sábado, 5 de noviembre de 2016

"Fieles al don recibido de Dios": el desafío para la iglesia hoy y siempre, L. Cervantes-O.

6 de noviembre, 2016

Se disolvió así la reunión; pero muchos judíos y prosélitos practicantes continuaron en compañía de Pablo y Bernabé, que trataban de convencerlos con sus exhortaciones a que permaneciesen fieles al don recibido de Dios.
Hechos 1343, La Palabra (Hispanoamérica)

“Fiel es quien los ha llamado”
Uno de los grandes contenidos que el apóstol Pablo tomó de la fe del Antiguo Testamento para transmitir en su faceta de misionero al servicio del Evangelio de Jesucristo fue, con toda seguridad, el de la fidelidad de Dios a su pueblo. Como judío, sabía bien que “Dios permanece fiel a los juramentos hechos a los padres (Ez 20, 9.14.22; Dt 7, 8) precisamente para que su nombre no sea profanado entre los gentiles, o sea, por causa de sí mismos”.[1] Pero también entendía que “el Dios de Israel es fiel, pero humilla a aquellos que no le temen ni le veneran como al Santo (cf. Sal 18, 26-28)”.[2] En varias ocasiones, en sus epístolas hace muy explícita la afirmación de que “Dios es fiel [pistós]”, es decir, que el principal sujeto de la fidelidad en la historia de la salvación. Así lo hace en I Tes 5.24 (“Fiel es el que los llama, el cual también lo hará”); II Tes 3.3 (“Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal”); I Co 1.9 (“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor”), 10.13 (“No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no los dejará ser tentados más de lo que pueden resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que puedan soportar”); II Co 1.18 (“Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No”). En las llamadas “cartas pastorales”, la palabra es fiel, confiable, fidedigna (digna de fe) (I Tim 1.15, 3.1, 4.9; II Tim 2.11, Tito 3.8). En II Tim 2.13 no se pasa por alto la enorme posibilidad de que, ante la infidelidad humana, la fidelidad de Dios es constante, “pues Él no puede negarse a sí mismo”, agrega.

De modo que, al retomar esa gran afirmación antigua, el apóstol (y con él, prácticamente todo el Nuevo Testamento) canalizó la creencia en la fidelidad de Dios hacia las nuevas acciones realizadas en y a través de Jesucristo, quien es presentado como máximo cumplimiento de las promesas de redención. La fidelidad divina exige, como contraparte, una actitud de fidelidad que constantemente forma parte de la exhortación apostólica. Baste con recordar las palabras de Bernabé al ser enviado a Antioquía, quien “cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (Hch 11.23). De la consigna “si Dios es fiel…” se debe derivar toda una serie de actitudes y prácticas consecuentes que hagan justicia a ese aspecto fundamental en la relación de nuevo pacto con Él. Como escribió Karl Barth: “Existe también una fidelidad humana, una fidelidad procedente de Dios que puede contemplarnos, alegrarnos y fortalecernos de nuevo desde la criatura; pero, donde exista tal fidelidad, su fundamento será siempre la fidelidad de Dios. Creer es tener la libertad para confiar únicamente en él, sola gratia y sola fide. Esto no entraña empobrecimiento alguno de la vida humana, sino, al contrario, que se nos confieran todas las riquezas de Dios”.[3] Hacia esa donación espiritual apunta el pasaje de Hechos 13.

“El don recibido de Dios”
La comunidad de Antioquía se convirtió en un laboratorio eclesiológico y misionero: desde Hch 11 se advierte que la sede de Jerusalén se interesó por ella y envió a Bernabé para coadyuvar en el trabajo evangelizador. Con su predicación, muchos creyeron en el mensaje y la comunidad, por lo que luego de un tiempo, Bernabé fue por Pablo a Tarso y lo llevó a Antioquía, donde permanecieron un año “y enseñaron a muchas personas” (11.26a). Luego del paréntesis del cap. 12 que describe la situación del apóstol Pedro aparece la descripción de la forma en que se multiplicó el trabajo misionero en esa ciudad y de los liderazgos que habían surgido como frutos del mismo (13.1): todos los mencionados eran profetas y maestros, es decir, que habían alcanzado un buen nivel de capacitación para el ministerio cristiano. Ello motivó a que el Espíritu designara a Pablo y Bernabé para lo que hoy se conoce como “primer viaje misionero”, una especie de sondeo estratégico para llevar el mensaje del Evangelio a territorios nuevos: Chipre y Asia Menor, inicialmente (13.4-41).

En la sinagoga de Antioquía (en Pisidia), luego de la predicación de Pablo, totalmente anclada en la antigua historia de la salvación, ambos exhortaron a quienes lo habían recibido (judíos y algunos extranjeros, 13.43a) a permanecer “fieles al don recibido de Dios” (43b). Ante la violenta reacción de los judíos, ellos respondieron con palabras más claras aún acerca de la predicación para los no judíos, con base en el proyecto “luz de los pueblos”, del Segundo Isaías (47), quienes al escucharlos se llenaron de alegría (48). El relato termina con la afirmación de que el mensaje tenía buena recepción (49), por lo que comenzó un nuevo y fuerte ataque judío (50-51) que los obligó a marcharse de ahí. No obstante, el final del capítulo es sumamente alentador: “Los seguidores de Jesús que se quedaron en Antioquía estaban muy alegres, y recibieron todo el poder del Espíritu Santo” (52). La semilla sembrada daría el fruto prometido y la fidelidad a los dones recibidos también. Porque, como bien resume Barth: “Allí donde el hombre fracasa, triunfa la fidelidad de Dios”.[4] Una relectura de la fidelidad de Dios expresada concretamente en los dones recibidos de su parte para ponerlos a actuar en el mundo. Si el Señor abiertamente llama a su pueblo a creer firmemente en sus acciones de salvación, se podría decir que Él también cree en su pueblo y lo dota de recursos para cumplir adecuadamente la misión encomendada.



[1] R. Mayer, “Israel, judío, hebreo”, en L. Coenen et al., dirs., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. Vol. II. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 364.
[2] J. Guhrt, “Escándalo”, en L. Coenen, op. cit., p. 96.
[3] K. Barth, “Creer significa confiar”, en Bosquejo de dogmática. [1947] Santander, Sal Terrae, 2000, p. 29.
[4] K. Barth, op. cit., p. 94.

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