sábado, 26 de noviembre de 2011

Cristo Pantokrátor, señor de todos los poderes, L. Cervantes-O.

27 de noviembre, 2011

El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará (basileúsei) por los siglos de los siglos.

Apocalipsis 11.15, RVR 1960

1. Fe apocalíptica y batalla espiritual contra las fuerzas malignas

Parecería muy obvia la afirmación bíblica acerca de la superioridad de Jesucristo, del Cristo resucitado, sobre las huestes malignas. No obstante, en el libro de Apocalipsis se subraya expresamente que es el resultado de una batalla cósmica y espiritual en la que, por un lado, las fuerzas cristológicas se imponen con esfuerzo, y por el otro, las satánicas oponen una férrea resistencia, aunque finalmente son sometidas definitivamente. La perspectiva apocalíptica es particularmente incisiva en destacar, por así decirlo, que se trata de una auténtica guerra que es librada también por representantes del Hijo de Dios crucificado y que enfrentarán verdaderas tragedias y masacres a manos de los personeros del mal. En la visión del cap. 11, hay dos personajes que recuerdan a profetas (Moisés y Elías) que “regresan” del pasado para sumarse a esta lucha sin cuartel, sin dejar de entrar en el esquema de la “violencia sagrada” que reclama sangre y un martirio visible. Su muerte forma parte de un proceso de resistencia y exhibición de la magnitud con que la “trinidad satánica” (caps. 12-13: el dragón y las dos bestias) se opone a los designios divinos de paz y justicia, y cómo es capaz de mostrar su fuerza a los ojos del mundo, como si fuera capaz de imponer sus condiciones sin oposición ni juicio alguno, recurriendo al criterio de la “mortandad necesaria” para el mantenimiento de la estabilidad y el orden. Para esas fuerzas, la muerte violenta es “un bien necesario”.

La intensidad del conflicto espiritual pone delante de la humanidad el grado de sadismo que es capaz de alcanzar la oposición al bien divino y la manera en que las fuerzas malignas trastocan la mirada espiritual de las mayorías manipulables, pues se espera que acepten, sin más, que estas muertes son necesarias para impedir que el caos se imponga, todo dentro del esquema sacrificial. X. Pikaza comenta:

Los dos profetas de Ap 11, unidos al Señor crucificado, son chivos expiatorios: […] “…Es concebible que una víctima aparezca como responsable de las desdichas públicas, y eso es lo que ocurre en los mitos, al igual que en las persecuciones colectivas, pero la diferencia reside en que exclusivamente en los mitos esta misma víctima devuelve el orden, lo simboliza e incluso lo encarna” (R. Girard, El chivo expiatorio). Los asesinos de Ap 11 no pueden sacralizar ya a los asesinados, pero tampoco pueden ni quieren olvidarlos: los dejan insepultos en la calle y avanza, siguen avanzando, sobre sus cadáveres, construyendo su cultura de falso placer y regalos sobre el cimiento de esos cadáveres…[1]

El conflicto espiritual es, pues cósmico, histórico y cotidiano, a la vez, y se desarrolla en esos niveles permanentemente, por lo que la fe requiere situarse en ellos para reaccionar y actuar en consonancia con los planes divinos anunciados y realizados según esta visión. El Apocalipsis expone una confluencia de tiempos, razones y esperanzas en medio de un mundo convulsionado por imperios, poderes y procesos mortíferos que intentan alterar o retardar la instalación del Reino divino mediante argucias diversas ideadas para confundir y seducir a los menos prevenidos. Su capacidad para engañar con su poder temporal es muy grande y sólo puede oponérsele una fe que abarque los varios niveles de riesgo de sumisión a sus argucias. Ésa es la razón de ser de la visión apocalíptica.

2. El Pantokrátor, un gobernante sobre todos los poderes

Ap 11 concluye con una liturgia de entronización, luego de su victoria escatológica, en la que los 24 ancianos, representantes de la comunidad creyente de todos los tiempos (12 + 12), celebran el establecimiento futuro del Reino de Dios y de su Ungido. El título Pantókrator (“el que gobierna sobre todas las cosas”, “Todopoderoso”), repetido innumerables veces a lo largo del libro (1.8; 4.8; 11.17; 15.3; 16.7, 14, etcétera), subraya el dominio cósmico, espiritual y político de Dios sobre todas las cosas creadas. Siendo ya el creador, con él se agrega la afirmación de su supremacía sobre todos los poderes del mundo. A la pregunta retórica sobre quién manda y juzga verdaderamente en este mundo (6.9-11), el Apocalipsis responde tajantemente, como explica Elisabeth Schüssler Fiorenza:

El símbolo teológico central del libro es entonces el trono, ya sea el divino y liberador o el poder demoniaco y mortífero […] Tomando el punto de vista de aquellos pobres y sin poder, Apocalipsis proyecta su visión alternativa y un universo simbólico en un lenguaje socio-económico y mediante una imaginería político-mitológica. […] el autor de Apocalipsis describe a Cristo en términos políticos como un “Rey de Reyes” (19.16) y el cordero poderoso que es el único digno de ejercer el señorío.[2]

La derrota de las fuerzas satánicas implica que la soberanía y el reinado de Dios y de su Hijo se impondrán finalmente. Además, es el resultado de dos situaciones: la obra de Cristo en su vida, muerte y resurrección, y la suma de la fidelidad de Dios a su pacto y la fidelidad de su pueblo ante las pruebas y el martirio (20.4). Los dos elementos aparecen claramente reflejados en el texto apocalíptico. Pero el conflicto tiene otras etapas: en el cap. 12, la figura del dragón, al ser resistida por la comunidad simbolizada en la mujer celestial, abiertamente hace la guerra “contra el resto de la descendencia de ella, [esto es], los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (12.17); lo mismo en 13.7, donde se afirma que puede vencerlos. En 20.1-4 lo muestra sometido y sujeto a la voluntad divina, pero aún con un margen de acción, pero finalmente es derrotado y castigado (20.10).

Esta dinámica de lucha, compromiso y resistencia espiritual, atisbada por la visión apocalíptica, es el motor para la existencia individual y colectiva de quienes sientan hoy también el deseo de unirse a la superación progresiva, pero siempre difícil, del conflicto entre las fuerzas y procesos que llevan adelante la presencia del Reino de Dios en el mundo y los que intentan, por el contrario, imponer un estado de cosas dominado por la muerte y la injusticia. Pero la promesa y la esperanza en la victoria de ese Reino es la base de la acción y la fe para las comunidades que viven a la expectativa de esa venida.



[1] X. Pikaza Ibarrondo, Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1999 (Guías de lectura del Nuevo Testamento, 17), p. 132.

[2] Cit. por Claudio Bedriñán, La dimensión socio-política del mensaje teológico del Apocalipsis. Roma, Universidad Gregoriana, 1996, p. 24.

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