sábado, 11 de marzo de 2017

Letra 511, 12 de marzo de 2017

GIULIA GONZAGA (1513-1566), DETRÁS DE LA REFORMA ITALIANA (I)
Simonetta Carr
www.ibrnj.org/giulia-gonzaga-detras-de-la-reforma-italiana/

Resultado de imagenSi pudiéramos viajar en el tiempo y remontarnos a la Nápoles de 1536, un domingo por la mañana, ya tarde, durante la Cuaresma, podríamos observar frente a la iglesia de San Giovanni Maggiore, a dos personas inmersas en una seria conversación: una joven noble italiana llamada Giulia Gonzaga y a un caballero español, Juan de Valdés. Su discusión, que prosiguió durante el resto de aquel día en la cercana residencia de Giulia, transformó la vida de aquella joven y, más tarde, se transcribió de memoria por Valdés (con ayuda de Giulia) como principal contenido de su célebre obra El alfabeto cristiano.
El predicador de aquel día había sido Bernardino Ochino, un monje capuchino de Siena, que había ganado fama por toda Italia por sus apasionados sermones. Delgado y casi consumido, pronunció palabras poderosas con una voz suave. Alguien lo definió como un moderno Savonarola. A pesar de ello, mientras Savonarola predicaba sobre todo contra los males de su tiempo, Ochino se centraba más a menudo en cuestiones teológicas, llegando muy cerca de la doctrina de la justificación por medio de la fe solamente de Lutero.
Con todo, Ochino evitaba cuidadosamente cualquier declaración peligrosa. La doctrina estaba presente, pero solo de forma implícita, tan sutil que el emperador Carlos V, declarado enemigo de la teología de Lutero, que se había detenido ese día en Nápoles de camino de regreso de una victoriosa expedición tunecina, escuchó su sermón con “gran deleite espiritual”. De hecho, a pesar de su reciente decreto (emitido justo allí, en Nápoles) que prohibía bajo pena de muerte cualquier conversación o práctica con los herejes luteranos, o quienes fueran sospechosos de serlo, comentó que la predicación de Ochino había sido tan conmovedora que podría haber hecho llorar a las piedras.
No era la primera vez que Giulia escuchaba predicar a Ochino. En realidad, buscaba cualquier oportunidad de asistir a sus sermones que, inicialmente, le habían proporcionado gran paz. Sin embargo, últimamente, empezaban a tener el efecto opuesto, lanzándola a un torbellino de perplejidades y tormento que la hacían vagar de los pensamientos celestiales a los terrenales.
“Normalmente me siento tan insatisfecha conmigo misma y con todo lo que hay en este mundo” —le comentó aquel día a Valdés—, y tan apática que, si pudiera usted ver mi corazón, estoy segura de que sentiría compasión, por lo lleno de confusión, perplejidades e inquietudes que se encuentra”.

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EL SILENCIO ANTE TU FEMINICIDIO
Deyssy Jael de la Luz
Lupa Protestante, 8 de marzo de 2017

Resultado de imagen para vilma trujilloQuerida Vilma Trujillo,
La semana pasada supe que habías muerto, pero no pude procesar el hecho. No encontraba el coraje suficiente para dar una palabra al respecto. Perdóname por ello. Ahora, he podido leer un poco más sobre tu caso, y un escrito pastoral (http://locademiadeteologia.org/2017/03/01/perdona-este-cristianismo-sin-sentido-editorial/#more-908) nos invita a la reflexión sobre el tipo de cristianismo de indolencia que se practica en varias de nuestras congregaciones de América Latina. Me sorprende que quien escriba sea una teóloga metodista y no alguien de la comunidad pentecostal. Me sorprende que aun en ese escrito pastoral de solidaridad contigo, no se mencione que lo tuyo fue un feminicidio y que ¡queremos justicia! Porque aun en tu muerte, tu cuerpo reposa en un lugar distinto; te han negado el derecho a descansar en paz; te llevaron al exilio.
Me sorprende el silencio en nuestras comunidades sobre tu caso. Han de pensar que, por haber pasado en Nicaragua, no es nuestra responsabilidad mostrar solidaridad. Pero hoy toca hacer un llamado directo a las tradiciones pentecostales, herederas de los avivamientos y de las misiones expansionistas de las Asambleas de Dios. Esos pentecostalismos que hicieron sus primeros conversos entre lo más humilde y pobre de los pueblos latinoamericanos, preocupados por educar a sus primeras generaciones de laicos, hoy en lugares apartados y pobres, abandonan a su suerte a ministros sin vocación. Lo más grave es que las iglesias pentecostales institucionalizadas no han logrado superar las prácticas autoritarias, personalistas y con estructuras violentas hacia las mujeres. Ese tipo de cristianismo históricamente han dañado nuestra dignidad.
He leído que todo comenzó cuando en tu iglesia local se enteraron que habías tenido sexo con otra persona que no era tu esposo. Desde entonces el pastor te recomendó pedir perdón a Dios y después te llevó a su casa pastoral para orar por ti, ya que estabas “enferma.” Algunos hermanos y hermanas se unieron en oración y ayuno para que sanaras porque lo tuyo ya era una “posesión demoniaca”. Por revelación de Dios, en una fogata el espíritu impuro saldría de tu cuerpo. Y aunque algunos no estuvieron de acuerdo, al final te forzaron, te ataron e imagino que, en tu desesperación por librarte, caíste al fuego y tu cuerpo se quemó sin que ellos intervinieran a tiempo para salvarte. Tomaron tu cuerpo aún con vida y te aventaron a un barranco, de donde te encontró tu hermana menor. Aunque tu esposo trato de salvarte la vida al llevarte al hospital, decidiste morir. Has dejado a tu esposo y a tus dos pequeños… Tu esposo dice que ha recibido amenazas de muerte y por ello ha abandonado la comunidad de El Cortezal. Triste es saber que las Asambleas de Dios en Nicaragua se han deslindado de tu caso, y le pese a quien le pese, son colectivos feministas los que ahora apoyan a tu esposo y familia para reclamar justicia ante tu caso.
Lamento que tu fe haya sido usada para quitarte la vida. Me duele tanto saber que el fanatismo cegó a nuestros hermanos y hermanas para poner límites a sus visiones, causando tu muerte. Me duele más que en vida te hayan chantajeado usando tu sexualidad como un mecanismo de sembrarte culpa, remordimiento y castigo; no acepto que te hayan robado la palabra y la decisión de arreglártelas a solas con Dios; no acepto que te hayan golpeado, insultado, desnudado y quemado para salvar tu alma cuando ¡esta fue comprada a precio de sangre por Cristo! No puedo creer que lo que empezó como un acto de fe, terminó siendo un acto criminal. Tengo la necesidad de honrar tu memoria, de clamar justicia ante tu feminicidio.
Tengo la necesidad de referir tu caso porque muchas mujeres dentro de las tradiciones evangélicas hemos sido obligadas a hacer pactos de silencio y nuestra sexualidad ha sido empleada como un arma en contra de nosotras. Sé de mujeres que al ser seducidas por pastores y hombres que se dicen ser hijos de Dios, abusan de su poder y carisma para acostarse con ellas y las amenazan con decirle a sus parejas. Como tú, de niña me obligaron a callar. Callar porque lo que cuenta es la voluntad de Dios; callar porque quienes tienen el derecho de juzgar a los demás son los más cercanos a la familia pastoral y se establecen grupos de poder. Tuve que callar ante violaciones sexuales que cometieron maestros de escuelas dominicales, recién conversos o hermanos que entregan dulces a los niños para guardar el secreto. Como tú, yo también fui juzgada y amenazada por el ejercicio de mi sexualidad siendo joven. Lo más doloroso fue que dentro de mis acusadores se encontraron mujeres que me victimizaron y me dieron la espalda. Temor, dolor y profunda culpa se apoderaron de mí. Tu caso no es aislado, ni coyuntural. Es la suma de muchos agravios cometidos contra nosotras. Sabes, hay muchas mujeres con casos similares al tuyo, al mío, pero ellas han hecho pactos de silencio dejando todo “en las manos de Dios”. Entonces nos arrebatan la posibilidad de crecer plenamente en nuestra espiritualidad; crecemos rotas.
Lamento mucho que nuestras tradiciones pentecostales cuando son expuestas a la opinión pública sea, o bien para victimizarnos (en casos de persecuciones religiosas), o exhibirnos como fanáticos ignorantes (cómo es tu caso). Creo que somos algo más que esos dos extremos, pero a mí ya no me corresponde decirlo porque yo he salido de mi iglesia. Debo decirte que hace cuatro años me he separado de mi iglesia, aunque asumo mi herencia pentecostal. Me autoexilié para salvarme, para sanarme y sanar así mi relación con mi familia, con el mundo que habito.
Pero, aun así, con todo lo que implicó salir de la iglesia, desde hace algunos años vengo compartiendo con otras y otros que las tradiciones pentecostales y las tradiciones evangélicas en general, están llamadas a rectificar sus comportamientos de statu quo, comportamientos patriarcales, violentos, paternalistas, victimizadores y excluyentes contra nosotras las mujeres, las creyentes de a pie. Las iglesias evangélicas están llamadas a rectificar sus formas de educar a las nuevas generaciones en los ministerios, están llamadas a romper los tabúes y silencios que sustentan los privilegios de un grupo en los cargos ministeriales; están llamados a discernirse a sí mismos. Y nosotras, las creyentes de a pie, estamos llamadas a buscar alternativas de denuncia y cuidarnos unas a otras. No queremos más muertes provocadas por esa cultura que nos mata, por esa cultura religiosa que no permite cuestionamientos, por esa cultura donde las mujeres desconfían de otras mujeres y las vidas privadas se usan para destruir la integridad de las personas. Rompamos el silencio, reclamemos justicia, demos nombres de nuestros agresores, de quienes nos censuran; demos nombre a la esperanza aún sí ésta, nos espera fuera de la iglesia.
Vilma, honro tu memoria porque no quiero más mujeres rotas, mujeres derramando lágrimas de dolor porque el mundo y la iglesia ya no son sitios seguros para habitar; no quiero más mujeres violadas, mujeres violentadas, mujeres silenciadas, mujeres engañadas en nombre de Dios. ¡Que tu muerte no sea en vano!
#NiUnaMuertaMas #Vivasnosqueremos #JusticiaparaVilma
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EVA, MADRE HUÉRFANA
Margot Kässmann

Eva ha pasado a la historia como la gran seductora. Fue la mujer que escuchó a la serpiente y desobedeció a Dios. La mujer que persuadió a Adán para que comiera de la fruta prohibida. El redactor de esta historia, el segundo relato de la creación en la Biblia, quiere mostrar cómo los seres humanos, desde la creación más ordenada, trajimos el caos a nuestra vida.
En este sentido, la historia se diferencia claramente del primer relato del Génesis, que cuenta cómo Dios, a partir del anterior caos, creó el orden del mundo, la luz y la oscuridad, la tierra y las aguas.
¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué existen la culpa, el sufrimiento y el esfuerzo? ¿Por qué la muerte? ¿Por qué no es la vida como la contemplamos en nuestros sueños? El segundo relato de la creación intenta dar respuesta a estas preguntas. Cuenta que, al principio, el hombre estaba completamente rodeado por los cuidados de Dios, con límites claros y deberes pautados. El mal no se presenta hasta que el hombre deja de obedecer a Dios.
Una vez perdido el contacto directo con Dios, el paraíso es irrecuperable. La historia subsiguiente de Caín y Abel narra la expansión del mal. Está claro: el paraíso bíblico no es solo un lugar para la vida, sino que contiene ya todo lo que amenaza al hombre.
Recordemos: la serpiente se presenta como el animal más astuto y entabla una fatal discusión con la mujer —o, como traduce Lutero literalmente del hebreo al alemán, con la Männin, es decir, la “varona”—. Exagera en forma de pregunta el mandamiento de Dios: “¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?”. Al hacerlo, brinda a la mujer la oportunidad de aclarar las cosas y de corregirla. Pero ella exagera aún más y a la prohibición de comer añade una amenaza: «¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín. Solamente del árbol que está en medio del jardín nos ha prohibido Dios comer o tocarlo, bajo pena de muerte” (3.2-3).
La serpiente acentúa la rivalidad de Dios, la mujer sucumbe al atractivo de lo prohibido. El hombre no es el personaje decisivo, simplemente participa.
Aquí queda explicado lo que hasta hoy conocemos y percibimos como puramente humano: el ser humano tiene el instinto de cruzar los límites. La imagen judeocristiana del ser humano es muy realista, es consciente desde el principio de la capacidad de seducción y de la propensión a sobrepasar los límites.
La historia de Adán y Eva es excelente en su representación, y hasta hoy en día podemos comprenderla. El caro bocado a la fruta prohibida los obliga a ambos a cubrir su desnudez con una hoja de higuera: el hombre que quería tenerlo todo, que quería ser como Dios, se esconde bajo los arbustos, se asusta al verse desnudo. La cercanía confiada de Dios se convierte en temor de Dios.
Cuando Dios pide cuentas a los hombres, estos adoptan una actitud muy confiada y humana: siempre le echan la culpa a otro. El hombre dice: “Fue la mujer”. La mujer dice: “La serpiente es culpable”. El origen del “mal” no puede explicarse, y echarse la culpa unos a otros siempre lleva a la confusión.
Sigue entonces la expulsión del paraíso, acompañada por tres sanciones de Dios: la serpiente se arrastrará sobre el vientre; la mujer sufrirá en la preñez, parirá hijos con dolor y será "dominada por el marido"; finalmente, el hombre trabajará con fatiga mientras viva, y "comerá el pan con el sudor de su frente".
Así, pues, traspasar los límites acarrea duras consecuencias. El paraíso no puede seguir siendo el espacio de vida para los seres humanos. Puesto que en este momento son ya conocedores del bien y del mal, a los hombres ya sólo les falta ser como Dios en otro aspecto, comer del árbol de la vida para ser inmortales. Pero Dios los expulsa del paraíso y coloca unos querubines que con sus espadas llameantes impiden el acceso al mismo.

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