sábado, 20 de enero de 2018

El Señor Jesús llama al arrepentimiento y la conversión, L. Cervantes-O.


21 de enero, 2018

Desde entonces, Jesús comenzó a decirles a todos: “Vuélvanse a Dios, porque su reino se va a establecer aquí”.
Mateo 4.17, TLA

Todo empezó junto a un lago: en Capernaum, la base de operaciones que escogió Jesús de Nazaret, en Galilea, norte de Palestina, región fronteriza, lugar de encuentro de pueblos y culturas. Allí sería el escenario y la plataforma de su revelación como enviado de Dios para anunciar la venida del Reino de Dios y la posibilidad de participar de él mediante el arrepentimiento y la conversión. Así comenzó Jesús a cumplir el encargo de la misión universal de predicar el Evangelio al mundo entero (28.18s). El breve pasaje del evangelio de Mateo cap. 4 que da cuenta del inicio de la actividad de Jesús lo muestra en su actitud apasionada de compartir el amor y la justicia de Dios, por igual.

Apenas enterado del encarcelamiento de Juan el Bautista, quien bautizó a Jesús y quien compartía con él, el entusiasmo por la acción de Dios en el mundo (4.12), el Señor decidió ubicar el escenario de su labor en un ambiente marcado por la pluralidad y el recuerdo de dos tribus israelitas (4.13), bajo el cobijo de las profecías antiguas que perfilaron muy bien el tipo de predicación que traería el mesías, el enviado de Dios: desde un territorio fronterizo (4.15) semejante anuncio vendría a ser “una gran luz” para la oscuridad en que vivían las personas (4.16). La “sombra de muerte” aludía al contexto de necesidad y urgencia para sobrevivir en medio del sometimiento a un poder extranjero. A diferencia de Juan, que predicó a un Dios vengador de las injusticias, Jesús anunciaría a un Dios pacífico y no violento. Su mensaje es breve, sencillo y directo: se trata de aprestarse para el cambio de época que se avecina.

El arrepentimiento que el Señor pide es para recibir la Buena Noticia, como puro regalo incondicional de Dios (4.23; 9.35). Volverse a Dios, arrepentirse, es mostrar la disposición para salir de un estado de cosas que aparentemente lo resuelve todo, pero que mantiene en la indefensión total a las personas. Jesús invita a las personas a considerar seriamente el encuentro o el reencuentro con Dios en las nuevas condiciones que ofrecerá el “Reino” que pronto se establecería en el mundo. El arrepentimiento es el primer paso para poder acceder a esa nueva situación de paz, igualdad y justicia, el estado ideal para los seres humanos y para cualquier sociedad. Jesús tomó la esperanza en el Reino a la que se había referido el profeta Daniel (7.13-14) y la relanzó para darle un contenido que vendría a concentrar su significado en su propia persona, pues “representa la salvación futura y definitiva de toda la humanidad, social, política y espiritualmente, mediante un ejercicio de la soberanía de Dios que establece la paz y la justicia en la tierra y en el cielo” (Benedict T. Viviano, Comentario Bíblico San Jerónimo, p. 79). El ofrecimiento del Señor es la garantía para entrar a ese espacio de gracia y bendición que trae Dios al presente de la humanidad dispuesta a tener una buena relación con él.


El cambio de mentalidad que implica el arrepentimiento es la única condición para disfrutar de la nueva situación anunciada por Jesús. En el presente de cada persona es posible realizar la conexión directa con esa realidad, con la posibilidad efectiva de enfrentar todas las realidades que, favorables u opuestas a ese proyecto, aparezcan en el camino de la fe. El ofrecimiento de la gracia ocupa el lugar del juicio de Dios. Jesús salió al encuentro de la expectativa del pueblo con un anuncio que, desde el comienzo, tiene como contenido central el reinado de Dios y será desde entonces el centro de su predicación. La conversión implica, además, la disposición plena del corazón que acepta los proyectos que Dios tiene para la vida individual y colectiva. Convertirse es romper con los criterios dominantes en el mundo para asumir las prioridades del Señor en todas las áreas de la vida. Ésa es la respuesta que convierte en discípulos de Jesús a las personas. Se trata de vivir plenamente en el horizonte del Reino.

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