sábado, 13 de agosto de 2016

Fieles a la Palabra de Dios en cualquier circunstancia, L. Cervantes-O.

14 de agosto, 2016



El rey aceptó firmar la ley. Daniel lo supo, pero de todos modos se fue a su casa para orar a Dios. Daniel acostumbraba orar tres veces al día, así que entró en su cuarto, abrió la ventana y, mirando hacia Jerusalén, se arrodilló y comenzó a orar.
Daniel 6.9-10, Traducción en Lenguaje Actual


1. La Palabra de Dios y la literatura apocalíptica
Fase evolutiva y bien diferenciada de la literatura profética, su antecedente inmediato, se distinguió porque sus autores descreyeron radicalmente de la acción política y porque proyectaron sus esperanzas hacia un futuro que no alcanzarían a ver, aun cuando sus producciones textuales dejan ver que creían firmemente en la intervención divina en la historia. Sobre ésta, tales creyentes la veían como una sucesión de imperios sometidos al designio superior de Dios, aunque no dejaban de advertir los espacios de autonomía de las diversas hegemonías que se disputaron el control del mundo conocido en su época. Presente en porciones de profetas como Isaías (24-27) y Ezequiel (38-48), la actitud apocalíptica impregnó buena parte de la mentalidad y la fe del antiguo Israel desde antes del exilio y llegó hasta los tiempos de Jesús, quien también compartió la visión y la espera de la intervención extraordinaria de Dios en medio de los sucesos socio-políticos. Son apocalípticas sus famosas palabras contenidas en Mr 13 y en sus derivaciones de Mt 24-25 y Lc 21. Se trataba de visiones a largo plazo “en las cuales Israel, amenazado por las naciones paganas, sería salvado por una intervención divina”.[1] Lo apocalíptico era una fe y una mirada muy específica sobre la realidad que produjo algunas doctrinas tales como la creencia en los ángeles, en la resurrección, además de redefinir la concepción de la historia de los profetas antiguos.

El libro de Daniel, redactado alrededor de unos 170 años antes de Cristo (por lo que pertenece al bloque de los Escritos en la Biblia Hebrea), “evoca, mediante las visiones de un joven judío exiliado en Babilonia y unas expresiones e imágenes codificadas, el destino del pueblo judío perseguido por los Seléucidas y su milagrosa salvación”.[2] Como parte de su herencia profética, el autor creyó conveniente “utilizar el procedimiento literario apocalíptico para expresar sus ideas religiosas sobre la necesidad de ser fieles a la Ley de Dios y sobre el triunfo definitivo de Dios sobre los enemigos que históricamente se oponen a la implantación del ‘reino de los santos’”.[3] El concepto de revelación llegó a un punto en que se identificó casi por completo con las visiones que son el vehículo privilegiado para transmitir la voluntad divina, paso a paso con los acontecimientos que marcan el destino de los personajes principales: “Ya no se trata de transmitir la voluntad de Dios para el tiempo presente, sino de anunciar a largo plazo una intervención divina que supondrá la salvación de Israel, provocando el fin del mundo pecador y el comienzo de una nueva era. La forma literaria es la visión, que presenta una interpretación global de la historia acompañada de indicaciones sobre la fecha de los acontecimientos venideros”.[4] Nada de esto acontecía en la literatura profética anterior.

2. La fidelidad a la Palabra en medio de la oposición imperial
La sección histórica del libro de Daniel (caps. 1-6) se refiere al periodo babilónico-persa, en donde ubica una serie de acontecimientos que muestran la resistencia cultural y religiosa del judaísmo exílico, lo que aparece desde el inicio mismo ante la decisión del monarca babilonio de llevar consigo a algunos jóvenes intelectuales judíos (1.17) que servirían en la corte (1.18-21). Daniel, particularmente, dominaba el arte de interpretación de los sueños (2) y en el cap. 3 aparece la prueba de fuego (literalmente) para él y sus compañeros. En el cap. 4, Daniel demuestra nuevamente su superioridad sobre los adivinos de Babilonia ante la enfermedad del rey. El siguiente relato se ocupa de la caída de Belsasar, uno de los sucesores de Nabucodonosor y del ascenso de la dinastía medo-persa. El relato del cap. 6 sintoniza totalmente con el del 3, a pesar de sus diferencias: “La conclusión repite el mismo esquema anterior: una alabanza por parte del rey, y la prosperidad para Daniel. El castigo en el horno caliente y en la fosa de los leones es, sin lugar a dudas, una referencia a los mártires que fueron torturados en la guerra contra el imperio seléucida y, al mismo tiempo, es una invitación a mantener la resistencia”.[5]

El personaje Daniel es “un hombre excepcional, de espíritu superior, intachable en su administración del imperio persa e inquebrantable en su fe”.[6] La terrible prueba a la cual se ve sometido es “la última historia edificante que confirma la fidelidad de nuestro protagonista a la fe judía, antes de ser él mismo el receptor de las revelaciones divinas de la segunda parte del libro”. editado por un judío. El tema es muy evidente: estamos ante un episodio de “persecución contra el judío observante, tomando como ocasión de ella la contraposición entre la ley de los medos y los persas y la ley del Dios de los judíos. A través de esta oposición entre ambas legislaciones se enfrentan dos religiones, el culto del emperador y el culto del Dios vivo”.[7] La persecución religiosa, que en última instancia ocultaba la pretensión hegemónica del poder, podía estar ambientada bajo la dominación de Antíoco IV Epífanes (cf. Sal 74; 1 Mac 1.41ss; 2 Mac 6-7). El culto monoteísta judío causó muchos problemas a los descendientes de Alejandro el Grande, lo que más tarde desencadenaría la revuelta nacionalista judía de los Macabeos y dio origen a una larga lista de mártires. La exigencia espiritual profunda consistió en demandar de los creyentes exiliados una fidelidad absoluta a la ley divina, en este caso concreto al mandamiento de no adorar dioses ajenos, máxime ante el culto político de los medo-persas, que en esta ocasión muestran un rostro menos amable, con todo y que la figura del emperador se presenta con cuidado. La fidelidad a la ley antigua por parte de toda una generación de exiliados (que juraron lealtad al imperio: 6.22) sería el modelo para las que vendrían más tarde, en medio de un contexto de desesperanza y sometimiento a los poderes de turno.

Finalmente, el testimonio de Daniel alcanza al propio monarca y, así, se afirmará uno de los grandes postulados de la fe apocalíptica en relación con el reino venidero de Dios, proyectado en un futuro utópico pero cierto: “El reconocimiento del Dios de Daniel por parte de Darío constituye una confesión de fe en el único Dios [6.26-27]. Reviste esta confesión de fe la forma de un breve himno en el cual se afirma que el Dios de Daniel es el Dios vivo que vive para siempre, su reino es un reino que no será destruido y su imperio no tendrá fin”.[8] Como resume bien Jean Meyer: "Los cristianos deberían ser iconoclastas; el ídolo del Estado-nación no puede ser suyo, y tampoco los otros ídolos. Tienen que emprender de nuevo el combate de los profetas y salir de la trampa religiosa para jugar su papel destructor de las obsesiones sagradas". [9]

[1] Olivier Millet y Philippe de Robert, Cultura bíblica. Madrid, Universidad Complutense, pp. 34-35.
[2] Ibíd., p. 35.
[3] “Daniel”, en www.mercaba.org/Biblia/Comentada/profetas_daniel.htm.
[4] O. Millet y P. de Roberto, op. cit., p. 134.
[5] José Ademar Kaefer, “‘Bienaventurado aquel que persevera’ (Dn 12.12): una introducción al libro de Daniel”, en RIBLA, núm. 52, 2005-3, p. 128, www.claiweb.org/images/riblas/pdf/52.pdf.
[6] José Héctor Lüdy, “Daniel”, en Comentario al Antiguo Testamento. II. Estella, La Casa de la Biblia, 1997, p. 271, www.ebam.org/libros/Comentario-Al-Antiguo-Testamento-II-profetas-sap%ecenciales-poeticos.pdf.
[7] Ídem.
[8] Ibíd., p. 272.
[9] J. Meyer, "Religión y nacionalismo", en De una revolución a otra. México, El Colegio de México, 2013.

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