sábado, 13 de abril de 2013

El valor comunitario de los bienes y el dinero según el Nuevo Testamento, L. Cervantes-O.


14 de abril, 2013

Nadie entre los creyentes carecía de nada, pues los que eran dueños de haciendas o casas las vendían y entregaban el producto de la venta, poniéndolo a disposición de los apóstoles para que estos lo distribuyeran conforme a la necesidad de cada uno. […] Pero un hombre llamado Ananías, junto con su mujer, de nombre Safira, vendió una finca y, de acuerdo con la esposa, retuvo una parte del precio y puso lo restante a disposición de los apóstoles.
Hechos 4.34-35; 5.1-2

“En un mundo en el que crece el individualismo en las relaciones y en las estructuras sostenidas por el proyecto neoliberal excluyente, es de vital importancia reflexionar sobre el estilo de vida de las primeras comunidades cristianas, con la intención de buscar luz y orientaciones para la vivencia de las congregaciones y comunidades cristianas de hoy”.[1] La triste historia de Ananías y Safira es un ejemplo de lo que no debe hacerse, en términos de mayordomía, solidaridad y colaboración, en el seno de una comunidad cristiana. En los inicios mismos del cristianismo, justo cuando se estaba delineando el perfil comunitario de las comunidades que intentaban seguir los lineamientos establecidos por Jesús de Nazaret, el comportamiento económico de esta pareja es presentado como opuesto radicalmente a los ideales de hermandad, koinonía y diaconía, que empezaban a ponerse en práctica no sin dificultades. El libro de los Hechos de los Apóstoles no se queda en la superficie de las mismas y mientras expone la disposición de algunos creyentes que poseían bienes y se desprendían de ellos para formar un fondo común para distribuir recursos en la comunidad, al mismo tiempo muestra las actitudes contrarias a dicho espíritu de participación y apoyo. Si lo dijésemos en términos más realistas, la pareja resulta ser muy previsora pues, ante el ambiente apocalíptico dominado por la posibilidad del regreso (parusía) de Jesús, deciden anticiparse y preservar una parte de su patrimonio.
Existe un fuerte contraste entre las acciones de solidaridad y renuncia a los bienes por parte de algunos/as y la premeditación con que actuaron Ananías y Safira. En la línea que viene del Evangelio de Lucas, en Hechos se pone a funcionar la propuesta de Jesús en el sentido “de una priorización del servicio a la gente más necesitada, empobrecida y excluida de la sociedad, por diversos motivos” (Idem). Debe subrayarse que el ministerio de la comunidad de apóstoles y seguidores/as fue guiado permanentemente por el Espíritu Santo, lo que conduce a entender que cada paso, incluso los relacionados con la economía y el dinero, dependían totalmente de él, especialmente a la hora de observar y responder a la necesidad de cada uno (4.35). Compartir los bienes era, entonces, resultado de la acción del Espíritu y no de un “convencimiento ideológico” o de alguna forma de coerción o imposición.
Lo que el episodio pone en evidencia es cómo se relacionaba esa pareja con los bienes y el dinero, no en función de un propósito comunitario sino de sus propios intereses, algo muy normal y previsible siempre. Ya integrados a la comunidad cristiana, ambos deciden vender una finca, quizá dominados por el ímpetu milenarista, es decir, como parte del sistema actúan dentro de las leyes del mismo y en uso de sus facultades de propietarios. El pasaje no explica el origen de los bienes de la pareja en cuestión, lo cual al no parecer relevante, pone todo el énfasis en la manera en que trataron de engañar al Espíritu, tal como se lo dice Pedro: “Ananías, ¿por qué has permitido que Satanás te convenciera para mentir al Espíritu Santo, guardando para ti parte del precio de la finca? Tuya era antes de venderla y, una vez vendida, tuyo era el producto de la venta. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer una cosa semejante? No has mentido a los hombres sino a Dios.” (5.3-4). El texto establece un contraste específico entre ellos y Bernabé, quien sin ocultar nada practica la “transparencia económica” en su relación con la comunidad al vender una propiedad (4.37). “No se trata aquí solamente del hombre rico que deja todo para ser discípulo de Jesús, a la manera cómo Jesús se lo exigió al joven rico: ‘todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre lo pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme’ (Lc 18.18-23). Aquí se trata no solamente de un acto de desprendimiento, sino más bien de una ruptura con el pasado. Bernabé, al vender su campo en Jerusalén, rompe con la institucionalidad judía y entra en la nueva comunidad misionera y del Espíritu dirigida por los apóstoles”.[2]
Richard resume lo acontecido en la comunidad y aventura una interpretación sobre el suceso:

En el primer sumario lo que se vende son posesiones y bienes en general, ahora se dice más concretamente que venden campos o casas. No se trata solo de gente rica que se desprende de sus bienes, sino de discípulos que dejan todo aquello que los ata a un lugar (tierra y casa). Hay dos novedades importantes en 4,34-35: “no había entre ellos ningún necesitado” y el precio de la venta “lo ponían a los pies de los apóstoles”. Estas dos expresiones muestran una comunidad con una organización interna más desarrollada. Ya no se trata solo de satisfacción de necesidades, sino de eliminación de la pobreza en la comunidad. Esto exige a los apóstoles cumplir el rol de administradores. […]
¿Qué significa este relato de Bernabé, Ananías y Safira? El significado aparente del texto es ilustrar, con un ejemplo positivo y negativo, la vivencia de la koinonía en la primera comunidad. […]
En el caso de Ananías y Safira, el hecho de retener parte del dinero de la venta del campo, revela que los esposos están divididos: por un lado, quieren venderlo todo, traer el precio de la venta a los apóstoles y así participar en la comunidad; por otro lado, retienen una parte del dinero, para continuar su proyecto de vida anterior. Quieren participar de la vida de la nueva comunidad, pero mantener su posición tradicional dentro de la institucionalidad judía. […]
Muchos encuentran un paralelismo entre esta historia y la historia de Acán en Josué 7,1-26. Éste se queda con parte del botín y es apedreado y muerto, pues por su culpa el pueblo es derrotado. […]
Quedarse con parte del botín era complicidad con el sistema que estaban justamente destruyendo. El verbo en ambos pasajes es el mismo: “retener para sí” (nosphizo). El relato de Ananías y Safira tiene esta connotación violenta del relato de Acán. Igual que Acán, Ananías y Safira no rompen con el sistema con el cual la comunidad apostólica ha decidido romper. En momentos de consolidación de la comunidad, la actitud de Ananías y Safira implicaba el fin de la comunidad, como la actitud de Acán significó la derrota del pueblo de Dios en tiempos de Josué. […]}
¿No es este relato de Ananías y Safira un relato violento contrario al Espíritu de Jesús? Todo depende de la interpretación. Si interpretamos 5,1-11 como un juicio, donde Pedro es el juez, que dicta sentencia y condena a muerte, entonces tendríamos aquí el inicio de la violencia jerárquica y autoritaria en la Iglesia. No se trata de eso. En este texto no hay ni juicio ni condena de muerte por parte de Pedro. La intención del relato es otra. Véase la abundancia de términos económicos en esta sección: posesión de campos y casas, venta y precio de venta, entregar o retener dinero, administrar (poner dinero a los pies de alguien). Lo económico define aquí la identidad religiosa institucional: templo o comunidad cristiana. Es en este contexto que entra Satanás, que simboliza aquí el poder del pecado. Satanás induce a Ananías a retener dinero, para asegurar una opción institucional económica-religiosa. La fuerza del pecado actúa especialmente en el ámbito de lo económico-religioso y lleva a la muerte. No es Pedro quien impone aquí el régimen del terror, sino el dinero con sus opciones religiosas. Es el estatus económico y religioso que el dinero impone lo que mata a Ananías. Se repite aquí la historia de Judas, en el cual también “entró Satanás” (Lc 22.3), traicionó a Jesús y “compró un campo con el precio de su iniquidad” (Hch 1.18), luego cayó de cabeza en su propio campo y se mató. Aparece el vínculo estrecho entre campo-dinero-Satanás-muerte. Ni Jesús mató a Judas, ni Pedro a Ananías. Los mató el poder religioso del dinero. [Énfasis agregado]
¿Fue el pecado de Safira el mismo que el de Ananías? Llama la atención que Lucas diferencia explícitamente tanto la acción como la intención de los dos esposos. Él que actúa es Ananías, pero su mujer está de acuerdo y sabe lo que hace Ananías (5.1-2). Cuando Pedro la interroga sobre el monto del precio del campo vendido, Safira miente y da una respuesta falsa (v. 8). Safira entra donde está Pedro tres horas más tarde y sin saber lo que había pasado con su marido (v. 7). Esto quiere decir que Safira actúa no influenciada por la muerte de Ananías. Con esto Lucas separa y diferencia el pecado de cada uno de los dos esposos. A Ananías lo mató el poder satánico del dinero y su estatus económico-religioso, pero ¿qué mató a Safira? El texto no dice que Satanás entró en el corazón de Safira y que mintió al Espíritu Santo, sino dice solamente que se puso de acuerdo con Ananías para “poner a prueba el Espíritu del Señor” (v. 9). El pecado de Safira no está en lo económico, sino en la forma de vivir su matrimonio. Lo que mata a Safira es el matrimonio patriarcal, que la somete a las intenciones de su marido. Esta forma patriarcal de matrimonio fue lo que los puso de acuerdo. El matrimonio conforme al Espíritu del Señor prohíbe al esposo ejercer poder sobre la esposa y permite a la esposa ser independiente de las opciones de pecado y muerte del esposo. La esposa puede vivir como si no tuviera esposo y viceversa (ese sería el sentido de 1 Cor 7.29). El pecado de Safira fue participar de una forma de matrimonio, que no le permitió resistir a la opción de muerte de su esposo. El matrimonio patriarcal no permitió a Safira ser libre frente a la fuerza del pecado que dominaba a su esposo. El matrimonio de Ananías y Safira representa aquí la vieja comunidad patriarcal de la Ley y del Templo, con la cual rompe la nueva comunidad de Jesús. (Ibid., pp. 60, 61-66)

De modo que la nueva comunidad debía superar este tipo de acciones para consolidar su fe y su accionar como pueblo nuevo de Dios en el mundo y las variables económicas tenían que dejar de influir en el comportamiento individual y colectivo tal y como lo hacían en el resto de la sociedad.


[1] Franklyn Pimentel-Torres, “Ministerios, diakonía y solidaridad en la literatura lucana (Lucas y Hechos)”, en RIBLA, núm. 59, http://claiweb.org/ribla/ribla59/franklin.html.
[2] P. Richard, El movimiento de Jesús antes de la Iglesia. Una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Santander, Sal Terrae, 2000, p. 60.

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