domingo, 28 de febrero de 2010

El amor de Dios y la respuesta humana: salvación, espiritualidad y práctica, L. Cervantes-O.

21 de febrero, 2009

1. Otros “rostros” del amor en el Nuevo Testamento
La comprensión del amor de Dios en el Nuevo Testamento no consta de una sola visión, pues el horizonte paulino expuesto en I Cor 13 se complementa, por decirlo así, con otras percepciones quizá menos exaltadas, pero no por ello menos intensas para acercar las vertientes divina y humana. Lo que unifica a estas diversas maneras de apreciar e interpretar la acción amorosa de Dios es, en primer lugar, la afirmación constante de que su principal consecuencia es la posibilidad efectiva de conseguir la salvación para todos/as quienes acepten participar en la dinámica divina de entrega incondicional llevada a su clímax por Jesús en la cruz. Este acto de amor y sacrificio fue la manifestación fehaciente de que el amor divino que en ocasiones aparecía tan velado en el Antiguo Testamento y a veces tan restringido a ciertos eventos de la historia de Israel, ahora alcanzaba talñ plenitud en la entrega de Jesús, que se esperaba preodujera un impacto notable no sólo en la vida de las personas por separado, sino en las comunidades que iban surgiendo e incluso en la sociedad como un todo.
Por ello, el estudio del desarrollo del concepto de amor divino en los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y, posteriormente, en las cartas apostólicas, muestra que hay un movimiento de la práctica a la teoría, y no a la inversa, como estamos tan acostumbrados. Al esfuerzo amoroso redentor de Dios en Jesús, le sigue la construcción y consolidación de comunidades en donde el amor encarnó, no sin conflicto, mediante la formación de lazos fraternos que se enfrentaron a las formas sociales, culturales y políticas de practicar el afecto y las relaciones humanas. De ahí que las derivaciones efectivas de la comprensión del amor que ya podría caracterizarse como cristiano tuvo que desenvolverse en medio de las prácticas que la época imponía, pues los modelos de afectividad, convivencia y solidaridad estaban mediados por los criterios ideológicos del momento. Por eso el intento cristiano de forjar agrupaciones alternativas fue la forma que los discípulos y apóstoles consideraron necesaria para encarnar verdaderamente el amor de Dios en el mundo.
Si un adjetivo puede acompañar este concepto eminentemente práctico del amor de Dios vivido y realizado en el mundo es la eficacia. Un amor eficaz, creían los escritores del Nuevo Testamento es aquel capaz de enfrentarse a las peores circunstancias para hacer presente a un Dios dispuesto a interactuar permanentemente con los seres humanos a través del modelo de vida y fe representado por Jesucristo y asumido por los discípulos/as que reivindicaban su nombre. Esta práctica intentaba ir más allá de las tendencias idealizantes con que a veces asumimos el concepto del amor de Dios y rebasa con mucho la forma en que se asume lamanera en que entendemos la apertura hacia la otredad, la diferencia y la igualdad que brotan, de manera revolucionaria, de tantas páginas del Nuevo Testamento. Los autores de éste, cada uno a su manera, intentaron dar fe de su comprensión y práctica de una de las exigencias más auténticas del espíritu evangélico, es decir, aquella que desarrolla el tema de la imagen de Dios en cada persona, hombre y mujer, candidato permanente a verse a sí mismo/a como hijo e hija de Dios. Esta fraternidad potencial se expresaba en la existencia misma de las comunidades cristianas, las cuales, con sus diferentes características, demostraban que era posible ser, nuevamente, “pueblo de Dios” en amor, más allá de los estrechos límites de una nacionalidad, una raza o una religión. Porque el amor de Dios se enfrenta todo el tiempo a las diferencias humanas generadas por la injusticia y el pecado, para de ahí reconstruir la existencia y dotarla no solamente de un nuevo sentido, sino también de una orientación antropológica y cósmica transformadora más allá de las modas y las frases hechas.

2. El amor de Dios y las respuestas humanas según I Juan
En las comunidades que seguían la tradición del llamado “Discípulo amado”, la eficacia del amor de Dios se mostraba en el hecho de que ese amor era la razón de ser de su surgiomiento en medio de un mundo hostil y reacio a asimilar la luz, el conocimiento y el amor divinos. A la recepción, valoración y práctica de ese amor en la comunidad debía seguir un compromiso auténtico por permanecer dentro de ella y experimentar una vida siempre en conflicto con el mundo. Por ello, las comunidades juaninas, quizá más que otras en el Nuevo Testamento, se veían a sí mismas como comunidades de contraste, es decir, que en ellas se estaba llevando a cabo un proceso eminentemente escatológico de inserción de la nueva vida (“vida eterna”) en el mundo. Por ello, el aparente cambio de proyecto expresado en el lenguaje que sustituye al concepto de Reino de Dios en estos documentos expresa la posibilidad real de que la existencia acorde con ese Reino suceda al interior de las comunidades, lado a lado con un tejido social alterado por las imposiciones ideológicas, religiosas y culturales de un imperio dedicado a someter la voluntad de las personas. De ahí que el aparente desdén por el mundo que se palpa en estas cartas debe ser leído como el esfuerzo positivo por reorganizar el mundo desde sus bases humanas mismas, afrontando los riesgos del sectarismo, el perfeccionismo y el aislacionismo como formas de resistencia ante los embates del mundo real.
Y es precisamente este lenguaje el que se conoce de sobra como característico de las comunidades ligadas a la memoria del “Discípulo amado”. La primera carta introduce una visión de la comunidad como “abanderada de la luz en el mundo” y como espacio de conocimiento práctico del amor de Dios porque allí se amaba de verdad a los hermanos, pero con la exigencia de creer nprofundamente en la humanidad de Jesús, con lo que vemos a una comunidad enemiga de las apariencias en relación con una fe desencarnada y ajena a la realidad contundente de la vida humana. En 2.22 se establece el límite innegociable para todo aquél/lla que desee integrarse a la comunidad: un anti-Cristo será quien niegue al Padre y al Hijo. Porque los “adversarios” de estas comunidades están bien identificados:

En nuestro caso no son los ritos los que tratan de sustituir la observancia de la alianza —como en el Primer Testamento—, sino que la tentación es aún más sutil: se trata de oponer dos tipos de conocimiento de Dios: aquel que se basa en una ciencia intelectual o en un espiritualismo desencarnado (como si lo que nos hiciera conocer a Dios fueran las verdades que aprendemos o los éxtasis que sentimos), contra aquel conocimiento que, sin despreciar la importancia del conocimiento y de la sensación, pone como mediación indispensable de un verdadero conocimiento de Dios el amor fraterno. Se trata entonces, para el autor de la carta, no de un error más entre muchos, sino de un atentado contra el corazón mismo de la revelación de Dios en Jesucristo. De ahí la virulencia de su contra-ataque en la carta (2,18-29).
[1]

Como se ve, el mensaje sobre el amor en I Jn se mueve “al filo de la navaja”, pues como expresa a partir de 3.1, y luego de una exclamación sobre las dimensiones del amor de Dios, el contraste con el mundo es tal, que éste no es capaz de entenderlo y, por lo tanto, no puede conocer a Dios, porque a Él sólo se le conoce a través del amor y no de una falsa ciencia o conocimiento dominados por la vanidad. Porque los enemigos de este contraste no están sólo afuera, sino también dentro de la comunidad. Esto quiere decir que se han interiorizado acríticamente los criterios y valores del mundo para vivir. Por eso el lenguaje del resto del capítulo está en las fronteras del sectarismo en su insistencia por el uso de la primera persona del plural. “Nosotros seremos semejantes a Jesús” (v. 2): esta afirmación deslinda cualitativamente la presencia cristiana en el mundo para subrfayar no la supremacía de clase social o de espiritualidad, sino la forma en que Dios se hace presente en el mundo a través de sus redimidos en Cristo.
Distinguir entre hijos de Dios e hijos del diablo mediante un lenguaje que hoy suena extremoso y difícil de aceptar fue la forma que estas comunidades eligueron para marcar un contraste que los puso incluso en conflicto con otros grupos cristianos. Pero eso les sirvió para señalar el contraste con un mundo que los rechazaba incluso violentamente (v. 13). Hoy tal vez podríamos comparar estos énfasis con los de algunos grupos sectarios, porque tal insistencia es capaz de lastimar y golpear las mentalidades actuales. Acaso el v. 16 funcione como un contrapeso ante estas tendencias al comparar el amor de Dios realizado por estos grupos con el de Jesús,quien dio su vida por los demás. El v. 17 es una distriba contra las clases acomodadas y así suma la preocupación social, a la moral y la religiosa como tal. Si Dios es esencialmente amor, la presencia humana en nombre de Cristo también deberá serlo, “de hecho y en verdad” (v. 18).

[1] Raúl H. Lugo Rodríguez, “El amor eficaz, único criterio. (El amor al prójimo en la primera carta de Juan)”, en RIBLA, núm. 17, www.claiweb.org/ribla/ribla17/9%20RODRIQUEZ.htm.

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