sábado, 12 de marzo de 2011

Letra 212, 13 de marzo de 2011


EL MAYOR DEFENSOR DE LA MUJER
Gabriel María Otalora
Noticias de Navarra, 7 de marzo de 2011

De entre todas las personas que a lo largo de la historia han defendido a la mujer, su dignidad y derechos frente a toda explotación e injusticia, abriendo una puerta grande a su condición de seres humanos iguales en todo a los varones, Jesús de Nazaret es el que mejor lo ha hecho. Los relatos evangélicos no dejan resquicio a la duda.
En efecto, Jesús sigue siendo el mejor ejemplo porque actúa sin fisuras para erradicar cualquier rechazo humano o condena legal socio religiosa a las que, ya entonces, estaban abocadas las mujeres por serlo. En aquella Palestina, las mujeres estaban marginadas y se encontraban entre las más pobres (sobre todo las viudas); no podían sobrevivir a menos que fueran parte de un hogar patriarcal, con lo que eso significaba. No era bien visto que un hombre conversara con una extraña, y las reglas prohibían encontrarse a solas con una mujer, mirarla si estaba casada e incluso saludarla. Era un deshonor para un alumno de los escribas hablar con una mujer en la calle. No digamos para un escriba.
Los deberes de la esposa consistían en atender a las necesidades de la casa, pero una mujer casada no se podía oponer a que bajo su mismo techo vivieran una o más concubinas de su marido. En cambio, si ella era sorprendida en adulterio, el marido tenía el derecho de matarla (a pedradas). Estaba obligada a obedecer a su marido como a su dueño. Por su parte, los hijos estaban obligados a colocar el respeto debido al padre por encima del de la madre. Y en caso de peligro de muerte había que salvar primero al marido. La mujer tampoco servía como testigo (igual que los niños y los esclavos) salvo en casos excepcionales.
Las mujeres judías eran especialmente impuras durante su menstruación. Si inadvertidamente tocaban a un hombre durante la regla, estaban obligadas a someterse a un ritual de purificación que duraba una semana antes poder volver a orar en el templo. Las mujeres que padecían desarreglos menstruales estaban marginadas socialmente. Pero Jesús no se preocupa en absoluto acerca de este ritual ―ni de otros― de impureza cuando se trata de devolver la dignidad y la humanidad perdida injustamente, ni del tabú de quedar él también impuro.
En el templo y en la sinagoga varones y mujeres estaban rigurosamente separados, las mujeres siempre en lugares inferiores, secundarios. En el templo las mujeres solo tenían acceso hasta el patio reservado para ellas y solo podían escuchar. Ellas eran invisibles además de impuras e inferiores, y no tenían poder alguno. Solamente partiendo de este trasfondo de la época podemos apreciar plenamente la postura de Jesús ante la mujer como un acontecimiento inaudito.
Resulta impactante la actitud radicalmente inclusiva de Jesús con todas las mujeres que se cruzaron en su vida, cuasi invisibles y sin poder ni influencia sobre nadie. Jamás se le atribuye a Jesús algo que pudiera resultar lesivo, marginador de la mujer ni discriminatorio. Nunca se refiere a ellas como algo malo, ni en ninguna parábola aparece como persona inferior a pesar de las leyes existentes. Tampoco les previene nunca a sus discípulos de la tentación que podría suponerles una mujer, como entonces era frecuente. Para Jesús, la mujer tiene la misma dignidad y categoría que el hombre. Por eso, su círculo de amistades es mixto, en el que hombres y mujeres viven y viajan juntos, mantiene amistad con ellas y las defiende cuando son injustamente censuradas.
Contra todo pronóstico socio religioso, algunas le acompañaban en la predicación junto a sus discípulos: María la de Cleofás, Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes, entre otras. Algunas incluso eran mujeres a las que Jesús había curado de malos espíritus -como fue el caso de María la Magdalena-, lo que entonces se entendía por estar dominadas por las fuerzas del mal; es decir, gente sospechosa. Sin olvidar que la mujer samaritana -pagana, cismática y pecadora- es la única persona que recibe la revelación de Jesús como Mesías y se convierte en misionera consiguiendo que su pueblo crea en Él.
Por tanto, no es de extrañar que fuesen mujeres las más fieles seguidoras de Jesús hasta cuando sus discípulos lo abandonaron. Son varias las mujeres a las que Jesús atendió y curó, como la suegra de Pedro, la madre del joven de Naín, la mujer encorvada, la siro fenicia (pagana) o la mujer que llevaba enferma doce años. Tuvo que llamar poderosamente la atención que Jesús curase a mujeres (impuras) y que les pusiese como ejemplos de fe mientras dejase a hombres honorables y cumplidores de la Ley de Dios sin experimentar en carne propia sus prodigios. Entre estos gestos de amor, la curación a una hemorroísa tiene un gran valor simbólico, ya que las mujeres cargaban sobre sus hombros su corporeidad en forma de pecado. Pero con esta curación Jesús redime a la condición femenina del oprobio de pecadora. Jesús percibe su toque en el manto, un toque a todas luces impuro según la tilde de la ley, quedando sana en público mientras escuchaba por boca de Jesús como le llamaba hija y le devuelve la paz.
Curiosamente, a Jesús no le acusaron de ser un libertino o mujeriego. A Jesús lo acusaron de blasfemo, de agitador político, de endemoniado, de estar perturbado y loco, a pesar de su amor lleno de ternura, compasión y misericordia infinitas, de delicadeza, que busca la fraternidad como signo de su Reino. Jesús escandaliza a los fariseos al valorarles menos que a las prostitutas, porque ellas creyeron en el amor mientras que ellos solo estaban pagados de sí mismos. Suena muy actual.
Pero si algo rompe aún más los moldes es su actitud con las pecadoras. Aquellas leyes protegían únicamente a los hombres, mientras la mujer repudiada o divorciada quedaba en una situación humillante que solía degenerar en la prostitución. Una vez más, Jesús se muestra sorprendente por su actitud con las mujeres: se puso a defender el corazón de aquella conocida prostituta en casa de su invitado marcando la distancia enorme que había entre el legalismo fariseo y el Reino de amor que propugna Jesús. Y se deja tocar y ungir los pies a pesar de que caía en impureza legal. Más impactante aún es el incidente de la mujer sorprendida en adulterio. A Jesús le ponen entre la espada y la pared: o la misericordia o la justicia, y si se quiere condenar a aquella mujer, se ha de condenar lo mismo al hombre que estaba con ella. No la condena, en contra de la legislación vigente de lapidación, discriminatoria y abusiva para la mujer. Estas actitudes de Jesús significaron una inmensa novedad en el marco de aquella época: la defensa de la mujer reivindicada como igual al varón, en todo, e igual ante Dios.
Este principio liberador que Jesús practicó hasta el final fue una audaz semilla sin que las consecuencias históricas fuesen inmediatas excepto en su pronta eliminación física, ajusticiado como un vulgar delincuente. Pero ahí quedó el poderoso germen, su ejemplo de amor que ha resistido a la Historia, y que ahora tiene más valor que nunca como acicate para que hagamos lo mismo, cuando tantas mujeres siguen discriminadas a pesar de que ahora algunas leyes les sean más favorables.
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LA PASTORAL ES COSA DE TODOS
Gabriel Moyano
Lupa Protestante, 17 de enero de 2011

Nos encontramos ya muy adentrados en el s. XXI y los cambios que se han originado en la vida han sido grandes y muy vertiginosos. A nivel científico, político, económico, pero sobre todo a nivel social. Y puesto que en el tejido social es donde más cambios se han producido, pienso que deberíamos enfocar correctamente la visión que debemos tener sobre la pastoral porque, a estas alturas donde nos encontramos y sin haber dedicado tiempo a plantearnos si nuestra pastoral es o no eficaz, pienso que posiblemente pueda estar algo desenfocada. Hemos estado mucho tiempo conviviendo con unos esquemas acerca de la pastoral, y se hace necesario, debido a los tiempos en que vivimos, a las herramientas de que disponemos y por la edad que ya tenemos, que seamos más críticos, no destructivos, con algunos planteamientos al respecto de dichos esquemas.
El primer planteamiento que me gustaría realizar tiene que ver con el concepto en sí: "pastoral".
La propia definición de "pastoral" nos dice que tiene que ver con todo lo relativo al pastor, y en este caso sería correcto el sentido que se le da a dicho concepto, ya que dentro del campo evangélico hemos entendido desde siempre que es el pastor quien debe encargarse de dicha función. Aunque existen puertas traseras que utilizan otros para realizar esta tarea, bien por que se creen maduros o bien porque les interesa el protagonismo, oficialmente el responsable ante la congregación de realizar la pastoral, es el pastor. El es la representación de la madurez delante de la congregación. Y así las cosas, todos contentos. Porque a todos nos gusta que haya alguien que se ocupe de realizar esta
tarea, ya sea porque le pagamos o bien porque sienta esta necesidad. Sin embargo, cuando leemos el N.T. nos encontramos con una realidad bien distinta. Y es que en ningún caso se menciona el hecho de que el pastor debe realizar "la pastoral" (salvo casos concretos en que debe visitar a los enfermos y a las viudas). Los autores de las cartas ni mencionan el concepto "pastoral" y mucho menos que sea algo que deben hacer los pastores. Por lo tanto, tenemos un serio problema de praxis comunitaria, ya que, nos guste o no, todos los miembros debemos ser responsables de preocuparnos los unos por los otros. Y esto no puede estar delegado en un asalariado o en alguien elegido para hacerlo. Esto sí que se encuentra bien detallado por los escritores de las cartas, ya que el concepto "los unos por los otros" está a flor de piel en todos los escritos. En esto consiste la verdadera pastoral comunitaria: en que sintamos vocación de preocupación los unos por los otros. Fuera de esto, la pastoral no es ni más ni menos que una mera asignatura en un seminario. Porque son los miembros de la comunidad los que deben tener este sentimiento de pasión por las vidas de aquellos que conforman el pueblo de Dios. Por supuesto esto no es óbice para que el pastor sea el primero en hacerlo y nos motive a realizar este ejercicio tan sano y enriquecedor para la vida de la comunidad.
Para llevar a cabo este planteamiento, se hace necesario que prestemos atención a un concepto que, a veces, parece más mundano que espiritual, y se trata del concepto amistad. Y digo esto porque, desde que nos convertimos el énfasis recae siempre en la hermandad que hemos recibido en Cristo. Somos hermanos y eso es indiscutible. Y esta idea que se repite una y otra vez tal vez haya asfixiado un poco el término amistad. Y a eso nosotros mismos hemos contribuido algo, ya que incluso a veces se nos exhorta a dejar la amistad que tenemos con aquellos que no son creyentes. El concepto amistad, a veces está más ligado al mal que al bien: amistad con el mundo, amistad con el dinero, con la fama, con el pecado. Y eso no es verdad, ya que la amistad es un concepto hermoso, digno de ser compartido con los demás.
Es por ello, que para realizar una buena pastoral, deberíamos recuperar la amistad que debe existir entre nosotros. Solo así podríamos conocernos los unos a los otros y saber cuáles son nuestras necesidades y aquellas cosas que nos agobian. Pero esto no puede llevarse a cabo mientras no entendamos que no podemos conocernos por vernos dos horas a la semana, y eso si es que llegamos a vernos. ¿Qué amistad puede existir con unos planteamientos así?. Es por ello que debemos entender la importancia de la amistad, porque solo así podremos ser estimulados a ejercer la pastoral los unos con los otros. Entendiendo que la pastoral no debe abarcar solamente a la comunidad, sino también a aquellos que nos rodean en nuestro día a día. Personas que están a nuestro lado y no les prestamos la más mínima atención y a las que tenemos el gran privilegio de poder echarles una mano en sus problemas.
Con la llegada de la Reforma, se abrió un nuevo mundo para el creyente al dársele la importancia que cada uno tiene, como indivíduo, dentro del pueblo de Dios. Es por ello que, en el sentido de la pastoral, si obviamos dicho descubrimiento, estaremos permitiendo que nuestra existencia comunitaria vaya empobreciéndose cada vez más, porque no existe nada más enriquecedor que nuestra vida se abra al otro. Y esto es tarea tuya y mía.

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