domingo, 21 de junio de 2015

Actividades

OREMOS POR LAS PRÓXIMAS DETERMINACIONES QUE HA DE TOMAR LA CONGREGACIÓN

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 23 de junio, 19 hrs.
Modera: D.I. Odavia Palomino L.

Llamamiento: Sofonías 3.6-11
Himno: “Con cánticos, Señor” (79)
Oración de ofrecimiento
Himno: “Renuévame” (466)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Miqueas 4
Tema: Las naciones vendrán a Jerusalén
Himno: “¡Oh, amor de Dios!” (251)
Ofertorio
Bendición pastoral

MIQUEAS, EL PROFETA CAMPESINO

José Luis Sicre



PRÓXIMAS ACTIVIDADES


28 – Clase y estudio unidos

Esforzarse y avanzar en el nombre de Dios, L. Cervantes-O.

21 de junio, 2015

Te he mandado que seas fuerte y valiente. No tengas, pues, miedo ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.
Josué 1.9, La Palabra (Hispanoamérica)

Josué 1 es todo un clásico de todos los tiempos para la reflexión cristiana evangélica, especialmente para aquella que está ligada de por vida a la militancia en el llamado Esfuerzo Cristiano, pues el nombre de esta agrupación deriva directamente de la famosa exhortación del v. 9. No obstante la inmediata asociación de ésta con los ímpetus y los afanes juveniles no necesariamente le hace justicia al espíritu y, sobre todo, al contexto de las palabras del texto, puesto que, ante la desaparición de Moisés como líder casi insustituible de las tribus de Israel, la figura de Josué requería, sobre todo, de lo que podría llamarse una genuina legitimidad moral y espiritual para ocupar el lugar vacante. Se trataba, ante todo, de asumir una postura clara y valiente ante la enorme tarea de conquistar un “territorio prometido” pero cuyos propietarios no lo soltarían fácilmente, por lo que se avecinaba una guerra de invasión a fin de ocuparlo.

En los tiempos que corren, toda visión colonizadora representa formas de violencia que una sana interpretación de las Escrituras no puede dejar nunca de lado, motivo por el cual la espiritualización de la exhortación obliga a repensar el sentido que debe guiar la relación entre ella y una vida cristiana desafiada continuamente al esfuerzo, esto es, al gasto continuo de energía, para avanzar en el nombre de Dios hacia los caminos que tiene preparados para los creyentes y la iglesia, y en donde Él siempre nos está esperando, delante de todo lo que podamos creer o imaginar. Para Nancy Cardoso Pereira, hay tres aspectos que hoy deberían ayudar a interpretar la visión del libro de Josué, a fin de lograr una buena comprensión de su mensaje:

·     La dimensión vital del acceso a la naturaleza, como condición de vida.
·     La experiencia de Dios, vivida en la experiencia de la espacialidad, como garantía de territorio para todos y todas.
·     El conflicto presente en la experiencia de los grupos humanos, como ejercicio permanente de deconstrucción de poderes de muerte y construcción de alianzas que garanticen la vida.[1]

Al momento de ser interpelados por las palabras de Yahvé dirigidas a Josué, uno podrá situarse ante cada uno de ellos para percibir que el Dios que había prometido un espacio nuevo de vida, desarrollo y bienestar para su pueblo no podía, por definición, condenar a la muerte y la desposesión a otros pueblos. Incurrir en el etnocentrismo con base en una doctrina de la elección ajena a la preservación de la vida humana no puede ser una buena plataforma para una lectura espiritual del libro y de la historia misma de la ocupación de la tierra. Prueba de ello es la reacción del propio Josué ante algunas órdenes de arrasamiento: “Pero Israel no prendió fuego a ninguna de las ciudades situadas sobre las colinas; únicamente Jasor fue incendiada por Josué” (11.13). Resulta complicado simpatizar hoy con el exterminio o la “limpieza racial” que se menciona en diversos lugares del libro, con todo y que se explique a partir de una “razonable limpieza espiritual” o religiosa. Además, el propio pueblo también tenía otros componentes raciales: “La verdad, en medio de este pueblo llamado Israel hay quenitas (Nm 10.29-32; Jue 4.11, 17), madianitas (Ex 2.21), cusitas (etíopes, negros, Nm 12.1) y una, no bien identificada, ‘multitud’ que poseía ganado y ovejas (Ex. 12,38)”.[2] Además, mediante una atenta lectura se puede apreciar que “la verdadera lucha se dio contra “reyes” y contra “ciudades”, más que contra poblaciones. Fue la lucha de diferentes grupos oprimidos que vivían al margen del sistema imperial tributario, contra sus opresores, contra la ciudad”.[3]

Josué aparecería entonces, no como un modelo de “conquistador”, sino más bien, por la fuerza de los hechos, como un tipo de creyente que es desafiado por la divinidad y enviado a cumplir una dura misión en medio de pueblos diferentes al suyo, y en la que la fidelidad al proyecto divino es lo más importante. Para ello requiere de cualidades específicas y que debían esperarse de un líder que asumirá el lugar de quien ya no estaba presente: “llenar los zapatos” de Moisés era una tarea honrosa pero demasiado grande para quien, a pesar de haberlo acompañado, necesitaba ahora una imagen y una certidumbre completas para lograr su propósito. Las palabras de Yahvé son aleccionadoras y solemnes: “Moisés, mi siervo, ha muerto. Disponte, pues, a cruzar ese Jordán, con todo este pueblo, hacia la tierra que yo doy a los israelitas” (1.2). La promesa confirmada es clara sobre los territorios a ocupar: “Les entrego a ustedes todo lugar donde pongan el pie, según prometí a Moisés” (1.3). Y la oferta de apoyo era irrestricta: “Nadie te podrá hacer frente mientras vivas: lo mismo que estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (1.5) Semejantes garantías debían ser respondidas con una actitud consecuente: “Pórtate, pues, con fortaleza y valentía porque vas a ser tú quien darás a este pueblo la posesión de la tierra que juré dar a sus antepasados” (1.6). La única exigencia era: “…que seas fuerte y valiente y cumplas toda la ley que te dio mi siervo Moisés. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda; así tendrás éxito en todo lo que emprendas” (1.7).

Naturalmente, Josué tenía que ir más allá de lo meramente material (y militar), para considerar la ley divina como la norma de vida, conducta y fe que guiaría todos sus actos. Aquí, el lenguaje del Deuteronomio es intenso y clave: “Medita día y noche el libro de esta ley teniéndolo siempre en tus labios; si obras en todo conforme a lo que se prescribe en él, prosperarás y tendrás éxito en todo cuanto emprendas” (1.8). Es entonces que aparece la consigna vital para realizar el trabajo encomendado: fuerza, valentía y abandono del miedo y la cobardía ante la certeza de la constante compañía divina. Ante empresas gigantescas como la conquista de una tierra ocupada por tantos pueblos, la dirección del Señor es una garantía de que es posible alcanzar las metas trazadas, pero siempre sin llegar a la creencia de que “el fin justifica los medios” o de que “los hijos de Dios tienen derecho a las mejores cosas” y, por tanto, pueden pasar por encima de los demás, indiscriminadamente, como promueven ciertas teologías actuales. Esforzarse y avanzar en el nombre de Dios, en el espíritu de Josué, significa aceptar el anuncio divino de su cercanía y asumir las tareas encomendadas con constancia, determinación y valor.



[1] N. Cardoso Pereira, "Construcción del 'cuerpo' geopolítico y simbólico: Josué 1-12”, en RIBLA, núm. 60, www.claiweb.org/ribla/ribla60/nancy.html.

[2] Sandro Gallazzi “Celebramos las justicias de Yavé”, en RIBLA, núm. 2, www.claiweb.org/ribla/ribla2/celebramos%20las%20justicias%20de%20yave.htm.

[3] Idem.

Josué 1.1-9


1 Una vez que murió Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés: 2 —Moisés, mi siervo, ha muerto. Disponte, pues, a cruzar ese Jordán, con todo este pueblo, hacia la tierra que yo doy a los israelitas. 3 Les entrego a ustedes todo lugar donde pongan el pie, según prometí a Moisés. 4 El territorio de ustedes abarcará desde el desierto hasta el Líbano, y desde el río Grande, el Éufrates, hasta el mar Grande por el oeste, (todo el país de los hititas). 5 Nadie te podrá hacer frente mientras vivas: lo mismo que estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. 6 Pórtate, pues, con fortaleza y valentía porque vas a ser tú quien darás a este pueblo la posesión de la tierra que juré dar a sus antepasados.

7 Esto es lo único que se te pide: que seas fuerte y valiente y cumplas toda la ley que te dio mi siervo Moisés. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda; así tendrás éxito en todo lo que emprendas.8 Medita día y noche el libro de esta ley teniéndolo siempre en tus labios; si obras en todo conforme a lo que se prescribe en él, prosperarás y tendrás éxito en todo cuanto emprendas. 9 Te he mandado que seas fuerte y valiente. No tengas, pues, miedo ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.

sábado, 13 de junio de 2015

Letra 422, 14 de junio de 2015

SER PARTE
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 109.

Clama a voz en grito, no te moderes, alza tu voz.
Isaías 58.1


A
la hora de verterse en la realidad, la confesión de fe entra necesariamente en contacto con las cuestiones que en cada momento mueven a la Iglesia y al mundo. Pero no lo hace atendiendo a dichas cuestiones en cuanto tal ni a su respuesta, sino al testimonio de Jesucristo que es preciso dar en el presente. Por eso da ese testimonio en cada época “como si nada hubiera pasado”, pues ciertamente hoy como ayer, aquí como allá, sólo tiene que testimoniar a Jesucristo. Pero lo hace siempre en función de lo que ocurrió. No habla sobre la situación, sino sobre el acontecimiento dentro de la situación —¡de la especial situación por él mismo escogida y caracterizada!—.

No habla desde el espíritu de la época, sino a él y con él, precisamente. Tomar partido, es decir, subordinar la propia causa a alguna otra, es una cosa; ser parte —en la propia causa, por propia iniciativa, porque el testimonio de Jesucristo exige que se responda sí o no— es otra cosa bien diferente. Una Iglesia que por puro miedo no se atreva siquiera a ser rozada por un “guardabarro”, ni a manifestarse ni a tomar partido; una Iglesia que ya no se atreva a ser parte, ha de considerar si no estará necesariamente comprometiéndose con alguien: con el diablo, que no conoce mejor aliado que una Iglesia que en la dificultad, y para conservar sin mancha su reputación y su apariencia, se mantenga eternamente neutral y silenciosa, limitándose a lo más a meditar y a discutir interminablemente: una Iglesia que, demasiado preocupada por la trascendencia nada fácil de amenazar del Reino de Dios, se haya convertido en un perro mudo. Eso es lo que no debe ocurrir.
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¿AUTORIDAD DE LA BIBLIA O EL PODER TRANSFORMADOR DE LA PALABRA?: NOTAS SOBRE EL USO DE LAS ESCRITURAS EN LOS PROBLEMAS ÉTICOS CONTEMPORÁNEOS (I)
Víctor Hernández Ramírez, Lupa Protestante, 9 de junio de 2015

Víctor HernándezLa incertidumbre es quizá la manera más común de experimentar la “modernidad líquida” en la cual vivimos: todo parece demasiado ligero, susceptible de anularse o esfumarse. Esa incertidumbre parece la contraparte a una libertad que se asocia con el individualismo moderno. Si suponemos que hay libertad para elegir, la incertidumbre resulta también de no saber qué es lo correcto o lo bueno.
Vivimos en una sociedad diversa, compleja y que tiene como una de sus condiciones el relativismo: frente a esa condición plural y relativista de la sociedad, muchos pueden seguir los usos y prácticas de su entorno o las modas del momento, pero siempre queda la cuestión de cuáles son los criterios éticos que guían sus decisiones o que permiten legitimar sus acciones. Lo mismo sucede si, frente a la condición relativista se asume una posición crítica o contra cultural: tarde o temprano hay que explicitar los criterios que responden a la pregunta básica: ¿qué hacer? ¿Cómo actuar en las diversas encrucijadas de la vida que nos corresponde vivir?
En este pequeño texto abordo una perspectiva de la ética desde el punto de vista cristiano, frente a esta complejidad de problemas éticos contemporáneos. Y dentro de esta perspectiva me limitaré al ámbito evangélico o protestante y a una práctica muy concreta que tiene lugar en la vida de las comunidades e individuos cristianos: me refiero al uso de la Biblia para hallar orientación o fundamentar lo que decidimos hacer, aquello que tiene un valor moral y ético.

El uso de la Biblia: ¿entre el fundamentalismo y el relativismo?
¿Cómo se utiliza la Biblia, por parte de creyentes de iglesias evangélicas, al tomar decisiones para actuar? ¿Influye de manera decisiva ese uso de las Escrituras en tales decisiones o se subordina a otros principios éticos de la cultura (o subcultura) de la que se forma parte? ¿Se reflexiona bíblicamente, por parte de los creyentes, para analizar cuestiones morales o simplemente se siguen los dictados de pastores y líderes de sus iglesias? Son preguntas que apuntan a la dimensión práctica que tiene el uso de la Biblia en las iglesias, puesto que se asume que cada creyente (y cada comunidad) lee la Biblia y ejercita la libre interpretación, sin tener que someterse a autoridades eclesiásticas.
El uso de la Biblia en la historia del protestantismo se cruza inevitablemente con el debate entre fundamentalismo y liberalismo teológico: frente a la teología liberal (siglos XIX y parte del XX)  tiene lugar una reacción que considera fundamental la lectura literal de la Biblia, la proclamación de su inerrancia y un uso imperativo de la misma. En no pocas ocasiones se usa la Biblia como un “arma” para atacar “apóstatas” o se hace de la Biblia casi un icono o sacramento de fe (lo que algunos han llamado “Bibliolatría”).
En realidad las cosas son más complejas y tienen diversos matices en la manera como el fundamentalismo se ha situado en el mundo evangélico (es necesario conocer sus orígenes en el mundo anglosajón de Gran Bretaña y los E.U.; como también resulta valioso analizar los efectos de este fundamentalismo en la historia de las iglesias evangélicas en otras latitudes, como América Latina o España) pero ciertamente los posicionamientos se acompañan de una animosidad que tiende a expulsar a quienes no asumen el mismo uso de la Biblia.
Si tenemos en cuenta la condición posmoderna en la que vivimos, frente a esa “impotencia moral” (Zygmunt Bauman) que prevalece para casi todos, es muy comprensible que se reaccione contra las posiciones éticas relativistas: ¿cómo actuar de manera responsable desde una ética cristiana? ¿Qué significa que la Biblia es nuestra “norma de fe y conducta”, como se dice en las profesiones de fe evangélicas, si hay tantas opiniones y argumentaciones a favor y en contra de cada tema cotidiano? ¿Cómo atenuar la incertidumbre y, sobre todo, cómo ofrecer respuestas sólidas a nuestros hijos?
¿Es verdad que el debate fundamentalismo-relativismo nos obliga a escoger entre unos y otros? ¿Sólo es posible seguir la Biblia en las decisiones éticas si aceptamos los principios fundamentalistas que exigen una práctica “autoritativa” de la Biblia y una interpretación literal de la misma? ¿O acaso la Biblia es tan sólo un conjunto de principios de valor diverso y relativo con respecto a los problemas éticos contemporáneos?

Los relativistas son “cristianos de café”… y los fundamentalistas también
En su libro “La Biblia al pie de la letra” (The Year of Living Biblically), A. J. Jacobs, escritor estadunidense, judío y agnóstico, da cuenta de su experiencia de vivir un año de su vida tratando de seguir todos los mandamientos de la Biblia “al pie de la letra” (literally).
La lectura de este libro es una experiencia curiosa: un agnóstico que se dedica a poner en práctica los mandamientos bíblicos en Nueva York, que intenta cumplirlos al menos una vez (como apedrear algún adúltero), en su vida íntima (no se sienta donde se ha sentado su esposa cuando ella tiene la menstruación), que conversa con muchos líderes religiosos para preguntarles sobre su manera de interpretar la Biblia y ponerla en práctica, y que al final de cuentas dice cosas sorprendentes (si piensas que son dichas por un escritor agnóstico): “La letra de la Biblia es eterna, pero no así su interpretación” o “Se ha interpretado tanto a los evangelios que hemos empezado a atender sólo a las interpretaciones y no a lo que dijo Jesús”; y sobre la oración dice: “La oración es un buen medio para enseñarme el concepto del sacrificio de mi tiempo por un bien superior”.
Aunque A. J. Jacobs también dice cosas como éstas: “Si de verdad sigues todas las reglas, acabarás por pasar todo el tiempo comportándote como un loco”. O, refiriéndose a ciertas posiciones fundamentalistas sobre el origen de las Escrituras: “La Biblia salió del horno de Dios como un pastel cocinado en su punto”.
Hay una conclusión de A. J. Jacobs que me resulta muy interesante. El autor dice que los grupos más fundamentalistas suelen criticar a sus opositores diciendo que son “cristianos de café”: es decir, que solamente escogen ciertos textos de la Biblia para avalar sus posiciones de moda o que siguen ciertas interpretaciones para acomodarlas a sus puntos de vista.  Pero,  al  final  de su experiencia de tratar de cumplir todos los mandatos bíblicos de manera literal (y de haberse entrevistado con todo tipo de creyentes en la Biblia), Jacobs afirma que todos, sean fundamentalistas u opositores de los fundamentalistas, todos son “cristianos de café”, porque unos y otros eligen ciertos textos bíblicos por sobre otros o porque inevitablemente usan determinados criterios de interpretación de los textos y usan ciertos criterios de aplicación de los textos bíblicos en su vida. Nadie puede aplicar literalmente todos los mandamientos de la Biblia en su vida.
Esta conclusión, en realidad, no es novedosa, pues la manera de interpretar y de vivir la Biblia, así como la reflexión teológica que le sigue, siempre supone una “pre-comprensión” de las Escrituras y siempre hace uso de un “canon dentro del canon”. En el caso de los cristianos, la Biblia entera se lee a partir de Jesús el Cristo, la revelación plena de Dios. Para los cristianos la Biblia tiene sentido a partir de y en Jesucristo, quien es la Palabra que se ha hecho carne, habitando entre nosotros (Juan 1). En este acercamiento a la Biblia, el/la cristiano/a se plantea los problemas éticos desde la perspectiva de su experiencia de fe y en el propósito de cumplir la voluntad de Dios.

Los factores no–teológicos en los debates de una ética cristiana
bibliaSin embargo, frente a las cuestiones éticas contemporáneas, los creyentes evangélicos no simplemente pueden acercarse a la Biblia para saber cómo ésta puede guiarles en sus preguntas éticas, sino que también están en juego otros factores. Es lo que llamo “los factores no–teológicos”. Los factores no–teológicos consisten en aquello que subyace como entorno o condición en la vida de las comunidades evangélicas: la pertenencia a una determinada familia evangélica, la cultura religiosa de la que se forma parte, las formas de organización del poder, la manera como se toman decisiones, el cómo se legitiman las prácticas.
Esto condiciona la manera de posicionarse ante una cuestión ética: ¿Qué aconsejar a una adolescente con un embarazo no deseado? ¿Es ético tener el dinero de la iglesia en un banco que invierte en la industria armamentista? ¿Las mujeres pueden ser pastoras con plenos derechos en la iglesia? ¿Se puede ser homosexual y cristiano evangélico? ¿Se deben negar la participación en los sacramentos a una persona divorciada? ¿Se deberían aceptar las ofrendas de personas que explotan a sus empleados con sueldos indignos o condiciones precarias? ¿Es ético que se prometan bendiciones divinas a cambio de ofrendas o diezmos?
El papel que juegan estos factores no–teológicos es importante porque una persona no siempre puede opinar o preguntar con entera libertad, porque hay posicionamientos morales o éticos ya asumidos en su iglesia como institución o en la cultura religiosa de la que forma parte. Esto suele ser más evidente en los temas de ética sexual (las prácticas sexuales, la identidad de género, etcétera), por razones que afectan la historia de la moral sexual cristiana.

Los mismos pastores no tienen entera libertad de dialogar sobre temas éticos o al menos no pueden hacerlo de manera pública. Si un pastor hace preguntas o plantea abrirse a un diálogo en una cuestión ética determinada puede incluso poner en riesgo su lugar en la institución o puede ocurrir que un pastor se quede sin trabajo y que ninguna comunidad le acepte si ha sido pillado con “aires liberales”. Y entonces ya no importa que haga una exégesis adecuada del texto bíblico o que pretenda una interpretación más flexible de algunos “mandamientos bíblicos”.

Actividades

OREMOS POR LAS PRÓXIMAS DETERMINACIONES QUE HA DE TOMAR LA CONGREGACIÓN

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 16 de junio, 19 hrs.
Modera: Mauricio Magallanes G.

Llamamiento: Sofonías 3.1-5
Himno: “Canción del Espíritu” (268)
Oración de ofrecimiento
Himno: “Dios descendió” (292)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Miqueas 3
Tema: Contra los jefes que abusan del pueblo
Himno: “Nunca Dios mío” (287)
Ofertorio
Bendición pastoral

EL LIBRO DE MIQUEAS
A. García Moreno

Toda la obra del profeta está determinada por un género literario corriente en la literatura bíblica, el de rib, palabra hebrea que significa juicio o litigio ante un tribunal. En el libro hay tres momentos en los que se llama a juicio con la palabra «escuchad» (1.2; 3.1; 6.1), llamada de atención ante la acusación que comienza a relatarse. Los términos característicos del género se prodigan en el texto. Después de la acusación viene la amenaza del castigo por el delito cometido, pronunciándose finalmente la promesa de la restauración. De nuevo la misericordia de Dios se pone de manifiesto. Los castigos de Yahwéh, tan terribles a veces, tienen siempre un marcado tinte medicinal y redentor.

Podemos dividir el libro en las siguientes partes: la) Dios llega a juicio con su pueblo, poniendo por testigos a todos los pueblos. Los pecados de Judá e Israel provocan su ira devastadora, finalmente calmada para salvar al resto que ha permanecido fiel (1.2-2.13). 2a) Dios llama a juicio a los magistrados de la casa de Israel, acusa a los falsos profetas que han seducido al pueblo, a los jueces que han juzgado inicuamente, a los sacerdotes que han enseñado por salario. Sión será arada como un campo y Jerusalén quedará como un montón de ruinas. Pero finalmente vendrá la restauración y el templo de Yahwéh se asentará sobre la cima de los montes (3.1-5.14). Yahwéh convoca a todos los montes de la tierra para que asistan al juicio que va a tener con su pueblo. Comienza con una pregunta cargada de dramatismo: “¿Pueblo mío, qué te he hecho? ¿En qué te he molestado?”. Su ingratitud hará llegar el día de Yahwéh pleno de sangre y de dolor. Entonces el pueblo clavará sus ojos en Yahwéh que le perdonará una vez más (6.1-7.20).

Esta alternancia de castigos y promesas ha sido considerada por muchos como artificial, haciendo pensar en la mano de un segundo redactor. Es cierto que muchos de los elementos del libro no se pueden atribuir a M. Pero después de una fase extremista en que sólo se le concedían los cap. 1 y 3, estamos en un nuevo periodo en que sólo se pone en tela de juicio algún que otro fragmento de la sección 5.8-7.7.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

21 – Día del Padre

21 y 28 – Clase y estudio unidos

El pueblo de Dios mira siempre hacia adelante, L. Cervantes-O.

14 de junio, 2015

Entonces el Señor dijo a Moisés: —¿A qué vienen esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha. Y tú levanta tu vara y extiende la mano sobre el mar que se abrirá en dos para que los israelitas lo atraviesen pisando en seco.
Éxodo 14.15-16, La Palabra (Hispanoamérica)

El paso del Mar Rojo por parte de los hebreos liberados de la esclavitud en Egipto es uno de los momentos paradigmáticos de toda la historia bíblica. Su carácter anti-épico, pues el tono del relato se halla centrado únicamente en la intervención directa de Dios para permitir que los antiguos esclavos accedieran a la libertad, realza la manera en que se cumplirían progresivamente las promesas que acompañaron todo el proceso. Al escuchar el clamor de las tribus, Dios mismo se levantó, se puso en marcha para conseguir la movilización física y espiritual de su pueblo y así instalarse él mismo en la historia como un Dios ligado a las ansias libertarias de la humanidad. El gran episodio del éxodo simboliza también la forma en que toda acción divina es capaz de transformar el presente y de proyectarlo hacia un futuro nuevo e inimaginable, en el que es posible encontrarse con otras facetas del rostro de Dios y así profundizar permanentemente en la realidad de su amor.

Uno de los instantes climáticos de esa gran gesta aconteció cuando el pueblo tuvo que afrontar el inmenso desafío de atravesar, así fuera en su parte más estrecha, el paso del Mar Rojo, a fin de alejarse definitivamente de cualquier contacto con lo que representó para él los años vividos en la sumisión a Egipto. Las tribus no estaban iniciando un viaje turístico ni mucho menos: se encontraban en el umbral del desierto y las famosas palabras proferidas por Yahvé en este contexto son, además de alentadoras, sumamente riesgosas. Mirar hacia adelante, tal como debe ser la actitud continua del pueblo de Dios, puede tener como contraparte que el camino hacia el cual se debe seguir sea el desierto mismo, esto es, un espacio aparentemente desprovisto de vida, de comodidades, pero potencialmente lleno de riquezas espirituales, de diálogo con Dios, de comunión, en este caso, sumamente desafiante al venir de las aparentes “ventajas” de Egipto: comida segura, especialmente, pero en el marco de la esclavitud y la sumisión.

La narración del paso del Mar Rojo trae hasta nuestros ojos la incertidumbre, la duda y la vacilación de todo un pueblo concentrado en un solo lugar que deberá tomar una decisión colectiva para asumir plenamente los planes divinos de libertad. Acerca de la orden para marchar hacia adelante (14.15) escribe Xabier Pikaza:

Hay un momento en que la decisión resulta inevitable. Es el momento de ruptura. […] Entonces resulta necesaria la decisión y nadie puede asumirla por nosotros: ni los ángeles del cielo, ni los astros, ni siquiera el mismo Dios excelso. Dios nos encamina, nos promete su asistencia, pero luego quiere que nosotros mismos asumamos nuestro riesgo y decidamos […]
Sólo cuando empezamos a avanzar envía Dios su viento y seca el agua de los mares. De esa forma muestra que la libertad es don que sobrepasa nuestras fuerzas: nosotros las buscamos y es ella la que viene a nuestro encuentro, destruyendo las murallas y los mares que cerraban el camino.[1]

Dios no puede relacionarse con un pueblo que no esté dispuesto a la aventura renovadora y creativa en medio de una historia cuyas contradicciones no cesan nunca. Las historias personales, familiares, colectivas, subsidiarias todas de una historia mayor que Él en su soberanía y profundo amor va desplegando ante nosotros, como siempre lo ha hecho con su pueblo, adquirirán nuevas dimensiones al interpretar progresivamente sus acciones concretas. Y podemos confesar que no nos agradan necesariamente los desiertos a los que nos ha llamado y nos seguirá llamando tantas veces, pues los desiertos donde es posible el encuentro con Dios son espacios de melancolía, ansiedad y precariedad, pero también puede llevarnos por lugares pletóricos de bendiciones materiales y espirituales. “La imagen que el texto da de la vida en el desierto es la de una persona que no lo conoce y vive en la ciudad. El desierto es comprendido como un lugar de grandes peligros y donde el riesgo de no contar con agua o alimentos es la preocupación cotidiana. La muerte ronda en cada jornada y el sentimiento de que allí no hay muchas posibilidades de sobrevivir está presente en cada nueva escena”.[2] Fe, sobrevivencia y confianza plena en el amor divino: he ahí la tríada a la que se refieren las profundidades del texto.

Yahvé es el estratega de la liberación y de la salida del laberinto geográfico, psicológico y político: “El faraón pensará que los israelitas no saben salir de Egipto y que el desierto les cierra el paso. Y yo haré que el faraón no se dé por vencido y los persiga; y de nuevo mostraré mi gloria a costa de él y de todos sus ejércitos. Así los egipcios tendrán que reconocer que yo soy el Señor” (14.3-4). Dios mostrará su gloria justamente al lado de la multitud llena de pánico ante el peligro inminente de una muerte trágica (14.11-12). Todo dependía de que el pueblo cumpliera las órdenes sistemáticamente al pie de la letra. El obstinado faraón, sin saber a ciencia cierta que estaba librando una guerra desigual contra el Dios de los esclavos, se suma a los planes divinos para dar lustre a la labor de introducirlos, poco a poco, al vergel de una vida plena y auténtica, aunque aún faltaba mucho tiempo para ello.

En la experiencia de las tribus hebreas, el desierto se volverá un escenario de múltiples experiencias en donde el cuidado de Dios se hará presente: el agua en la roca, el maná, las codornices… Diversas manifestaciones extraordinarias del amor de un Dios que siempre está atento al porvenir de su pueblo, incluso en instantes límite en los que las fuerzas humanas flaquean al máximo. Los múltiples éxodos que nos son presentados demandan de nosotros hoy una confianza ciega en el amor de Dios que podrá sustentarnos en medio de cualquier circunstancia, pero sin dejar jamás de mirar hacia adelante, pues ésa debe ser la vocación irrenunciable del pueblo de Dios permanentemente.

Cuando termina el eco de los cantos, llega la exigencia del camino. El problema no son los opresores, que han quedado atrás, hundidos en el mar o destruidos en su misma prepotencia ciega. El problema son los liberados que ahora deben inventar su propia marcha en actitud de gracia, en solidaridad compartida y valentía. Antes era fácil: bastaba resistir o responder en contra. Ahora es preciso inventar la libertad, aprendiendo a caminar de forma nueva, en el desierto.[3]





[1] X. Pikaza, “Éxodo: libertad, principio de la historia”, en Para leer la historia del pueblo de Dios. Estella, Verbo Divino, 1990, pp. 80-81.
[2] Pablo Andiñach, “El camino del desierto: angustia y experiencia de la protección de Dios”, ponencia presentada en XXXIV Semana de Estudios CEFyT: “La palabra de Dios escuchada y compartida nos libera y humaniza”, www.dropbox.com/s/2vde1kh8azqpe5v/El%20camino%20del%20desierto.docx.
[3] X. Pikaza, op. cit., p. 81.

Éxodo 14.1-18


1 El Señor dijo a Moisés: 2 —Di a los israelitas que cambien de dirección y acampen en Pi Ajirot, entre Migdol y el mar, frente a Baal Sefón. Que instalen las tiendas mirando al mar. 3 El faraón pensará que los israelitas no saben salir de Egipto y que el desierto les cierra el paso. 4 Y yo haré que el faraón no se dé por vencido y los persiga; y de nuevo mostraré mi gloria a costa de él y de todos sus ejércitos. Así los egipcios tendrán que reconocer que yo soy el Señor.
Los israelitas cumplieron esta orden. 5 Cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había huido, el faraón y sus cortesanos cambiaron de parecer con respecto a los israelitas, y se dijeron: “¿Qué es lo que hemos hecho? Hemos dejado marchar a los israelitas, quedándonos sin mano de obra”. 6 Entonces el faraón mandó preparar inmediatamente su carro y reunió a su ejército: 7 los seiscientos carros mejor equipados y el resto de los carros de Egipto, con sus correspondientes capitanes. 8 Y el Señor hizo que el faraón, el rey de Egipto, se obstinase en perseguir a los israelitas que habían partido en plan de vencedores. 9 Los egipcios con todo su ejército, con carros y caballería, salieron a perseguir a los israelitas y les dieron alcance en el lugar donde estaban acampados, a orillas del mar, junto a Pi Ajirot, frente a Baal Sefón. 10 En cuanto los israelitas se percataron de que el faraón y su ejército iban hacia ellos, muertos de miedo clamaron al Señor, 11 y dijeron a Moisés: —¿Es que no había sepulcros en Egipto, para que nos hicieses venir a morir al desierto? ¿Para esto nos has sacado de Egipto? 12 ¿No te decíamos allí que nos dejaras en paz sirviendo a los egipcios, pues más nos valía ser esclavos suyos que morir en el desierto? 13 Y Moisés respondió al pueblo: —No tengan miedo; manténganse firmes y verán la victoria que el Señor les va a conceder hoy; a esos egipcios que ahora ven, les aseguro que no los verán nunca más. 14 El Señor luchará por ustedes que sólo deben esperar en silencio.

15 Entonces el Señor dijo a Moisés: —¿A qué vienen esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.16 Y tú levanta tu vara y extiende la mano sobre el mar que se abrirá en dos para que los israelitas lo atraviesen pisando en seco. 17 Yo haré que los egipcios se empeñen en alcanzarlos y se metan en el mar detrás de ustedes. Entonces manifestaré mi poder sobre el faraón y todo su ejército, sobre sus carros y su caballería. 18 Y cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de su caballería, los egipcios tendrán que reconocer que yo soy el Señor.

sábado, 6 de junio de 2015

Letra 421, 7 de junio de 2015

CULTO POLÍTICO
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 108.

Procurad el bien de la ciudad y orad por ella.
Jeremías 29.7

L

a Iglesia no debe nunca dejar de ser la Iglesia. La comunidad cristiana tiene una tarea de la que la comunidad civil jamás podrá eximirle y a que tampoco puede desempeñar de la manera en que la comunidad civil desempeña la suya. Anuncia el señorío de Jesucristo y la esperanza en el Reino venidero de Dios. La comunidad civil no tiene que transmitir ningún mensaje de este género, aunque sí se le pide que no prescinda de él; tampoco ora, pero sí se le hace saber que se ora por ella. En cambio, precisamente al cumplir la tarea que le es propia, la comunidad cristiana se ve implicada también en la tarea de la comunidad civil.
En efecto, al creer en Jesucristo y anunciar a Jesucristo, cree y anuncia a quien, como Señor de la Iglesia, es también Señor del mundo. La comunidad cristiana ora por la comunidad civil; pero al hacerlo se hace responsable de ella ante Dios, cosa que no haría en serio si, al tiempo que ora por ella, no trabajara además activamente en su favor. Sirve a Dios y, precisamente por ello y con ello, al ser humano.
La comunidad cristiana está fundamentada en el reconocimiento del Dios que, siendo Dios, se hizo hombre, convirtiéndose de ese modo en prójimo del ser humano. Lo cual conlleva inevitablemente que la comunidad cristiana se ocupe ante todo del ser humano, y no de ninguna otra cosa, tanto en el ámbito político como en cualquier otra circunstancia. Después de que Dios mismo se hiciera hombre, el ser humano es la medida de todas las cosas.
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JESÚS NO FUE A LA MARCHA DE JESÚS
Juan Arias, El País, 5 de junio de 2015

foto de la noticiaBastaría echar un vistazo a algunos de los hechos y dichos de Jesús tal como aparecen en la Biblia para imaginarse que, de haber estado presente, habría huido de la Marcha apoteósica del jueves realizada en su honor.
Habría huido para encontrarse, en la periferia de la ciudad, con la caravana de excluidos por los evangélicos fundamentalistas, todos los diferentes y perseguidos por los poderes conservadores con quienes, sin embargo, Jesús se entendía mejor que con los sacerdotes y doctores del Templo.
La Marcha para Jesús llevaba como título “Exaltando al Rey de reyes”, y en él se oyeron gritos, entre otros, contra la prostitución, las drogas y las nuevas familias formadas por gais o lesbianas. Brasil merece ser visto como un país tolerante y moderno sin obsesiones contra los que practican diferentes sexualidades
En la gran marcha para Jesús se escuchaban los ecos de intolerancia e indignación contra la liberadora publicidad de la firma Boticario, en la que parejas de hombres y parejas de mujeres se cambian regalos con naturalidad y afecto y que los evangélicos han intentado impugnar ante la justicia.
La Biblia está, sin embargo, cuajada de historias de amor entre personas del mismo sexo, como los casos de las mujeres Rut y Noemí, o David y Jonathan. Y hasta de Jesús con el discípulo Juan, a quién los evangelios presentan como un caso especial de amor. Juan era para Jesús el “amado” y “preferido”. Y los apóstoles se besaban entre ellos. Jesús  no soportaba la hipocresía de los hombres de Iglesia, como muchos pastores de hoy, que se creían dueños de la verdad y hasta de la vida y los afectos de la gente
El pastor Esteban Hernández, de la Iglesia Renacer, ha anunciado que las imágenes de la Marcha para Jesús serán llevadas a 170 países. Su deseo es que Brasil no sea visto en el exterior, entre otras cosas, como “el país de las prostitutas”. En verdad, como Brasil merece ser visto dentro y fuera de sus fronteras es como un país tolerante y moderno sin esas obsesiones contra los que practican diferentes sexualidades, a quienes se sigue matando, o contra las prostitutas, a las que Jesús amaba y defendía contra la hipocresía de los fariseos, llegando a decir que Dios las prefería a ellos.
No como un país que castiga aún como crimen la libertad de la mujer de decidir sobre el fruto de su vientre si así se lo exige su conciencia. Ni un país hipócrita en materia del uso de las drogas o que aún no ha sido capaz de legislar la legitimidad de nuevas formas de familia, queriendo, como lo hacen los evangélicos, imponer a toda la sociedad un solo tipo de familia tradicional con gestos y guiños de dictadura que recuerdan la trágica y asustadora posición política de las llamadas repúblicas islámicas.
Como ha escrito oportunamente en este diario mi compañera Carla Jiménez lo que la democracia brasileña conquistada con tantas luchas y muertes no merece es que “la hipocresía pueda dominar el día a día cotidiano del país”. Brasil fue visto siempre por nosotros los extranjeros como un país acogedor y tolerante en materia de fe y de costumbres. Resulta hoy triste y preocupante que sea justamente desde los templos de donde lleguen gritos de guerra contra los diferentes, contradiciendo a Isaías que profetizaba la llegada de un Mesías, no discriminador ni intolerante, sino que abrazaría a todas las razas y pueblos con sus propias identidades: “Mi casa será llamada la casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56)
Jesús hubiese huido ayer de la Marcha que pretendía presentarlo y consagrarlo como “Rey de reyes”, ya que durante su vida, ya lo había hecho cuando la multitud, en busca de milagros, quiso hacerlo rey. Lo cuenta el evangelista Juan: “La gente, al ver el milagro que había hecho Jesús (el de la multiplicación de los panes) decía: “Este es el profeta que tiene que venir al mundo”. Y Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo para hacerlo rey, se retiró sólo al monte”.
Jesús nunca buscó el poder. No lo temía pero tampoco lo amaba. Como en vida, si los evangélicos deseasen hacerle de nuevo rey de reyes, Jesús sólo aceptaría serlo de aquellos a quienes algunos de los pastores de sus iglesias, discriminan y humillan. Si hay algo que revelan con claridad meridiana los textos sagrados es que Jesús lo que no soportaba era la hipocresía de los hombres de Iglesia que se creían entonces, como muchos pastores o obispos de hoy, dueños de la verdad y hasta de la vida y los afectos de la gente.
En una Marcha en honor de Jesús, mejor que gritar contra las prostitutas, el aborto o contra la homosexualidad, seguramente él hubiese preferido leer en las pancartas y consignas algunas frases de su famoso discurso contra la hipocresía, recogido por el evangelista Mateo (23, 1-39), como estas:
- “!Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas que limpiáis por fuera el vaso y el plato pero por dentro estáis llenos de rapiña y codicia!”
- “!Ay de vosotros que por fuera parecéis justos ante los hombres pero por dentro estáis llenos de crímenes!”
- “Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, que descuidáis lo más importante de la ley como la justicia y la misericordia”.
Una de las grandes consignas de Jesús, en quién se inspiran todas las iglesias cristianas, era aquella de “misericordia quiero y no sacrificios” [Oseas 6.6].
Los teólogos de la liberación, primero condenados por el Vaticano y en fase de rehabilitación por el papa Francisco, siempre sostuvieron que la gran revolución del Crucificado fue el haber desviado el eje de la fe de los ritos a la defensa de la vida y de la libertad, del altar a la calle. Y en la calle, los preferidos de aquel rey sin corona y sin casa fueron siempre los que aún hoy siguen siendo los excluidos de la sociedad.
¿Dónde estaría ayer Jesús durante la marcha que quiso colocarle de nuevo la corona del rey de los bienpensantes, los puros y los satisfechos?
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“ESE VENERO, ESE MANANTIAL”: PRESENCIA DE LA BIBLIA EN LA CULTURA DE OCCIDENTE (IV)
Protestante Digital, 4 de junio de 2015

Lectura y cultura
A
l momento de hablar de las tradiciones literarias, ¿cómo no referirse a la bellísima comparación entre Homero y el Génesis que practica Erich Auerbach en Mímesis (1942) donde coloca lado a lado esas dos grandes obras y advierte sus similitudes y diferencias? Al comparar el episodio de la cicatriz de Ulises en la Odisea y el intento de sacrificio de Isaac (Gn 32) se sumerge en ambas tradiciones y encuentra que la bíblica se sostiene con un valor propio:

En las narraciones del Antiguo Testamento, el sosiego de la diaria actividad en la casa, en los campos y en el pastoreo está siempre minado por los celos en torno a la elección y a la bendición paternas, y se suscitan complicaciones inconcebibles para los héroes homéricos. Para que en éstos surjan el conflicto y la enemistad, se necesita un motivo palpable y claramente definible, y una vez surgido rompe en una lucha abierta; mientras que en aquéllos, la constante consunción de los celos y la trabazón de lo económico con lo espiritual conducen a una impregnación de la vida diaria con gérmenes de conflicto y, frecuentemente, a un envenenamiento de la misma. La intervención sublime de Dios actúa tan profundamente en la vida diaria, que las dos zonas de lo sublime y lo cotidiano son fundamentalmente inseparables y no sólo de hecho.

Se podría establecer toda una teoría de la lectura basada en postulados o metáforas bíblicos, como el que inició Ezequiel y continuó el vidente de Apocalipsis: “comer” o “devorar” el rollo o el libro es la disposición que se espera de todo aquel que se acerca a las Sagradas Escrituras. La apropiación de la Biblia mediante la lectura reproduce esta metáfora como un proceso cotidiano que funda y desarrolla una “cultura de la lectura” propia de comunidades creyentes e incluso no creyentes. Así, como lo planteó Paul Ricoeur, “el sujeto aparece constituido a la vez como lector y como escritor de su propia vida” (Tiempo y narración. III, 1985). Al considerar una muestra de lectura piadosa clásica como El progreso del peregrino (1678), de John Bunyan, derivada también de una interpretación alegórica de los textos bíblicos, Javier Alcoriza y Antonio Lastra han descrito el proceso mediante el cual el principio protestante del libre examen de las Escrituras “tuvo como consecuencia literaria la transformación de los cristianos en lectores”, acontecimiento de vastas dimensiones si se toma en cuenta que la lectura de la Biblia ya traía tras de sí una larga historia. Al puritanismo le correspondió, agregan: “la tarea de traducir la Biblia y darle a su interpretación un valor de verdad”, así como “persuadir al pueblo, que lentamente habría de transformarse en público”.
Algunos postulados de la Reforma alcanzaron una nueva proyección, a la hora de replantearse el contacto de los creyentes con los textos sagrados a través de la mediación cultural del libro: “La afirmación del sacerdocio universal […] resulta, incluso, más sencillo de comprender si la interpretamos […] como un imperativo más asequible que ordenaría a todos los creyentes, cuyo deber era ser sacerdotes, que aprendieran a leer”. Más adelante, estos analistas abundan: “De Bunyan a Tolstoi, por tanto, la pregunta por la conducta de la vida (o por lo que la vida debía ser) habría tomado cuerpo en la literatura e influido en la imaginación de lectores y escritores. La pregunta habría sido, por así decirlo, traducida de la religión a la imaginación, o de la teología a la literatura”. Dicho con otras palabras, la Biblia seguiría influyendo en la conducta de las personas pero a trasmano, en los contenidos morales de muchas obras literarias derivadas de aquélla.

Otros territorios

Todo esto entra en consonancia con la constatación, en una historia más amplia de la lectura, de la fuerza con que la Biblia llegó a penetrar en las culturas gracias al nuevo impulso educativo de las reformas religiosas, luego de una larga historia de lecturas piadosas y espirituales en el Medievo, un tanto alejada de las grandes masas de población. La lectura era un “ritual religioso”. Con la Reforma Protestante empalmó el surgimiento de la imprenta y del “lector humanista”, y lo específico de este movimiento consistió en despertar y consolidar los impulsos de una lectura individual que, culturalmente, se desplegaría también en otros territorios, con otros intereses y otros autores literarios. Jean François Gilmont, en la memorable Historia de la lectura en el mundo occidental (1997), de G. Cavallo y R. Chartier, exploró los ambientes y escenarios producidos por estos movimientos religiosos y señala que, al entrecruzarse las prácticas de lectura, el acto litúrgico produjo una participación colectiva que marcó para siempre el rumbo de las sociedades que los incubaron. No obstante, lo oral seguía siendo primordial.
       Olivier Millet y Philippe de Robert practicaron en Cultura bíblica (2001) otro abordaje de la influencia cultural y artística de los textos sagrados partiendo de los énfasis literarios (en una amplia revisión de las tradiciones). A continuación hacen desfilar una larga lista de nombres y obras. Finalmente, afirman que este “Gran Código” (otra vez las palabras de Blake) “ha alimentado y sigue alimentando toda manifestación artística y, por ende, literaria, de la civilización occidental”. Su revisión de las épocas los conduce a observar que, para fines del siglo XIX y principios del XX: “La utilización de motivos bíblicos rara vez se llevó a cabo sin la incorporación de cierta carga de sentimiento religioso, al no abandonarse del todo el simbolismo”. Más tarde, “irrumpe de lleno en la literatura la mística y los motivos de oración y de plegaria. La presencia de la Biblia es, en todo caso, una constante en la literatura de esta época como lo fue en épocas anteriores […] columna vertebral de la literatura occidental, de forma casi automática, o siendo incorporada a la obra literaria por devoción o con voluntad desacralizadora”, como acontece en El evangelio de Lucas Gavilán (1979), de Vicente Leñero. Para demostrar sus juicios, se dieron a la tarea de valorar la presencia de la Biblia en el mundo del arte en general.
     La iconografía derivada de las historias y relatos bíblicos ha producido una enorme cantidad de obras que se han instalado en el imaginario colectivo durante siglos. Así ha sucedido, por ejemplo, con las imágenes del Buen Pastor o de la Santa Cena, de Leonardo Da Vinci que, ligadas a aspectos litúrgicos, forman parte de la tradición eclesiástica. Las imágenes de Cristo han sido un motivo casi interminable para los artistas de todos los tiempos. La escultura también ha sido un arte directamente influido por la Biblia: el caso de Miguel Ángel Buonarroti, sin ser único, es el más visible. Rembrandt y Marc Chagall, sin duda, son dos de los mayores “traductores” del mensaje bíblico a la pintura. La obra de Chagall, minuciosamente dedicada a ciclos enteros de las Escrituras es testimonio dinámico de una lectura profunda. Tres de sus series son particularmente importantes: La Biblia (1956), Dibujos para la Biblia (1960) y los 32 grabados de los Salmos de David (1979). En la música, pueden mencionarse los grandes oratorios y cantatas de tema bíblico de Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel y otros grandes exponentes del arte coral, sin olvidar a Palestrina, Haydn y Felix Mendelssohn (su Elías, de 1846, es majestuoso). Los salmos musicalizados por el estadunidense Leonard Bernstein (1965) y otras obras de Sergio Cárdenas, desde México, son ejemplos de la vitalidad con que se ha abordado los temas bíblicos. El texto de I Corintios 13 en griego (la Canción por la unificación de Europa) en manos del polaco Zbigniew Preisner, es sin duda una aportación sublime a la banda sonora de la película Azul (1993), de su coterráneo Krzysztof Kieslowski.
       Ya como un arte más distintivo del siglo XX, el cine también ha recogido un sinnúmero de referencias bíblicas, lo mismo del Antiguo que del Nuevo Testamento. Los diez mandamientos (1956), de Cecil B. DeMille, marcó toda una época. Sobre la pasión de Jesús la lista es enorme, pero los resultados son sumamente desiguales. Entre decenas de autores y cientos de películas, destaca Pier Paolo Pasolini, gran lector e intérprete del Evangelio de Mateo (1964).
      Cierra este recuento con los versos de T.S. Eliot (“Coros de La Roca”, I), Premio Nobel en 1948, en alusión directa a la presencia de las Sagradas Escrituras en nuestro mundo:

Se cierne el águila en la cumbre del cielo,
el cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
conocimiento del habla, pero no del silencio;
conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

México, D.F., abril de 2015

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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