sábado, 21 de diciembre de 2013

Una luz que viene de lo alto, L. Cervantes-O.

22 de diciembre, 2013

¿Quién de entre ustedes respeta al Señor?
¿Quién hace caso a la voz de su siervo?
El que ande entre tinieblas
sin un rayo de luz,
que confíe en el nombre del Señor,
que se apoye en su Dios.
Isaías 50.10, La Palabra (Latinoamérica)

En los llamados “cánticos del Siervo” de la segunda parte de Isaías (caps. 40-55), se expone un contenido y una modalidad de salvación distinta y superior a la que encontramos en el “Libro de la consolación” (Is 40-45) que, por otra parte, representa una de las cumbres del profetismo bíblico. En estos cánticos “se delinea una figura de hombre capaz de hacerse útil a los demás permaneciendo fiel al proyecto que Yavé tiene sobre él”.[1] El desarrollo de esta figura muestra la manera en que el profeta lo concibió y lo proyectó en medio de la situación histórica:

El primer canto (Is 42.1-4) presenta una nueva figura de profeta, objeto de la complacencia divina. El Señor le da su espíritu; lo forma (jasar), como formó al primer hombre, y lo hace instrumento, con una nueva modalidad, de una nueva salvación (mishpat) en favor de los pueblos. Él, atento a los débiles y fuerte con los poderosos, está decidido a cumplir hasta el final la misión que ha recibido: “no desistirá, no desmayará”. El segundo canto (Is 49.1-9a), semejante a un relato de vocación, expresa la conciencia que el siervo tiene de haber sido llamado para ser portavoz de una palabra salvífica a los de cerca y a los de lejos. El cansancio, motivado por la escasa respuesta de aquellos a quienes es destinada la salvación, es superado con la plena confianza en Dios y la rectitud en el obrar. Los sufrimientos, inseparables de quienes quieren comunicar la novedad de Dios, aparecen en el tercer canto (Is 50.4-9), donde el siervo se mantiene fiel, a pesar de que Dios parece abandonarlo. Finalmente el cuarto canto (Is 52.13–53,12) da una amplia y satisfactoria respuesta al tema del sufrimiento y del aparente abandono por parte de Dios que sufre el justo. (Idem)

En el tercer cántico (50.4-9) lo que está en juego es la manera en que el siervo afronta su tarea en medio de las dificultades, así como la receptividad de la comunidad de fe hacia las intenciones divinas de ampliar la plataforma del pacto para incluir a quienes no estaban considerados desde un principio, debido al etnocentrismo de otras épocas. La superación del mismo representó un enorme avance en la comprensión de la figura divina y de sus intenciones hacia la humanidad. “Frente a todos los ataques, él sabe que el Señor le defenderá siempre y que sus adversarios serán aplastados algún día. El clima es muy parecido al de las ‘confesiones de Jeremías’ (por ejemplo, Jer 20.7-13)”.[2] La gran lección de todo esto es la fidelidad al proyecto revelado por Yahvé, en este caso, la apertura de la gracia a todas las naciones, sin distinciones raciales, religiosas ni culturales, en un momento en que, gracias a la diáspora judía, ya era posible interactuar con seres humanos de diversas latitudes y cosmovisiones. El proyecto de “la luz de Dios para todas la humanidad” le reclamó al siervo histórico una fidelidad y una constancia que llegan hasta nosotros filtradas por la interpretación de que fue Jesús quien encarnó totalmente ese papel, esa disposición para el servicio absoluto que tanto escasea porque el perfil requerido para esta tarea es sumamente complejo: “Los cuatro cánticos parecen referirse a un mismo personaje, descrito gradualmente, ya desde el capítulo 42, como siervo, hombre de dolores, inocente, justo y fiel que, ante la injusta persecución de la que es objeto, no cede lo más mínimo en la misión recibida de anunciar una nueva salvación en contenidos y modalidades”. (Idem)
La proyección de la figura de este siervo en la persona de Jesús llevada a cabo por los evangelios fue algo natural, pues él lo encarnó de manera plena en todos los aspectos mencionados. Su compromiso incondicional con el plan divino y la disposición de discípulo, anunciados por el profeta, describen una actitud completa al servicio del anuncio de la venida de la luz de Dios para todas las naciones, justamente el mensaje que ahora celebramos como la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios en el mundo, la luz que viene de lo alto. Así resume José Luis Caravias este mensaje:

A la luz de su esperanza en Dios el pueblo descubre lo que está errado, toma conciencia de su deber como “Servidor de Dios” y empieza a transforma la realidad de acuerdo con el proyecto divino. Los opresores, porque no quieren perder sus privilegios, persiguen al “Servidor de Dios”. Pero él ya está acostumbrado a sufrir y no da marcha atrás. Siente viva en sí la fuerza de Dios.
En la medida en que el “Servidor” sigue adelante en su actitud, aumenta su sufrimiento (50.6). Pero él pone la cara dura como la piedra (50.7), y no huye. Sabe que en ese mundo injusto de egoísmo, la justicia y el amor sólo pueden existir bajo el signo del dolor. El sufrimiento es parte del camino hacia una auténtica fraternidad. Por eso va tranquilo, seguro de lo que le espera. Su valor nace de la certeza de estar practicando la justicia y de tener como garante al propio Dios (50.8). Al final, será Dios el que triunfará: el sistema de opresión caerá en pedazos.[3]



[1] J. Rodríguez Carballo, J. Andión y F.M. Enríquez Pérez, “Siervo de Yavé”, en www.mercaba.org/Catequetica/S/siervo_de_yave.htm.
[2] Claude Wiéner, El segundo Isaías: profeta del nuevo éxodo. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1980 (Cuadernos bíblicos, 20), p. 45.
[3] J.L. Caravias, “El siervo de Yavé: sufrimiento redentor”, en www.mercaba.org/Caravias/experiencia_06.htm.

Isaías 50.4-11

4 El Señor Dios me ha dado
una lengua de discípulo,
para saber dar al cansado
una palabra de estímulo.
Por la mañana estimula mi oído
para que escuche como un discípulo.
El Señor Dios me ha abierto el oído
y yo no me he rebelado,
ni le he vuelto la espalda.
Ofrecí mi espalda a los que me azotaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba;
y no me tapé la cara
cuando me insultaban y escupían.
Pero el Señor Dios es mi ayuda,
por eso no sentía los insultos;
por eso endurecí mi cara como piedra,
sabiendo que no quedaría defraudado.
8 Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará conmigo?
Comparezcamos juntos.
¿Quién me quiere acusar?

Que se acerque a mí.
9 Si tengo al Señor Dios como ayuda,
¿quién podrá condenarme?
Vean a todos desgastados como ropa,
la polilla los ha ido devorando.




sábado, 14 de diciembre de 2013

Letra 349, 15 de diciembre de 2013

GRITOS DE ADVIENTO
Juan Simarro Fernández
Protestante Digital, 11 de diciembre de 2013

Gritos de AdvientoEn esta época de Adviento, tenemos también que gritar a todas las naciones y a todos los pueblos, a todos los habitantes del planeta Tierra: ¡”Venid a ver, venid, la flor del Soberano, linaje de David”.
No hace muchos años, quizás desde la década de los años cincuenta, en las iglesias evangélicas que no eran de corte reformado, iglesias muchas de ellas muy conservadoras y un tanto ajenas en muchos casos no sólo a la celebración de lo que se puede llamar el año litúrgico, sino a la propia historia del protestantismo y, por tanto, bastante ajenas a la historia de la Reforma, la palabra Adviento no se usaba. Si alguien, procedente de otros ambientes hablaba de Lutero, se le podía decir: “Aquí predicamos a Cristo, no a Lutero”. Épocas un tanto oscurantistas, sólo en cuanto a la historia, en varias iglesias evangélicas que, por otra parte, predicaban un Evangelio puro y libre de tradiciones humanas. Todavía hoy habrá muchas en las que se pase de largo de esta celebración que nosotros queremos reavivar: el Adviento.
Hay evangélicos hoy en España que, sacados de sus congregaciones conservadoras cuando eran niños, allá por los años cincuenta, pasada ya la posguerra, en tiempos de gran dificultad sociopolítica en España y en el área de las libertades religiosa, tiempos en los que muchos maestros de las escuelas públicas habían sido depurados, tiempos en que muchos intelectuales, artistas y profesionales estaban en el exilio, momentos en los que se podía perder el trabajo por ser protestante, épocas cuando se cantaba obligatoriamente en Cara al Sol en las escuelas públicas y, además, muchos niños evangélicos tenían problemas por el hecho de serlo. En esta época, ya superando  la  dura  posguerra,  a muchas de las regiones de España llegó una noticia de que en Madrid existía un colegio evangélico al que podían ir los niños que tuvieran problemas en las escuelas públicas, los hijos de los migrantes españoles que tenían que salir por la falta de trabajo en España —eran los tiempos de la emigración española muy superior a la de ahora—, donde podían asistir niños huérfanos o de familias en situaciones de dificultad económica a los que se les podía buscar padrinos en el extranjero, fundamentalmente en Norteamérica. Era un colegio que había estado cerrado durante y después de la guerra civil y que abría sus puertas tímidamente, casi en la ilegalidad, sin tener reconocidas sus enseñanzas, pues los alumnos tenían que ir a examinarse como alumnos libres a los institutos… Tiempos difíciles.
Pues bien, muchos niños de diferentes regiones, proviniendo de aquellas iglesias conservadoras, acabaron recalando como alumnos en este este Colegio Evangélico llamado El Porvenir buscando un ambiente evangélico sin discriminaciones por razones religiosas. Muy diferente aquella situación a la de ahora. Era, realmente, un hogar en donde niños se formaban. Había niños de toda España y de todas la denominaciones, pero era un colegio vinculado a las iglesias reformadas de la IEE en donde había presbiterianos, luteranos y otros reformados. Una interrelación denominacional que favoreció tanto a la iglesia reformada de la IEE como a las diferentes denominaciones más conservadoras.
¿Qué pasó con aquellos niños de esas iglesias conservadoras? Pues que quedaron, entre otras cosas, como deslumbrados por la celebración del Adviento, celebración desconocida para ellos. Para esa celebración, en el techo de un comedor bastante grande, se colgaba una gran corona de Adviento con sus cuatro velas rojas, largas, de las cuales se encendía una cada domingo de Adviento. En un devocional que teníamos cada noche durante todo el año que, simplemente, se le llamaba “La Oración” y que se hacía después de la cena, durante toda la época de Adviento sólo se cantaban himnos relacionados con este momento del año litúrgico. Muchos niños, acostumbrados solamente a celebrar la Navidad o la Semana Santa dentro del calendario litúrgico de sus iglesias conservadoras, quedaron impresionados y se fijaban en cómo toda la celebración iba acompañada, durante las cuatro semanas, de la lectura de las profecías. Los niños podían ver cómo todo estaba anunciado, previsto, cómo iba madurando en el quehacer profético hasta culminar con el Niño que nos es nacido, el Hijo que nos es dado.
Allí aquellos niños pudieron escuchar algunos de los gritos de Adviento. El primer grito de Adviento del que hacemos mención hoy, lo contenía un himno del himnario que usaba la IEE: ¡“Venid a ver, venid, la flor del soberano, linaje de David ”! Había que gritar en el Adviento para que la gente se acercara, para que los pueblos vieran. Hacía alusión a un rosal lejano en el arcano de los tiempos, que comenzaba a rebrotar. Se acercaba la Flor del Soberano, esa flor que comenzó siendo como un botoncito verde que después se transformó en un capullo hasta que reventando, comenzaba a mostrar su color y finalmente se abría como una rosa. ¡Cómo te vas a quedar quieto e inmóvil! ¡Tienes que venir a ver! ¡Venid todos!
Nosotros ahora también, en esta época de Adviento, tenemos también que gritar a todas las naciones y a todos los pueblos, a todos los habitantes del planeta Tierra: ¡”Venid a ver, venid, la flor del Soberano, linaje de David”! Muchos evangélicos, hoy ya mayores, aprendieron allí, en ese Hogar, a celebrar el Adviento. Allí estaba también la cuestión del linaje, de la descendencia de David que daría luego lugar al grito: “¡Jesús, Hijo de David”! como se dirigieron a Jesús muchas gentes. Ese reguero de linaje se podía seguir también a través de las profecías.
Por tanto, celebremos también hoy. Alegraos pobres de la tierra. Regocijaos ante el segundo grito que viene. Aquí lo tenéis. Es el segundo grito de Adviento que proponemos: “Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: esforzaos, no temáis; he aquí que Dios viene con retribución y pago; el mismo Dios vendrá y os salvará”. ¡Qué gran grito! Palabras de Adviento. Palabras esperanzadoras. ¿Quién lanzará hoy este grito de Adviento? Lo lanzamos desde estas páginas, pero quizás sea insuficiente. ¡Gritadlo todo el mundo!
Podríamos decir: Gritad y alegraos, pueblos de la tierra, desclasados del mundo. Buscad consuelo los sufrientes de una sociedad injusta. Avanza el Adviento. La Navidad se aproxima. Se acerca el momento en el que las profecías dicen que ”se alegrarán el desierto y la soledad, el yermo se gozará y florecerá como la rosa”. Son tiempos de alegría, de regocijo.
Seguid escuchando. Vamos a lanzar el tercer grito de Adviento: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios”. Consolaos. Dejad las penas. Haced una gradación de la alegría. Es un proceso de acercamiento. Nos acercamos a la Navidad. Id contando días, semanas. Coged el calendario. Pasan los días de Adviento, los domingos de Adviento, las semanas de Adviento. Cuanto más se acerca el tiempo, más emoción, más alegría, más ternura del corazón, más esperanza.
Tiene que llegar el clímax. La explosión de gran alegría. El momento cumbre. ¡Cantad! ¡Aclamad! ¡Entonad salmos a su nombre! Llegad al otro de los gritos del Adviento. El cuarto grito que lanzamos desde aquí. Sí. Hay otro de los gritos de Adviento en el que el profeta explota de alegría porque quiere que todo esto sea sabido por toda la tierra y estalla de regocijo y grita como con voz de trompeta: “Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”. Final glorioso, es la apoteosis del gozo… el corazón se rompe de alegría en la culminación del Adviento.
Aún falta otro grito, el último que os dejamos hoy aquí. Es el quinto grito que  lanzamos  hoy: “Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sion; levanta fuertemente tu voz, anunciadora de Jerusalén; levántala, no temas; di a las ciudades de Judá: ¡Ved aquí al Dios vuestro!”. Son preciosas palabras de Adviento que nos llenan de olor grato, el olor de la Flor de Adviento, del Dios que llega, que se nos acerca. Aprende a celebrar el Adviento. Levanta fuertemente tu voz en compromiso con esas cañas cascadas y esas rodillas endebles. El mismo Dios vendrá y nos salvará. ¡Feliz Adviento! Gozaos y alegraos. Dios se acerca a nuestra historia.
Nuestro agradecimiento al Colegio El Porvenir que, a tantos niños provenientes de lugares lejanos de todos los rincones de España, nos enseñó a celebrar el tiempo de Adviento.
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EL CMI HONRA EL LEGADO DE NELSON MANDELA

Evocando a Nelson Mandela como un líder que con su esfuerzo adquirió una sabiduría y una madurez sin parangón en nuestros tiempos, el secretario general del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) ha dado las gracias a Dios por la vida de Nelson Mandela, al que ha calificado de “regalo para Sudáfrica y para el mundo entero”.
Nelson Mandela, destacado activista de la lucha contra el apartheid, Premio Nobel de la paz y primer presidente negro de Sudáfrica, falleció el jueves 5 de diciembre a los 95 años en su casa de Houghton, cerca de Johannesburgo.
“Será recordado como el líder que trabajó por la unidad de una nación que una vez fue dividida deliberadamente según consideraciones raciales”, afirmó el Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, el secretario general del CMI. El Rev. Dr. Tveit añadió que Nelson Mandela fue un “libertador que con su fuerza y su personalidad emblemática elevó la dignidad de los africanos tras siglos de colonialismo, opresión y discriminación”.
Describió la relación de Nelson Mandela con el CMI como una relación especial, recordando su visita a las oficinas del CMI en Ginebra en 1990, poco después de haber sido puesto en libertad. Durante dicha visita, expresó su gratitud por el apoyo de las iglesias a la lucha contra el apartheid.
Cuando era presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela realizó una intervención durante la Octava Asamblea del CMI, celebrada en Harare (Zimbabue) en 1998. Durante esta intervención, elogió los esfuerzos de las iglesias contra el apartheid en Sudáfrica, así como a los misioneros que hicieron posible que durante su infancia pudiera beneficiarse de la mejora en el nivel de educación que estos aportaron a África. […]

ALC Noticias, 10 de diciembre

Actividades

CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 17 de diciembre, 19 hrs.
Modera: A.I. Lauro Adame B.

Llamamiento: Salmo 147.1-6
Oración de ofrecimiento
Himno: “Cantad alegres al Señor” (73)
Momentos de oración
Lectura bíblica: II Reyes 23.1-20
Tema: La reforma de Josías (II)
Himno: “De tal manera me amó” (160)
Ofertorio
Bendición pastoral

BALANCE DEL REINADO DE JOSÍAS
Pierre Buis

"Antes de Josías no hubo rey semejante a él, que se volviera al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza, siguiendo exactamente la ley de Moisés. Después de él tampoco hubo otro. Sin embargo, el Señor no abandonó la ardiente cólera que le animaba contra Judá, debido a todas las fechorías con las que lo había irritado Manasés. Y el Señor dijo: También suprimiré a Judá como suprimí a Israel" (23.25-27). No hay contradicción entre estos dos juicios con que termina la reseña sobre Josías. Puede muy bien elogiarse a una persona y constatar que su obra fue un fracaso. Casi sentimos la tentación de decir: este rey tan fiel al Señor habría merecido el éxito. Y es ésta precisamente la conclusión que el libro de los Reyes quiere justamente impedir que saquemos.
A pesar de sus buenas intenciones, Josías no podía triunfar. No se convierte a un pueblo a costa de medidas policiacas; el retorno rápido del pueblo a sus prácticas antiguas lo demuestra muy bien. Tenemos sobre esto los testimonios palpables de Jeremías y de Ezequiel. De forma más discreta, los últimos capítulos de los Reyes muestran la misma realidad. Y aunque las gentes de Judá se hubiesen adherido sinceramente a la alianza en que deseaba hacerles entrar el rey, el Señor no podía mantener la existencia de un reino que se había mostrado incapaz de realizar la vocación del pueblo de Dios. Josías llegaba demasiado tarde y el mecanismo de destrucción del reino de Judá estaba ya en marcha: Josías fue una de sus primeras víctimas.
Entonces, ¿para qué sirvió su reinado? De la obra de Josías ha quedado una cosa de gran importancia: el movimiento deuteronomista. La publicación del libro de la Ley puso en marcha este movimiento que unía a todos los que sostenían la política de renovación nacional emprendida por Josías. Especial-mente por sus escritos, el movimiento deuteronomista es uno de los que más ayudaron a Israel a atravesar la prueba del destierro sin perder su identidad ni su fe en el Dios de la alianza. La grandeza de Josías consiste en haberlo hecho posible.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

21 – Obra de teatro y cena de Navidad
22 –4º Domingo de Adviento/ Concierto del Coro Laudate Dominum
24 – Culto de Navidad

31 – Culto de fin de año

La luz de Dios salva al mundo, Rev. George Reyes

1.      Introducción

El ejemplo de los Santos Padres de la Iglesia y de uno en particular: El justo Filaré, quien cumpliría su misión como un verdadero siervo, mediante un servicio abnegado a Dios y a  los demás: los más necesitados de Dios, de vida y de amor.

2.      Situación de la audiencia

2.1. Isaías ministra en días de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá (745-680 a. C.), durante el tiempo en que fuera a cautiverio a la nación de Asiria esa parte de Israel (del norte) que ocupaba la zona norte de la tierra conquistada, después de su división. Durante ese tiempo, Asiria (al sur este de Israel) era una nación que iba ascenso de poder, conquista y dominio del mundo de aquel entonces, incluyendo el débil Israel.

2.2. Isaías fue, pues, testigo de la caída de esa parte de Israel (Israel del norte), y a otras naciones de la época, bajo el poder de Asiria. Al ver tal cosa, Isaías anima al resto de Israel (Judá) que habitaba en la parte sur de la tierra conquistada a confiar y depender de Dios solamente, pues Isaías vería la pronta caída también de Judá en manos de los babilonios. De ahí lo que les profetiza nuestro pasaje.

2.3.Veamos más de cerca algo de este pasaje.

3.      Exégesis elemental del pasaje

3.1.Ubicación (contexto literario) del pasaje:
3.1.1.        Nuestro pasaje se ubica en la parte segunda del libro en que Isaías profetiza al pueblo sobre el Mesías. Son los famosos cantos del “Siervo de Dios”, escritos con maestría poética al estilo hebreo.
3.1.2.        Específicamente, se trata del segundo de esos cantos, mediante el cual el profeta anuncia a Judá la esperanza que los debía mantener dependientes de Dios en la hora crítica que vivían y que se les avecinaba, y a nosotros nos deja ver más claramente el plan misionero redentor de Dios no sólo a favor de Israel, sino también de todas las naciones de la época y del futuro.
3.1.3.        Algunas cosas importantes que este canto enfatiza mediante un lenguaje poético, demasiado simbólico.

3.2. El canto:
3.2.1.      El canto es un poema que como todo poema no admite división. Es una unidad. Pero es posible subdividirlo en dos partes principales.
3.2.2.      Primera parte (vs. 1-2). Énfasis: Llamado del profeta a las naciones a escuchar el testimonio del siervo (en la segunda parte, veremos que es Israel) tocante a la elección que Dios le hiciera desde los tiempos remotos, a una misión que incluye  denuncia (juicio) y  protección del profeta.

3.2.3.      Segunda parte (vs. 3-7). Énfasis: El llamado es a Israel. Sin embargo, el NT nos revela que Jesús cumple a plenitud este tipo de profecía (Jn 12:37-43, 20:21; Lc 4); por eso, la Iglesia ha visto en el siervo de Isaías a Jesús. Entonces, en Jesús, enseña el canto, Dios será glorificado. El ha sido llamado a ser el siervo con una misión de salvación, de ser luz y de sufrimiento (v. 7a) no sólo para Israel, sino también para los confines de la tierra. Y hasta los poderosos, quienes reconocerán su divinidad (5-7). No es por casualidad que a partir del versículo 8 Isaías cante más ampliamente sobre la restauración futura de Israel.

4.      Resumen:
4.1. El pasaje es un canto del futuro siervo de Dios y esa calidad de siervo es encarnada en forma colectiva por Israel en los tiempos de Isaías; en este sentido, Israel tipifica al verdadero siervo que vendrá. Es claro que la visión profética de Isaías va más allá de la referencia a Israel: él predice la encarnación redentora de Jesús, llevada a cabo muchos años después de Isaías.
4.2. Quien convoca al siervo a la misión es Dios.
4.3. En su calidad de siervo de Dios, el siervo tiene una misión de juicio, redentora, de luz y de sufrimiento, en la cual es protegido.
4.4. En su calidad de siervo de Dios,  el  siervo es llamado a llevar a cabo esa misión en Israel.  
4.5. En su calidad de siervo de Dios, la misión del siervo no se limita a Israel, sino a todo el mundo venidero y a los poderosos de la tierra, quienes reconocerán quién es el siervo.

5.      El pasaje habla sobre algunas cosas hoy 

5.1. Al igual que Pablo, quien se ve a sí mismo como quien continúa el ministerio del siervo de Isaías, la iglesia es la sierva continuadora de ese ministerio misionero (Mt 28:18-20).
5.2. Pero ella ha de verse precisamente como sierva de Dios, no como dueña y señora de esa misión. Ella es convocada a tener el privilegio de participar en la misión de Dios.
5.3. Ella ha de llevar a cabo esa misión con humildad, que implica misionar desde abajo, desde la vulnerabilidad, desde el sufrimiento y desde el servicio abnegado a Dios y a los hombres, incluso poderosos. No ha de competir con los valores del mundo irredento.
5.4. En este sentido, la iglesia es la sierva que se esfuerza por llevar a cabo la misión del siervo del mismo modo como él la realizó, con excepción de la cruz.

5.5. Por qué no imitar a esos hombres y mujeres de Dios que nos han precedido en una misión que corresponde a un verdadero siervo de Dios y de los seres humanos, o como el mismo siervo de siervos: Jesús, el siervo de Dios por excelencia.

Isaías 49.1-7

La Palabra (Hispanoamérica)



Escúchenme, costas remotas,
atiendan, pueblos lejanos.
Ya en el vientre me llamó el Señor,
en el seno materno pronunció mi nombre.

Hizo de mi boca espada afilada,
me ocultó al amparo de su mano;
hizo de mí una flecha puntiaguda,
me puso dentro de su aljaba.
Me dijo: Tú eres mi siervo, Israel,en ti va a resplandecer mi gloria.
Pero yo pensaba: “En vano he trabajado,
en viento y por nada
he malgastado mis fuerzas”;
sin embargo, mi causa la llevaba el Señor,
mi recompensa dependía de mi Dios.
Y ahora así dice el Señor,
que me hizo su siervo ya en el vientre,
para que le trajese a Jacob,
para que le reuniese a Israel
(fui valioso a los ojos del Señor,
mi Dios fue mi fuerza):
Es muy poco que seas mi siervo
para restaurar a las tribus de Jacob
y reconducir al resto de Israel.
Voy a hacerte luz de las naciones
para que llegue mi salvación
hasta el confín de la tierra.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Letra 348, 8 de diciembre de 2013

ADVIENTO: TIEMPO DE VIGILANCIA, COMPASIÓN Y ESPERANZA
Carlos Ayala Ramírez

1. El Adviento consiste en despertar a la realidad
Velar, vigilar, es vivir cada instante conscientemente. Es salir del estado de inconsciencia, de apatía, de indolencia. La liturgia de la palabra propia del tiempo de adviento, pone dos voces (de fuerza profética) que invitan a despertar: Isaías y Juan Bautista. Isaías proclama la esperanza de una realidad en la que reinarán plenamente la misericordia y la justicia de Dios (Is 56.1; 65.17-19; 65.20). Juan, la voz que clama en el desierto, preparaba y anunciaba la llegada de un Mesías liberador. Pregonaba un bautismo en señal de arrepentimiento (Mc 1.3-4). Su predicación le valió ser apresado por el rey Herodes, que veía en ella un cuestionamiento a su poder y a sus privilegios.
Tanto en Isaías como en Juan Bautista, el llamado a despertar a la realidad exige concreción: alegría y gozo porque la vida de los débiles y oprimidos está protegida, porque el tiempo de Dios (su reino de amor y justicia) ha entrado en la historia humana. Quien vigila está abierto a esa misericordia y justicia de Dios. Está abierto al mundo (empatía), para transformarlo; al otro (pobres y víctimas), para reaccionar con compasión.
Desde ellos podemos afirmar que el tiempo de Dios no es simplemente un tiempo litúrgico retórico. Adviento no debe ser una liturgia sin historia, sino una liturgia que ilumina realidades concretas. Tenemos, en ese sentido, emblemáticos ejemplos: “¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Esta pregunta interpelante la hizo fray Antonio de Montesinos en su famoso sermón del cuarto domingo de Adviento de 1511, ante el maltrato, explotación y muerte de los habitantes de las llamadas Indias occidentales, por parte de quienes se consideraban “descubridores de América”. La interpelación fue dirigida, precisamente, a los conquistadores y colonizadores de la época. A los que se les exhortaba a despertar del sueño del egocentrismo que deshumaniza. Monseñor Romero en su homilía del segundo domingo de adviento de 1977, a propósito de las situaciones que estorban para ver al Cristo que viene, manifestó: “el vivir tan cómodo, tan instalado, tan rico, que prácticamente son materialistas, no tienen tiempo, no les importa analizar la situación dramática del país y de su propia conciencia, están muy a gusto en sus jaulas de oro” (4.12.7).
Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, también nos han hablado de la necesidad de estar atentos a ese momento especial de manifestación de Dios en nuestro aquí y ahora. Concretamente eso significa discernir los signos de los tiempos desde los pobres y las víctimas. Ellos y ellas, según Ellacuría y Sobrino, nos interpelan a ser humanos, nos hacen ver la verdad de la realidad y nos convocan a construir una civilización de la pobreza. Pobres y víctimas pueden ayudarnos a despertar del sueño de cruel inhumanidad, a pasar de la indolencia a la compasión. Pueden ayudarnos a hacernos cargo de la verdadera realidad del mundo (tener no solo un conocimiento que supera la ignorancia, sino llegar a la verdad que supere el encubrimiento). Pueden ayudarnos a forjar una nueva civilización que humanice, es decir, que no esté en función del capital, sino del ser humano, que pueda ser universalizable porque posibilita una vida digna y sustentable para todos, una civilización donde no haya lugar para lo superfluo, cuando las necesidades básicas de las mayorías no están cubiertas.

2. La misericordia que genera esperanza es la que se historiza
La misericordia que se historiza toma en serio lo real del sufrimiento y la práctica que lo transforme. Así lo visualizaba el profeta Isaías: “Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en jardín, y el jardín parecerá un bosque; aquel día oirán los sordos las palabras del libro, sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos; los oprimidos volverán a festejar al Señor y los pobres se alegrarán con el Santo de Israel, porque no quedarán tiranos, se acabarán los cínicos y serán aniquilados los que se desviven por el mal” (Is 29.17-20).
Leonardo Boff, en su libro El cuidado esencial nos dice que la nota dominante del mundo actual no es la misericordia, sino el descuido, la indiferencia y el abandono. Hay descuido e indiferencia por la vida de los niños y niñas: en América Latina tres de cada cinco niños trabajan, en África, uno de cada tres, en Asia, uno de cada dos. A esos niños se les niega la infancia, la inocencia y la posibilidad de soñar. Hay descuido y abandono por el destino de los pobres, castigados por la muerte del hambre crónica y mil enfermedades erradicadas en los países ricos. Hay descuido y perversión en los asuntos públicos: la sociedad se organiza en contra de las mayorías empobrecidas y a favor de las minorías privilegiadas. Hay un descuido y depredación de nuestra casa común (se envenenan suelos, se contamina el aire y el agua, se exterminan especies de seres vivos. Hay un descuido por la dimensión espiritual del ser humano, hay poco interés por cultivar el espíritu de ternura y de misericordia como actitudes fundamentales de convivencia humana.
Jon Sobrino, en su libro Fuera de los pobres no hay salvación, nos dice que en el mundo actual donde predomina no solo el descuido sino la deshumanización; la misericordia que se hace historia, que se hace carne, debe implicar la salvación de la muerte (particularmente salvar al pobre de la muerte lenta de la pobreza y de la muerte rápida de la violencia); salvar de la indignidad (con frecuencia las víctimas de este mundo no solo han sido ignoradas, sino tenidas por victimarias) buscando y comunicando verdad, sacando a la luz los males de la realidad (profecía); salvar de la no existencia a la que han sido sometidas pobres y víctimas, devolviéndoles la palabra, su nombre, su identidad, su rostro.
Solo la misericordia que se hace historia puede desencadenar esperanza y salvación. Eso fue lo que ocurrió con Jesús de Nazaret: en él se hizo presente El misericordioso (Dios), sanando, consolando, liberando, dignificando a los pobres, enfermos, extranjeros, mujeres, niños, pecadores.
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NELSON MANDELA: SÍMBOLO UNIVERSAL DE LA PAZ Y LA DIGNIDAD
Carmelo Álvarez
Lupa Protestante, 6 de diciembre

Hace unos minutos hemos visto y oído con asombro y dolor, pero también con una gran alegría pascual la noticia que dice, “Nelson Mandela ha muerto”. Mi convicción cristiana más profunda me dice todo lo contrario, ¡“Madiba”, Nelson Rolihlahla Mandela vive para siempre! Sí, para siempre en la memoria de su pueblo. En la sonrisa de hombres, mujeres y niños que lo admiraron por su sacrificio, tenacidad y santa terquedad de entrega a la causa de su libertad y la de todos y todas los sudafricanos blancos y negros.
Recuerdo vivamente mi visita a Sudáfrica en noviembre de 1995, durante su mandato como presidente. Se respiraba un regocijo colectivo que contagiaba y animaba en los mercados, las calles, las iglesias, los parques, y en las tertulias de los suburbios de Pretoria, Johannesburgo y Saulsville, donde prediqué en una iglesia presbiteriana independiente, un domingo de celebración de la gran cosecha. La feligresía cantaba, cantaba y bailaba, bailaba, en una gran fiesta de abrazos y afirmaciones. Era la celebración de su resurrección y libertad. Y daban gracias a Dios por Madiba. El abogado sonriente que lo dejó todo por proseguir el arduo camino de la lucha contra la hegemonía de la minoría blanca que oprimía ala gran mayoría negra. El apartheid que los marginaba, perseguía y oprimía, negándoles su derecho a ser y pisoteando su libertad.
Entonces, Nelson Mandela prosiguió por aquella senda que lo enfrentaba a la poderosa fuerza de un poder que se erigía con su razón de estado prepotente y una teología del terror que justificaba el racismo y la marginación. Y un día-12 de junio de 1964-allí frente al tribunal que lo sentenciaría a la cadena perpetua junto a sus compañeros de lucha coacusados, se levantó Nelson Mandela y pronunció estas palabras: "Toda mi vida he luchado por la causa del pueblo africano. He combatido la dominación blanca. He adoptado por ideal, el ideal de una sociedad democrática y libre donde todo el mundo viva conjuntamente en el país y con igualdad de oportunidades. Yo espero vivir para conquistar ese ideal, pero es, también, un ideal por el cual estoy preparado, si es necesario, a morir". (Citado en Juan María Alponte, Los libertadores de la conciencia. Lincoln, Gandhi, Luther King, Mandela (México, Aguilar, 2003, p. 493).
Nelson Mandela vivió y resistió la cárcel 27 años, y salió con la frente en alto para asumir con plena conciencia de su destino y hacia el ideal de construir esa democracia en verdadera libertad y equidad que siempre predicó y encarnó. Supo, además, dejar un legado de justicia y dignidad que se ha convertido en símbolo y estandarte universal en la lucha por la paz, la inclusividad y la vida plena. Se convirtió en un ente convocante, ícono de la alegría compartida y los sueños contagiados. A esa utopía hay que abrazarse en estos tiempos aciagos y azarosos. Mandela se aferró a las fuerzas bienhechoras para combatir las fuerzas malévolas.
Hoy, en tributo, devoción y respeto a este amante de la verdadera reconciliación, que con lágrima, dolor y sonrisa perfiló su presidencia como un gesto de recia voluntad de servir a su pueblo hasta el final, recordamos estas palabras diáfanas y transparentes: "Es importante, pienso, que un líder político hable de la vida y no de la muerte. Es preciso educar a los pueblos en el compromiso, sin corrido ‘heroico’, de la vida". (Citado en Juan María Alponte, Los liberadores de la conciencia, 538).
En los próximos días el mundo entero rendirá homenaje a Nelson Mandela, lo merece de sobra. Pero el mejor homenaje que pienso le gustaría a Madiba sería nuestro redoblado compromiso, como caminantes de una nueva humanidad, de redoblar nuestro compromiso por la paz con justicia y la verdadera reconciliación en un mundo nuevo. El que será posible si lo construimos. En la vida larga, fructífera y cierta de Nelson Mandela tenemos nuestro símbolo universal de paz y dignidad.

Actividades

CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 10 de diciembre, 19 hrs.
Modera: Hna. Estelita Sánchez R.

Llamamiento: Salmo 150
Oración de ofrecimiento
Himno: “Venid, nuestras voces alegres unamos” (73)
Momentos de oración
Lectura bíblica: II Reyes 23.1-20
Tema: La reforma de Josías (II)
Himno: “Del santo amor de Cristo” (150)
Ofertorio
Bendición pastoral

MEDIDAS DE REFORMA
Pierre Buis

Las otras medidas tomadas por Josías pueden explicarse en parte como la aplicación de las prescripciones del Deuteronomio; pero la mayor parte se explican sin esta referencia, sobre todo cuando Josías va más allá de las exigencias deuteronó-micas. La supresión de los santuarios yahvistas no está allí expresamente mandada; y el desplazamiento a Jerusalén de sus servidores, a quienes se prohíbe subir al altar (23,8-9), va incluso contra el texto del Deuteronomio (Dt 18,6-8).
Lo que procede ciertamente del Deuteronomio es la Pascua en Jerusalén; se la presenta como una novedad, pero también como la vuelta a una práctica olvidada hacía ya tiempo (23.21-23). Es verdad que se celebraba la Pascua y los Ázimos desde Josué, pero bajo la forma de fiestas familiares y locales. El Deuteronomio la convierte en fiesta nacional, que se debía celebrar en el santuario único donde el Señor hacía residir su Nombre (Dt 16.5-6). Es evidente el alcance político de semejante celebración y Josías encontró en ella un medio para apoyar su esfuerzo de reconstrucción nacional. Servía además, como es lógico, para arraigar al pueblo en la alianza a la que lo había comprometido Josías. […]
A pesar de sus buenas intenciones, Josías no podía triunfar. No se convierte a un pueblo a costa de medidas policiacas; el retorno rápido del pueblo a sus prácticas antiguas lo demuestra muy bien. Tenemos sobre esto los testimonios palpables de Jeremías y de Ezequiel. De forma más discreta, los últimos capítulos de los Reyes muestran la misma realidad. Y aunque las gentes de Judá se hubiesen adherido sinceramente a la alianza en que deseaba hacerles entrar el rey, el Señor no podía mantener la existencia de un reino que se había mostrado incapaz de realizar la vocación del pueblo de Dios. Josías llegaba demasiado tarde y el mecanismo de destrucción del reino de Judá estaba ya en marcha: Josías fue una de sus primeras víctimas.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

15 – 3er Domingo de Adviento/ Obra de teatro

21 – Vésper y cena de Navidad

22 – 4º Domingo de Adviento/ Concierto del Coro Laudate Dominum


24 – Culto de Navidad

"Luz para todas las naciones": un proyecto divino, L. Cervantes-O.

8 de diciembre, 2013

Yo, el Señor, te llamo con amor,
te tengo asido por la mano,
te formo y te convierto
en alianza de un pueblo,
en luz de las naciones;
para que abras los ojos a los ciegos
y saques a los presos de la cárcel,
del calabozo a los que viven a oscuras.
Isaías 42.6-7, La Palabra (Latinoamérica)

El libro del profeta Isaías ha sido calificado como el de “un poeta divino de la luz” y, con justa razón, pues la forma en que aplica la metáfora a lo largo de los textos es particularmente aleccionadora acerca de las intenciones divinas para el pueblo que, a partir del capítulo 40, ya aparece desprovisto de los asideros históricos, políticos y sociales con los que contó antes de la caída de Jerusalén en poder de Babilonia. Así lo describe Carol J. Dempsey: “El texto es la visión de un poeta que captura el drama de la vida de una comunidad que vive bajo el peligro y la promesa. […] Isaías declara lo que ve como inevitable para su pueblo, y al mismo tiempo anuncia una visión magnífica de lo que Dios desea en el momento no sólo para Israel sino para el cosmos entero, la creación de unos nuevos cielos y de una nueva tierra que vendrán a establecer un nuevo orden mundial cuya piedra de toque será la justicia, la equidad, las buenas relaciones, la compasión, el amor permanente y la paz”.[1] De ahí que las palabras con que abre ese capítulo marcarán definitivamente el tono con que la profecía vino a instalar un nuevo trato verbal que fuera capaz de orientar la fe y la acción de las comunidades que habían sobrevivido a la hecatombe de Israel y de Judá. El énfasis en el consuelo y en la necesidad de reconstruir los cimientos espirituales de lo que fue una nación constituida a partir del pacto con Yahvé salta a la vista pero sin dejar de subrayar la majestad, fidelidad y providencia divinas. Con esto en la mente, resulta llamativo también que, a pesar de todo lo sucedido, la segunda parte del libro insista en el hecho de que la comunidad de fe sigue teniendo una misión en el mundo.
Severino Croatto hizo un notable resumen crítico de estos capítulos:

Es muy diferente leer Isaías 40-55 como el mensaje de un profeta “misionero” que convoca a los “paganos” a convertirse a Yavé, que leerlo como una propuesta hacia adentro, al propio Israel. En el primer caso, el profeta habla desde la superioridad de una fe que los otros no tienen; en el segundo, lo hace desde la nada, desde el sufrimiento.
La lectura tradicional hace del Déutero-Isaías un profeta universalista, que propone un Gran Israel mundial al que se incorporan “religiosamente” los otros pueblos, dejando a sus propios Dioses. La lectura empero que corresponde mejor al texto y su contexto de producción considera a este profeta como un reconstructor utópico “de Israel”, sacándolo de en medio de las naciones, donde vive desmembrado y sin identidad. Las naciones no son las que se convertirían para adherirse a Israel, sino el ámbito donde está el Israel disperso, del cual hay que redimirlo.[2]

Un recurso notable usado en esta segunda sección del libro es la inclusión de los llamados “cánticos del siervo de Yahvé”, que concentran la visión paradójica de que Yahvé encarga una labor al pueblo mientras lo reconstruye como una comunidad visible en el mundo, a contracorriente de las coyunturas políticas que lo pusieron a merced de las sucesivas hegemonías de su tiempo: Asiria, Babilonia, Medo-Persia. En 41.1-7 se advierte a los diversos pueblos que Yahvé sigue dirigiendo los sucesos y a continuación (41.8-10) califica explícitamente a Israel como su siervo para realizar su obra en medio del mundo. El resto de ese capítulo se ocupa de prometer la restauración del pueblo en el marco de un mensaje que también reconoce la vanidad y futilidad de los seres humanos.
La figura del siervo domina en 42.1-13 y complementa la visión teocéntrica de los dos capítulos anteriores, pues ahora se trata del turno de este “agente llamado”, como lo califica Walter Brueggemann, pues Yahvé actúa en la historia representado por instancias humanas.[3] El espíritu divino es la garantía para que este siervo realice la misión de “llevar derecho [justicia] a las naciones”, una tarea que evidentemente rebasaba la mentalidad cerrada con que el antiguo Israel entendió la labor que su Dios le había encomendado. Además, la actitud con que se describe la realización de este esfuerzo, totalmente alejada de formas activas o perniciosas de activismo, propaganda o escándalo, contrasta notablemente con la manera en que se practica la proclamación de la voluntad divina. Al mencionar tres veces la justicia (vv. 1, 3-4), se planteas la necesidad de que, como parte de la tradición mosaica y profética, “se reordene la vida y el poder social para que los débiles (viudas y huérfanos) puedan vivir una existencia digna, segura y plena de bienestar. Si se asume de este modo tal noción sustantiva de justicia (bien explicada por Paul Hanson), entonces la comunidad exílica como sierva es despachada por Yahvé para reordenar las relaciones sociales en favor de las personas vulnerables. […] Israel mismo está en esa condición y debe estar atento a los demás que la experimentan”.[4]
Así, la existencia del pueblo en forma de diáspora en el mundo es lo que da otro sentido a la tarea impuesta: ya sin las amarras de una nación establecida, de una monarquía abusiva o de un sacerdocio corrompido, la comunidad de fe será capaz de llevar por todas partes la luz de la justicia divina que será capaz de abrir los ojos de los ciegos, liberar a a los cautivos y ofrecer luz a quienes viven en las sombras (v. 7). A diferencia de Babilonia, o de cualquier otro poder mundano, el Israel exílico transformado “romperá esas cañas y apagará esas mechas” para aplicar la justicia divina en el mundo. Ésas serán sus “buenas nuevas” ahora, después de la purga del exilio y su nueva manera de existir en la historia para servir a su Dios. Las cosas nuevas anunciadas por Él vienen a romper todos los esquemas anteriores e incluso si la interpretación posterior ve en Ciro o en Jesús mismo la encarnación del siervo divino, estas cosas seguirán vigentes, como lo están hasta hoy para las comunidades que se llaman a sí mismas cristianas, pues son desafiadas a continuar esta tradición de lucha y servicio.





[1] C.J. Dempsey, Isaiah: God’s poet of light. Atlanta, Chalice Press, 2010, p. 1.
[2] J.S. Croatto, “El Déutero-Isaías, profeta de la utopía”, en RIBLA, núm. 24, www.claiweb.org/ribla/ribla24/el%20deutero%20isaias.html.
[3] W, Brueggemann, p. 41.
[4] Ibid., p. 42.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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