sábado, 11 de abril de 2015

Actividades

OREMOS POR LA REUNIÓN CONGREGACIONAL PARA ELEGIR OFICIALES QUE SE REALIZARÁ AL FINAL DEL CULTO

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 14 de abril, 19 hrs.
Modera: Alma Laura Adame H.

Llamamiento: Habacuc 2.1-6
Oración de ofrecimiento
Himnos:
              “Yo confío en Jesús” (299)
              “Cristo es mi dulce Salvador” (298)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Oseas 9
Tema: Las razones del destierro
Himno: “En el seno de mi alma” (321, 1ª y 3ª)
Ofertorio
Bendición pastoral

OSEAS Y LA CRÍTICA DE LA HISTORIA MONÁRQUICA
Jorge Pixley

Los reyes son, en la opinión teológicamente formada del profeta, ilegítimos porque su nombramiento no fue por Yavé. Podría pensarse que esto es una alusión no más a los reyes que surgieron en esos tiempos por los golpes de estado. Pero, continúa el profeta, aun cuando Yavé los hubiera nombrado (como Jehú, que fue ungido rey por orden del profeta Eliseo) fue una respuesta encolerizada a las demandas del pueblo. Existen claras afinidades entre Oseas 13.9-11 y el famoso texto de I Sam 8.4-17, pero al no saber la fecha de origen de éste lo más que podemos decir es que ambos surgen del mismo contexto sociopolítico, o la misma corriente de pensamiento político.
Oseas, que gusta de rescatar la tradición histórica de su pueblo, profundiza su crítica a los reyes con alusiones a Guilgal y a Guibeá: “Toda su maldad apareció en Guilgal,/ sí, allí les cobré odio./ Por la maldad de sus acciones,/ de mi casa los expulsaré;/ ya no he de amarlos más:/ rebeldes son todos sus príncipes. (Os 9,15)
Desde los días de Guibeá has pecado, Israel (18), / ¡allí se han plantado!/ ¿No los alcanzará en Guibeá la guerra,/ a los hijos de la injusticia? (Os 10.9).
Podría pensarse que el pecado de Guibeá sea una alusión al crimen de los benjaminitas perpetrado con la concubina del levita (Jue. 19); ésta parece ser la referencia en Os 9.9. Pero Guibeá era también la ciudad de Saúl, el primer rey de Israel. Y la referencia a Guilgal, la ciudad donde fue proclamado Saúl como rey sobre Israel (1 Sam 11.15), es inconfundible. De allí salieron los "rebeldes" de los príncipes.
No creo que nos equivocaremos si colocamos a Oseas dentro de la corriente de pensamiento político israelita que interpretaba la monarquía como un rechazo del reinado de Yavé. […] Para el profeta es la fidelidad a su propia historia y al Dios que guió esa historia desde sus orígenes lo que mayores garantías ofrece para la sobrevivencia. […]
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

18 – Simposio por el XX Aniversario, 17.00 hrs./ Cena, 19.30 hrs.

19 – Culto de Aniversario, 11.30 hrs.

"Teme a Dios... porque eso es el todo del ser humano", L. Cervantes-O.

12 de abril, 2015

Conclusión del discurso: todo está dicho. Respeta a Dios y guarda sus mandamientos, pues en eso consiste ser persona. Porque Dios juzgará toda acción, incluso las ocultas, sean buenas o malas.                                          Eclesiastés 12.13-14, La Palabra (Hispanoamérica)

Volver a abordar el Eclesiastés resulta tan desafiante como estimulante para la vida de fe, pues el esfuerzo espiritual, cognoscitivo y hasta filosófico del Predicador (Cohélet), leído en una época tan similar a la que lo produjo constituye un ejercicio de pensamiento y espiritualidad que logra ir más allá de los lugares comunes religiosos, muchos de los cuales todavía hoy prevalecen, especialmente los relacionados con el “éxito de los devotos a toda costa”, pero que a lo largo de todo el libro son puestos en tela de juicio. El género literario de los “Escritos”, que hoy catalogaríamos como ensayo, viene hasta nosotros con una enorme y consistente carga de crítica, análisis y observación, que nunca deja de lado la presencia de Dios, quien en su afán de justicia y equidad, envía lo mismo para todos/as: bienes, males, dudas, riqueza, pobreza, en medio de circunstancias comunes a los seres humanos, como comunes son sus necesidades, afanes y esperanzas, aun cuando cada uno/a está llamado a diversificar la existencia con su propio carácter, temperamento, vocación y aficiones particulares.
El tema del “temor de Dios”, en otras manos, habría resultado en una cadena de exhortaciones previsibles de principio a fin, pero en su pluma privilegiada encontró un expositor de primer orden que consigue remontarse en el tiempo y el espacio para traducir el sentimiento y la situación de su momento para producir un texto que ha resistido el paso de los siglos con singular donaire y exigencia para quienes se acerquen a él. Su insistencia permanente en el “vacío” (hebel, “vanidad”) de la vida parecería que busca arrastrar a quien lo sigue en una espiral de decadencia y sinsentido. No obstante, el Predicador no se deja engañar y encuentra que la vida de los piadosos, que lo rodeaban sin duda como una mayoría aplastante, no siempre encontraba concordancia con algunos sinsabores o pruebas que se viven en el camino. El problema de una vida difícil no se resolvía, según dijo, con la incertidumbre que produce la muerte, pues ésta es una realidad biológica inevitable, con todo y que la ética o la moral religiosas sean una necesidad u obligación para quienes se decían conocedores del Dios de Israel. Al no mencionar el pacto de Dios con su pueblo, el libro se coloca en una situación existencial (o existencialista) en la que lo primordial es resolver pragmáticamente los grandes dilemas de la existencia, pero no necesariamente mediante el uso de los manuales de turno, que hoy son una auténtica plaga. Muestra de un buen acercamiento es lo que escribe Lidia Ladeira Veras: “Como norma de comportamiento, Qohélet aconseja ‘no ser demasiado justo, ni mostrarse excesivamente sabio’ (7.17), pero, por otro lado, afirma que ‘los justos y los sabios, con sus obras, están en las manos de Dios’ (9.1)”.[1]
Siendo el capítulo 12 tan conocido, desgastado y muchas veces, tan malinterpretado, cuesta trabajo situarlo nuevamente en el horizonte casi “cínico” en el que lo coloca su autor, pues no siempre estamos a la altura de la pluralidad y riqueza de lecturas que demanda. Nuestra lectura del pasaje ha estado dominado por la mentalidad adulta que desea conducir a los jóvenes por el sendero del bien y de la piedad sin caminos alternativos. El rumbo de la duda y el juicio crítico modifica la experiencia que se intenta transmitir, puesto que el libro continuamente insiste en que, desde la voz de la primera persona, quien habla atravesó diversos estados de ánimo y de fe para, después de un tiempo razonable, asumir sus errores, su falta de visión y de perspectiva. Ciertamente desea advertir a los más jóvenes que se pueden “ahorrar” ese camino de vacilaciones, pero no les oculta el hecho de que los sabios tuvieron la razón al hablar del temor de Dios como fundamento de la vida individual y colectiva. No es que no tengan razón, afirma, pero les falta un toque de escepticismo y claridad.
Entregarse al designio y a los juicios de Dios es la consigna de alguien que, si dejar de creer, es capaz de observar radicalmente lo que sucede a su alrededor y no quedarse con la primera impresión. Temer a Dios, para él, es asumir frente a la existencia un realismo de fe suficiente para sobrevivir y estar por encima de las penurias y mezquindades que, invariablemente, se le presentarán. Así resume Elsa Tamez la enseñanza del libro sobre este asunto:

El significado del término temor a Dios no corresponde a tenerle miedo. Aquí en Qohélet significa más bien reconocer la distancia que separa a Dios del ser humano. Reconocer su aspecto numinoso y extraordinario que sobrecoge a los humanos porque es inescrutable, impredecible, un enigma indescifrable. Dios es misterio. Marca los límites del potencial humano. Como un espejo o una fuente clara le hace ver a sus criaturas su condición de humanos. En este sentido, el reconocimiento de Dios como Dios da inicio a la realización humana. Se puede vivir y planear vivir porque pase lo que pase se tiene la fe de que Dios está allí. Así pues, paradójicamente, el temor de Dios significa “no temas”; invita al sosiego en la práctica afanosa. El temor de Dios va relacionado con el comportamiento del ser humano y con su actitud hacia la vida. por eso implica un fuerte acento de confianza. Reconociendo los límites humanos, la conciencia se despliega dentro de los márgenes de la posibilidad; pues de lo imposible Dios se encargará, incluso por medio de los sujetos. Todo queda delante de Dios, sin penetrar en el misterio (9.1).[2]



[1] “Un primer contacto con el libro del Eclesiastés o libro de Qohélet”, en RIBLA, núm. 52, p. 1, www.claiweb.org/ribla/ribla52/un%20primer%20contacto.pdf.
[2] E. Tamez, “La razón utópica de Qohélet”, en www.mercaba.org.

Eclesiastés 12.9-14

9 Cohélet, además de ser un sabio, también instruyó al pueblo; investigó, estudió y compuso muchos proverbios. 10 Cohélet procuró encontrar palabras adecuadas para escribir con acierto sentencias veraces.
11 Las palabras de los sabios son como aguijones
y, reunidas en colecciones,
son como estacas bien clavadas,
regalos de un mismo pastor.

12 Aparte de esto, hijo mío, ten cuidado: escribir muchos libros es tarea sin fin y excesivo estudio perjudica la salud. 13 Conclusión del discurso: todo está dicho. Respeta a Dios y guarda sus mandamientos, pues en eso consiste ser persona. 14 Porque Dios juzgará toda acción, incluso las ocultas, sean buenas o malas.

viernes, 10 de abril de 2015

Programa de abril

TEMA SEMESTRAL: CELEBRAMOS LA VIDA DE LA IGLESIA EN EL SEÑOR
Tema: “TEME A DIOS… ESO ES EL TODO DEL SER HUMANO”: FIDELIDAD Y TESTIMONIO



I. Domingos, 11.45 hrs.

5: La vida del Cordero y la victoria definitiva de Dios
Lectura bíblica: Apocalipsis 21.9-26
Dirige: Hna. Lupita Medrano y A.I. Germán Fernández
Expositor: LCO

12: “Teme a Dios… eso es el todo del ser humano”: fidelidad y testimonio
Lectura bíblica: Eclesiastés 12.9-14
Dirige: A.I. Lauro Adame B.
Expositor: LCO

19: Una iglesia fiel que da testimonio de su Dios y Señor
Lectura bíblica: I Corintios 1.1-9
Dirigen: Alberto Chávez, Hiram Palomino Zamora y Nancy Ruiz Salgado
Expositor: Dr. Salatiel Palomino López

26: Una iglesia con sentido de misión en un mundo conflictivo
Lectura bíblica: I Corintios 1.10-19
Dirige: A.I. Sandra Salgado A.
Expositor: Pbro. Rubén J. Arjona Mejía

II. Domingos, 17.30 hrs.
5: Reunión de Consistorio

III. Martes, 19.00 hrs.

Tema general: El profetismo bíblico: cumbre de la religión antigua

14: Conversión falsa e infidelidad (Oseas 9)
Modera: Hna. Alma Laura Adame H.

21: Israel, la viña divina (Oseas 10)
Modera: Hno. Mauricio Magallanes

28: “De Egipto llamé a mi hijo…” (Oseas 11)

Modera: Hna. Eunice Palomino L.

domingo, 5 de abril de 2015

La vida del Cordero y la victoria definitiva de Dios, L. Cervantes-O.

5 de abril, 2015

Pero no vi templo alguno en la ciudad, porque el Señor Dios, dueño de todo, y el Cordero son su Templo. Tampoco necesita sol ni luna que la alumbren; la ilumina la gloria de Dios, y su antorcha es el Cordero. […] Y nada manchado entrará en ella: ningún depravado, ningún embaucador; tan sólo los inscritos en el libro de la vida del Cordero.
Apocalipsis 21.22-23, 27, La Palabra (Hispanoamérica)

François Bovon, “Le Christ de l’Apocalypse”, en Revue de Théologie et de Philosophie, núm. 21, 1972, pp. 65-80. En español: “El Cristo del Apocalipsis”, en Selecciones de Teología, vol. 13, núm. 49, enero-marzo de 1974, www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol13/49/049_bovon.pdf.


El Cordero degollado triunfa en la resurrección
La manera tan peculiar con que el Apocalipsis relee los sucesos del Calvario está fundamentada en En el capítulo 5, el vidente, elevado al cielo, asiste a la entronización del Cordero, crucificado y resucitado. En el 12, nos describe el nacimiento del hijo de la mujer coronada y después su elevación a los cielos, bajo la amenaza del dragón. El 22, finalmente, evoca las bodas del Cordero con su Iglesia. También en los textos litúrgicos que jalonan la obra aparece la riqueza cristológica. En 1,4-6, la fórmula litúrgica culmina en una descripción de la obra redentora. La referencia litúrgica a Cristo nos acompaña a lo largo de toda la obra hasta el último verso donde la doxología se cambia en intercesión (22,20-21). Finalmente, la profusión cristológica estalla en un tercer nivel: los títulos y figuras.

En primer lugar, el título de Cordero que predomina, de forma inédita en el NT, para designar al Cristo victorioso de la muerte, conductor de su pueblo, árbitro del universo y asociado a Dios. Seguidamente la presencia discreta de los títulos tradicionales: Hijo de Dios, Señor, Hijo del hombre, Cristo comprendido de manera arcaica o arcaizante, como el Mesías de las profecías antiguas. Finalmente una multitud de expresiones, muchas de ellas propias del Apocalipsis: el príncipe de los reyes de la tierra, el primer nacido de entre los muertos, el señor de los señores, el rey de reyes, la palabra de Dios, el verdadero, el santo, el fiel, el amén, el vástago de David, la estrella brillante de la mañana, aquel que sondea las entrañas y los corazones, el que tiene la llave de David, el que sostiene las siete estrellas en su derecha, el primero y el último, el alfa y el omega, el comienzo y el fin, el principio de la creación de Dios y, sobre todo, el viviente y el testigo fiel. […]

El Cordero triunfante, el Siervo de Isaías y el Mesías Jesús de Nazaret
Según Comblin es necesario subrayar la influencia preponderante del Deutero-Isaías, su figura del Siervo y la idea de un proceso divino contra las naciones. Así el Cordero del Apocalipsis representa al Siervo de Isaías, sufriente y luego glorificado, cuya función es salvar a Israel y testimoniar, es decir, iluminar y juzgar a las naciones. Testimonia contra las naciones en el juicio escatológico que Dios envía contra ellas. En la figura del Siervo inserta Comblin los otros dos componentes cristológicos que descubre: el Hijo del hombre de Daniel y el Mesías de los profetas, quedando así transformados los dos títulos y sus funciones. […]

Juan subraya la continuidad entre el Resucitado y Jesús de Nazaret por medio de la utilización del nombre propio de Jesús. Para él, Jesús se caracteriza por el don que ha hecho de su vida. Él es el Cordero que ha ofrecido su sangre para que los rescatados puedan blanquear sus vestidos (7,14). Y este don se reencuentra en el otro extremo de la historia: el Hijo del hombre promete los bienes escatológicos a los creyentes fieles. Es importante subrayar la naturaleza relacional de este acto oblativo: el gesto tiene sentido si la comunidad lo acepta y lo proclama. […]

El Resucitado es testigo
Así el Resucitado es testigo ante Dios y el mundo, a lo largo del proceso que se desarrolla entre los hombres y su creador. Frente a las naciones anuncia ahora el exclusivismo de la fe (3,7). Frente a Dios presenta las inculpaciones que tiene contra los hombres. Una ambigüedad parecida, Cristo inactivo y activo a la vez frente a las naciones, caracteriza el período último de la historia. Así aparece en los capítulos: 14; 18;20, 11- 15. El Cordero parece reservar todos sus cuidados para su esposa que se prepara para las bodas. La visión del capítulo 19 describe un Cristo singularmente activo en la Parusía. Identificado con la Palabra de Dios se presenta como el adversario de toda oposición a Dios. […]

Juan atribuye al Cordero la mayor parte de los títulos de Dios: el Señor, el Santo, el Alfa y Omega. En lugar de decir, como el resto del NT, que se sienta a la derecha de Dios, se atreve a proclamar que se sienta con Dios en el mismo trono. Con todo, la identificación no es completa. Cada persona guarda su identidad propia: Dios es el Padre, Jesús es su Hijo. El Espíritu no obtiene, según parece, un rango tan elevado como el Hijo en la jerarquía celeste: tiene un lugar delante del trono de Dios, está junto a la Iglesia. Presente en la tierra, para reagrupar a Israel, une su voz a la de la Iglesia: "El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!" (22, 17). Aparece más como la relación misma que une al Cordero con su Iglesia, que como una criatura enviada de parte de Cristo. […]

El Cristo del Apocalipsis es a la vez escondido y conocido. Limitado por su cruz, es ilimitado por su futuro. Lo terminó todo en el Gólgota y, con todo, le queda por hacer. Lo que debe hacer parece al mismo tiempo mínimo y decisivo. Mínimo pues el movimiento fue dado en Pascua, decisivo pues aún se debe operar el paso de lo invisible a lo visible (1,7). A diferencia de diversas corrientes del cristianismo primitivo, Juan, el profeta, orienta resueltamente el Cristo de la fe hacia el futuro. […]

El Cordero prepara a la iglesia para la vida
El Cristo del Apocalipsis prepara a sus comunidades para afrontar el mundo de los hombres cuya dureza no oculta. Ataca con violencia el mesianismo político. Enseña cómo la tenencia del poder, favorecida por una ideología religiosa, aliena o puede alienar a los hombres. En una visión última, cuenta con el derrocamiento del poder opresivo y la liberación del hombre (Cfr 20,4-6; 21,6-7). El Cordero, en cuanto testigo, dice al mundo la Palabra de Dios y anuncia a Dios lo que reprocha a los hombres. Esta palabra es eficaz, es acción. La escena del jinete con la espada en la boca (19,2 ss), es suficiente para mostrarlo. Esta palabra eficaz no olvida su referencia a Dios que le da su poder y su verdad. Palabra verdadera, descubre las maquinaciones de la tiranía: percibe justamente, describe con precisión, critica inexorablemente. […]


El testigo implacable, su inexorable crítica, sólo permite una violencia: la que se hace a él. La suerte del testigo verdadero ha desembocado en la muerte. No porque se levante como el campeón de una teología del más allá y de una ética masoquista, sino porque reivindica la creación de Dios y practica la ética de la vida. Para establecer y transmitir esta vida, debe luchar con la palabra y soportar aparentes derrotas. En esta dialéctica de la intención política y los medios no violentos se explica el título que domina la cristología del Apocalipsis: el Cordero. No el dulce cordero de la iconografía piadosa; sino el Cordero triunfador, viril, de pie, llevando en su cuerpo la señal de su muerte. Una muerte que ha proclamado nuestra vida y la comunica.

viernes, 3 de abril de 2015

El Cordero derrotó en la cruz a los poderes criminales, L. Cervantes-O.

3 de abril, 2015

Ellos harán la guerra al Cordero; pero el Cordero, que es Rey de reyes y Señor de señores, los derrotará, y en su triunfo participarán los llamados, los elegidos y los creyentes.
Apocalipsis 17.14, La Palabra (Hispanoamérica)


Francisco de Zurbarán (1598-1664), Agnus Dei.


El horizonte espiritual e ideológico de la visión apocalíptica del Cordero degollado
La manera tan peculiar con que el Apocalipsis relee los sucesos del Calvario está fundamentada en su horizonte simbólico y teológico de altos vuelos. La figura misma del Cordero de Dios procede, como se aprecia desde el Cuarto Evangelio, de la profecía mesiánica de Isaías 53: “El Siervo es, según san Juan, un personaje complejo, en el que se pueden reconocer los diferentes aspectos de Jesucristo, y en el que convergen todas las demás figuras del Antiguo Testamento que hallan su realización en Cristo”.[1] Cuando se escribe el Apocalipsis, agrega José Comblin, existía un intenso conflicto “entre la más grande potencia del mundo […], y Cristo, representado por la Iglesia”.[2] En otras palabras, los/as seguidores de Jesús de Nazaret habían comenzado a compartir el destino humano trágico de su Señor y Salvador. “Aunque los profetas y los testigos cristianos estén escatológicamente protegidos y no se les pueda prohibir llevar a cabo su misión, tendrán que padecer la muerte lo mismo que su Señor. De igual modo que el Cordero volvió a la vida, también a ellos se les promete la resurrección y la exaltación”.[3] No había marcha atrás para los testigos del Evangelio en el mundo de entonces, pues la fidelidad jurada a Jesucristo era totalmente incompatible con las exigencias del imperio: “Juan llama a las iglesias de Asia a resistir las asechanzas de Satanás y ser fieles para lograr su premio (Ap 2 y 3). Se indigna por la suerte de los que fueron degollados por causa de la palabra (Ap 6.9-11). Y califica al imperio como una bestia con diez cuernos y siete cabezas que tiraniza a los santos, y también como la Gran Ramera que se sienta sobre siete colinas (Ap 13 y 17, respectivamente)”.[4]
En este sentido, Pixley añade: “Si es que las persecuciones fueron selectivas, como sospechamos, fueron un factor para suprimir entre los cristianos a los elementos más radicales y favorecer la victoria de las tendencias conservadoras de los obispos de las grandes ciudades, especialmente Roma, Corinto y Alejandría (Las sedes de las urbes más periféricas, Antioquía, Cesarea, Edesa, y Jerusalén, fueron más rebeldes, expresado esto en las tendencias que Roma y las iglesias dominantes calificaron de heréticas.)”.[5] Los grandes pares de figuras míticas, en este caso, la gran ramera (Roma-Babilonia) y la esposa del Cordero, la Iglesia, concentran la mirada en los aspectos principales de la fe que estaba estrujando la vida de las comunidades cristianas en medio del imperio. “De esta forma, si en 17,1-19,10 Juan ve a la prostituta Babilonia y su ruina, en 21,9-22,9 ve a la novia, la esposa del Cordero, la nueva Jerusalén que viene del cielo. El libro alcanza su clímax con la presentación de la destrucción de Babilonia y su sustitución por la nueva Jerusalén”.[6]
La radicalidad con que se anuncia el destino de Roma es una toma de posición que las colocó en la más profunda oposición a ese sistema político, económico y militar que estableció la rapiña mediante la forma de la pax romana. En el medio apocalíptico cristiano, la respuesta a todo ello fue una auténtica “cristología del Siervo” de Isaías, desdoblada en la forma de la visión del Cordero, capaz de enfrentar desde su absoluta fragilidad e indefensión, a los poderes criminales del momento, una misteriosa y progresiva revelación, pues el Cordero evoluciona “a la vez en el Reino de Dios, […] y en el escenario de este mundo como testigo y juez. La dualidad de planos la sugiere Isaías y sus poemas del Siervo”.[7] “Como un cordero llevado al matadero…”, ése es el Siervo sufriente de Isaías 53.7, raíz y motivo profético que origina la figura del Cordero en Apocalipsis. La cristología apocalíptica se nutrió así de la visión de un animal real y simbólico que permitió construir el mensaje cristiano y presentar la muerte de Jesucristo a través de él.

La sangre del Cordero y la cristología de Apocalipsis
A la parodia de juicio al que fue sometido Jesús le correspondió el vendaval de persecuciones en contra de sus seguidores en el imperio. El Cordero aparece, así, como el depositario del sufrimiento humano en todas sus manifestaciones y su sangre es el vehículo de la salvación: “Del mismo modo que la sangre del cordero pascual significaba la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la muerte de Cristo hizo posible la liberación de los cristianos de su esclavitud universal”.[8] Jesús es el Cordero escatológico cuya sangre tiene virtud propiciatoria y expía los pecados. Más allá de lo desarrollado por la carta a los Hebreos, en donde es el sacerdote por excelencia, que se entrega a sí mismo también por los pecados de su pueblo, Apocalipsis profundiza la intuición y personifica en él al Cordero pascual, cuya sangre obtiene los beneficios prometidos por Dios desde la antigüedad. La primera pascua es sustituida por la nueva, que en el panorama apocalíptico es vista como la consecución absoluta de las promesas divinas. Al referirse a su propia sangre en la cena pascual de despedida, Jesús afirma su efecto propiciatorio.
La imagen de Ap 7.14, en la que los redimidos/as han “lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero”, intensifica la relación que los creyentes tienen con su redentor, y subraya la manera en que la visión reinterpreta la capacidad del nuevo y definitivo cordero pascual para incluirlos en el conjunto de adoradores fieles: “La paradójica imagen de ‘lavar sus ropas en la sangre del Cordero’ puede referirse al bautismo de la gran multitud. Podría aludir también a su actual experiencia de sufrimiento y violencia a manos de los poderes antihumanos y antidivinos responsables también de la muerte violenta de Cristo. Sin embargo, su número no se limita necesariamente a los cristianos, sino que podría incluir a los que han sufrido la violencia de la gran tribulación: guerra, hambre, peste, muerte y persecución”.[9] Ya no experimentarán dolor ni sufrimiento y el Cordero es su pastor (el Buen Pastor de la tradición juanina, Jn 10.11-18) y se encarga de enjugar sus lágrimas (7.16-17).
En Ap 15, el cántico de los redimidos (vv. 3-4) se sobrepone al de Moisés y, en el contexto de las aspiraciones del imperio romano, cuestiona de raíz su legitimidad espiritualidad, sobre todo, para afirmar quién gobierna verdaderamente el mundo: “En el Apocalipsis, el Cántico de Moisés se ha convertido en el Cántico del Cordero, en el ‘cántico nuevo’. Ambos cantos alaban la actividad redentora de Dios desplegada en la liberación de su pueblo. Por otra parte, el himno funciona también como respuesta positiva al evangelio eterno, pues anuncia que la justicia de Dios hará que las naciones de la tierra vengan a dar culto a Dios. Lo mismo que César, Dios es llamado aquí rey de las naciones”.[10] Esta nueva canción celebra la verdadera realidad, no visible para los súbditos del César, acerca del control del destino del mundo. Al liberar Dios a su pueblo de manera plena, se celebra el amor y la justicia de Dios como la única posibilidad de libertad para los seres humanos. Los seguidores/as del Cordero, por definición, se negarán a someterse a los designios de la bestia (13.8) y confirmarán su fidelidad hasta la muerte, de ser necesario. “Los verdaderos seguidores del Cordero son felicitados por no haber bebido ‘el vino de su fornicación’ [18.3]. Son miembros de la comunidad del Cordero”.[11]

Historia, sufrimiento y salvación
Pasmosamente, como en un ralenti cinematográfico, en los evangelios desfilan los protagonistas de la historia de la pasión de Jesús. Allí aún importan los detalles. Jesús se asume como una persona entregada al poder desatado de sus enemigos, que creerán poder acabar con él: “…el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley que lo condenarán a muerte y lo pondrán en manos de extranjeros que se burlarán de él, lo escupirán, lo golpearán y lo matarán” (Mr 10.33b-34a). Según el Cuarto Evangelio, a Jesús no se le quiebran las piernas “para observar el precepto de ley que prohíbe quebrar los huesos del cordero (Jn 19.36, Éx 12.46)”.[12] En el Apocalipsis ya no importan los detalles, pues ni siquiera se utiliza la palabra cruz alguna vez, y la fórmula para describir lo sucedido, mediante la figura del Cordero, es sumamente escueta: su sangre ha saciado y derrotado, al mismo tiempo a los poderes criminales. Vaya fórmula contradictoria y paradójica: el sistema asesino bebe la sangre de sus súbditos en una región marginal del imperio, para posteriormente proseguir en ese sendero de muerte, y finalmente ser “vencido”, operativamente, por la fe en el verdadero Señor de la historia universal. “Con la aceptación por Constantino de la bandera de la cruz para su ejército el imperio concede que solamente puede sobrevivir asumiendo como ideología la religión cristiana, y como un apoyo político la institución episcopal”.[13]
A los acontecimientos minuciosamente registrados por los evangelios le corresponde ahora una interpretación extremadamente simbólica que traslada dichos sucesos al plano de la fe que, con el tiempo, se ha desarrollado y probado ante las pruebas más crueles. Las circunstancias ligadas al secuestro, la tortura y el asesinato de que fue objeto Jesús fueron realidades innegables que se irían sustituyendo por una comprensión más honda del trasfondo que les dio lugar: la lucha espiritual contra el pecado y el mal alcanzó dimensiones concretas que las primeras comunidades cristianas debieron procesar guiada por el Espíritu prometido. En el cap. 17 aparece el panorama del juicio divino contra la oposición a su Reino y como parte de esto la iglesia participa denodadamente del lado de su Señor. La guerra contra ella por parte de la bestia del mar se recrudece pero en la derrota que les infringe el Cordero, “Rey de reyes y Señor de señores” (v. 14b) participan también “los llamados, los elegidos y los creyentes” (v. 14c). “El esplendor y la riqueza de Babilonia asombran incluso a Juan (17,6-7). Babilonia lleva algo escrito en su frente, lo mismo que los seguidores del Cordero. La expresión ‘nombre misterioso’ puede aludir a la gran Diosa Madre. Babilonia sostiene en sus manos una copa de oro llena de idolatría y de cosas detestables. El contenido de la copa es explícitamente interpretado como la sangre de los cristianos asesinados, con la que se ha emborrachado la gran ciudad”.[14]
Jesús formó parte de esas cadena de crímenes contra personas inocentes, pero que resistieron el poder imperial, de modo que todo lo que rodeó su muerte vendría a repetirse, una y otra vez, en la vida de sus seguidores y creyentes. Pero el destino de Roma ya estaba anunciado y los verdaderos vencedores serían otros, a pesar de todo. “El texto describe a Roma emborrachada con la sangre no sólo de los santos, sino de todos los degollados en la tierra. Roma ostenta enormes riquezas y detenta un poder universal. Sus decretos son aplicados en las provincias que dan cobijo a la idolatría romana e incitan a la persecución de los cristianos”.[15]
La luz de la eternidad vislumbrada por el Apocalipsis lo ilumina todo, desde el triunfo aparente, pero imposible del mal, hasta el sufrimiento inexplicable de los justos e inocentes, pasando por el triunfo irremisible del amor de Dios. Ahora se espera de los lectores una respuesta de fe que sea capaz de ofrecer recursos para la resistencia espiritual en nombre del verdadero Dios, el de la vida, no el de la muerte ni la crueldad. Barbara Andrade describió la reacción más adecuada con singular precisión: “El Espíritu Santo concreta este mensaje nuclear de la fe: en cuanto Espíritu del Hijo crea en los creyentes —en los que están ‘llenos del Espíritu Santo’— el servicio incondicional de Jesús por el ‘Reino’ de su Padre; y en cuanto Espíritu del Padre nos capacita para hacer lo que hace el Padre: desclavar a los crucificados y así transformar nuestra sociedad en una sociedad en la que ‘habita’ Dios”.[16] Sólo así se dejará de usar el nombre de Dios de manera idolátrica para seguir crucificando personas y asesinando con el pretexto de que se sirve a propósitos nobles.
Como escribió Martin Buber, acerca de la profanación de la palabra Dios y de la realidad a la que alude: “Si eligiera el concepto más puro y resplandeciente de la recóndita cámara de los tesoros de los filósofos, sólo podría recoger en él una imagen conceptual sin compromisos, pero no la presencia de aquél a quien las generaciones humanas han venerado o humillado con sus pavorosas vidas y muertes… Aquél a quien aluden las generaciones de los hombres que con tormentos infernales golpean las puertas del cielo… dibujan caricaturas y escriben debajo “Dios”. Se asesinan unos a otros y dicen: ‘En nombre de Dios’”.[17]





[1] José Comblin, Cristo en el Apocalipsis. Trad. de A.E. Lator Ros. Barcelona, Herder, 1969 (Biblioteca Herder, sección de Sagrada Escritura, 108), p. 39.
[2] Ibid., p. 40.
[3] Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis: visión de un mundo justo. Trad. de V. Morla Asensio. Estella, Verbo Divino, 1997 (Ágora, 3), p. 114.
[4] Jorge Pixley, “Las persecuciones: el conflicto de algunos creyentes con el Imperio”, en RIBLA, núm. 7, www.claiweb.org/ribla/ribla7/las%20persecuciones.htm.
[5] Idem.
[6] José Adriano Filho, “El Apocalipsis de Juan como relato de una experiencia visionaria. Anotaciones sobre la estructura del libro”, en RIBLA, núm. 34, www.claiweb.org/ribla/ribla34/el%20apocalipsis%20de%20juan.html.
[7] J. Comblin, op. cit., pp. 42-43.
[8] Elisabeth Schüssler Fiorenza, op. cit., p. 92.
[9] Ibid., p. 100.
[10] Ibid., p. 130.
[11] Ibid., p. 126.
[12] J. Comblin, op. cit., p. 52.
[13] J. Pixley, op. cit.
[14] E. Schüssler Fiorenza, op. cit., p. 136.
[15] Ibid., p. 138.
[16] Barbara Andrade, “Algunas reflexiones sobre la ‘creación’ y el sufrimiento”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 40, p. 18, www.pasionistas.net/documentos/stauros/Stauros%2040.doc.
[17] M. Buber, Eclipse de Dios. Estudios sobre las relaciones entre religión y filosofía. Trad. de L.M. Arroyo y J.M. Hernández. Salamanca, Sígueme, 2003, pp. 13-14.

jueves, 2 de abril de 2015

El Cordero cumple el plan divino y llama a la comunión, L. Cervantes-O.

2 de abril, 2015

Y oí en el cielo una voz poderosa que decía: […]
Han sido ellos quienes lo vencieron
por medio de la sangre del Cordero
y por medio del mensaje con que testificaron,
sin que su amor a la vida/ les hiciera rehuir la muerte.
Apocalipsis 12.10a, 11, La Palabra (Hispanoamérica)



En la visión apocalíptica, el conflicto entre lo que representa la acción salvadora de Jesucristo, el Cordero de Dios, se percibe mediante una intensa oposición entre dos personajes simbólicos, la mujer y el dragón, es decir, entre el pueblo de Dios y los enemigos del proyecto redentor. En Ap 12, tal conflicto alcanza una dimensión encarnizada, aunque ciertamente la disparidad entre aparente fuerza de ambos parece muy clara: la mujer está embarazada (vv. 1-2) y el dragón esplende con todo su vigor para tratar de acabar con su hijo apenas naciese (vv. 3-4). Ella da a luz al hombre que gobernará el mundo (v. 5), el cual es protegido por el propio Dios (v. 6). “Con el nacimiento del Mesías […] se da comienzo a la batalla decisiva entre Dios y Satán por el dominio del mundo; con él comienzan, en cierta manera, los últimos tiempos, y por eso es en sí mismo un suceso escatológico”.[1] Se trata de una escena sobrecogedora que concentra maravillosamente la lucha radical entre el plan del Creador de todas las cosas y la resistencia profunda en su contra. “La descripción es muy realista y todos sus lamentos [de la mujer] están tomados de diversos pasajes del Antiguo Testamento, que presentan la llegada del tiempo mesiánico bajo la imagen de una mujer en trance de dar a luz; la mujer es Israel (Is 66.7s; Miq 4.9s). El paralelo más exacto lo encontramos en Is 26.17: ‘Como mujer encinta cuando llega el parto, se retuerce y grita en sus colores’”.[2] La mujer es el “arquetipo ideal” del pueblo de Dios que, desde el punto de vista divino, que “está presente en él desde un principio en el cielo”.[3] El dragón es un animal mitológico y representa las fuerzas malignas enemigas de Dios. Su apariencia (siete cabezas y diez cuernos) proviene del libro de Daniel (7.7, 24), lo mismo que su actuación al “arrastrar un tercio de las estrellas del cielo” y arrojarlas sobre la tierra (8.10).

A continuación, la batalla con los ángeles de Dios es encarnizada: las huestes satánicas son derrotadas y expulsadas del cielo (Ap 12.7-8; cf. Dn 2.35; Jn 12.31b: “…ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”), con lo que el dragón es lanzado a la tierra (v. 9). Una gran voz anuncia, entonces, que ha llegado la plenitud de la salvación y el Reino de Dios, y que ha sido vencido el “acusador” continuo de la humanidad y de los redimidos (v. 10). “Era espía envidioso, mirando, vigilando, acusando... Era signo de todos los espías terrestres que rodean a la comunidad de Juan, acusando a sus fieles ante las autoridades del Imperio. Satán, el Diablo antiguo, es en la iglesia el signo frontal de la denuncia, división y muerte. Pues bien, ya ha sido expulsado de los cielos. No puede buscar allí su aval o protección”.[4] Los acompañantes del Cordero han vencido, juntamente con él, toda la oposición violenta en contra de los planes de Dios. Las armas con que han obtenido esta victoria son, primero, la sangre del cordero degollado (v. 11.a) y la palabra de su testimonio (11b): si el conflicto eminentemente espiritual entre Dios y sus enemigos se lleva a cabo en el cielo, la tierra “es el campo de batalla de los testigos, de su muerte heroica y de su victoria final. Los testigos pudieron ser fieles porque a causa de la muerte de Jesús habían recibido la fuerza para serlo”.[5] Los mártires cristianos son todos los que ofrendarán su vida por la fe en el periodo de gran prueba que está por venir.

“No cantan los humanos la victoria de los ángeles sino, al contrario, los ángeles la victoria de los humanos. Lo que antes era reino o triunfo de Miguel (batalla celeste) es ahora expresión de triunfo humano. Los cristianos vencen a Satán por los dos medios ya evocados al principio del Apocalipsis (cf. 1,2): por la sangre del Cordero (entrega de Jesús) y la palabra de su testimonio, por el martirio hecho palabra de vida”.[6] La voz celebra esta victoria y exhorta a los cielos a alegrarse, aun cuando el dragón, ya en la tierra, no deja de hacer la guerra a la mujer (v. 13), pero ella es protegida (v. 14) y puede resistir esos embates ayudada por la tierra (vv. 15-16). El dragón no deja de pelear contra los fieles seguidores del Cordero (v. 17). La derrota del dragón fue efecto de la muerte de Jesús en la cruz, por lo que, haga lo que haga, visiblemente en la historia, no podrá recuperarse de su derrota definitiva aun cuando siga asesinando creyentes y masacrando comunidades. La certeza de que ellos y ellas acompañarán al Cordero en sus bodas (19.7, 9), en el acto supremo de comunión, compañerismo y salvación, es el horizonte de fe que les espera como destino final.

Alegrémonos y gocémonos
y ensalcemos su grandeza,
porque ha llegado el momento
de las bodas del Cordero.
¡Está su esposa engalanada,
vestida de lino finísimo
y deslumbrante de blancura!
El lino que representa
las buenas acciones de los consagrados a Dios. (19.7-8)

Allí verán cara a cara a su Señor y verificarán que lo vivido por causa de su nombre valía ése y todos los esfuerzos y sufrimientos. Allí su llanto será enjugado definitivamente (21.4), por su Señor mismo. Ahora mismo el Señor llama a su pueblo a anticipar ese acto crucial y extraordinario en la mesa que precede, cada vez que se realiza, la consumación de la comunión plena de Dios con su pueblo.




[1] Alfred Wikenhauser, El evangelio según san Juan. Trad. Florencio Galindo. Barcelona, Herder, 1967 (Biblioteca Herder, sección de Sagrada Escritura, 95), p. 158.
[2] Ibid., p. 153.
[3] Ibid., p. 154.
[4] X. Pikaza Ibarrondo, Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1997 (Guías de lectura del Nuevo Testamento), p. 146.
[5] Johannes Beutler, “El mensaje del Apocalipsis frente a las interpretaciones fundamentalistas”, en Armando J. Bravo, ed., Apocalipsis: ¿fin de la historia o utopía cristiana? Memorias del V Simposio Internacional de Teología. México, Universidad Iberoamericana, 1999, p. 21.
[6] X. Pikaza, op. cit., p. 146.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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