jueves, 10 de enero de 2008

"He aquí yo hago nuevas todas las cosas": Nuevos cielos y nueva tierra (Apoc 21.1-14), L. Cervantes-Ortiz

6 de enero de 2008
1. La mirada escatológica de Apocalipsis, una mirada de esperanza
Un acercamiento serio y respetuoso al Apocalipsis, en momentos de reinicio de época, puede permitir advertirlo como una ventana hacia el presente y el futuro con profunda esperanza. Todo ello porque el tipo de literatura al que pertenece mezclaba, en dosis adecuadas, la crítica al presente y el llamado a la resistencia con anuncios de esperanza basados en la intervención de Dios en la historia para levantar a su pueblo. Vista de esta manera, los elementos apocalípticos de la fe de los creyentes del primer siglo pueden ayudarnos hoy a conformar una visión que incorpore creativamente ambos aspectos y alimente nuestra perspectiva. Como señala Samuel Pagán: “El ministerio apocalíptico desarrolla una teología de consolación y salvación hacia los fieles perseguidos y angustiados, y una de juicio hacia los representantes de las fuerzas del mal que ofenden, hieren y matan al pueblo de Dios. Por un lado, se afirma la esperanza, el triunfo y la liberación de los fieles; por el otro, se proclama el juicio definitivo contra los que no han aceptado ni asimilado los valores del Reino de Dios”.
[1]
Pagán agrega que “Juan escribió las revelaciones para edificar y consolar, no para amedrentar, confundir o atribular cristianos”. La sugerencia es alentadora: “La fe en esa acción salvadora y transformadora de Dios impele a los cristianos a la movilización. El triunfo de Dios significa la derrota de la alienación, el cautiverio, la opresión, la desesperanza, la injusticia, el mal, la violencia y el dolor; es decir, la destrucción definitiva del pecado y Satanás. Ese triunfo divino hará posible la manifestación del Reino de Dios, que es la demostración visible, real e histórica de la soberanía de Dios y el señorío de Jesucristo”.[2] El poder divino para renovar el cosmos se manifiesta intensamente en la visión de Apocalipsis 21, adonde luego de las visiones del encarnizado combate entre Dios y sus enemigos, finalmente se impone para traer nuevas condiciones de existencia para toda su creación. Xabier Pikaza explica: “A los ojos de Juan la historia no acaba por pecado o vejez, cansancio o muerte sino por plenitud […] Ante el rostro radiante de Dios desaparecen las formas viejas de mundo e historia (cf. 20.11), no para perderse sino para ser sustituidas por las más honda verdad: la nueva tierra, el nuevo cielo”.[3]

2. Continuidad con el anuncio de Isaías 65
Esta visión tiene como claro antecedente la profecía de Isaías 65 (vv. 17-25), adonde Dios promete a su pueblo la renovación entera de mundo, es decir, la transformación de las situaciones negativas que aquél ha vivido para introducirlo a una etapa plena de justicia y paz, la utopía humana mayor. En aquel entonces, la experiencia del destierro había marcado profundamente la fe de una comunidad que necesitaba urgentemente recomenzar y justamente ése es el espíritu de esta nueva visión. La invitación divina consiste en olvidar el pasado y prepararse para un futuro pletórico de bendiciones y alegría (vv.17-18). La centralización de este nuevo estado de ánimo en Jerusalén estaba en función de los enormes sinsabores que había padecido. El horizonte mesiánico de Isaías ofrece un panorama de bienestar inimaginado hasta entonces y los elementos utópicos sobre la paz y la armonía, relacionados, entre otros, con la sobrevivencia de los niños (v. 20) y el trabajo para el beneficio propio (vv. 21-23) se enlazan para formar un tejido de esperanzas muy propicio para un pueblo sumido en la depresión.
La forma en que Apocalipsis relee esa profecía maneja un contraste efectivo, porque ahora no se trata de un pueblo en particular sino de la humanidad completa, a quien se le garantiza un futuro en donde el cosmos entero será renovado. No obstante, los tintes utópicos permanecen idénticos, pues a contracorriente de aquellos que anuncian el fin de la historia y de las ilusiones humanas, la mirada apocalíptica cristiana establece que el interés renovador de Dios por su creación permanece intacto y es susceptible de ser vivido de nuevas formas, especialmente en tiempos como los que vivimos, plagados de anuncios y realidades negativas sobre el porvenir, lo cual no quiere decir que se deba vivir irresponsablemente sino con una fe crítica, atenta a los aspectos positivos y negativos del presente.

3. Visiones para el futuro
La percepción de un futuro mejor ha pasado por numerosas variaciones conceptuales y de estados de ánimo en la experiencia humana. La fe cristiana también ha tenido que interrogarse sobre el tipo de esperanza que ofrece Dios y de transformación permanente realizada por Él a lo largo de la historia. No resulta sencillo ahora replantear las visiones del futuro cada vez que se reinicia una etapa o se atisba un nuevo rumbo. Elisabeth Schüssler Fiorenza resume muy bien la perspectiva predominante en el pasaje:

Los “primeros” cielo y tierra pertenecen ahora al pasado, pues eran fruto del dualismo antagónico entre el reinado de Dios y de Cristo en el cielo y el reinado del dragón y sus aliados en la tierra y en el abismo. El “nuevo cielo y la nueva tierra” están en continuidad con el cielo y la tierra de antes, pero forman un mundo cualitativamente nuevo y unificado. Esta nueva realidad se caracteriza por la presencia de Dios entre sus pueblos. […]
A diferencia de Pablo, Juan no piensa que en el Último Día los cristianos “serán arrebatados” a las nubes para salir al encuentro del Señor (I Tes 4.17), ni espera, como Daniel, que los justos brillen como estrellas en el cielo (Dn 12.3ss). El centro de la visión teológica y del impulso retórico del Apocalipsis es más bien la tierra. Esta nueva tierra se diferencia de la tierra que conocemos, pues “el cielo estará en la tierra”.
[4]

La diferencia cualitativa con el mundo anterior constituye la radical novedad de cielos y tierra. La deshumanización, la corrupción y la injusticia que, al parecer, se habían adueñado del mundo, dejan su lugar a una era de paz, justicia y armonía. Más allá de las imposiciones negativas del presente, la orientación cristiana subraya la acción re-creadora de Dios. “La realidad del nuevo cielo y de la nueva tierra no está determinada por el sufrimiento, el llanto, el duelo, el hambre, el cautiverio y la muerte, sino por la vida, la luz y la felicidad (cf. 7.9-15); en consecuencia, el mar, como lugar de las bestias y símbolo del mal (13.1), ya no existe (21.1). El mundo futuro de la salvación de Dios no es concebido como una isla, sino como una realidad que abarca a toda la creación”.
[5] Así, los impulsos ecologista de los creyentes no pueden ser entendidos sino como una extensión de la esperanza global en la renovación de todas las cosas que Dios llevará a cabo. Ése es el factor que hace la diferencia real entre la fe y la creencia en que las cosas, inevitablemente, te4ndrán un fin sin propósito ni sentido. Los y las creyentes en Jesucristo tienen mucho que enseñar a los demás si experimentan estos elementos apocalípticos de su fe.

Notas
[1] S. Pagán, El tiempo está cerca. Una lectura pastoral del Apocalipsis. Miami, Caribe, 1999, p. 127.
[2] Ibid., p. 130.
[3] X. Pikaza Ibarrondo, Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1999 (Guías de lectura del Nuevo Testamento, 17), p. 244.
[4] E. Schüssler Fiorenza, Apocalipsis: visión de un mundo justo. Estella, Verbo Divino, 1997 (Ágora, 3), p. 152. Énfasis agregado.
[5] Ibid., 152-153.

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Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

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