ‘hosanna’ se convirtió en una profesión de fe en Jesucristo’.[3] Además, las expresiones de júbilo concentraron las expectativas del pueblo y asociaron a Jesús con el mesías vengador, pues, como agrega Eliseo Pérez, la multitud “le asigna un título de político patriotero incompatible con su mesianismo basado en la justicia para toda raza, pueblo y lengua”.[4] Final e inevitablemente, Jesús llega al templo, con suma cautela y sospecha, pero no permanece en la ciudad, pues como agudo observador de la realidad, sabe que el rechazo hacia su persona y proyecto subirá de tono. “Él tenía sus redes sociales protectoras que velaban por su bien y que violaban las leyes inmorales del Sanedrín. Su refugio de Betania apoyaba la clandestinidad de su huésped”.[5]
Semejante claridad en el proyecto renovador de Jesús no le impidió darse cuenta del grado de oposición al que llegaría al confrontarlo con el proyecto oficial, definido desde Roma

3. Consecuencias de la entrada de Jesús a Jerusalén
En primer lugar, ya no habrá marcha atrás en el conflicto que Jesús enfrenta contra las estructuras religioso-políticas que oprimen y engañan al pueblo. La opresión y el engaño deben ser denunciadas y desenmascaradas para que la verdad y la justicia de Dios brillen a los ojos de todos, aunque no quieran reconocerlas del todo. Jesús compromete la legitimidad de las autoridades ante el pueblo y éste deberá optar, en los momentos más críticos, por lo que propone Jesús o seguir con la misma rutina de enajenación y celebracionismo irresponsable.
El no retorno de Jesús y su abandono de la clandestinidad, lo pondrá en el ojo del huracán y hará que su “pasión” vaya delineándose en la línea de una profunda incomprensión, consciente en el caso de los detentadores del poder, y profundamente inconsciente por parte del pueblo, cuya vida es lo que está en juego todo el tiempo. Jesús confronta el origen de la salvación para todos, a partir de la afirmación irrestricta del amor de Dios por todos, sin importar su ubicación en la escala social, cultural o religiosa.Además, la “preparación” de Jesús para el martirio acentuará las diferencias entre su mesianismo y el que el pueblo esperaba: la labor de Jesús comienza a adquirir el perfil que él buscaba para marcar la diferencia con los poderes que someten al pueblo, a fin de que éste sea capaz de potenciar su “mirada espiritual” y discernir entre aquellos que buscan realmente su beneficio, y quienes sólo se sirven de él para mantener sus privilegios y ahondar las divisiones de clase. La suerte de Jesús estaba echada del lado de los débiles y desprovistos de poder, pero armados con la esperanza en las acciones liberadoras de Dios.
Notas
[1] C. Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. México, Centro de Reflexión Teológica, 1986, p. 181.
[2] Ibid., p. 182.
[3] Eliseo Perez Álvarez, Marcos. Minneapolis, Augsburg, 2007 (Conozca su Biblia), p. 100.
[4] Ibid., p. 101.
[5] Idem.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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