sábado, 8 de julio de 2017

Una evangelización responsable también promueve la justicia, L. Cervantes-O.


9 de abril, 2017

Pero ya Dios les ha dicho qué es lo mejor que pueden hacer y lo que espera de ustedes. Es muy sencillo: Dios quiere que ustedes sean justos los unos con los otros, que sean bondadosos con los más débiles, y que lo adoren como su único Dios.
Miqueas 6.8, Traducción en Lenguaje Actual

Evangelización y designio divino
Miqueas cap. 6 es un pasaje producido por un profeta del Antiguo Testamento bastante incomprendido. Su nombre significa “¿Quién como Dios?”, y nació en Moréset Gat, una aldea de Judá, pueblo fronterizo a unos 45 kilómetros de Jerusalén. Se trata de un profeta eminentemente rural que debió aprender las formas de la ciudad: “…venido de la aldea, encontró en la corte a otro profeta extraordinario, llamado Isaías, y al parecer recibió su influjo literario”.[1] Miqueas tenía un estilo incisivo, y a veces hasta brutal, con frases lapidarias. “Aunque su actividad profética se mueve en la línea de Isaías, Oseas y Amós, Miqueas descuella por la valentía de una denuncia sin paliativos, que le valió el título de ‘profeta de mal agüero’. Nadie mejor que un campesino pobre, sin conexiones con el templo o con la corte, para sentirse libre en desenmascarar y poner en evidencia los vicios de una ciudad como Jerusalén que vivía ajena al peligro que se acechaba contra ella, en una ilusoria sensación de seguridad”.[2]

El mensaje de este profeta “afirma que el culto y los sacrificios del templo, si no se traducen en justicia social, están vacíos de sentido. Arremete contra los políticos y sus sobornos; contra los falsos profetas que predican a sueldo y adivinan por dinero; contra la rapacidad de los administradores de justicia; contra la avaricia y la acumulación injusta de riqueza de los mercaderes, a base de robar con balanzas trucadas y bolsas de pesas falsas”.[3] Ésa es su forma de “evangelizar” al pueblo, como un todo, en un ambiente de seguridad religiosa (siglo VIII a.C.) que seguramente veía como una forma tóxica de religiosidad que hacía creer a todos que la situación espiritual era la adecuada, pero que dejaba de ver las realidades estructurales escondidas o que no quería ver una mirada superficial.

“Miqueas emplaza a toda una ciudad pecadora y corrompida ante el juicio y el inminente castigo de Dios. Sin embargo, y también en la línea de los grandes profetas de su tiempo, ve en lontananza la esperanza de la restauración del pueblo, gracias al poder y la misericordia de Dios. El Señor será el rey de un nuevo pueblo, ‘no mantendrá siempre la ira, porque ama la misericordia; volverá a compadecerse, destruirá nuestras culpas, arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados’” (7.18s).

Evangelización y promoción de la justicia
Una revisión general del contenido del libro de Miqueas permite advertir los alcances de la protesta social de los campesinos de Israel en contra de la ciudad de Jerusalén con la que simpatizó profundamente el profeta. En 2.10-11, por ejemplo, se percibe claramente la inconformidad de Dios con el comportamiento religioso del pueblo y con una labor profética bastante relajada y hasta domesticada: “¡Vamos, largo de aquí!/ ¡Ustedes han hecho de mi templo/ una sala de diversiones!/ ¡Por eso voy a destruirlo!/ Ustedes serían felices/ con profetas mentirosos/ que sólo hablaran de vino y de licor”. Al anuncio del perdón divino le acompaña la intensa denuncia de los males que aquejan al pueblo. La tarea explícita de la evangelización debe ir acompañada de una clara percepción de la situación para responder a ella con los recursos espirituales adecuados. Al “sueño dorado” del cap. 4 acerca del reinado universal de Yahvé y del favorable destino de Israel, así como la promesa del futuro rey mesiánico (5.1-6) le corresponde una honda preocupación por la injusticia social presente. El final del cap. 5 y parte del 6 se ocupan de atacar el mal, la corrupción de medidas falsas, la violencia y la mentira.[4]

La querella (rîb) contra Israel, en la que se acusa al pueblo de olvidar las obras salvíficas de Yavé y pretender con sacrificios cubrir las injusticias (6.-18) es quizá la sección más conocida del profeta, pero quizá también de las más incomprendidas, pues frecuentemente se le desconecta de su contexto:

Dios llama a juicio a su pueblo; Él es el juez y el acusador, el acusado es el pueblo y los testigos son las montañas y las colinas del país (1s). El juez, Dios, comienza pidiendo al acusado, Israel, que haga memoria, que recuerde bien cuáles fueron las acciones de Dios contra el pueblo, para que ahora se comporte como un enemigo que cobra venganza (3-5). […]
¿De qué le sirven al Señor tantos sacrificios y holocaustos, si la perversión del corazón sigue intacta? Todo lo que el Señor espera es la práctica de la justicia y fidelidad a sus mandatos; lo que ya le había dado a conocer era lo que tenía que hacer (8).[5]

El versículo 9a es la respuesta de quien ha estado equivocado y reconoce su error. “La segunda parte del capítulo (9b-12) explicita con más detalle las acciones contrarias a la justicia que el pueblo ha practicado. Es una manera de decirle al pueblo: “Cuando Dios esperaba de Israel unos frutos acordes con los beneficios de la salvación y de la libertad, miren lo que ha hecho”. De ahí que el destino de Israel sea cosechar lo que él mismo sembró; sembró injusticia y pecado, ahora tendrá más injusticia y muerte para sí mismo (13-16)”.

La proclamación del Evangelio debe ir siempre aparejada con una sólida promoción de la justicia. Para ello, la práctica evangelizadora debe ser entendida en sus diferentes niveles: el personal y el social, el individual y el estructural, dado que los pecados individuales impactan también en el pecado social o estructural y éste se revierte en las personas y en las comunidades. La lucha por la justicia es un proyecto que no pertenece solamente a quienes dirigen movimientos de insurrección o de protesta, le pertenece al propio Dios. Evangelizar continuamente es sumarse irrestrictamente al proyecto del Dios de Jesús, del Dios de la vida.



[1] La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino, p. 1007.
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] Cf. Jorge Pixley, “Miqueas el libro y Miqueas el profeta”, en RIBLA, núm. 35-36, 2000, pp. 182-186, www.claiweb.org/images/riblas/pdf/35.pdf.
[5] La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino, pp. 1013-1014.

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