sábado, 7 de noviembre de 2015

La vida humana y la esperanza final, L. Cervantes-O.

8 de noviembre, 2015

Por eso se alegra mi corazón,
mi interior se regocija,
todo mi ser descansa tranquilo,
pues no me abandonarás
en el reino de los muertos [Seol],
no permitirás que tu fiel vea la tumba.
Salmo 16.9-10, La Palabra (Hispanoamérica)

La existencia humana tiene un término biológico y físico, lo cual no debería causar mayor problema para su comprensión. Sólo que la fe bíblica confronta esta existencia, primero, con la historia como espacio de trato con el creador, sustentador y redentor, y segundo, con la eternidad a la que lo atrae ese mismo Dios. Las palabras de Eclesiastés son contundentes, acerca de la conciencia humana al respecto: “…todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser humano llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (3.11), que también puede traducirse así: “…puso en la mente humana el sentido del tiempo” (NVI). Las ideas populares sobre el lugar a donde iban los muertos no inquietaron del todo a los pensadores antiguos: “Si bien había un concepto popular del lugar de los muertos (seol), la teología oficial de Israel no le prestaba atención”.[1] Las expresiones positivas (o eufemismos) para referirse al estado final continuaban la formalización de los lazos sociales y comunitarios: el fallecido se unía a los antepasados (Jue 2:10; I R 2:10) o al pueblo (Gn 25:8; 35:29; 49:29; Dt 32:50).
La palabra Seol (el lugar de los muertos, los “infiernos”) se utiliza 65 veces en el Antiguo Testamento, 15 de ellas en los salmos (6:5, 9.17; 16.10; 18.5; 30.3; 31:17; 49:14-15; 55;15; 86:13; 88:3; 89:48; 116:3; 139:8; 141:7), 9 en Job y en Proverbios.

Se imagina al sheol como una cárcel, como un lugar subterráneo y obscuro, donde no habrá más que ruinas, destrucción y muerte. Reinan allí las tinieblas, el silencio. Un pasaje elocuente del libro de Job lo describe de esta manera: “región de las tinieblas y de las sombras de muerte, tierra de obscuridad y de caos, donde la misma claridad es noche oscura” (Job 10.21-22). […] El Qohélet afirma: “no hay obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría en el sheol, adonde vas” (Ecl 9.10). En el sheol los muertos son “aquellos de los que tú (Dios) no te acuerdas y ni los quieres, rechazado con tu manos” (Sal 88.6).
Los muertos no tienen ya ninguna relación vital con Dios, no pueden ni adorarlo: “No alaban los muertos al Señor ni los que bajan al silencio” (Sal l15.17). Efectivamente, la muerte significa falta de relación, bien sea con Dios o bien con los demás.[2]

¿Infierno?, no; “lugar de descanso”, tampoco; sitio neutral e indiferente, mucho menos. Hades tradujeron los griegos, pensando en otra forma de destino humano, un inframundo. En Mesoamérica se hablaba del Mictlán.[3] Lo cierto es que estamos en un plano eminentemente ontológico y que prácticamente ninguna de nuestras ideas actuales se corresponde con ese espacio de destino final: “El Sheol estaba situado en alguna parte debajo de la tierra. [...] La condición de los muertos no era ni de dolor ni de placer. Tampoco se asociaba con el Sheol la recompensa para los justos ni el castigo para los inicuos. Lo mismo buenos que malos, tiranos que santos, reyes que huérfanos, israelitas que gentiles, todos dormían juntos sin conciencia los unos de los otros”.[4] El salmo 16 comienza expresando que “la confianza en Yahvé nace de la salvación concreta que se ha experimentado en una crisis específica”[5] y que hay una renuncia total al culto a las demás divinidades (vv. 3-4). El v. 5 es enfático: “Tú diriges mi destino”, con lo que se reconoce la total dependencia de su mano y la paz que eso proporciona (6-8). Según esto, “parece que el orante estima en más la comunión con Dios (v. 8; cf. Sal 23.6; 27.4) que los dones de la vida”.[6] En los vv. 9-11 se aprecia que quien ora se halla en peligro de morir, por lo que Quien habla espera “la vida por Dios, con Dios, en Dios el Viviente”, en contraste con la muerte como prueba de la ira de Dios y separación de él, es decir, en una unión vital auténtica.

“El salmo 16 no se ocupa de la resurrección ni siquiera de la inmortalidad sino de un agudo peligro de muerte”.[7] La época no permitía aún hablar de la resurrección pero comenzaba a abrir las puertas para una reflexión seria y madura sobre el destino suprahistórico de los integrantes del pueblo de Dios:

"Ser sacado del seol” es una expresión común en los salmos para indicar no tanto la esperanza en una vida dichosa después de la muerte, sino más bien la confianza de que la comunión de vida con el Señor no podrá terminar con la muerte (cf. Sal 49.16: “Dios salvará mi vida; él me arrebatará del poder del sheol”). La idea de un “rapto” por parte de Dios está en función de la esperanza de una unión con el Señor que ni siquiera la muerte física podrá interrumpir. “Aun cuando se consuma mi carne y mi corazón, Dios seguirá siendo para siempre la parte de mi heredad” (Sal 73.26). De esta manera se va abriendo camino paso a paso la fe en la inmortalidad dichosa y en la resurrección, que llega a afirmarse con claridad en Dan 12.1-3.[8]

Una respuesta clara sobre cómo fue aprovechado este salmo en el Nuevo Testamento cuando ya se había consolidado la creencia en la resurrección, se encuentra especialmente en el libro de los Hechos (3.25-28; 3.34; 13.33), donde se suma al 2 y al 110 como parte de una evidente cristianización de esos textos ligados al mesianismo y al concepto dinámico del Reino de Dios. La afirmación de la esperanza en la vida de Dios, más allá de las ideas sobre la existencia ultraterrena, es la que gobierna la fe de quien espera todo de su Dios, en la historia y más allá de ella. La esperanza de sobrevivir en el regazo divino es el centro de la fe cuando se confronta con el fin de la vida física, especialmente a la luz de una concepción firme sobre la integridad del ser de la persona:

El orante tiene la certeza de que “su carne morará segura” (v. 9b). […]
Los poderes de la muerte asaltan al orante. Pero él sabe muy bien por la palabra de Dios: mi vida está protegida, no se halla a merced del poder de la muerte, del Sheol, que domina tan profundamente este mundo, sino que está protegida y abrazada por todos lados (Sal 139.5). La dimensión concreta, que hay que tener en cuenta ante todo y en la que hay que entrar, tiene significación permanente: “En un mundo en el que la superviviencia corre peligro de hacerse cada vez más improbable, la comprensión bíblica del destino del hombre es fundamento para una nueva esperanza de la vida” (H.W. Wolff, Antropología del Antiguo Testamento, p. 293).[9]





[1] Alicia Winters, “La memoria subversiva de una mujer: II Samuel 21.1-14”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 13, www.claiweb.org/ribla/ribla13/la%20memoria%20subversiva.html
[2] A. Bonora, “Sheol”, en Vocabulario teológico, www.mercaba.org/VocTEO/S/sheol.htm.
[3] Cf. Luis Fernando Núñez y Roberto Martínez González, “Viaje al Mictlán: una revisión crítica sobre el destino de las almas y los ritos funerarios en las fuentes tempranas y los contextos arqueológicos del Posclásico”, en Anales de Antropología, vol. 43, 2009, pp. 51-68, www.revistas.unam.mx/index.php/antropologia/article/viewFile/20342/pdf_481.
[4] Encyclopaedia Britannica, 1971, vol. 11, p. 276.
[5] Hans-Joachim Kraus, “Salmo 16: La suerte dichosa ante la faz de la muerte”, en Los salmos. Salmos 1-59. Salamanca, Sígueme, 1993, pp. 364-365.
[6] W. H. Schmidt cit. por H.-J. Kraus, op. cit., p. 365.
[7] H.-J. Kraus, op. cit., p. 371.
[8] A. Bonora, op. cit.
[9] H.-J. Kraus, op. cit., pp. 372, 373.

Salmo 16

Dios, protégeme, que en ti confío.
2 Dijiste al Señor: “Tú eres mi dueño,
mi felicidad está en ti”.
3 En cuanto a las divinidades de esta tierra:
esos poderes que tanto me complacían,
4 esos muchos ídolos tras los que corren,
yo no les ofreceré sacrificios
ni pronunciaré su nombre con mis labios.
5 El Señor es la parte de mi herencia y mi copa,
tú eres quien diriges mi destino.
6 Me ha tocado una buena porción,
mi heredad me deleita.
7 Bendeciré al Señor que me aconseja,
aún de noche me remuerde mi conciencia.
8 Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no sucumbiré.
9 Por eso se alegra mi corazón,
mi interior se regocija,
todo mi ser descansa tranquilo,
10 pues no me abandonarás
en el reino de los muertos,
no permitirás que tu fiel vea la tumba.
11 Tú me muestras el camino de la vida,
junto a ti abunda la alegría,
a tu lado el gozo no tiene fin.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Letra 442, 1 de noviembre de 2015

NADA SE PERDERÁ
Karl Barth
Instantes. Santander, Sal Terrae, 2005, p. 136.


He Qi, Martha y María

Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo.
II Corintios 5.10

E
l castigo de los “de fuera” me interesa mucho menos que el mío, el que me aguarda a mí. Y éste consistirá, seguramente, en que entonces quedará patente el contraste: por un lado, la realidad de la salvación y la vida; por otro, el poco uso que de ella hemos hecho, lo vergonzosamente exigua que ha sido nuestra gratitud. A este respecto, siempre resulta de lo más saludable pensar primeramente en uno mismo, y desde ahí juzgar la trascendencia de que a esta humanidad y cristiandad absolutamente ingrata se le regale la compasión de Dios: ¡el gran «pese a todo» de Dios! Pues éste será el juicio: el «pese a todo» del Dios misericordioso. Ahí estaremos nosotros con nuestro océano de ingratitud, y Dios dirá: “¡Yo te he amado!”. Y todos tendremos que avergonzarnos entonces. Esta pena será verdaderamente eterna: tener que avergonzarnos así; pero avergonzarnos ante la sobreabundancia de la gracia de Dios.
Esto significa que a nosotros los primeros, a nosotros y a los ateos y a todos, se nos abrirán los ojos para ver cuántos motivos tenemos para estar agradecidos. La contemplación de la compasión de Dios será nuestra tarea absolutamente inacabable por los siglos de los siglos. Todavía no he mirado detrás del velo, pero no puedo dejar de pensar que allí estará todo lo que una vez fue —incluso la historia de la teología, que quizá sea uno de los rincones más tenebrosos que tengan que iluminarse, e incluso la historia natural, con todos esos bosques hundidos y todos esos animales que vivieron en otro tiempo—. Nada se perderá, absolutamente nada.
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JOHANNES BRAHMS, EXEGETA DE LA ESPERANZA (fragmentos)
Sergio Cárdenas (www.sergiocardenas.net)
Estaciones en la música. México, Conaculta, 1999, pp. 84-91.

A Elvira Gascón

[…]
Es precisamente esta “incompatibilidad” la que distingue a Un réquiem alemán (Ein deutsches Requiem), de Brahms, de todos los otros réquiem de la literatura musical, excepción hecha de las Exequias musicales, de Heinrich Schütz (1585-1672), su antecesor directo. La distinción es, en lo fundamental, de origen teológico: para los luteranos Schütz, Bach y Brahms, la muerte no equivalía a enfrentar el horror del juicio final sino a la convicción de la resurrección cristiana que lleva a la paradisiaca vida eterna. Así, el cristianismo luterano o protestante, no sólo no le teme a la muerte sino que la entiende como el último peldaño de la escalera que lleva a la vida eterna. La “incompatibilidad” entre Brahms y su coro existía también en la concepción de la felicidad en el tiempo: los coristas vieneses preferían el momento inmediato de la felicidad; Brahms propone la felicidad del futuro a partir de la del presente. […]
Por cierto que esta selección denota un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, que Brahms leyó devotamente a lo largo de su vida. Es interesante observar que, además de la Biblia, las lecturas brahmsianas se integraban con obras de Goethe, Schiller, Lessing, Lichtenberg, Cervantes, Boccaccio, Shakespeare, Tieck, Byron y Keller […]
Percibo en Brahms al teísta no confesional ni, mucho menos, litúrgico. La conformación del libretto del Réquiem alemán refleja una postura, una personalísima convicción, no una concesión confesional ni la asunción de posturas definidas por otros, lo que, además, constituye un acto individualista, tan característico del romanticismo. El pensamiento teológico de Brahms trasciende el tiempo lineal que impondría una rigurosa secuencia cronológica del pensamiento bíblico, con lo que, de paso, nos muestra la unidad del pensamiento bíblico: ora se expresa a través del salmista, ora a través de las epístolas apostólicas; ora lo hace a través de un profeta mayor (Isaías), ora contextos del Evangelio. Sólo le faltó incluir el protoevangelio del Génesis para cerrar el círculo cuando toma la voz del apóstol san Juan de las visiones apocalípticas.
En todos los textos encontramos una constante: la contagiante fe (“La fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven”, leemos en la epístola paulina a los Hebreos) en la resurrección que nos lleva de regreso a una vida eterna, sin corrupción y sin sufrimiento, en la ciudad del futuro que es la morada divina. Es sobre esa fe sobre la que ha descansado siempre la esperanza cristiana.
Así, Un réquiem alemán es más una visión de la beatífica vida eterna que un recordatorio del juicio final, tan exaltado en los demás réquiem por el énfasis que otorgan al Diesi rae, el día de la ira. El Dios que nos presenta Brahms no es el del oráculo amenazante y terrorista ni el ajustador de cuentas. Es un Dios del consuelo y del regocijo, un Dios que brinda amor y genera esperanza, un Dios creador de la vida para quien la muerte no es cesación de la vida sino un sueño, del que los redimidos despiertan transformados para gozar de la vida eterna en las amorosas moradas de Yahvéh. […]
En Un réquiem alemán Dios es el gran estratega de la victoriosa vida eterna, estrategia que es resultado de su amor al mundo, como lo sintetiza el evangelista san Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su hijo único para que todo el que crea en él, no parezca, sino que tenga vida eterna” (san Juan 3:16).
El primer coqueteo brahmsiano con la idea de escribir un réquiem data de 1856, cuando contaba apenas veintitrés años de edad. En ese año había muerto su admirado descubridor, promotor y benefactor, el compositor alemán Robert Schumann (1810-1856) […]
Además de la enjundia teológica a la que me he referido, Un réquiem alemán es, de igual manera, de una contundente enjundia musical. Es una obra madura y profunda, a pesar de haber sido terminada cuando el compositor contaba apenas con treinta y cinco de los sesenta y cuatro años que vivió. Las fuerzas musicales que se requieren para su ejecución son: dos solistas vocales (soprano y barítono), coro y orquesta (esta última de diferentes dimensiones, según lo vaya demandando la exégesis musical del texto bíblico). La obra es una verdadera tour de force para el coro, aunque también altamente gratificante. Se requiere de un grupo que doble en número de integrantes a los que conformen la orquesta, pero manteniendo la transparencia sonora, la versatilidad vocal, la precisión en la afinación e, idealmente, el involucramiento en lo que se canta.
La escritura orquestal, por su parte, es de igual manera exigente, explotando a sus anchas las sonoridades características del romanticismo brahmsiano, en un contexto que demanda flexibilidad para cambiar constantemente del papel protagónico (es decir, de ser el texto tras el texto) al complementario; para dialogar con las voces, transformándose en hermeneuta al enfatizar o subrayar las distintas dinámicas de la fe contenidas en el libretto bíblico. De los solistas vocales se espera, sobre todo, una honestidad musical y espiritual en lo que tienen que decir y no limitarse a entonar las notas musicales asignadas. Sus intervenciones son cortas, relativamente (la del barítono es la más larga), y con pocas exigencias vocales extremas.
Brahms ha dividido su réquiem en siete partes. La estructura descansa en una balanceada simetría musical, con las correspondientes concomitancias del texto. Si el punto de partida (núm. 1, “Benditos son lo que lloran”) está escrito en Fa-mayor, el punto del destino (núm. 7, “Benditos son los que mueren en el Señor de ahora en adelante”), también está en Fa-mayor y recoge, en su última sección, las principales ideas musicales del núm. 1. La marcha fúnebre (en realidad, es una zarabanda carga de dramatismo) que abre la parte núm. 2 (“Pues toda carne cual hierba es…”) en Si-bemol-menor, desemboca, tras un paréntesis en Sol-bemol-mayor (“Tened, pues, paciencia”), es decir, en la región tonal napolitana con relación al punto de partida, en un hímnico Si-bemol-mayor (“Los redimidos del Señor volverán…”). Un camino similar se recorre en la parte núm. 6, que inicia con sombríos pasos marciales que rastrean, en Do-menor, la ciudad del futuro (“Ciudad permanente no tenemos aquí”), para, tras breve intervención profética del barítono (“Ved, os revelo un misterio “), convertirse en una especie de danza macabra (siempre en Do-menor), que, a su vez, nos lleva a una fuga majestuosa, de claro perfil hímnico-cósmico, en Do-mayor (“Dios, eres digno de recibir honor”). La función tonal de estas dos partes (2 y 6), es la de subdominante y dominante, respectivamente.
La parte núm. 3 (“Dios, hazme saber que mi vida tiene un fin”) inicia con una conmovedora plegaria del barítono, en Re-menor (región tonal de relativa menor de Fa-mayor), que nos llevará a una ferviente fuga en Re-mayor (“Las almas de los justos están en manos del Señor”), con la que concluye esa sección. La parte núm. 5 (“Tenéis tristeza, pero yo os consolaré”), en Sol-mayor (supertónica de Fa-mayor), cautiva con su angelical solo de soprano, que traza una tersa línea melódica sobre un “tapete” coral-orquestal en el que el coro participa en el más puro estilo de las tragedias griegas […].
El corazón de Un réquiem alemán lo constituye la parte núm. 4 (“Cuán amables son tus moradas…”), escrita en la tonalidad de Mi-bemol-mayor que, en el contexto de Fa-mayor, pertenece a “otro mundo” armónico: Las moradas divinas son ese otro mundo al que se hace referencia.
Encuentro en Un réquiem alemán una propuesta contraria a la tradicional dramatización de la intercesión en favor de las almas de quienes han dejado esta vida, pero partidaria del enfrentamiento y discusión con la muerte, una discusión en la que la trompeta no recibe el encargo de anunciar el juicio final, sino de anunciar la redención última del hombre (recordamos aquí, análogamente, el uso que Beethoven (1770-1827) hace de la célebre señal de la trompeta en su ópera Fidelio), una redención fundada en la gracia divina que confirma la convicción de la inmortalidad del espíritu y de la victoria sobre la cesación de la existencia en el tiempo y en el espacio (en su “Ensayo sobre la historia”, Bertrand Russell escribe: “sólo lo muerto existe plenamente”).
En su discurrir, Brahms evalúa el tránsito del creyente por esta vida hacia la otra vida (“el origen de la religión está en la dicotomía del hombre entre su apariencia real y presente, y su esencia irreal no-presente”, escribe el filósofo Ernst Bloch) y lo presenta con una plasticidad y pictoricidad, hasta ahora inigualadas, en la musicalización de los textos bíblicos. Estos textos son ora suaves, ora duros; líricos y épicos, estáticos y dinámicos, proféticos y corroborantes, sencillos y profundos, presentes y escatológicos. Brahms escribe una música gestual que sugiere una íntima correspondencia con la palabra y que cuando ésta ya no da para más, la complementa extendiendo su sentido.
En el siglo XIII, el teólogo católico Tomás de Aquino escribió lo siguiente: “El hombre no tiene un fin último natural ni un fin último sobrenatural; él tiene sólo un único fin último: el futuro prometido por Dios”. Otro teólogo, Paul Tillich, siete siglos más tarde agrega: “La esperanza es la voz del ser esencial del hombre”. Me parece que el poderoso réquiem brahmsiano sobrepasa, con mucho, las reflexiones de Tomás de Aquino y de Tillich, pues dispone del recurso de la comunicación musical, que va más allá de la comunicación verbal. […]. Los ojos del alma brahmsiana han oído la esencia de la esperanza y nos la presenta con una argumentación teológico-musical plausible y seductora, compartiente e inducente, rebosante de aliento y convicción. En Un réquiem alemán Brahms se volvió exegeta de la esperanza.
Concluyo citando la plegaria davídica que Brahms seleccionó para la tercera parte de su réquiem, en la versión de la Biblia de Jerusalén: “Hazme saber, Yahvéh, mi fin,/ y cuál es la medida de mis días, / para que sepa yo cuán frágil soy. / Oh sí, te bastan palmos para contar mis días, / mi existencia cual nada es ante ti;/ sólo un soplo, todo hombre que se yergue,/ nada más una sombra el humano que pasa,/ sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá./ Y ahora, Señor, ¿qué puedo yo esperar?/ En ti está mi esperanza” (Salmo 39:5-8).
Guanajuato, Gto.,

10 de septiembre de 1997

Actividades

OREMOS FERVIENTEMENTE POR TODOS LOS PLANES Y ACTIVIDADES DE LA IGLESIA. QUE EL SEÑOR LA SIGA GUIANDO COMO HASTA AHORA.

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 3 de noviembre, 19 hrs.
Modera: Mauricio Magallanes

Llamamiento: Salmo 19.1-9
Himno: “Dios descendió” (292)
Oración de ofrecimiento
Himno: “Bien Salvador, a ti yo acudo” (100)
Momentos de oración
Lectura bíblica: Isaías 25
Tema: Cántico de acción de gracias
Himno: “Satúrame, Señor” (276)
Ofertorio
Bendición pastoral

EL CÁNTICO DE ISAÍAS 25

L.A. Schökel y J.L. Sicre



Warren W. Wiersbe, Seamos confortados: Isaías
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

7 – Actividad de evangelización
22 – Planeación para 2016, 17 hrs.
28 – Adorno del templo
29 – 1er Domingo de Adviento / Taller bíblico

"Benditos... los que mueren en el Señor": la vida de Dios, vida del mundo, L. Cervantes-O.

1 de noviembre, 2015

Y oí una voz que decía: desde el cielo: —Escribe esto: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor. El Espíritu mismo les asegura el descanso de sus fatigas, por cuanto sus buenas obras los acompañan”.
Apocalipsis 14.13, La Palabra (Hispanoamérica)

La relación vida-muerte-resurrección es una de las grandes aportaciones del Nuevo Testamento al concepto bíblico de salvación. Gracias a la experiencia de Jesús de Nazaret es posible vincularlas como parte de la dinámica divino-humana que expresa sus elementos con toda claridad. En él, esa experiencia se manifestó plenamente para asumir que, en efecto, al ser el representante máximo de la vida de Dios, debía hacerla sentir incluso en los espacios mortíferos, aquellos supuestamente dominados por el poder de la muerte. Ésa es la enseñanza del propio texto bíblico al afirmar que el Señor descendió a las profundidades (Efesios 4.9-10): “Esta expresión: Ascendió, ¿qué significa, sino que El también había descendido a las profundidades de la tierra? El que descendió es también el mismo que ascendió mucho más arriba de todos los cielos, para poder llenarlo todo”.) y predicó a los muertos (I Pedro 3.18b-19: “…muerto en la carne pero vivificado en el espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados”), de donde procede la afirmación del Credo apóstólico: “Descendió a los infiernos”, entendiéndola como la proclamación de la victoria de Dios sobre cualquier manifestación de la muerte en cualquier parte del cosmos. Quizá la literatura juanina fue la que mejor captó el espíritu de esa dinámica y la proyectó en los texctos que ahora podemos aprovechar.

Recurrir al Apocalipsis para hablar del triunfo de la vida de Dios en el mundo sobre los innumerables proyectos de muerte es una necesidad en estos tiempos de angustia e inseguridad. Ese libro no fue escrito sólo como un tratado de escatología realizada, ni para atemorizar a nadie sino más bien para alentar la fe y la esperanza de quienes, sintiéndose duramente amenazados por los poderes perseguidores y sanguinarios encontraron en la fe cristiana una vía de resistencia y esperanza. No de otra manera puede interpretarse la bellísima imagen del río de la vida que rescata los aires edénicos del Paraíso original para asomarse a la hermosa realidad de un Paraíso recobrado (22.1-2), tal como lo soñó el poeta puritano inglés John Milton. El binomio vida-muerte es una constante muy interesante en el Apocalipsis. Sobre la primera hay alrededor de 22 expresiones y sobre la segunda, 21, lo que manifiesta la estrecha relación que guardan al momento de concentrar los aspectos más relevantes de la esperanza que se deseaba transmitir y compartir con las comunidades sometidas y perseguidas por causa de su fe.

La liberación de la muerte es uno de los mayores componentes de la salvación (1.5b) porque el Redentor posee las llaves del abismo y de la muerte (1.18). Los vencedores mediante la fe en Cristo comerán “del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios” (2.7) lo mismo que la corona de vida (2.10), además de que sus nombres aparecerán en el libro de la vida (3.5; 13.8; 21.27). El Señor vengará su muerte física (6.10) y a pesar del odio y el crimen del que son objeto, esos mártires recuperarán la vida gloriosamente para afirmar la superioridad del Señor que los ha redimido (20.4). Los sedientos recibirán gratuitamente el agua de la vida (21.6; 22.17), otro símbolo del triunfo de la biofilia divina. El árbol de la vida, el mismo del Génesis (22.2, 14) representa la recuperación total de una existencia mancillada por los proyectos de muerte instalados en las estructuras sociales y políticas que intentan suplantar los beneficios que Dios desea para sus criaturas.

Los enemigos de la vida, promotores de la muerte, no se quedarán con los brazos cruzados, son los auténticos ecocidas, los adversarios concretos de los proyectos divinos: la muerte y el abismo tienen “poder para aniquilar la cuarta parte de la tierra valiéndose de la espada, el hambre, la peste y los animales salvajes” (6.8), “la tercera parte de los seres vivientes del mar perdió la vida (8.9) y, como parte del juicio, el segundo ángel “derramó su copa sobre el mar, que se convirtió en sangre de cadáver; y todo aliento de vida marina pereció” (16.3). Todos ellos serán derrotados con sus propias armas (9.6). Incluso son capaces de simular acciones reservadas a Dios, para engañar (13.15: la segunda bestia infunde vida a la imagen de la primera). En sus manos, las vidas humanas se convierten en simples mercancías (18.13b) y son quienes falsean el proyecto vital de Dios para transformarlo en todo lo contrario (22.15). Aunque su fin será terrible (18.8). Los espacios naturales, la muerte y el abismo tendrán que devolver a sus muertos para que Dios se haga cargo de ellos (20.13) y ellos mismos serán arrojados a la destrucción final (20.14). Y la bonanza divina se impondrá totalmente, como cumplimiento de sus promesas y acciones de cercanía. La muerte será derrotada completamente: “Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo ha desaparecido” (21.4).

Más allá de controversias sobre simpatizar o no con las celebraciones de la temporada, las afirmaciones del Apocalipsis cobran relevancia porque exponen simbólicamente la victoria de la vida de Dios sobre cualquier manifestación de muerte en el mundo. Ése es el marco del capítulo 14, en donde luego de la serie de sucesos sobrecogedores del capítulo anterior (la presencia de las bestias y del falso profeta), los 144 mil creyentes, representantes de la totalidad de seguidores/as de Jesucristo, cantan un cántico nuevo y encarnan la victoria divina (14.1-5). A continuación, el ángel portador del Evangelio exhorta a temer a Dios y rendirle gloria (6-7); otro ángel anuncia la caída de Babilonia, símbolo mayor de toda oposición a Dios (8), y un tercero advierte sobre quienes se han sometido a los poderes y engaños de la bestia (9-11). La gran lección es lo que señala el versículo siguiente (12), el gran cumplimiento: “¡Ha sonado la hora de poner a prueba la firmeza de los consagrados a Dios, de los que cumplen los mandamientos de Dios y son fieles a Jesús!”. Es el triunfo de la garantía divina, de la perseverancia de los santos, no una doctrina más sino una grandiosa realidad y base absoluta de la gran exclamación proferida por el propio Dios desde el cielo: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor. El Espíritu mismo les asegura el descanso de sus fatigas, por cuanto sus buenas obras los acompañan” (13).

Todo esto es lo que nos mantiene reunidos/as aquí, alrededor de las promesas de la gracia divina, pues como bien se ha advertido, el Apocalipsis, al afirmar que la vida de Dios es la garantía total de la vida del mundo, es un auténtico “tratado de pedagogía de resistencia y esperanza”.[1] La vinculación a esa fe es capaz de proponernos una visión nueva de todas las realidades. Como lo expresan estos versos de Samuel Noyola, poeta regiomontano desaparecido desde hace algunos años:

Cuando tranquilamente la muerte
nos invite a abrir los sellos
del sueño de ojos abiertos
donde el cuerpo es una casa
de vitalicia renta pagada

Llegaremos hasta ellas

Beberemos sin botella

La leche de las estrellas[2]





[1] Maria Cecilia Leme Garcez, “Apocalipsis: una pedagogía de resistencia y esperanza”, en Siwô, revista de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, Universidad Nacional de Costa Rica, núm. 3, 2010, pp. 11-40, www.revistas.una.ac.cr/index.php/siwo/article/download/3665/3520.
[2] S. Noyola, “Años-luz o luciérnagas”, en El cuchillo y la luna. Poesía reunida. México, Conarte-El Tucán de Virginia, 2011, http://web.uchile.cl/archivos/uchile/revistas/autor/mexicanos/noyola.html.

Miguel Ángel, La creación del hombre (detalle), Capilla Sixtina.

1 Entonces miré, y vi al Cordero de pie en el monte Sión. Junto a él estaban ciento cuarenta y cuatro mil seguidores suyos, que tenían escritos en la frente los nombres del Cordero y del Padre. 2 Después oí una voz que venía del cielo. Era como el estruendo de enormes cataratas, o como el fuerte resonar del trueno; era un sonido semejante al de muchos músicos tocando arpas. 3 Los ciento cuarenta y cuatro mil estaban de pie delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes y de los veinticuatro ancianos, y cantaban una canción que nunca antes se había escuchado. Nadie podía aprenderse la letra de aquella canción, a no ser los que fueron salvados de entre la gente de este mundo, 4 los cuales no adoraron a dioses falsos ni fueron infieles a Dios. Todos ellos seguían al Cordero por dondequiera que él iba, y habían sido salvados para ser el primer regalo que se ofreciera a Dios y al Cordero, 5 pues nunca mintieron ni hicieron lo malo.

6 Vi entonces a otro ángel, que volaba en lo alto del cielo. Llevaba buenas noticias de valor eterno, para la gente de todos los países, razas, idiomas y pueblos. 7 Decía con fuerte voz: «Honren a Dios y alábenlo;/ ha llegado el momento/ en que él juzgará al mundo./ Adoren al creador/ del cielo y de la tierra,/ del mar y de los manantiales.»

8 Lo seguía otro ángel que decía: “¡Ya cayó la gran Babilonia!/ Ya ha sido destruida la ciudad/ que enseñó a todos los países/ a pecar y a obedecer a dioses falsos”. 9 Luego los siguió un tercer ángel, que decía con fuerte voz: “Si alguno adora al monstruo o a su estatua, o deja que le pongan su marca en la frente o en la mano, 10 Dios se enojará mucho y lo castigará duramente. No será un castigo suave, sino que lo hará sufrir con fuego y azufre ardiente, y los santos ángeles y el Cordero lo verán sufrir su castigo. 11 El humo del fuego que lo hará sufrir nunca dejará de subir, pues los que adoran al monstruo y a su estatua, y tienen la marca de su nombre, nunca dejarán de sufrir, ni de día ni de noche”.


12 El pueblo de Dios debe aprender a soportar con fortaleza las dificultades y los sufrimientos. También debe obedecer los mandatos de Dios y seguir confiando en Jesús. 13 Entonces oí una voz del cielo, que me decía: “Escribe esto: ‘¡Dios bendecirá a los que de ahora en adelante mueran unidos al Señor Jesucristo!’”.

Programa de noviembre

TEMA SEMESTRAL: CAMINAMOS HACIA ADELANTE TOMADOS DE LA MANO DE DIOS

Tema: “BENDITOS…LOS QUE MUEREN EL SEÑOR”: LA VIDA DE DIOS, VIDA DEL MUNDO

I. Domingos, 12.10 hrs.

1: “Benditos… los que mueren en el Señor: la vida de Dios, vida del mundo”
Lectura bíblica: Apocalipsis 14.1-13.
Dirige: A.I. Marthita Aguilar Arellano
Expositor: LCO

8: La vida humana y la esperanza final
Lectura bíblica: Salmo 16
Dirige: Hno. Alberto Chávez
Expositor: LCO

15: Vida y resurrección en las manos de Dios
Lectura bíblica: I Corintios 15.12-28
Dirige: Hna. Noemí Pastor
Expositor: LCO

22: “Si vivimos, para Él vivimos…”
Lectura bíblica: Romanos 14.1-9
Dirige: Hno. Oswaldo Aguilar Arroyo
Expositor: A.I. Ricardo Ruiz O.

29: La vida de Dios se impondrá en el mundo
Lectura bíblica: Apocalipsis 20.7-15
Dirige: D.I. Patricia Orozco Olea
Expositor: LCO

II. Domingos, 17.30 hrs.

1: Reunión de Consistorio
22: Planeación para 2016, 17 hrs.
29: Taller bíblico: Interpretación integral de textos bíblicos, 17.30 hrs.

III. Martes, 19.00 hrs.

Tema general: El profetismo bíblico: cumbre de la religión antigua

3: Cántico de acción de gracias (Isaías 25)
Modera: Mauricio Magallanes

10: Otro anuncio sobre Samaria (Isaías 28)
Modera: D.I. Laura Cabrera B.

17: Oráculo sobre Jerusalén (Isaías 29)
Modera: A.I. Lauro Adame Brito

24: No confiar en Egipto (Isaías 30)

Modera: A.I. Marthita Aguilar A.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...