domingo, 25 de enero de 2015

Letra 404, 25 de enero de 2015



PONERSE EN PIE Y ANDAR
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 85.

El paralítico se puso en pie y andaba.
Hechos 3.8

A

l cristiano —justamente la criatura que, ante todo, sabe que, en cuanto tal criatura, no es más que polvo ante Dios— su fe —en la medida en que se trate al menos de un mínimo fragmento de fe auténtica— le permite estar con Dios, y no ya sometido a las inclemencias del acontecer del mundo, sino por encima de todas ellas, porque precisamente él está con Dios como hijo de ese Padre, como heredero de su gloria, ya aquí y ahora señor libre de todas las cosas. Ve incluso donde no hay nada que ver.
Se ríe de las falsas visiones y cosmovisiones, aun cuando éstas sigan teniendo un gran predicamento. Se pone en pie y anda, aun cuando al prójimo y a él mismo les parezca caer en un abismo sin fondo. Es animoso, paciente, alegre, incluso allí donde no sólo la apariencia, sino la entera y sólida realidad del mundo se manifiesta contraria a que tal cosa pueda ser. Él le hace frente, no con el espasmo artificial de un esfuerzo religioso excesivo, sino porque, al poder creer, se hace primero frente a sí mismo, y de ese modo está protegido de sí mismo y del mundo entero. Al tener a su Señor, puede y debe resistir y ser Señor con él. De su “por eso” se sigue, sin más, su “no obstante”; y lo que todavía le falta, lo que todavía aguarda ardientemente, aunque sin preocupación, es ya sólo la manifestación de su Señor como Señor también del acontecer del mundo, la manifestación de que también su “no obstante” es un “por eso”. Esto significa vivir de su fe.
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RELATO HISTÓRICO DEL PROCESO DE FORMACIÓN DE LA CONGREGACIÓN “PRÍNCIPE DE PAZ NORTE” 1990–1993 (I)
A.I. Hiram Palomino López

Aunque en los anales históricos se menciona el primer domingo de enero de 1993 como la fecha en que nos reunimos por primera vez como grupo, fue desde el año de 1990 que surgió la inquietud de iniciar un proyecto de crecimiento de la Iglesia “Príncipe de Paz” propuesto por el Ministerio de Misiones dirigido por el A.I. Hiram Palomino y que consistía en un plan para establecer cuatro congregaciones en diferentes puntos de la ciudad. El Consistorio de la Iglesia acordó apoyar lo que parecía más viable, el “Proyecto Culhuacán”, donde las autoridades del Departamento del Distrito Federal, incluso, habían otorgado un terreno de más de 1000 metros cuadrados, se habían adquirido 100 sillas y nos estábamos reuniendo cada domingo por la tarde un promedio de 60 a 70 hermanos en el domicilio del hermano José Luis Orozco en Villa Coapa, incluso, se realizó un culto de inicio en el mismo terreno a donde asistió una gran cantidad de miembros de la iglesia, compartiendo así mismo los alimentos en una gran reunión de comunión fraternal.
Mientras tanto, alternativamente al desarrollo de este plan, otro grupo de hermanos radicados en el norte de la ciudad nos reuníamos semanalmente cada jueves en nuestras casas para orar, pero fundamentalmente con el propósito de iniciar una congregación en el norte del D.F. Así, nos reuníamos Jonathan Forcada con su esposa Gloria, Daniel Soto y Eglantina, Vicky Apaza, Rafael Pineda con su familia, las hermanas Sara y Pina Romero, Hiram Palomino y Ruth, el grupo fue creciendo y fortaleciéndose con la presencia de Javier Díaz y Pili, Rubén Núñez y Laurita, Samuel Hernández y Mati, y otros hermanos más. Nuestra oración permanente era la solicitud a Dios que nos indicara el camino a seguir y que fuera El quien orientara las acciones a seguir para realizar ese proyecto en el norte de la ciudad.
El proyecto en Culhuacán iba muy adelantado, se realizaron todas las gestiones ante las autoridades de la delegación para obtener los servicios de urbanización, drenaje, agua potable, electrificación, etcétera, y el día que se presentaron las cuadrillas de trabajadores para iniciar los trabajos correspondientes hubo una gran manifestación de inconformidad de los colonos que se opusieron a esta obra la cual fue suspendida abandonando la iglesia este proyecto.
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LA MAYORDOMÍA DE LOS BIENES MATERIALES: UNA EXPLORACIÓN EN LA ÉTICA REFORMADA  (I)
C. René Padilla

La estrecha relación entre la doctrina que se profesa y la ética que se practica es una premisa fundamental de la fe cristiana. Juan Calvino lo expresa con meridiana claridad en su excelente tratado sobre la vida cristiana, que forma parte del libro III de su Institución: “El Evangelio no es doctrina de meras palabras, sino de vida, y no se aprende únicamente con el entendimiento y la memoria, como las otras ciencias, sino que debe poseerse con el alma, y asentarse en lo profundo del corazón; de otra manera no se recibe como se debe (III.vi.4 [p. 525])”.
Para Calvino, como para los demás reformadores, la pureza de la doctrina era un asunto de suma importancia, pero no como un fin en sí­ mismo sino como el fundamento para una vida digna del Evangelio. La doctrina debí­a "poseerse con el alma, y asentarse en lo profundo del corazón", a fin de dar fruto en términos de santidad en la vida práctica. Y esta integración de la fe y la conducta tení­a que darse en todas las áreas de la vida, sin excepción. "Evidentemente --decí­a Calvino-- es un punto trascendental saber que estamos consagrados y dedicados a Dios, a fin de que ya no pensemos cosa alguna, ni hablemos, meditemos o hagamos nada que no sea para su gloria; porque no se pueden aplicar las cosas sagradas a usos profanos, sin hacer con ello gran injuria a Dios" (III.vii.1 [p. 527]).
Con miras a ilustrar la manera en que la teologí­a reformada se ocupó en el pasado de relacionar la enseñanza bí­blica con la conducta práctica, en el presente artí­culo exploramos un tema que mereció consideración cuidadosa por parte de varios autores de esta tradición y que sigue siendo un tema de actualidad: la mayordomí­a de los bienes materiales. Como afirmara el pastor Pierre Courthial, la gran originalidad de la Reforma fue el no querer ser original sino buscar un retorno a la Palabra de Dios (1967:30). Nuestro propósito es señalar, para nuestro propio aleccionamiento, algunas de las lí­neas de reflexión ética que, en torno al tema mencionado y a la luz de la enseñanza bí­blica, se trazaron en la tradición reformada en diálogo con el contexto histórico. Para ello analizaremos la obra intitulada Riches Increased by Giving, escrita por un pastor y autor puritano, Thomas Gouge (1605-1681). Nos ocuparemos de ella por considerarla de mucha solidez bí­blica y de gran actualidad para nuestro tiempo.
Cabe anotar que la situación en que vivió este destacado siervo de Dios, en la Inglaterra del siglo 17, se caracterizó, entre otras cosas, por una profunda desigualdad entre los ricos y los pobres. Mientras que los poderosos recibí­an todo tipo de privilegios por parte de la corona, el costo de vida no guardaba relación con la capacidad adquisitiva de los jornaleros y asalariados, y gran parte de la población no encontraba manera de satisfacer sus necesidades básicas (ver González 1982:63). En estas circunstancias Gouge se sintió compelido a llamar al pueblo de Dios, en general, y a sus miembros más pudientes, en particular, a una mayordomí­a responsable de los bienes materiales. Para este propósito recurrió a las Escrituras y, a partir de ellas, forjó su enseñanza de rico contenido ético y de gran pertinencia a su situación.

Martí­n Lutero y Juan Calvino: su actitud frente a los bienes materiales
Un estudio más amplio de nuestro tema tendrí­a que dar cuenta de los antecedentes de la enseñanza ética de Gouge en la historia del pensamiento reformado. Baste aquí mencionar que tanto Lutero como Calvino mostraron una preocupación especial por las  cuestiones  económicas  y  se  esforzaron  por  entenderlas a la luz de la Palabra de
Dios, en función de la coherencia entre la doctrina y la vida práctica.
El teólogo brasileño Ricardo W. Rieth, en su disertación doctoral para la Universidad de Leipzig, ha investigado con detenimiento el pensamiento económico de Lutero y ha mostrado cómo, a partir de las Escrituras, el reformador alemán opuso la "ganancia" (con la connotación de avaricia) a la fe, y el culto a Mamón a la adoración al Dios verdadero. En dos artí­culos que resumen sus hallazgos, Rieth afirma:

La "ganancia" asumió un significado central en el pensamiento teológico de Lutero cuando, por un lado, la equiparó a la incredulidad. En este contexto, comprendió la incredulidad en oposición a la fe como confianza en la ayuda de Dios. Por otro lado, también identificó la "ganancia" con la idolatrí­a o el culto a las riquezas, en oposición a la verdadera adoración, al verdadero culto a Dios... La "ganancia" destruye el principio básico por el cual debe definirse la posición frente a las posesiones y al dinero en la relación de cada uno consigo mismo y con los que lo rodean. Ese principio básico para la inversión de las posesiones y el dinero, a su vez, es creado por la fe y moldeado por el amor al prójimo. En consecuencia, la "ganancia" para Lutero sólo podrí­a combatirse a partir de la fe (1993:161; 1994:73).
W. Fred Graham, por su parte, ha mostrado de manera lúcida el carácter revolucionario del pensamiento socioeconómico de Calvino en su contexto histórico. Desde la perspectiva de este autor, "si hay algún tema central en el pensamiento social y económico de Calvino, éste es que la riqueza viene de Dios con el propósito de que se use para ayudar a nuestros hermanos. La solidaridad de la comunidad humana es tal que es inexcusable que unos tengan abundancia y otros estén en necesidad" (1978:68).
Tanto en su predicación como en sus escritos, el célebre reformador arremetió en múltiples oportunidades contra la explotación económica de los pobres por parte de los ricos y puso en duda la genuinidad de la fe de los explotadores. A manera de ejemplo, Graham cita la siguiente denuncia de los tales articulada por Calvino desde el púlpito de St. Pierre en Ginebra:
Si pudieran, [los ricos] reservarí­an el sol para ellos solos a fin de decir que otros no tienen nada en común con ellos. Si pudieran, en efecto, ciertamente cambiarí­an el orden de Dios y la naturaleza a fin de tragárselo todo. Y, sin embargo, ¡qué cristianos! ¡Sí­, lo son si uno quiere creérselo!

Según el estudioso en mención, es claro que para Calvino los bienes materiales sólo cumplen su función cuando se usan para el bien común, en conformidad con la ley del amor, puesto que "el uso legí­timo de todos estos bienes lleva consigo comunicarlos amistosa y liberalmente con nuestro prójimo" (Institución III.vii.5 [p. 531]). La base para tal "comunicación" no es otra que la vocación que Dios ha dado al hombre, a saber, la de su mayordomo en la creación: “Ninguna regla más cierta ni más sólida podí­a imaginarse para mantener esta comunicación, que cuando [la Escritura] nos dice que todos los bienes que tenemos nos los ha dado Dios en depósito, y que los ha puesto en nuestras manos con la condición de que usemos de ellos en beneficio de nuestros hermanos” (Ídem.).

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