domingo, 26 de marzo de 2017

Letra 513, 26 de marzo de 2017

FORMANDO A UN REFORMADOR: LOS PADRES DE LUTERO
lutheranreformation.org

Hans Luder (Lutero) era el hijo de un campesino pobre. Debido a leyes de herencia, él no tenía permitido ocupar la tierra de su padre. Él dejó su pueblo de origen en Möhra para trabajar en Eisleben, donde Margarita dio a luz un hijo. De acuerdo a la tradición católica, bautizaron al niño al día siguiente, el 11 de noviembre, el cual también era el día festivo de San Martín de Tours. Por eso él fue llamado Martín. Mientras él era aún un bebé, la familia se mudó a Mansfeld. Se puede asumir que Hans era un hombre sabio y trabajador. De ser un trabajador común en las minas de cobre llegó a ser el dueño de su propia mina. Antes de que pasaran 25 años, le pertenecían por lo menos seis minas y dos fundidoras de cobre y era miembro del concilio de la ciudad de Mansfield. Había nacido pobre y se había convertido en un hombre de negocios. Algo de su ascenso pudo deberse al hecho de que Margarita (también llamada Hanna) era de una familia respetada en Eisenach. Es probable que su familia le prestara el dinero necesario a Hans para comprar su propia mina de cobre. La minería de cobre era una profesión riesgosa. Como los pequeños dueños de negocios hoy en día, no eran pudientes, pero trabajaban duro y eran austeros. Debido a que Martín era de una familia de ambos, campesinos y negociantes, él estaba al tanto de sus luchas y podía escribir de la condición de sus vidas con cierta precisión.
Hans y Margarita amaban a sus hijos, pero eran estrictos en su crianza. Su severidad parecía estar a la orden del día. Años después Martín recordaría haber recibido una paliza de su madre tan severa que sangró (su crimen fue tomar una nuez sin permiso). La escuela en Mansfeld era igualmente estricta. Los castigos por no saber la lección asignada eran comunes. El fin de la semana traía más castigos por cualquier infracción de comportamiento registrada durante la semana. La lección estaba aprendida: todas las transgresiones debían ser expiadas. No es de extrañar que Martín abogara por la reforma educativa y tratara a sus propios hijos con tanta ternura.
Martín terminó sus últimos cuatro años pre-universitarios en Eisenach, quedándose con Heinrich Schalbe, un amigo de la familia de parte de su madre. Schalbe lo trataba como a un hijo, causando que Martín recordara que aquellos años habían sido mucho más placenteros. Las historias del joven Martín como pobre, un niño de una escuela para huérfanos cantando para obtener su cena, parecen ser más leyenda que realidad. Puedenprovenir de un tiempo en el cual los niños de la escuela cantaban en las calles durante las vacaciones y a menudo eran recompensados con pequeñas golosinas.
En 1502 Martín terminó su bachillerato en la Universidad de Erfurt, y para enero de 1505 completó su maestría. Su futuro parecía brillante y sus padres era optimistas acerca de la sacrificada inversión en su educación. Pero Dios tenía otros planes para la vida de Martín, y una tormenta eléctrica el 2 de Julio de 1505, implicaría un giro de los acontecimientos. Atrapado en una tormenta intensa y temiendo por su vida, Martín se comprometió a convertirse en monje. Esto fue más que una simple oración de alguien expuesto a la muerte. Para Martín fue un solemne juramento a Dios. Para septiembre él ya había regalado sus posesiones y se había unido al monasterio agustino en Erfurt. Los planes de Hans para su hijo estaban destruidos. Fue muchos años después que Hans y Martín hicieron las pases acerca de la decisión del joven muchacho. Antes de morir, Hans le dejó una considerable donación a la Universidad de Wittenberg, donde Martín enseñaba.
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AGAR, MADRE ABANDONADA
Margot Kässmann

Sin duda, el relato bíblico de Agar no refleja con todo detalle la situación de una amante actual que queda embarazada. Los celos, los sentimientos de abandono y sus consecuencias desempeñaban también un papel entonces, pero la situación de las mujeres entonces y ahora ha cambiado: en tiempos bíblicos no existía el derecho de autodeterminación de las mujeres. Agar tampoco era una querida en el sentido actual. La traducción de Lutero dice que era la «criada» (Magd) de Sara, mujer de Abraham. Ser criada no quería decir tener una relación de servicio con la familia de Abraham, con derechos y remuneración incluidos. Agar provenía de Egipto y en realidad era esclava de Sara.
Cuando Sara constata que no es capaz de tener hijos, le dice a su esposo: «Únete a mi sierva a ver si ella me da hijos». Y continúa: «Y él se unió a Agar, y ella concibió». Este tipo de enunciados aparecen de forma bastante lapidaria en la Biblia. Ni la más mínima alusión a las sensaciones, los sentimientos o las complicaciones emocionales de los protagonistas. Se trata de la descendencia de la tribu, y frente a este objetivo los estados anímicos personales quedan relegados a un segundo plano.
Pero quizá podamos comprender cómo se siente Agar. Ella es también una persona, seguramente una chica joven, que pertenece a otra mujer. Esta la entrega a un hombre mayor. En la Biblia se dice que Abraham tenía ochenta y seis años cuando nació Ismael. En definitiva, lo que aquí tenemos es una violación. Si la atroz expresión de «máquina de parir» tiene cabida en algún lugar, seguramente es aquí. No se trata de deseo ni de satisfacción sexual, tampoco del deseo de una mujer de ser madre; todo gira en torno a la procreación de un hombre. Se degrada a la mujer a la condición de medio para la realización de este objetivo.
Con todo, la continuación de la historia muestra que no es tan fácil desentenderse de los sentimientos. Agar se siente orgullosa de quedar embarazada. A ella “le sale bien” lo que Sara «no consigue». Y Sara siente rabia. Se ve limitada y humillada. Podemos imaginarnos cómo se desarrolla esta historia a tres bandas en la casa de Abraham. Celos, soberbia, miedo, ira: sentimientos violentos por todas partes. ¿Qué pensaría Abraham? ¿Estaría simplemente orgulloso de haber engendrado un hijo? ¿Se habría enamorado tal vez un poco de la joven que se quedó embarazada de él? ¿Le sacarían de quicio las riñas de su mujer? ¿Sentiría compasión por los sentimientos que ella experimentaba? Las escasas líneas del capítulo 16 del Génesis propician cierta especulación al respecto.
Abraham sabe a qué le obligan las reglas de la tribu. Deja a Sara que decida qué hacer con Agar. Por su parte, Agar tiene claro que no cuenta con ninguna protección, y huye al desierto. Teme la dureza con la que la trata Sara. Durante el embarazo, una mujer es especialmente vulnerable. Si, además, el padre de la criatura no la apoya cuando otros la atacan, puede darse un final trágico. ¿Se sintió tal vez Agar tan confusa y llena de dudas que prefirió morir en el desierto? Por lo menos, tuvo el acierto de dirigirse a un manantial de agua...
Allí, en la soledad, se cruza con un ángel. Este la «encuentra» junto a la fuente, y la envía de vuelta a casa. Le dice que debe someterse, y no rebelarse contra Sara; que dará a luz un hijo y que su descendencia será “tan numerosa que no podrá contarse”. Sobre la figura del ángel podemos preguntar: ¿se encontró con una persona, o con su propia voz interior? Comoquiera que sea, junto a esa fuente del desierto Agar toma conciencia de dos cosas: no puede huir de Sara; sola, embarazada, sin derechos y sin medios, no tiene posibilidad alguna de sobrevivir. Ni ella ni el niño. Pero ha sido bendecida con el embarazo. Tendrá un hijo, y esto representa un regalo especial para su vida. Por tanto, decide tener a su hijo. Y Agar regresa al lado de Abraham.
Muchas mujeres que tienen hijos sin que el padre permanezca junto a ellas viven situaciones similares. Primero, tal vez, hay una sensación de gran alegría por el embarazo, todo es orgullo. Pero en algún momento empiezan a tener miedo: ¿cómo llevarán el hecho de vivir solas con su hijo? ¿Qué pasará cuando no haya nadie que las apoye? Es cierto que hoy, en algunos países democráticos, una mujer puede quedar embarazada sin tener pareja y sin temor a ser discriminada. En Francia, uno de cada dos niños nace fuera del matrimonio.
La situación es muy distinta en otros países y sociedades. Hace poco se habló de un hospital en el que se saca por cesárea a los hijos cuando las madres ya no pueden ocultar el embarazo. El recién nacido es entregado en adopción y se rehace el himen de la joven, no solo para evitar un escándalo, sino también, bastante a menudo, para salvar la vida de la mujer, en el sentido más estricto de la palabra. En algunas sociedades patriarcales, todavía son muchos los varones que se sienten ofendidos en su honor cuando una hija, o una hermana, queda embarazada sin estar casada. Son condiciones terribles para las mujeres, que gracias a Dios ya se han superado en las democracias occidentales. Por desgracia, ni siquiera en estas democracias se reconocen de hecho todos sus derechos a todas las mujeres; algunos ciudadanos son reacios a conceder estos derechos, por ejemplo, a las mujeres inmigrantes, y hay que trabajar para superar esta injusticia.
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LUTERO O EL CRIADO DE DIOS, OBRA DE TEATRO DE FRANCISCO PRIETO (I)

La soberbia es la madre de la intolerancia. ¿Saben?, por ella he herido de muerte a la Iglesia. Y lo peor es que veo a la Iglesia reformada multiplicarse en sectas y más sectas. Es verdad que Roma había ofendido gravemente a Dios. Cuánto me duele que los campesinos no me hubieran entendido, y que yo mismo, el motor de su rebelión, pidiera a sus opresores que los aniquilaran sin piedad.
Lutero en su lecho de muerte, según F. Prieto

Francisco Prieto (La Habana, 1942) es un personaje muy reconocido en el ámbito cultural mexicano. Novelista, ensayista, profesor y comunicador, conduce el programa radial “Huellas de la historia” desde 1989. Nunca ha ocultado su fe católica y, por el contrario, pertenece a esa extraña franja de autores mexicanos (como Vicente Leñero, Ignacio Solares y Javier Sicilia) que, a contracorriente de las posturas dominantes, considera que sus creencias son el motor de su labor cultural.
Formó parte del grupo de escritores (“Los católicos”) que se reunieron durante varios años en la casa de Leñero principalmente para debatir acerca de sus ideas religiosas. Es autor de un buen número de novelas, entre ellas: Caracoles (1975), Taller de marionetas (1978), Ruedo de los incautos (1983), Si llegamos a diciembre (1985), La inclinación (1986), Tres novelas del deseo y la culpa (2004), entre otras. Otras obras de teatro suyas son: La expiación (1986), Shakespeare y yo (1987) y Felonía (2007), acerca de la pederastia sacerdotal, además de algunos volúmenes de ensayo. Uno de sus trabajos recientes es La construcción del infierno (2016).
En un volumen publicado recientemente, Prieto se ubica en la estirpe de autores creyentes como François Mauriac, Graham Greene, Julien Green y Georges Bernanos, una filiación restringida a pocos escritores mexicanos. Su testimonio de esas tertulias es elocuente y significativo: “En aquellas reuniones todos alimentamos nuestra fe, nuestras visiones de la institución eclesiástica, tan divergentes, pero todo con Él, por Él y en Él”. “En palabras de Vicente Leñero el eje narrativo de Prieto es ‘el análisis de la condición humana en lo que tiene de angustioso; en las situaciones límite de amor, de la pasión, del sentido de la vida, de la muerte’”.
Sobre los herejes y la herejía como posibilidad de la vida de fe, Prieto ha escrito líneas esclarecedoras: “La herejía es, antes que cualquier otra cosa, un acto de libertad que brota de lo más profundo de la conciencia. Son las grandes herejías las que han mantenido vivas las tradiciones en su esencialidad, hasta dejarlas libres de adherencias malignas y volverlas a la vida, revolucionadas. El hereje es el que ha conquistado la autenticidad desde el amor a la verdad, el que ha vencido el miedo a la soledad, a la orfandad puesto que, de pronto, se percibe solo, fuera del vientre de su iglesia a la que ama desde la raíz de su ser. Es ese amor a la iglesia originaria la que dispara la herejía”.
De 1999 es Lutero o el criado de Dios, una obra de teatro en la que, con base en los últimos momentos de la vida del reformador alemán, sondea en las posibilidades de la conciencia y la autoevaluación que hace el personaje de los entretelones de su vida y obra.
La elección de los personajes que acompañan a Lutero evidencia una buena reconstrucción histórica de la época y de algunos instantes cruciales de su vida. Se sirve de la presencia de dos de sus hijos, Juan y Martín, para que, mediante un contrapunto existencial bien llevado, cada uno de ellos represente los polos opuestos de su influencia en el ámbito familiar. Juan expone la visión positiva de aprovechamiento de tal influencia, en el sentido de asumir la fe de su padre. Martín, por el contrario, se adelanta a una visión bastante cínica de la realidad religiosa y del verdadero impacto de la obra de su progenitor. (LC-O)

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