viernes, 17 de septiembre de 2010

Leer nuestra historia con lentes bíblicos y cristianos (...o cómo levantó Dios al libertador), L. Cervantes-Ortiz

12 de septiembre, 2010

[Moisés] Consideró que compartir los sufrimientos de aquel pueblo mesiánico era mucho más valioso que todos los tesoros de Egipto, teniendo como tenía su mirada fija en la recompensa.
Hebreos 11.26, Traducción Interconfesional

1. La gesta liberadora, esfuerzo divino de concientización del pueblo
El preludio de la acción liberadora del Dios de los Padres y Madres Antiguos/as se encuentra resumido en Éxodo 2.23-24. Allí, se dice claramente que al morir el rey de Egipto (primera parte: un cambio de régimen y coyuntura posible para comenzar la lucha), “los israelitas seguían esclavizados, quejándose y lamentándose” (segunda observación: que refuerza lo dicho desde el cap. 1), y que “desde la esclavitud sus gritos de dolor llegaron hasta Dios”, quien al oír su gemido, “se acordó de la alianza que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob”. La nueva acción divina se anuncia en el v. siguiente: “Y viendo a los israelitas tuco conocimiento del trance por el que estaban pasando”. Éx 3, entonces, puede ser leído como el primer paso de concientización llevado a cabo por el Dios que se manifestaría como YHVH para liberar al pueblo, de manera integral, de la situación opresiva. Para ello, desplegaría una serie de acciones previas que posibilitarían la participación del pueblo, mediante una estrategia de asociaciones múltiples, en el proceso que conduciría Moisés. En otras palabras, el relato está construido de tal forma para mostrar cómo el Dios de los Padres y Madres Antiguos/as retomaría los lazos con este pueblo y se reencontraría con él en el desierto para restablecer la alianza y relanzarla hacia la construcción de una “comunidad alternativa” opuesta a la mentalidad monárquica que las tribus conocieron y sufrieron en Egipto.
Para tal fin, tenía que levantarse y consolidarse un liderazgo centralizado en una persona que estuviera consciente de todas estas cosas y, al mismo tiempo, tuviera las calificaciones adecuadas para conducir la lucha de Dios contra el imperio egipcio. Paradójicamente, esa persona, más allá de cualquier elitismo a ultranza, fue educada y formada por el mismo sistema al cual combatiría, es decir, que Moisés debía experimentar una auténtica conversión para alcanzar el grado de conciencia que Dios esperaba para estar a la altura de las circunstancias. De ahí que el famoso episodio de la zarza ardiente deba ser leído como un momento decisivo e insustituible en las aspiraciones populares para detonar la lucha liberadora. La voz que brota de la zarza identifica a Moisés por su nombre y presenta la separación obligada entre lo sagrado y lo profano: es una auténtica teofanía, en la que el espacio del monte Horeb se convirtió en territorio sagrado y, por lo tanto, en un lugar de relación entre la trascendencia divina y la transitoriedad humana. Luego de su presentación como el Dios antiguo, éste pasa a las explicaciones sobre su decisión de actuar en la historia a través de él (3.7-10). Y ante la reticencia del elegido para dirigir esa labor (v. 11), Dios le anuncia una señal.
Inmediatamente después aparece la solicitud del nombre divino para usarlo, en el mejor sentido del término, como estandarte de la lucha a realizar (vv. 13-14). La respuesta es un “nombre dinámico”, es decir, un apelativo que se desvelará a medida que avance la lucha contra el poder monárquico del Faraón. Según Adolf Exeler, quien explica el nombre “Yo soy” (o “Yo estoy”) a la luz del segundo mandamiento, este nombre concentra cuatro grandes afirmaciones que se complementan entre sí:

· “Yo estoy con vosotros de tal modo que siempre podáis contar conmigo…” (fidelidad);
· “Yo estoy con vosotros de tal modo que tengáis que contar conmigo cuando y como yo quiera” (inmanipulabilidad);
· “Yo estoy con vosotros de tal modo que únicamente vosotros debéis contar conmigo como el que puede estar cerca para salvaros” (exclusividad);
· “Yo estoy con vosotros de tal modo que mi cercanía no conoce fronteras espaciales, temporales o institucionales” (ilimitación).
[1]

Estamos, pues, ante una nomenclatura dinámica para nombrar a la divinidad, estrechamente en función de la acción que ésta desplegará en la historia, en “el corazón del instante”, para responder activamente a una urgencia humana impostergable. El nombre divino debía asociarse dinámicamente a la liberación y ya no a los proyectos opresores, de muerte y esclavitud: ése nombre tendría que comenzar a ser sinónimo de libertad. En Éx 3.16-22, Moisés recibirá las instrucciones para convertirse en un puente entre el pasado, el presente y el futuro con el “nuevo” nombre de Dios por delante, la garantía de la liberación, pues el desvelamiento de este Dios sería la razón de ser de la lucha con el propósito de que el pueblo “le presentase sacrificio” en el desierto (v. 18). La otra motivación es litúrgica y de reencuentro comunitario con su divinidad propia, pero únicamente en condiciones de libertad, porque la esclavitud ahogaba hasta la sana práctica cultual. La estrategia, resumida por Jorge Pixley como sigue, pondrá a funcionar el plan divino: primero, reunir a los ancianos, líderes naturales del pueblo, para movilizarlos (“Ni Dios puede hacer una revolución sin el pueblo, o sin los líderes buenos y malos que el pueblo reconoce como tales”
[2]); segundo, iniciar un proceso de reclamaciones ante el rey (pedir unas “vacaciones” de tres días en el desierto); tercero, aplicar medidas de fuerza para obligar al Faraón a dejarlos salir; y cuarto, despojar a los egipcios como una especie de “indemnización” por los trabajos realizados.

2. YHVH se encarga de levantar al libertador
Moisés es suscitado como libertador desde la experiencia de la marginalidad y el exilio, lejos del lujo y las grandes habitaciones del palacio real. Era preciso que atravesara por una experiencia de soledad y “preparación espiritual” para convertirse de la ideología monárquica a la utopía divina de la liberación. Moisés, al inicio del cap. 3 está “anclado” en una cotidianidad elemental, asumiéndose como pastor de las ovejas de su suegro, casi como secuestrado o enajenado por la vida doméstica, pero Dios lo va a conducir por un sendero diferente, en el que los planes divinos son mayúsculos e inaccesibles en un principio para él. Dios tendría que hacer un gran esfuerzo formativo para que este hombre asimilara las líneas directrices de la liberación del pueblo. Su perfil humano fue modelándose progresivamente hasta alcanzar a mirar el modelo de un Dios que no se había conocido hasta entonces. Por eso es posible decir que la liberación del Éxodo fue en realidad “una gesta teológica” en la medida que los líderes que se pusieron al servicio de ella vislumbraron la nueva comunidad que Dios quería establecer en el mundo. Ante el futuro surgimiento de esta comunidad, todos los intereses debían subordinarse al proyecto divino.
En ese sentido, Hebreos 11.23-29 practica una lectura teológica del acontecimiento del Éxodo que parte de la historia pero que no se deja atrapar por ella. Como todo sucede “gracias a la fe”, la gesta liberadora de Israel se basa en el momento de la conversión de Moisés en portador de las buenas nuevas liberadoras para el pueblo. Y ese es el esquema ideológico-político-religioso que le permite a Moisés ser un líder confiable y acorde con las esperanzas divinas a través de las etapas de su “conversión”: a) se negó a ser de la familia del Faraón (v. 24), rompió con las clases dominantes; b) escogió el sufrimiento de su pueblo (v. 25); c) valoró mesiánicamente dicho sufrimiento; y d) miraba hacia el futuro con suficiente certeza en el éxito de la empresa divina (v. 26). Esta cadena de cambios en la conciencia de Moisés hizo posible su capacitación para ponerse al servicio de los planes de liberación.
Una de las mayores diferencias entre nuestra historia y la historia del pueblo de Dios en las Escrituras antiguas consiste en que la manera en que se aprecia a los y las fundadores de la patria. En el AT, los héroes eran políticos y espirituales al mismo tiempo: así, Moisés es visto como “padre de la patria” en los dos sentidos y no, como en nuestro caso, solamente en el aspecto político. Sólo que, en México, entre los principales inspiradores y líderes de la revolución de independencia se hallaban varios sacerdotes, los más conocidos son Hidalgo, Morelos y Matamoros. Eso complica la interpretación de las cosas porque además de que asumieron su lucha como representantes de los criollos, con lo que la lucha derivaría en la defensa de los intereses de éstos, también abanderaron su esfuerzo con un matiz religioso al enarbolar el estandarte de la Virgen de Guadalupe. Hoy eso nos complica la interpretación religiosa y teológica de sucesos tan ambiguos, especialmente a la luz de un documento como el que ha lanzado el Episcopado católico (Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos con nuestra patria), en función de una lectura sesgada de la historia del país. Tenemos, pues, ante nosotros, la obligación de practicar lecturas bíblicas, teológicas e históricas serias para aplicar los valores libertarios de la fe cristiana a los momentos que nos toca vivir.
Notas
[1] A. Exeler, Los DiCursivaez Mandamientos. Vivir en la libertad de Dios. Trad. de M.A. Bravo. Santander, Sal Terrae, 1983 (Presencia teológica, 14), p. 108.
[2] J. Pixley, Éxodo. Una lectura evangélica y popular. México, CUPSA-CEE-CRT, 1983, p. 51

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