miércoles, 30 de diciembre de 2015

"Dios puso eternidad en su corazón", L. Cervantes-O.

31 de diciembre, 2015


Salvador Dalí, Relojes blandos o la perseverancia de la memoria (1930)



…todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser humano llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin.
Eclesiastés 3.11, La Palabra (Hispanoamérica)

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
Eclesiastés 3.11, RVR 1960

Una cadena de intentos de aforismos inspirados en la lectura cristiana de Qohélet

Según el Eclesiastés, la comprensión divina del tiempo fue sembrada por el Creador en la conciencia humana, lo que obliga a ésta a indagar y profundizar en su espíritu y sentido.

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Cuando el tiempo avanza, la figura de Dios, que proviene de su eternidad inmutable, se transforma paulatinamente en un ser cercano, siempre invisible, pero susceptible de ser experimentado todos los días.

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La hermosura de cada instante del tiempo recibido de la mano de Dios consiste en la forma en que Él mismo se va desdoblando ante nosotros en los momentos significativos, es decir, todos los que conforman nuestra vida.

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“La eternidad está enamorada de las obras del tiempo” (William Blake): tal vez por eso Dios se enamoró de la existencia, de la historia, de cada vida humana que transcurre, en su pequeñez, condicionada por los relojes, las horas y los minutos.

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Las semillas de eternidad sembradas por Dios en la mente humana se reproducen lentamente en las gotas de tiempo.

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La eternidad nos produce vértigo, según Borges, porque su cercanía saca a la luz el riesgo constante de no dotar a nuestra vida de un sentido continuo y permanente.

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“Ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre,/ toma el infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora” (William Blake, “Augurios de inocencia”, 1803, citado invariablemente por Rubem Alves): atisbar la inmensidad en lo más pequeño, la inmensidad en un fragmento de belleza, lo trascendente en lo cotidiano, lo interminable en un tiempo limitado. El milagro de cada día.

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Y después de todo: profundizar en las entrañas del tiempo para asomarse a los linderos de la eternidad… sin entender gran cosa, sin ser capaces de dominar el misterio, el futuro que sólo está al lado de Dios.

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El tiempo, esa entidad nebulosa, es lo que nos constituye. Ahora es Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho./ El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;/ es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;/ es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego./ El mundo, desgraciadamente, es real;/ yo, desgraciadamente, soy Borges” (“Nueva refutación del tiempo”, en Otras inquisiciones, 1952).

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Y si todo tiene su tiempo, también el encuentro con la eternidad, en medio de las estrecheces y mezquindades (hebel) de la vida, es una ventana para asomarse al misterio que rebasa todas las cosas.

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Para salir del laberinto del tiempo y de la vida vacía, la eternidad sembrada en el corazón humano es la posibilidad cierta de la esperanza al fundamentar toda la existencia en el origen de todas las cosas, las finitas y las eternas.

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En esta vida efímera una de las mayores bendiciones cristianas es la capacidad espiritual de percibir a Dios con los brazos abiertos para invitarnos a entrar en su eternidad.

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Jorge Luis Borges
Eclesiastés I, 9* (La cifra, 1981)

Lo que fue es lo que será.
Lo que se hizo es lo que se hará.
Nada hay nuevo bajo el sol. (Qo 1, 9)

Si me paso la mano por la frente,
si acaricio los lomos de los libros,
si reconozco el Libro de las Noches,
si hago girar la terca cerradura,
si me demoro en el umbral incierto,
si el dolor increíble me anonada,
si recuerdo la Máquina del Tiempo,
si recuerdo el tapiz del unicornio,
si cambio de postura mientras duermo,
si la memoria me devuelve un verso,
repito lo cumplido innumerables
veces en mi camino señalado.
No puedo ejecutar un acto nuevo,
tejo y torno a tejer la misma fábula,
repito un repetido endecasílabo,
digo lo que los otros me dijeron,
siento las mismas cosas en la misma hora
del día o de la abstracta noche.
Cada noche la misma pesadilla,
cada noche el rigor del laberinto.
Soy la fatiga de un espejo inmóvil
o el polvo de un museo.
Sólo una cosa no gustada espero,
una dádiva, un oro de la sombra,
esa virgen, la muerte. (El castellano
permite esta metáfora).

* En el versículo de referencia algunos han visto una alusión al tiempo circular de los pitagóricos. Creo que tal concepto es del todo ajeno a los hábitos del pensamiento hebreo.

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