sábado, 5 de febrero de 2011

Letra 207, 6 de febrero de 2011


LAS MUJERES EGIPCIAS HACEN SU PROPIA REVOLUCIÓN
Marina Villén
www.terra.es, 4 de febrero de 2011

La tensión y la violencia vividas en los últimos días, cuando se han sucedido los enfrentamientos entre los partidarios y opositores al presidente, no han disuadido a las mujeres de tomar las calles y aportar su granito de arena a este momento histórico. "Vamos a cambiar el sistema, queremos libertad", aseguró hoy a Efe en la plaza Tahrir (plaza Liberación) la egipcia Amel Said, quien no puede reprimir su euforia en esta jornada bautizada "Día de la salida".
Esta denominación sintetiza el deseo de decenas de miles de manifestantes de que hoy, viernes 4 de febrero, sea la fecha esperada en la que Mubarak abandone el poder después de tres décadas. Said, una mujer de mediana edad perteneciente a las clases populares, explicó que su marido y su familia le animaron a participar en las manifestaciones, algo novedoso en una sociedad conservadora y patriarcal en la que la mujer juega por lo general un rol secundario.
"Como las mujeres toman parte en esta revolución, ahora tendrán voz en los asuntos de Egipto", subrayó Said, sentada en la entrada de la tienda de campaña donde duerme desde hace una semana en el centro de la plaza Tahrir. Esta confianza es compartida por muchas mujeres, que no ocultan su sorpresa ante la masiva participación femenina en esta revuelta popular sin precedentes.
Como dijo a Efe la directora del Centro Egipcio para los Derechos de la Mujer, Nehad Abul Komsan, "lo que ha pasado estos días en las calles es impresionante". 'Se podían ver mujeres manifestándose al lado de los hombres y mujeres durmiendo en la plaza Tahrir. Esto es extraordinario"', agregó. Para Komsan, las protagonistas de estas manifestaciones son "una nueva generación de mujeres que tiene estudios, expresa sus sentimientos en internet y que es bien recibida en los movimientos de protesta". Esta descripción encaja muy bien con las jóvenes de clase media y alta que armadas con su Blackberry copaban las protestas de los primeros días e informaban minuto a minuto de los acontecimientos en la red social Twitter.
Sin embargo, según han pasado los días, se han hecho un hueco en la plaza Tahrir mujeres de todas los estratos sociales, conservadoras y liberales, tocadas con el 'niqab' (velo que cubre todo el cuerpo salvo los ojos) o con el cabello al aire.
En esta plaza, se encontraba hoy también la joven Sara Ismail, que reside desde hace un año en Siria y regresó el pasado sábado a Egipto para participar en las protestas políticas contra Mubarak. Ismail aseguró que en esta revuelta la situación ha mejorado para las mujeres, y si en otras concentraciones debían vestirse de forma más recatada, ahora no es necesario.
'Voy vestida como siempre y ni la gente más conservadora me dice nada', señaló con alegría esta joven activista, que añadió que tampoco se están produciendo casos de acoso sexual, una lacra en la sociedad egipcia. "La solidaridad es lo que está haciendo que la revolución sea del pueblo y no de una cierta clase social o de un único sexo", resumió Ismail.
La plaza Tahrir, epicentro de la revuelta popular que comenzó el pasado 25 de enero, no tiene tribunas públicas sino improvisadas, donde cualquiera se lanza con lemas que la multitud repite con euforia. Las mujeres no se quedan atrás. "El Gobierno de Mubarak es ilegal", "el Parlamento es ilegal", "Mubarak vete ya, hoy es el día de la salida", gritaba hoy una joven tocada con un pañuelo palestino, mientras una treintena de hombres y mujeres coreaban sus eslóganes.
También es el caso de Samia Ibrahim, que en las primeras filas de una barricada, situada en uno de los accesos a Tahrir, se mantenía alerta por si los partidarios de Mubarak decidían atacar como en días anteriores. 'Ayudamos a los heridos que han sido golpeados o tiroteados, y también si hay alguien con armas lo detenemos', dijo a Efe con valentía Ibrahim, mientras llevaba en su mano izquierda cuatro piedras listas para arrojarlas.
Todavía reina la incertidumbre acerca del futuro de Mubarak después de esta multitudinaria jornada de protestas, pero de lo que no hay duda es que, como dice Komsan, estos días se ha dado "un gran paso" en los derechos de la mujer y "se han roto barreras culturales".
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LA CONVERSIÓN DE UN OBISPO: SAMUEL RUIZ EN CHIAPAS (II)
ALC Noticias, 26 de enero de 2011

En febrero de 1973, con el proceso de "desmontaje" de los logros de Medellín en marcha, y siendo presidente del Departamento de Misiones del CELAM, presentó una ponencia en la Conferencia Católica de Cooperación Inter-Americana (CICOP) titulada "Los cristianos y la justicia en América Latina", en la que sintetizó claramente el estadio en que se hallaba su comprensión de la problemática eclesial de aquellos días: su abandono de la "teología abstracta" y su apego a la "teología concreta", o del acontecimiento, aquélla que lleva hacia una praxis que


no es una acción cualquiera, sino la acción estratégica y tácticamente eficaz de la dependencia estructural de América Latina, como liberación política y económica del sistema sociopolítico establecido (captado como "injusticia estructural", "violencia institucional"), pero abarca también la liberación como proceso permanente y ascendente hacia nuevas formas de "ser más", actualizando la capacidad y potencialidad humanas […] Se trata, por tanto, de una liberación ni sólo "espiritual", ni solamente "política", sino de una verdadera liberación integral. (pp. 116-117)

Habiendo llegado a estas concepciones, la tarea episcopal en San Cristóbal se enfocó privilegiadamente hacia los indígenas, lo que no dejó de incomodar ostensiblemente a los ricos del lugar, que se sintieron discriminados. En 1974, las circunstancias le permitieron al obispo Ruiz participar en la organización de un Congreso Indígena, cuyo principal logro fue canalizar las formas de organización indígena que estaban surgiendo hacia una expresión unificada de sus perspectivas. Naturalmente, a estas alturas de su trabajo, Samuel Ruiz ya era blanco de las críticas dentro y fuera de la Iglesia católica mexicana.
Fazio reconstruye cuidadosamente el resto de los episodios que el obispo enfrentó en décadas subsiguientes: el problema de los refugiados guatemaltecos, entre 1984 y 1986, que le ofreció la oportunidad para plantearse la pastoral de otro tipo de indígenas, quienes abandonaron su territorio a causa de los crímenes militares. Para entonces, las fricciones con el gobierno mexicano eran bastante frecuentes. Especialmente en este caso, en el que la tradicional hospitalidad mexicana hacia los exiliados se vio trágicamente menoscabada por las presiones del gobierno vecino. Algo similar, aunque más cargado hacia la política interior, sucedió en 1991 con el caso de Joel Padrón, párroco de Simojovel, cuyo encarcelamiento movilizó a la diócesis de San Cristóbal de una manera que alcanzó a preocupar a núcleos sociales más allá de las fronteras. Este asunto precedió a las nuevas relaciones Estado-iglesias establecidas con los cambios constitucionales de 1992, además del aumento de la presión encaminada a remover al obispo de su cargo.
Las acusaciones relativas a "errores doctrinales y pastorales" habían hecho ya de Samuel Ruiz el paradigma de la lucha por un clero católico genuinamente comprometido, aunque marginal, en el seno de una Iglesia acostumbrada a un modus vivendi social, político y económico, que de ninguna manera compromete sus antiguos privilegios y canonjías. La administración vaticana de Juan Pablo II tuvo que replegarse ante los inesperados reacomodos que el país experimentó en materia social, política y religiosa. Cuando, en agosto de 1993, Wojtyla visitó el país por tercera vez, el obispo le entregó un informa global de la situación del país ("En esta hora de gracia"), donde sin ahorrar detalles respecto a las políticas económicas salinistas, no solamente resumió sus 34 años de quehacer episcopal sino que también puntualizó cuáles eran los principales males de la sociedad mexicana. El triunfalismo del capitalismo salvaje, la euforia filo-primermundista por el TLC y la falta de democracia real, entre otros problemas, caracterizaron en ese instante la dinámica de la vida nacional.
En ese documento, al lado del testimonio acerca de la evolución de un pastor, Juan Pablo II pudo leer la cruda conclusión acerca de la no-conversión de los opresores, católicos también, de los indígenas:

No hemos podido encontrar (si lo hay) un método pedagógico para llegar al corazón de quienes, geográficamente cercanos al indígena y al campesino, lo están lejos con el corazón […] La conversión del llamado caxlan o mestizo tiene que pasar, en algunos casos, por una restitución que supone la salida de todos ellos de la comunidad, por haberse adueñado de casas y terrenos indebidamente. Vemos que en no pocos mestizos se va haciendo claridad en sus corazones, como también vemos en otros un endurecimiento. La presencia del pobre […] ha provocado el celo y la sensación de que están quedando fuera de una Iglesia, a la cual conocieron y en la cual vivieron como un lugar de culto, sin ningún compromiso en el seguimiento de Jesús y sin preocupación por el hermano. (p. 231)

El discreto apoyo de varios obispos en el seno del Episcopado Mexicano se transformó, lentamente, en un sólido soporte para la labor pastoral de este obispo, que ante las circunstancias extraordinarias que ha vivido Chiapas, vio agigantarse su obra de acompañamiento de los indígenas que creyeron que no había más remedio que la insurrección para tratar de mejorar su situación de pobreza y marginación. Al final del libro, uno no puede dejar de experimentar la sensación de que, en su labor de mediador, Samuel Ruiz desempeña un papel muy difícil, dado que su imparcialidad está en entredicho. Él mismo no negó nunca su parcialidad y simpatía hacia las reivindicaciones del EZLN, aunque ha tomado distancia de la vía violenta como tal. No obstante, los sectores más reaccionarios, católicos y de otros signos retrógradas, no pudieron perdonar la búsqueda de fidelidad a un Evangelio cuya mediatización tradicional ejercida por las cúpulas clericales ha impedido la posibilidad de más conversiones para encontrar a Jesucristo entre los indígenas, los señalados por los obispos de Tuxtla y Tapachula, como "los más pobres entre los pobres".
Leer este libro es, como señala la contraportada, asistir de cerca a la evolución del pensamiento político de la Iglesia Latinoamericana. Ruiz no fue, entonces, un "viejo rojillo enmohecido", como quieren algunos de sus detractores, sino más bien una muestra evangélica de cómo, al asumir los riesgos liberadores del mensaje cristiano, no se libra uno del peligro de equivocarse, pues más bien, por el contrario, se corre otro más sublime, el de acertar en la obediencia a Jesucristo entre la humanidad. Después de todo, como dijo Mario Yáñez en la catedral de San Cristóbal el 24 de noviembre de 1994 en un acto de reivindicación de la diócesis, "el Evangelio nunca se equivoca".
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DETIENEN A LA APODERADA LEGAL DE CASITAS DEL SUR
Alberto Morales
El Universal, 3 de febrero de 2011

Olivia Barroso Hernández, representante legal de Elvira Casco Majalca, ex directora de la casa-hogar Casitas del Sur, fue detenida el martes pasado por elementos de la Policía Federal (PF), por su probable responsabilidad en los delitos de delincuencia organizada y tráfico de menores.
La PF informó ayer que, según las líneas de investigación, se ubica a Barroso Hernández como la representante legal de Casco Majalca en diversas audiencias de juicios interpuestos por los padres de los niños desaparecidos.
Además, se le vincula con la privación ilegal de la libertad de dos menores originarios de Oaxaca, quienes hasta la fecha continúan desaparecidos.
Barroso Hernández fue detenida en las inmediaciones de la colonia Fuego Nuevo, en la delegación Iztapalapa. […]

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