sábado, 10 de junio de 2017

Monogamia y sociedad: las bases bíblicas del matrimonio, L. Cervantes-O.


11 de junio, 2017

Esto explica por qué el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer para formar un solo cuerpo.
Génesis 2.24, Nueva Versión Internacional

Un fundamento social antiguo
“En el Antiguo Testamento el matrimonio aparece originariamente como una relación normal —ligada a la más íntima condición del ser humano— dispuesta por Yahvé, propia de un periodo de inocencia y desbordante alegría; una etapa jubilosa que, con el transcurso del tiempo, daría paso a otra de ‘dureza de corazón’ (Mateo 19.8), en la que se hicieron indispensables las reglas”.[1] La indagación sobre los orígenes más remotos de las instituciones humanas, desde una lectura teológica, encontró aspectos que, al exponerse de una manera simbólica, transmiten la fascinación y el asombro que producía el misterio de la vida, la fertilidad y el manejo del placer en las parejas. Todo ello formaba parte de un conjunto de realidades que debían ser comprendidas a la luz de los designios divinos, que se consideraban muy interesados en definir el papel de las personas en la fundamentación de la sociedad hebrea, en este caso.
Para el A.T., el matrimonio es un estado de convivencia que permite fundamentar la existencia de la sociedad sobre una base de estabilidad. La preocupación mostrada por Dios en Gén 2 muestra la necesidad de una armonía humana que completara a cabalidad el orden cósmico y ecológico que se iba estableciendo en la creación. La premisa básica de que ambos, hombre y mujer, compartían la imagen de Dios, establece, en primer lugar, un plano de igualdad que la cultura y los convencionalismos relegaron progresivamente para imponer los criterios dominantes. Ciertamente, el trasfondo de la redacción de los textos manifiesta la búsqueda de los orígenes en el ambiente donde finalmente alcanzaron la forma escrita y también la forma en que llegaron a ciertas conclusiones sobre el estamento que debía prevalecer en la mentalidad del pueblo.
El énfasis en la procreación de Gén 1.28 se ve complementado por los énfasis de la segunda narración del origen de la humanidad y de la pareja, pues si bien el primer relato expresa de manera general los orígenes del hombre y de la mujer, el segundo es más minucioso y se detiene con gran detalle a explicar los pormenores de los mismos, haciendo de Dios una especie de artífice, mediante la comprensión de la época, completamente ajena a la ciencia o a la biología. Gén 1.26-30 resalta “la responsabilidad propia del hombre y la mujer en este conjunto armónico creado por Dios mediante su Palabra”.[2] Por ello, no es casual que ambas criaturas sean lo último que Dios creó, pues ellos serán co-administradores del mundo. Gén 2.18-25 es una parábola en la que “Dios no da órdenes para que aparezcan las cosas; Él mismo va haciendo con sus manos, va modelando con arcilla a cada ser viviente, se las ingenia para conseguir que su principal criatura, el hombre, se sienta bien: lo duerme y de su costilla ‘forma’ una criatura, que el varón la reconoce como la única con capacidad de ser su compañera entre el resto de criaturas: la mujer”.[3]
Al misterio de la diferencia se agrega el de la convivencia, puesto que el lugar que ocuparían ambos en el Edén está marcado por un tono más poético, pero no por ello menos atento a la necesidad colectiva de agregarse y formar comunidad desde la unidad básica. La primera pareja tiene una clara afinidad biológica, pero al mismo tiempo sus diferencias son las que fundarán la civilización. La ruptura del clan originario para formar nuevas unidades sociales será la clave de todo (Gén 1.24).
Monogamia y poligamia en el libro del Génesis
“El relato de la creación de la primera pareja humana presenta el matrimonio monógamo como conforme con la voluntad de Dios. […] En todos los casos se observa una monogamia relativa: no hay nunca sino una sola esposa ‘titular’”.[4] El Código de Hammurabi (1700 a.C.), seguramente conocido por los patriarcas antiguos como Abraham, establecía que el marido solamente podía tomar otra esposa en caso de la esterilidad de la primera y que, incluso, se vería privado de hacer eso si la esposa le proporcionaba una esclava como concubina. Pero el marido, aun con hijos de la esposa, podía tener una sola concubina. Con esto se aprecia que, antes de la aparición de una normatividad legal, los antiguos patriarcas no dejaban de respetar ciertas leyes que reglamentaban la vida de las parejas. La tensión entre monogamia y poligamia, entonces, aparece desde los inicios de los textos sagrados, lo que manifiesta el grado de interés que despertaron esas realidades entre los teólogos y redactores de esos documentos. Podría decirse que se presentan como realidades que las comunidades experimentaron simultáneamente.
“Los patriarcas de la línea de Set son presentados como monógamos, mientras que la poligamia hizo su aparición en el linaje reprobado de Caín”,[5] por lo que es posible advertir un tono crítico y una relación velada entre los descendientes de la línea genealógica marcada por la desobediencia y el crimen. Caín y su descendencia siguen siendo un gran desafío para la interpretación bíblica en este y otros asuntos. De modo que nos encontramos, al momento de hacer una reconstrucción de la historia del desarrollo de la unión conyugal en el antiguo Israel en la encrucijada entre fe y cultura, entre costumbres ancestrales y la lucha ideológica por imponer modificaciones a la conducta social con base en postulados religiosos de difícil instauración. Es decir, igual que ahora, con las variaciones impuestas por la época y las mentalidades. El conflicto ideológico y cultural entre monogamia y poligamia, al menos en Occidente, se ha resuelto a favor de la primera, lo que no significa que las tendencias de muchas personas vayan por el otro rumbo, aun cuando no se pueda legislar a contracorriente de las mismas.

La forma en que Dios estableció la institución matrimonial revela la orientación social que debía caracterizar al pueblo de Dios. Los textos la presentan desde una sólida base teológica a fin de afrontar con seriedad su desarrollo. La presencia de la monogamia, como práctica normativa, en las diversas etapas históricas del Antiguo Testamento sale bastante airosa, pues sólo se menciona en el caso de Elcaná, el padre de Samuel (I Sam 1). Los libros sapienciales, que presentan un cuadro de la sociedad de su tiempo, tampoco la mencionan: “…los numerosos pasajes que conciernen a la mujer en el hogar se comprenden mejor en el marco de una familia estrictamente monógama”.[6] En ese marco deben entenderse Prov 5.15-19; Ecl 9.9 y hasta el elogio de la mujer perfecta, que cierra el libro de los Proverbios (31.10-31). Además, según la imagen del matrimonio monógamo, los profetas representan a Israel como la esposa única que escoge Dios (Os 2.4s; Jer 2.2; Is 50.1; 54.6-7; 62.4-5), aunque Ezequiel 16 desarrolla la metáfora en una alegoría. Es inquietante comparar las relaciones de Yahveh con Samaria y Jerusalén, con un matrimonio con dos hermanas (Ez 23, cf. Jer 3.6-11).

No obstante, el cuadro de la realidad matrimonial es bastante claro, aun cuando deban afrontarse las nuevas lecturas que nos exige la época para seguir situando el matrimonio en su justa dimensión social y espiritual.


[1] Vidal Rivera Sabatés, “El matrimonio según la Biblia”, en Foro, nueva época, núm. 13, 2011, p. 190.
[2] Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo. Bilbao, Mensajero, 2008, p. 19.
[3] Ibíd., p. 20.
[4] Roland de Vaux, “El matrimonio”, en Instituciones del Antiguo Testamento. Barcelona, Herder, 1985, pp. 55, 56.
[5] Ibíd., p. 55.
[6] Ibíd., p. 57.

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