viernes, 12 de octubre de 2007

¿Cómo entender a Carta a los Romanos? (IX), Elsa Tamez

Pasos, 47, mayo-junio de 1993, www.dei-cr.org
La solidaridad de Dios no se agota en el dolor ni en la amistad fraternal. El excluido cree también en la solidaridad del Creador todo poderoso que vence la muerte y manifiesta su señorío frente a los ídolos que matan. En el mundo "objetivamente cínico" , donde la muerte ataca a la luz de la legalidad, se necesita una fe que afirme no sólo la presencia solidaria y escondida de Dios en el excluido, sino la convicción de aquello que vaya más allá del poder de esta realidad de anti-vida. La fe recurre a la esperanza de lo imposible --- no por eso falso; en términos bíblicos, equivale a creer en la resurrección de los muertos, o en el Dios que resucita a los muertos. [...] Desde su lado activo, equivaldría a afirmar que tenemos fe en que se puede hacer justicia para transformar este mundo donde abunda la muerte, pese a las leyes o incluso transgrediéndolas, porque Dios, en su gracia, ha justificado por la fe de Jesucristo a quien tiene la capacidad de creer que para Dios nada es imposible, pues resucitó a Jesús como el primero de muchos. La solidez de la fe está en creer que el Crucificado, por el cual somos justificados, es el primer justificado de muchos, y que por lo tanto vale la pena seguir la vida de fe que Jesús llevó. El seguimiento de la vida entregada de Jesús, da solidez a la fe.

Todos, los excluidos y aquellos que practican la exclusión, han tenido y tienen la oportunidad de ser justi-ficados por Dios para fecundar una vida justa y digna. Pues la "sentencia" de Dios es contra toda condena, incluso contra su propio juicio justo, que es la muerte para los asesinos y la justicia para los asesinados. Los pecados no son tomados en cuenta porque el deseo primordial de Dios es el de forjar una humanidad nueva, una comunidad sin pobres ni insignificantes. Todos, incluso los Caínes, en este nuevo eon inaugurado por Jesucristo, son llamados a la solidaridad en tanto que hermanos y hermanas, hijos e hijas del Dios de Jesucristo, el Primogénito.

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