domingo, 1 de enero de 2012

Letra 252, 1 de enero de 2012


CONFIEMOS EN LA FORTALEZA DIVINA EN ESTE NUEVO AÑO

Telésforo Isaac

En este año secular se hace necesario apoyarse en la fortaleza divina que mana del Dios misericordioso, dado lo que ocurre diariamente en este mundo donde con mucha dificultad se lucha con tenacidad para sobrellevar lo que acontece. En verdad, son la fe y la confianza las virtudes que mantendrán la esperanza viva, por tanto, sólo queda decir con fervor religioso: “Señor, tu eres nuestro refugio, nuestra fortaleza, nuestro Dios en quien confiamos.” (Salmo 91 (90):1-2).

En el presente y los días venideros, la lucha será ardua para los decididos a propiciar mejoría en la sociedad. Muchos se sentirán desvalidos e incapacitados ante las adversidades, otros se mantendrán en silencio; más hay que continuar sin desmayar, porque: “La esperanza mantiene firme y segura nuestra alma, igual que el ancla mantiene firme al barco”. (Hebreos 6:19). Los cristianos comprometidos y las personas de buena voluntad están en el deber de continuar ahora y siempre haciendo todo lo posible por mejorar la condición de vida de los que sufren de enfermedades físicas, mentales y emocionales; proveer adecuada educación al pueblo, neutralizar los actos de violencia, cambiar los corazones de los malévolos y corruptos, apoderar a los pobres, dignificar a los despreciados, hacer justicia a los extorsionados, levantar a los decaídos, reorientar a los extraviados, fortalecer a los débiles de espíritu, contrarrestar el tráfico de drogas peligrosas; en fin, ayudar a cambiar el estado de inseguridad y maledicencia que socavan la moral, la seguridad y el bienestar de la sociedad. Es necesario un reavivamiento de la sensibilidad cívica de todo el pueblo sensato.

Es indispensable la demostración oportuna y efectiva de la fuerza moral de la autoridad gubernamental, de la justicia y de las fuerzas coercitivas de manera que haya paz y tranquilidad en los habitantes que bien merecen estar en estado permanente de sosiego. Preciso es la toma de conciencia cívica, la genuina espiritualidad y la decidida voluntad que sirvan para motivar la transformación para un mejor mundo.

Es indispensable enfrentar el mal que se impone en la sociedad; pues en forma inusitada hay fuerzas que están dominando grandes sectores de las naciones. Hay que luchar contra estas maldiciones. Por tanto, es vital mantenerse firmes, decididos, perseverantes, revestidos de la verdad, la rectitud y la determinación de combatir los males, para no ser enredados en caos, tormentos, inseguridades, exaltaciones emocionales o encadenados en condiciones infernales por tiempo indefinido. La espiritualidad genuina, la conciencia crítica-positiva y la precisión de la voluntad, son los elementos y las potestades que fortalecen la fe, ensanchan la esperanza y profundizan el amor para consolidar y animar las fuerzas necesarias de los ciudadanos íntegros para hacerle frente a las adversidades que acosan de manera escalada la armonía, la paz, la hermandad y la convivencia en la sociedad. Es inapelable el esfuerzo para rescatar la sociedad de las manos poderosas de los maleantes, irresponsables, indisciplinados, ambiciosos, corruptos y megalómanos.

El bienestar de todos los vivientes es de primordial importancia y esencial para el bienestar social, el respeto a la dignidad humana, el imperio de la justicia y el pleno disfrute de los derechos humanos. Luchemos pues en este nuevo año para anular las “malignas fuerzas (espirituales) que tienen mando, autoridad y dominio sobre este mundo oscuro.” (Efesios 6:12).

El autor es obispo emérito de la Iglesia Episcopal/Anglicana (República Dominicana)

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EL ESTADO LAICO

Víctor Orozco

www.ateorizar.com, 27 de diciembre de 2011

E

n este mes se cumplieron ciento cincuenta y un años desde que el presidente Benito Juárez expidió en Veracruz la Ley de Libertad de Cultos, última del extraordinario ordenamiento jurídico-político conocido como Leyes de Reforma. La Constitución de 1857 no establecía como única y obligatoria a la religión católica, a diferencia de todos los textos constitucionales que le precedieron, pero tampoco incluyó la libertad de conciencia en el catálogo de derechos individuales. Sobre este punto era muda, porque en el congreso que la expidió, mayoritariamente integrado por liberales moderados, ante el peligro de que se inscribiera la cláusula de la intolerancia religiosa, los radicales o puros decidieron retirar la moción para establecer la plena libertad de creencias en nuestro país. La campaña nacional e internacional contra la revolución mexicana iniciada en Ayutla, había alcanzado uno de sus propósitos. Sin embargo, en diciembre de 1860, las tropas liberales por fin se habían impuesto al ejército profesional y habían ganado la guerra que asoló a México desde que el clero y el ejército dieron el golpe de estado de Tacubaya justamente tres años antes, para invalidar la Carta Magna promulgada el 5 de febrero de 1857 siguiendo las directrices del Papa Pío IX, quien la había declarado írrita, sin ningún valor.

Un mes antes de que Jesús González Ortega entrara triunfante a la ciudad de México y disolviera el antiguo ejército, el gobierno republicano decidió coronar la obra que nos constituyó en nación y en Estado, expidiendo el decreto de marras. México se colocaba con esta ley en la vanguardia de las naciones, por delante incluso de Francia, cuya gran revolución de 1789 era tenida como símbolo de las libertades y de los derechos humanos, pero que había retrocedido y a la sazón aún no estatuía la separación entre la iglesia y el Estado. No se diga de España, los estados italianos y el resto de las repúblicas iberoamericanas. El precepto legal decía: “Las leyes protegen el ejercicio del culto católico y de los demás que se establezcan en el país como la expresión y efecto de la libertad religiosa, que siendo un derecho natural del hombre, no tiene ni puede tener más límites que el derecho de tercero y las exigencias del orden público. En todo lo demás, la independencia entre el Estado por una parte y las creencias y prácticas religiosas por otra, es y será perfecta e inviolable…”. Una redacción sencilla, que resolvió de un tajo el añejo problema representado por la preeminencia de la iglesia católica y el yugo sobre las conciencias, al impedirse a los individuos pensar con libertad. Representó un hito fundamental en el largo y escabroso tránsito de la condición de súbditos, sumisos, obedientes de reyes y dignatarios, ayunos en el ejercicio de la razón, a la de ciudadanos con derechos, capaces de discurrir por cuenta propia y de sacudirse las enajenaciones y las supersticiones.

El clero perdió una batalla, pero no la guerra. Durante un buen tiempo siguió manteniendo la intolerancia religiosa en todos los países donde fue posible hacerlo. Para México, una larga noche había terminado, para la mayoría de los pueblos iberoamericanos, la oscuridad continuaría e incluso en algunos como Ecuador, víctima de una dictadura teocrática, durante esta década se haría tan negra como en las épocas de la colonia. “Prometo y juro que esta fe que sigo y cuya profesión voluntaria hago en este momento, es la verdadera fe católica, fuera de la cual no hay salvación, que la conservaré y profesaré constantemente con la ayuda de Dios hasta el último momento de mi vida y que obligaré en lo que yo pueda a los que dependen de mí o dependieran por razón de mi ministerio a que la guarden, enseñen y prediquen…” Así rezaba una parte del largo juramento que debían hacer los maestros de todas las escuelas en aquel país, aberración de la cual nos habíamos librado los mexicanos a duras penas.

Paradójicamente, los fundamentalistas de nuestro tiempo, de distintas confesiones y de manera principal los dirigentes del clero católico, se cubren con el manto de la libertad religiosa a la cual combatieron con todas sus fuerzas y recursos, incluyendo las guerras civiles, ¡Para reclamar su instauración Por tal, pretenden hacer pasar la legitimación de sus intromisiones en la vida política, presionando a los creyentes en favor de partidos u opciones de tendencia confesional. “Falta libertad religiosa para que los clérigos podamos emitir criterios éticos sobre candidatos, partidos o asociaciones políticas. Por ejemplo, si decimos que un católico no puede apoyar con su voto a quienes alientan el aborto, promueven liberalizar las drogas, u homologar con el matrimonio la unión entre homosexuales”, como escribía hace poco el obispo de San Cristóbal de las Casas. Recogiendo una sabia lección, hace tiempo escribí que el cristiano es titular de dos derechos: uno frente al Estado para que éste respete su opción religiosa y otro frente a la iglesia para que ésta respete su opción política. Como se advierte, estos clérigos reconocen el primero, pero se empeñan en violentar el segundo. El antiguo designio permanece: subyugar a las instituciones públicas, sobre todo las educativas y hacer de la jerarquía eclesiástica el principal árbitro de la nación, convirtiendo a la ley civil en un derivado de concepciones sectarias, usadas para mantener el poder de la organización clerical.

Todo esto pasa por la supresión gradual del Estado laico y de sus pilares centrales, como es la responsabilidad de los funcionarios públicos ante el pueblo. Una vez adoptado el criterio religioso como guía de su actuación, han de rendir cuentas sólo a dios, vale decir a quienes leen o interpretan sus dictados. Hace un par de días, por ejemplo, escuché al presidente municipal de Juárez comunicar muy orondo que su compromiso es únicamente con Dios. ¿Y si éste le ordenara arrasar la ciudad para exterminar a todos los pecadores, a la manera de Sodoma y Gomorra?, ¿O igual, le ordena exentar del pago del impuesto predial a las iglesias u obsequiarles parte del patrimonio municipal? Los terrenales individuos a quienes presuntamente representa ¿cómo sabremos de sus comunicaciones con la divinidad y de la manera en que nos afectan a los gobernados? ¿Hemos regresado a los tiempos de los monarcas obedientes sólo a Dios? Tales barbaridades y burlas a la ley, se hacen posibles cuando la ética política, las virtudes ciudadanas, la honestidad en el ejercicio de las funciones públicas, el respeto a la vida y a los derechos humanos, son sustituidos por el dogmatismo y las verdades axiomáticas que dicen poseer los ministros, curas y pastores o bien por la demagogia ramplona, usada por aquellos políticos que fingiéndose servidores de Dios, se aprovechan de la credulidad de los votantes.

México necesita con urgencia, cómo otras naciones latinoamericanas, un movimiento ciudadano que haga respetar la separación entre el Estado y las iglesias, entre la religión y la política. Hasta ahora, no se conoce mejor manera de construir la paz social y de garantizar la convivencia entre los individuos que preservar el laicismo en la enseñanza y en la actuación de los gobiernos. No regresemos a los tiempos del oprobio.

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LAS UVAS DEL TIEMPO

Andrés Eloy Blanco

Madre: esta noche se nos muere un año.

En esta ciudad grande, todos están de fiesta;

zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;

claro, como todos tienen su madre cerca... […]

Esta es la noche en que todos se ponen

en los ojos la venda,

para olvidar que hay alguien cerrando un libro,

para no ver la periódica liquidación de cuentas,

donde van las partidas al Haber de la Muerte,

por lo que viene y por lo que se queda,

porque no lo sufrimos se ha perdido

y lo gozado ayer es una pérdida.

Aquí es de la tradición que en esta noche,

cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,

todos los hombres coman, al compás de las horas,

las doce uvas de la Noche Vieja.

Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡Feliz año!,

como en los pueblos de mi tierra;

en este gozo hay menos caridad; la alegría

de cada cual va sola, y la tristeza

del que está al margen del tumulto acusa

lo inevitable de la casa ajena. […]

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