sábado, 10 de enero de 2015

Letra 402, 11 de enero de 2015

SEGUIMIENTO
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 83.

“Jesús le dijo: ‘¡Sígueme!’” (Mateo 9.9)

Imágen utilizada con permiso de He QiPara esta persona constituye una auténtica gracia tener que hacer algo que la propia gracia que le ha sobrevenido pretende. Precisamente porque el mandato de Jesús es la forma de la gracia que le sobreviene concretamente a la persona, dicho mandamiento le llega también con la soberanía de la gracia, de la que nadie es digno, que nadie puede escoger, frente a la que nadie puede tampoco tener ningún tipo de reservas.

La llamada al seguimiento vincula a la persona con aquel que le llama. Así, el seguimiento no es la adopción de un programa, de un ideal, ni el intento de realizarlo. Jesús exige algo. Exige confianza en él. El seguimiento tiene su origen en la fe, para pasar inmediatamente a existir por el hecho de la obediencia prestada a Jesús. La llamada al seguimiento es siempre un llamamiento a dar un determinado primer paso en la fe. Para él, la llamada significa en cualquier caso: ¡Fuera!, ¡sal de la concha de todo aquello que hasta hace tan sólo un momento te parecía evidente, útil, posible y con futuro! Sal de la concha de un movimiento puramente interior con el que, de hecho, todavía no haces más que mariposear con meras conjeturas. La llamada al seguimiento produce una ruptura. Con esa llamada se revela el reino de Dios: la revolución de Dios llevada ya a cabo en la existencia del hombre Jesús. La persona a la que Jesús llama tiene que corresponder a su revelación con su manera de actuar. Perdería su alma precisamente si no advirtiera la responsabilidad pública que asume al hacerse discípulo de Jesús.
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CURSO: PRIMEROS CREDOS DEL NUEVO TESTAMENTO
ENERO-JUNIO DE 2015

Y perseveraban en la doctrina [didajé ton apostólon] de los apóstoles…
Hechos 2.42a

Si, pues, tus labios confiesan [jomolegeses] que Jesús es el Señor y crees en tu interior que Dios lo hizo resucitar triunfante de la muerte, serás salvado.
Romanos 10.9, La Palabra (Hispanoamérica)

Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina [paradóseis] que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.
II Tesalonicenses 2.15, RVR 1960

Introducción
1. El origen de los credos en el Nuevo Testamento
Quienes estuvieron cerca de Jesús, en ciertos momentos de crisis, llegaron a una intensa claridad para responder algunas preguntas. Por ejemplo, Jesús le preguntó a Pedro: “¿Quién dicen los demás que soy yo?”. Pedro respondió: “Eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16.15-16). San Pablo hizo breves resúmenes del significado de la vida, muerte y resurrección de Cristo en I Corintios 15.3-4 y Romanos 1.3-4. Él insistió en la confesión de estas verdades cristianas (Ro 10.9; I Co 12.3). Filipenses 2.11 contiene lo que quizá sea la confesión más antigua condensada en la frase: “Jesucristo es el Señor”. Ese modelo de aceptación y afirmación común de la fe sirvió para el desarrollo posterior de credos en los primeros siglos de la iglesia.
El Nuevo Testamento pone mucho énfasis en la recepción y transmisión de una doctrina que obliga, tal como se aprecia en la repetida frase: “Primero y ante todo, les transmití lo que yo mismo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a lo anunciado en las Escrituras” (I Co 15.3; Cf. I Co 11.23a). Se trata de un cuerpo de doctrinas recibido de la comunidad.
En Judas v. 3 se habla de “la fe entregada antes a los santos”; luego, en el v. 20, de “su fe santísima”, donde el término vuelve a tener el sentido de un cuerpo doctrinal recibido. En las cartas pastorales se repiten frases como éstas:

·      “modelo de palabras sanas” (II Tim 1.13),
·      “la doctrina santa” (II Tim 4.3; Tito 1.9),
·      “el depósito” y “el depósito santo” (I Tim 6.20; II Tim 1.14)
·      “la fe”, en su sentido concreto (I Tim 1.19; Tito 1.13) y
·      “la sana doctrina” (I Tim 4.6)

Al autor de la carta a los Hebreos le gusta aludir con frecuencia a “la profesión” (tes jomologías) animando a sus lectores a permanecer fieles a ella cueste lo que cueste (3.1; 4.14; 10.23). A propósito de la enseñanza de la doctrina, en 6.1-2  se refiere indudablemente a un periodo elemental en la educación cristiana que implica la instrucción tanto doctrinal como ética y sacramental:
En consecuencia, demos por sabido lo que se refiere al abecé de la doctrina cristiana y ocupémonos de lo que es propio de adultos. No es cuestión de volver a insistir en cosas tan fundamentales como la renuncia a una vida de pecado, la fe en Dios, la doctrina sobre los ritos bautismales, la imposición de las manos, la resurrección de los muertos y el juicio que decidirá nuestro destino eterno.

2. Perseverar en la doctrina recibida
I Juan
Un ejemplo importante sobre la insistencia en la doctrina tradicional puede descubrirse en la primera carta de Juan. Comienza con una frase difícil, donde emplea la expresión “la Palabra de vida” (tou lógou tes zoes) (I Jn 1.1). Normalmente se ha interpretado como si pensara en el Logos encarnado, pero se ha propuesto también que se piensa en el mensaje de salvación anunciado por la iglesia. Para ello parte de la analogía con Fil 2.16 (“aferrándose a la palabra de vida”) y Hch 5.20 (“todas las palabras de esta vida”).
A los ojos de los cristianos no hay duda de que el Señor encarnado era la verdadera Palabra de Dios, pero el Evangelio que proclamaba era la palabra que seguía manifestándose en su persona y en sus acciones de salvación. Los lectores de Juan se veían confrontados con caricaturas de cristianismo presentadas por los herejes, así que lo que hace es llamar su atención sobre el mensaje puro y original conservado en la iglesia, el mensaje que Él encarnaba. Esto le da pie para animarlos a que sigan firmes en la doctrina que oyeron desde el principio: “En cuanto a ustedes, permanezcan fieles al mensaje que oyeron desde el principio; si lo hacen así, participarán de la vida del Padre y del Hijo” (I Jn 2.24).

Pablo
En II Tes 2.15 exhorta a “mantenerse firmes en las tradiciones (paradóseis) aprendidas” (el último verbo indica que pensaba en doctrinas). En Ro 6.17 habla explícitamente de “el modelo de doctrina o enseñanza” (tupon didajés) al que habían sido encomendados. En I Co 11.23 y 15.3 tenemos la misma fe, es decir, la misma idea de una tradición recibida, tratándose en concreto de la Santa Cena y de la resurrección, respectivamente. En Col 2.7 exhorta a “permanecer firmes en la fe tal y como la han aprendido”.
Pablo adoptó una postura estricta sobre el cuerpo doctrinal objetivo transmitido en la iglesia con la garantía de la autoridad y la certeza teológica. Es en este sentido que se puede hablar del credo de la iglesia original o inicial, no porque estuvieran totalmente definidos los puntos doctrinales o porque se expresaran detalladamente todos los aspectos básicos de la fe sino porque apuntaron bien hacia un resumen de las verdades fundamentales del Evangelio anunciado y vivido por Cristo, además de sus consecuencias para la existencia humana del momento.

Adaptación de J.N.D. Kelly, Primitivos credos cristianos. Salamanca,
Secretariado Trinitario, 1980 (Koinonía, 13), pp. 21-25.
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JOHN KNOX Y LA DECLARACIÓN DE BARMEN, CAMINOS AFINES (II)
Protestante Digital, 2 de enero de 2015

“Asegurando permanecer en una ‘cristiandad positiva’, los ‘cristianos alemanes’ recriminaron al marxismo ateo, el Partido de Centro Católico, una misión a los judíos, el matrimonio mixto entre judíos y alemanes, el pacifismo, el internacionalismo y la masonería libre. Todo estaba basado en la creencia de que ‘la raza, la nacionalidad y la nación [son] órdenes de la vida concedidos y confiados por Dios’. El Movimiento Cristiano Alemán representó un sincretismo de la fe cristiana y la ideología nacional-socialista de Hitler”.

El Sínodo de Barmen no calificó sus seis artículos como una confesión de fe sino como una explicación teológica de la situación presente en la iglesia. Como afirmó explícitamente: “No fue nuestra intención fundar una nueva iglesia o formar una unión”. Por el contrario: “Precisamente debido a que queremos ser y permanecer fieles a nuestras diversas confesiones, no podemos guardar silencio”. Por otro lado, “Estamos unidos por la confesión del único Señor de la única, santa, católica y apostólica iglesia” y “confesamos las siguientes verdades”. Así, Barmen confesó su intención de declarar la correcta comprensión de las confesiones de la Reforma en una situación concreta”. Otro de sus redactores, Hans Asmussen (junto a Barth y Thomas Breit) expresó, en su discurso sobre la Declaración: “Levantamos una protesta contra el mismo fenómeno que ha estado preparando lentamente el camino para la devastación de la iglesia por más de 200 años. Porque sólo hay una relativa diferencia si —junto a la Sagrada Escritura en la iglesia— se colocan los acontecimientos históricos o la razón, la cultura, sentimientos estéticos, de progreso u otros poderes para imponerse sobre la iglesia”.  La relevancia de la Declaración, discutida en diversos tonos y momentos la ha sintetizado Richard Andrew como sigue:

La Declaración de Barmen ha llegado a simbolizar la liberación de la Iglesia para oír el Evangelio. Es, como Carl Braaten lo describe, una proclamación emancipatoria (Christian Dogmatics, vol. 1, p. 52). […] La Iglesia, con invariable regularidad, ha comprometido su testimonio a través de alianzas subrepticias y poco santas con agendas no teológicas. Barmen ha provisto un paradigma para posteriores respuestas a situaciones de crisis. Desde la resistencia que representó el nazismo y el rechazo de lealtad y adoración a cualquier otro que no sea el Señor resucitado, la Declaración de Barmen ha provisto inspiración a otras iglesias a través del mundo en la expresión confesional de oposición a la opresión, al menos en el documento Kairós en el cual los líderes de la Iglesia de Sudáfrica expresaron su oposición al apartheid y, más recientemente, la declaración de los cristianos palestinos.

(LC-O)

Actividades

LOS NUEVOS HORARIOS DE CULTO ESTARÁN VIGENTES PARA ENERO-ABRIL. EN EL TRANSCURSO SE DIALOGARÁ SOBRE SU CONTINUIDAD.

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 13 de enero, 19 hrs.
Modera: A.I. Marthita Aguilar A.

Llamamiento: Miqueas 3.1-4
Oración de ofrecimiento
Himnos: “Jesús es mi Rey soberano” (303)
                 “Tuyo soy, Jesús” (327)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Amós 5
Tema: La justicia y el culto
Himno: “El Señor es mi fuerza” (146, 1ª y 4ª)
Ofertorio
Bendición pastoral

LA JUSTICIA Y EL CULTO
Jesús M. Asurmendi

Amós es un testigo privilegiado del problema de las relaciones “justicia-culto” en los profetas. Desde hace más de un siglo, esta cuestión ha apasionado a muchos exégetas. Se han elaborado las teorías más extremas. Para algunos, los profetas son los heraldos de una religión purificada de toda manifestación cultual, una religión del corazón. Contribuyeron de forma decisiva a la evolución de la religión de Israel, dando la prioridad a la relación de fe, personal e interior, entre Dios y el fiel.

Esto explicaría que su crítica del culto haya sido tan radical. Para otros, por el contrario, el ministerio profético tiene sus raíces en el culto de los santuarios israelitas. Los profetas serían, de hecho, funcionarios del culto y sus oráculos no podrían comprenderse fuera de este contexto. Entre estas dos posturas extremas son innumerables las variantes

El libro de Amós contiene algunos textos que tratan de este problema: 4.4-5; 5.4-5.6; 14-15; 21-27. Su análisis nos permitirá comprender mejor cómo se plantea la cuestión del culto en los profetas, y sus relaciones con la justicia. […]

5.4-5.6: El texto 5.1 3 presenta una lamentación sobre Israel. En el v. 4 figura la fórmula del mensajero, que señala tradicionalmente el comienzo de un oráculo que, como discurso de Yhwh, termina en el v. 5 El v. 6 es una palabra del profeta —se habla de Dios en tercera persona— sobre el mismo asunto que en 4-5.

5.14-15: En el estado actual del texto, esta unidad se encuentra separada de 5, 4-5, pero parece ser que, por el tema y por el vocabulario, pertenece al mismo bloque, tal como atestiguan las diferencias que lo oponen al texto que le precede y al que le sigue La ruptura con el v 13 es clara, ya que este versículo es una sentencia sapiencial que no tiene nada que ver con lo que le sigue También en el v. 16, cuya introducción de oráculo —muy cargada— y cuyo tema rompen con el v. 15.

5.21-27: Mientras que en los v 18-20, el profeta evoca el “día del Señor”, a partir del v. 21 habla Dios y se cambia de tema El v. 27, con su fórmula de conclusión, acaba el oráculo tal como se presenta hoy El c 6, que comienza por un oráculo de desgracia, trata de otro tema.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

25 – Taller de capacitación para oficiales

31 – Plática con padres de familia

"Levantémonos y edifiquemos...": Con plena confianza en el Señor, L. Cervantes-O.

11 de enero, 2015

Conocen ustedes, además, el momento especial en que vivimos: que ya es hora de despertar [levantarnos] (egerthenai) del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando empezamos a creer.
Romanos 13.11, La Palabra (Hispanoamérica)

En el capítulo más famoso de San Pablo referido al origen de los poderes terrenales, el apóstol incorpora una reflexión y una exhortación sobre el momento especial (kairós) que vivían los creyentes de su época en la capital del imperio. Con ello estaba planteando que cada circunstancia o etapa que vive una comunidad de fe se ubica dentro del tiempo divino como parte de un proyecto superior que se desdobla en la existencia concreta de la misma. La comprensión de los tiempos divinos para que, sobre la marcha, se experimenten y se actúe en consecuencia, es uno de los grandes desafíos de las iglesias, lo cual, en primerísimo lugar, obligaría a practicar constantemente, entre otras cosas, la más sincera autocrítica, ¿pues cuántas veces en la vida estaremos a la altura de tamañas exigencias?

En la sección abordada, a partir del v. 7, las exigencias vienen también desde fuera, porque el creyente, como parte de un sistema social, además de ser confrontado por los poderes políticos establecidos por su Dios (vv. 1-6) debe cumplir una serie de requerimientos que el apóstol resume muy bien: “Den a cada uno lo que le corresponda, lo mismo si se trata de impuestos que de contribuciones, de respeto que de honores”. Tales compromisos son ineludibles puesto que, al estar en el mundo, nadie está exento de ellos. Es la vertiente socio-política de la fe, podría decirse, ante la cual no valen excusas ni pretextos: o se es o no se es, plantea el texto. Las realidades terrenales son inevitables y han de experimentarse en su plena dimensión: los recursos económicos necesarios para mantener la vida social, en primer lugar, que en la forma de tributo entonces, han llegado hasta nuestra época en la forma de los impuestos. Karl Barth habla sobre la dimensión espiritual de esta práctica: “Los poderosos, las autoridades, los representantes oficiales de lo existente, ¿sacerdotes de Dios? Sí, precisamente ellos: toda su existencia, todo su poder, todo su singular estar justificados ante vosotros anuncia a voz en grito una cosa: la injusticia del hombre y, como meta, el mundo de Dios. ¿Cómo habríais de querer romper vosotros este orden que habla con tanta claridad de otro orden completamente distinto? No”.[1]

Las otras deudas, anticipa el v. 7, son de honor, y luego vienen las de amor, las “deudas éticas” genuinamente humanas, porque a los creyentes no se les debe juzgar por su falta de amor al prójimo, subraya el v. 8, pues así se cumplirá la ley y los ciudadanos/as del Reino quedan exonerados de desobediencia legal: “Si con alguno tienen ustedes deudas, que sean de amor, pues quien ama al prójimo ha cumplido la ley”. Por ello, la práctica consistente del amor nunca dañará a nadie, subraya. La totalidad de la ley está contenida en el gran mandamiento del amor al prójimo (vv. 9-10). El amor es la plenitud de la ley.

Resueltos los aspecto socio-políticos y éticos, complicados a más no poder, viene el momento de situarse y participar en los tiempos de Dios, en el kairós que continuamente se manifiesta en la iglesia. A sabiendas de que se vive como parte de él, es preciso “levantarse”, verbo activo y estimulante, y “despertar del sueño” porque la salvación definitiva está cada vez más cerca que cuando se creyó en el Evangelio por primera vez (v. 11). Dice Barth. “Sólo conociendo el instante eterno hace el amor lo que hace. Por eso, el amor es el obrar propiamente revolucionario”.[2] La alusión al “sueño” puede ser objeto de múltiples lecturas: visto positivamente, es el momento del despertar, de levantarse para dar inicio a la novedad, a la novedad radical que nos ofrece el Señor, que siempre nos llama a ella. Es la forma natural del inicio, de la posibilidad de acceder a algo que no conocemos y que nos está esperando. El tiempo del sueño es un tiempo de inconsciencia, de desconocimiento, de sometimiento al imperio de un tiempo que aún no ha sido invadido por la superioridad y grandeza de miras del tiempo divino. Es como estar atrapados en el tiempo humano, circular, cerrado, sin rupturas posibles.

Pero visto negativamente, quizá pueda significar también que nos hemos “dormido en nuestros laureles”, que ha dependido de nosotros la capacidad de sobreponernos al descanso, a la comodidad, a la repetición fácil y mecánica de las cosas que hemos hecho durante años. Como comenta Barth, “subirnos” al tiempo de Dios es entrar a una esfera de nuevas y grandes realizaciones, que rebasan siempre nuestras expectativas: “Por tanto, el tiempo debe llegar a ser primero tiempo cualificado, tiempo de cambio y de avance, tiempo de las posibilidades éticamente negativas y éticamente positivas. Y, en este sentido, frente a ese instante eterno igual de extraño a todos los tiempos hay distinciones de tiempos, tiempos de la cercanía y tiempos de la lejanía, tiempos de la noche y tiempos de la mañana que despunta, tiempos de dormir y tiempos de despertar”.[3] Despertar, en ese sentido, sería salir de nosotros mismos, de nuestra complacencia y aceptar ser tomados por planes de vida mayores, supremos, los planes divinos.

El horizonte escatológico paulino salta a la vista: el Señor viene y vendrá de nuevo, y nos debe encontrar despiertos, es decir, actuando en su nombre y al servicio de su Reino:

¿Quién nos manda convertir la espera del final, de aquel instante en el que los vivos transformados y los muertos resucitados están juntos ante Dios (1 Cor 15.51-52) en la espera de un espectáculo tosco, brutal, teatral y, si éste «se demora» con razón, echarnos de nuevo a dormir a pierna suelta, y poner al final de la dogmática un inocuo capitulito “escatológico” como recuerdo de que debemos y queremos acordarnos? Lo que se “demora” no es la parusía, sino nuestro despertar.[4]

En Efesios 5.14 (Despierta tú que estás dormido,/ levántate de la muerte,/ y te iluminará Cristo”), el apóstol recurre otra vez a esa imagen para insistir en la necesidad de salir del sueño para ser alumbrados por la luz de Cristo. La contraposición con la presencia de la noche (12a) es un juego visual mediante el cual el apóstol exhorta a la movilización, a la creatividad, a salir del anquilosamiento y, diríamos hoy, del conservadurismo en muchas de sus formas. Dejar de incurrir en las “prácticas nocturnas” que aún nos acechan (12b), permitirá atisbar el impacto de la luz de Dios en nuestras vidas (12c), sumarnos al proyecto mayor que viene de lo Alto. Ello permitirá estar por encima de las acciones nocivas que prevalecen en mundo (v. 13) y garantizar el revestimiento en la persona de Jesucristo, Jefe y Cabeza de la iglesia (v. 14).





[1] K. Barth, Carta a los romanos. Trad. de A. Martínez de la Pera, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1998, p. 565.
[2] Ibid., p. 571.
[3] Ibid., pp. 572-573.
[4] Ibid., p. 574. Énfasis agregado.

Romanos 13.7-14

La Palabra (Hispanoamérica)



7 Den a cada uno lo que le corresponda, lo mismo si se trata de impuestos que de contribuciones, de respeto que de honores.
8 Si con alguno tienen ustedes deudas, que sean de amor, pues quien ama al prójimo ha cumplido la ley. 9 Porque el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro posible mandamiento se resume en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 10 El que ama no hace daño al prójimo; o sea, que el amor constituye la plenitud de la ley.

11 Conocen ustedes, además, el momento especial en que vivimos: que ya es hora de despertar del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando empezamos a creer. 12 La noche está avanzada, el día a punto de llegar. Así que renunciemos a las obras de las tinieblas y equipémonos con las armas de la luz. 13 Comportémonos con el decoro de quien vive en pleno día: nada de orgías ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de contiendas ni envidias. 14 Al contrario, revístanse de Jesucristo, el Señor, y no fomenten las desordenadas apetencias de la humana naturaleza.

domingo, 4 de enero de 2015

Letra 401, 4 de enero de 2015

PRINCIPIANTES
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 82.

“La bondad del Señor se renueva cada mañana” (Lamentaciones 3.22s)


Malamente puede el cristiano convertirse en creyente, defensor severísimo de una opinión. Y tampoco se puede ser cristiano; sólo se puede estar continuamente en proceso de serlo: cada atardecer, bastante avergonzado de su cristianismo de hoy, y cada mañana, contento de poder hacer un ensayo una vez más —con el consuelo, con el prójimo, con la esperanza, con todo—. La comunidad cristiana coincide unánime en que está constituida tan sólo por principiantes y en que lo verdaderamente bueno es hacerse una y otra vez pequeño, empezar desde el principio y, por tanto, no detenerse en ningún punto. Esta es la concordia de la verdadera fe.

Lo importante es creer, porque todo depende de Jesús, el único capaz de convertir a los seres humanos en esos principiantes sencillos pero alegres. Lo importante es creer, porque se requiere un auténtico milagro para que un ser humano se deje liberar de la ley, de la coacción, de la solemnidad, de la perversa seriedad de todas las opiniones, aun cuando las adopte personalmente. Probablemente por eso es por lo que hay tan pocos cristianos. Lo cual no demuestra nada en contra de ellos. Sería terrible que sólo hubiera personas que creyeran en opiniones. Esos escasos cristianos tienen la hermosa tarea de mostrar a los demás que sigue habiendo una fe distinta de la “fe-opinión”.
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JOHN KNOX Y LA DECLARACIÓN DE BARMEN, CAMINOS AFINES (I)
Protestante Digital, 2 de enero de 2015

Entre las conmemoraciones obligadas de 2014, no pueden dejarse de lado dos fechas que, en su momento, marcaron de manera determinante, el acontecer de sus circunstancias históricas: los 500 años del nacimiento del reformador escocés, John Knox, fundador del presbiterianismo, y los 80 de la Declaración de Barmen, importantísimo documento de oposición religiosa y teológica al totalitarismo hitleriano en Alemania. En estricto sentido, existe una clara conexión entre ambos acontecimientos, pues en ambos se deja ver la impronta de lo que Paul Tillich denominó el “principio protestante”, es decir, la afirmación inexcusable de la supremacía de la obediencia a los designios divinos por encima de cualquier orgullo, capricho o imposición oficial así sea la de una iglesia autonombrada “protestante”. Knox, por el empeño de lograr que Escocia se librase definitivamente del yugo católico-romano, y la llamada “Iglesia Confesante” alemana, al afirmar la fidelidad únicamente a Jesucristo, se ubicaron en la misma trinchera.

I
Reconocido como representante de la fe reformada en las islas británicas, Knox figura al lado de Calvino, Farel y Beza en el Monumento Internacional de la Reforma, en Ginebra, y aunque no goza de la fama del primero de ellos, su labor ha sido sintetizada en las clásicas palabras de su oración: “Señor, dame a Escocia o me muero”, “no una arrogante demanda sino la apasionada súplica de un hombre que prefería morir en aras de la predicación pura del Evangelio y la salvación de sus compatriotas”.[1] Su vida quedó marcada por el tiempo que pasó cerca de Juan Calvino (en 1554 y entre 1556 y 1558, cuando pastoreó una congregación de habla inglesa que se reunía en el Auditorio del autor de la Institución de la religión cristiana). Sus palabras sobre la enseñanza calviniana son sumamente elogiosas: “No temo ni me avergüenza decir que es la escuela más perfecta de Cristo que alguna vez ha habido en la tierra desde los días de los apóstoles. En otros lugares confieso que Cristo es predicado verdaderamente, pero modales y religión tan sinceramente reformados, todavía no he visto en ningún otro lugar...”.[2]

Los demás detalles biográficos, no muy conocidos por el gran público, evidencian la constancia y coraje con que asumió la tarea de instaurar en su país los valores y las prácticas de la tradición protestante. No se conoce la fecha exacta de su nacimiento en Haddington, pero se sabe “que estudió Saint Andrews, probablemente bajo el conciliarista John Major, y fue ordenado sacerdote en 1536. Thomas Guillaume lo convirtió al protestantismo, y posteriormente siguió bajo la influencia de John Rough y George Wishart”.[3] En Saint Andrews, adonde se estableció en 1547, fue llamado como predicador. Cuando el castillo cayó, fue enviado a Francia y estuvo como peón de galeras durante 19 meses. Durante esa etapa escribió un sumario del compendio de Henry Balnave sobre teología protestante, donde mostró su aceptación de la doctrina luterana de la justificación. Al ser liberado, en 1549, marchó a Inglaterra, donde estuvo hasta 1554. Allí predicó en Berwick y fue capellán de Eduardo VI. “Simultáneamente criticó los detalles de la organización eclesiástica inglesa y aprobó en lo general el clima religioso de la Inglaterra eduardiana. El ascenso de la católica María Tudor al trono inglés trajo muchos cambios. En pocos meses, los acontecimientos lo orillaron al exilio (enero de 1554). Desde entonces hasta la deposición de María Estuardo en Escocia, casi 30 años después, se preocupó básicamente por los problemas del ‘cristiano fiel’ confrontado por la ‘idolatría’ (es, decir, el catolicismo) y sobre todo por los problemas originados por un soberano ‘idólatra’”.[4] Ésa sería su gran obsesión: combatir la idolatría en todas sus formas, lo que lo condujo irremediablemente a la resistencia política.

En el exilio, Knox pasó por Dieppe (Francia), Ginebra y Frankfurt, y viajó por Escocia. Pastoreó varias congregaciones de exiliados y escribió intensos contra el catolicismo, “estableciendo las responsabilidades de los protestantes que vivían en tierras católicas y urgiendo a los fieles a derrocar a sus gobernantes idólatras (católicos)”. También participó en la edición de la Biblia de Ginebra (1560), realizada para el público anglosajón y con notas teológicas. Volvió a Escocia en mayo de 1559, año en que fundó la Iglesia de Escocia (o presbiteriana). “Como líder del partido protestante, se dedicó a predicar [sobre todo en St. Giles, el púlpito más influyente de Edimburgo] y a conseguir tropas y dinero por parte de Inglaterra. Después de la muerte de la regenta María de Guisa, Knox y otros redactaron la Confesión Escocesa que aprobaría el Parlamento. Se abolió la autoridad papal y la celebración de la misa quedó como ilegal. Con otros cinco autores escribió el Libro de Disciplina (1560), que delineaba una sociedad cristiana ideal”.

Knox planeaba utilizar la “Comunidad [Commonwealth] Cristiana” como el principal instrumento para restaurar la pureza de la religión de Escocia. “Consideraba dicha comunidad como un país en el cual los poderes civil y eclesiástico cooperarían para cultivar lo que él veía como la ‘religión verdadera’. Aceptó la idea de que el gobierno tenía la responsabilidad de establecer la ‘religión verdadera’ y abolir todo lo contrario a ella”.Knox nunca se vio a sí mismo como un teólogo académico o teórico de la política. Su vocación era predicar el Evangelio y, si escribió, lo hizo en respuesta a problemas concretos. Los seis volúmenes de sus obras reunidas pueden leerse y descargarse en el sitio: https://archive.org/search.php?query=works%20of%20john%20knox. En www.johnknox500.com hay un resumen de las actividades realizadas por este aniversario.

II
1st Picture for documentLa Declaración de Barmen, por su parte, es un documento redactado por representantes de las iglesias luterana, reformada y unida (aunque siempre se ha señalado el papel desempeñado por el teólogo suizo Karl Barth[5]) que constituyeron el primer Sínodo Confesional de la Iglesia Evangélica Alemana en Wuppertal-Barmen, entre el 29 y el 31 de mayo de 1934. Fue adoptada de manera unánime para contrarrestar los errores de los llamados “Cristianos Alemanes” y los intentos de la Iglesia gubernamental del Reich “para establecer la unidad de la Iglesia Evangélica Alemana mediante la falsa doctrina, por el uso de la fuerza y de prácticas poco sinceras”. Llegó a ser la base teológica de la comúnmente llamada Iglesia Confesante. Fue el punto de partida de otros sínodos realizados en Dahlem (1934), Augsburg (1935) y Bad-Oeynhausen (1936).[6] Fue vinculante para el consejo de la Iglesia de los Hermanos y administración en la conducción de la lucha contra la iglesia del Reich y los comités eclesiásticos nombrados por el gobierno. La mayor parte de las iglesias luteranas y unidas de Alemania la han incorporado con diversos grados de autoridad, la Iglesia Presbiteriana Unida de Estados Unidos la incluyó en su Libro de Confesiones (1967, http://oga.pcusa.org/media/uploads/oga/pdf/confessions-spanish.pdf) y la Presbiteriana-Reformada en Cuba la considera como un referente fundamental en su polémica Confesión de fe de 1977.

Participar en este Sínodo le costaría a Barth su expulsión de Alemania, como lo refiere Sergio Rostagno: “En 1934 el régimen exige a los profesores universitarios un acto de fidelidad. Barth se niega a hacerlo y es primeramente suspendido (26 de noviembre) y luego destituido (21 de junio de 1935), mientras sus escritos son prohibidos”.[7] Su amistad y colaboración con el pastor Martin Niemöller, líder visible de la resistencia eclesiástica, fueron inquebrantables. Según explica Cochrane, “el ‘Movimiento de fe de los Cristianos Alemanes’ deseaba unificar las 29 iglesias regionales en una iglesia estatal bajo el patrón de la Iglesia de Inglaterra, con un obispo a la cabeza. (LC-O)




[1] Burk Parsons, “Give me Scotland, or I die”, 1 de marzo de 2014, www.ligonier.org/learn/articles/give-me-scotland-or-i-die/
[2] Cit. Por W. Stanford Reid en Trumpeter of God. Nueva York, Charles Scribner’s Sons, 1974, p. 132.
[3] Richard G. Kyle, “John Knox”, en D. McKim, ed, Encyclopedia of Reformed Tradition. Louisville-Edimburgo, Westminster John Knox Press-Saint Andrew Press, 1992, p. 208.
[4] Idem.
[5] Cf. Georges Casalis, Retrato de Karl Barth. Buenos Aires, Methopress, 1966, pp. 38-40.
[6] Arthur C. Cochrane, “Theological Declaration of Barmen”, en Donald McKim, op. cit., p. 25.
[7] S. Rostagno, Karl Barth. Trad. de C. Ruiz-Garrido. Madrid, San Pablo, 2006 (Teólogos del siglo XX, 4), p. 24. Cf. Daniel Cornu, “Barmen et l’Eglise Confessante”, en Karl Barth et la politique. Ginebra, Labor et Fides, 1968, pp. 39-48.

Actividades

SE INFORMA QUE LOS NUEVOS HORARIOS DEL CULTO COMIENZAN A PARTIR DEL PRÓXIMO DOMINGO

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 6 de enero, 19 hrs.
Modera: A.I. Pablo Gil M.

Llamamiento: Miqueas 2.1-5
Oración de ofrecimiento
Himnos: “Venid, cantad de gozo en plenitud” (256)
                “Siervos de Jesús” (504)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Amós 3
Tema: Amós y la justicia social
Himno: “Yo quiero ser cual mi Jesús” (534)
Ofertorio
Bendición pastoral

AMÓS Y LA JUSTICIA SOCIAL
Jesús M. Asurmendi

El profeta Amós es conocido sobre todo como “profeta de la justicia social”; en efecto, este problema impregna todo el conjunto de su libro.
Am 3.9-10; 4.1-3; 5,7-17 y 8.4-8 contienen oráculos con el mismo tipo de acusaciones que las de 2.6-16: opresión de los pobres, corrupción de los tribunales, desprecio total de la voluntad de Dios expresada en las leyes y costumbres del pueblo.
Hay diversas categorías de la población que son nombradas expresamente en este ataque: los comerciantes (8, 4-8), los jueces (5.7, 10-12; 6.12), los responsables políticos y militares y, a su cabeza, el rey (6.1-3, 13-14; 7.9), las damas ricas (4.1-3), el sacerdote de Betel (7.10-17). La raíz de las críticas del profeta es siempre la misma que la de 2.6-16: se portan con sus hermanos como explotadores, los consideran como objetos de sus deseos, olvidándose de que el fundamento y la razón de su existencia se encuentran en el Dios de Israel, que exige que se siga el mismo comportamiento. El orgullo de los militares y de los jefes del pueblo (6.1-3, 13-14) los conduce a la autosuficiencia. Separados de la base de su existencia, el Dios de Israel, oprimen a sus hermanos: “Escuchad esto los que aplastáis a los pobres para hacer desaparecer a los humildes del país” (8.4). El olvido de Dios conduce a la eliminación del otro. Isaías, siguiendo a Amós, lo dirá más tarde en un contexto muy parecido: “¡Ay de los que van juntando casa con casa, campo con campo, hasta ocupar todo el sitio y quedarse ellos solos en medio del país” (Is 5.8).
Estos textos hacen percibir claramente una identificación entre el Dios de Israel y los pobres. Hans Walter Wolff, comentando este texto de Amós, afirma: “la causa de Yhwh es la causa de los pobres. Y punto”.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

11 – Inicio de cursos de la Escuela de Formación Cristiana/ Santa Cena/ Consistorio

31 – Plática con padres de familia

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...