sábado, 27 de enero de 2018

Letra 555, 28 de enero de 2018

EVANGELIZAR: UNA INVITACIÓN A VIVIR EN EL AMOR Y LA DIFERENCIA
Nicolás Panotto
Lupa Protestante, 17 de mayo de 2012

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de ellos es el amor.
I Corintios 13.13

Resultado de imagen para compartir el evangelioLa evangelización es un tema complejo que despierta muchas susceptibilidades. Y no es para menos. Por diversas razones se la ha definido como imposición, proselitismo, como un tipo de discurso que debe aceptarse sin cuestionamientos, como la adhesión a una iglesia o religión, entre otras cosas. Sí, siempre se dice: “el evangelio es una forma de vivir, no una religión”. Pero del dicho al hecho, hay un abismal trecho. Los dogmas, las formas religiosas, las moralinas, pregonan por sobre la simpleza del sentido común y la vivencia cotidiana de la fe. La historia muestra muchos ejemplos que respaldan estas comprensiones, y la distorsión y daño que han traído en muchos sentidos. Nada de buenas nuevas; pura muerte y malas noticias. Pero a veces esos cuestionamientos, aunque totalmente veraces, nos pueden llevar a ser reacios con el tema, sin profundizar en sus riquezas y valores.
Hay muchas resignificaciones que son necesarias hacer, ya que el término “evangelizar” está viciado y cargado de sentido por su bagaje histórico, tal como recién mencionamos. Es interesante notar que en el NT encontramos 52 menciones de “dar o compartir las buenas nuevas”, mientras que “evangelista” –un término que refiere más a una función institucionalizada- aparece solo 3 veces. Como todo en la vida, parece que ciertos elementos se tornan resistentes cuando se sedimentan y pierden la frescura del proceso o la no definición estricta que conlleva el simple “compartir”, sin una forma única.
Defino compartir el evangelio como una invitación a vivir en el amor fraterno. Esta enunciación trae consigo algunos replanteamientos. Principalmente, el hecho de que el evangelio no es un cúmulo de credos sino un nuevo estilo de vida. No implica la aceptación de una religión sino una nueva manera de comprender la realidad y transitarla. Lo religioso es funcional a ese nuevo estilo de vida, y no al revés. El evangelio es una invitación a amar al prójimo; este punto de partida, y no otro –como puede ser la aceptación de una moralina, de una práctica religiosa, del cumplimiento de prerrogativas eclesiales–, es el marco a partir del cual se comprende la invitación a formar parte de una comunidad eclesial. En otros términos, se invita para aprender a amarnos juntos y juntas, no a ser un elemento más de la estructura eclesial. Sólo en comunidad crecemos en el amor, y así en la fe.
En resumen: compartir las buenas nuevas es vivir en el amor al prójimo según el ejemplo de Jesús, quien vivió en comunidad con sus discípulos y discípulas, creciendo en el amor fraterno y la enseñanza. Por todo esto, debemos aprender a ser simples a la hora de definir esta tarea: el evangelio es la representación del amor pleno de Dios hacia el ser humano, y el compartir la fe significa la inevitable carga de amar y compartir ese amor.
Ahora, la pregunta es: ¿sabemos amar? ¿Vivimos en el amor? ¿Es el amor la columna medular de nuestra comunidad de fe? La poca claridad sobre este tema ha influido negativamente en la comprensión de la evangelización: más que en una práctica de amor al prójimo, ella se define desde un lugar de poder, desde la creencia de ser poseedores de una Verdad que se debe transmitir, presentada como un discurso cerrado o una práctica religiosa. Compartiendo este tema con una amiga, me comentó de un graffiti cerca de su casa que dice así: “El amor no tiene dueño. El amor no tiene sueño. El amor no tiene”. Por eso tenemos que preguntarnos cosas muy básicas: ¿qué significa amar? ¿Es algo que poseo como un objeto o es un proceso que debo vivir y descubrir con los demás?
Vayamos a I Corintios 13, un conocido pasaje que refiere a estos temas. El contexto de este escrito es el reconocimiento de la heterogeneidad de la comunidad de Corinto, en la variedad de dones que todos y todas tenían. Al parecer, existían competencias y conflictos sobre el desarrollo de estas prácticas dentro del grupo. Por eso surge la pregunta: ¿cómo sobrellevamos esas diferencias? La respuesta es clara: el amor.
¿Pero implica el amor terminar con esa heterogeneidad y su inherente conflicto? Para nada. Por el contrario, significa sobrellevar y promover dicha pluralidad. Por ello, una de las consecuencias de la falta de amor es el no reconocer al otro en su diferencia. Existe una gran resistencia frente a lo que se presenta distinto a nuestra cosmovisión, creencia, identidad y práctica. Lo diverso da temor; por ello, se lo anula.
El pasaje muestra que el amor es aquella actitud que va más allá de las formas específicas, de lo dado, de lo establecido, como son los dones en sus formas concretas. Todo esto implica que el amor reconoce la imperfección. ¿Por qué? Porque no existe la perfección del lugar único, de nuestro espacio, pensamiento, religión, posición moral. La imperfección es lo que nos atraviesa y a su vez nos abre a la búsqueda de lo mejor, para nosotros/as y los demás, lo cual representa un proceso inagotable. Posicionarse en la perfección es encorsetar en un aura de poder mi particularidad.
No existe amor si no reconozco que necesito del otro y que el otro necesita de mí. Necesito a los demás porque no soy Dios, no puedo con todo. Este pasaje, en resumen, nos muestra que el amor es el reconocimiento de la diferencia que nos atraviesa, que nos abre como sujetos, tanto a nosotros mismos como hacia los demás.
Esta comprensión del amor nos quita del podio que muchas veces construimos, desde donde creemos tener y predicar la verdad absoluta a la cual el mundo debe rendirse. Por el contrario, como creyentes debemos reconocer más que nadie la finitud de la humanidad –y con ello de sus creencias, posiciones, pensamientos y lugares–, porque en ese reconocimiento se manifiesta el poder del amor como vínculo y como camino que inscribe el proceso de todo lo existente.
El amor y la esperanza van de la mano. En la Biblia, la esperanza no tiene que ver con un sentimiento romántico, como a veces creemos, sino que es un término teológico muy importante y denso en sentido. Es reconocer que la historia se basa en Dios y como tal se encuentra abierta a su acción. Lo que vemos ahora no es único ni absoluto; es algo muy distinto a lo que viviremos en un futuro (que tampoco conocemos) Por ello, amar en la esperanza significa cuestionar el egoísmo, el poder y el orgullo que cercenan formas distintas de sentir, de ser, de ver, tras la promoción de una verdad absoluta incuestionable. Vivimos en la esperanza de que todo puede cambiar y ser distinto. El amor reconoce la belleza y el poder de la diferencia ya que es en ella donde se manifiesta su riqueza multifacética. Por ende, nadie puede adueñarse de un lugar único, tanto para sí mismo como para los demás.
Amar en la esperanza es creer que todo tiene un proceso, que nosotros mismos estamos en proceso y debemos vivir en constante cambio. Amar en la esperanza es abrirnos a que los demás también se encuentran en proceso, en que pueden ser distintos y desde ese deseo alcanzar lo que anhelan. Eso nos quita del juicio y de apoderarnos del prójimo, para entregarnos a la tarea de abrir caminos de reconocimiento e inclusión. Amar en la esperanza implica reconocer que nosotros y nosotras necesitamos caminar con los demás en el descubrimiento de lo que viene, y que por eso carecemos de una verdad que sobrepasa al otro/a, que nos ubica en un lugar de poder y superioridad.
Compartir el evangelio significa amar e invitar a aprender a amar, no enseñar credos. En este sentido, el amor no es un medio, sino un fin en sí mismo. Es reconocer nuestra imperfección y necesidad de los demás. Así, la evangelización no es una invitación para que el otro/a aprehenda mi creencia porque ella es en sí única y perfecta, sino que es la demostración del deseo de que más personas se sumen en el camino en que nos encontramos todos y todas como seres humanos, donde necesitamos aprender a amar juntos, en comunidad, en sus múltiples formas.

En otras palabras, evangelizar es reconocer que necesitamos del otro/a. Es, en definitiva, invitar a vivir en esperanza, comprendiendo que las cosas pueden ser distintas de lo que son, así como nosotros/as mismos/as. Que las personas no son objetos receptores de un mensaje sino sujetos que viven opciones e historias, y por ende “están en camino”, así como nosotros y nosotras.
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UNA IGLESIA ENFERMA
La Jornada, 26 de enero de 2018

Resultado de imagen para fernando karadimaEs la transnacional económica, religiosa, social y política más antigua. Ha sorteado con éxito divisiones ideológicas y crisis severas. Como la que hace 500 años le causó el movimiento que encabezó Martín Lutero. Tiene en América Latina su base de creyentes más importante, fruto de la conquista española, que tuvo como apoyo la espada y la cruz. Pero esa fidelidad decrece año tras año. Y hay motivos suficientes para ello.
La mejor muestra de la enfermedad que corroe a la Iglesia católica acabamos de verla en Chile, durante la visita de Francisco. Fue un fiasco que él y quienes planean sus viajes en el Vaticano pudieron evitar y no quisieron. Sabían que dicha Iglesia ha perdido allí fieles a velocidad impresionante: en poco más de 20 años pasaron de 75 por ciento a 45 por ciento. Y no por irse a otras religiones, como en varios países del continente, sino porque no desean tener ninguna.
Esa reducción tan rápida y enorme se origina en el alejamiento de la jerarquía eclesiástica de los fieles y entregarse sin recato a la pequeña pero poderosa clase político-empresarial que maneja al país andino. Apoyó incondicionalmente al dictador Pinochet. Posee una enorme fortuna material y goza de incontables prebendas del Estado.
Y para completar el panorama negativo, han quedado sin sancionar ejemplarmente los más de 80 casos de pederastia en que se han visto envueltas congregaciones e influyentes prelados. El más destacado: Fernando Karadima, guía espiritual de la clase pudiente y de los principales políticos de la derecha. A diferencia de Marcial Maciel, el depredador por excelencia, Karadima no tuvo reparo en abusar de los hijos de algunos de quienes veían en él casi a un santo.
Aunque el Vaticano lo declaró en 2011 finalmente culpable de abusos sexuales contra menores, nunca pisó la cárcel y el grupo de clérigos cercanos sigue en activo y en altos cargos. Como Juan Barros, obispo de Osorno, a quien las víctimas de Karadima señalan de ocultar sus delitos. Pese al rechazo que hubo hacia él estuvo presente en toda la gira papal. Además, el guía espiritual de la alta sociedad chilena influyó para que el Vaticano nombrara obispos a otros sacerdotes de su confianza: Andrés Arteaga en Santiago, Horacio Valenzuela en Talca y Tomislav Klojatic en Linares.
Al hacer el recuento de daños de su visita, Francisco pidió perdón por exigir pruebas a las víctimas de la pederastia clerical. Pero insistió en la inocencia del obispo Barros, porque “no hay evidencias de su culpabilidad y, al parecer, no se van a encontrar”. La protesta contra dicho prelado y otros depredadores sexuales proviene de los católicos chilenos y de otros países. Si la Iglesia desea conservarlos, debe entregar a la justicia civil a los clérigos abusadores. Sin excepción.

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