sábado, 24 de diciembre de 2011

El Salvador nació en un mundo conflictivo, L. Cervantes-O.

24 de diciembre, 2011

1. El relato de Mateo: la pregunta de Herodes

Las narraciones del nacimiento de Jesús no ahorran la presentación de los contextos, así sea de manera muy resumida. Al inicio del cap. 2 de Mateo, la mención del rey Herodes remite a una época particularmente conflictiva en la historia de Judea, pues su dominio sobre el país, obtenido de manera peculiar, había establecido una serie de situaciones que pusieron en entredicho la estabilidad social y religiosa. Llamado “el grande”, fue declarado rey por los romanos y reinó 33 años, hasta el 4 a.C. Hijo de Antópater, un idumeo, y de Kypro, una mujer nabatea, a quien se le buscó a toda cosa algún antecedente de esa raza, siempre fue considerado espurio por no tener sangre judía. Fue, en realidad, un palestino de cultura helenística dedicado al servicio de Roma, que dominaba Palestina desde que fuera conquistada por Pompeyo (63 a. C.). Herodes fue nombrado primero gobernador de Galilea (47) y posteriormente “tetrarca” para dirigir las relaciones de Roma con los judíos (41); pero hubo de huir ante el ataque de los partos, que apoyaban en el trono a Antígona, la última reina de la dinastía asmonea o macabea, representante de la resistencia judía contra la dominación política y cultural grecorromana. El Senado romano lo nombró rey de los judíos por indicación de Marco Antonio, con el encargo de recuperar Judea de manos de Antígona en 40 a.C. y combatió con ella durante tres años hasta que conquistó Jerusalén y la decapitó (37).

Su ilegitimidad dinástica y su indiferencia religiosa le hicieron impopular entre los judíos, especialmente frente al partido de los fariseos, quienes nunca le juraron fildeidad. Se vio obligado a establecer un régimen basado en el terror, con una persecución sangrienta de la antigua familia reinante (incluyendo el asesinato de su propia esposa asmonea, su suegra, su cuñado y tres de sus hijos. Inició la construcción del templo, que se inauguró entre el 20 y 19 a.C., para congraciarse con el pueblo, pero no alcanzó a verlo terminado, pues se concluyó hasta el año 64.[1] Ése fue el contexto de su obsesión por consolidarse en el trono frente a posibles pretendientes, y la razón de ser de su actuación ante el nacimiento de Jesús, pues no dudó en fingir una fe que no tenía para asegurarse que podía intervenir y evitar cualquier competencia para su poder (2.8). A la pregunta tan directa de los magos de oriente, “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (2.2a), su respuesta es la turbación, el enojo, la misma que toda la ciudad de Jerusalén, subraya el texto (2.3).

Las rebeliones estaban a la orden del día, y Herodes deseaba impedirlas a toda costa, por lo que no vacilaría en ahogar cualquier forma de mesianismo, así fuera la más elemental, para no poner en riesgo su fuerza. Su trato con los magos, de una cordialidad impresionante, no impidió que actuase con una astucia política ejemplar y, fiel a su estilo, casi los convence de regresar a informarle los pormenores del nacimiento de Jesús. Pero no contaba con que el propio Dios intervendría, a la manera antigua, para impedir, en ese primer momento, que Herodes le hiciese daño al niño. En ningún momento, Herodes se aparta de la manera en que había accedido al poder ni de las intrigas palaciegas que lo caracterizaron durante todo su reinado que, dividido en tres partes bien definidas, no dejó de causar controversias en la sociedad judía, atenazada por el dilema de la aceptación o el rechazo de la dominación romana y de la imposición de costumbres culturales que poco tenían que ver con el pasado religioso de Israel. El panorama, sumamente complejo, es condensado por los relatos y únicamente la cercanía cronológica y la familiaridad de los primeros lectores puede explicar la escasez de datos adicionales.

2. Jesús nace en medio de un proyecto de muerte

No obstante lo anterior, queda bien claro que Mateo no se propuso hacer un retrato de Herodes como gobernante, sino que, mediante algunas pinceladas, describió su actitud dominante ante el nacimiento de un posible competidor. La profecía de Miqueas, enunciada por los religiosos a quienes consultó, no movilizó en absoluto a éstos, quienes mostraron una total indiferencia y dejaron que el gobernante actuara en función de su “razón de Estado”, es decir, de sus intereses propios y del servicio que le prestaba a Roma como testaferro que era. Lo que Mateo contrasta muy bien es cómo esta “historia secreta de la salvación” sigue su curso en medio de las intrigas políticas y del manejo discrecional de la situación por parte de Herodes, quien trató de utilizar como informantes a los extranjeros que llegaron buscando el lugar del nacimiento del nuevo rey, es decir, con una propuesta abiertamente política. En el fondo, ellos estaban desconociendo como tal al propio Herodes y se lo expresaron abiertamente. Tal actitud política, nada diplomática, debió causar también un gran malestar, pues todo el esfuerzo encaminado a hacerse aceptable ante el pueblo se desmadejaba por completo ante una postura como ésa. Por ello, el “tejido espiritual” de la narración se despliega más en el ámbito de la cotidianidad doméstica y en ese nivel se da el encuentro con el niño y su madre, por lo que la actitud de entrega de los presentes, fue también un reconocimiento espiritual y político del mesías. Los magos, como elementos gentiles que eran, cumplieron su objetivo y vinieron a darle una legitimidad universal al niño.

Cuando se escribe el evangelio, la comunidad de la que procede está en abierta oposición hacia los judíos. “De ahí sus ataques a la piedad farisea y a la interpretación casuística de la Ley, que delatan ignorancia del significado verdadero de la Escritura”.[2] Eso se aprecia claramente en las dificultades para manejar el contenido de los profetas, evidenciadas en la interpretación de Miqueas. Finalmente, lo que la sociedad judía y sus dirigentes había hecho fue aceptar y legitimar a regañadientes la imposición romana de un gobernante sanguinario, quien lejos de comprender las inclinaciones teológicas originales del pueblo, se sirvió de ellas para subordinarlas a su proyecto personal con el objetivo de mantener la dominación. Mateo denuncia abiertamente la infidelidad de Israel a su llamamiento de ser “luz de las naciones” y demuestra, paso a paso, en este caso, en la historia misma del nacimiento de Jesús, cómo un proyecto de muerte (la matanza de los niños inocentes, 2.13-23) rodeó el episodio de la encarnación del Hijo de Dios en el mundo. Mayor crítica profética, imposible. Cuando Jesús, José y María se exilian en Egipto, el enviado de Dios comienza a recorrer de nuevo el camino de su pueblo:

Con esta perícopa muestra Mt que la oposición de los poderes enemigos será incapaz de impedir la realización del designio de Dios; que el éxodo comenzado por Jesús llegará a su término para Israel.

Dios sigue velando por la suerte de su Mesías. Los que detentan el poder pasan (muerte de Herodes), pero el poder se perpetúa con las mismas características de crueldad (Arquelao). […]

Mateo contrapone el rey Herodes al rey de los judíos que ha nacido (2.2), el poder y la tiranía del primero a la debilidad del segundo (niño). “El rey de los judíos” será el título en la cruz de Jesús (27.37), expresión máxima de su debilidad.[3]



[1] Cf. André Paul, El mundo judío en tiempos de Jesús. Historia política. Madrid, Cristiandad, 1982, pp. 50-54.

[2] J. Mateos y F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Cristiandad, 1981, p. 13.

[3] Ibid., p. 30.

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