miércoles, 28 de mayo de 2008

Letra 74, 25 de mayo de 2008

LAS MEMORIAS DE UNA COSTURERA: EVANGELINA CORONA (II)
Elena Poniatowska
La Jornada, 11 de mayo de 2008


“Para mí eso fue muy grave pues volvimos a los terratenientes, porque el único que puede comprar es el que tiene dinero: el pobre no le va a comprar al pobre”. Concluye Evangelina: “De la LV Legislatura me quedó un mal sabor de boca”. Hoy, cuando tenemos los ojos fijos en la Cámara, es bueno recordar que Evangelina alguna vez escuchó a un diputado decir con todo cinismo: “Yo a lo que vengo es a levantar la mano y a cobrar”.
La salud de sus ideas la vuelven una defensora de las mujeres y la fundadora de una guardería para los hijos de las costureras. “En la Biblia se dice específicamente que el padre es el responsable de la educación de los hijos y el que debe vigilarlos, pues a mí que me demuestren qué papá está cerca de sus hijos para vigilar su educación, allí sí, para eso los hombres son menos, se lavan las manos y esa responsabilidad recae en las mujeres. Sin embargo para ellos hay cantinas, billares, cine, teatro, pero para la mujer no, porque ella tiene la obligación de quedarse en la casa a atender a los hijos. Para mí ésa es una manera de minimizar a la mujer”.
Evangelina Corona permanece en contacto con la pobreza y no le son ajenos los casos de niñas violadas por el padrastro que la madre solapa (con tal de conservar al hombre) ni los de niños que aguantan a maestros pedófilos, tema candente de nuestro tiempo.
Hoy trabaja en la Secretaría del Medio Ambiente del Distrito Federal y habla con mucha sinceridad de sus limitaciones; el respeto con que trata a los quejosos hace que todos la busquen.
De que Evangelina Corona tiene el corazón bien cosido no me queda la menor duda, bien cosido en la caja del pecho, bien cosido a los ojos, bien cosido a las manos porque nos lo ofrece ahora en uno de los relatos más auténticos, límpidos y lozanos que hemos podido apurar en los tiempos recientes.
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CARLOS MONSIVÁIS: SIEMPRE UBICUO, NUNCA PREDECIBLE (III)
L. Cervantes-Ortiz
El Ángel, supl. de Reforma, 4 de mayo de 2008, pp. 1, 4.


Otro aspecto destacable es la inexistencia de límites, en sus ensayos, entre cultura culta y popular, un asunto del que se ha ocupado varias veces De ahí su avidez por todo lo que se mueva, sea cine, música, novela, poesía... José Miguel Oviedo resume muy bien la actitud de Monsiváis con respecto a la cultura popular y a la forma en que ésta aparece en su obra: “Perteneciente a una generación que maduró con Tlatelolco y todo el espíritu de revuelta y negación de la época, Monsiváis es un crítico pertinaz de la cultura 'oficial'. [...] Más que a los libros e instituciones culturales del establishment, el autor debe su cultura a los mensajes y símbolos del cine comercial, la radio y la televisión, el lenguaje de la calle y las mitologías instantáneas de la juventud [...] Con una prosa sarcástica, llena de color y dinamismo, Monsiváis muestra algo importante: cómo el México profundo ha evolucionado por su cuenta, al margen de las previsiones del estado y la retórica del gobierno”. (Breve historia del ensayo hispanoamericano. Madrid, Alianza Editorial, 1991, p. 145.)
Semejante amplitud de gustos e intereses propicia una dispersión mayor, que algunos ven como una actitud veleidosa y poco concentrada. Sin embargo, y a despecho de tales críticas, con el paso de los años, el estilo Monsiváis se ha impuesto de manera irrefutable como una especie de escritura ritual, identificable según el medio impreso donde aparezcan publicados. En unos podemos encontrar al Monsiváis más directamente interesado en tomar el pulso de la vida nacional, aunque sin excluir la revisión de asuntos literarios; en otros pueden darse cita columnas políticas de aliento más amplio, puesto que calibran los sucesos con mayor perspectiva; y en unos más, aun cuando sus colaboraciones sean poco frecuentes, se publican textos disímbolos sobre materias de más amplio registro, revisiones o actualizaciones de temas tratados previamente. Desde los tiempos de La Cultura en México, de la revista Siempre!, Monsiváis no ha querido quedarse rezagado en la autocomplacencia de quien ya domina una actualidad y puede estar en riesgo de perderse en la simultaneidad de sucesos que demandan análisis puntuales por su importancia.
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POR LA DEFENSA DEL ESTADO LAICO (I)
Jaime Hernández Ortiz
La Jornada Jalisco, 12 de mayo de 2008

Carlos Monsiváis es uno de nuestros más prestigiados escritores y destacados intelectuales mexicanos. Entre su amplísima obra –que según José Emilio Pacheco se necesitaría estar becado por cinco años para poder leerla–, destacan numerosos ensayos y artículos de opinión en el campo de los derechos de las minorías religiosas, la tolerancia y el laicismo. En días pasados, en el marco de los festejos de su 70 aniversario, organizados por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (por cierto, afirma Monsiváis que “no encuentra ningún mérito de cumplir siete décadas”), se anunció precisamente su nuevo libro titulado El Estado laico y sus malquerientes, que esperamos se distribuya pronto en Guadalajara.

Una minoría
Monsiváis ha sido acusado por poseer poderes sobrenaturales como el de la ubicuidad o el de la autoclonación espontánea. Apenas acaba uno de conocer en persona a Monsiváis cuando ya aparece otro por otro lado y al mismo tiempo. Es poseedor de una privilegiada memoria y poderosa visión literaria, histórica, política y hasta religiosa. Ha dicho en numerosas ocasiones que su formación personal fue resultado de la lectura de La Biblia de Casiodoro de Reina (La Biblia del Oso, de 1569) y Cipriano de Valera (1602), que con la revisión de 1960, es la Biblia que se estudia en todas las iglesias protestantes de América Latina. (Una versión original de esta Biblia fue donada el año pasado a la Universidad de Guadalajara, por la Fundación Don Jorge Álvarez del Castillo).

El mismo Monsiváis se reconoce como miembro de la minoría protestante: “mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias, me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí. Allí, en la Escuela Dominical, también aprendí versículos, muchos versículos de memoria y pude en dos segundos encontrar cualquier cita bíblica… Me correspondió nacer del lado de las minorías…”
Monsiváis es heredero de una profunda y genuina tradición liberal basada en la defensa de la libertad de creencias, la secularización cultural, la tolerancia y las mejores causas democráticas. Ha sido cronista de numerosos actos de intolerancia religiosa. En ocasión del tema que hemos estado comentando en las últimas semanas conviene traer a colación algunas notas que aparecen en el libro Protestantismo, diversidad y tolerancia, que editó en el 2002 la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, junto con Carlos Martínez García, colaborador de La Jornada, y que se encuentra completa en Internet.

La resurrección de Canoa
“El vienes 2 de febrero de 1990 un grupo de 160 protestantes, en su gran mayoría de edades entre los 17 y los 24 años, pertene­cientes a la denominación “Monte Tabor: Misión de los 70”, ascendió al Ajusco, a la zona que corresponde a los pueblos de Xicalco y La Magdalena Petacalco, para efectuar un retiro es­piritual durante la noche… A las 23:15 horas se presentaron unos hombres con perros, exigiéndoles a gritos la salida inmediata y conminando a los dirigentes (Juan M. Isáis, Honorato Carpio y Filiberto Pacheco): “somos creyentes en Jesucristo; pertenecemos a la Virgen de Guadalupe y no los queremos aquí. Váyanse antes de que los matemos. Somos la autoridad (…)”.
En la expedición punitiva participaron, en la etapa del cerro, unas 3 mil personas de tres pueblos. El caos –coinciden los testimonios– fue impresionante, no se interrumpió un minuto el vocerío, llegaban camiones y camionetas, todos querían inter­venir, y se repetía el mismo diálogo:
–¿Qué están haciendo aquí?
–Venimos a orar por la salvación de la ciudad de México, era la respuesta.
–No queremos a los protestantes. No queremos que oren por nosotros. Déjenos como estamos. Así estamos bien. Y váyanse antes de que los matemos”. (…).

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