sábado, 20 de octubre de 2018

Jesús proclamó el cambio de vida como algo posible, Hna. Ruth Carrillo Andrade



21 de octubre de 2018

Es importante entender y comprender el mensaje de la reconciliación con Dios, que es una acción de la cual es necesaria vivirla para poder proclamarla al mundo que nos rodea.
Nos remontamos hacia la vida del apóstol Pablo en los primeros años de la Iglesia. En el cual cuando él vive su reconciliación en la ciudad de Damasco, sus pensamientos y su vida cambian radicalmente y desde lo más profundo de su ser se derrama de sus poros la proclamación y el deseo de compartir a cada momento de su vida a todas las personas con las que se encuentra, el mensaje de la Cruz y de la salvación. Las invita para disfrutarla, como si fuera un delicioso platillo que comparte y al probarla y haberla saboreado deja una sensación de paz al corazón, borrando conflictos y tribulaciones que el hombre sobrevive cada día esclavo de sus pasiones y con una vida sin esperanza.
¿Cómo era la ciudad de Corinto? Era un puerto comercial donde abundaba el turismo, el comercio y, por lógica, el dinero y la vida fácil. Los historiadores mencionan que Pablo vivió en ese lugar aproximadamente año y medio, Corinto era una provincia de Grecia en la cual vivían griegos, romanos y judíos; se practicaba la idolatría, la brujería, la homosexualidad. La gente vivía sin ninguna regla moral. Cuando llegó Pablo a ese lugar y se dio cuenta de la forma de vida que tenían sus habitantes, sin duda para él fue un choque de emociones porque él estaba viviendo la alegría de anunciar el mensaje de la redención del pecado de la naturaleza humana. Pablo anunciaba la vida de Jesús que sin culpa había muerto para la salvación del pueblo. Señala qué es fundamental entender que para el cristiano la muerte y resurrección de Cristo vinieron a ser el eslabón que nos une para ser la creación de una nueva criatura.
La vida de las personas en Corinto estaba completamente en otra frecuencia. Así que fue un difícil trabajo para Pablo, más no imposible porque su fe lo sostenía y lo alentaba para seguir con su propósito y su deseo de abrir el camino para establecer la historia de la salvación, así como el derecho de poseer un cielo nuevo y una tierra nueva. El sacrificio que Jesús hizo en la cruz, por mí, por ti, y por todos nosotros que somos pecadores, nos hace ver su grande amor redimiéndonos de todo pecado y nos lleva ante la presencia de Dios otorgándonos la más hermosa de las herencias que tenemos como sus hijos y que debemos de anunciar como lo hizo Pablo en Corinto y en cada lugar que visitó en el pasado.
Escuchar a Pablo debió ser una experiencia impresionante y cautivadora cuando él hablaba de esa vivencia tan especial que había cambiado su vida y de los momentos vividos de su conversión en la ciudad de Damasco a los habitantes de Corinto.
No hay nada oculto del cielo a la tierra, porque yo puedo mostrar una forma de vida y vivir realmente otra, sin embargo, Dios que conoce realmente mi corazón, mi vida y mis pensamientos. A Él no lo podemos engañar.
El ser humano por naturaleza no suele reconocer sus faltas o debilidades y trata de escudarse y aparentar situaciones de vanidad y orgullo. Por lo que generalmente no expresamos verdaderamente lo que nos sucede o estamos viviendo, temiéndole a lo que dirán o a qué pensarán de cada uno de nosotros. Sobre todo, cuando, como cristianos, demostramos nuestra fe en Cristo y solemos libremente testificar sobre las bendiciones derramadas en nuestras vidas. Porque si creemos que verdaderamente Cristo al morir en esa cruz, su sangre nos limpia de todo pecado y cuando seamos llamados a su presencia, seremos resucitados para la vida eterna.
Vivir con Cristo nos cambia nuestra forma de ser. Como humanos, con el tiempo nuestro cuerpo se va desgastando, pero nuestra fe en el Señor nos va fortaleciendo porque somos nuevas criaturas en el Señor y nos vamos renovando día tras día.
El pasado de nuestras vidas se ha ido y ahora al aceptar a Cristo como nuestro Salvador nos redime del pecado y nos toma y nos coloca en el hueco de su mano y nos entrega una vida nueva. Eso es precisamente el camino de la reconciliación porque podemos hablar con Él para sentir su presencia en nuestra existencia.
En el Evangelio de Juan (14.6), Jesús nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre si no es por mí”. Por ese motivo la reconciliación que tenemos con el Padre es por medio de su Hijo Jesucristo, quien por su sangre que derramó en ese madero nos reconcilia con Dios sin tener en cuenta nuestros pecados y regalándonos el mensaje del perdón y la redención de nuestra vida.

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