jueves, 10 de enero de 2008

"En tu mano están mis tiempos": eternidad e historia en la perspectiva divina (Salmo 31), L. Cervantes-Ortiz

31 de diciembre, 2007

1. Tiempo y eternidad desde la mirada divina
El tiempo, para los autores bíblicos, no era lo mismo que para nosotros hoy, pues para ellos, atentos, por un lado, a los vaivenes humanos, pero sobre todo a la perspectiva divina, en la cual percibían claves misteriosas para ubicarse en el mundo con una visión que trasladase la trascendencia a la vida cotidiana. La sensación de abandono y dependencia que experimentaban la plasmaron de diversas maneras en los textos. Así, mientras que por un lado los salmos dan fe de una búsqueda de fe profunda y diligente, dentro del marco de la alianza de Dios con el pueblo, libros como el Eclesiastés observan con una buena dosis de escepticismo el paso del tiempo, aunque con una sabiduría asentada por la observación y el análisis minucioso de la conducta humana. Pocas veces encontramos la palabra eternidad en la Biblia. En el salmo 103.17 se utiliza para subrayar la amplitud de la misericordia y la justicia de Dios sobre los que le temen. Y en Eclesiastés 3.11 (“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio y hasta el fin”), aparece con elocuencia contundente, pues allí se aprecia cómo el sabio intuye que la manera en que Dios percibe el tiempo se encuentra como escondida en el corazón humano, escindido éste en su debate trágico entre el tiempo y la eternidad, la historia y la superación de la misma.
Los ciclos vitales vividos por el pueblo de Dios hicieron que al celebrar el inicio de un nuevo año insistiera en la renovación del pacto. En Mesoamérica se vivía algo muy similar con la ceremonia del fuego nuevo, en la cual el pueblo entero participaba del ingreso a una nueva época marcada por la regeneración del mundo. Al finalizar un periodo de 52 años, debían extinguirse todos los fuegos al tiempo que se destruían enseres domésticos, la mujeres y niños se recluían en sus casas y los hombres se reunían al pie del cerro. Al anochecer los sacerdotes ascendían al cerro y con un cuchillo ritual sacrificaban a una víctima. Sobre su pecho abierto se encendía un fuego y se pasaba al tlecaxitl, de donde luego se encendían las antorchas para los templos y los hogares. El nuevo amanecer significaba que el mundo se había salvado de la destrucción y que comenzaba un nuevo ciclo de 52 años.

2. El tiempo humano en las manos de Dios
En el salmo 31, la afirmación “En tu mano están mis tiempos” remite a lo que, como explica Karl Barth, es el tiempo humano, es decir, la historia de nuestra vida, la conjunción de tiempos: “Mi tiempo es la historia de toda mi vida, con todo lo que he sufrido y he hecho y, tal vez, tendré que sufrir y hacer, la historia de mi vida, con todo lo que fui, soy y seré”.
[1] El tiempo como tal no existe: somos los seres humanos mismos, el transcurrir de la historia a través de nuestra piel, nuestros sentimientos y experiencias. Al ser nosotros mismos, ese tiempo es valioso para Dios, como comenta Barth: “Mi tiempo, por lo tanto, no está por ahí en alguna parte […] Ni va rodando como una bola echada por una mano invisible. Ni tampoco tiembla como una hoja al viento. […] Se mantiene en pie porque está en tus manos”.[2]
Cuando hablamos del destino, en ocasiones parece que usamos el término de la misma forma que se acostumbra en general, es decir, como si se tratase de una realidad ciega, fatalista, ajena a lo humano. El salmista subraya que su tiempo, nuestro tiempo, está en las manos de Dios, no en las de un destino ciego, pues como dice Barth: “Con el destino podría arreglármelas. Contigo, oh Dios, no me las puedo arreglar, lo único que puedo hacer es estar junto a ti”.[3] Como escribió Amado Nervo: ¡Que yo fui el arquitecto de mi propio destino”. No, el salmista niega incluso esto, que el tiempo esté en las propias manos humanas pues: “Es bueno que yo no sea mi propio señor, que mi tiempo no esté en mis manos. Sino que mi tiempo, la historia de mi vida, yo mismo, estemos en tus manos”. Porque, qué mejor que estar en esas manos, manos paternales que dirigen a buen destino. Manos que representan el cuidado atento de un Dios que elige, conduce y acompaña las vidas humanas. Manos que prometen que nadie que haya llegado hasta ahí podrá ser arrancado o arrebatado. Como dice Unamuno en un poema: “Al corazón sobre tu pecho pones/ y como en dulce cuna allí reposa/ lejos del recio mar de las pasiones,// mientras la mente, libre de la losa/ del pensamiento, fuente de ilusiones,/ duerme al sol en tu mano poderosa”.[4]

3. La proyección de la esperanza en el futuro
Po todo ello, la actitud del salmista esboza un modelo de dependencia de la mano de Dios que recorre el texto de principio a fin. La experiencia de la protección divina le hacen decir (y anunciar) que la presencia divina, en todos sus tiempos, es una garantía para sobrevivir en medio de los peores augurios. Nosotros hoy, ante las amenazas económicas, morales, políticas y de todo tipo, sólo apelamos a la misericordia y fidelidad de Dios, a la hora de avanzar en el tiempo, el que nos consume y nos acerca cada día a la presencia del Señor. Así, la oración con que se planta uno delante de Él puede ser como aquella que elevó en su momento el gran pensador danés Søren Kierkegaard:

Oración
Un año más ha pasado, ¡oh Padre celestial! Te agradecemos que lo añadas al tiempo del perdón; y no estamos en absoluto asustados al pensar que se añadirá también a las cuentas que habremos de entregarte, porque confiamos en Tu misericordia.
El año nuevo se nos presenta con sus exigencias, y aunque entramos en él abatidos y preocupados, sin poder ni querer ocultar el pensamiento de lo que deleitó nuestros ojos y nos mantuvo bajo su encanto, ni el pensamiento de venganza cuya dulzura nos sedujo, ni de la ira que nos volvió implacables, ni del corazón reseco que huyó lejos de Ti; sin embargo, no entramos en el año nuevo sin recordar las angustiosas dudas que fueron apaciguadas, las secretas aflicciones que fueron consoladas, el alma abatida que fue levantada, la alegre esperanza que no fue desilusionada.
En nuestros momentos de tristeza queremos fortalecer y reanimar el corazón con el pensamiento de los grandes hombres que tú escogiste para ser tus instrumentos y que en la dureza de las tribulaciones espirituales, en la angustia de sus corazones, conservaron el alma libre, el valor intacto, el cielo abierto ante sus ojos; también nosotros queremos sumar nuestro testimonio al suyo, seguros de que, como ellos, si nuestro ánimo no es más que desfallecimiento y nuestra fuerza impotencia, Tú al menos eres el mismo, el mismo Dios poderoso que prueba a los espíritus en la lucha, el mismo Padre sin cuya voluntad los pájaros no caen en tierra. Amén.
[5]

Con palabras así, respetuosas de la majestad de Dios y del devenir humano, es posible afrontar cualquier contingencia o situación, puesto que al depender de Él, con la certeza de la fidelidad a su pacto, la fe podrá sostenerse en medio de todo.

[1] K. Barth, Al servicio de la Palabra. Salamanca, Sígueme, 1985, p. 178.
[2] Idem.
[3] Ibid., p. 179.
[4] M. de Unamuno, “En la mano de Dios”, en L. Cervantes-Ortiz, sel., Lo sagrado y lo divino. Grandes poemas religiosos del siglo XX. México, Planeta, 2002, p. 15.
[5] S. Kierkegaard, La espera de la fe. Con ocasión del año nuevo. México, Publicaciones Cruz, 1993, p. 11.

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