domingo, 25 de febrero de 2018

Evangelio, necesidades y servicio, L. Cervantes-O.



25 de febrero, 2018

Jesús le dijo: —Levántate, alza tu camilla y camina. En ese momento el hombre quedó sano, alzó su camilla y comenzó a caminar.
Juan 5.8-9, TLA

El relato de Marcos 5.21-43 muestra un momento muy sensible de la labor de Jesús de Nazaret en medio de las necesidades del pueblo: dos mujeres enfrentan situaciones extremas, una muy joven que falleció y otra con una larga enfermedad. El contraste no podía ser más fuerte, pues a partir de allí es que ambas historias se entrelazan y se proyectan como una unidad de sentido para exponer la actuación de Jesús como una persona preocupada por responder a las urgencias de la gente. En el primer caso, ante una solicitud muy demandante, y en el segundo, incluso sin darse cuenta inicialmente. En los dos casos desconocemos sus nombres, pero el énfasis del relato está precisamente en la forma en que la vida cotidiana puede contener tanta necesidad al mismo tiempo. Jesús atendería ambas situaciones como parte de la acumulación de exigencias por parte del pueblo sufriente.

Mientras los gerasenos echan a Jesús de su territorio, Jairo, el jefe de la sinagoga le suplica que vaya a su casa (22-23). Jairo reconoce que su institución religiosa ha perdido el horizonte de la vida y va a buscarla en Jesús, quien la da en abundancia. Llama la atención el giro que da un dirigente religioso como él al percibir la manera en que Dios se estaba manifestando en Jesús. No duda en embarcarse en una aparente “desviación” de la fe tradicional a fin de obtener el beneficio que requería, tan exigente en un momento crítico.

En trazos muy ágiles Marcos presenta la historia de la otra mujer (25-26): durante 12 años había gastado mucho dinero para tratar de curarse sin ningún resultado. El final del v. 26 subraya el estado psicológico y espiritual al que había llegado: depresión, angustia y desesperación por no recuperar su salud, además de que, sin decirlo, el relato plantea la marginación a la que había estado sujeta, una marginación en la que se sumaban aspectos negativos en su vida, con escasísimos horizontes de esperanza. La única posibilidad que le quedaba era que ese profeta que comenzaba a ser conocido hiciera el favor de sanarla y ella arriesgó todo para intentarlo.

La Ley sin el horizonte de la vida pierde su sentido; por eso, ni Jairo ni la mujer enferma dudaron en violarla; el primero cuando se acerca al hombre que sus colegas consideran hereje, y la mujer, cuando toca a Jesús, algo prohibido por la Ley (Lv 15.19-31). Si las leyes religiosas o sociales no consideraban con suficiente profundidad la situación de las personas (algo que sigue presente en la actualidad), la decisión de transgredir determinados preceptos para colocar lo humano como criterio central se impuso por la fuerza de los hechos. La mujer trató de ocultar el milagro ante el gentío, porque sabía que podrían maltratarla si se enteraban de que estando impura había permanecido entre ellos. Jesús, sin embargo, la hizo visible y la felicitó porque había comprendido la fe como una fuerza de vida que libera (32-34).


La hija de Jairo había muerto a los 12 años, el mismo periodo de sufrimiento de la otra mujer. La fe del jefe de la sinagoga contrastó con la de quienes se reían de Jesús (38-40). Esa fe unida a la opción de Jesús por la vida, liberó a la niña de la muerte (41), con las famosas palabras en arameo: ¡Talitá cum! La confianza en Dios que demostró Jesús y que transmitió óptimamente a la familia de la niña fue un auténtico bálsamo curativo para el conjunto de personas que acompañaron ese momento crucial para todos ellos. Eran testigos del triunfo de la vida de Dios sobre la muerte, y sobre la muerte en vida. En palabras de Musa Dube, teóloga de Botswana: “Jesus rechaza sucumbir a la sombra de muerte, al insistir en la vida y la esperanza. […] Como judío, sabía que un cuerpo muerto lo contaminaría. Pero él luchó por la vida de esa niña”.

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