sábado, 9 de noviembre de 2013

¡Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz!, L. Cervantes-O.

¡DIOS DE LA VIDA, CONDÚCENOS A LA JUSTICIA Y LA PAZ!
Leopoldo Cervantes-Ortiz
10 de noviembre, 2013

Yo te instruiré y te enseñaré
el camino que debes seguir,
te aconsejaré y pondré mis ojos en ti.
Salmo 32.8, La Palabra (Latinoamérica)

En su introducción, el Libro de culto de la X Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias (260 páginas, en cinco idiomas: alemán, coreano, español, francés e inglés, un auténtico compendio de liturgia contextual), inspirado en el espíritu de los salmos, se expresa en los siguientes términos:

El Señor que encontramos cuando nos unimos en oración es el Dios de toda la vida y de toda la creación, merecedor de la alabanza de “todo lo que respira”.
El Señor Dios al que nos acercamos en el templo “siempre cumple su palabra; hace justicia a los oprimidos, y da de comer a los que tienen hambre” (Salmos 146:6-7) y “mantiene en paz tus fronteras” (Salmos 147:14).
Así que eso nos lleva a orar en esta Asamblea: “Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz”.[1]

Este énfasis en la búsqueda del Dios de la vida como fuente de justicia y paz, que aparece por doquier en las Escrituras es la base de una espiritualidad ligada a la vida procedente del creador y comprometida con los valores del Reino de Dios. Dicho material agrega, al referirse a la oración común que “es parte esencial de cada asamblea del Consejo Mundial de Iglesias, y esperamos que la colección de palabras y música que presentamos aquí proporcione un contexto para la inspiración, la reflexión, la iluminación y el regocijo” (Idem). De ahí que brote otra oración en ese mismo espíritu:

Al alba, nuestro espíritu te busca, Oh Dios,
pues tus mandamientos son luz.
Enséñanos tu justicia
y haznos dignos de cumplir tus
mandamientos con todas nuestras fuerzas.
Disipa toda oscuridad de nuestros corazones.
Concédenos el sol de la justicia
y protege nuestras vidas de toda mala influencia
con el sello de tu más Santo Espíritu.
Conduce nuestros pasos hacia el camino de la paz
y haz que ésta sea una mañana apacible
para que podamos entonar los himnos matutinos
dirigidos a ti, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo,
el único Dios,
más allá de todo comienzo
y creador de todas las cosas. Amén. (p. 46)

Esta “espiritualidad sálmica” permea buena parte del Antiguo Testamento, pues brota del reconocimiento de que el autor y sustentador de la existencia del cosmos es también quien enseña a su pueblo a vivir con paz, justicia y amor. Así lo resume el salmo 32, que en su forma es una “oración de confesión”, pero que en su desarrollo es más que eso, un auténtico “itinerario espiritual” que muestra una progresión desde el hecho de asumir la situación personal: “Dichoso aquel a quien se perdona su falta,/ aquel a quien de su pecado se absuelve./ Dichoso aquel a quien el Señor/ no le imputa culpa alguna,/ ni en su espíritu alberga engaño” (vv. 1-2). Al reflexionar sobre el pasado, el hablante del salmo se analiza a sí mismo y observa su deterioro físico, moral y espiritual: “Mientras callaba, envejecían mis huesos/ de tanto gemir todo el día,/ pues noche y día me abrumaba tu mano,/ se extinguía mi vigor entre intensos calores” (vv. 3-4). Al reconocer sus fallas, atisba la luz que habrá de conducirlo por el sendero de la reconciliación con su Dios: “Pero yo reconocí mi pecado, no te oculté mi culpa;/ me dije: ‘Confesaré mi culpa ante el Señor’./ Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (vv. 4-5). La garantía del perdón hace posible todo lo que viene: “Por eso todo fiel te implora/ en los momentos de angustia;/ y aunque a raudales se desborde el agua,/ no les podrá dar alcance” (v. 6). El bienestar integral de la persona restaurada abre los cauces de la bendición y el sentimiento de protección: “Tú eres para mí un refugio,/ tú me proteges de la angustia/ y me rodeas de cantos de salvación” (v. 7).
Así llega el momento de la instrucción divina de manera muy específica que, como una intrusión en el salmo, aparece para marcar su necesidad y administración divina: “Yo te instruiré y te enseñaré/ el camino que debes seguir,/ te aconsejaré y pondré mis ojos en ti./ No sean como caballos o mulos que nada entienden:/ con el freno y las riendas hay que dominar su brío,/ pues de otro modo no se acercarán a ti” (vv. 8-9). La reflexión final es una expresión de sabiduría acumulada mediante la experiencia: “Muchos son los sufrimientos del malvado,/ pero el amor rodea al que confía en el Señor./ Que se alegran en el Señor los justos, que se regocijen,/ que griten de gozo los de corazón recto” (vv. 10-11).
El comentario de Brueggemann es incisivo y contundente:

En Busan, el CMI retomó este ánimo de confesión y el Libro de Culto y oraciones lo condensa muy bien mediante la clave ecológica propia de estos tiempos, para advertir la íntima relación entre vida, existencia plena, justicia y paz en toda lo creación de Dios:

Escucha, Dios de la compasión:
Los clamores de la tierra se han
convertido en un desierto,
tierra estéril a causa de las prácticas
agrícolas corruptas,
la contaminación, la minería y la deforestación.
Los clamores de las islas se ahogan en
los mares crecientes,
océanos que crecen con el derretimiento de los hielos.
Los clamores de la Madre Tierra —tormenta y sequía.

Dios de vida,
cura tu tierra herida,
danos el poder de elegir el camino que conduce a la vida,
guíanos por los caminos de la justicia,
por amor de tu nombre,
para que podamos sentir una vez más
tu shalom en la tierra y en el mar.
Te lo pedimos en el nombre del que vino
para que tengamos vida en abundancia:
Tu Hijo, nuestro Salvador, Jesucristo. Amén. (p. 52)

Dios permita que nos movamos en esa orientación espiritual de reconocimiento de las bondades de la obra divina y de la necesidad de ser agentes de cambio en todas las áreas de la existencia y acción.



[1] Hallelujah! Libro de culto y oraciones. X Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias, 30 oct.-8 nov. de 2013. Ginebra, Consejo Mundial de Iglesias, 2013, p. 18. Disponible en: www.wcc2013.info/en/resources/prayer/hallelujah.
[2] W. Brueggemann, El mensaje de los salmos. México, Universidad Iberoamericana, 1998, p. 146.

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