domingo, 17 de febrero de 2019

Un templo reconstruido: fe profética pertinente (Esdras 5), L. Cervantes-Ortiz



Predicación de Hageo, Gustavo Doré

17 de febrero, 2019

Cuando Zorobabel y Josué oyeron el mensaje, reiniciaron la reconstrucción del templo de Dios, y estos profetas los ayudaban.
Esdras 5.2, TLA

La iniciativa de reconstruir el templo, el culto y la ciudad de Jerusalén se ve acompañada, a partir de Esdras 5, por la predicación profética de Hageo y Zacarías. La aparición de ambos profetas representa la incorporación de un elemento espiritual e ideológico fundamental para el desarrollo de los acontecimientos en el interior de la comunidad de repatriados judíos que debían afrontar el enorme desafío de la reconstrucción. Seguía conformándose, así, el grupo de dirigentes que estarían al frente del proyecto, por lo que la fuerza del mensaje profético le daría solidez y profundidad, especialmente porque, en el caso de Hageo, su crítica hacia la displicencia del pueblo surtiría muy buen efecto. Sus palabras fueron directas y sin contemplaciones, tal como lo muestra la Nueva Traducción Viviente, que ubica cronológicamente esta predicación: el 29 de agosto del segundo año del reinado de Darío (520 a.C.), el mensaje dirigido a Zorobabel y a Josué (Jesúa) afirmaba que, si el pueblo alegaba que aún no había llegado “el momento para reconstruir la casa del Señor”, (Hag 1.2), resultaba inaceptable que muchos viviesen ya en casas lujosas mientras el templo permanecía en ruinas (Hag 1.4, 9). Esa actitud era la causa de que su trabajo esforzado no fructificara (Hag 1.6, 10-11). Debían, pues, poner manos a la obra y retomar el plan original.

Zacarías, por su parte, en los dos primeros capítulos de su libro anuncia el perdón de Dios a su pueblo y su voluntad para la reconstrucción mediante palabras estremecedoras (Zac 1.14-16), su juicio contra los imperios (Zac 1.18-21; 2.8-9) y la reunión de los cautivos (Zac 2.12). En el cap. 3 da un mensaje específico al sacerdote Josué (vv. 7-10) y, en el siguiente, a Zorobabel (vv. 6-9), con un lenguaje francamente mesiánico. Todo ello, mediante visiones simbólicas. En Zac 4.14, ambos son definidos como “los dos ungidos que están delante del Señor de toda la tierra”. En 6.10-14, Josué es coronado como sacerdote, y en el cap. 8 se afirma la promesa de restauración de Jerusalén.

La respuesta positiva de Zorobabel y Josué es amplificada por Hageo, quien subraya el apoyo de Dios a la empresa restauradora (1.13) y la reacción tan favorable de ambos líderes que se pusieron en marcha el 21 de septiembre del año en cuestión (1.14-15). El segundo mensaje de Hageo (2.1-9) de refirió al menor esplendor del nuevo templo. Allí mismo anuncia una gran promesa para Zorobabel (2.20-23), luego de una feroz crítica al comportamiento sacerdotal (2.10-19). El biblista puertorriqueño Samuel Pagán explica las razones de la cautela de los dirigentes judíos: “Posiblemente les inspiró el compromiso que tenían con Dios y la inestabilidad política causada por la transición y crisis en el trono persa, luego de la muerte de Cambises y la ascensión de Darío [que estuvo envuelta en acciones muy violentas]. La lentitud en el proceso de reconstrucción posiblemente estaba relacionada con la actitud de prudencia y cautela asumida por Zorobabel y Josué”.[1]

Con todo, el ambiente de exaltación y ánimo resultaba siempre sospechoso a las autoridades persas locales: el gobernador Tatenai y sus ayudantes interrogaron sobre quién los había autorizado para retomar el trabajo (Esd 5.3-4). El breve inciso del v. 5: “Pero el ojo de su Dios estaba sobre los ancianos de los judíos” da al relato una tonalidad teológica cuya señal más recurrente será: “La mano de Dios” [está] sobre los dirigentes judíos (Esd 7.9, 28; Neh 2.8, 18).[2] Esto es, “Dios vela por la comunidad del retorno hasta hacerle encontrar el favor ante sus dueños extranjeros, que anticipa el final del relato en 6.22: ‘cambiando en su favor el corazón del rey de Persia’” (Ídem). Este nuevo relato comienza con un intercambio epistolar entre la autoridad persa local (5.6-17) y el rey Darío para informar acerca de lo sucedido. La respuesta de los judíos, teológica y un tanto altanera, que se refiere, remite a la historia de Israel y Judá (Esd 5.11-16). La solicitud expresa es buscar en los archivos del imperio persa algunas referencias a esos acontecimientos anteriores.

La relectura de la historia judía se centra en el templo a través de dos acontecimientos importantes: su construcción por Salomón (“un gran rey de Israel”, 11) y su destrucción por Nabucodonosor (12). “Tanto la destrucción del Templo (v. 12), como su reconstrucción se relacionan con la voluntad del Dios de Israel”.[3] La última parte de la respuesta judía es especialmente relevante: “Desde entonces se ha estado reconstruyendo, y todavía no se termina” (16b). En ella se aprecia la conciencia histórica (alentada por el mensaje profético) de estar participando en el nuevo proyecto divino, aun cuando no se comprendieran del todo sus alcances, puesto que las nuevas condiciones socio-políticas hacían impredecible el rumbo de los sucesos, aun cuando la única esperanza consistía en concluir el trabajo estrictamente arquitectónico del templo y la ciudad. El corazón de esa respuesta manifiesta una magnífica asimilación, en la teología del llamado Cronista (la tradición textual que va desde I y II de Crónicas hasta Nehemías).

Hay diferencias de acento entre los relatos paralelos de Hageo y Zacarías y los de Esdras y Nehemías: “tras las grandes esperanzas de los profetas del siglo V y la antorcha mesiánica que pudieron encender en algunos ambientes, llegó el momento de un realismo político en la aceptación del presente, del que se hace eco el libro de Esdras”.[4] Los constantes ecos del “edicto de Darío” (Esd 1.2-4; 3.7; 4.3; 5.13-17; 6.1-5) y la “respuesta de Darío” (6.6-12) se inscriben en esta representación de lealtad de una comunidad que quería dar de sí misma una imagen tranquilizante, a pesar del recelo y de las denuncias de sus adversarios (cf. Esd 4.6).

La intención teológica de estos textos se acompaña de una aceptación realista de la dinámica social y política que no siempre fue clara para todo el pueblo. Ahora, había más certeza para afrontar lo que viniera después, con una conciencia bien definida de lo que estaba pasando y de los obstáculos que seguirían presentes para conseguir plenamente la reconstrucción en todos sus aspectos: “Zorobabel no fue el ‘mesías’ esperado, y cualquier representación en este sentido no podía menos de hacer que nacieran las sospechas de las autoridades locales, tanto si éstas eran persas como griegas”.[5] Un templo reconstruido mostraría la eficacia histórica de la palabra profética como mensaje divino, a fin de restaurar la conciencia espiritual del pueblo.




[1] S. Pagán, Esdras, Nehemías y Ester. Miami, Caribe, 1992 (Comentario bíblico hispanoamericano), p. 77.
[2] P. Abadie y P. de M. de Viviès, Los cuatro libros de Esdras. Estella, Verbo Divino, 1998 (Cuadernos bíblicos, 180), p. 14.
[3] S. Pagán, op. cit., p. 78.
[4] P. Abadie, El libro de Esdras y de Nehemías. Estella, Verbo Divino, 1998 (Cuadernos bíblicos, 95), p. 29.
[5] Ídem.

Esdras 5 / Marcos 13.1-8, TLA

Los profetas Hageo y Zacarías anunciaron un mensaje de parte de Dios a los judíos que vivían en Judá y en Jerusalén.Cuando Zorobabel y Josué oyeron el mensaje, reiniciaron la reconstrucción del templo de Dios, y estos profetas los ayudaban.
3-4 En la provincia que está al oeste del río Éufrates, gobernaba Tatenai y lo ayudaban Setar-boznai y otros servidores del rey. Éstos llegaron a Jerusalén y les preguntaron a los judíos: "¿Quién les dio permiso para reconstruir este templo y levantar estos muros? ¿Cómo se llaman sus jefes?".
Como Dios estaba protegiendo a los jefes judíos, el gobernador permitió que siguieran trabajando hasta que enviara su informe al rey Darío y recibiera su respuesta.
Así que el gobernador y sus ayudantes enviaron un informe al rey Darío, el cual decía:
Reciba usted, rey Darío, nuestros saludos y deseos de paz y bienestar. Es nuestro deber informar a Su Majestad que fuimos a la provincia de Judá y vimos que el templo del gran Dios se está reconstruyendo, y que están cubriendo las paredes con madera. El trabajo se hace cuidadosamente y la obra avanza. 9-10 Averiguamos los nombres de los jefes encargados del trabajo, para que usted esté enterado. Cuando les preguntamos quién les había dado permiso para reconstruir ese templo y levantar los muros de protección, 11 nos respondieron lo siguiente:
“Nosotros adoramos al Dios todopoderoso, y estamos reconstruyendo el templo que fue edificado hace muchos años por un gran rey de Israel. 12 Pero como nuestros antepasados hicieron enojar a Dios, él permitió que los venciera el rey Nabucodonosor de Babilonia. Ese rey destruyó este templo y envió cautivos a Babilonia a todos los habitantes de Jerusalén. 13 Más tarde, en el primer año de su reinado en Babilonia, el rey Ciro ordenó que se reconstruyera el templo. 14 También ordenó que fueran devueltos los utensilios de oro y plata que Nabucodonosor había sacado del templo de Dios en Jerusalén y se había llevado a Babilonia. Los utensilios le fueron entregados a Sesbasar, quien entonces era gobernador de Judá. 15 Ciro le había dicho a Sesbasar que llevara esos utensilios al lugar donde había estado antes el templo de Dios, y que allí reconstruyera ese templo. 16 Vino entonces Sesbasar a Jerusalén y puso los cimientos del templo. Desde entonces se ha estado reconstruyendo, y todavía no se termina".
17 Si le parece bien a Su Majestad, mande averiguar si hay en los archivos del palacio alguna orden del rey Ciro permitiendo la reconstrucción de este templo. Tan pronto usted tenga información, avísenos lo que ha decidido sobre este asunto.
*
Al salir del templo, uno de los discípulos le dijo a Jesús: —Maestro, ¡mira qué piedras, y qué edificios más hermosos!
Jesús le respondió: —¿Ves estos grandes edificios? Pues de ellos no va a quedar en pie ni una pared. Todo será destruido.

3 Después, Jesús y sus discípulos se fueron al Monte de los Olivos, que está frente al templo. Jesús se sentó y, cuando estaban solos, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntaron: —¿Cuándo será destruido el templo? ¿Qué cosas servirán de señal para indicar que todo eso está por suceder?

Jesús les respondió: —¡Cuidado! No se dejen engañar. Muchos vendrán y se harán pasar por mí, y le dirán a la gente: “Yo soy el Mesías”. Usarán mi nombre y lograrán engañar a muchos.
»Ustedes no se asusten si oyen decir que algunos países están en guerra, y que otros países están a punto de pelearse. Eso tiene que pasar, pero todavía no será el fin del mundo. Porque los países pelearán unos contra otros, la gente no tendrá qué comer, y habrá terremotos en muchos lugares. Eso será sólo el principio de todo lo que el mundo sufrirá.

sábado, 9 de febrero de 2019

Letra 607, 10 de febrero de 2019


RECONSTRUCCIÓN DEL ALTAR Y OPOSICIONES
Philippe Abadie y Pierre de Martin de Viviès


Desde el v. 1, el capítulo 3 de Esdras da la imagen de una cierta unanimidad en la reconstrucción del altar: bajo la dirección del sumo sacerdote Josué y de Zorobabel, último heredero de la Casa de David, el pueblo se congrega al unísono para reconstruir el altar destruido durante el saqueo de Jerusalén en el 586 a.C. Esta presentación no está exenta de problemas. A la luz de Jer 41.4-5 y del libro de las Lamentaciones, puede dudarse que el culto hubiera cesado durante el exilio. Además, el oráculo más realista de Hag 1, que muestra a los judíos más preocupados de sus problemas inmediatos que del Templo en ruinas, invita a rechazar esa imagen. De nuevo encontramos aquí una transferencia de la temática central del libro, según la cual los repatriados del exilio son los verdaderos herederos del Templo. En este sentido apunta el hecho precisado en el v. 3, a saber, que el altar es restaurado en el lugar exacto de su destrucción. Como la restitución de los objetos de culto (1.7-11), este aspecto establece una continuidad entre los judíos deportados y los repatriados del exilio.
El relato mismo está lejos de ser claro; dos acontecimientos distintos en el tiempo parecen colisionar: la restauración del altar (vv. 1-6) seguida de la reconstrucción del santuario (vv. 7-11). Si puede atribuirse la segunda a Josué y a Zorobabel (entre el 520 y el 515 a.C.) a la luz de Esd 5.13-16, la paternidad de la primera procede, sin duda, de Sesbasar, ese personaje oscuro de los primeros retornados (después del 539 a.C.). Aun cuando el libro reduzca su función a una sola acción (1.11) y omita su nombre en la lista de los dirigentes del retorno (2.2), Sesbasar debió de tener un papel nada irrelevante en los inicios de la restauración judía. Pero este relativo silencio se debe al hecho de que la redacción final ha construido los acontecimientos en torno a dos dúos principales: el sacerdote (Josué, después Esdras) y el gobernante (Zorobabel, después Nehemías); en esta estructura de conjunto no había lugar para Sesbasar.
Por consiguiente, la información del v. 3, según la cual los repatriados se enfrentan a la hostilidad «de los pueblos del país», adquiere todo su sentido. Según la imagen insinuada aquí, la expresión remite a las poblaciones heterogéneas —de ahí que sea retomada en Esd 9,1.2.11 y Neh 10,29 en el marco de la ruptura de los matrimonios mixtos—; sin embargo, se habla más habitualmente de “pueblos que habitan en el país” (así en Esd 10,2.11 y en Neh 10,31.32). El relato los asimila con las poblaciones extranjeras deportadas a Judá por los soberanos asirios, calificándolos de «enemigos de Judá y de Benjamín» (4,1- 2). Si la expresión es muy imprecisa, crea, no obstante, una tensión entre estos autóctonos extranjeros del país y «los hijos de la deportación», es decir, los repatriados dirigidos por Josué y Zorobabel. Esd 4 permite precisar ciertas informaciones: se trata de gente establecida allí “desde el tiempo de Asaradón” —lo que evoca el relato polémico de 2 Re 17.23-41, que descalifica el origen de los samaritanos (17,19)—.

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EL CAMINAR DEL DISCÍPULO
DISCIPULADO Y SEGUIMIENTO DE JESÚS
Dietrich Bonhoeffer

La vida del discípulo se acredita en el hecho de que nada se interponga entre Cristo y él, ni la ley, ni la piedad personal, ni el mundo. El seguidor no mira más que a Cristo. No ve a Cristo y al mundo. No entra en este género de reflexiones, sino que sigue sólo a Cristo en todo. Su ojo es sencillo. Descansa completamente en la luz que le viene de Cristo; en él no hay ni tinieblas ni equívocos. Igual que el ojo debe ser simple, claro y puro para que el cuerpo permanezca en la luz, igual que el pie y la mano sólo reciben la luz del ojo, igual que el pie vacila y la mano se equivoca cuando el ojo está enfermo, igual que el cuerpo entero se sumerge en las tinieblas cuando el ojo se apaga, lo mismo al discípulo, que sólo se encuentra en la luz cuando mira simplemente a Cristo, y no a esto o aquello; es preciso, pues, que el corazón del discípulo sólo se dirija a Cristo. Si el ojo ve algo distinto de lo real, se engaña todo el cuerpo. Si el corazón se apega a las apariencias del mundo, a la criatura más que al Creador, el discípulo está perdido.
Son los bienes de este mundo los que quieren apartar de Jesús el corazón del discípulo. ¿Hacia qué se inclina el corazón del discípulo?: esta es la pregunta. ¿Se inclina a los bienes de este mundo? ¿Se inclina a Cristo y a estos bienes? ¿Se inclina a Cristo solo? La lámpara del cuerpo es el ojo; la lámpara del seguidor es el corazón. Si el ojo es tiniebla, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el cuerpo! Si el corazón es tinieblas, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el discípulo! Ahora bien, el corazón se entenebrece cuando se apega a los bienes del mundo.
Por muy apremiante que sea la llamada de Jesús, rebota, no consigue entrar en el hombre porque el corazón está cerrado, pertenece a otro. Igual que ninguna luz penetra en el cuerpo cuando el ojo está enfermo, la palabra de Jesús no llega hasta el discípulo cuando su corazón se cierra. La palabra es ahogada, como la semilla bajo las espinas, “bajo las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida” (Lc 8.14).

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GRACIA, MISTERIO, BELLEZA Y LIBERTAD: CUATRO AFIRMACIONES DE LA TEOLOGÍA REFORMADA (IV)
Cynthia Rigby

Libertad en Cristo
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Las congregaciones que estudian la teología reformada tienen la oportunidad de repensar el carácter de la libertad humana al abrazar la soberanía o libertad de Dios. Muy a menudo, la idea de que Dios es soberano se asocia con la suposición de que, por lo tanto, los seres humanos no son tan libres; estamos obligados a obedecer, a someternos al gobierno de Dios y a comprender nuestra relativa insignificancia como participantes en la historia de la salvación. La teología reformada corrige la idea errónea de que honrar la libertad de Dios significa aceptar la libertad humana como algo insignificante, en términos relativos.
La teología reformada enseña, en contraste con esto, que el Dios que es soberano ha elegido “amarnos [a nosotros] en libertad” (según Barth), incluyéndonos como participantes esenciales en la propia vida y obra de Dios. Esto sucede por medio de nuestro Salvador Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. A través de Cristo, Dios en la libertad divina ha entrado plenamente en la condición humana (incluso hasta la muerte en la cruz) y nos ha elevado (en la resurrección y la ascensión). La libertad de Dios, entonces, no implica la disminución de la libertad o la actuación humana. Más bien, Dios nos ha exaltado libremente de maneras que nunca hubiéramos imaginado, reclamándonos en Jesucristo como amigos y socios en el ministerio de reconciliación (Juan 15:15; 2 Corintios 5).
Una de las implicaciones de entender nuestra libertad en relación con la soberanía de Dios es, según Barth, que no tenemos que vivir estresados todo el tiempo. La vida ansiosa es un lugar común en un mundo convencido de que debemos trabajar duro y continuamente para ser “ganadores”, creando espacios para nosotros en relación con nuestras carreras, nuestra dinámica familiar y en las redes sociales, por ejemplo.
Recordar que Dios es soberano y que, en su soberanía nos ha incluido plenamente, es darnos cuenta de que no tenemos que competir por un espacio para crear y servir más de lo que necesitamos para demostrar nuestra valía, pues ya ha sido preparado un lugar para nosotros. Las congregaciones que estudian y creen esto podrían convertirse en comunidades en las que los miembros no sólo tengan la seguridad de ser aceptados y amados, sino que también son alentados a usar sus dones de forma libre e innovadora para servir a los demás.

The Presbyterian Outlook, 7 de enero de 2019

Actividades y avisos


OREMOS POR TODOS LOS PLANES Y PROYECTOS DE LOS MINISTERIOS PARA ESTE NUEVO AÑO

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 12 de febrero, 19 hrs.
Modera: LCO

Llamamiento: Salmo 147.1-11
Oración de ofrecimiento
Himno: “Cristo, nombre glorioso” (242)
Círculo de oración y testimonios
Lectura bíblica: Esdras 1.5-11
Tema: El imperio persa en la historia
Himno: “Eres mi protector” (322)
Ofertorio
Bendición pastoral

RESUMEN HISTÓRICO
Benedikt Schwank

H
acia fines del s. VII a.C., bajo Nabopolassar, Babilonia se rebela victoriosamente junto con los medos contra Assur. El año 612 a.C. cae Nínive, capital del imperio asirio, en manos de los aliados. Nekó II de Egipto quiso salir en ayuda del último rey asirio, Assuruballit, derrotado y fugitivo. El rey Josías, que pudo llevar a cabo una reforma del culto en Judá y hasta en el reino del Norte, desconocedor de la nueva situación de la política mundial le salió al encuentro. Y el año 609 a.C. fue derrotado totalmente junto a Meguiddó. Poco después Jerusalén era tomada por Nabucodonosor II (Nebukadnezar); según los datos de los textos babilónicos cuneiformes esto sucedió el 15/16 de marzo del año 597 a.C. (2 Re 24.10-16).
El año 586 a.C. (2 Re 25.8-11) siguió la destrucción definitiva y la segunda deportación a la cautividad de Babilonia. Por las tablillas cuneiformes babilónicas sabemos incluso las raciones de comida que se asignaban al cautivo rey de Judá. En los últimos años antes de la catástrofe el profeta jeremías llamó al pueblo a penitencia; en el exilio principalmente Ezequiel fortaleció a sus compatriotas; y hacia el final del destierro el gran autor desconocido de Is 40-55 consoló al pueblo humillado.
El año 539 a.C. cayó sin lucha la ciudad fortificada de Babilonia en manos del rey persa Ciro. Con ello acababa en oriente la dominación de dinastías semíticas. Desde este tiempo, Judea estuvo bajo soberanía persa, helenística y, finalmente, romana. La tolerancia religiosa de la nueva época hizo posible el retorno. La tribu de Judá aprovechó la oportunidad. Fue la hora del nacimiento del “judaísmo”. En el futuro la fuerza de este pueblo, que desde el destierro babilónico está disperso por todo el mundo, no radicaría en el poderío de una casa real, sino en el sentimiento de responsabilidad religiosa de cada judío. A partir de ese tiempo los judíos de la diáspora han hallado apoyo religioso en las comunidades de las sinagogas.
En el s. V a.C. los griegos contienen el avance persa hacia occidente. En Palestina, entretanto, el pueblo judío se fortalece dentro del marco exterior político de una satrapía persa. Se erige, de momento en modestas proporciones, el segundo templo. Nehemías, a mediados del s. V a.C., y Esdras, cuya acción sin duda ha de situarse a principios del s. IV, renuevan el culto judío, refuerzan la jerarquía y el sentimiento nacional y profundizan el amor a las escrituras sagradas, que ahora se coleccionan y redactan nuevamente.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

17 – Culto de Proclamación y testimonio / Capacitación de oficiales
24 – Acción de gracias / Culto estudiantil

La oposición interna: estrategias para afrontar el conflicto, L. Cervantes-O



10 de febrero, 2019

Entonces la gente que vivía allí trataba de desanimar a los judíos y meterles miedo para que no reconstruyeran el templo. Además, les pagaron a algunos asistentes del gobierno para que no los dejaran continuar con la reconstrucción. Esdras 4.4-5a, TLA

El texto de Esdras no deja de registrar la conflictividad causada por la forma tan positiva con que los repatriados de Israel comenzaron los trabajos para reconstruir inicialmente, el altar y el templo de Jerusalén. Al transcurrir el tiempo y con el cambio de monarcas persas, la situación del principio, tan firme y bien determinada por el decreto del rey Ciro II, fue modificándose hasta el punto de que surgió una verdadera oposición a ese proyecto, disfrazada, como bien subraya Esdras 4, de una aparente disposición para apoyarlo. Se habla explícitamente de “los enemigos de Judá y de Benjamín” (v. 1a), quienes se presentaron ante Zorobabel y los jefes de las familias en un diálogo imposible. Se trataba de una población extranjera (pagana) que había sido llevada a Palestina por Esar-hadón rey de Asiria entre los años 681 y 669 a.C., hijo de Senaquerib. En esa “transmigración” forzada vio II Reyes 17.24-41 el origen de los samaritanos y de la implantación de cultos diferentes al yahvismo. De manera que se conjuntaron elementos raciales, religiosos y políticos para originar esta oposición que posteriormente daría frutos: “A esta primera oposición se añade otra: si los primeros apelan por dos veces a un soberano extranjero movido por el espíritu de Yahvé, que los ha hecho volver a su tierra, Ciro (3.7 y 4.3), los segundos están vinculados con el terrible soberano pagano Asaradón, rey de Asur, que los había deportado a una tierra que les seguía resultando extraña (4.2)”.[1]

La temática planteada anticipa el resto de la narración: la mención de los “enemigos” en Esd 4.1 se repite en Neh 4.5, y el intento de hacer que fracase el proyecto de los deportados (Esd 4.5) tiene su correspondiente inverso en Neh 4.15: “Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea”. Así, desde el principio el lector está informado: “el fracaso será tan sólo aparente y Dios dará la vuelta a la situación en favor de su pueblo” (Ídem). Los vv. 1-3 asimilan de manera polémica a los “enemigos de Judá y Benjamín” con las poblaciones extranjeras (“los pueblos de los países”) deportadas por los soberanos asirios. “Si la expresión es muy imprecisa, crea, no obstante, una tensión entre estos autóctonos extranjeros del país y ‘los hijos de la deportación’, es decir, los repatriados dirigidos por Josué y Zorobabel”.[2]

La argumentación del v. 2 oculta, en buena parte, la mezcla de creencias y prácticas descritas en II Reyes 17, presentada con el tono antipagano del momento: no necesariamente era verdad que esos grupos hubieran aceptado el yahvismo como creencia religiosa principal. La respuesta de Zorobabel y los demás líderes es directa y enérgica: solamente los judíos (factor racial y religioso) podían llevar a cabo las obras, debido a la orden de Ciro (v. 3). La reacción esperada, la manifestación abierta de la oposición al trabajo aparece inmediatamente (v. 4), con lo que se intentó desanimar a los reconstructores. Estamos ante una “una visión puramente teológica, centrada en una definición estricta de la identidad judía. Queda por identificar a estos ‘pueblos que habitan el país’ […]. Sin duda, más que referirse a los extranjeros en el país, apunta a los judíos no deportados que se mostraban reacios a las reivindicaciones de los antiguos propietarios para que les devolvieran sus tierras; algunos oráculos proféticos (Ez 11.14-21; 33.23-29) van en este sentido”.[3]

Las acciones descritas en el v. 5 muestran la forma desleal (sobornos e intrigas) con que se buscó detener el proyecto de reconstrucción durante el reinado de Ciro y Darío. Pero la labor de zapa y rechazo no terminó ahí: ya en el reinado de Asuero (Jerjes I, 519-465 a.C.), hijo de Darío, presentaron una acusación contra los judíos (v. 6) y, mediante una argumentación estrictamente política, se dirigieron después a Artajerjes (465-424 a.C.) para denunciarlos también. Aquí aparecen los nombres de los dirigentes antijudíos, autoridades persas locales y sus esbirros (vv. 7-10). Más allá de la precisión cronológica, la carta, escrita en arameo y traducida al persa es una acusación frontal que señala el carácter “rebelde” de la ciudad (12b, 15b: antecedente para su destrucción) y el enorme riesgo posterior que implicaría su reconstrucción: “ También le hacemos saber que cuando ellos terminen de reparar esos muros y la ciudad esté reconstruida, no van a querer pagar ninguna clase de impuestos, y el tesoro del reino sufrirá pérdidas” (v. 13). Pero lo cierto es que entraban muchos factores en juego:

El texto dramatiza esta realidad, evocando un prolongado conflicto que termina con una interrupción de los trabajos “hasta el segundo año del reinado de Darío, rey de Persia” (4,24), en algún momento entre el 537 y el 520 a.C. En realidad, existían otros factores que explican las dificultades para la reconstrucción del Templo, algunos de tipo económico (Hag 1.5-11: 2.16-19; Zac 8.10), otros debidos a disensiones internas (Is 58.4), e incluso tal vez la presencia de movimientos hostiles a esta obra (Is 66.1-2). La reconstrucción de los hechos en Esdras enmascara estos diversos factores a favor de una imagen altamente apologética.[4]

La mención de las murallas manifiesta la preocupación político-económica de fondo en la carta que resalta con la advertencia final, en términos de la integridad del imperio en esa zona geográfica: “Queremos que Su Majestad sepa que, si se reconstruye esa ciudad y se terminan de reparar sus muros, usted ya no tendrá dominio sobre la provincia que está al oeste del río Éufrates” (v. 16). La misiva tuvo éxito y la respuesta del rey fue afirmativa para los intereses de los enemigos: ordenó detener la construcción (21) a fin de “no perjudicar más al reino” (22). La oposición se impuso provisionalmente, “con poder y violencia” (23) hasta el segundo año de Darío (24). La lectura teológica del pasado de Jerusalén (¡practicada también por sus adversarios!) se volvió en su contra al momento de tomar la determinación de detener las obras. Po ello, la actitud de aceptación de ese nuevo obstáculo debía pasar por un reconocimiento y un discernimiento espiritual de los judíos de las nuevas adversidades que debían enfrentar para llevar a cabo los proyectos de Dios en esos tiempos. La estrategia debía ser eminentemente religiosa para sobrellevar la oposición y recuperar el ánimo para seguir colaborando en los planes divinos.

Tal como resume Walter Brueggemann al hacer mención del horizonte espiritual de toda esta reconstrucción: “A Israel le quedaba planear y reconstruir la nueva vida que Yahvé le había concedido gracias a su perdón. Esta planificación y reconstrucción se convierte en la tarea permanente del judaísmo. Es obvio que la labor del judaísmo siempre tiene lugar después del exilio y se sitúa en el horizonte de la tendencia congregadora, sanadora, reconciliadora y amorosa de Yahvé”.[5]




[1] Philippe Abadie, El libro de Esdras y de Nehemías. Estella, Verbo Divino, 1998 (Cuadernos bíblicos, 95), p. 22, www.mercaba.org/SANLUIS/CUADERNOS_BIBLICOS/095%20El%20libro%20de%20Esdras%20y%20de%20Nehemias%20(PHILIPPE%20ABADIE).pdf.
[2] Philippe Abadie y Pierre de Martin de Viviès, Los cuatro libros de Esdras. Estella, Verbo Divino, 2014 (Cuadernos bíblicos, 180), p. 12
[3] Ídem.
[4] Ídem.
[5] W. Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé Testimonio. Disputa. Defensa. Salamanca, Sígueme, 2007 (Biblioteca de estudios bíblicos, 121), p. 472.

Esdras 4.1-10 / Hebreos 8.1-6, TLA

Los enemigos de los judíos se dieron cuenta de que éstos habían regresado del exilio en Babilonia y estaban reconstruyendo el templo de su Dios. Así que fueron a ver a Zorobabel y a los jefes judíos, y les dijeron: —Déjennos ayudarlos a reconstruir el templo de Dios. Nosotros adoramos al mismo Dios que ustedes. Desde que el rey Esarhadón de Asiria nos trajo a vivir aquí, hemos estado presentando ofrendas a Dios.
Pero Zorobabel, Josué y los otros jefes judíos contestaron: —No podemos aceptar la ayuda de ustedes. Sólo nosotros podemos reconstruir el templo de nuestro Dios, porque así nos lo ordenó el rey Ciro de Persia.
Entonces la gente que vivía allí trataba de desanimar a los judíos y meterles miedo para que no reconstruyeran el templo. Además, les pagaron a algunos asistentes del gobierno para que no los dejaran continuar con la reconstrucción. Esto sucedió durante los reinados de Ciro y de Darío, reyes de Persia.
Cuando comenzó a reinar Asuero, el nuevo rey de Persia, los enemigos de los judíos le presentaron una acusación contra ellos. Tiempo después hubo otro rey, llamado Artajerjes. Al principio de su reinado, Bislam, Mitrídates, Tabeel y sus demás compañeros le escribieron una carta en arameo que fue traducida al persa.
8-11 El comandante Rehúm y el secretario Simsai también le escribieron al rey Artajerjes una carta en contra de los judíos. La firmaron los gobernadores, los jueces y los consejeros de Persia, Érec, Babilonia y Susa. También la firmaron los asistentes de las naciones que habían sido expulsadas de sus territorios por el famoso y gran rey Asnapar en Babilonia y estaban reconstruyendo el templo de su Dios. Así que fueron a ver a Zorobabel y a los jefes judíos, y les dijeron: —Déjennos ayudarlos a reconstruir el templo de Dios. Nosotros adoramos al mismo Dios que ustedes. Desde que el rey Esarhadón de Asiria nos trajo a vivir aquí, hemos estado presentando ofrendas a Dios.
Pero Zorobabel, Josué y los otros jefes judíos contestaron: —No podemos aceptar la ayuda de ustedes. Sólo nosotros podemos reconstruir el templo de nuestro Dios, porque así nos lo ordenó el rey Ciro de Persia.
Entonces la gente que vivía allí trataba de desanimar a los judíos y meterles miedo para que no reconstruyeran el templo. Además, les pagaron a algunos asistentes del gobierno para que no los dejaran continuar con la reconstrucción. Esto sucedió durante los reinados de Ciro y de Darío, reyes de Persia.
Cuando comenzó a reinar Asuero, el nuevo rey de Persia, los enemigos de los judíos le presentaron una acusación contra ellos. Tiempo después hubo otro rey, llamado Artajerjes. Al principio de su reinado, Bislam, Mitrídates, Tabeel y sus demás compañeros le escribieron una carta en arameo que fue traducida al persa.
El comandante Rehúm y el secretario Simsai también le escribieron al rey Artajerjes una carta en contra de los judíos. 9 La firmaron los gobernadores, los jueces y los consejeros de Persia, Érec, Babilonia y Susa. 10 También la firmaron los asistentes de las naciones que habían sido expulsadas de sus territorios por el famoso y gran rey Asnapar.

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Lo más importante de todo esto es que tenemos un Jefe de sacerdotes que está en el cielo, sentado a la derecha del trono de Dios.Ese sacerdote es Jesucristo, que actúa como sacerdote en el verdadero santuario, es decir, en el verdadero lugar de adoración, hecho por Dios y no por nosotros los humanos.
Aquí en la tierra, se nombra a cada jefe de los sacerdotes para presentar a Dios las ofrendas y sacrificios del pueblo. Por eso, también Jesucristo tiene algo que ofrecer a Dios. Si él estuviera aquí, no sería sacerdote, pues ya tenemos sacerdotes que presentan a Dios las ofrendas que ordena la ley de Moisés. Pero el trabajo de esos sacerdotes nos da apenas una ligera idea de lo que pasa en el cielo. Por eso, cuando Moisés iba a construir el santuario, Dios le dijo: "Pon mucho cuidado, porque debes hacerlo todo siguiendo el modelo que te mostré en la montaña". Pero el trabajo que Dios le dio a Jesucristo, nuestro Jefe de sacerdotes, es mucho mejor, y por medio de él tenemos también un pacto mejor, porque en él Dios nos hace mejores promesas.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...