sábado, 6 de mayo de 2017

"Mi familia y yo serviremos al Señor", L. Cervantes-O.


7 de mayo, 2017

No es fácil vivir para Dios. Él no tolera el pecado ni acepta dioses rivales, y espera que se le obedezca en todo. Si le son infieles no los va a perdonar.
Josué 24.19, TLA

La asamblea de Siquem: momento crucial
En la conclusión del imponente libro de Josué, cima literaria posterior a la exposición de la Ley antigua y continuación grandiosa del proyecto historiográfico deuteronomista, se encuentra uno de los momentos fundamentales del antiguo Israel. Los acentos teológicos del libro se concentran en el último capítulo de tal forma que se engarzan ampliamente

a) La tierra liberada no conoce reyes. Los capítulos 13-24 hablan de una tierra en la cual el rey no está previsto. La sociedad es claramente tribal, dispuesta a ser fiel a Yahvé, cuyas acciones junto a su pueblo son conocidas.
b) La ciudad es integrada en esta sociedad. La ciudad no se presenta más como una amenaza a los campesinos de las tribus. Ella es integrada a las tribus, distribuida, como lo es la tierra.
c) La tribu sustituye el reinado como grandeza política. Junto a Josué y Eleazar, son los líderes de las tribus los que determinan la distribución de los territorios tribales, claramente delimitados.
d) El acceso a la tierra es garantizado para la familia. Aunque no lo hayamos destacado antes, en la división de los territorios es la familia la que tiene el acceso a la tierra. La tribu se presenta como un gran grupo que congrega clanes y familias, cuyos derechos defiende y representa. La tierra pasa a ser herencia, y como tal es innegociable.
e) La tierra liberada es tierra dada. Aunque el libro de Josué relata una conquista, especialmente Josué 24 resaltará que la tierra es dádiva de Yahvé. Por eso, ésta no puede ser comprada. Las herencias son concedidas a través de sorteo, para que todas las familias integrantes de la tribu puedan tener acceso a ella.[1]

El “choque” entre Israel y Canaán no es el enfrentamiento de dos etnias, sino el de un grupo de esclavos liberados de Egipto y un conjunto de gente marginada social y económicamente contra los terratenientes y poderosos de la ciudades-Estado de Canaán...[Sánchez sigue, citando a Walter Bruggemann:] Los cananeos conforman la “elite urbana” que controla la economía y que goza de un poderoso privilegio político, en detrimento de los “campesinos” productores de los alimentos, y quienes se definen a sí mismos como “israelitas”.[2]

Cuando la figura de Josué llenó todo el panorama de la marcha de Israel, pocos pensaban en su familia, la familia de un gran líder. Su caminar espiritual fue la base de sus decisiones enérgicas y sumamente conflictivas.
El cap. 24 inicia con la formulación de un bellísimo Credo Histórico (vv. 2b-13). Ante la totalidad del pueblo convocado después de la conquista de la tierra, Dios mismo reconstruye la historia. Las familias de Israel deberían tener bien claro su origen, desarrollo y proyección pues la entrega de la tierra propició un profundo compromiso espiritual ante Dios, por encima de las contrariedades para su realización.

Renovar el pacto desde las familias
Las tribus, clanes y familias de Israel recibieron la exhortación (¿o ultimátum?) de Josué: la fe yahvista debía imponerse después de la ocupación de la tierra (vv. 14-15). Sin ella, resultaría imposible establecer una verdadera nueva sociedad acorde con el plan divino de marcar una auténtica diferencia con el resto de los pueblos y culturas. La lucha contra el politeísmo y la idolatría fue un conflicto cultural signado por el ímpetu teológico de ajustar la percepción de la fe completa en el mismo horizonte para avanzar como nación. Como se pregunta Dreher: “¿No sería de imaginar que más que una celebración repetitiva reuniendo los mismos grupos, Jos. 24 represente la constante adhesión de nuevos grupos a este Israel emergente, cuyo catalizador es la fe en el Dios Yahvé que libera esclavos y que da la tierra?”.[3]
El pueblo respondió positivamente (vv. 16-18), pero era preciso hacer un “esfuerzo teológico” para depurar la fe tribal y familiar. Semejante esfuerzo se llevaría mucho tiempo, puesto que las tendencias que afloraban cíclicamente hacían que la labor profética enfrentase oposición, en ocasiones muy marcada. Todo el libro de Josué es resultado de un debate interno sobre la necesidad o no de contar con monarcas. La primacía de Yahvé como gobernante supremo del pueblo se discutió en acto muchas veces y las consecuencias de la discusión afectó directamente la vida del pueblo.
Josué, muy lejos de la neutralidad, tomó la iniciativa para superar, de una vez por todas, el politeísmo y la idolatría (vv. 19-20), a sabiendas de que la lucha continuaría ya con la tierra ocupada. Las familias de Israel debían hacer un fuerte ejercicio de introspección para superar completamente la orientación que amenazaba con imponerse. La opción es presentada contundentemente:

Todos los grupos otrora marginados por el sistema cananeo, representados prototípicamente en Rajab (Jos. 2), que optasen por adherir a este Israel solidario e igualitario, tenían que pasar por un ceremonial, como el de Jos. 24, en el cual, después de ser notificados de los hechos salvíficos de Yahvé en el pasado, eran puestos delante de la decisión: servirlo exclusivamente o no. La razón de esta exclusividad me parece radicar en el hecho de que la opción por el Dios de los esclavos, es inequívocamente la negación de los dioses que puedan legitimar el sistema cananeo”.[4]

La respuesta favorable tenía que abarcar todos los niveles de la vida del pueblo: personas, familias, comunidades, tribus (vv. 21-24). La familia, clan y tribu de Josué serían las vanguardias teológicas, morales y espirituales para seguir aspirando a la formación de una verdadera comunidad alternativa en medio de la historia. Se trataba de construir un conjunto de relaciones equitativas basado en las leyes y mandamientos divinos (vv. 25-28). Cada familia se establecería en su territorio para poner en marcha ese proyecto divino largamente acariciado.
Las famosas palabras de Josué son el resumen de un proyecto espiritual y social que implicó directamente a las familias en el marco del intercambio cultural con otros pueblos. ¿Qué debía integrarse y que no a la vida y mentalidad de las familias?: era una pregunta crucial para resolver el destino del pueblo en los tiempos futuros. Sus avances, retrocesos y dificultades se alcanzarían a apreciar durante la época posterior, en el libro de los Jueces, muestra realista de la cotidianidad de un pueblo que trató de llevar adelante los ideales yahvistas con desigual fortuna.



[1] Carlos Arthur Dreher, “La distribución de la tierra”, en RIBLA, núm. 60, p. 33, www.claiweb.org/images/riblas/pdf/60.pdf.
[2] E. Sánchez Cetina, “Josué”, en William R. Farmer, ed. Comentario Bíblico Internacional. Estella, Verbo Divino, 1999, p. 487, cit. por Thomas Hanks, “Cap. 6. Josué”, p. 1, en www.fundotrasovejas.org.ar/Libros/La%20Biblia%20Hebrea%20Subversiva%20Josu%E9%20.pdf.
[3] Cf. Carlos A. Dreher, “Josué, ¿modelo de conquistador?”, en RIBLA, núm. 12, 1992, pp. 64-65, http://claiweb.org/index.php/miembros-2/revistas-2/17-ribla
[4] Ibíd., p. 65.

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