sábado, 19 de diciembre de 2015

La encarnación de Dios en marcha, L. Cervantes-O.

20 de diciembre, 2015

Ni yo mismo sabía quién era, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ese es quien ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y, puesto que yo lo he visto, testifico que este es el Hijo de Dios.
Juan 1.33-34, La Palabra (Hispanoamérica)

Juan el Bautista fue un testigo privilegiado de la encarnación del Hijo de Dios en el mundo. Según el Cuarto Evangelio, la relación personal entre ellos fue bastante distante, aun cuando según el mismo (y en algunos momentos según los demás evangelios) existió una relación de continuidad-discontinuidad. De ahí que el ímpetu narrativo y expositivo de este documento consista en acercar sus intuiciones sobre la enorme realidad de la eternidad de la cual provino el Logos con las situaciones humanas y la historia del momento. Pablo Richard, basándose en los evangelios sinópticos (pues no podía ser de otro modo) ha escrito sobre eso en estos días acerca del contexto de la “Navidad” cristiana: “Nacimiento de Jesús acontece en un contexto de dos reyes crueles y fracasados (Herodes y Arquelao) y tres migraciones forzadas (de Belén a Egipto, de Egipto a Israel, de Israel a Nazaret)”.[1] Y agrega: “Vemos así que el nacimiento de Jesús se da en clima violento de dos reyes asesinos y tres migraciones extremadamente dolorosas y peligrosas”.

Confrontar esos dos ambientes, el divino y el humano, ponerlos lado a lado, cara, es lo que caracteriza a los relatos del nacimiento de Jesús. Al optar por no incluirlos y por ir directamente a los sucesos en los que el Jesús-Logos ya mayor inicia su labor en el mundo, se ve obligado a enlazar los dos contextos mediante una estrategia genial: exponer la perspectiva propia de la encarnación del Hijo de Dios y sus orígenes proféticos en la persona de Juan. Para el Cuarto Evangelio, entre ellos no hay ninguna forma de consanguinidad, que resulta innecesaria para situar en las afinidades proféticas la continuidad requerida para poner en marcha la actuación del Logos en el mundo. Eso explicaría las enigmáticas palabras del propio Juan sobre su desconocimiento de Jesús (v. 33). Él mismo debía ajustar su pensamiento hacia la nueva orientación dada por Dios para conducir la historia de salvación: él únicamente es testigo de esa orientación …aun cuando no comprendiera del todo lo que estaba sucediendo. De ahí que hablar de la relación continua y discontinua entre Juan y Jesús no esté lejos de la verdad.

Al ponerse en marcha la encarnación del Hijo de Dios en el mundo, todo debía ajustarse o modificarse para tomar una postura nueva ante las consecuencias de semejante decisión divina. Las esperanzas humanas nunca alcanzaron a imaginar la forma en que Dios se conduciría para introducir su presencia en el mundo de una manera radical. Por ello la relación entre la encarnación del Verbo divino no puede tener con la fiesta y la fecha de la Navidad más que una relación dialéctica, es decir, no debemos quedarnos con el dedo que apunta hacia el sol, sino que debemos intentar seguir hacia el sol. Tal como lo explica Karl Barth: “Si en la Encarnación nos encontramos con la realidad, en la Navidad nos encontramos con el signo de dicha realidad. No se deben confundir ambas cosas. La realidad de la que se trata en la Navidad es verdad en sí y de por sí. Pero se muestra, se desvela, en el milagro de la Navidad”.[2] Ésa es la causa y razón de la fiesta en sí, pero su contenido la rebasa y obliga a que la sigamos viendo únicamente como un signo. Por ello es posible afirmar, con el presente continuo propio de un acercamiento respetuoso a la eternidad del Dios Trino y Uno, que el Señor sigue y seguirá naciendo, entre la humanidad y en el mundo, todos los días. Si lo hizo una vez, lo hará siempre a fin de manifestar su gracia, su amor y su justicia.




[1] P. Richard, “Verdad histórica y bíblica de Navidad”, en Amerindia en la Red, http://amerindiaenlared.org/noticia/626/verdad-historica-y-biblica-de-navidad--por-pablo-richard.
[2] K. Barth, “El misterio y el milagro de la Navidad”, en Bosquejo de dogmática. Santander, Sal Terrae, 2000 (Presencia teológica, 108), pp. 113-114. Énfasis del original.

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