jueves, 18 de febrero de 2010

Amor divino, amor humano: ¿hay diferencias?, L. Cervantes-O,

7 de febrero de 2010
1. “Con amor eterno te he amado”: voces sobre el amor pot todas partes
Parecería un auténtico exabrupto tratar de hablar del amor que Dios revela en su palabra y no decir que ése es precisamente el tema de toda la Biblia, en todo lugar y en cualquier momento de la historia de la salvación. Y es que, entre buena parte de los/as lectores actuales lamentablemente predomina más una visión influida por las ideas ampliamente extendidas acerca del amor fruto de ciertas ideas y creencias que la cultura popular se ha encargado de extender. De ese modo, queda la impresión de que la vertiente romántica de los sentimientos, impuesta y reproducida por las letras de las canciones de moda, pesa más que una mentalidad y una práctica presididas por los énfasis que las Escrituras le dan al movimiento constante del amor de Dios hacia su creación, hacia todas las formas de vida y hacia los sers humanos. Si ya el acto mismo de la creación y sustentación del cosmos es una manifestación plena del amor divino, cada episodio, situación y enseñanza bíblica tiene que ser vista a la luz de ese prisma multicolor que es el amor manifestado por Dios en todo momento.
Las afirmaciones bíblicas al respecto, hay que decirlo, están filtradas para los lectores/as creyentes (y para cualquiera, en general, no hay que olvidarlo) por el peso de las traducciones, pues las raíces y los matices lingüísticos, ideológicos y culturales que son su telón de fondo, no nos llegan con toda la claridad necesaria para advertir, como deseaba san Pablo, “la altura y la profundidad” de los misterios de Dios. De ahí que al acudir a los autores que explican dichas raíces, uno tiene la posibilidad de encontrarse con los elementos que le otorgan sustancia y fundamento a una genuina comprensión del amor, tal como aparece desarrollado en los textos. Así, dice por ejemplo Edmond Jacob, antiguo profesor protestante de la Universidad de Estrasburgo: “La alianza por la cual Dios se liga a su pueblo y por éste a la humanidad entera, tiene raíces profundas que no pueden ser definidas más que por el misterio de la elección […] En el origen de la elección se halla el amor, es decir, el movimiento espontáneo que lleva un ser hacia otro ser, con el deseo de poseerlo y encontrar alguna satisfacción en dicha posesión”.
[1] Y el primer texto al que recurre es precisamente el de Jer 31.3, citado con su correspondiente asidero teológico y cultural: “Te he amado con amor eterno, por lo cual te solicito con chesed”. Es decir, el amor y la fidelidad divina son inseparables.
El idioma semítico, con su riqueza y profundidad de matices, y hasta con sus juegos de palabras esconde, literalmente, la pluralidad de significados y alcances de la realidad del amor: “La raíz hebrea que sirve para expresar la realidad del amor bajo la doble forma de eros y ágape es ahab […] La raíz abah, “querer”, es en sí misma una variante del mismo sentido fundamenmtal, por lo cual el amor puede ser definido como un deseo a la vez violento y voluntario” (Idem.) Pero es necesario preguntarse, entonces, ¿quién ama a quién y por qué? ¿Dios a la humanidad solamente? ¿Y cómo los seres humanos son capaces de experimentar el amor hacia Dios? ¿De dónde viene este sentimiento? ¿Quién es el sujeto y quién el objeto del amor? “Como sujeto del amor, Dios puede tener varios objetos, pero en la mayor parte de los casos el objeto es el pueblo en su conjunto”. (Idem.) Así, podemos ver que el sentido de elección, deseo y fidelidad se mezclan a la hora de aplicarlos al amor humano, pero muchas veces se cree que estos elementos no necesariamente podrían aplicarse a Dios, algo acerca de lo cual el Antiguo Testamento da fe con mucha frecuencia.

2. “Lo amamos porque Él nos amó primero”: el amor en busca de práctica y comprensión
En estos tiempos en que se habla tanto de inclusividad, debe llamarse la atención hacia el hecho de que en la Biblia se subraya la exclusividad del amor que Dios espera por parte de sus criaturas. Porque Él ha amado de una manera tan apasionada y fiel, demanda de los creyentes una dedicación auténtica hacia su persona. Amar a Dios no es una simple abstracción que debe promoverse acríticamente y de manera triunfalista o pseudo-romántica. Por la diseminación de este tipo de ideas, Dietrich Bonhoeffer se vio en la necesidad de escribir cosas como la siguiente:

Entre mi prójimo y yo está Cristo. Por eso no me está permitido desear una comunión directa con mi prójimo. Únicamente Cristo puede ayudarle, como únicamente Cristo ha podido ayudarme a mí. Esto significa que debo renunciar a mis intentos apasionados de manipular, forzar o dominar a mi prójimo. Mi prójimo quiere ser amado tal y como es, independientemente de mí, es decir, como aquel por quien Cristo se hizo hombre, murió y resucitó; a quien Cristo perdonó y destinó a la vida eterna. En vista de que, antes de toda intervención por mi parte, Cristo ha actuado decisivamente en él, debo dejar libre a mi prójimo para Cristo, a quien pertenece, y cuya voluntad es que yo lo reconozca así. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que no podemos encontrar al prójimo sino a través de Cristo. El amor psíquico crea su propia imagen del prójimo, de lo que es y de lo que debe ser; quiere manipular su vida. El amor espiritual, en cambio, parte de Cristo para conocer la verdadera imagen del hombre; la imagen que Cristo ha acuñado y quiere acuñar.
Por eso el amor espiritual se caracteriza, en todo lo que dice y hace, por su preocupación de situar al prójimo delante de Cristo. No busca actuar sobre la emotividad del otro a través de acciones demasiado personales y directas; renunciará a introducirse indiscretamente en la vida del otro, y no se complacerá en manifestaciones sentimentales y exaltaciones piadosas. Se contentará con dirigirse al prójimo con la palabra transparente de Dios, dispuesto a dejarle a solas con ella para que Cristo pueda actuar sobre él con entera libertad. Respetará la frontera interpuesta por Cristo entre nosotros, y encontrará la plena comunión con él en Cristo, el único que nos relaciona y une. Así hablará más con Cristo del hermano, que con el hermano de Cristo. […]
El amor psíquico esclaviza, encadena y paraliza al hombre; el amor espiritual le hace libre bajo la autoridad de la palabra. El uno cultiva flores de invernadero; el otro produce frutos saludables que crecen, por voluntad de Dios, en libertad bajo el cielo, expuestos a la lluvia, al sol y al viento.
[2]

Como se puede apreciar, nos quedamos a veces muy lejos de los diversos matices y niveles del amor, humano y divino, al que somos llamados, como seres humanos convocados a participar de esa emanación profunda de la naturaleza divina que es el amor. Por ello, hay que insistir en la forma en que la Biblia desarrolla, en acto, las manifestaciones del amor de un Dios comprometido con su creación.
Notas
[1] E. Jacob, “El amor de Dios”, en Teología del Antiguo Testamento. Trad. de Daniel Vidal. Madrid, Marova, 1969, p. 106. Énfasis agregado.
[2] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1985, pp. 24-25.

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