jueves, 26 de junio de 2008

Letra 79, 29 de junio de 2008

FORMAS HISTÓRICAS DE RENOVACIÓN Y ALABANZA (II)
Samuel Escobar


También a fines de la década del sesenta surgió la corriente neocarismática con influencia de diversas procedencias, incluyendo católicos carismáticos de Estados Unidos, pero que adquirió un sabor particular latinoamericano en las predicaciones y escritos de personas como los argentinos Jorge Himitián y Juan Carlos Ortiz. Las ideas del evangélico chino Watchman Nee tuvieron su parte de influencia en este movimiento que también fue productivo en el campo de la creación musical. Himitián y Ortiz ponían mucho énfasis en un discipulado centrado en el señorío de Jesucristo y en una adoración contemplativa. Insistían también en la necesidad de recuperar una sensibilidad especial a la presencia y poder del Espíritu Santo para la vida de los cristianos y el cumplimiento de la misión de la iglesia. No hay acuerdo hoy en día respecto a los verdaderos alcances de esta renovación carismática, si tuvo los efectos de reforma moral y eclesial que tuvieron procesos de renovación en otras épocas o si fue un momento de intensa espiritualidad que luego se fue disolviendo en el seno de las iglesias evangélicas.
Puede decirse que a estas dos corrientes, tan diferentes entre sí, le debe mucho la renovación de la himnología evangélica hispana en dirección a una verdadera contextualización, que alcanza a la música y la letra de himnos de adoración, y que también tocó aspectos sustantivos en relación con la renovación de la iglesia . Mi observación general es que en algunos países los bautistas fueron muy renuentes a plantearse los interrogantes teológicos y pastorales que estos dos movimientos tan diversos les planteaban. Me parece que los rápidos cortes disciplinarios y expulsiones o marginación de liberacionistas a la izquierda y carismáticos a la derecha pueden haber empobrecido al pueblo bautista en más de un lugar.

En busca de una adoración evangélica y contextual
El hecho de que los bautistas hayan convocado congresos como el de Berlín y luego el de Niterói para considerar con detenimiento el tema de la adoración indica que tenemos preocupaciones y nos estamos haciendo preguntas no solo sobre las formas sino sobre el fondo, la sustancia misma del acto de adoración. Creo que algunos nos preguntamos si ante los tremendos cambios culturales que nos toca vivir en la entrada de este nuevo siglo acaso estamos necesitando una renovación espiritual que nos lleve a formas nuevas y creativas de adoración a Dios que sean contextuales y que nos capaciten para la misión. No se trata sólo de saber si para nuestro gusto musical de personas de clase media algunas formas nuevas de adoración resultan chocantes y aun escandalosas. Se trata de saber si esas formas inquietantes son expresión de un proceso de renovación que está en marcha, y si al rechazar las formas nos estamos negando a una apertura al Espíritu de Dios que busca renovarnos para servirle mejor en el nuevo siglo.
La búsqueda de formas bíblicas y evangélicas de adoración para el mañana tiene que ir a las fuentes permanentes de la vida espiritual: Dios el Espíritu, la Palabra de Dios, el pueblo de Dios. Dios sigue hablando hoy como en los tiempos del salmista: en el libro de su creación y de la historia, y en la palabra de los profetas y los apóstoles. La contemplación de la creación o la historia pueden motivarnos a la admiración o al temor, pero solo la palabra revelada tiene la clave que nos ayuda a leer el mundo y la obra de Dios de manera que nos mueve a la adoración. Solo en Cristo, palabra final de quien da testimonio toda la Escritura, hallamos nuestra paz, nuestra fortaleza, nuestra esperanza, y respondemos con gratitud, temor y temblor reverente, y adoración genuina. La Palabra de Dios no es un recetario que nos da respuestas fáciles para toda ocasión. Tampoco es un arsenal de motivos y paradigmas para justificar nuestras preferencias políticas. Es ante todo palabra revelada de Dios que nos invita a tener fe, nos confronta para inducirnos al arrepentimiento y nos impulsa a la adoración. Leer la Palabra no es sólo un ejercicio intelectual, es lectura en oración, atenta al Espíritu que se mueve y habla hoy.
Aunque vivimos la fe de manera personal y seguimos a Cristo llevando nuestra propia cruz, lo hacemos siempre como parte de un pueblo y una comunidad. Por eso aun en la intimidad oramos al Señor como "Padre nuestro"; intercedemos por los hermanos y hermanas y por el mundo. Por eso la espiritualidad puede enriquecerse con la experiencia de creyentes de otras épocas que aprendieron el arte de escuchar a Dios en medio del fragor de sus batallas grandes o pequeñas, y que nos dejaron testimonio en sus escritos. Himnos, oraciones, disciplinas espirituales, biografías son un rico bagaje que nos ayuda en la lectura actual de la Palabra y en el peregrinaje aquí y ahora.
No debemos olvidar que la América Latina tomada como totalidad incluye además de lo ibérico y europeo, lo indígena y africano, y que todo ello se ha ido amalgamando en una nueva realidad. La espiritualidad bautista llevará también las marcas de este variado trasfondo. Además tendrá que encontrar formas de expresión que tomen en cuenta los cambios culturales y lingüísticos que han ido imponiendo la modernidad, la urbanización y la cibernética. Hay que recordar que la vitalidad espiritual acompaña siempre los momentos de intensidad misionera. Los grandes avances misioneros surgen en el seno de una intensa espiritualidad y una verdadera adoración. De aquí se deduce la validez pastoral de nuestro esfuerzo. Sabremos mejor cómo compartir la fe y pastorear al rebaño, si comprendemos mejor las fuerzas que han conformado la conciencia de nuestro pueblo, y la manera en que han actuado sobre ella tanto ayer como hoy. Pero además, el discipulado implica la forma de concebir el impacto de la fe sobre la sociedad. Es aquí donde la espiritualidad y la adoración conectan con las inquietudes más profundas de cómo vivir una vida profética y de servicio, que exprese los valores del reino de Dios dentro de las condiciones de injusticia, pobreza, corrupción y opresión que caracterizan a nuestros pueblos.

Discernir las señales de los tiempos
Espero haber podido comunicar algo acerca de la relación que hay entre cambios culturales, momentos históricos y procesos de renovación de la iglesia. Vivimos ahora en un momento que demanda atención especial y discernimiento. En la última década del siglo veinte nuestras sociedades latinoamericanas, especialmente en el mundo urbano y la subcultura juvenil, han sido afectas por la llamada cultura de la posmodernidad. Algunas de sus características son que hay una declinación de la razón y una exaltación del sentimiento, una nueva actitud hacia el cuerpo humano y sus apetitos, una declinación de las pocas normas sociales derivadas de la ética cristiana que la Iglesia Católica conseguía imponer en nuestras sociedades, una muerte de las ideologías y las utopías que unida al relativismo moral lleva a una actitud hedonista predominante, y finalmente un resurgimiento de la religiosidad y búsqueda de poder espiritual. Mi actitud ante estos cambios culturales no es la de saltar a condenarlos o aplaudirlos, sino empezar por considerarlos como notas de una época diferente. Aunque mi generación puede verlos como negativos, las generaciones jóvenes los ven simplemente como nuevos. Estas nuevas marcas de la cultura pueden ser vehículos útiles y adaptables para la vida de la iglesia en su adoración y en la comunicación del evangelio.
Algunas de las nuevas iglesias que se consideran posdenominacionales saben manejar bien estas características de la posmodernidad. Sin entrar a alabar a estas iglesias como modelos para los bautistas quiero señalar algunos puntos dignos de consideración en el aspecto formal. Saben hacer uso de los símbolos, los colores y las imágenes para comunicar contenidos bíblicos o teológicos. Han conseguido desarrollar formas de canto y alabanza a Dios que utilizan la expresión corporal con mucho menos inhibiciones que las iglesias tradicionales. Podemos criticarlas porque sus tiempos de alabanza duran 45 minutos y su predicación de la Palabra dura apenas 15. Ello contrasta con la tradición bautista que es a la inversa. Pero en algunos casos estas nuevas iglesias se han dado cuenta que las nuevas generaciones aprenden nuevos contenidos bíblicos no solo de la enseñanza explícita en el tiempo de predicación sino también del canto colectivo en el tiempo de alabanza. Es decir que sin perder la centralidad de la Palabra están desarrollando nuevas formas de comunicarla. En mi propia predicación yo me di cuenta hace años que la forma narrativa de predicación puede comunicar mejor que la forma de discurso moral o teológico abstracto que a veces caracteriza a nuestros sermones. Después de todo esa era la forma de enseñanza de Jesús: la narrativa.
Necesitamos un discernimiento que nos permita revisar nuestras prácticas a la luz de la Palabra de Dios y distinguir lo que es forma de lo que es contenido, lo que es vaso de barro pasajero que se puede quebrar y cambiar de lo que es el tesoro de valor eterno del evangelio. Este discernimiento viene de una visión renovada de Dios y su poder activo en la historia, del poder de Jesucristo para atraer a cada nueva generación y transformarla, y del poder del Espíritu Santo para inspirar a su Iglesia a ser creativa y fiel al mismo tiempo. Cuando volvemos a tener una visión así de nuestro Dios, se renueva en nosotros el sentido de reverencia, santidad y trascendencia que nos lleva a adorar en espíritu y en verdad y preguntar: "Señor:¿qué quieres que hagamos?".

La masculinidad según San Pablo, L. Cervantes-Ortiz

29 de junio de 2008

Una identidad masculina sana (III), César Moya

29 de junio de 2008
Asimismo, dada la posibilidad de múltiples combinaciones de determinantes de género e identidad sexual, el individuo resultante no tendrá la misma identidad en cada determinante. Es decir, puede tener una identidad masculina de género cromosomal, pero ser femenino en género sexual, por poner un ejemplo entre las diferentes combinaciones que se pueden dar. Entendiendo esta situación desde la genealogía, cada individuo es lo que es y no necesariamente masculino ofemenino, en el sentido pleno de los vocablos. De ahí que, una identidad masculina sana debe aceptar tales combinaciones posibles como algo natural, tanto en sí mismo como en otros.
6. Aprecio por lo femenino Una conocida afirmación social en cuanto a la masculinidad es que para que un individuo pueda identificarse con lo masculino, ha de alejarse de lo femenino. Como la identidad masculina trata de formarse negando la identificación con lo que considera femenino, los varones mantienen durante toda su vida una lucha contra las características femeninas que pueden existir en sí mismos, a fin de preservar su masculinidad. Por esto se rechazan la apariencia física, las actitudes, comportamientos y roles femeninos que pudieran aparecer en sus vidas, y en la vida de otros individuos considerados socialmente masculinos y se genera el desprecio y la marginación de lo que no es masculino como identidad reconocida socialmente. Lo que esto produce, finalmente, es un deseo de sometimiento de lo que es diferente, por considerarlo inferior a la pretendida identidad masculina.
La identidad masculina sana debe aprender a apreciar e interiorizar lo femenino. Debe perder el miedo a mantener su identidad con la madre, y reconocer que en sus inicios, su identidad fue femenina, dada la relación, especie de simbiosis, que le unía a aquella; y no debe aprender la identidad masculina rechazando la femenina que fue forjada por su madre. La identidad masculina sana debe desligarse de los estereotipos negativos que se han asignado a lofemenino para devalorarlo y despreciarlo, y que han sido desmentidos por la ciencia.
7. Asumir roles de acuerdo con el contexto. La convivencia social a través de la historia ha prescrito roles distintos para hombres y mujeres, y, por qué no, para quienes están calificados como “ambiguos”. Así, por ejemplo, a la mujer se le hanasignado los roles domésticos, destinados a la casa y al hogar, como el cuidado de los hijos e hijas, los oficios domésticos de lavar, planchar, barrer, cocinar, etc., mientras que a los hombres se les han asignado papeles fuera de la casa, como trabajar, hacer negocios, ejercer la política, estudiar, etc., etc. Si un hombre llega a ejecutar las funciones que la sociedad ha estereotipado como propias de las mujeres, se cuestiona su masculinidad, y se puede llegar a tildarlo de homosexual. Así mismo, si una mujer ejecuta las funciones que la sociedad ha atribuido a los hombres, comienza a ser catalogada como marimacho. Pero ha de saberse que ejecutar dichos roles es parte del”desarrollo normal” del individuo hombre o mujer, y no hacerlo acarreará consecuencias negativas para su identidad masculina o femenina.
Lo más triste es que la asignación a las mujeres, de parte de la sociedad, de roles ‘específicos’, ha provocado su marginación respecto de la vida pública y de la toma de decisiones, así como de laparticipación política; ello ha tenido como consecuencia graves desventajas para la mujer en lo relativo a su participación democrática, su capacitación académica, y la posibilidad de ocupar cargos políticos u otros. La identidad masculina sana desarrollará funciones de acuerdo con las necesidades del contexto y no por los estereotipos que la sociedad patriarcal ha impuesto. Siendo así las cosas, un hombre puede desarrollar roles que se han asignado socialmente a las mujeres, y viceversa, muchas mujeres desarrollarán funciones que les fueron asignadas socialmente a los hombres.
La masculinidad no consiste, entonces, en cumplir o dejar de cumplir ciertos roles. Consiste en ejercer roles que, de acuerdo con las necesidades del contexto cultural, propendan a generar relaciones de equidad y justicia. De esta manera, se expresará una identidad masculina sana.
8. Comprometerse en el empoderamiento y libertad de las mujeres. Esto tiene que ver con lo mencionado antes respecto de no seguir el sistema patriarcal, y, concretamente, respecto de la democracia genérica, es decir, del replanteamiento del modelo patriarcal a fin de enfrentar con éxito los problemas del mundo. La democracia de género se basa en la igualdad, la equidad, la justicia y la libertad. Para lograrla, los hombres requieren trabajar a la búsqueda de una renovación de la cultura sustentadora de modelos patriarcales y opresores. Las políticas neoliberales han producido la marginación de muchas mujeres, así como en otras áreas de la vida, como la educación y la política, han sido privilegiados los hombres. Por estas razones, se hace necesario que las mujeres se empoderen desde su identidad de género, con el fin de cambiar el orden social y la cultura, y, por ende, el modelo patriarcal.
Las mujeres requieren empoderarse para ser respetadas; para no ser violentadas; para acceder a los recursos y los bienes, y para vivir en libertad. Este poderío se logrará con un marco ético que consista en la compensación, la reparación, la equidad y la justicia. Para lograrlo, hay que cambiar, no sólo la mentalidad femenina, sino la de los hombres. De ahí que una identidad masculina sana sea aquella que se compromete con el empoderamiento y libertad de las mujeres. Que se compromete en la lucha contra las instituciones que mantienen a la mujer en la precariedad y la consiguiente dificultad de vivir con dignidad y que les hace creer que deben vivir en sumisión y opresión. Se trata de comprometerse en la creación de un nuevo orden con equidad, justicia e igualdad.
Conclusiones
La masculinidad estereotipada por nuestras sociedades y culturas ha favorecido las injusticias e inequidades en el mundo. Dado lo anterior, es urgente y necesario replantear la masculinidad que busque la construcción de una sociedad justa y de igualdad entre hombres y mujeres y otros individuos que no se identifican plenamente con unos o con otras.
Una masculinidad sana debe incluir, entre otros, los siguientes aspectos:
1. Conciencia de los problemas del mundo.
2. Reconocimiento de que tanto hombres como mujeres hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
3. Respeto a la diferencia sexual y de género.
4. Separación de la identidad masculina respecto del sistema patriarcal.
5. Respuesta a la pregunta sobre cómo me siento: hombre o mujer.
6. Aprecio por lo femenino.
7. Asunción de roles que exija el mejoramiento del contexto social y cultural.
8. Compromiso hacia el logro del empoderamiento y la libertad de las mujeres.
César Moya es colombiano, pastor menonita residente en Quito/Ecuador.

Letra 78, 22 de junio de 2008

FORMAS HISTÓRICAS DE RENOVACIÓN Y ALABANZA (I)
Samuel Escobar
http://compartirvida.com.ar/formas_historicas_de_renovacion_y_alabanza.htm
Todo movimiento de renovación en la historia de la iglesia deja huellas en la memoria cristiana por medio de formas de adoración y alabanza contextual tales como la música, la poesía y ciertas formas de culto. Nuestros himnarios constituyen un testimonio vivo de ese proceso histórico al cual queremos prestar atención brevemente. Los himnarios son el tipo de instrumentos que nos permite practicar la adoración a Dios tomando conciencia de que somos un pueblo cuya memoria colectiva es fuente de inspiración para el acto de adoración en el presente. Por vía de ilustración, en este trabajo he tenido a mano uno de los himnarios bautistas más difundidos en el mundo de habla hispana, y encuentro en sus páginas numerosos ejemplos que provienen de los movimientos de renovación a los cuales voy a hacer referencia. […]
Han influido sobre nuestra forma tradicional de adorar y sobre los elementos de nuestra adoración tales como la música, las experiencias provenientes de una variedad de fuentes. Recordemos, por ejemplo, que la idea misma de tener un himnario para el culto viene de la Reforma luterana y calvinista, y del avivamiento wesleyano. Cantamos melodías creadas por Lutero que reflejan bien el contexto combativo del cual surgieron como "Castillo fuerte es nuestro Dios", o la preocupación didáctica que lo llevó a escribir villancicos como "Venid pastorcillos". Era la misma preocupación que se había manifestado cuando Lutero produjo adaptaciones populares de su teología por medio de catecismos para la enseñanza de los cristianos comunes y corrientes. Se dice que la Reforma nació en medio del canto y popularizó el canto de los fieles como forma de expresión participativa del pueblo junto con los pastores. La práctica del canto congregacional tiene por un lado la influencia de la época moderna que popularizó el libro en manos del hombre común y congregacional refleja la influencia del concepto de sacerdocio universal de los creyentes. Así esta práctica presupone una comunidad que vive la experiencia colectiva del entusiasmo espiritual de un renovado sentido de adoración, y que utiliza los recursos culturales disponibles para expresar esa vitalidad espiritual.
La variante calvinista de la Reforma fue mucho más sistemática y estricta que la luterana. La radicalidad de esta reforma se manifestó en una recuperación de la estructura sinagogal del culto. Calvino quiso que la vida de la congregación regresara a la práctica de la sinagoga, y el culto en el calvinismo se desarrolló en contraposición con la misa que era la forma de culto tal como había evolucionado en el catolicismo. Junto con el sacramentalismo, el culto había pasado a ser una ceremonia en la cual el principal actor era el sacerdote y el pueblo era espectador pasivo. Aquí una vez más el formalismo medieval era criticado por los reformadores. Una expresión muy influyente de la reforma calvinista fue el Salterio de Ginebra en el cual se había metrificado salmos y se cantaban ellos con exclusión de todo otro tipo de música "de factura humana", y en algunas casos también con la exclusión de todo tipo de instrumento musical . Los movimientos de renovación espiritual rompieron con esta tradición y así el padre de la himnología de habla inglesa es Isaac Watts, quien compuso himnos en los cuales toda la vida era objeto de gratitud y adoración al Señor. Un buen índice de autores permite ver cuántos himnos que los bautistas cantan provienen de la pluma de Isaac Watts.
Los hermanos Wesley contribuyeron notablemente a la forma de cantar y al contenido del canto de varias generaciones de evangélicos. Juan y Carlos Wesley eran pastores anglicanos con formación teológica, hijos y nietos de pastores. La influencia de los pietistas moravos fue decisiva en la experiencia de renovación espiritual que Juan Wesley llamaba "la experiencia del corazón ardiente". La consagración a Dios y el entusiasmo de los Wesley hizo que la Iglesia Anglicana los marginara, pero eso los llevó a las calles y plazas, donde estaban las masas que ya no iban a la iglesia. El despertamiento espiritual que empezó entonces sacudió a Inglaterra y cambió el rumbo social de los países de habla inglesa. Una mirada al himnario nos permite ver cuántos himnos debemos a Carlos Wesley. Temas propios de la teología de la Reforma como la obra de salvación de Dios predicha en el Antiguo Testamento y cumplida en Jesucristo, se redescubrieron y se reformularon en los sermones de Juan Wesley y los cánticos escritos por su hermano Carlos. Ambos utilizaron temas y metáforas bíblicas poniéndolas en el lenguaje y las formas literarias apropiados para el proletariado urbano que había ido surgiendo al ritmo de la revolución industrial, y que fue el pueblo que con gran entusiasmo recibía el fuego del avivamiento metodista. Por medio de los Wesley y de otras figuras de los avivamientos hemos recibido también la influencia del movimiento pietista, que fue la cuna de la obra misionera protestante. El historiador Justo L. González caracteriza al pietismo con tres notas: la protesta contra la rigidez de la vieja ortodoxia protestante, el énfasis en la vida cristiana práctica por encima de las fórmulas teológicas, y la importancia de la experiencia personal del cristiano. Estas notas caracterizan también a la espiritualidad evangélica y las formas de adoración que fueron surgiendo en América Latina, y que se pueden observar sobre todo en la predicación y la himnología. Se puede ver en la obra himnológica de traductores y adaptadores como el mexicano Vicente Mendoza y el español Juan Bautista Cabrera, y en las creaciones literarias de Gonzalo Báez-Camargo y Francisco Estrello. […]

La situación latinoamericana más reciente
En las primeras décadas del siglo veinte se sintió en América Latina la influencia de dos corrientes dentro del protestantismo misionero. Primero, el movimiento de santidad en denominaciones como la Iglesia del Nazareno, los Peregrinos de Santidad, la Alianza Cristiana y Misionera, los Metodistas Libres. Hay un cierto "perfeccionismo espiritual" y una fuerte nota de evangelización en las expresiones de este movimiento y se puede advertir en los muchos himnos adaptados o traducidos por H. C. Ball en nuestros himnarios. En segundo lugar tenemos la influencia del movimiento pentecostal, cuya historia a comienzos de siglo no tiene un curso claro. Es irónico que una de las mayores iglesias pentecostales del Brasil, las Asambleas de Dios, hayan tenido su origen en la obra de dos bautistas suecos. Daniel Berg y Gunnar Vingren habían tenido una experiencia carismática en la Iglesia Bautista de un pueblo cercano a Chicago, y como resultado de una visión viajaron en 1910 desde Chicago hasta Belem en el estado de Pará en Brasil. Organizaron reuniones de oración en el sótano de la iglesia bautista, pero su entusiasmo y su forma de adorar en lenguas extrañas hicieron que el pastor sueco Eurico Nelson los expulsase. Las diecinueve personas que se fueron con ellos formaron el núcleo inicial de la primera iglesia de las Asambleas de Dios en Brasil. Tanto los movimientos de santidad como el movimiento pentecostal comparten con el pietismo y los avivamientos anteriores una visión que incluye la primacía de la experiencia sobre la creencia, y de la fe personal por encima de la confesión corporativa. Además traen una nota nueva que deriva de su trasfondo en el movimiento wesleyano primitivo: el énfasis en una segunda experiencia de la gracia, posterior a la conversión, que otorga energía espiritual para vivir una vida disciplinada y aun ascética. El movimiento pentecostal, por su parte, insiste en que el fruto de esa segunda experiencia de la gracia son ciertos carismas visibles y extraordinarios como el don de lenguas y la curación por la fe. Un factor importante de su estilo de adoración es que ofrece un culto participativo, marcado por las notas de la cultura popular, como la expresión espontánea y desinhibida de las emociones, y el estilo narrativo de predicación propio de una cultura oral.
A fines de la década de los años sesenta nuevos factores entran en juego en el ámbito evangélico latinoamericano: la radicalización política en los sectores ecuménicos, que se conecta con las teologías de la liberación, y el surgimiento del movimiento neocarismático, diferente del pentecostalismo clásico. La primera corriente no se puede describir como un movimiento de renovación espiritual pero sí como un llamado de atención a las iglesias hacia la tremenda problemática social que afligía a Latinoamérica. En sus mejores expresiones dentro del campo evangélico, era un movimiento que planteaba un discipulado radical con una opción política. Esto fue lo que algunos bautistas como el que escribe tratamos de rescatar aunque fuimos críticos del uso del marxismo como herramienta de análisis social y del socialismo como la fórmula para resolver la problemática latinoamericana. Con el paso del tiempo, de las filas de este movimiento salieron contribuciones valiosas en el campo litúrgico, con himnos de gran riqueza teológica y contextual que nos llaman la atención hacia una adoración a Dios que incluya la totalidad de la vida y que se exprese en formas auténticamente latinoamericanas. Pienso en los trabajos literarios de Federico Pagura y Mortimer Arias, y el trabajo de creación musical de Pablo Sosa y Homero Perera de la Escuela de Música de ISEDET en Buenos Aires.

La masculinidad desde los niños (Sal 8, Mt 21), L. Cervantes-Ortiz

22 de junio, 2008

1. La formación de la masculinidad en la infancia
En nuestra cultura parece que no existen dudas al respecto de cómo se ha formado la masculinidad en los años iniciales: en las familias, el papel de las madres y abuelas es determinante para desarrollar los estereotipos masculinos. Un par de evidencias bíblicas ayudan a corroborarlo: Raquel y Proverbios 31, adonde se percibe la forma en que si se vicia de alguna manera la educación en este sentido, en los años posteriores se verán las consecuencias. Raquel influyó de manera determinante en la consolidación del estereotipo en la vida de sus hijos: Esaú era el fuerte, el hombre de la calle, y Jacob era el hogareño, el fino, el consentido. Proverbios 31 da fe de cómo la madre del rey Lemuel le inculcó una mentalidad de respeto y valoración del llamado “sexo opuesto” mediante una visión complementaria de lo que aparece en el resto del libro en el sentido de que sólo la sabiduría basada en el temor de Dios puede producir hombres y mujeres dignos.
“El modelo imperante de masculinidad en América Latina representa un obstáculo que impide a los hombres tener un contacto más sincero consigo mismos, y sobre todo con su vida emocional. Sus necesidades, miedos y expectativas están en constante lucha con el rol social que se han visto obligados a aceptar, y ello puede generar consecuencias nefastas”. Con estas ideas en mente, el investigador británico Mark Millington realizó un amplio estudio de las versiones de la masculinidad que subyacen en diversas obras literarias de la región, y plasmó sus conclusiones en el libro Hombres in/visibles: la representación de la masculinidad en la ficción latinoamericana, 1920-1980 (FCE).
[1] Para este autor, hoy en día, el ser masculino entraña una fuerte contradicción: por una parte, ocupar un lugar central en las sociedades, tener posiciones de poder y estar continuamente expuestos al público, pero al mismo tiempo esconderse detrás de fórmulas y convencionalismos que le impiden definir sus necesidades personales y llevarlas a cabo. Para desmontar las estructuras mentales del machismo, considera Millington, es necesario que hombres y mujeres emprendan una serie de pequeños cambios graduales en su vida cotidiana, en el ámbito familiar, entre padres e hijos. “Podemos llegar a la igualdad entre sexos dando pequeños pasos, haciendo cambios a escala menor. Ahora es mucho más aceptado que el hombre sea quien cuide a los niños en la casa, y las mujeres ocupan posiciones importantes en organizaciones públicas, aunque eso no es suficiente. El machismo tiene bases bien establecidas que no van a cambiar de la noche a la mañana”.
Por todo ello, la simbología de la infancia para vivir una manera diferente de ser hombres aparece en la Biblia como una propuesta de oposición a la hegemonía que impone sus valores acrítica e inconscientemente desde los inicios de la vida de las personas, cuando los juicios de valor que se construyen por lo que se percibe en el ambiente se orientan hacia la preservación del dominio de los poderosos en todas su manifestaciones. Cuando uno escucha a los niños referirse despectivamente a las mujeres, comenzando por sus madres y hermanas, porque sienten ya una superioridad que les hace mandarlas, despreciarlas y someterlas, estamos ante la evidencia de que los elementos culturales e ideológicos siguen cumpliendo la función de preservar y reproducir conductas que no contribuyen a la equidad y el reconocimiento de la dignidad de las personas. La misoginia es un hábito mental y verbal que manifiesta el grado de interiorización del sometimiento aceptado supuestamente de manera universal. Un niño misógino es un adulto golpeador en potencia y un sujeto que necesitará tratamiento para superar su falsa superioridad de género. Las madres de familia tienen, entonces, una enorme responsabilidad en estos procesos.

2. El poder infantil según el salmo 8 y Mateo 21
Edesio Sánchez Cetina, biblista mexicano, se ha acercado de manera muy sensible al tema de las masculinidad de los niños y ha subrayado, en primer lugar, que la Biblia, cuando habla del origen de la humanidad, tiene una perspectiva profundamente equitativa, pues al ser creada a imagen de Dios, se enfatiza “el aspecto de la igualdad entre hombre y mujer sin comprometer las diferencias de ambos” y que la imagen divina “sólo se manifiesta en la pluralidad (nada homogeneizadora) de hombre y mujer”.
[2] Además, en Gén 1-2 no

se mencionan diferencias sociales, raciales, étnicas, lingüísticas o de inteligencia. Nada hay en ellos que coloque a ningún ser humano, varón o mujer, por encima de otro u otros. […]
Los dos primeros capítulos del Génesis son un buen punto de partida para una teología bíblica que ofrece una alternativa viable (“más humana y humanizadora”) respecto de la masculinidad hegemónica.
[3]

Al centrarse en la masculinidad a partir de una relectura bíblica desde la perspectiva infantil, más allá de cualquier idealización de la infancia, algunos elementos propios de esta etapa vital destacan características claves del proyecto utópico de Dios. El salmo 8.2 expresa sólidamente esa idea:

Con las primeras palabras
de los niños más pequeños
y con los cantos
de los niños mayores
has construido una fortaleza
por causa de tus enemigos.
¡Así has hecho callar
A tus enemigos que buscan venganza!
(Traducción en Lenguaje Actual)

No es el varón, entonces, adulto, grande y poderoso quien encarna más adecuadamente el liderazgo para vencer la maldad, sino el niño claridoso y sincero, transparente y hasta cínico. De ahí que Jesús practicó una relectura de este pasaje en Mt 21.14-17, para subrayar el hecho de que desde la debilidad, el canto y el juego, justo aquello a lo que se oponían los líderes religiosos, Dios vendría a hacer presente su reino. El salmo está en perfecta continuidad con las intuiciones de Isaías (9.6-7 y 11.3-6), quien utiliza también la metáfora del niño para vehicular las esperanzas del pueblo en una conducción sana, obediente y justa. Por eso en la Navidad no se celebra la llegada de un guerrero adulto y poderoso: “Dios decide hacerse humano y presentarse ante nosotros como niño, y presenta ante nuestros ojos al reino mesiánico desde una perspectiva infantil”. Sánchez comenta que “a los adultos que acompañaron a Jesús les costó entender el proyecto de Dios de crear una humanidad cuyos rasgos más importantes se los imprimiera la metáfora [del] niño”.
Jesús agradeció al Padre que éste revelara su voluntad primordialmente a los niños (Mt 11.25). Jesús utilizó la imagen del niño para contrarrestar la perspectiva hegemónica del varón adulto (Mr 10.14-15; Lc 9.46-48). El texto bíblico hace a un lado al adulto para darle al niño la posibilidad de convertirse en un “mejor ejemplo de la imagen de Dios.

3. Otras historias del “poder infantil”
Sánchez recuerda las historias de Naamán el sirio (2 Re 5) y Zaqueo (Lc 19.1-0) como ejemplos de manifestaciones del “poder infantil”, negado siempre, a diestra y siniestra por los adultos de todas las épocas. En el primer caso, Naamán obtiene la bendición de Dios hasta que se hace como un niño, crédulo e inocente, sin los prejuicios de la vida adulta (su etnocentrismo acendrado acerca de los ríos de su patria), para ser capaz de percibir lo mismo que la niña israelita que había llevado y gracias a quien va a ser curado por el profeta Eliseo, quien no se deja intimidar por su poder y simplemente le “ordena” lavarse en un río de Israel. ¡A él, acostumbrado a mandar! Pues llega e impone condiciones para ser sanado: “el profeta debió salir, inclinarse ante mí y orar por mi salud”. Naamán debe abandonar la costumbre de dar órdenes para obedecer y someterse a la voluntad de Dios, tal como le sugirió la niña sometida y secuestrada. “Su carne se volvió como la carne de un niño” (v. 14). Naamán deja su soberbia y se vuelve un adorador de Yahvé.
Zaqueo, a su vez, es un niño ya desde su tamaño, pero su conducta ante Jesús, nada adulta, le va a ganar el perdón de pecados y la restauración de su dignidad como persona, alterada por su percepción ante los demás, de pequeñez física y humana, que él trataba de compensar con altanería. Ya convertido a la justicia de Dios, es capaz de devolver lo que había obtenido ilícitamente.
En conclusión, la propia Escritura ofrece vías para reconstruir la masculinidad y lo hace desde las raíces, esto es, desde la formación misma de la masculinidad, adonde, paradójica y complementariamente, debe reconstruirse también la identidad femenina para así formarnos y desarrollarnos como seres humanos llamados a la plenitud, como hombres y mujeres, por el Creador, quien desea que seamos capaces de instaurar en la cultura los valores de su Reino de paz, armonía y justicia.



Notas



[1] Fernando Camacho Servín, “Modelo de masculinidad bloquea vida emocional de los hombres: Millington”, en La Jornada, 22 de junio de 2008, p. 7a.
[2] E. Sánchez Cetina, “Masculinidad desde los niños. Un mundo nuevo, un ser humano nuevo, un nuevo proyecto”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 56, 2007, p. 111.
[3] Idem. Rodolfo Míguez (“Lo débil del mundo escogió Dios. Una lectura teológica posible de la Encarnación , desde la perspectiva del género”, en Signos de Vida, núm. 42, diciembre de 2006, www.claiweb.org/Signos%20de%20Vida%20-%20Nuevo%20Siglo/SdV42/lo%20debil%20del%20mundo.htm) tiene una tesis muy interesante sobre la encarnación de Dios en la debilidad del varón: “Volvamos al planteo inicial que motiva este texto y cuestionemos si no nos estará diciendo algo la ‘masculinidad' del Creador, a la hora de autorrevelarse al mundo. Esta elección de género, ¿tendrá algo que ver con el hecho de que Dios siempre empleó un mismo criterio al comprometerse con la historia de la humanidad, optando una y otra vez por lo débil? Vista desde la línea argumental que he ido dibujando con el auxilio de las Escrituras, ¿tendrá algo especial que decirnos esta opción divina de hacerse varón, y no mujer? ¿Habrá algún sentido teológico en la Encarnación ? O se hizo varón porque cambió de criterio, y por primera, única y última vez en la historia sagrada, optó por lo fuerte . O se hizo varón porque no cambió de criterio, sino que a la hora más decisiva, la hora clave, lo confirmó y siguió escogiendo lo débil . Si nos basamos en la Biblia , es posible afirmar que Dios no se contradice, pues siempre es el mismo. Él, fiel a su modo de ser, porque no puede dejar de serlo, es inmutable. Por esto, en la Navidad , con el nacimiento de aquel niño, una vez más debió haber funcionado la lógica divina. Efectivamente, en mi opinión, Dios, el Creador del Universo, se hizo varón en nuestra carne, porque como siempre y desde siempre eligió lo débil del mundo. Claro que esto desestabiliza nuestra lógica humana que, tradicionalmente -y muy especialmente en el siglo I y en la cultura judía imperante entonces- considera al sexo masculino como ‘lo fuerte’ y al sexo femenino como ‘lo débil’”.

Una identidad masculina sana (II), César Moya

22 de junio de 2008

3. Respeto a la diferencia sexual y de género. En las culturas patriarcales se ha transmitido que, por un lado, los dos únicos géneros válidos y aceptados son el masculino y el femenino, y por otro, que el género masculino debe ser respetado por los demás, pues es superior a los demás. Las variantes que se enmarquen dentro de lo socialmente identificado y estereotipado como masculino y femenino son consideradas aberración o degeneración, por lo tanto, es considerado inferior y no digno de reconocimiento ni aceptación.
Contrariamente a lo que nos ha sido impuesto por el modelo patriarcal, donde la identidad sexual y de género válida y reconocida es la masculina, mientras que las demás identidades con todas las variantes polimórficas se desacreditan y devalúan, una identidad masculina sana respeta la diferencia en estos dos aspectos, valorando y reconociendo a los seres humanos no sólo por sus funciones y roles, sino por el hecho de ser personas.
La identidad masculina sana dialoga con otras identidades y tiene apertura para aprender y saber más acerca de ellas. Esto sucede cuando se toma conciencia de los polimorfismos que existen en los seres humanos. Este respeto mantiene la inclusión de quienes son diferentes en identidad sexual y de género dentro de la comunidad a la que pertenecen.


4. Separar la identidad masculina del modelo patriarcal. La identidad masculina ha estado relacionada con el modelo patriarcal. De ahí que el poder y la autoridad se han asociado a la identidad masculina, desconociendo lo que es diferente a ésta, tanto en lo público como en lo privado. Este modelo ha enseñado e impuesto como indicadores de virilidad la riqueza, el poder, la posición social, las mujeres atractivas, así como en el ámbito sexual el estar siempre listos a tener sexo […] Igualmente, se identifica dentro de este ‘modelo’ el que nunca ha sido rechazado o traicionado por una mujer, el que ha tenido éxito en el trabajo y en lo económico, el que vive en el desafío permanente del peligro y la negación de los procesos de duelo, entre otros. […]


De manera más concreta, este modelo patriarcal ha construido unas jerarquías sociales en las cuales los varones ejercen poder, control y dominio sobre las mujeres. […]


5. Responder a la pregunta sobre cómo se siente: hombre o mujer. La sociedad ha estereotipado lo masculino de manera inflexible, a tal punto que quien se salga de los convencionalismos conocidos es identificado como homosexual. De la misma manera, quien tiene una identidad sexual o de género diferente a ese modelo convencional es marginado. Así, todos llegamos a pensar que los hombres y las mujeres somos fácilmente diferenciables y que, por lo tanto, es fácil decir quién es hombre y quién es mujer. Todo como un proceso de aprendizaje y de enseñanza de lo que es ser hombre o de lo que es ser mujer en culturas predominantemente patriarcales y androcéntricas. Lo anterior lleva a la lucha por expresar y reconocer su identidad en aquellos individuos que son identificados socialmente como pertenecientes a determinado género o sexo, pero que no se sienten incluidos dentro de esa identificación social. Por esto es importante que cada individuo tenga su identidad, no solamente como hombre o mujer, sino respecto de otras posibilidades identificatorias.
La identidad masculina tanto como la femenina, y lo que podrían llamar algunos “ambigüedades”, no se construyen en un solo momento de la vida; al contrario, se dan a lo largo de la existencia, incluidas todas las áreas, desde las genéticas hasta las sociales. Es decir, en este proceso de identidad sexual juegan un papel muy importante la psicología, la sociología y la antropología. […] Cada individuo se convierte en una síntesis de todas las posibilidades de identidad sexual y de género.

Letra 77, 15 de junio de 2008

FIRMES Y ADELANTE
José de Segovia
Protestante Digital, núm. 231, 3 de junio de 2008, www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?a=2154


Pocos autores de himnos hay tan extraños como Sabine Baring-Gould (1834-1924), el compositor de “Firmes y adelante”. Teólogo, arqueólogo, poeta, novelista, historiador y anticuario, fue famoso por sus recopilaciones de canciones populares. Era alguien tan extravagante que lo mismo escribía cuentos de fantasmas que un completo estudio sobre licantropía, como El libro de los hombres lobo: Información sobre una superstición terrible, que ha publicado recientemente Valdemar en Madrid. Si alguien piensa que los escritores de los himnos clásicos eran serios y aburridos, será porque no conoce la vida de ninguno de ellos. Basta leer el apasionante prólogo del crítico de cine Antonio José Navarro, a este libro del autor de “Firmes y adelante”, para sospechar que habrá pocos que escriban música de alabanza hoy, que tengan una vida tan interesante como él…
Aunque nació en Exeter (Inglaterra), su padre había trabajado en la famosa Compañía de las Indias Orientales, pero sufrió un accidente de carruaje que le obligó a retirarse prematuramente. Aburrido de Londres, se dedicaba a viajar por toda Europa con su esposa y su hijo, desde que tenía sólo tres años. Sabine Baring-Gould fue instruido por su padre, pero gracias a su deambular, aprendió a hablar correctamente seis lenguas. Tras estudiar en Cambridge y ordenarse como pastor anglicano, su pasión por los viajes no hizo más que aumentar. Tras casarse con una muchacha de su primera iglesia en Yorkshire, fue como pastor a un pequeño pueblo de Devon, donde tuvo una gran familia, que le acompañaba a menudo en sus numerosos viajes...
En 1862 sin embargo, recorre solo Islandia a caballo. Lo cuenta en un libro que publicó al año siguiente sobre sus paisajes y sagas, acompañado de una serie de acuarelas. A los que siguió otros dos volúmenes con sus propias traducciones de las sagas, Sabine había viajado en un barco de vapor danés, que llevaba correo, mercancías y pasajeros a la isla, desde Copenhague. Llevaba poncho y medias impermeables, así como un flotador para casos de emergencia, pero el caballo no tuvo suficiente hierba para comer en el camino. Por lo tuvo que volver antes de lo que pensaba. Pasó sin embargo cuarenta días y cuarenta noches al aire libre. ¡Quién piensa que estos himnos huelen a bancos de madera, no tiene la menor idea de dónde vienen!…

Sobre fantasmas y hombres lobo
Lo que más nos extraña hoy sin embargo de Baring-Gould, es su afición a las historias de fantasmas y hombres-lobo. Sabine escribió veintitrés cuentos sobre aparecidos, un género muy popular en aquel entonces. Baring-Gould no era ni mucho menos el único teólogo al que interesaban estas cosas. Otro ejemplo muy conocido es el del profesor de Nuevo Testamento de la Universidad de Cambridge, Westcott, que hizo una conocida edición del texto griego de las Escrituras, que ha servido de base para la mayor parte de las traducciones actuales. Los críticos de estas ediciones de la Biblia, suelen acusarle a menudo de ocultista, cuando en realidad no era más que un aficionado a los cuentos de fantasmas, que pertenecía a un club de lectores que compartía estos intereses. Nada que se pareciera a un grupo ocultista…
Todavía más racionalista es su acercamiento al fenómeno de la licantropía, que califica desde el propio subtitulo de su Libro de los hombres lobo como Una superstición terrible. Es una obra que ha inspirado mucha literatura fantástica. La publicó en Londres en 1865. En ella investiga la información que desde la antigüedad ha dado lugar a una serie de leyendas en Europa sobre la existencia de lobos humanos. Estos relatos míticos, en el siglo XVI se convierten en una auténtica plaga. Las explicaciones son muy variadas. Van desde las drogas alucinógenas hasta la posesión diabólica, pero no parece más que una mera superstición…
Cuando murió mi padre recientemente, llegaron a mis manos unos libros que habían escrito mis abuelos, que habían sido catedráticos de universidad de medicina y zoología en Madrid y Salamanca. Uno de ellos trata sobre el lobo en España. Al mirarlo, me sorprendió que en ese contexto académico mi abuelo dedicara una larga sección del libro a la licantropía. Ignoro el origen de su interés, pero aunque tengo bastante vello, les aseguro que no hay antecedentes en mi familia de repentinas apariciones de pelo en las noches de luna llena…

Marcha infantil
Aunque Baring-Gould no era un gran músico, había recopilado un gran número de canciones populares con la ayuda de otros dos hombres, uno de los cuales era también pastor. Durante doce años viajaron por Devon y Cornualles, visitando antiguos cantantes, en su casa y en el campo. Su publicación en cuatro volúmenes, es la más importante que se hizo, después de que otro pastor hiciera lo mismo en Sussex, publicándolo privadamente en 1843. Su nombre sin embargo ha quedado inseparablemente unido al himno Firmes y adelante (Onward Christian Soldiers)…
El día después de Pentecostés era fiesta en los colegios de York. El año 1865 Sabine dice que había organizado que la escuela de su pueblo se uniera con el colegio del pueblo vecino. Quería que los niños marcharan de una aldea a otra. Buscó algo que pudieran cantar en el camino, pero no encontró nada apropiado. Se puso por lo tanto esa noche a escribir lo que llamó Un himno para una procesión con cruz y estandartes: “¡Firmes y adelante, huestes de la fe/ Sin temor alguno, que Jesús nos ve!/ Jesús soberano, Cristo al frente va,/ Y la regia enseña, tremolando está”.

¿Huestes de la fe?
Los himnos con tema militar fueron muy populares hasta los años sesenta del siglo pasado. La guerra del Vietnam produjo un renacer del movimiento pacifista, que rechazó todo este lenguaje militarista. Aquellos que hemos sido objetores de conciencia, nos cuesta pensar en la imagen bíblica del cristiano como un soldado. No hay sin embargo un cuadro que se repita más reiteradamente a lo largo de la Escritura que éste. No sólo el Antiguo Testamento está lleno de visiones de guerra, sino que el propio apóstol llama a los efesios a “vestirse de toda la armadura de Dios” (6.10-17)...
En la segunda carta que Pablo escribe al joven pastor Timoteo, le anima a “sufrir penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2.3). Ya que cuando somos llamados a seguir a Cristo, entramos en una lucha. La Palabra de Dios nos llama a combatir contra el poder del mal el nuestra vida y el mundo. ¡Debemos resistir al Maligno! El mismo Dios sin embargo, que nos manda luchar, nos da fuerzas para la batalla… “Al sagrado nombre de nuestro adalid,/ Tiembla el enemigo, y huye de la lid./ Nuestra es la victoria, dad a Dios loor,/ Y óigalo el averno, lleno de pavor”.

Unidad, sin uniformidad
Ese llamado a luchar contra el mal, es confundido a veces con una actitud agresiva, por la que algunos no dejan de pelearse los unos con los otros. Si formamos parte de un mismo ejercito, no podemos concentrarnos en aquello que nos divide. En tiempo de guerra hay que unir filas, para que apoyándose unos a otros, podamos luchar juntos, con el mismo espíritu de camaradería y oración, que expresa este himno: “Somos sólo un cuerpo, y uno es el Señor,/ Una es la esperanza y uno nuestro amor”.
Los evangélicos creemos que la Iglesia de Cristo debe andar unida en la verdad y el amor. No es una institución humana la que nos une, con un centro geográfico como Roma, sino la verdad de Dios en su Palabra (Juan 17.17). No es algo que nosotros creamos, si no que recibimos por medio del Espíritu Santo, que crea esa unidad. La forma de guardarla no es por lo tanto mantener la uniformidad de un ejército. Podemos andar a un mismo paso, mantenido la unidad en la diversidad...
Nuestro llamado no es finalmente a una guerra santa, si no a una marcha al Cielo, en que invitamos a todos a unirse a nuestra peregrinación (Pueblos vuestras voces, a la nuestra unid). ¡Hay muchos que nos anteceden! Puesto que de los ya gloriosos, marchamos en pos. Adoran en los cielos a Aquel que es el Rey. Y nos llaman a unirnos en un cántico de victoria, por el que reconocemos el triunfo del Cordero. Él ha ganado la batalla, y vencido a todos nuestros enemigos. Por eso cantamos: “¡Prez, honor y gloria, sea a Cristo Rey!/ Esto por los siglos, cantará su grey”.

La imagen de Dios como padre en los Evangelios, L. Iván Jiménez J.

15 de junio de 2008

Una identidad masculina sana (I), César Moya

15 de junio de 2008

Los estereotipos que nos ha impuesto la sociedad, con sus relaciones y su cultura, nos han llevado a asumir una identidad masculina que no es coherente con la búsqueda de la paz, la justicia, la equidad, la igualdad, el empoderamiento y la libertad de las mujeres en el mundo, así como la de otros individuos que no se identifican con unos u otras. Replantear la masculinidad que ha traído modelos dominantes y opresores es una urgencia para quienes creemos que un mundo de iguales, no sólo en discurso sino en acciones, es posible. ¿Cómo debe ser una identidad masculina sana? ¿Qué aspectos debe tener en cuenta? […]
Presentaré ocho aspectos que debe incluir una masculinidad sana, reconociendo que el diálogo sigue abierto. Espero que este trabajo traiga esperanza y cambio de mentalidad a muchos hombres y mujeres que aún creemos en una sociedad de iguales.

1. Conciencia por los problemas del mundo. Una identidad masculina sana no debe dejar de lado la problemática del mundo actual manifiesta en las injusticias del sistema, especialmente contra los más débiles de nuestra sociedad. Estas injusticias van de la mano con la violencia de todo tipo. Además, en esas injusticias que marginan a las mujeres y otros polimorfismos diferentes al masculino, está presente la masculinidad que ha sido identificada como opresora, poderosa y controladora de la situación del resto de los seres del mundo.
Una identidad masculina sana, entonces, debe empezar por confrontarse consigo misma, rompiendo el paradigma que el sistema de injusticias ha mostrado como válido e incuestionable. Un modelo que ha sido legitimado por las ideologías dominantes, así como por las teologías conservadoras y fundamentalistas. Ante esta situación, una identidad masculina sana debe trabajar contra esas injusticias, empezando por replantear su propio modelo de masculinidad. Una masculinidad que trabaje por la igualdad de hombres y mujeres, como contracorriente al sistema de injusticias que prevalece en el fondo de las identidades masculinas y femeninas. Por encima de los modelos que han sido fortalecidos por la tradición, empezando por la casa, debe trabajarse en la construcción de un modelo donde se busque el bien común.

2. Reconocer que tanto varones como mujeres hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dentro de un contexto eclesial y religioso, es importante resaltar esta afirmación hecha en el Génesis: “Y creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza, a imagen de Dios lo creó. Varón y hembra los creó” (Gen 1:27 VRV). El error se ha presentado al leer este texto de forma unilateral: “Y creó Dios al hombre”, olvidándose de lo que sigue y de la connotación genérica de ser humano. Dicha lectura ha llevado a colocar al varón por encima del resto de la creación, siguiendo el orden jerárquico Dios-varón-mujer-niños/niñas, lo cual ha querido legitimar la desigualdad de género y sexo.
Otro error es limitar la imagen y semejanza de Dios a un cuerpo físico: ojos, manos, pies, etcétera, olvidándose de la imagen de justicia, creatividad, amor, solidaridad, paz, de respeto, de igualdad. Lo anterior ha llevado a hacer lecturas inapropiadas para los contextos de marginación y opresión de nuestros pueblos, haciendo que el varón asuma roles (papeles) de victimario opresor sobre otros hombres y, en especial, sobre las mujeres. Una identidad masculina sana asume su creación y la de los otros seres humanos, incluidas las mujeres, como una creación de iguales y para la igualdad, donde cada uno y cada una cumple el papel de velar por las necesidades del otro. Donde la imagen y semejanza de Dios no se relaciona sólo con una imagen de hombre o de mujer sino con una imagen de justicia, paz, amor, solidaridad, equilibrio, igualdad y respeto a la diferencia. Una diferencia enmarcada dentro del bienestar de toda la creación, incluidos los seres humanos. Por eso, la masculinidad sana debe entender que cuando se oprime al otro o a la otra, se está distorsionando y desdibujando la imagen de Dios, de ese Dios de igualdad y de justicia.

Letra 76, 8 de junio de 2008

LA NUEVA MASCULINIDAD: ENTREVISTA
A JUAN CARLOS KREIMER (II)
Xavier Coll y Julián Peragón
www.concienciasinfronteras.com/PAGINAS/CONCIENCIA/
masculin.html


A un cierto nivel la mujer ha podido poner fuera al malo de la película, el sistema patriarcal del hombre, pero él mismo lo tenía dentro entonces era difícil luchar contra sí mismo. De alguna manera, él también ha sido víctima de su propio sistema, y lo seguimos siendo.
En este momento las víctimas de la sociedad también son los hombres, quizás los que menos consciencia tienen de ello. Yo por ejemplo tengo que hacer mucho esfuerzo para llegar a los hombres, para explicarles cuál es su problemática y por qué muchos no tienen consciente esta cuestión. Piensan que la felicidad o la realización personal pasa por el poder material, profesional, por el triunfo, el éxito, por las posesiones y no por la recuperación de un ser, de una manera de ser. Yo creo que hay mas hombres víctimas del sistema patriarcal que mujeres golpeadas, acosadas, o más hombres víctimas que mueren de esta mentalidad en todo el mundo que en las mismas guerras actuales. En las guerras hay muchas muertes concentradas, y asustan, pero si tienes en cuenta la cantidad de hombres que mueren de infarto, de patologías degenerativas por contener al ser que hay dentro de ellos, cambia la idea.
¿Sería cierto de alguna manera que la mujer es al amor como el hombre al deseo y entonces es difícil una comunicación real, en la medida que el eje del hombre es desear, conquistar, triunfar, cuando en la mujer es sentirse amada?
El hombre está condicionado por el hacer. Es como si tuviera que encontrar su identidad en el hacer. En cambio, antes, muchas mujeres encontraban su identidad simplemente consiguiendo un buen marido, teniendo hijos, siendo buenas madres. A una mujer, el hecho de poder concebir le da cierta identidad. Los hombres como no podemos concebir tenemos que hacer y poseer para tener identidad. Esto es muy duro decirlo así, pero...
Es cierto esto de que el hombre está a caballo entre un paradigma y otro. Recuerdo una encuesta relativamente seria que apareció en el diario El País acerca de las tareas que realizaban los hombres en casa, las tareas domésticas. Cuando la mayoría reconocía que si la mujer trabajaba fuera de casa ellos tenían que colaborar al 50%, la realidad era que sólo un 5% bajaba la basura, un 0,4% planchaba, un 2% iba a buscar a los niños al colegio, etc, etc., esto indica que la realidad es muy distinta, entre el deseo o el reconocimiento consciente de que tienen que cambiar las cosas y la realidad afectiva.
Esto es cierto y yo hablaría de cierta comodidad de los hombres en cuanto a las tareas cotidianas. Sentimos que tenemos como misión crear grandes proyectos, proveer de cantidades de dinero, y muchos hombres no se arremangan a la vida cotidiana.
¿No será que el prestigio como motor de la sociedad predisponga en este caso a los hombres a que ciertos comportamientos que son desvalorados y desprestigiados por la misma sociedad no puedan ser asumidos? Los mismos medios de comunicación marcan cuales son los comportamientos adecuados de uno u otro sexo. Tal vez, mientras no cambien los valores en el prestigio sea difícil cambiar algo.
Tampoco tenemos que cuestionar tanto a los hombres. Hemos de tener en cuenta las características físicas y biológicas del hombre y de la mujer en cuanto a un comportamiento más hacia el exterior o hacia el interior.
De alguna manera el modelo patriarcal que ha creado una sociedad también hace que la mujer se equipare al hombre en funciones.
Estamos cayendo en la trampa. Muchas mujeres se sienten muy realizadas porque tienen éxito en el mundo de los hombres y lo que veo ahí es que han tomado lo peor del sistema masculino. Porque son gerentes de empresa, porque ganan mucho dinero y son buenas competidoras. ¡Qué fantástico! van estresadas, y de repente ganan dinero como para pagar a una empleada que le mantiene a los hijos. Hemos de tener conciencia de que estamos viviendo con valores muy trastocados, y muchos hombres que tienen conciencia de esta situación no intentan diferenciarse de las mujeres, que han quedado pegados a ella como a un sistema de creencias o pensamientos unisex. No somos unisex, no somos iguales, por suerte.
¿No habrá un cierto peligro en naturalizar los comportamientos femeninos y masculinos? ¿Quiere decir que la mujer por naturaleza es más amorosa, más tierna, tiene que hacer un tipo de funciones, cuando el hombre es más activo, más dinámico y tendría que hacer otro tipo?
Desde otra lectura quizás más antropológica, podemos ver que aunque hay una tónica parecida en todas las sociedades más o menos estudiadas, lo cierto es que hay comportamientos muy dispares, comportamientos en sociedades que nosotros atribuiríamos como femenino cuando lo hacen hombres, y comportamientos que nosotros interpretaríamos como masculinos y los hacen mujeres. Tal vez no es tan fácil hacer una regla universal.
No, lo que estoy diciendo es que no nos polaricemos y no nos quedemos pegados a este tipo de rol. Yo no digo que los hombres no hemos de tener la agresividad o la fuerza que teníamos, sino que tenemos que usarla para causas más sistémicas, más ecológicas, más globales, es decir, no para contribuir a un mundo en el cual seamos cada vez mas víctimas, sino para construir un mundo en el cual podamos vivir mejor esta situación. No estoy diciendo que las mujeres abandonen el mundo del trabajo, sino que nos ayuden a los hombres a crear empresas diferentes, maneras de relacionarnos, de colaborar diferentes, más propias de la vida hogareña que de la vida de los negocios, o más propias de las características femeninas, en cierto modo colaboradoras de los hombres. Y también estoy apuntando, no a dar una respuesta de lo que debe ser, yo soy apenas un hombre de los tantos que hay en el planeta, lo que si que estoy es invitando a mis congéneres a que empiecen a elegir el tipo de hombres que son, que busquen y que sean conscientes del tipo de hombre que eligen ser.
¿Hay algún planteamiento, algún modelo que se propone dentro de los grupos de hombres?
Sí. Hay un modelo que es encontrar el ser genuino, ser más de cada uno, encontrar quien es más allá o más adentro de los condicionamientos que recibe a lo largo de la vida, sacar su esencia. Que cada cual genere su propio estilo.
Sería lo ideal, que cada hombre pueda reconocer su propia fuerza masculina, y darle la forma que considere necesaria.
Primero que pueda realmente darse cuenta de lo que le pasa, lo que siente, lo que quiere, a lo que aspira. Segundo, que lo pueda expresar, no sólo que se dé cuenta a un nivel intelectual, sino que también lo pueda sacar de adentro suyo a la vida real, cotidiana e inmediata, y tercero, que sea dueño de esta energía, en el sentido de que sepa cuando usarla y cuando no usarla, porque a veces surge de repente una fuerza y agresividad que tenemos los hombres delante de algún proyecto que puede romper algo muy frágil. Esos tres pasos son importantes, darse cuenta, expresar y adueñarse.
¿Cuáles serían los miedos que los hombres en esos encuentros tienen, esta homofobia que normalmente tienen con respecto a otro hombre, en cuanto a la dificultad de expresar su parte más vulnerable, sus sentimientos?
Me doy cuenta de que entre hombres es difícil que hablemos de cómo hacemos el amor, de cuáles son los problemas, de cuántos son nuestros miedos..., porque es como reconocer una parte muy frágil. Cosa que con las amigas es más fácil.
Yo creo que los hombres comunicamos más entre los hombres en función de una imagen que en función de un personaje. Esto se construye de pequeños, cuando la energía salvaje, como dice Wilde, silvestre, empieza a ser adaptada al nuevo tipo de vida; así como para gustar a su mamá, a papá, al maestro, al amigo. […]

Espiritualidad y masculinidad en construcción, (re)construcción y (de)construcción: el caso de Jacob, L. Cervantes-Ortiz

8 de junio, 2008
1. Masculinidad y espiritualidad en conflicto según la BibliaLa vida de Jacob es un excelente ejemplo de cómo la narrativa bíblica desarrolla temáticas integradas en amplios conjuntos textuales. La forma en que el libro de Génesis expone los avatares de su vida, dada su importancia para la conformación del pueblo de Dios, en los capos. 25-50 (¡medio libro!), da testimonio de cómo su evolución espiritual le permitió llegar a ser el fundador de la nación, pero sólo después de atravesar por una serie de etapas, todas complicadas, en las que se formó adecuadamente como ser humano, varón y creyente. En este sentido, Jacob es un buen modelo de personaje bíblico, pero para penetrar en los aspectos relacionados con la masculinidad es necesario romper un poco el esquema que caracteriza a los actores de la historia bíblica como héroes de una sola pieza. La masculinidad patriarcal y el desarrollo espiritual se entrelazan a tal grado que obligan a preguntarse si en 20 siglos de cristianismo no hemos sido capaces de definir y llevar a cabo suficientemente una espiritualidad masculina que exprese y promueva sólidamente los valores del Reino de Dios, más allá de las ideologías dominantes basadas en el autoritarismo patriarcal y la sumisión de los débiles. Cada hombre creyente debería, entonces, ubicar su identidad masculina en el marco de las exigencias éticas y existenciales del Reino proclamado y vivido por Jesús de Nazaret.
Por ello, el esquema que propone Hugo Cáceres Guinet, desde Perú (“un esquema de desarrollo espiritual propio del individuo masculino nacido en una civilización como la nuestra, que favorece su identidad, la beneficia con roles de dominación y es miembro de la iglesia en la tradición judeo-cristiana lo que le ofrece ventajas y poder, es decir, camina espiritualmente en una línea ascendente, no carente de ambiciones”),
[1] organiza la experiencia de Jacob en tres partes, en función de su crecimiento específico como hombre: primero, “busca adquirir, lograr, superar, aventajar y morir peleando por mantener lo arrebatado a otros machos igualmente deseosos de ascender en la empresa, la política o la iglesia”, misma etapa vivida por los discípulos de Jesús cuando competían entre ellos y buscaban ser el más importante (Mr 9.33-36).[2] Aquí no hay amistad, fraternidad o colaboración con otros varones y mucho menos con mujeres, pues ellas son vistas como colaboradoras inferiores y débiles a quienes hay que proteger, pero nunca escuchar. Sobre esta etapa en la iglesia, Cáceres observa puntualmente:

Esta es la relación más común entre ministros varones y mujeres […], ellos asumen el deber de protegerlas (moral, doctrinal o espiritualmente) y, en el caso de mujeres con poca estima personal, ellas adoptan el rol pasivo de domésticas, dirigidas y dependientes, que ayudan a su protector a escalar por la pendiente del poder y la autoridad. Mientras el hombre espiritual permanezca en (A) [esta etapa], su camino es el de la ambiciosa disciplina, del autoempoderamiento, del reforzamiento espiritual de sí mismo; si continúa en este camino se convierte en un ministro hábil y eficiente, víctima de su propia acumulación de poder, varón luchando contra varones por ser el primero (p. 18).

Un caso: el vicepresidente actual de la Asamblea General de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México: un varón autoritario., misógino y abusador de mujeres, contrario a reconocer sus ministerios mediante un panfleto herético y anticristiano, que ha teledirigido la nueva Constitución de la iglesia en función de sus intereses, ¡aceptado y promovido por la Unión Nacional de Sociedades Femeniles para ser su “consejero”! El mundo al revés, en una palabra.
[3]
La segunda etapa es el redescubrimiento de la solidaridad, que permite al varón hacerse uno con sus hermanos y hermanas, “renunciando al camino ascendente del control y la dominación. Es la búsqueda amplia por la justicia y la equidad” (Idem). Es anhelar la superación de todas las diferencias para instalar el respeto y la edificación mutuos. Se ceden derechos a otros, se comparten funciones y se celebra la diversidad. “La amistad con otros varones [superando la homofobia, el rostro innombrable e insuperable del machismo)] le ayuda a visualizar mejor sus heridas y a solicitar ayuda de quienes conocen mejor el alma viril [¡en su día, a los padres sólo hay que regalarles herramientas y, si bien les va, discos compactos o películas en DVD!], es decir, otros hermanos de género” (Idem). Hay una reconciliación con la imagen paterna y se toma conciencia de los mecanismos de poder ligados a una sociedad patriarcal, con resistencia a emplearlos, aunque sigan ahí presentes y actuantes (¿son utilizados sólo cuando se pierde la paciencia…?). La paradoja de la masculinidad: el poder adquirido con tanto esfuerzo debe descubrir una modalidad de comunión: si esto no se asume, puede haber un retorno a la primera etapa. Los enemigos a vencer: el machismo y la homofobia.
La última etapa es la vía negativa, en la que hay que “desaprender el camino del poder, potenciar a otros, hacerse hermano de la creación, derribar barreras para ser parte de una nueva humanidad. […] Es vivir como el producto definitivo del Espíritu que hace de todos uno, ser el logro de Cristo que reconcilia todas las cosas en Sí mismo” (Idem, énfasis agregado). Si se mantiene en la segunda etapa, el hombre puede ser un buen ser humano de Dios, dispuesto a caminar junto con los demás hermanos y hermanas, pero operando desde los mismos principios positivos de orden y buena administración (“Donde hay orden, allí está Dios”): sus fueras masculinas siguen en lucha. Aquí, “el poder espiritual masculino [impuesto unilateralmente como la única vía de acceso a la humanidad plena] será revertido como fuerza transformadora que sana sus propias heridas de varón, pero a la vez comunica bienestar espiritual al género humano [se deja de servir sólo a la fraternidad masculina, “el club espiritual de Tobi”], a quien de ver como un contrario o un complementario, sino que alcanza la visión unitaria de los místicos, uno con todos. […] Reconciliado consigo mismo, su relación con los demás actualiza la bendición de Dios sobre la sociedad humana” (Idem, énfasis agregado). Es el caso también del apóstol Pedro cuando, viejo y fatigado, luego de dialogar con su Señor, puede encargarse de sus ovejas (Jn 21.15-18).

2. Los años formativos: “la historia de un hombre es la historia de todos los hombres”La identidad de Jacob como varón se definió a contracorriente de su padre y su hermano Esaú. Como hijo de Isaac y Rebeca, su lucha empezó desde el momento de nacer, en el forcejeo con su hermano, con quien vivirá una relación profundamente antitética, literariamente impecable. Inicia así la cadena de simulaciones y suplantaciones alentadas algunas de ellas por su propia madre. Incluso la etimología de su nombre se va acomodando a su conducta: primero, “nacer agarrado al talón”, después, “se hizo pasar por mí, me engañó”. Luego de engañar a su hermano (mediante artes supuestamente femeninas, la cocina) y de obtener la bendición paterna, su viaje de huída se efectúa a la inversa de Abraham y el pacto con éste se pone en riesgo. “Jacob está psicológicamente bien preparado para iniciar la madurez (apoyo materno hasta una edad y aprobación del padre para el resto de la vida) aunque estás arrastrando aún el conflicto con su propio hermano, quien representa a todos los varones en igualdad de condiciones (camaradas, colegas, compañeros de ministerio, etcétera) (p. 20, énfasis original).
Jacob tiene ahora la visión en la que insiste en ascender peldaños hacia el cielo. Su reacción es establecer un pacto de lealtad con Dios (en el esquema de pacto entre varones: al vía positiva en su máxima expresión) y levantar un monumento fálico. Pasa a formar un hogar, pero se enfrenta a otro varón en proceso, Labán (“representa los peores rasgos de masculinidad: astucia y engaño para obtener beneficios materiales, control y dominio sobre otros varones en orden a la adquisición de seguridad en la vejez”, p. 21), quien lo engañará y le hará ver su suerte. Se afirma como varón fértil con sus varias esposas e hijos, pero incubando al mismo tiempo el mal que no tardará en manifestarse. La lucha de poder parece insalvable y Jacob deberá huir nuevamente hasta alcanzar otro “pacto entre caballeros” (Gn 31): mientras más lejos uno del otro, mejor. Delimitar territorios, como en el mundo animal…

3. “La lucha con el ángel”
En la plenitud de su vida, Jacob ya ha aprendido algunas cosas, pero falta la más importante: ahora está de regreso, cargado riquezas y responsabilidad hacia su clan. Ya no espera muchas cosas, pero Dios le guarda todavía algunas sorpresas. Ahora tendrá encuentros humanos y divinos, todos en busca de solucionar antiguos conflictos. Primero ve a los ángeles de Dios (Gn 32.1-2), en camino hacia la reconciliación con su hermano. Escucha la advertencia: “Tu hermano viene con 400 hombres” y reacciona en la búsqueda de protección hacia Dios para su parentela, algo típico del papel varonil. Es el tránsito hacia la tercera etapa, en donde Jacob, luego de vivir el encuentro más extraordinario de su vida, saldrá de él para convertirse en una nueva persona (Gn 32.25, 29):

En la penumbra y los horrores nocturnos, Jacob libra su última reyerta, no con un individuo sino con todos los hombres con quienes ha peleado y a quienes ha engañado: su hermano Esaú, su padre Isaac, su suegro Labán. Esta es la noche espiritual masculina [¿acaso cuando nace nuestro primer hijo/a y pensamos sabe Dios qué cosas, pues o creemos que lo planeamos todo o no pensamos en nada…?], su naturaleza se aferra, lucha, exige, pregunta por el nombre de su contrincante. […] Está por nacer otro hombre, el hombre transformado por la superación de las experiencias de enfrentamiento y frustraciones, y dar paso a la experiencia auténtica de la paternidad: no esperar nada, excepto la salvación de la prole. En la oscuridad ve el rostro de Dios y éste le revela un nuevo nombre […] Jacob ha tenido la experiencia de los místicos que reconocen que nada se parece más a Dios que la oscuridad. (p. 22, énfasis original).
Jacob ya no caminará erguido el resto de su vida en señal de que reconoció dolorosamente su humanidad: “ya no será el joven autosuficiente que partió [sino como] el hombre completo que vive plenamente su virilidad en el reconocimiento de sus miedos y limitaciones, sin embargo, suficientemente dispuesto a vivir para los demás” (Idem).

4. El nuevo Jacob: madurez, experiencia y paternidad-patriarcalidad responsable
¿Cómo nos obligan hoy la ley, la sociedad, la iglesia y la familia a ejercer una paternidad responsable? Porque parece que ése es el verbo exacto: obligarnos, ¿porque de otra manera no lo haríamos? Jacob llega a la última etapa luego de luchar con Dios y sus fantasmas, después de arrancarle su bendición (¡todo un experto en obtenerlas a como diera lugar!), y regresa a las luchas de la vida desde otra perspectiva, pero con un buen número de años encima, como señal de que, en efecto, “Roma no se hizo en un día”: la nueva masculinidad no nace de la noche a la mañana. Asumida la vía negativa, Jacob reencuentra a su hermano y trata de proteger a su clan para humildemente solicitar la misericordia del poderoso (quien, entre paréntesis, debió vivir también su propia construcción y reconstrucción de lo masculino). Jacob se reconcilia con Esaú en medio de un ambiente de gran bendición: se abrazan y la desconfianza desaparece. “Junto con la maduración humana y espiritual, y posesionado genuinamente del rol de la paternidad, Jacob probará la amargura de algunos fracasos en el seno familiar” (pp. 22-23). Cuatro acontecimientos golpearán la madurez humana, masculina y espiritual de Jacob: su hija es violada (Gn 34) y hay una venganza de sus hijos; nace su último hijo y pierde al amor de su vida (Gn 35.16-20); Rubén, su hijo mayor, cohabita con una de sus concubinas (Gn 35.21); y José, su hijo predilecto es vendido como esclavo por sus propios hermanos.
Jacob saldará sus cuentas con el pasado paterno (junto con hermano, acude a los funerales de su padre) y volverá al mismo lugar del comienzo (Bet-El, 35.1-15), aunque ahora ya no se le revelarán escalas por ascender. “El lugar es el mismo, Dios es el mismo, pero Jacob es ahora Israel y actúa como un auténtico guía espiritual o reformador religioso: exige que se retiren los ídolos de entre las pertenencias de la caravana y como testimonio de su encuentro con Dios erige una estela conmemorativa, como en su juventud” (p. 23). Como varón auténtico, deja el lugar a los más jóvenes, y pasa a un discreto segundo plano. Al ir a vivir a Egipto con José (46-47.28), le hace prometer que lo enterrará en la tierra de Canaán, haciéndolo jurar “con la mano debajo de su muslo” (47.29): un juramento solemne, en donde el muslo es un eufemismo para los órganos sexuales. “Ya que los hijos han salido del ‘muslo’ del padre (Gn 46.26; Éx 1.5), un falso juramento que involucra los órganos genitales acarrearía la extinción de la descendencia” (p. 23, n. 12).
Jacob cierra su ciclo vital, espiritual y masculino con una nueva visión de la existencia y la fe. Oseas (12.4-5) interpretó la vida de Jacob en función de sus luchas, como una “puerta de comunicación entre Dios y nosotros, el resto del género masculino” (p. 24): “En el seno materno agarró el calcañar de su hermano y en su virilidad luchó con Dios [¡luchar con Dios, el más supremo acto de virilidad posible¡]; luchó con el ángel y pudo más; lloró y le imploró gracia. En Betel lo halló y allí habló con nosotros”. Y Hebreos 11.21 lo ve como un modelo de creyente en el acto de bendecir a su prole. Se trató de un varón que había “transitado apoyado en el bastón y que, finalmente, proyecta la imagen de la dignidad de la ancianidad fecunda” (Idem). De modo que la fe es un desafío a la masculinidad en cualquier tiempo y no sólo un asunto, según el estereotipo, “para señoritas quedadas y ancianos”.



Notas


[1] H. Cáceres Guinet, “Algunos elementos de la espiritualidad masculina vistos a través de la narración bíblica de Jacob”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, Quito, Ecuador, núm. 56, 2007-1, p. 17.[2] Idem.[3] Cf. Salatiel Palomino López, "En búsqueda de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio", en Mundo Reformado, Ginebra, Alianza Reformada Mundial, núm. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.

Re-engendrar la masculinidad, Diego Irarrázabal

8 de junio de 2008

Para quienes somos varones —dentro del parámetro de ser fuertes, autónomos, con poder sobre los demás—nos es bien difícil asumir un nuevo engendramiento. Se trata de una revolución en lo más profundo dentro de cada persona y en el comportamiento cotidiano. Ser re-engendrado implica pasar a ser débiles; recibir vida, en vez de dominar; un empoderamiento en el que crecemos compartiendo poderes; dejar de ser autoritarios y pasar a ser comunidad donde los varones redescubrimos un liderazgo; aprender la interacción varón-mujer y entre varones, a fin de juntos ser re-engendrados/as. Cada uno puede relatar cómo ocurre esto concretamente. Tengo la experiencia de ser re-engendrado —durante estos últimos años— en la amistad con mujeres no sumisas. Es una interacción en la que disfruto el ser masculino en una “relación con” y una “relación para” la vida. Esto hace crecer a personas diferentes. […]
Cada universo simbólico tiene sus procesos de elaboración del ser masculino y femenino, con sus logros humanizadores, con sus entrampamientos, con sus hipocresías y sus opresiones. La perspectiva de género se enriquece en la medida en que es intercultural. Por ejemplo, a quienes somos varones urbanos nos ilumina enormemente el comportamiento de género andino; es el caso de la reciprocidad económica y ritual entre varones y mujeres del mundo quechua y aymara; es un modelo de trabajar juntos y de celebrar la vida compartida. En el contexto urbano, podemos ser re-engendrados si llevamos a cabo tareas económicas articuladas con lo espiritual; en el sentido de no dominar al otro/a, sino de la acción solidaria con su valor trascendental.Uno va cuestionando y replanteando los papeles masculinos. Nos hemos acostumbrado a ejercer papeles: sentimos con mayor fuerza física y psicológica, y descalificamos a la mujer como frágil e insegura. Ejercemos asimismo el papel de proveedor económico y conductor político de los/as demás. Esto suele ser un autoritarismo benevolente; el machismo es más eficaz cuando es sutil benefactor; sólo a veces es burdamente agresor. También los varones nos autodesignamos el papel de pensar y programar; lo femenino es supuestamente irracional
y espontáneo-caótico. Asumimos además el papel de competir y triunfar (tan importante en el neoliberalismo globalizado); y tanto más.
Estos papeles conllevan normas terribles. Siendo macho, uno es (¡y debe ser!) autosuficiente; y tiene el “derecho sagrado” de supervisar y controlar a los demás. Igualmente ha llegado a ser ley la fatal dicotomía entre el sexo y la intimidad, la separación entre el sexo y la comunión integral. Por otro lado, es norma reprimir lo femenino que hay dentro del hombre; y nunca manifestar debilidad y temor. Nos hundimos además en una perversa autoafirmación, a costa de toda otra realidad; me refiero a que lo masculino es ser siempre conquistador de personas y estructuras, y dominador de la naturaleza expoliada. En fin, la norma suprema es ser exitoso dentro del esquema androcéntrico (lo contrario es ser poco-hombre y no-hombre). […]
Después de reconocer que la mujer, y también el varón, somos todos/as víctimas del patriarcado, buscamos una regeneración del ser masculino. Somos capaces de ejercer liderazgo en corresponsabilidad entre hombres y mujeres. Empezamos asimismo a articular la inteligencia con la afectividad (que tanto reprimimos), a fin de pensar con el corazón, con símbolos y con conceptos. […]
En este sentido, uno acoge modelos bíblicos. En primer lugar, uno ve nuevos desafíos en ser discípulo/a de Jesucristo. Para el caso de los varones, Jesús nos presenta un modelo de masculinidad. Es hijo de Dios encarnado a través del cuerpo o voluntad histórica de la mujer María de Nazaret. También es paradigmático su trato con los discípulos, no en el papel autoritario y sacerdotal. Lo fundamental es su forma humana de tratar a Dios, con fe y ternura y su testimonio de la acción salvadora. […]

Letra 75, 1 de junio de 2008

POR LA DEFENSA DEL ESTADO LAICO (II)
Jaime Hernández Ortiz
La Jornada Jalisco, 12 de mayo de 2008


“Al protestantismo mexicano lo nacionaliza, si el verbo tiene algún sentido en materia religiosa, el número de víctimas o, desde otra perspectiva, de mártires. La historia de las persecuciones es atroz. Y es impresionante el número de templos quema­dos o lapidados, así como el número de comunidades hostigadas en grados que incluyen con frecuencia el linchamiento, el número de pastores y feligreses asesinados o abandonados muy mal heridos”.

Tolerancia y persecución religiosa

“En 1816, un ciudadano inglés, anglicano, al no descubrirse al paso del santísimo fue insultado, golpeado y, finalmente, linchado por una turba que suplía a la Santa Inquisición en funciones. Muy influido por Voltaire, y su notable defensa del hugonote Jean Calas, José Joaquín Fernández de Lizardi –cuyo seudónimo es El Pensador Mexicano– valerosamente criticó lo acontecido y se pronunció por la tolerancia. Este es el primer escrito que localizó en México a propósito de un hecho fundamental, aunque advertido marginalmente (…)”.
En el Congreso Constituyente de 1857 fue fundamental el debate sobre tolerancia. Hubo movilizaciones contra la libertad de cultos, y en La Cruz, revista católica, se afirmó que la religión católica es una garantía de paz y orden para la sociedad, “puesto que siempre predicó la obediencia a las autoridades e incluso a las peores; así pues, más que nunca es necesaria en una época de disturbios”. La libertad de cultos es monstruosa e impracticable, añade El Omnibus, porque se restaurarán las fiestas de Baco y de Venus, y los indios, idólatras, quedarán facultados para restaurar el culto a Huitzilopochtli y reanudar los sacrificios humanos interrumpidos por más de 300 años”.

Si creen distinto no son mexicanos
“Porque denunciar el fanatismo y proclamar la racionalidad de la fe de quien denuncia, representa un avance importante. Es así de simple, aunque no así de esquemático. Porque el anticlericalismo es, en su momento, una defensa de los Derechos Humanos. Hoy día con todo este amasiato Estado-Iglesia católica, se quiere presentar al anticlericalismo como una fuerza negativa. Y esto no es cierto. El anticlericalismo en México cumplió durante mucho tiempo funciones muy importantes de indagación, de creación y ampliación de espacios de libertad y de contención de la política brutal de exterminio de los derechos humanos (…).
“Quiero subrayar el hecho de que el protestantismo es legítimo porque ha persistido legalmente; aunque para llegar a este punto ha pasado por una batalla muy larga. Finalmente la sociedad tendrá que convencerse de lo evidente: la diferencia es el sustento de la pluralidad en todos los ámbitos de la vida social”.
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LA NUEVA MASCULINIDAD: ENTREVISTA A JUAN CARLOS KREIMER (I)
Xavier Coll y Julia
www.concienciasinfronteras.com/PAGINAS/CONCIENCIA/
masculin.html


Ante el empuje emancipador de la mujer, el hombre con su imagen, sus prerrogativas, han quedado profundamente cuestionados. Al hombre, sin aparente salida, no le queda otra que pararse y reflexionar, cuestionar ese modelo, y encontrar otra forma de ser hombre desde una búsqueda profunda de su masculinidad. ¿Cómo integrar para él su razón y su sentimiento, su fortaleza y su fragilidad, su sexualidad y su receptividad?, ¿cómo no tener miedo a la vulnerabilidad, a perder el control, a ceder poder, a ser solidario? En definitiva ¿cómo encontrar otro modelo cuando sólo se tiene un modelo?
En tus libros planteas el surgimiento de una nueva masculinidad, cómo encontrar nuevos sentidos, como rehacerse hombre hacia una identidad más amplia de la que hasta ahora éste se había identificado. ¿Cómo has llegado a plantear esta nueva dimensión y en qué está basado tu trabajo sobre la masculinidad?
Está basado fundamentalmente en una necesidad personal y de un grupo de hombres que empezamos a reconocer que no teníamos un espacio propio donde compartir lo que nos pasaba sin ser interpretados, estereotipados o criticados. Empezó con unos matrimonios amigos cuando nos reuníamos. Nos dábamos cuenta que cuando las mujeres se iban hablábamos de forma diferente, podíamos utilizar códigos de varones sin ser malinterpretados, códigos propios de varones. A partir de ahí empecé a enterarme de que los grupos de hombres ya existían en Canadá, Brasil, Costa Oeste Norteamericana, en España y Chile. Había grupos de hombres que estaban investigando esta problemática, investigando a partir de vivencias. En aquel momento empecé a buscar trabajos de reflexión sobre la condición masculina y solamente encontraba algunos hechos por mujeres, en verdad había muy pocos hace seis o siete años. Salvo «Hombres de Hierro» escrito por hombres, en Estados Unidos. Esta realidad me hizo dar cuenta de que eso era lo mejor que nos podía pasar porque nos permitiría empezar de cero, empezar a investigar y ver qué nos pasaba, a reflexionar sobre nuestra condición con menos condicionamientos.
Me imagino que esa época coincidió con un fuerte aumento del feminismo, ¿en qué medida, esos grupos, tienen algo que ver con una reacción ante la voz que tomaba la mujer?
Me interesa hacer una especificación, porque los grupos de hombres empezaron a salir a la superficie junto con el feminismo, que no con las feministas, porque el movimiento de las mujeres tuvo un primer periodo, allá en los años 60-70, de mucha confrontación, de mucho rechazo, donde todo vínculo con hombres era malo, dañino, tóxico. Poco a poco el movimiento se fue desnudando y las mujeres se dieron cuenta de que no podían hacer un cambio social sin los hombres. Vieron que era mucho más rico para ellas empezar a descubrir la Mujer, lo Femenino, y ahí aparecieron todos los grupos de identidad femenina, los grupos junguianos, empezaron a hablar de los arquetipos femeninos, de ser mujer, de la diosa que había en toda mujer, y en términos mucho mas cotidianos, las mujeres empezaron a descubrir su aspecto femenino. Entonces surgen los grupos de hombres. No aparecen como grupos para trabajar el aspecto femenino del hombre, son grupos de hombres machistas; no van a trabajar su aspecto mas sensible, sino que son hombres que acompañaron los fenómenos sociales que hubo en las últimas décadas; hombres que comprendieron los reclamos del feminismo hacia lo masculino por todo lo que la masculinidad acarreaba de ideas patriarcales, de ideas de predominancia de ser un modelo que respondía a un sistema capitalista destructor y empezaron a replantearse su parte masculina.

Yo creo que la mujer, o el movimiento feminista a posteriori, ha reflexionado y ha visto que en la historia no solamente ha sido víctima dentro del sistema patriarcal, también ha sido de alguna manera cómplice. ¿En qué medida el hombre está también atrapado por el modelo patriarcal?, ¿cómo es este modelo para el hombre y cómo se debate?
Muchos hombres que tenemos entre 30, 40 y 50 años hemos sido criados bajo un modelo de educación, en nuestra casa, escuela y sociedad, que respondía a un modelo patriarcal, y se ha impreso en nuestro psiquismo. No podemos decir «de esto me olvido»; nuestra mente está formada con un sistema patriarcal. Por otro lado, los hombres hemos ido evolucionando y vivimos a caballo entre dos paradigmas, el viejo y el nuevo, y hemos sido capaces de ir a caballo de los dos. Pero sigue el modelo patriarcal, nos cuesta aflojarnos y decir «no sé qué hacer». Es necesario revisar y explorar para poder llegar a una síntesis clara para que, por lo menos, nuestros hijos reciban en la educación un nuevo modelo de su padre. Aquí también aparece el modelo patriarcal a la superficie: a medida que crecen nuestros hijos nos vamos dando cuenta de como todo lo que criticábamos de nuestros padres, de las autoridades escolares o de la sociedad como representantes de un orden que pone límites de alguna manera lo adherimos y lo continuamos con nuestros hijos.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...