sábado, 24 de diciembre de 2016

Mateo 2.13-23, TLA

13 Después de que los sabios regresaron a su país, un ángel de Dios se le apareció a José en un sueño y le dijo: "Levántate. Escapa a Egipto con el niño y con su madre, y quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".
14 Esa noche, José escapó a Egipto con María y con el niño,15 y se quedó allí hasta que Herodes murió. Así se cumplió lo que Dios había dicho por medio del profeta: "De Egipto llamé a mi hijo".

16 Cuando Herodes se dio cuenta de que los sabios lo habían engañado, se puso muy furioso y mandó matar a todos los niños menores de dos años, que vivieran en Belén y sus alrededores. 17 Así se cumplió lo que Dios dijo por medio del profeta Jeremías:

18 
"Grandes llantos y lamentos
oyó la gente de Ramá.
Era Raquel, que lloraba
por la muerte de sus hijos,
y no quería ser consolada".

19 Herodes murió cuando José todavía estaba en Egipto. Entonces un ángel de Dios se le apareció a José en un sueño20 y le dijo: "Regresa ahora mismo a Israel, junto con el niño y la madre, porque ya murieron los que querían matar al niño".

21 José, María y el niño regresaron a Israel. 22 Pero José tuvo miedo de ir a la región de Judea porque supo que Arquelao, el hijo de Herodes, era el nuevo rey allí. Entonces el ángel de Dios le dijo a José que siguiera hasta la región de Galilea.
23 Cuando llegaron allá, se fueron a vivir a un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que Dios había dicho por medio de los profetas: "El Mesías será llamado nazareno".

Encarnación divina y salvación integral para un mundo en crisis, L. Cervantes-O.

24 de diciembre, 2016



Algo así pasaba con nosotros cuando todavía no conocíamos a Cristo: los espíritus que controlan el universo [ta stoijeia tou kosmou] nos trataban como si fuéramos sus esclavos. Pero, cuando llegó el día señalado [pléroma tou chronou] por Dios, él envió [apésteilen] a su Hijo, que nació de una mujer [genóme non ek gynaikós] y se sometió a la ley [genómenon jupo nómon] de los judíos.
Gálatas 4.3-4, Traducción en Lenguaje Actual

Hasta que llegó “el día señalado por Dios”
En el muy peculiar estilo paulino, la doctrina de la encarnación adquiere tintes dramáticos, de una intensidad poco común para describir el esfuerzo divino por hacerse presente y actuante desde adentro mismo de la historia humana. La “Navidad” para San Pablo está íntimamente relacionada con la realidad extraordinaria de la adopción que hace Dios de sus criaturas humanas como hijos e hijas suyos. Así lo expuso en su epístola a los creyentes de la región de Galacia, con lo que evidencia que él no tenía en la mente la idílica historia de Belén (aunque sin duda la conoció) ni mucho menos el “ambiente navideño”, no al menos como ahora lo conocemos. Él quiso ir a la raíz de las cosas, una actitud que bien podría imitar la cristiandad de estos tiempos veleidosos y superficiales. Por eso nos acercamos a su reflexión, para así complementar la alegría y el gozo que nos embargan con una buena dosis de comprensión de los planes mayores de Dios. Más apegado al uso negativo de la palabra carne y sus derivados, debió incorporar a su fe y pensamiento la manera tan positiva en que el resto de los testigos cristianos hablaron de cómo Dios se insertó en la humanidad de Cristo al mundo pues, como lo percibieron ellos, “con la encarnación de Dios, en la historia de Jesús se fusionaron en una unidad la realidad de Dios y la realidad del mundo”.[1]

Y en la propia tradición paulina el énfasis es el mismo: primero con el magnífico himno de Filipenses 2.5-8 (sobre la humillación de Cristo) y en I Tim 3.16 (“ha sido manifestado en carne [jos efaneróthe en sarkí]”). La encarnación del Hijo de Dios encontró unanimidad total en los demás escritos apostólicos (Jn 1.14; I Jn 4.2; Heb 10.5-7). La fuerza del Cuarto Evangelio en este tema es insuperable: “En efecto, en cuanto que el mundo se cierra a la palabra, no basta la pura comunicación de la verdad divina (como gnosis), sino únicamente la manifestación de la palabra en cuanto carne entre toda carne, para revelar a ésta su extrañeza frente a la palabra y, por tanto, frente a la verdadera vida, que ella no tiene”.[2]

Si ensayamos una paráfrasis actualizada de sus clásicas palabras de Gálatas 4.3-5 (“Antes de que, como humanidad, pudiéramos conocer a Cristo, las fuerzas opresoras de este mundo nos mantenían como menores de edad, pero al llegar a su madurez plena la historia, Dios se hizo uno de nosotros, nacido igual que nosotros, sometido a las leyes de este mundo para liberarnos de todas ellas y adoptarnos extraordinariamente como sus hijos e hijas”) nuevamente podremos apreciar cómo para San Pablo, la Navidad puede y debe leerse en la clave de la encarnación como acción suprema de Dios para actuar desde la historia, desde un tiempo pletórico de sentido que había alcanzado plena madurez: ni antes, ni después, la pertinencia divina para someterse al dictado del tiempo aconteció en Cristo para conseguir el propósito de adoptar a los seres humanos y de transferirles el don de la salvación no fuera, sino bien adentro de la historia, la misma que, llena de conflictos y contradicciones, acogió al Hijo de Dios no sin sujetarlo a una serie de situaciones marcadas por el pecado, la injusticia y el crimen.

“Su Hijo nació de una mujer y se sometió a la ley de los judíos”
Siempre preocupado por el papel de la ley, como buen judío, el apóstol Pablo utiliza dos metáforas, una negativa (“cárcel”, Gál 3.23) y otra positiva (“pedagogo”, 3.24), a fin de colocarla al servicio del conocimiento de Jesucristo: “Pero ahora que ha llegado el tiempo en que podemos confiar en Jesucristo, no hace falta que la ley nos guíe y nos enseñe” (3.25). Estar unidos a Jesús tiene un efecto revolucionario: la filiación divina (26), actuar como él (27), superar las diferencias raciales, sociales y de género (28a), la igualdad absoluta (28b) y el derecho a recibir las promesas de Dios (29). No es poca cosa porque con ello los creyentes estaban llegando a “la mayoría de edad espiritual” (4.1-2), libres ya del sometimiento a terceros. Eso evidencia la precariedad del pasado al no conocer a Cristo (4.3a) y cómo los poderes (“rudimentos”, “principios”, NVI) de este mundo actuaban sobre nosotros (4.3b), en una relación de esclavitud. El pero con el que continúa el texto es uno de los más importantes de todo el Nuevo Testamento, porque desvela la acción divina en medio del cumplimiento de los tiempos para romper todos los paradigmas y modelos de su propia acción (con débiles paralelismos en otras religiones): a) “envió a su Hijo”, b) “nacido de una mujer” y c) sometido “a la ley de los judíos”. Pablo ve en la sumisión del Hijo de Dios a las leyes biológicas (“nacido de mujer”) un episodio más de su humillación voluntaria, pues no se refiere a María, su madre humana, directamente, sino en palabras neutras. El agregado de las leyes judías lo conecta totalmente con la religión de sus padres y con aquello que debe superarse definitivamente.

Esa cadena de sucesos biológico-teológicos abrió las puertas de la libertad humana ante la ley, mediada por Cristo (4.5a), pues ya como hijos de Dios, en la filiación de él mismo, se completó el acto de adopción (4.5b). El gran rival y colega de Pablo, el apóstol Pedro, esbozó también una fe similar en los efectos de la encarnación divina en el mundo: “por medio de las cuales [cosas] nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (II P 1.4, RVR60). O, según la versión Dios habla hoy: “…para que por ellas lleguen ustedes a tener parte en la naturaleza de Dios”. San Pedro habla también, a su modo, de la adopción, pero su perspectiva es más personalizada.

Con ello podía venir el Espíritu a establecer la familiaridad total con el Creador y Redentor (4.6a). Al orar, las palabras fluyen como de los labios de un niño pequeño (4.6b): “Papá, querido Papá”. Termina así la esclavitud y la filiación divina es algo definitivo, total (4.7). Todo eso nos ha ganado la encarnación del Hijo de Dios en el mundo. Todo es consecuencia de la Navidad cristiana: un cambio trascendental en las relaciones entre Dios y sus criaturas: Dios se abajó para ser como uno de nosotros.

Conocemos el relato de la natividad en Belén. Hemos visto representados en belenes vivientes y en coloridas estatuas la escena del bebé yacente en un pesebre. Reflexionando sobre esta escena, el poeta jesuita Gerald Manley Hopkins habló de la “menguante infinidad de Dios menguante hasta adquirir forma de bebé”. “Menguante es el signo que se nos da para reconocer al Salvador. No encontraremos a un Dios infinito, sino a un bebé confortablemente envuelto que yace sobre paja. Tenemos un Dios que mengua —un Dios que se abaja y decrece— y que viene a nosotros en toda la majestad de un comedero… Navidad —la fiesta de la encarnación, la fiesta de Dios que se hace carne de nuestra carne—, esta fiesta celebra el hecho de que Dios mengua para habitar en nosotros... También nosotros somos un lugar donde Dios se contrae, un lugar donde Dios toma carne y vida humana. En la carne y vida humana, en nuestros yoes de carne, en nuestras vidas concretas, es donde resplandece la luz divina.[3]


[1] H.-G. Link, “Razón”, en L. Coenen et al., dirs., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. IV. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 21.
[2] H. Seebass, “Carne”, en L. Coenen, op. cit, vol. I, p. 232.
[3] Patrick F. Earl, cit. por Javier de la Torre, “Un desafío crucial: la teología en el diálogo interdisciplinar”, en Carlos Alonso Bedate, ed., El saber interdisciplinar. Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 2014, p. 184. Énfasis agregado.

Gálatas 3.21-4.7


Lucas Cranach, el Viejo, Nacimiento con niños ángeles en adoración. 

21 Esto no significa que la ley esté en contra de las promesas de Dios. ¡De ninguna manera! Porque si la ley pudiera darnos vida eterna, entonces Dios nos hubiera aceptado por obedecerla. 22 La Biblia dice que el pecado nos domina a todos, de modo que el regalo que Dios prometió es para los que confían en Jesucristo. 23 Antes de eso, la ley fue como una cárcel, donde estuvimos encerrados hasta que vimos que podíamos confiar en Cristo. 24 La ley fue como un maestro que nos guió y llevó hasta Cristo, para que Dios nos aceptara por confiar en él. 25 Pero ahora que ha llegado el tiempo en que podemos confiar en Jesucristo, no hace falta que la ley nos guíe y nos enseñe.
26 Ustedes han confiado en Jesucristo, y por eso todos ustedes son hijos de Dios. 27 Porque cuando fueron bautizados, también quedaron unidos a Cristo, y ahora actúan como él. 28Así que no importa si son judíos o no lo son, si son esclavos o libres, o si son hombres o mujeres. Si están unidos a Jesucristo, todos son iguales. 29 Y si están unidos a Cristo, entonces son miembros de la gran familia de Abraham, y tienen derecho a recibir las promesas que Dios le hizo.
1-2 Lo que quiero decir es esto: Mientras el hijo es menor de edad, es igual a cualquier esclavo de la familia y depende de las personas que lo cuidan y le enseñan, hasta el día en que su padre le entrega sus propiedades y lo hace dueño de todo. 3 Algo así pasaba con nosotros cuando todavía no conocíamos a Cristo: los espíritus que controlan el universo nos trataban como si fuéramos sus esclavos. 4 Pero, cuando llegó el día señalado por Dios, él envió a su Hijo, que nació de una mujer y se sometió a la ley de los judíos. 5 Dios lo envió para liberar a todos los que teníamos que obedecer la ley, y luego nos adoptó como hijos suyos. 6 Ahora, como ustedes son sus hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vivir en ustedes. Por eso, cuando oramos a Dios, el Espíritu nos permite llamarlo: «Papá, querido Papá». 7 Ustedes ya no son como los esclavos de cualquier familia, sino que son hijos de Dios. Y como son sus hijos, gracias a él tienen derecho a recibir su herencia.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Letra 499, 18 de diciembre de 2016

MÉTODO SENCILLO DE ORACIÓN PARA UN BUEN AMIGO (1535)
Martín Lutero

8. El octavo mandamiento: “No levantarás falso testimonio, etc.”. Primero. Nos enseña que tenemos que ser sinceros los unos con los otros, evitar toda suerte de mentiras y calumnias, y decir y escuchar de buen grado lo bueno de los demás. Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que 19 Rom 8, 19 ss. puedan afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación; no dejará Dios impunes a quienes lo quebranten, como queda dicho acerca de los anteriores mandamientos. Segundo. Tenemos que agradecerle tanto la doctrina como la protección que tan graciosamente nos concede. Tercero. Debemos confesar y pedir perdón por haber transcurrido nuestra vida de forma tan ingrata, pecadora y en tratos con los murmuradores falsos que atentaron contra nuestro prójimo. Estamos obligados a asegurar su fama y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros. Cuarto. Pidamos ayuda para, en adelante, observar este mandamiento, para que nos conceda una lengua bienintencionada, etc.
9. Noveno y décimo mandamientos: “No codiciarás la casa de tu prójimo”, “ni su mujer”, etc. Primero. Se nos enseña con ello que, bajo ningún título colorado, tenemos derecho a sonsacar, enajenar ni arrebatar los bienes y pertenencias de nuestro prójimo. Por el contrario, estamos precisados a ayudarle a que pueda mantenerlos, como nos agradaría sucediese con nosotros. También constituyen estos mandamientos una garantía contra las argucias y estratagemas de las gentes avezadas a estas maniobras mundanas; gentes que, al fin, tendrán que recibir su castigo. Segundo. Debemos dar gracias por todo ello. Tercero. Confesar nuestro pecado con arrepentimiento y contrición. Cuarto. Pedir ayuda y fortaleza para ser piadosos y observar este mandamiento de Dios. He aquí los diez mandamientos desarrollados bajo cuatro aspectos: como libritos de doctrina, de acción de gracias, de confesión y de petición. A base de ellos el corazón podrá concentrarse y enfervorizarse en la oración. Pero cuida de no tomar todo o demasiado de un golpe para no cansar al espíritu. Es más: una oración, para ser buena, no debe ser larga ni demasiado distanciada, sino repetida y ardiente. Bastará con que medites un punto o la mitad, con lo que podrás encender una hoguera en tu interior. Ahora bien, es el Espíritu quien lo otorga y lo seguirá enseñando en el corazón, pero sólo si éste sintoniza con la palabra de Dios y se vacía de ocupaciones y pensamientos ajenos. No diré nada aquí acerca del credo y de la Escritura, porque sería cosa de nunca acabar; el que esté ejercitado puede muy bien tomar un día los diez mandamientos, otro un Salmo o un capítulo de la Escritura, que sea como el pedernal que encienda el fuego en su corazón.
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MEMORIA MIGRANTE EN LA PRIMERA NAVIDAD (I)
Jorge Daniel Zijlstra

descargaDesde la trinchera de la pastoral y con una profunda convicción respecto a la acción de Dios en la historia propongo rescatar la memoria migrante presente en algunas narrativas del nacimiento de Jesús. Al acotar la reflexión en los límites de la primera navidad, no entraremos en temáticas relacionadas a Jesús como amigo de migrantes, o su valorización del extranjero en tantos gestos, historias y parábolas, lo cual resultaría muy valioso. Sin embargo, la propuesta es acercarnos al texto bíblico en la búsqueda del sentido y la esperanza que fortalezca los pasos de fe del pueblo migrante.

Dios desde el margen
Jesús nace en tiempos de desplazamientos y de censo (Lc. 2:1). El censo era un instrumento del imperio Romano para asegurar el recaudo de los impuestos a Roma. Sin embargo, Lucas describe el nacimiento de Jesús en el contexto de un censo en Israel, cuyo fin sería contar a cada tribu y familia, para así requerirles sus aportaciones de acuerdo al número de miembros de cada grupo. Hay discusiones sobre el dato histórico del censo en el evangelio, sin embargo, es sabido que en tiempos de Jesús se cobraban impuestos para el imperio, para las clases dominantes de Israel y también para sostener el Templo y las elites religiosas.
El censo era la más cruda estrategia para asegurar el financiamiento de un sistema colonial e imperialista de opresión propuesto desde el poder y apoyado desde las elites nacionales. El sistema aseguraba de esta manera el dominio y los privilegios de unos pocos mediante la explotación de las mayorías pobres del pueblo, entre los que contamos a la familia de Jesús.
Hoy la realidad no es muy diferente. El nacimiento de Jesús resulta una buena noticia para las personas que más sufren porque da vuelta la historia. Jesús no nace en el palacio, ni en Jerusalén, ni en Roma: nace entre los pobres. El llanto de un niño humilde en un establo marginal anuncia el nacimiento de un tiempo nuevo anunciado por Dios desde los profetas. El nacimiento de Jesús en los márgenes de la sociedad da espacio para la afirmación de la esperanza del pueblo, porque es evidencia de un Dios que interviene en la historia y lo hace desde las personas más humildes. Otro mundo es posible: Dios no se olvida de su pueblo que sufre, Dios nace entre ellos, Dios tiene planes buenos para la humanidad. Emmanuel -Dios con nosotros- se hace carne en la historia desde la pobreza y la miseria de un establo, bajo el cuidado de aquella pareja de jóvenes que en pocos días serían migrantes, como su hijo. Y así Jesús resulta ser el mayor de los migrantes, porque siendo del cielo bajó humildemente a la cuna de la humanidad (Fil 2:5-8) para ser abrazado con la ternura de María y José y recibido con entusiasmo por las personas que trabajaban en los campos (Lc. 2:1-20).
El nacimiento de Jesús es el gran misterio y la revolucionaria revelación de un Dios que baja a la humanidad -que migra- con un amor radical y un compromiso extremo, claro desde su primera cuna y su primer techo pobre, prestado y no apto para personas.
Jesús nació en un corral (Lc 2:7), en la máxima pobreza, donde duermen los que no tienen techo, donde nacen los animales y se atienden las crías más débiles en los primeros días. Jesús nació en aquel lugar, donde si alguna madre da a luz, es sin dudas una madre pobre, marginal, discriminada y sin lugar en la sociedad; posiblemente una mujer migrante, violentada o esclava. Dios es así, claro y solidario. Él eligió nacer identificado con las personas humildes. Nació entre las y los pobres y no por casualidad. Porque a Dios le importa todo aquello que el mundo desprecia (1 Co 1:37-31).
Por esto la comunidad que sigue a Jesús busca encarnar la fe en el servicio a las personas marginadas y oprimidas. Jesús nació en los márgenes no por razón el imperio de la justicia desigual del mundo, o por el sometimiento de Dios a la voluntad humana, o por algún tipo de legitimación de la pobreza y el sistema de exclusión que la provoca. Jesús nación en las afueras y entre los pobres porque a Dios le pareció bien dejar en claro por dónde pasa la vida y por dónde la misericordia entrañable de su amor. El espíritu de Jesús es para las personas que sufren, para las que están cautivas, para quienes no tienen futuro ni esperanza (Lc 4:18-19). Jesús trae un mensaje de esperanza para las multitudes pobres, para los pueblos oprimidos: Dios es solidario y está encarnadamente comprometido con las personas que no tienen trabajo, con las multitudes obligadas a emigrar, con la familia sin techo y con los pueblos a los que se les quiere negar el futuro y la esperanzas (Is. 9: 1-7).
Esto es lo que implica el nacimiento de Jesús en los márgenes de la sociedad, en un pesebre, expuesto a la posibilidad de muerte, a la violencia de la migración y a la precariedad de la vida de las y los pobres de ayer y de todos los tiempos. Jesús nació como tantos niños y niñas que hoy vienen al mundo en contextos de hambre, injusticias, guerras, migración y dolor. Hoy hay millones de personas buscando un lugar que asegure la vida y el desarrollo de las nuevas generaciones; personas de carne y huesos, desplazados y migrantes que se confrontan -como María y José- con la cruda realidad de que no hay lugar para ellos en el albergue (Lc 2:7).
Y esto no es fruto de casualidades o coincidencias, o voluntad de Dios: “Un niño murió en un rancho, no fue por casualidad siglos de hambre y de miseria, de injusticia y de maldad amasaron esta historia que hoy volvemos a llorar. Un niño murió en un rancho, no fue por casualidad. Hace casi dos mil años la primera Navidad un niño nació muy pobre, sin más cuna que un pajar. Los hombres lo rechazaron, no le hicieron un lugar, el niño nació en un rancho, no fue por casualidad. Esta noche es noche buena, y mañana Navidad y la misa ha de reunirnos en banquete de amistad con qué cara comeremos de este vino y de ese pan de ese pan hecho de carne entregada a los demás de ese vino hecho de sangre de toda la humanidad” (Luis Amezaga).
En Navidad recordamos al Dios que nace, pero también recordamos a los niños que mueren en las guerras, en los bombardeos de las grandes potencias, en los ataques terroristas, o en la ruta desesperada de la migración en búsqueda de una esperanza al otro lado del Mediterráneo o en tantos otros rincones del planeta donde enfrentan la muerte buscando la vida.
En Navidad celebramos la vida y alentamos a la esperanza, pero no podemos dejar a un lado la dolorosa memoria migrante de tantas muertes con rostro de jóvenes, de niños y niñas, de madres y padres que buscan pan y futuro al alto costo de sus vidas. Sus historias no fueron tan distintas a la que encarnó Jesús, que a días de nacer migró, esta vez a Egipto, para huir del opresor (Mt 2:13-14).

Migrante desde la cuna
Por esto en Adviento necesitamos rescatar la memoria migrante de la navidad, como reserva de sentido e identidad imborrable de un Dios que nace en el reverso de la historia y en la antítesis de los opresores.
Para el pueblo de Israel la memoria siempre resultó un elemento crucial. De igual manera, en las comunidades de fe y seguimiento de Jesús, hacemos de la memoria al punto culmine de nuestras celebraciones cada vez que, reunidos, compartimos la copa y el pan en memoria de Él (1 Co. 11: 23-27). Desde la memoria subversiva del que fue crucificado por vivir como Dios quería, comemos y bebemos unidos en el espíritu de Jesús. En Él alimentamos el compromiso y nutrimos las esperanzas de un mundo nuevo por venir (Ap 21:1-4). Su espíritu nos compromete con su reino de vida plena para la humanidad y para toda la creación (Ro 8:22-23). En las narrativas de Jesús podemos encontrar muchas evidencias de una memoria de migrantes que sale a relucir en los lugares menos pensados o en los más evidentes.
En este sentido quiero invitarles a repasar la genealogía de Jesús y releer algunos aspectos de su historia de migrante, según consignada en Mateo 1: 1-17. Ya sabemos del interés de Mateo en resaltar la realeza y señorío de Jesús como el Cristo y demostrar ante el pueblo judío que él es el Mesías esperado.
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COMUNIDAD COPTA SUFRE FEROZ ATENTADO

Interior de la Catedral copta luego del atentado (KHALED DESOUKI AFP)La Catedral Ortodoxa Copta en El Cairo sufrió un feroz ataque con explosivos el domingo pasado, específicamente en la iglesia de San Pedro, al lado de la Catedral principal. El resultado fue de 25 personas fallecidas y al menos 50 resultaron heridas. Tanto cristianos, como musulmanes expresaron su repudio al criminal ataque. El presidente de Egipto declaró tres días de duelo nacional. Se cree que fueron extremistas islámicos los que realizaron el atentado explosivo.
El término copto hace referencia a los egipcios que profesan algún tipo de fe cristiana, ya sea en la Iglesia Ortodoxa Copta, en la Iglesia Católica Copta o en la Iglesia evangélica copta.
Los coptos constituyen uno de los grupos etno-religiosos principales en Egipto y la mayor comunidad cristiana en el Medio Oriente, así como de la minoría religiosa más grande de la región, lo que representa alrededor del 10% de la población egipcia. Los coptos son alrededor de nueve millones en Egipto, un diez por ciento de la población, y ocupan todos los estratos de la sociedad civil, desde los más humildes hasta los más brillantes del empresariado nacional.
La historia del pueblo copto se remonta a tiempos del antiguo Egipto. Sus antepasados más cercanos se convirtieron al cristianismo en el año 42 d.C., en el siglo I, y a través de los años conservaron su religión, a pesar de la conquista musulmana de Egipto 600 años más tarde, con la cual, el país se perfiló con una mayoría islámica.
Desde entonces, la comunidad copta ha sido objeto de discriminación y diversas persecuciones religiosas, aun en la era moderna, además de ser el blanco de ataques de grupos militantes extremistas islámicos. Desde diversas comunidades de fe en todo el mundo se ruega por la recuperación de los heridos, consuelo para los familiares de las víctimas y fortaleza de espíritu para los cristianos en Egipto.


alc-noticias.net, 12 de diciembre de 2016

La encarnación, respuesta radical de Dios al pecado, L. Cervantes-O.


Lucas Cranach, El nacimiento de Cristo, 1515-1520.

18 de diciembre, 2016

Por esta razón vino el Hijo de Dios al mundo: para destruir todo lo que hace el diablo.
I Juan 3.8, Traducción en Lenguaje Actual

¿Será políticamente incorrecto desearles una feliz Navidad? ¿Será un atentado contra la laicidad? La verdad no lo creo, no solamente porque es una fiesta popular, sino por sus varios significados, todos superiores a las ideologías, instituciones, Iglesias y Estados: exaltación de la infancia, de la sencillez (para no decir pobreza), del inicio de la vida con tantas promesas.[1]
Jean Meyer

A la agradecible afirmación de la nueva filiación otorgada por Dios el Padre a los seguidores de Jesús en I Juan 3.1-2, le sigue una serie de afirmaciones sobre la forma en que Dios actuó para imponerse sobre el pecado en la existencia humana. Destaca el enunciado en donde se anuncia, con un fuerte sabor escatológico, que aún no se conoce cómo será esa filiación en el futuro, pero que, “cuando Jesucristo aparezca otra vez”, los hijos e hijas de Dios se parecerán a él, porque lo verán como es en realidad (3.2b). A continuación, se hace un esbozo muy comprometido acerca del impacto del pecado en la obediencia a Dios y de la forma de superarlo: los seguidores de Jesús se diferencian de los demás seres humanos en que son capaces de practicar el bien con base en lo que es Jesús (3.3). Quien peca se distancia de Dios al no obedecer su ley, porque en eso consiste el pecado (3.4).

Pero “Jesucristo vino al mundo”, agrega el texto, “para quitar los pecados del mundo” (3.5a). Todo ello a partir de la premisa obligada: porque “Jesucristo no peca, ni puede pecar” (3.5b). Ser amigo suyo, enfatiza inmediatamente, abre la posibilidad de no seguir pecando (6a): el estado ideal de obediencia se logra concretar gracias a esa amistad, a esa cercanía, a esa familiaridad. El hecho de que el Hijo de Dios viniera al mundo, que se hiciese un ser humano es celebrado desde sus consecuencias. No es que al apóstol Juan no le importaran los incidentes del nacimiento del Señor, lo que hace más bien es extraer la manera en que esa presencia impactaría al mundo y golpearía, sobre todo, a las realidades del mal y el pecado que tanto lo agobiaban y siguen agobiándolo.

La mirada de fe de Juan se centra en los males que causa el pecado como principio vital y cómo continuar en esa ruta aleja a los seres humanos del Hijo de Dios: “El que peca, no conoce a Jesucristo ni lo entiende” (6b). No es una reflexión ontológica sobre la presencia del mal en el mundo y en la condición humana (la que ya había hecho San Pablo en Romanos 7), es una reflexión, por así decirlo, más optimista, porque es cristológica, está centrada en la figura de Jesucristo. Él es el centro de toda esta reflexión “navideña” contra el pecado. Juan afirma que la respuesta radical de Dios contra el pecado y el mal fue encarnarse, es decir, que no hubo un remedio mayor que venir personalmente a enfrentarlo, en su propio terreno, en su campo, desde las maravillas y contradicciones de la “historia navideña”.

Y Juan continúa su análisis dirigiéndose pastoralmente a su “hijitos” exhortándolos a no dejarse engañar por nadie (7) y a sostenerse firmemente en la realidad de que obedecer a Dios hace tan justas a las personas como lo es Jesús (la justificación por la fe, afirmación protestante por excelencia, expresada de otra manera) (8a). Para de ahí partir a la máxima afirmación del pasaje, luego de constatar la relación entre el mal y la acción del diablo en el mundo desde la creación misma (8a): “Para esto vino, para esto nació, apareció, el Hijo de Dios al mundo: para destruir todo lo que hace el diablo” (8b). Las acciones positivas de Jesús en el mundo también pueden ser vistas desde este ángulo: vino a destruir, usando un lenguaje que tampoco es ajeno a lo que el propio Señor dijo en varios momentos. Su acción destructiva atiende directamente las estructuras del mal y del pecado que siguen dañando la vida humana y la creación.

A partir de ahí, las conclusiones son claras: los creyentes ya no pecarán continuamente, pues se han librado del poder dominador y enajenante del pecado, y aunque siguen luchando con él, lo hacen con la esperanza puesta en el Niño de Belén, pues ahora pueden “vivir como Dios vive” (9a). Notable atrevimiento del apóstol al subrayar, una vez más, la filiación divina de los hijos de Dios. De ahí se sigue una cadena que ejemplifica quién es quién: los hijos de Dios se identifican porque hacen lo bueno y se aman unos a otros (10) por medio de una práctica efectiva del Evangelio. El apóstol reincide en su único mensaje sobre el amor divino realizado en la vida de su comunidad (11-12). Y así cierra el círculo al establecer la razón por la que son rechazados en este mundo los practicantes de esta gran verdad: el amor vivido cotidianamente “demuestra que ya no estamos muertos, sino que ahora vivimos” (14a). Amarse mutuamente (14b-15) es poner a funcionar efectivamente la presencia y acción transformadora radical del Hijo de Dios que un día nació en el mundo, tal como anunciaron los profetas:

El profeta Isaías, de quien se dijo que sus palabras son el primer evangelio, consideró las circunstancias de su tiempo y de su país, burlándose del Estado que había caído en manos de incapaces y el cuadro que pintó vale para todas las épocas, para el Imperio Romano, otomano o chino en crisis, para nuestro México ayer o anteayer y hoy también para Estados Unidos en manos de Donald Trump, incluso si estuviesen en sus manos… El profeta nos presenta un Estado en pedazos, porque sus dirigentes no tienen una idea firme, rectora, porque mentira, ilusión, corrupción lo gangrenan todo, porque el egoísmo desenfrenado engendra la guerra de todos contra todos, hasta la masacre.
¡Príncipe de la paz! ¿Quién dará la paz a nuestra América Latina que, sin llegar a 10% de la población del mundo, acumula la tercera parte de todos los homicidios cometidos en nuestra Tierra? Y eso que es, según las estadísticas, el continente más cristiano del mundo, “el futuro de la Iglesia”, dicen algunos, tanto para la Iglesia católica como para las evangélicas.[2]

O, en palabras de Luis Rivera-Pagán: “Esta lectura […] —el triunfo de la gracia divina sobre la desgracia humana— es la que, a pesar de todos los infortunios en la vida de María y su hijo Jesús, impera en las Sagradas Escrituras y que en esta época de Adviento debe predominar”.[3]





[1] J. Meyer, “¡Feliz Navidad!”, en El Universal, 18 de diciembre de 2016, www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/jean-meyer/nacion/2016/12/18/feliz-navidad.
[2] Ídem.
[3] L. Rivera-Pagán, “Comentario de San Lucas 1:26-38”, en www.workingpreacher.org/preaching.aspx?commentary_id=2273.

I Juan 3.1-15, TLA

¡Miren! Dios el Padre nos ama tanto que la gente nos llama hijos de Dios, y la verdad es que lo somos. Por eso los pecadores de este mundo no nos conocen, porque tampoco han conocido a Dios.
Queridos hermanos, ¡nosotros ya somos hijos de Dios! Y aunque todavía no sabemos cómo seremos en el futuro, sí sabemos que, cuando Jesucristo aparezca otra vez, nos pareceremos a él, porque lo veremos como él es en realidad. Todo el que espera confiadamente que todo esto suceda, se esfuerza por ser bueno, como lo es Jesús.
Todo el que peca, desobedece la ley de Dios, porque el pecado consiste en desobedecer a Dios.
Como ustedes saben, Jesucristo vino al mundo para quitar los pecados del mundo. Jesucristo no peca, ni puede pecar. Por eso, cualquiera que sea amigo de Jesucristo, y quiera mantenerse unido a él, no puede seguir pecando. El que peca, no conoce a Jesucristo ni lo entiende.
Hijitos míos, ¡que nadie los engañe! Todo el que obedece a Dios es tan justo como lo es Jesús. Pero el que siempre hace lo malo es amigo del diablo, porque el diablo ha estado pecando desde el día en que Dios creó el mundo. Por esta razón vino el Hijo de Dios al mundo: para destruir todo lo que hace el diablo.
Ningún hijo de Dios sigue pecando, porque los hijos de Dios viven como Dios vive. Así que no puede seguir pecando, porque es un hijo de Dios.
10 Podemos saber quién es hijo de Dios, y quién es hijo del diablo: los hijos del diablo son los que no quieren hacer lo bueno ni se aman unos a otros.
11 Desde el principio se les ha enseñado a ustedes que nosotros debemos amarnos unos a otros. 12 No debemos ser como Caín, que era como un hijo del diablo, y por eso mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque lo que Caín hacía era malo, y lo que hacía su hermano era bueno.
13 Mis queridos amigos, no se extrañen si los pecadores de este mundo los odian. 14 El amor que nos tenemos demuestra que ya no estamos muertos, sino que ahora vivimos. Pero si ustedes no se aman los unos a los otros, es porque todavía están bajo el poder de la muerte. 15 Si ustedes se odian unos a otros, son asesinos, y ya saben que ningún asesino puede tener la vida eterna.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Letra 498, 11 de diciembre de 2016

MÉTODO SENCILLO DE ORACIÓN PARA UN BUEN AMIGO (1535)
Martín Lutero

7. El séptimo mandamiento: “No robarás”.
Primero. Se me enseña que no debo apropiarme de los bienes de mi prójimo ni retenerlos contra su voluntad, ni privada ni públicamente. Que no tengo que actuar de manera informal y desleal en lo relativo al comercio, al servicio y al trabajo, para no ganar mi fortuna cual ladrón, sino que debo alimentarme con el sudor de mi frente y comer mi pan honradamente. Es más: tengo la precisión de poner por mi parte cuanto pueda para que los demás, al igual que yo, no adquieran sus bienes por estos medios antedichos. Se me enseña también aquí que Dios, al prohibir que se me robe, me asegura y defiende mis bienes con su paternal providencia y su mandato riguroso. En caso de que este mandamiento se quebrante, ha prescrito el castigo correspondiente, y para eso ha confiado al verdugo la soga y la horca; y si no se llegara a esto, será él mismo quien se tome la justicia, de forma que el transgresor acabará sus días como un mendigo. Este es el significado de los refranes usuales: «De joven ladrón, de viejo mendigo», «Lo mal adquirido no es de provecho» y «Mal ganado, peor disipado».
Segundo. Le agradezco su fidelidad y su bondad por haberme dado a mí y a todo el mundo una doctrina tan excelente, su protección y su amparo. Porque, sin su protección, no quedaría en nuestra casa ni una blanca ni un mendrugo de pan.
Tercero. Confieso todos mis pecados y mi ingratitud, si es que he perjudicado a alguien, si he tratado con los demás de forma sinuosa y poco honrada en mi vida, etcétera.
Cuarto. Pido a Dios nos conceda su gracia, para que tanto yo como todos los demás sigamos aprendiendo y meditando este mandamiento suyo; que sepamos enmendarnos, para que el hurto, el robo, la usura, el fraude, las transacciones injustas disminuyan y se les ponga pronto fin por el juicio final, por el que están clamando con ansiedad todos los suspiros de los santos y de las criaturas. Amén.
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¿QUÉ TIPO DE ACCIÓN SOCIAL QUEREMOS HACER?

Concepto clave: acción social de redención integral.

Tesis principal: La Iglesia debe encarnar la obra de Cristo en la redención integral del ser humano de la creación.

Introducción
La Iglesia de Jesucristo tiene en sus manos una “buena noticia” que no solamente debe proclamar, sino debe encarnar. Esta buena noticia es que Dios ha establecido su Reino de justicia y paz por medio de su Hijo Jesucristo. Este Reino cumple el propósito de Dios en la creación trayendo realización plena y redención a la humanidad y a toda la creación. En este Reino la gente recibe, sólo de gracia, una nueva posición delante de Dios y la sociedad, una nueva dignidad y valor como hijas e hijos, y poder por su Espíritu para ser mayordomos de la creación y siervos los unos de los otros en una nueva comunidad.
De esta buena noticia surge nuestra misión como Iglesia y su gran responsabilidad social encarnando la obra de Cristo. Cuando hablamos de “encarnar” esta buena noticia, nos referimos a extender la obra de redención que Cristo comenzó cuando se dio a sí mismo por nosotros, no sólo para redimirnos del pecado que había en nuestro corazón, sino también para redimirnos de manera integral en todas las áreas de nuestra vida.
Se necesita recuperar la redención integral en la acción social de la Iglesia, en la que el sacrificio de Cristo provee la base tanto para el perdón de Dios mediante el arrepentimiento y la fe, como para un estilo de vida caracterizado por la constante búsqueda de la dignidad completa del ser humano.

Nuestra propuesta
La Iglesia debe buscar no solamente la redención del alma de las personas, sino una redención completa. No solamente debe ayudar a los pobres proveyéndoles alimentos frente a sus carencias, sino que debe buscar una solución integral. Esto está inspirado en lo que la Palabra de Dios nos enseña acerca de los valores del Reino de Dios y sus demandas de signos de Justicia, Bienestar y Alegría en el Espíritu (Ro. 14:17) en nuestra vida eclesial y en la sociedad en la que procuramos ser luminares y sazonarla con el evangelio viviente (Mt. 5:13-14).
En su misión, la Iglesia debe considerar las estructuras socio-económicas, como debatiéndose entre la fidelidad a las riquezas (Lc. 16:13) o la fidelidad a Dios. La exclusión social creemos es producto de la infidelidad a Dios y a los valores de su Reino.
Por esto, la acción social de la iglesia se debe dar en el acompañamiento solidario y en la inserción de la persona en la actividad socio-económica de la sociedad. Como Iglesia debemos ofrecer una acción solidaria, como la expresión del reconocimiento de la dignidad humana y de la responsabilidad cristiana ante el sufrimiento del otro, creado igualmente a la imagen de Dios.
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HEMOS OÍDO DOS PROMESAS (Lc 1.39-56)
Karl Barth
Adviento. Madrid, Studium, 1970



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MARTIN JUNGE: “ES POSITIVO EL IMPACTO DE LA CELEBRACIÓN CONJUNTA DE LOS 500 AÑOS DE LA REFORMA PROTESTANTE” (III)

Más complejos que las sospechas son para mí las memorias y los recuerdos que aquí y allá guardamos de nuestras respectivas historias, y que a menudo nos agobian y nos duelen hasta el día de hoy. Hubo discriminación, exclusión y violencia, en casos con ramificaciones sentidas hasta el presente. En algunos casos hemos sido víctimas de todo ello, en otros casos debemos admitir nuestra responsabilidad como perpetradores. Aquí tenemos una tarea importante por delante. Necesitamos hacernos cargo de nuestras historias con todos sus aciertos y yerros. Y hacerlo con una perspectiva de esperanza, sabiendo de las muchas cosas que Dios hace y continuará haciendo en medio nuestro. Es por eso que utilicé en mi sermón la frase de Eduardo Galeano: “La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será.” Si hay alguien en este mundo que puede creer en esta perspectiva, es el pueblo cristiano.

¿Considera usted que esta celebración puede renovar eventualmente a las iglesias protestantes actuales sobre todo ante la gran diversidad de movimientos evangélicos?
Con todo lo explicado anteriormente queda claro que antes que impartir lecciones a otras denominaciones, lo que hemos hecho en la conmemoración conjunta es asumir las lecciones que nos deja nuestra propia historia, e incorporar los acercamientos teológicos y prácticos que se han producido en las últimas décadas en nuestra mirada sobre los cinco siglos de la Reforma.
La Federación Luterana Mundial no se arroga el derecho de conmemorar con la Iglesia Católico-Romana los 500 años de la Reforma a nombre de todo el mundo protestante. ¿Cómo podríamos hacer algo así, más todavía sabiendo del profundo sentido de pertenencia y de propiedad que muchas denominaciones protestantes, evangélicas y pentecostales expresan con respecto a la reforma iniciada por Martín Lutero? Pero tampoco lo hace de espaldas a las múltiples y muy intensas relaciones, en casos hasta de comunión, que las iglesias luteranas tienen con otras iglesias protestantes. Me tiene muy contento que en el mismo año en el cual hemos tenido la conmemoración conjunta, hemos iniciado finalmente un diálogo ecuménico a escala global con el mundo pentecostal.
Me alegra sobremanera saber que la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas viene alentando un proceso para muy probablemente sumarse el próximo año a la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación de 1999, y que la Comunión Anglicana tomara una decisión similar en abril de este año. Estamos caminando y avanzando en el peregrinaje ecuménico con muchas de nuestras múltiples relaciones, y estas relaciones se articulan en múltiples ejes que no deseamos perder de vista.

Como alguien procedente de América Latina, ¿percibe usted avances sustanciales en el movimiento ecuménico a escala global?
Hay avances y retrocesos al mismo tiempo. Algunos de los procesos que acabo de mencionar los sitúo claramente en el ámbito de progresos; y habría muchos otros procesos que deberían mencionarse. Pero sabemos a la vez que las fuerzas centrífugas de división y fragmentación que imperan en el mundo de hoy también abarcan a las iglesias y a las comuniones globales. A veces optamos menos por la fuerza centrípeta del bautismo, atendemos menos a la oración de Jesús sobre la unidad e ignoramos las exhortaciones de los apóstoles a permanecer unidos y a dialogar, y preferimos hacernos eco de discursos divisorios y corrosivos que nos rodean. El apóstol Pablo hace una diferencia entre una existencia según la carne y según el Espíritu.
(LC-O)


Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...