LA NUEVA JERUSALÉN
L. Alonso Schökel y J.L. Sicre
Isaías 62 tiene tantos puntos de
contacto con poemas de los capítulos 49, 51-52 o 54 que algunos lo
consideran obra del mismo autor; el que compuso el libro definitivo habría
reservado este poema para la tercera sección. También cabe pensar en una
imitación consciente de temas y formas. Aunque no se resuelva ese problema
secundario, la semejanza ayuda a comprender el sentido.
Tenemos ante nosotros la conocida
imagen de la ciudad como esposa del Señor. Lo original es que no se trata aquí
de una reconciliación tras la ruptura, sino de algo inaugural, del día de bodas.
Si hay alguna alusión a la situación precedente, es en sordina, de modo que no
turbe e! tono gozoso del conjunto: las alusiones son “abandonada, devastada...
ya no, ya no... el Salvador". Expresamente se habla de jóvenes que se
casan, no de adultos que se reconcilian; de modo que incluso las alusiones al
pasado sirven para realzar la novedad y frescura del acontecimiento. No se
puede decir con más fuerza la fuerza del amor, su capacidad de rejuvenecer, su
novedad inagotable.
El capítulo se divide en tres
secciones: una dirigida a la ciudad como novia (1-5), otra dirigida a los
centinelas, ofreciendo los dones (6-9), la tercera al pueblo y ciudad invitando
a recibir al vencedor.
vv. 1-5. En el poema se
sobreponen y se funden la imagen solar y la imagen del rey victorioso el día de
su boda: en términos conceptuales, el rey es el sol. Un centinela aguarda
impaciente la “salida” de la aurora, la anuncia e invoca; o espera una antorcha
que llamea iluminando un cortejo. Con su canto despierta a la ciudad (52,1s).
La aurora ilumina la ciudad (véase 60.1s), que con sus murallas y almenas
parece una corona refulgente sobre el monte, visible desde lejos y magnífica.
Es el amanecer de un día de boda. El rey ha ido a defender los derechos o
justicia (sdqh) de la ciudad, y
vuelve victorioso y salvador (ys).
Toma la ciudad-novia como una corona, como diadema real.
Da un nombre nuevo a la esposa, por el cual todos la conocerán: «Mi
favorita”. Terminados los festejos de la boda, comienza el gozo nuevo del marido
con su esposa. […]
Ha entrado sutilmente un tercer elemento en la imagen compuesta:
la tierra fecunda, también en imagen matrimonial. Es la tierra materna,
fecundada no por Baal, sino por el auténtico Señor de la lluvia (en Os 2 es más
conspicuo este plano imaginativo) La Imagen, apuntada en la primera sección,
desarrollará sus consecuencias en la segunda parte.
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OCHO DE MARZO
Gioconda Belli (Nicaragua, 1948)
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras
casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
—toda la atropellada ruta de nuestras vidas—
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
nosotras queremos ver y oler las flores.
Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos
hembras
en vez de machos.
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
y de los que nos vendaron los pies.
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que
cuidáramos a los
hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca
para violarnos mientras
nuestra madre dormía.
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
y del que nos despidió cuando estábamos embarazadas.
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas.
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos
escolte.
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
y nos encerraron por locas
flores del que nos pega, del que se emborracha
del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus
nueras
y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.
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DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER: CELEBRACIÓN,
CONMEMORACIÓN Y LUCHA
Pastoras, Diaconisas y Vicarias de la Iglesia Evangélica
del
Río de la Plata
E
|
l Día Internacional de la Mujer se celebra el día 8 de marzo de
cada año desde hace más de cien años. Mucho se ha discutido en el último tiempo
si el Día Internacional de la Mujer es un día de celebración, de conmemoración,
o de lucha.
La realidad es que el Día
Internacional de la Mujer abarca los tres aspectos:
Es un día de Celebración, porque
celebramos nuestra condición de mujeres y porque Dios nos ha creado a imagen y
semejanza suya. Resaltamos nuestras capacidades como mujeres luchadoras,
fuertes, capaces, inteligentes y a su vez sensibles, amorosas y empáticas. En
este día honramos y celebramos la memoria de aquellas que nos antecedieron y
que permitieron nuestra existencia: nuestras madres, abuelas, tías, maestras y
madres de la vida. Honramos la memoria de aquellas que nos precedieron, de
aquellas mujeres luchadoras por los derechos de las mujeres, por mejores
condiciones laborales, por el sufragio femenino, por el acceso a la educación,
por la igualdad de oportunidades en el mercado laboral. Honramos la memoria de
las mujeres que lucharon y persistieron en el pasado para permitir el igual
acceso al ministerio ordenado en nuestra iglesia. Celebramos la vida de todas
las mujeres que nos antecedieron y que nos permitieron caminar en sus huellas.
Es un día de Conmemoración porque
hacemos memoria de todas las mujeres que han perdido su vida en la lucha por
los derechos de las mujeres y reconocemos de esta manera que los derechos que
hoy ejercemos fueron ganados con sufrimiento y sacrificio. Con gran dolor
hacemos memoria de todas las mujeres y niñas que fueron violentadas y
asesinadas. En ese sentido, desde lo profundo de nuestro ser clamamos: ¡nunca
más! No queremos más niñas y mujeres golpeadas, no queremos más niñas y mujeres
violadas y asesinadas, no queremos más niñas y mujeres que sean víctimas del
abuso, no queremos más niñas obligadas a ser madres y no queremos más niñas y
mujeres captadas por redes de trata de personas. Albergamos la esperanza que
nuestro Dios hará justicia por todas ellas.
Es un día de Lucha porque como
iglesia nos comprometemos a contribuir desde lo que somos y tenemos por un
mundo más justo y con mejores oportunidades de vida para todas las personas.
Nos comprometemos a contribuir desde nuestras posibilidades y capacidades a que
en nuestras congregaciones y obras diacónicas existan vínculos de justicia
entre las mujeres y los varones. Nos comprometemos a involucrarnos en los
distintos espacios en los cuales estamos presentes en nuestros pueblos y
ciudades para que todas las mujeres tengan acceso a condiciones equitativas en
la salud, la educación, el trabajo y el acceso a la justicia. Es nuestra
certeza que en este camino que busca relaciones más justas entre mujeres y
hombres el poder transformador de Dios nos estará acompañando.
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