sábado, 28 de abril de 2018

Evangelización y testimonio de servicio, L. Cervantes-O.

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Ilya Repin, Jesús levanta a la hija de Jairo (1871)

29 de abril de 2018


Jesús contestó: —Ustedes están confundidos y no confían en Dios. ¿Acaso no pueden hacer nada sin mí? ¿Cuándo van a aprender? ¡Tráiganme aquí al muchacho!
Mateo 17.17, TLA

No puedes dirigir a la gente si no la amas. No puedes salvarla, si no le sirves.
Cornel West

Con la revisión anterior de algunos episodios contenidos en los evangelios parece que no queda ninguna duda del perfil de servicio que caracterizó la actuación de Jesús de Nazaret durante su ministerio terrenal. A la proclamación apasionada del Evangelio del Reino de Dios agregó una práctica de servicio que siempre fue más allá de lo esperado en su época. Él encarnó visiblemente lo anunciado por el profeta Isaías acerca de la labor del siervo sufriente, especialmente en sus capítulos 61 (que leyó él mismo en la sinagoga de Nazaret) y 53, cuya aplicación en su pasión y muerte impactó tanto a los autores de los evangelios. Posteriormente, sus discípulos, hombres y mujeres, luego de un periodo de incertidumbre posterior a la resurrección, buscaron la manera de ser fieles al legado de testimonio mediante el servicio desinteresado a las comunidades en medio de las cuales el seguimiento de Jesús trataba de ser una realidad transformadora. De ello dan fe los primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Gracias al apóstol Pablo la fe cristiana se extendió en otros territorios ocupados por el Imperio Romano, lo que obligó a formularla y experimentarla de un modo que, sin perder su potencial transformador, pudiera ser comprendida y vivida en las diversas culturas de ese tiempo, dominadas por una comprensión helenística de la realidad, es decir, por un desprecio de la corporalidad, considerada como algo malo y poco importante. Insertar en ese medio la realidad de la resurrección y sus consecuencias fue un gran desafío para las comunidades cristianas. Pablo afirmó la unidad de la persona humana y, por lo tanto, que el cuerpo puede y debe estar a disposición de Dios como instrumento del bien (13).

He aquí una concepción realista de la unidad del hombre y de su responsabilidad. De ahí que su exhortación a los creyentes de Roma era la consigna para dedicarse por entero al servicio de Dios y de los demás como testimonio de la nueva vida en Cristo: “Así que no dejen que el pecado los gobierne, ni que los obligue a obedecer los malos deseos de su cuerpo. Ustedes ya han muerto al pecado, pero ahora han vuelto a vivir. Así que no dejen que el pecado los use para hacer lo malo. Más bien, entréguense a Dios, y hagan lo que a él le agrada” (6.12-13). La RVR 1960 habla de no presentar los “miembros (méle) al pecado como instrumentos de iniquidad”, sino más bien presentarse a sí mismos “como vivos de entre los muertos” y los miembros “como instrumentos de justicia” (vv. 13, 19).

Al estar dominados ya no por la ley, sino más bien por la gracia, cambia la percepción y el uso del cuerpo, que será el instrumento del servicio; los miembros son las partes del cuerpo que ahora deben canalizar todas sus energías al servicio de la justicia, palabra tan relevante para esta carta paulina. Pablo expresa la tensión de la opción cristiana “con la imagen más fuerte que tiene a mano y que sabe que va a impactar a sus lectores: la imagen de la esclavitud” (Biblia de Nuestro Pueblo), pues era muy probable que algunos cristianos de Roma fueran realmente esclavos. “Dos esclavitudes se presentan al cristiano como opción de vida: la esclavitud al pecado o la esclavitud a Cristo. El pecado conduce a sus esclavos a la muerte. Por el contrario, la ‘obediencia’ a Cristo –ya no habla de esclavitud– conduce a la salvación y por ella a la vida”.

La gracia ya había hecho de esos creyentes “servidores de la justicia”: “¿No sabéis que, si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (v. 16). Los seguidores de Jesús, subraya Pablo, ahora serían “siervos (doula) de la justicia” (v. 18). Ésa es la base para el testimonio cristiano, es decir, la evangelización continua mediante el servicio, siempre desinteresado, a los demás, pues el amor de Dios en Cristo debe compartirse permanentemente de esa manera, sirviendo.

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