jueves, 10 de enero de 2008

De un inmigrante y exiliado político, Enrique Dussel

Lo que se llama Navidad es una festividad de las culturas del Mediterráneo y de otros pueblos en la que se celebraba el 21 de diciembre, el día más corto del año, porque desde ese día el sol habría de ir “creciendo”. Era el solis natale. Desde el tercer siglo dC, el cristianismo adoptó esa fiesta, que no era judía ni cristiana, y celebró el nacimiento de Joshúa de Nazareth. Las circunstancias de ese nacimiento pasan frecuentemente desapercibidas, fetichizadas bajo sentimientos completamente superficiales. […]
El monarca colonial colaboracionista del Imperio romano, siendo Herodes un usurpador no de estirpe real, al enterarse que había la posibilidad del nacimiento de un descendiente de David, temiendo que un día le disputara el poder, ordenó “matar a todos los niños de dos años abajo en Belén y sus alrededores” (Mat 2.16). […]
Vemos entonces que la vida de Joshúa se inició en el peligro de la pobreza, la humillación, la opresión (nació en un pesebre), y no bien nacido casi lo asesinan (de no ser por los buenos informantes que tenía José). ¡Era entonces un perseguido político! Y léase bien: perseguido político y no religioso, porque se lo intentó asesinar porque en la “genealogía de Joshúa, el Ungido, [estaba indicado que era] descendiente de David (Lc 1.1). […]
Lo cierto es que aquella familia de exiliados políticos e indefensos inmigrantes cuando tuvieron información de que murió Herodes regresaron a Israel. Pero, como toda familia de exiliados, políticos, “tuvo miedo de ir allá”, y esto porque “Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes”. Fue por ello que prefirió estar lejos de Jerusalén donde los servicios de inteligencia de la época eran menos activos, y por ello “se retiró a Galilea” (Lc 2.22-23).
Pero no es todo. Al final de su vida, aquel laico (porque Joshúa nunca fue sacerdote, y celebró cultos propios de todo padre de familia, como el hagadá, la llamada “última cena”) enderezó su crítica en primer lugar contra la corrupción de la religión de su pueblo (“toda crítica comienza por la crítica a la religión”, dirá siglos después un descendiente judío alemán), ya que entrando al templo de Jerusalén “volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, diciéndoles: Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones” (Mt 21.13), claro que, al menos, no debó criticarlos por protectores de pederastas. […]


La Jornada, 27 de diciembre de 2007, p. 16

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