domingo, 24 de mayo de 2015

Actividades

OREMOS POR LA INTERVENCIÓN A LA QUE SERÁ SOMETIDO EL D.I. ODILÓN ARELLANO A.

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 26 de mayo, 19 hrs.
Modera: Hna. Eunice Palomino L.

Llamamiento: Hageo 2.1-9
Himno: “Que todo lo que vive” (86)
Oración de ofrecimiento
Himno: “Santo Espíritu, renueva” (275)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Oseas 14
Tema: Conversión y promesa
Himno: “Vine a Cristo Jesús y encontré” (311)
Ofertorio
Bendición pastoral

POSTERIDAD DE OSEAS
Jesús M. Asurmendi

El profeta Oseas tuvo mucho éxito después de su muerte. No tiene por qué sorprendernos, si tenemos en cuenta que aquella época, que fue la suya, terminó con un desastre de especial gravedad por sus consecuencias para Israel. La lucha del profeta contra Ba'al y contra la política de alianzas de los responsables de Samaría había sido inútil; no le habían escuchado y el desastre había ocurrido tal como él lo había anunciado. El corazón de su mensaje, en las perspectivas teológicas de la época, resultó exacto: ni Ba'al ni Egipto habían sido capaces de salvar a Israel. La palabra de Oseas adquirió entonces, para el conjunto del pueblo, unas dimensiones teológicas que no había tenido antes, especialmente para los pocos emigrantes que habían encontrado refugio en Judá, último bastión y última referencia teológica del pueblo de Yhwh.
No se sabe mucho de la persona de Oseas, fuera de la historia de su matrimonio, del que los textos, por otra parte, tampoco nos permiten hacernos una idea muy precisa; pero lo que se ha dicho sobre sus tomas de posición teológicas y políticas permite pensar que debió estar cerca de los ambientes de oposición hostiles a la corte y a los santuarios de Ba'al, con los que volvemos a encontrarnos en los orígenes del Deuteronomio y de su escuela. […]
La influencia de Oseas es también perceptible en los libros proféticos, especialmente en Jeremías y Ezequiel. La imagen «padre-hijo» es utilizada a menudo por Jeremías (Jr 3, 4; 31,9), así como la imagen «marido-mujen) (sobre todo en el c. 3). También el profeta Ezequiel utiliza esta representación en dos capítulos célebres: 16 y 23. […]
Dicho esto, la posteridad de Oseas desborda los libros proféticos. Así, aunque no hace de ello un uso sistemático, el Nuevo Testamento utiliza algunos textos del profeta en varios momentos clave: Mt 2, 15 cita a Os 11,1 en el texto midrásico de la huida a Egipto: Jesús se convierte en el hijo al que el Señor llama de Egipto; el pueblo, Israel, se concentra en Jesús, se identifica con él. -Por otra parte, al utilizar la imagen del «hijo», Mt quiere sin duda revelar uno de los aspectos fundamentales de la personalidad de Jesús.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES


31 – Reunión extraordinaria de Consistorio

Cada encuentro con Dios genera bendición, L. Cervantes-O.

24 de mayo, 2015

Le concedes lo que su corazón desea,
no le niegas lo que sus labios piden;
con las mejores bendiciones te acercas a él,
ciñes a su cabeza una corona de oro fino.
Salmo 21.3-4, La Palabra (Hispanoamérica)

En el camino y la experiencia de la fe cristiana, la expresión “encontrarse con Dios” no es una bella metáfora ni un eufemismo para enmascarar ciertas inclinaciones religiosas individuales o colectivas. La frase encierra un conjunto de realidades a las que se ha tenido acceso mediante la mirada que el Espíritu Santo, esa persona que siempre está viniendo al corazón de cada seguidor/a de Jesucristo, refuerza y consolida con el paso del tiempo. Por ello, cada vez que un/afirma que se ha encontrado con Dios entra a un espacio de gracia en donde su intimidad y familiaridad con Él se vuelve motivo y motor de la esperanza que alberga para continuar adelante y participar de los designios de su Señor y Salvador. No otro era el horizonte que indagó, en un esfuerzo espiritual y humano, tan loable como necesario, la ya fallecida teóloga germano-mexicana Barbara Andrade (1934-2014), quien enfatizó el encuentro con Dios (en la historia, título de su tesis doctoral) como un “don creador”, como una comunión efectiva y regalo de vida. Estamos hablando de lo que ella preguntó en un momento dado: “¿Cuál es tu experiencia de Dios?”, que puede acontecer en momentos exaltados o espectaculares, para algunos, pero para otros en la intimidad más silenciosa y menos ostensibles. Para ella, la fe: “Tiene rasgos utópicos también, en cuanto que se basa en experiencias vividas, experiencias de encuentro, místicas, de acompañamiento en la fe y de experiencia en la comunidad, pero es sobre todo experiencia de perdón, perdón incondicional que es el punto de toque de lo que llamamos la gracia de Dios, o experiencia de Dios”.[1]

Los casos bíblicos de encuentro con Dios que generaron bendición son múltiples pues van desde la más profunda intimidad (como en el caso de Abraham al ser llamado a salir de Ur de los caldeos o Elías mediante el silbo apacible y tierno) hasta la manifestación teofánica más aparatosa (como el mismo Elías al derrotar a los sacerdotes de Baal o Josué al detener el sol en medio de una batalla). Pero esas realidades históricas de fe no pueden aplicarse automática o mecánicamente a otras personas en nuevos tiempos o circunstancias, pues Dios trata con cada uno de maneras muy diferentes: “Nadie fue ayer,/ ni va hoy,/ ni irá mañana/ hacia Dios/ por este mismo camino/ que yo voy./ Para cada hombre guarda/ un rayo nuevo de luz el sol.../ y un camino virgen/ Dios”. (León Felipe). O como dijo Vicente Leñero: “Jamás he tenido […] una experiencia espiritual como la que narran ustedes y los místicos. A mí Dios nunca me ha hablado. Me dan mucha envidia”.[2] Pero aun así, nunca dejó de creer ni dejó de estar “sediento de Dios”,[3] porque acaso a la inmensa mayoría nunca le sucederá lo que a Saulo de Tarso en las afueras de Damasco, pero eso no implica que Dios no salga a nuestro encuentro siempre: en las páginas de su palabra, en el amor vivido de manera auténtica, en la amistad verdadera, en los laberintos de la vida…

En el salmo 21, estamos ante la experiencia de fe del monarca, nada menos, que necesitaba, de verdad, experimentar frecuentes encuentros con Dios para gobernar con sabiduría a su pueblo. Sólo de un Dios que le saliese al encuentro podía proceder la sabiduría necesaria para conducir los destinos de una nación, especialmente al momento en que los propios súbditos ruegan por él. De ese modo, el poder entregado al rey podrá desdoblarse en formas de servicio de beneficio directo para el pueblo. El encuentro con Dios, descrito al inicio del salmo (“con las mejores bendiciones te acercas a él”, v. 4) ,abre las puertas para un comportamiento personal y político marcado por el temor de Dios (“Porque el rey confía en el Señor,/ por el amor del Altísimo no sucumbirá”, v. 8). La cadena de bendiciones descritas a continuación, todas de utilidad para la población gobernada, no está exenta de conflictos que se deben afrontar con energía, pero nunca separándose de los designios divinos (“Tu mano golpeará a tus enemigos,/ tu diestra golpeará a tus adversarios”, v. 9). Después de todo, en el rey verá la mano poderosa de Dios actuando en su favor (“Álzate, Señor, con tu poder;/ nosotros cantaremos y alabaremos tu bravura”, v. 10).

Cada encuentro con Dios genera bendiciones, las cuales deben ser evaluadas mesuradamente y con el paso del tiempo, con todo y la premura con que el carácter humano desea, casi siempre, aplicar los resultados de dichos encuentros. Encontrarse con Dios plantea, como se puede apreciar en tantas situaciones, que las prioridades o criterios aplicados para interpretar lo acontecido no sean los adecuados y se requiera tomar otro rumbo, como le sucedió a tantos personajes de la Biblia. Esa ruta del encuentro de Dios es, en verdad, inabarcable en sus dimensiones de conexión con lo eterno, pero al mismo tiempo es una forma de redención de la cotidianidad, que es justamente donde Dios sale al encuentro para otorgar bendición, siempre y cuando exista también una disposición para que ese encuentro se proyecte en todas las áreas de la vida de quien es objeto de esa visita.





[1] Gregorio H. Chávez y Rafael Espino, “Teología de la esperanza. Entrevista a la teóloga Bárbara Andrade”, en Vida Pastoral, www.vidapastoral.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=316
[2] Javier Sicilia, “Vicente leñero, mi amigo”, en El Diario de Coahuila, 7 de diciembre de 2014, www.eldiariodecoahuila.com.mx/notas/2014/12/7/vicente-lenero-amigo-470876.asp.
[3] Eduardo Garza Cuéllar, “Vicente Leñero, sediento de Dios”, en Este País, 1 de febrero de 2015, http://estepais.com/site/2015/vicente-lenero-sediento-de-dios/

Salmo 21



1-2 Señor, por tu poder se alegra el rey,
¡cómo se regocija por tu victoria!
3 Le concedes lo que su corazón desea,
no le niegas lo que sus labios piden;
4 con las mejores bendiciones te acercas a él,
ciñes a su cabeza una corona de oro fino.

5 Te pidió vida y se la diste,
una larga vida que no tendrá fin.
6 Por tu victoria es grande su honor,
tú le confieres gloria y majestad,
7 le otorgas bendiciones eternas,
lo llenas, junto a ti, de alegría.
8 Porque el rey confía en el Señor,
por el amor del Altísimo no sucumbirá.
9 Tu mano golpeará a tus enemigos,
tu diestra golpeará a tus adversarios.
10 Harás de ellos un horno ardiente
cuando estalle tu ira, Señor,
cuando los consuma tu cólera y el fuego los devore.
11 Harás desaparecer a sus hijos de esta tierra,
a sus descendientes de entre los mortales.
12 Porque intentaron hacerte daño,
tramaron intrigas sin éxito alguno.
13 Tú los pondrás en fuga
tensando tu arco contra ellos.
14 Álzate, Señor, con tu poder;
nosotros cantaremos y alabaremos tu bravura.

domingo, 17 de mayo de 2015

Letra 418, 17 de mayo de 2015

CONTRA CORRIENTE
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 105.

Vosotros servís al Señor, no a los hombres.
Efesios 6.7

 

N

ada ha cambiado: el cristiano en su entorno —por más que éste sea supuestamente cristiano, quizá incluso muy conscientemente cristiano— siempre será un bicho raro y amenazado. El camino del cristiano, por solidario que éste pueda ser con el mundo, no puede en modo alguno ser el camino del mundo, y menos aún de un mundo supuestamente cristianizado. Tendrá que seguir, en lo grande y en lo pequeño, su propio camino desde el lugar que lo mueve, y por eso, en todo cuanto piensa, dice y defiende —abiertamente en unos casos, menos abiertamente en otros, pero siempre, en realidad— será un extraño que dará muchas ocasiones de escándalo.

A unos les parecerá demasiado ascético, y a otros demasiado optimista o demasiado despreocupado; unas veces le tacharán de individualista, y otras de colectivista; unas veces de autoritario, y otras de librepensador; unas veces de burgués, y otras de anarquista... Rara vez se le podrá encuadrar en la mayoría que predomina en su entorno. En cualquier caso, nunca se dejará llevar por la corriente. Las grandes evidencias no tendrán nunca para él validez absoluta, aunque tampoco la tendrá la absoluta negación de las mismas, de manera que difícilmente se le podrá contar tampoco entre quienes aplauden a los revolucionarios de turno. Y no cultivará su libertad de pensamiento a escondidas, sino que la manifestará con sus obras y con una conducta libre que nunca será del agrado de la gente.
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LA ALEGRÍA DE ENSEÑAR

Educar es enseñar a soñar: “de los sueños salen pájaros salvajes que ninguna educación puede domesticar".
Rubem Alves

Recuerdo muy bien el día que descubrí a Rubem Alves. Estaba leyendo un libro sobre historia de la educación (Historia de las ideas pedagógicas, de Moacir Gadotti) en la biblioteca de la Ibero Tijuana, frente al ventanal que mira al mar. Había ya pasado los grandes autores: los griegos, San Agustín, Santo Tomás, Comenio, Rousseau, Spencer, Durkheim, Dewey, Freinet, Rogers, y casi al final del libro describían el aporte educativo de algunos educadores brasileños: Fernando de Azevedo, Laurenço Filho, Alvaro Vieira, Freire y en medio de ellos se mencionaba a un autor brasileño que presentaba una mezcla poco común, ecléctico y muy interesante: pastor presbiteriano, psicoanalista, teólogo de la liberación, escritor de cuentos para niños, poeta, académico y educador, ¿su nombre? Rubem Alves. Lo poquísimo que leí me hizo volar con la imaginación por un buen rato. Pensé que si alguien podía llevar a la realidad de las escuelas las ideas de Alves, el mundo podría ser totalmente otro. Desde entonces he querido ser ese alguien.

Este encuentro fortuito con Alves me hizo buscar información sobre él en internet y encontré muy poco en español y casi nada en inglés. No fue sino hasta la feria del libro de Tijuana (debió haber sido 2007) que me encontré con su primer libro en español: La alegría de enseñar: un libro lúcido, revolucionario y profundo. En él critica la obsesión de las escuelas actuales, tanto en Brasil como en Latinoamérica, por lograr niveles de “excelencia”, y afirma que cuando la maquinaria educacional es más eficiente es cuando se perfecciona la deformación que produce en los jóvenes. Tal deformación consiste en convertir a los seres humanos en instrumentos de producción.

Alves nos recuerda que los aprendizajes son en realidad la respuesta a desafíos que la vida presenta diariamente y no lo que se produce artificialmente siguiendo un programa diseñado por un burócrata que no conoce la realidad de los alumnos o de los maestros. Por lo tanto, es necesario revalorar la vida diaria por su capacidad de proporcionar oportunidades para crecer como persona. Esta revaloración tiene que incluir los saberes adquiridos en la calle, con los amigos, en los espacios en los que transcurre la vida: tiene que ver con volver a recordar aquello que se nos ha hecho olvidar en los procesos educativos que solo buscan producir hombres y mujeres productivos y rentables. ¡Es necesario regresar a la vida real!

Aquí pongo algunas citas:

...que en las escuelas se enseñara el horror absoluto a la violencia y a las armas de cualquier tipo. Quién sabe si algún día tendremos una Escuela Superior de Paz, que se encargue de hablar del error de las espadas y la belleza de los arados, el dolor de las lanzas y el placer de las tijeras de podar. Que los niños aprendieran también sobre la naturaleza que está siendo destruida por el lucro, y las lecciones del dinosaurio que fue destruido por causa de su proyecto de crecimiento, mientras las lagartijas sobrevivieron...

El programa de la escuela, aquel conjunto de saberes que las profesoras intentan enseñar, representa los deseos de otro, que no es un niño. Quizá un burócrata que entiende poco los deseos de los niños. Es necesario que la escuela enseñe a los niños a tomar conciencia acerca de sus propios sueños.

Educar es mostrar la vida a quien aún no la ha vivido. El educador dice: ¡Atento, apunta! El alumno lee la dirección apuntada y ve lo que nunca vio. Su mundo se expande, se ve más rico...

Sintiéndose más rico interiormente pude sentir y compartir mayor alegría...

La primera tarea de la educación es enseñar a ver. Los niños a través de los ojos tienen el primer contacto con la belleza y fascinación del mundo... Los ojos tienen que ser educados para que la alegría aumente.

Distingo en la educación dos partes muy importantes : Educación de las habilidades. - Educación de las sensibilidades. Sin la educación de las sensibilidades , todas las habilidades se tornan sin sentido. Sin la educación de las habilidades, todas las sensibilidades se quedan sin sentido...

Resalto la capacidad de los niños de asombrarse al contemplar lo más simple. Para los niños todo es maravilloso : una lombriz, una concha de caracol, el vuelo de la mariposa, una peonza en la tierra, una cometa en el cielo... Cosas que los eruditos no ven.

En la escuela aprendí complicadas clasificaciones botánicas, muchas fechas señaladas en la historia, nombres latinos, ya olvidados, pero... no recuerdo ningún profesor que me animara a prestar atención sobre la belleza de un árbol o lo curioso de la simetría que muestran las hojas...

Parece que en aquel tiempo las escuelas estaban más preocupadas porque los alumnos memorizaran palabras que en comprender las realidades que ellas representan. Las palabras sólo tienen sentido si nos ayudan a ver mejor el mundo... Aprendemos palabras para mejorar los ojos...
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“ESE VENERO, ESE MANANTIAL”: PRESENCIA DE LA BIBLIA EN LA CULTURA DE OCCIDENTE (I)



Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los libros sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón. Me gusta desmoronar esas costras que han ido poniendo en los poemas bíblicos la rutina milenaria y la exégesis ortodoxa de los púlpitos para que las esencias divinas y eternas se muevan otra vez con libertad. Después de todo, digo otra vez que estoy en mi casa. El poeta al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra, porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética hecha por el Viento y donde todo poeta legítimo se encuentra? […]
León Felipe, “Qué es la Biblia?”, en Ganarás la luz (1943)

El impacto de una “literatura sagrada”
Jorge Luis Borges, el gran escritor argentino, escribió sobre la extraordinaria riqueza y diversidad de los documentos reunidos en la Biblia que hacen justicia al significado original de esta palabra, pues la Biblia es una auténtica biblioteca:

¡Qué idea excepcional, la de reunir textos de distintos autores y distintas épocas y atribuirlos a un autor único, el Espíritu! ¿No es maravilloso? Es decir, obras tan dispares como el Libro de Job, el Cantar de los Cantares, el Eclesiastés, el Libro de los Reyes, los Evangelios y el Génesis: atribuirlos todos a un solo autor invisible. Los judíos tuvieron una magnífica idea. Es como si alguien pretendiera conjuntar en un solo tomo las obras de Emerson, Carlyle, Melville, Henry James, Chaucer y Shakespeare, y declarar que todo proviene del mismo autor.
(“La literatura de mis días”, 1983).

En su caso, y como él mismo dio testimonio varias veces, llevaba la Biblia “en la sangre”. Prueba de ello son las múltiples alusiones a lo largo de su obra y los prólogos que escribió a las traducciones del libro de Job y del Cantar de los Cantares, de Fray Luis de León. Asimismo, sus poemas sobre el Eclesiastés y los Evangelios son magníficos; así, el dedicado a “Juan 1, 14” es ejemplar: “He encomendado esta escritura a un hombre cualquiera; / no será nunca lo que quiero decir,/ no dejará de ser su reflejo. / Desde mi Eternidad caen estos signos”. Y en otro momento, resumió: “La Biblia, más que un libro, es una literatura”. La variedad de géneros y estilos, de temas y relatos, hacen de la Biblia un auténtico venero, un océano de posibilidades para ver desplegada la experiencia humana en todas sus variantes.


Asomarse a su influencia en la cultura de Occidente, es una magnífica oportunidad para constatar la manera en que estos textos sagrados han contribuido a modelar el pensamiento, las creencias y las mentalidades, a tal grado, que resulta impensable imaginar el mundo, tal como se ha conocido hasta hoy, sin su presencia en todos los niveles de la existencia. Con ello no se quiere decir que el aprecio que tiene se refleje necesariamente en las estructuras sociales, políticas o educativas de los diversos países, sino más bien que el legado bíblico permea ampliamente su espectro cultural y rebasa, con mucho, los esfuerzos institucionales que se realizan para promover su lectura e interpretación. Hace algunas décadas, dos estudiosos evangélicos latinoamericanos indagaron este tema desde perspectivas diferentes: don Aristómeno Porras (más conocido por su seudónimo Luis D. Salem) lo hizo en un par de cuadernillos atinados y sensibles. Más tarde, Luis Rublúo Islas dedicó una columna periodística a dar cuenta de las aficiones bíblicas de un centenar de estadistas, escritores, músicos o artistas, y la lista es verdaderamente larga.
(LC-O)

Actividades

HOY TENDREMOS CAPACITACIÓN Y ACTUALIZACIÓN DE OFICIALES

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 19 de mayo, 19 hrs.
Modera: Hna. Eunice Palomino L.

Llamamiento: Sofonías 2.1-3
Himno: “¡Gloria, gloria, aleluya!” (5)
Oración de ofrecimiento
Himno: “Santo Espíritu, dirige” (272)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Oseas 13

Tema: Juicio y esperanza

Himno: “Cuando lo anhelo más” (351)
Ofertorio
Bendición pastoral

OSEAS, EL PROFETA
Jesús M. Asurmendi

Al final de este rápido recorrido del libro de Oseas, vale la pena subrayar algunos elementos importantes. En primer lugar, el hecho de que Oseas es un profeta del reino del norte. Esto quiere decir que está situado, que pertenece a un ambiente cultural y religioso que no es por ejemplo el de Jerusalén. Las tradiciones teológicas que le resultan familiares no son las de Isaías ni las de Miqueas. Profundamente arraigado en la tradición de su pueblo, su mensaje y su teología están condicionadas y limitadas por este mismo hecho. Pero la riqueza de su mensaje adquiere allí, a su vez, una densidad mucho mayor todavía.
Oseas no es un profeta de laboratorio. No solamente está arraigado en su tradición, sino que está también comprometido en cuerpo y alma con su mensaje. Porque su vida, su experiencia y las vivencias de su amor forman parte de su ministerio y de su mensaje. Si la historia de su matrimonio produce cierto malestar entre los lectores de su libro, si este acto choca sin duda alguna a sus contemporáneos, no es difícil imaginar cuánto le debió costar al profeta mismo. No es posible ser profeta sin asumir unos riesgos y, en su caso, el riesgo llegó verdaderamente muy lejos.
Mediante este compromiso total en su ministerio, Oseas es un verdadero profeta que denunció con rigor el pecado de su pueblo y ofreció a Israel con una fuerza similar el camino de la esperanza. Estas dos características del profetismo se revelan plenamente en su ministerio. Oseas fue un verdadero teólogo, y también en este punto interpela al creyente de hoy. Porque no se trata de “conocer” intelectualmente a Oseas. Se trata de discernir cómo su palabra de fe, realmente fundadora, puede seguir produciendo hoy una experiencia de fe que pueda ser cualificada de cristiana. El texto de Oseas interesa no tanto por lo que dice, porque no se trata de repetirlo, como por el hecho de ser un testimonio de la experiencia de fe de Israel, que representa para el creyente de hoy la matriz de otras experiencias de fe, en la corriente de las cuales el creyente quiere insertar la suya. El texto de Oseas constituye esta matriz en la medida en que la comunidad creyente le reconoce esa potencialidad de provocar una experiencia de fe para hoy.

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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

24 – Domingo de Pentecostés


31 – Reunión extraordinaria de Consistorio

El encuentro con Dios desafía a su pueblo, A.I. Edith Martínez Vázquez

17 de mayo de 2015

Amós 4


1 Escuchen esto, vacas de Basán
que [moran] en la montaña de Samaria,
ustedes que oprimen a los pobres,
maltratan a los necesitados
y dicen a sus maridos:
“Tráigannos algo de beber”.
2 El Señor Dios lo jura por su santidad:
Vendrán sobre ustedes días
en que las sacarán con garfios
y a sus hijos con arpones de pesca;
3 una tras otra saldrán por las brechas
y serán arrojadas al Harmón,
—oráculo del Señor—.
4 Encamínense a Betel y pequen,
a Guilgal y multipliquen sus pecados;
traigan cada mañana sus sacrificios
y cada tres días sus diezmos. […]
6 Yo los he hecho pasar hambre
en todas sus ciudades,
he condenado a la carestía
a todas sus poblaciones;
pero siguen sin convertirse a mí,
—oráculo del Señor—.
7 Soy yo quien les negué la lluvia

faltando tres meses para la siega,
yo el que hice caer la lluvia
en una ciudad sí y en otra no;
y mientras la lluvia empapaba un campo,
otro, al carecer de agua, se secaba.
8 Iban de ciudad en ciudad buscando agua
sin que lograran apagar la sed;
pero siguen sin convertirse a mí,
—oráculo del Señor—.
9 Los golpeé con tizón y con añublo,
agosté sus huertos y viñedos;
devoró la langosta higueras y olivares;
pero siguen sin convertirse a mí,
—oráculo del Señor—.
10 Desencadené sobre ustedes una peste
como la que desencadené sobre Egipto;
pasé a filo de espada a sus jóvenes;
me llevé como botín sus caballos
y el hedor de los cadáveres
inundó sus campamentos;
pero siguen sin convertirse a mí,
—oráculo del Señor—.
11 Los destruí como a Sodoma y Gomorra,
y quedaron como tizón arrancado del fuego;
pero siguen sin convertirse a mí,
—oráculo del Señor—.
12 Pues bien, mira cómo te voy a tratar,
Israel; y porque voy a tratarte así,
disponte a encontrarte con tu Dios. […]
Porque él es quien formó los montes
y dio existencia a los vientos;
él es quien revela al ser humano sus proyectos, […]

domingo, 10 de mayo de 2015

Letra 417, 10 de mayo de 2015

HABLAR CON LOS DEMÁS
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 102.

Lengua sana es árbol de vida.
Proverbios 15.4



E

l yo y el tú deben hablar, el yo y el tú deben escuchar, es decir hablar uno con otro, escucharse mutuamente. Ese es el sentido humano del lenguaje. El lenguaje significa, en sentido amplio, recíproca expresión y recíproca percepción de la expresión; recíproca interpelación y recíproca percepción de la interpelación. Ninguno de estos numerosos elementos puede faltar. En los sentidos de la boca y del oído humanos, por tanto, todo depende de que el ser humano y su prójimo hablen uno con otro y se escuchen mutuamente, de que la expresión y la interpelación sean recíprocas.
Como es sabido, lo mismo que es posible verse sin mirarse, también lo es hablar y oír sin hablar con el otro ni escucharlo. Cuando esto sucede, supone siempre que, de hecho, no estamos en el encuentro y que, por tanto, somos inhumanos. Dos personas pueden conversar abiertamente, a fondo y con empeño; pero si sus palabras están sólo al servicio de su necesidad personal, y al hablar con el otro lo único que desea cada una de ellas es afirmarse y ayudarse a sí misma, seguramente no llegarán a encontrarse. De dos monólogos no puede salir en ningún caso un diálogo. El diálogo, y con él la humanidad del encuentro, sólo empieza cuando la palabra pronunciada en ambas direcciones se convierte en el medio de buscar al otro, de servir al otro, es decir, de ayudarle debidamente en el apuro que uno le crea al otro. Entonces no cruzarán palabras sin encontrarse, sino que hablarán uno con el otro y uno al otro.
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RECUERDO DE LA MADRE AUSENTE
Gabriela Mistral, Lecturas para mujeres (México, 1924)

M
adre: En el fondo de tu vientre se hicieron en silencio mis ojos, mi boca, mis manos. Con tu sangre más rica me regabas como el agua a las papillas del jacinto, escondidas bajo tierra. Mis sentidos son tuyos, y con este como préstamo de tu carne ando por el mundo. Alabada seas por todo el esplendor de la tierra que entra en mí y se enreda a mi corazón.

***

Madre: Yo he crecido, como un fruto en la rama espesa, sobre tus rodillas. Ellas llevan todavía la forma de mi cuerpo; otro hijo no te las ha borrado. Tanto te habituaste a mecerme, que cuando yo corría por los caminos quedabas allí en el corredor de la casa, como triste de no sentir mi peso.
No hay ritmo más suave, entre los cien ritmos derramados por el primer músico, que ese de tu mecedura, madre, y las cosas plácidas que hay en mi alma se cuajaron con ese vaivén de tus brazos y tus rodillas.
Y a la par que mecías me ibas cantando, y los versos no eran sino palabras juguetonas, pretextos para tus mimos.
En esas canciones, tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia, ¡tan extraña!, en la que la habían puesto a existir.

***

Y así, yo iba conociendo tu duro y suave universo: no hay palabrita nombradora de las criaturas que yo no aprendiera de ti. Las maestras sólo usaron después de los nombres hermosos que tú ya habías entregado.
Tú ibas acercándome, madre, las cosas inocentes que podía coger sin herirme; una hierbabuena del huerto, una piedrecita de color, y yo palpaba en ellas la amistad de las criaturas. Tú, a veces, me comprabas, y otras me hacías los juguetes: una muñeca de ojos muy grandes como los míos, la casita que se desbarataba a poca costa ... Pero los juguetes muertos yo no los amaba, tú te acuerdas: el más lindo para mí era tu propio cuerpo.

***

Yo jugaba con tus cabellos como con hilillos de agua escurridizos, con tu barbilla redonda, con tus dedos, que trenzaba y destrenzaba. Tu rostro inclinado era para tu hija todo el espectáculo del mundo. Con curiosidad miraba tu parpadear rápido y el juego de la luz que se hacía dentro de tus ojos verdes; ¡y aquello tan extraño que solía pasar sobre tu cara cuando eras desgraciada, madre!
Sí, todito mi mundo era tu semblante; tus mejillas, como la loma color de miel, y los surcos que la pena cavaba hacia los extremos de la boca, dos pequeños vallecitos tiernos. Aprendí las formas mirando tu cabeza: el temblor de las hierbecitas en tus pestañas y el tallo de las plantas en tu cuello, que, al doblarse hacia mí, hacia un pliegue lleno de intimidad.
Y cuando ya supe caminar de la mano tuya, apegadita cual un pliego vivo de tu falda, salí a conocer nuestro valle.

***

Los padres están demasiado llenos de afanes para que puedan llevarnos de la mano por un camino o subirnos las cuestas.
Somos más hijos tuyos; seguimos ceñidos contigo, como la almendra está ceñida en su vainita cerrada. Y el cielo más amado por nosotros no es aquel de las estrellas límpidas y frías, sino el otro de los ojos vuestros, tan próximo, que se puede besar sobre su llanto.
El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día. Sólo vemos que por las tardes vuelve y suele dejar en la mesa una parvita de frutos, y vemos que os entrega a vosotras para el ropero familiar los lienzos y las franelas con que nos vestís. Pero la que monda los frutos para la boca del niño y los exprime en la siesta calurosa eres tú, madre. Y la que corta la franela y el lienzo en piececitas y las vuelve un traje amoroso que se apega bien a los costados friolentos del niño, eres tú, madre pobre, ¡la ternísima!
Ya el niño sabe andar, y también junta palabritas como vidrios de colores. Entonces tú le pones una oración leve en medio de la lengua, y allí se nos queda hasta el último día. Esta oración es tan sencilla como la espadaña del lirio. Con ella, ¡tan breve!, pedimos cuanto se necesita para vivir con suavidad y transparencia sobre el mundo: se pide el pan cotidiano, se dice que los hombres son hermanos nuestros y se alaba la voluntad vigorosa del Señor.
Y de este modo, la que nos mostró la tierra como un lienzo extendido, lleno de formas y colores, nos hace conocer también al Dios escondido.

***

Yo era una niña triste, madre, una niña huraña como son los grillos oscuros en el día, como es el lagarto verde, bebedor del sol. Y tú sufrías de que tu niña no jugara como las otras, y solías decir que tenía fiebre cuando en la vacía de  la  casa la encontrabas conversando con las cepas retorcidas y con un almendro esbelto y fino que parecía un niño embelesado.
Ahora está hablando así también contigo, que no le contestas, y si tú la vieses le pondrías la mano en la frente, diciendo como entonces: "Hija, tú tienes fiebre".

***

Todos los que vienen después de ti, madre, enseñan sobre lo que tú enseñaste y dicen con muchas palabras cosas que tú decías con poquitas; cansan nuestros oídos y nos empañan el gozo de oír contar. Se aprendían las cosas con más levedad estando tu niñita bien acomodada sobre tu pecho. Tú ponías la enseñanza sobre esa como cara dorada del cariño; no hablabas por obligación, y así no te apresurabas, sino por necesidad de derramarte hacia tu hijita. Y nunca le pediste que estuviese quieta y tiesa en una banca dura, escuchándote. Mientras te oía, jugaba con la vuelta de tu blusa o con el botón de concha de perla de tu manga. Y éste es el único aprender deleitoso que he conocido, madre.

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Después, yo he sido una joven, y después una mujer. He caminado sola, sin el arrimo de tu cuerpo, y sé que eso que llaman la libertad es una cosa sin belleza. He visto mi sombra caer, fea y triste, sobre los campos sin la tuya, chiquitita, al lado. He hablado también sin necesidad de tu ayuda. Y yo hubiera querido que, como antes, en cada frase mía estuvieran tus palabras ayudadoras para que lo que iba diciendo fuese como una guirnalda de las dos.
Ahora yo te hablo con los ojos cerrados, olvidándome de dónde estoy, para no saber que estoy tan lejos; con los ojos apretados, para no mirar que hay un mar tan ancho entre tu pecho y mi semblante. Te converso cual si estuviera tocando tus vestidos; tengo las manos un poco entreabiertas y creo que la tuya está cogida.
Ya te lo dije: llevo el préstamo de tu carne, hablo con los labios que me hiciste y miro con tus ojos las tierras extrañas. Tú ves por ellos también las frutas del trópico -la piña grávida y exhalante y la naranja de luz-. Tú gozas con mis pupilas el contorno de estas otras montañas, ¡tan distintas de la montaña desollada bajo la cual tú me criaste! Tú escuchas por mis oídos el habla de estas gentes, que tienen el acento más dulce que el nuestro, y las comprendes y las amas, y también te laceras en mí cuando la nostalgia en algún momento es como una quemadura y se me quedan los ojos abiertos y sin ver sobre el paisaje mexicano.

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Gracias en este día y en todos los días por la capacidad que me diste de recoger la belleza de la tierra, como un agua que se recoge con los labios, y también por la riqueza de dolor que puedo llevar en la hondura de mi corazón sin morir.
Para creer que me oyes he bajado los párpados y arrojo de mí la mañana, pensando que a esta hora tú tienes la tarde sobre ti. Y para decirte lo demás, que se quiebra en las palabras, voy quedándome en silencio...

(1923)

Lecturas para mujeres (México, 1924).
www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0003267.pdf

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...